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Trapos mojados


Parecía todo demasiado hermoso: puente del primero de mayo, Feria del Libro, proyecto de bajarnos a la playa, los días precedentes con un sol primaveral y una luz preciosa sobre la Alhambra o el Albayzín… Había expectativas seriamente fundadas… Tantas, que si no salía una, otras mil alternativas parecían al alcance de la mano…

El alma humana tiene sus rutinas, sus esquemas preestablecidos, sus percepciones, así que todos esperábamos un glorioso y primaveral fin  de semana, con una floración irreductible y un sol luciendo a las bravas. Todos estábamos con nuestros planes a cuestas. En nuestro  caso, pensábamos bajarnos a la playa, siquiera un par de días, a tomar el sol, dar paseos junto al mar, leer, oír música y darle vueltas a unos relatos que por ahí andan empantanados sin saber por qué.

Estos días ha habido mil cambios climatológicos que ya anunciaban inestabilidad, pero Motril y su área son el trópico. ¿Cómo pensar en pasar frío en medio de olores a mango, aguacate e invernaderos? Pero la climatología, tozuda y desvergonzada, nos ha dejado aquí, (la última vez que bajamos a Calahonda, el puente del Día de Andalucía, pasamos verdadero frío), ya que los apartamentos playeros no están acondicionados para el invierno y para estar encerrados en un espacio pensado sólo para el verano hemos preferido quedarnos en la ciudad. Con un cierto nivel de frustración, eso es cierto, pues la lluvia inmisericorde me ha puesto como una sopa cuando he salido a caminar esta mañana, la sensación de frío era bastante acusada por la humedad (los termómetros urbanos marcaban 11 grados) y se me han ido cerrando todas las expectativas: ni subir al Albayzín o la Alhambra, ni disfrutar de un paseo, ni bajar a comer a la playa (mucho menos quedarnos allí un par de días), ni cielo radiante ni nada que suene a festivo. Ni siquiera he tenido ganas de volver a la feria a un debate sobre el relato, programado para esta mañana. Sólo lluvia, frío, charcos, un viento de esos que te vuelve el paraguas en las esquinas, unos cielos negros cuando la lluvia descansa por un momento para volver a atacar de nuevo, sólo un minuto después de haber plegado el paraguas…

Un día invernal en medio de una primavera que ya ha hecho asomar los veinticinco grados un par de veces resulta algo parecido a una afrenta imperdonable. Vivo en un primer piso y veo los trapos colgados en el tendedero del patio, junto a las macetas que mi mujer cuida afanosamente. Los trapos están chorreando mil veces más agua que cuando se colgaron anoche y experimento la sensación de que algo va mal en el universo.

La naturaleza no son sólo las mariposillas o peces de mil colores de los reportajes de National Geographic. Es también una fuerza desatada, una climatología que pisotea tus planes, un fatalismo que te descoloca sin capacidad de reaccionar. De cuando en cuando me regala una pequeña distorsión en mi vida y entonces me queda como un pellizco en el estómago, un pliegue en el espíritu, un grano en las ideas. Una evaluación del caos que me permite ver que algo no está funcionando como debería. Es cuando te das cuenta de que sólo te has llevado un pequeño contratiempo y que por muy inoportuno que te parezca, la vida sigue con la pequeñez de tu frustración.

También es cuando reflexiono sobre nuestra soberbia y nuestra pequeñez. Cuando veo que somos absolutamente irrelevantes. Acepto el mensaje. Trato de racionalizarlo, de no darle importancia, pero cada vez que levanto la vista del teclado y veo el día tan oscuro, tan triste, tan frustrante, y veo los trapos tendidos, chorreando agua y sin visos de que el chaparrón escampe, me parece ver en esa ropa  (desfallecida y arrugada como mis ánimos y que tendría que estar seca en la misma medida en que yo tendría que estar en Calahonda), una metáfora de ese estado que la lluvia ha salpicado en mí, sin que exista paraguas que tape esa mezcla de cura de humildad, sentido de frustración y sensación de un inabarcable absurdo: el viejo “no somos nadie”.

Esperaré que se sequen los trapos y escampe. Después empezaré a hacer nuevos planes que me autoafirmen: no me queda otra.

Alberto Granados

6 comentarios el “Trapos mojados

  1. Cuentan de un sabio que un día…

    Te regalo todos mis paraguas y una lluvia de melancolía tras los cristales:

  2. …Otro sabio iba cogiendo las hierbas que… Mensaje recibido y asumido. Un abrazo Guadiana.

  3. Un hermoso escrito que sólo parece desfilar frustración. Querido Alberto, estás bajo techo y en tu hogar, las plantas aparecen brillantes y felices y junto a la humedad del suelo me ha parecido ver un rincón dublinés. La ropa se resigna empapada. Ya se secará. Deja que llueva con furia o mansamente mientras no perjudique a nadie. Calahonda os espera sonriente. Qué lluva en cualquier parte, Alberto menos en tu corazón.
    Una abraçada!

  4. Tiene que llover, tiene que llover a cantaros, Alberto.

  5. Glòria y Coco: perdón por mi tardanza en responder, pero estoy liadísimo. Ya se me ha ido pasando el mosqueo por el puente metido en casa, que he aprovechado para echarle una mano a mi hija con un trabajo para su máster. Para arreglar las cosas, el fin de semana próximo también lloverá… Sé la falta que hace la lluvia, pero podía llover en medio de la semana, digo yo.

    Abrazos mil,

    AG

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