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Divinos tesoros


Parece que las diferencias generacionales y ese afán autojustificatorio de cada uno nos llevan siempre a pensar en una de dos posibles direcciones: a) los jóvenes opinan que sus padres (“sus viejos”, como suelen llamarnos) representamos necesariamente un ideario caduco, trasnochado, fuera de onda y, en todo caso, desechable; o b) los mayores, abuelos o padres creemos que esta juventud sólo piensa en divertirse, que sus hijos o nietos no son capaces de afrontar responsabilidades, que los valores al uso son poco rigurosos y, sobre todo, que esta generación joven son unos egoístas que lo quieren todo para sí sin esforzarse.

Ambas posturas tiene algo de verdad y mucho de engañoso. Por lo general, la generación mayor vivimos dentro de casa y el escaso contacto con el mundo exterior limita nuestra capacidad de percibir las mil diversas realidades que los jóvenes perciben en su callejeo constante (de casa al taller, a clase, al botellón, a la cama de su pareja… a la vida, en síntesis). Es indudable que sus horarios, su inmensa capacidad de relación, quedan muy por encima de nuestra peripecia diaria, más marcada por rutinas y, desde luego, más limitada al entorno directo de la casa y de unos cuantos amigos. La edad nos hace ver la vida con un prisma mucho más conservador que ellos, ser más sentados (o asentados), prudentes y sabios… pero menos sanos, menos vitalistas, menos vivos. Con todo, no somos trastos inservibles: hemos acumulado experiencia en mil campos de la vida, de la que tenemos una percepción mucho más amplia que ellos.

La juventud de hoy, haya estudiado una carrera o no, conoce mil estímulos más de los que nosotros pudimos soñar, ha viajado muchísimo, tiene un sentido del riesgo que a nosotros nos paraliza, muy pocos prejuicios y una gigantesca dosis de libertad de la que nosotros carecimos durante la mayor parte de nuestra juventud. Han heredado la mayor parte de nuestras enormes contradicciones, los fallos del sistema que nosotros hemos contribuido a mantener por acción u omisión. Han heredado un futuro terriblemente pesimista, casi sin perspectivas, y carecen de la amplitud de percepción de los mayores. Con todo, son el futuro: cuarenta años en la escuela me han enseñado a intuir en mis alumnos el futuro, a ver en sus cuadernos posibilidades, a adivinar éxitos y fracasos (no siempre acerté, de lo que me alegro), un futuro tal vez imperfecto, pero futuro, hipótesis y, como tal, merecen cuando menos el beneficio de la duda.

Hay un grupo de empresarios granadinos que, tras jubilarse, han formado un grupo de tutoría gratuita para jóvenes emprendedores y pequeñas y medianas empresas. Es una forma de que la valiosa experiencia acumulada no se pierda en la nada. Pueden poner en manos de los que inician su andadura empresarial toda una gama de estrategias aprendidas en directo, una amplísima visión de consecuencias y peligros de las medidas que se pretenda adoptar, de valioso análisis de circunstancias. Sin duda, más de un joven desearía tener esa perspicacia y ahorrarse tropezones en su camino.

La Orquesta Ciudad de Granada actuando en el Auditorio Manuel de Falla.

Imagen de le web de la propia  orquesta.

De otro lado, hay una enorme cantidad de jóvenes que se conducen con una sensatez envidiable. Me llaman la atención algunas figuras del deporte (y eso que no es algo que me llame demasiado la atención) que no se han envanecido de los éxitos obtenidos y son una muestra de sensatez y buen hacer en un mundo propenso a la glorificación por parte de las masas y la prensa: Nadal o Guardiola son todo un modelo de discreción en un mundo de bocazas.

Y la prueba palpable de jóvenes que combinan la sabiduría y el éxito con una forma de vida enteramente joven, en  una sabia simbiosis: el viernes pasado estuvimos en el Auditorio Manuel de Falla para el concierto de la OCG. Al leer el programa de mano, nos sorprendimos al ver la edad del ejecutante que iba a tirar de toda una orquesta sinfónica en la segunda pieza del programa: veinte años.

Un asturiano llamado Santiago Novoa Illés, trombón en mano, llevó el peso de una pieza llamada “Concertino en Mi bemol mayor para trombón y orquesta, op. 4” del romántico Ferdinand David, hasta entonces desconocido para mí.

Antes, la orquesta había sonado como los ángeles  en una pieza de Mendelssohn y el Director, Pablo González, también bastante joven, había salido a saludar varias veces. Un instante después, tras las toses de la audiencia, volvió a salir seguido del jovencísimo músico. Si todos los músicos iban de chaqué, este chico iba con un traje totalmente blanco y llevaba una medio cola de marginal o de eso que se ha dado en llamar alternativo,  perroflauta y otras mil denominaciones, todas despectivas. Saludó al primer violín, al público y soltó un botellín de agua mineral a los pies del director. Seguidamente, dio unos saltitos más propios de una cancha de baloncesto que de un concierto sinfónico y la música empezó a sonar. Basculaba nervioso hacia adelante y atrás, pivotaba sobre los tobillos como si tuviera un muelle y, al llegar el momento, se llevó el trombón a los labios y tocó una música capaz de dejarnos boquiabiertos a todos. La orquesta seguía los compases en que el trombón reposaba sobre el suelo y “el niño” (así lo habíamos bautizado ya mi mujer y yo) volvía a sus saltitos y su juegos de piernas, a sus brevísimos sorbos de agua y después se preparaba para el momento en que de nuevo la partitura exigía su maestría (porque era un maestro indiscutible).

Al terminar, sólo algunos impacientes se levantaron para ir a fumar, pues la sala se deshizo en aplausos y aplazó el descanso. Varias salidas del Director y del chico. Cuando el primero lo señalaba como receptor de los aplausos, el joven levantaba, en plan colega, el pulgar. El Director tuvo oportunidad de levantar a varios solistas de las distintas secciones orquestales y en medio volvía a ofrecer la mano al triunfador, que en vez de estrecharla, le daba un golpe en la palma, como hacen los jugadores de baloncesto.

Nunca vi tanta maestría joven acompañada de gestos y ritos netamente juveniles, tanta formalidad engastada en absoluta informalidad. Sólo sé que deseé sentirme como él, informal y experimentado, viejo y joven: dos formas complementarias, nunca excluyentes. Juventud y madurez, divinos tesoros llamados a entenderse y no a ignorarse.

Alberto Granados

15 comentarios el “Divinos tesoros

  1. pienso de otro modo. podemos debatir…
    hoy solo un “suelto”
    empresarios granadinos ? pues van “apañaos” los tutorizados…

    • Algo habrán aprendido… Digo yo, Foces. No me lo pongas difícil, que estoy pensando en hacerme empresario.
      Me alegro de verete por aquí.

      • Sabes esa prueba sicologica de oir o ver y responder.? Pues cuando oigo o leo “empresario” se me viene a la cabeza “hacer presa” y seguro que no tiene nada que ver pero…

  2. Todo debe adapatarse al devenir de los procesos biológicos, sociológicos y cronológicos que dibujan los distintos perfiles de la vida. Si a ello le añadimos las variables económicas, culturales, coyunturales, etc. de cada momento, tendremos configurado el mapa de la existencia y sus correspondientes ecosistemas para aceptar con naturalidad y sin fatalismo las diferencias generacionales.
    En lo personal, yo nunca creí en aquello del espíritu joven, si lo que se pretende es asimilarlo con la juventud en un sentido amplio. Ser joven es lo que es , en su esencia biológica, y es hermoso. ¡Quién tuviera treinta años! Algo así dice un tango.

    ¡Viva la juventud! Y me gusta verlos vivirla intensamente. Humanos tesoros, Alberto.

    • El consejo del anciano llega al joven demasiado pronto. Lo empuja a relentizarse, a perder inocencia. Le lleva a conservar la mediocridad.

    • Y te dire, querido Rigo, que lo mismo que me aburre en algunos mayores, lo de echar la culpa a Franco de nustros males actuales, tambien me defrauda oir a un joven referenciar “lo del Muro de Berlin”.

      !!! que mal le van los “textos” a los que empiezan !!! y no me refiero a leer, escribir y las 4 reglas. Pero a partir de esas cosas empezamos con la historia y la xodemos…

      Vivan los jovenes pero jóvenes !!!

    • Yo confieso abiertamente que lo que me quedapor vivr va a ser ir tirando y que me da miedo. Pero miedo del gordo. Es un asunto que me tiene más bien asustado y preocupado y sobre el que escribo tal vez con demasiada frecuencia.
      Y querría volver a los 17, o tal vez un poco más.

  3. Ui! Alberto, aún guardo este video que me mandaste un día con motivo de un poster que publiqué en mi blog. Buenos recuerdos.
    De joven me sentia muy perceptiva y anhelaba descubrir por tanto no podía ignorar a los mayores poco reprimidos -costaba encontrarlos-que eran sabios y liberales. Creo que, como bien dices, jovenes y mayores, estamos destinados a aprender unos de otros. Debo de haberme vuelto -lo noto a menudo- algo conservadora porque lo del agua mineral me disgusta, los gestos juveniles son inevitables y se los perdono porque sé que con el devenir va a contagiarse el aire clásico universal que adorna a tantos músicos.
    Estupendo tu escrito. I una abraçada!

  4. Glòria, el chico este era tan natural quye te hubiera encantado, incluso con el botellín de agua.
    Respecto a tu blog, hace un siglo que no me apetece entrar en los blogs habituales. El otro día me decía una lectora que es una crisis de ataraxia, de falta de entusiasmo. Sólo me apaece vagamente escribir algo, pero sin gran convencimineto.

    Ya apareceré.
    Un abrazo

  5. Algo habremos hecho mal para que las nuevas generaciones no quieran seguir nuestros pasos, y la mayorçia viven pensando en un Fin de Semana de Botellçon y Dormir. No querrçan que les expliquemos, sangre sudor y lçagrimas cuando erçamos como ellos, viven bien, tienen lo que deben de tener para poder estudiar una carrera, no ven que detrças puede haber sacrificios, quizças esa falta de comunicaciçon, no sçe, ellos son jçovenes sobradamente preparados, capaces de conversar y de los que aprendemos.
    O esa es mi disposiciçon, soy curiosa y me gusta saber que les motiva. Yo en mi hijo y sus amigos veo ese afçan de superaciçon, fueron muy buenos estudiantes, hicieron el Doctorado que les iba a pagar la Universidad y que nunca lo hicieron, costeamos sus estudios, todos, hasta que trabajando siguen ellos en esa espiral de saber, pero compartir, lo que saben, con sus padres, da la impresiçon que igual no nos ven a su altura. Que por otro lado se la hemos dado y podemos hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.
    Saludos desde Gran Canaria, Mi isla.

  6. Yo también tengo la casa llena de amigos de mis hijos y trato de entender qué hay dentro. Lo que veo suele gustarme. Soy positivo respecto a la juventud, que creo que es nuestro mejor activo.
    Abrazo.

  7. Creo que las nuevas generaciones son -somos- mucho más abiertas y tolerantes. En todos los niveles. Lástima que esté España como está. En el tardofranquismo emigró gente sin preparación; hoy, con excepciones, sale del país lo mejorcito.

    • Inspecteur, mucho tiempo sin aparecer. De nuevo bienvenido/a.
      Estoy de acuerdo: las nuevas generaciones sois más abiertas, más tolerantes, más pragmáticas. Lo veo en mis hijos (26 y 22). También es cierto que tenéis un ambiente de libertad impensable en nuestra época franquista. Sólo hace falta que desterréis un cierto sentido de desprecio por la vejez, que ese sí que me irrita. Por lo demás, larga y feliz travesía de la vida.
      Un abrazo,

      AG

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