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Imágenes de Granada. 15: El Palacio de Dar-al-Horra


Hace sólo unas semanas, el Palacio de Dar-al-Horra ha vuelto a abrirse al público, tras desaparecer los verdes plásticos de obra que impedían el acceso al monumento. Eso quiere decir que los descerebrados de los sprays ya tienen dónde pintar, que el hecho de que sea uno de los monumentos más bellos de Granada poco les importa.

El callejón de las Monjas, con el Arco (el llamado “ladrón de agua”) y San Cristóbal al fondo

El Arco de las Monjas, visto desde el Palacio

El “ladrón de agua” desde el otro lado

Se trata de un paraje y un monumento que son desconocidos por muchos de los locales, dado que el acceso parece tener cierta mala prensa, pese a estar a escasos minutos del centro. Enrique Villar Yebra, en su libro “El Albaicín” (Granada, Ediciones Albaida, 1997), nos habla del acceso, el llamado Callejón de las Monjas, en estos términos:

“…solitario lugar, sombrío y hosco, poblado de misterio y leyendas, a cuyo sitio se orienta el mirador del palacio de Daralhorra. El callejón está situado a espaldas del convento de Santa Isabel y muy próximo al lienzo norteño de la muralla de la Alcazaba Vieja, paralelo a la barranquera de la Alhacaba. Un torreón del viejo recinto es visible desde un recodo, allí donde de uno a otro lado cruza el acueducto llamado Arco de las Monjas y Ladrón del Agua, conductor del agua de la acequia de Aynadamar. El arco es el más llamativo accidente del callejón. Cubierto en su parte superior por las hiedras, las masas de hojas penden, arracimadas, adornando graciosamente la obra entre parduzca y rojiza, manchada siempre de humedad.

El rumor suave del agua se percibe allí, y el hálito de las hiedras húmedas, el roce de la hojarasca y el susurro del aire, claramente audible en la silenciosa soledad del sitio, hacen revivir en la mente la trágica leyenda del Arco de las Monjas, donde, según las antiguas tradiciones granadinas, una mañana del año 1705 aparecieron ahorcados los cadáveres de varios conspiradores, apresados en una encerrona cuando laboraban secretamente en favor de la casa de Austria, en los días de la guerra de sucesión, a la muerte de Carlos II.

Pero no necesita el callejón de las Monjas del adobo de la leyenda de los ahorcados para ser el más lúgubre lugar del barrio y aun de toda la ciudad: lo es por su aspecto y ambiente. Y tiene, por si no fuera bastante, otra tragedia, anterior, en el marco de sus paredones. Un suceso macabro, espantoso, de recuerdo estremecedor, ocurrido en el año 1615 del que hay una breve nota en los Anales de Granada, del cronista Henríquez de Jorquera. Doy estos datos para orientación del lector que desee conocer el caso, que no relato aquí porque cae fuera de la temática de este libro. En contraste con la lobreguez del lugar y a la mitad del trayecto, corto y quebrado del triste callejón, se levanta airoso el Palacio de Daralhorra, abierta la delicia de su mirador sobre el foso sombrío. Es una de las últimas construcciones de los moros granadinos, ya en el siglo XV, y fue propiedad de los monarcas de la Alhambra. Se supone estuvo habitado un tiempo por la madre de Boabdil. Desde principios del siglo XVI y hasta no hace muchos años formó parte del convento de Santa Isabel; luego, adquirido por el Estado y restaurado muy acertadamente por el arquitecto Torres Balbás, ha pasado a la serie monumental granadina con acceso público. Su aspecto interior lo asemeja a algunos sitios de la Alhambra o del Generalife, pero a escala más reducida. El patio, con su alberquita en medio, espejo del celaje, tiene un ambiente de acariciante serenidad. En los extremos del Norte y del Sur se enfrentan galerías con arcadas que conservan las primitivas columnas y sus capiteles cúbicos, de mármol. Amplios aleros las cubren, que se apoyan en cornisas de maderas talladas, de origen. Sobre la galería del Norte pisa un corredor que abre sobre el patio tres balcones, más ancho el central, que tienen preciosas labores de estuco en las albanegas. Tanto el primero como el segundo cuerpo de aquel lado guardan en las estancias restos de sus adornos originales en sus estucos y maderas, abriéndose ambos miradores muy bien situados para el recreo de los ojos a un sugestivo paisaje del Albaicín. Daralhorra está ubicado sobre una parte de la extensa propiedad que en aquel sector poseyó el rey zirita Badis Aben Habuz: el legendario palacio que se dice la Casa del Gallo de Viento. Su recuerdo está perpetuado en el nombre del acceso a Daralhorra por el lado opuesto al callejón de las Monjas, otra vía solitaria y escondida: el callejón del Gallo, en un lateral de la placeta de San Miguel”.

Fachada de Dar-al-Hora

Diferentes aspectos de la fachada

La elegancia de las columnas

El hermoso palacio perteneció a la familia real y fue construido a fines del s. XV, pocos años antes de la caída de la ciudad en manos cristianas. Se cree que perteneció a Aixa-al-Horra, la esposa legal del rey Muley Hacén (que dio nombre a nuestra más eminente cumbre: el Mulhacén) y madre de Boabdil. Cuando el rey tomó como favorita a doña Isabel de Solís, que se convirtió al Islam y adoptó el nombre de Zorayda (que significa “Estrella de la mañana”), Aixa fue repudiada y confinada en el extremo opuesto de la ciudad, en el último rincón de la vieja al-qasba qadima (la alcazaba o ciudadela vieja).

Las intrigas de la despechada reina significaron, a la postre, la caída de un reino de ochocientos años, un hecho histórico en el que son más conocidos los elementos legendarios y poéticos que la durísima realidad de los hechos.

En cualquier caso, hoy el Palacio de Dar-al-Horra es una diminuta joya que hay que visitar, pese al degradado entorno, como una de las edificaciones más hermosas de la ciudad, lo cual es decir mucho.

 

Alberto Granados

NOTA: Actualemente, el Palacio puede visitarse martes y jueves de 10,00 a 14,00 h. Entrada gratuita.

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4 comentarios el “Imágenes de Granada. 15: El Palacio de Dar-al-Horra

  1. Precioso repartaje sobre el palacio de Dar-al-Horra, con el delicioso aliciente de unas magníficas fotos del mismo y sus alrededores y el texto de Villar Yebra. Hay otro libro de Villar Yebra, “Granada insólita”, en el que cuenta con todo detalle el macabro suceso: se trata de una monja emparedada por el “enorme delito” de hablar con un jardinero de un jardín próximo. Él fue ahorcado y ella emparedada. Ambas atrocidades de la Iglesia Católica las cuenta Henriquez Jorquera y la guinda del pastel la coloca Villar Yebra cuando nos narra cómo aparecieron los restos de la monja al efectuar unas obras en el palacio, poco antes devuelto por las monjas al Estado. En mi biografía de Villar Yebra, editada por CAja Granada, también recojo tan macabro hallazgo. Me parece importante airear estos lejanos sucesos porque nos muestran, lo mismo que las hogueras inquisitoriales, la otra cara de la Iglesia Católica que ahora con tanto esmero nos quieren ocultar.-Francisco Gil Craviotto.

    • Querido amigo: celebro que te gusten mis fotos. El Palacio es de una belleza singular y creo que no se le hace justicia, pues siendo un palacio a cinco minutos de Constitución, no debería estar tan cerrado e infrautilizado.
      La Fundación Albayzín lo rehabilitó y estuvo a punto de convertirse en sede del Milenio, pero al finaol, la crisis arrumbó el proyecto.
      Conocía la leyenda de un blog albayzinero, pero no sabía que hubieras tocado el tema en tu biografía de Villar Yebra.
      Un abrazo,

      AG

  2. Delicioso paseo por esa Granada que siempre me hechiza. Hace tiempo que no me doy una vuelta por su magia, y después de leer tu entrada, lo haré en breve. Por supuesto que visitaré el Palacio Dar-Al- Horra. Gracias por indicar el horario y por esas fotografías, Alberto.

    Un abrazo.

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