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Mariana contemplando las mareas. 3.


Si no has leído los capítulos precedentes, aquí enlazo el Capítulo 1 y el Capítulo 2.

III

 

 

 

El tiempo fue pasando, casi imperceptiblemente, hasta hacer de don Fermín un hombre viejo y solitario, cada día  más próspero pero también más agotado por la soledad. El paso de los años no consiguió curar su melancolía por la pérdida de su esposa. Sentado en su estudio en lo alto de la casa, desde donde se divisaban el mar y la montaña, dedicaba secretos poemas al recuerdo de Mariana.

Tras el paso fugaz de Amadeo de Saboya por el trono, España se convirtió en una efímera República y, finalmente, llegó un rey que era prácticamente un niño. Todo ello sembraba en el espíritu del anciano un poso de incertidumbre: se había venido de Cuba por la inestabilidad que flotaba en el aire y en la metrópoli todo estaba también revuelto y confuso como nunca. A pesar de todo ello, de Cuba venían cuantiosas remesas de dinero, que era sabiamente reinvertido en diversos negocios y que le producían una impresionante renta. Cada vez que llegaba correo de ultramar, con asientos y balances bancarios, recordaba la sabiduría de su esposa, su buen consejo de acoger a Ignacio en la sociedad, su perspicacia que a la larga estaba produciendo tantos beneficios.

 

 

Un barco de 1870, el Great Eastern. Imagen tomada de cabavolo.com

También recibía amistosas y agradecidas cartas de su administrador, en que ese hombre prudente, honrado y sabio, le contaba de su vida, que era tanto como decir de la de su hijo Fermín Ignacio, aquel niño enfermizo al que Marianita llamaba “Minito” cuando ambos eran casi unos bebés. Ahora era un experto marino que se hacía a la mar cada vez que su armador fletaba un barco. El joven, que había superado sus enfermedades,  disfrutaba de la navegación, sabía maniobrar en mitad de las tempestades y llevaba la prudencia y la sensatez en la sangre, hasta el punto de que la tripulación de los barcos que comandaba se sentía siempre en buenas manos. Ahora era un hombre sano y fuerte como un roble, según afirmaba Ignacio, que en una ocasión adjuntó un daguerrotipo en el que Mariana difícilmente pudo reconocer a “Minito”.

 

Elimino este relato por haber pasado a formar parte de mi libro “Mariana contemplando las mareas y otros relatos”, disponible desde el próximo mes de Abril en Librería Nueva Gala. Dejo el inicio, las imágenes y los comentarios que en su momento aparecieron en el blog (Granada, 24 de Marzo de 2017).

 

 

 

Alfonso XII. Imagen tomada del blog  luiprofedehistoria.wordpress.com

 

 

En el próximo capítulo, Mariana descubre la verdadera tragedia de la vida y se siente absolutamente infeliz.

Alberto Granados

6 comentarios el “Mariana contemplando las mareas. 3.

  1. ¡A ver que novio le has buscado a la chiquilla!

  2. Da gusto entrar en este blog. Solo falta el olor… pero aun así huele como a arrayanes. Las fotos que se ven aquí son una auténtica delicia; rincones que no se pueden ver, salvo desde la mirada de un granadino los ´saboreamos desde la distancia. Gracias, Alberto.

    • Maite, muy agradecido por tus elogios, pero sobre todo por tu aparición por este blog.
      No sé si consigo lo que quiero, pero sí sé que cuido el aspecto y que me lo trabajo, de ahí mi agradecimiento cunado alguien comenta.
      ¿Estás leyendo el relato? ¿Qué te parece?

      Abrazos,
      AG

  3. He visto que mi mensaje quedó incompleto. Había hecho una alusión a las bellísimas imágenes de Granada, de esos lugares desconocidos para los turistas y me fui al asunto de los olores, precisamente para realzar la fuerza de las imágenes. Cómo no me di cuenta de lo extraño que quedó por incompleto. En cualquier caso, la intención era buena.
    Sí, estoy leyendo tu relato. Y que bien queda con esas imágenes. Se me ocurre que sería un ejercicio de lectura bien bonito para mujeres adultas, por la historia que narras, por las imágenes que van tan bien al texto… Me ha estado recordando a una casa de indianos que vi en un pueblo navarro, donde el refinamiento de los nuevos ricos era sorprendente. Recuerdo aún los cortinones de terciopelo sabiamente dispuestos con pliegues nada comunes. Cuántas cosas se consiguen con dinero: hasta el buen gusto. Un saludo, Alberto, te falta menos para tu viaje a Venecia.

    • Entendí que lo del olor a arrayán era por algo de lo que pongo sobre esta Granada ambigua y dispersa, que a la vez veo como una ciudad impresentable e imprescindible.

      El relato toca a su fin. Mañana mi Marianita encontrará su destino… y entenderá lo que pudiera llamarse felicidad.

      AG

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