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Cuentos para Granada


El próximo lunes, día 14, a las 19,30 h., en el aristocrático Palacio de la Madraza, está previsto presentar el nuevo volumen colectivo de relatos “Cuentos para Granada” (Cylea Ediciones –Lola Vicente y José López Rueda-, Segovia, 2012, con ilustraciones de José Hernández Quero, Cayetano Aníbal y Silvia Abarca), un libro en la estela de los anteriores “Cuentos para…” que ya han recopilado relatos vinculados a Segovia, Toledo y Murcia. La presentación correrá a cargo del Profesor Sánchez Trigueros (hace mil años me dio un par de asignaturas en la carrera).

En sus palabras liminares, la editora reconoce el decisivo papel aglutinador de esta edición que ha desempeñado el profesor y poeta José Lupiáñez. Tras ello, hace una breve mención de los distintos autores y los tres ilustradores, así como de la facilidad que el proyecto editorial ha conllevado por la colaboración desinteresada de todos los creadores.

Portada de José Hernández Quero

Por su parte, el coeditor José López Rueda realiza una taxonomía de los relatos del libro. Establece varias categorías, en ningún caso estancas, tales como relatos costumbristas, sobre la infancia y sus recuerdos, sobre fobias y miedos, relatos fantásticos, viajes y excursiones con la ciudad de Granada como fondo y relatos de compromiso social. El libro va dedicado a la figura y la voz del inolvidable Enrique Morente.

El volumen recoge un total de veintiuna historias firmadas por autores que recorren un amplio abanico de estilos, tonos, temáticas y edades, si bien mantienen un factor argumental común: todos los relatos del libro tienen algo que los relaciona con la ciudad de la Alhambra en mayor o menor medida (a veces la relación es ciertamente difusa, la verdad). Los cuentos aparecen por riguroso orden cronológico de sus autores, desde el mayor hasta el más joven.

Tan dispar planteamiento hace casi obligatorio dedicar una brevísima nota a cada uno de los relatos con la intención de condensar el cuento y sus características.

Ilustración de José Hernández Quero

El primero lo firma Medardo Fraile (Madrid, 1925), un auténtico especialista en la narrativa breve, género en el que ha publicado numerosos títulos, aparte de su labor de antólogo en este campo. Ofrece aquí su cuento Tertulia azoriniana, que efectivamente reproduce una vieja tertulia en la trastienda de una despacho de vinos (“oscuro y tranquilo como un santuario”), donde el doctor Colomín expone las insalvables diferencias sociales que impidieron la felicidad de Genoveva, una de sus pacientes de Órgiva, “una muchacha sin originalidades ni rarezas que no fueran comunes a todas las muchachas”. Ésta, convertida con los años en una señora, dedica su soledad a hablar con Ida, una niña de un retrato pintado a encáustica. Entre tragos del botijo, el relato deja en los tertulianos un regusto de vino y evocación, de lo vivido o tal vez soñado en común, de lo real frente a la hipérbole y, al final, un reverente silencio para la tarea de asumir los sueños ajenos.

Ilustración de Cayetano Aníbal

José López Rueda (Madrid, 1928) escribe el segundo cuento, El hijo de la canastera. Entre otros cargos académicos, ha dirigido un programa de la Universidad Washington Irving (Ohio, EEUU) en Segovia, situación de la que parte su relato, que recoge la excursión que sus estudiantes realizan en 1992 desde Segovia a Córdoba, Tarifa, Sevilla y Granada. Se trata de un cuento realista en que se relatan las incidencias y anécdotas del viaje. Sólo una brevísima concesión a la magia del Sacromonte en el pasaje donde los estudiantes visitan la cueva de María la Canastera y la transforman en una impensable discoteca llena de rock and roll.

Ilustración de José Hernández Quero

Mi admirado Francisco Gil Craviotto (Turón, Granada, 1933) se ocupa de la visión de la postguerra de un niño que todos intuimos que es el propio autor. Habla de Mi tío Pedro, personaje del que en otras latitudes se hubiera dicho que era un hedonista, un epicúreo o un bon vivant, pero en Alcor de los Caballeros (pueblo imaginario en el que sitúa la acción), “…lo llamaban simplemente un «viva la virgen». Otros lo trataban de «salta-balates», «canta-mañanas» y putañero”. El vitalismo entusiasta (que el personaje centra en las mujeres, el vino y la caza) choca con la hipocresía del período de postguerra, donde su vagancia y su situación de amancebamiento con una mujer casada parecen actitudes incompatibles con la “nueva España” de los triunfadores. Llevado a un campo de concentración deja en las manos de su sobrino, el autor del relato, el cuidado de un perro.

El recuerdo del perro, del tío, del ambiente familiar, del pueblo… aparecen tintados por una pátina onírica, por la ensoñación ennoblecedora de lo evocado, territorio en el que Gil Craviotto se desenvuelve magistralmente en todos sus relatos y novelas rurales.

Ilustración de José Hernández Quero

La albayzinera Antonina Rodrigo, en su relato La miliciana del Albayzín, usa a una narradora llamada Estrella, hija de libertarios y libertaria ella misma, para hablar de la represión en el Albayzín en los primeros días de la guerra civil, cuando el barrio se convirtió en bastión de resistencia contra los sublevados franquistas. Un lenguaje lleno de tintes épicos recorre el breve relato que cuenta la peripecia del personaje desde que tiene que abandonar su barrio (lo que la llevará a Guadix, Valencia, Barcelona, campo de concentración de Saint Cyprien, lucha en la resistencia francesa…) hasta que regresa a su Albayzín tras la muerte del dictador. Al final, la voz narradora habla de la visita de una investigadora granadina (¿la propia Antonina?), con quien comparte sus recuerdos y a quien muestra el mono azul de su madre, como una reliquia que habla de su glorioso pasado luchando por defender la libertad.

Ilustración de Silvia Abarca

Manuel Villar Raso (Ólvega, Soria, 1936) escribe La pesadilla de los mosquitos, el quinto relato, en que cuenta lo que le sucedió cuando participó en una expedición de la Universidad de Granada a la curva del Níger. Algo tan simple como una masa de mosquitos lo hace perderse en la noche africana y sentir el pánico más absoluto hasta que unos desconocidos lo reconducen al campamento. Relato breve y cargado de realismo, consigue transmitir magistralmente la sensación de que hasta el terror es un factor cultural que presenta parámetros  muy diferentes, según se trate del continente negro o de las confortables sociedades occidentales.

Ilustración de José Hernández Quero

El relato número seis corre a cargo de Lola Vicente (Yecla, Murcia, 1942), que escribe Enamorados entre las ventiscas, un relato sobre el ocultamiento y huida a Granada de dos hombres de derechas de Álecy (una geografía inventada que coincide con la Yecla natal de la autora). El ambiente de miedo y delación, de miseria moral y los odios largamente enraizados, los paseos fatales… todo ese clima asfixiante de una guerra civil, aparece recogido en el relato de la autora (y editora, en este caso).

Ilustración de Cayetano Aníbal

En La magia del corazón, Enrique Martín Pardo (Periana, Málaga, 1943) nos cuenta de qué manera el mago local Miguel Aparicio realiza para un niño un truco lleno de humanidad en una gélida mañana de finales de 2004. Un delicioso relato de extensión mínima, pero intenso y emotivo.

Ilustración de José Hernández Quero

El octavo relato, firmado por Mercedes Alonso (Jerez de la Frontera, 1946), llamado Heraclitana, demuestra que la célebre formulación de Heráclito, según la que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, es cuestionable en Granada, ciudad a la que una mujer madura vuelve durante un congreso. Tiene reticencia en visitar la Alhambra, sabiendo que la va a decepcionar por la masificación de turistas y cámaras de fotos. Sabe que no va a encontrar la magia de la primera visita, acaecida durante su lejana juventud. Sin embargo el prodigio “casi” tiene cabida cuando se trata de un ámbito mágico como es el Palacio de la Colina Roja… Realismo y fantasía se mezclan en la mente de la protagonista: la poesía primitiva, la tarde de primavera, los jardines, los reflejos del crepúsculo en las piedras venerables… y la dura realidad. Relato agradable, lleno de referencias emocionales que contrastan con el divertido final, absolutamente realista.

Ilustración de Cayetano Aníbal

Un cruel secreto, de Pilar Sánchez Álvarez (Granada, 1947), nos pone en contacto con un tema de dramática actualidad: los niños robados a sus verdaderos padres. Un relato sin concesiones, brevísimo e impactante, nos habla de toda una simulación, de un asesinato doble, de una casa en Prado Negro, de una vida absolutamente falsa, de esa enorme dosis de egoísmo que, como una especie de maldición bíblica, forma parte del ser humano.

Ilustración de José Hernández Quero

Mercedes Molina Mir (Yecla, 1952) escribe A ver si te viene algo a la mente, relato cuya protagonista mira un viejísimo álbum de fotos buscando ideas para el discurso de la jubilación de una de las chicas que la acompañaron a un viaje de estudios a Granada. Los recuerdos se encadenan: Guadix, el descubrimiento del Albayzín, la Alhambra, la buenaventura de una gitana, la Capilla Real… y el detalle humano de alguien parecido a su abuela que les pide que intercedan para arreglar un viejo asunto familiar (“Nena, no dejes que me recoja mi hijo: en su casa soy un estorbo…”). Los recuerdos,  los diferentes destinos de quienes vinieron al viaje, el anecdotario… en una suspensión del tiempo lineal: todo un ejercicio de introspección, mientras la narradora busca ideas para escribir el discurso de la compañera jubilada, en un tono intimista y directo.

Ilustración de Silvia Abarca

El ecuador del libro es el relato que firma Antonio Enrique (Granada, 1953): Belleza Póstuma. De nuevo es un niño el protagonista (¿trasunto del propio autor?) que se traslada a un pueblo de la provincia para pasar el verano en casa de una familia amiga. Allí se enfrenta a varios misterios adultos: la muerte de una niña que ni siquiera sabe muy bien quién es y a la que piden que bese, incapaces de entender el rechazo (“…el miedo, la prevención, el asco, la piedad, todo junto…”) que la muerte le provoca. También se enfrenta a otras realidades: el rechazo de el Colorín, un chico de pueblo compañero de correrías; a Paco Torres (el dueño de la casa, repulsivo y brutal), a la señora de la casa y a su hijo tetrapléjico, a los fantasmas de la guerra civil… El narrador, con su estilo impecable, hace un colorido retrato costumbrista de la época (1964) a la vez que una delicada introspección y una fina ironía sobre las contradicciones de los adultos.

 Ilustración de Silvia Abarca

El milagro de los peces, del poeta José Lupiáñez (Cádiz, 1955) también recurre al territorio mágico de la niñez. El propio autor, que pasa las vacaciones estivales en casa de su primo, en La Zubia, observa el pequeño capital que ha reunido con su primer negocio en el verano de 1965. Es una cantidad que le sugiere mil posibilidades inagotables. Mientras nos desgrana el origen de su gananciosa empresa, nos da las claves de los miembros de su familia (especialmente de su abuelo), sus complejidades y la huella que la guerra civil dejó en su alma.

Un relato ágil que combina muy acertadamente la ternura del recuerdo infantil con la realidad de la época. El resultado es impecable.

Ilustración de Cayetano Aníbal

Antonio Costa Gómez, en su relato Siete fotos de la Alhambra, décimo-tercero del libro, recurre a lo mágico: una cámara de fotos muy especial  (“…siempre tuvo algo raro. Sacaba fotos extrañas, ponía cosas que no estaban allí…”) hace aparecer a personajes históricos en las siete fotos a que se refiere el título, mezclando prodigiosamente el pasado y el presente del monumento nazarí.

Ilustración de José Hernández Quero

Por su parte, el periodista y siempre eficaz narrador José Vicente Pascual es el autor de Regino, relato en el que evoca los encuentros, conversaciones y bromas que intercambian un lechero homosexual y un hortelano que hace las veces de basurero de la Vega granadina. De nuevo el hilo conductor del relato es la evocación de la niñez, ese paraíso perdido al que se desea volver, que aquí presenta un aura poética que cambia las miserias de las vidas en un poético equilibrio optimista y relajante.

Ilustración de Cayetano Aníbal

Ana María Tomás escribe el cuento decimoquinto, Candela. Es la historia de una chiquilla que queda prendada de nuestra ciudad al conocerla en una excursión. De adulta, llegará a mistificar la realidad hasta el punto de mimetizarse con los personajes más típicos de la ciudad: las gitanas adivinadoras del porvenir que tanto proliferan pese a las ordenanzas municipales. La autora, de procedencia murciana, encuentra en estas típicas vecinas una especie de símbolo de la ciudad y se centra en la protagonista con un sano sentido del humor.

Ilustración de Silvia Abarca

Ayes Tortosa es la autora del siguiente relato, Sobre el día que vino la muerte al Albaicín en busca de don Mariano, en que el protagonista burla inconscientemente a la misma muerte, recorriendo el Albayzín en un permanente deambular de espacios y situaciones. El viejo barrio árabe, puro laberinto, despista a la fatal señora que viene a recoger lo que le pertenece. Relato de ritmo ágil y lleno de divertidas connotaciones que contradicen a su equivalente en Las mil y una noches, donde la huida de la muerte no tiene sentido frente al rigor del destino. Un relato ciertamente muy conseguido.

Ilustración de Silvia Abarca

Seguidamente, el poeta y novelista Fernando de Villena firma el cuento La Vega. El tiempo que media entre agosto de 1936 y febrero de 1963, hace que, para el mismo comensal, dos comidas en la misma venta tengan un signo muy distinto: la misma diferencia que media entre volver de fusilar a varios detenidos por los falangistas, entre ellos un poeta (“Al poeta le disparáis en el culo, por maricón”), y pararse a comer plácidamente con la familia un domingo cualquiera. El recuerdo no siempre es una experiencia grata. Por el contrario, en ocasiones se añora ese olvido liberador e indulgente que nunca llega.

Ilustración de Cayetano Aníbal

El relato número dieciocho, El príncipe Boabdil no lloró nunca, viene firmado por el madrileño Emilio Porta. Cuento de una sorprendente brevedad, casi una estampa, explica la figura del perdedor granadino por antonomasia: el último rey nazarí, que perdió el reino y sustentó la leyenda del “suspiro del moro”. El tono lánguido y nostálgico del relato se ajusta perfectamente al contenido y sirve para resaltar esa visión de los personajes dolorosamente fracasados ante la Historia.

Ilustración de José Hernández Quero

El escritor de relatos Ángel Olgoso aporta Estorninos en la higuera. Esta vez también se trata de una tertulia en la que participa Andrés Leyva, quien fuma de manera impenitente mientras narra diversas situaciones de miedo por las que ha pasado a lo largo de su vida. La mentira, la hipérbole, la duda entre los asistentes… quedan como un telón de fondo escéptico y resignado, casi necesario para que la reunión se mantenga, como si fuera mucho más importante el estar juntos que la propia verdad.

Ilustración de José Hernández Quero

Sir Henry Willowy (en realidad, Enrique Salcedo) es el pseudónimo con que aparece firmado el penúltimo relato, El sueño de Pedro Machuca, dedicado a Fernando de Villena. Se trata de otro relato que también habla de perdedores, tan vinculados a la propia esencia de Granada, la ciudad de las tres culturas… de la que sólo sobrevive una, la más excluyente,  impuesta por las armas de Castilla y León.

Acsinia, una joven árabe observa el deterioro que sobre la vieja Alhambra han impuesto los cristianos. El sentido último del cuento sólo se comprenderá cuando se haya comprobado el impacto invasivo del Palacio de Carlos V en el conjunto del palacio nazarí. Un genio intenta disuadir al arquitecto que está a punto de diseñar el amazacotado recinto imperial.

Relato lleno de referencias esotéricas y mitológicas que contrastan con la incuestionable rotundidad física del Palacio pensado por Machuca.

Ilustración de Silvia Abarca

El último de los veintiún relatos es El mendigo cuyo nombre acababa en “O”, de Javier Vázquez Taboada. Premiado en una especie de convocatoria de la propia editorial, aparece lleno de referencias a la santidad milagrera de la Leyenda Áurea.

En síntesis, un extraño y desigual conjunto de relatos sobre Granada (que, inexplicablemente, surge de una iniciativa segoviana) donde se mezclan hasta siete miembros de la Academia de las Buenas Letras de Granada (Manuel Villar Raso, José Vicente Pascual, Antonio Enrique, José Lupiáñez, Enrique Martín Pardo, Fernando de Villena y Francisco Gil Craviotto, éste último a punto de leer el discurso de ingreso), con una copiosa producción publicada y autores absolutamente inexpertos. Hay en el libro estilos y planteamientos muy distintos, muy diferentes grados de madurez narrativa, diversos recursos y técnicas, ritmos, puntos de vista… como suele ser habitual en los volúmenes de “varios autores”. No se pueden soslayar las hermosísimas ilustraciones, una por relato, que forman parte indisociable de esta cuidada edición: los tres ilustradores han puesto talento creativo, sensibilidad y mucho acierto en sus creaciones.

Con todos los defectos (hay cierto maniqueísmo en el tratamiento de la guerra civil o algún pequeño desajuste en el de los fenómenos mágicos o milagreros, tal vez falle el ritmo narrativo en algún caso…), junto a los indudables aciertos que se le puedan señalar al libro, este tipo de mezcolanzas hace falta siempre para señalar el pulso creativo en torno a nuestra ciudad, así que es muy de agradecer que Cylea Ediciones haya hecho algo que las editoriales locales omiten con una escandalosa frecuencia: arriesgarse con los autores locales. Granada debería contar mucho más en el panorama editorial.

A todos los que han contribuido en esta publicación: ¡Mucho éxito! Y que cunda el ejemplo entre las instituciones y las editoriales locales, pues son muchos los escritores inéditos en esta ciudad de letras y cultura que piden, sin éxito, la oportunidad de acercarse al público lector y medirse en su reacción.

Alberto Granados

Enlace a una web sobre turismo en Granada: http://www.ygranada.com/

 

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16 comentarios el “Cuentos para Granada

  1. Excelente post, Alberto. Tú deberías haber participado con uno de tus mágicos relatos.
    Besos de buen día.

    • Pues creo que no están algunas figuras (me refiero a las relevantes, no a mí) del panorama narrativo granadino.
      En mi caso, no he sido invitado a participar. No obstante, hay por ahí un relatillo primerizo que hubiera venido bien en este libro. Lo pondré aquí, como comentario, cuando la presentación haya pasado.
      ¿Qué me dices de las ilustraciones?

      AG

  2. Muchas gracias, Alberto, por tu excelente y objetivo comentario. Suscribo todo lo que dices.

  3. Como integrante del libro “Cuentos para Granada”, uno mi agradecimiento al de López Rueda. Pero quiero añadir un matiz que me parece importante : entre los varios escritores que deberían estar en este libro y no están se encuentra Alberto Granados. Pienso especialmente en alguno de sus relatos publicados en el blog y posteriormente recogidos para un futuro libro. Se trata de un libro que he tenido el honor de prologar y cuya publicación espero no se alargue demasiado. Aún me queda algo que añadir: este lúcido comentario debería publicarse en algún periódico o revista litararia.
    Gracias y saludos.-F. Gil Craviotto

  4. Alberto:
    Yo también creo que deberías contar en ese libro tan interesante y que reseñas con tu característica y sincera elegancia.
    He leído con gran interés tu estupenda crónica ya que me será muy difícil poder leer el libro visto el material que, pendiente, me mira impasible desde las estanterías.
    Un abrazo! I un petó!
    Glòria

  5. José López Rueda, celebro verte por este blog, al que quedas invitado. Y celebro igualemente que compartas el contenido de mi reseña. Creo que este tipo de libros, que unen a consagrados con inéditos, son una buena práctica que debería repetirse con mayor frecuencia.
    Un cordial saludo y hasta esta tarde.

    Glòria y Francisco, durante 2011 envié el borrador a unas veinte editoriales: nunca entraba en sus planes o, sencillamente, no respondían. Ya he dejado de hacerlo. Este año, sólo lo he intentado con una editorial barcelonesa que invitaba a enviarles manuscritos. No ha respondido.
    Ni tengo recorrido para llegar a ser García Márquez ni me va la vida en publicar, aunque está claro que me haría ilusión, pero hay problemas mayores que mi narcisismo.

    Gracias a todos. Esta tarde acudiré a la presentación.

    AG

  6. Muchísimas gracias, querido Alberto, por tu excelente y completísimo artículo que, en verdad, debiera ser publicado en papel, tal vez en “Los cuadernos del Matemático”, en “Extramuros” o algo así. Y desde luego, estoy de acuerdo con la opinión de que en la antología faltan algunos narradores y tú entre ellos. Abrazos de tu amigo Fernando.

    • Gracias, Fernando, pero yo pensaba en Gregorio Morales, en Nicolás Palma, Carolina Molina, Gastón Morata… y muchísimos más, que habrían dado mayor solidez al libro.
      Invitado quedas a participar y enriquecer este blog. Si me permites una sugerencia, a mí me gustan especialmente los relatos.

      Supongo que no veremos esta tarde. Un abrazo,

      AG

  7. Preciosa entrada. La pena es que me encuentre tan lejos y no pueda ir, la verdad es que resulta muy atrayente y atractivo.

  8. Una vez presentado el libro, tras una larga gestación de casi cuatro años, os pongo como comentario un relato mío del verano de 2007 en que hago venir a Granada a Melibea. Además, desarrollo la trama en tres momentos distintos. Espero que Fernando de Rojas me perdone la osadía.
    Este relato tal vez hubiera podido ir en el libro.

    ETERNA MELIBEA

    1

    Melibea, apenas cumplidos sus lozanos quince años, se asomó a un ajimez de su carmen albayzinero. La Alhambra enfrente, la ciudad despertaba entre la Sierra y la vega. Era un mar de campanarios de conventos e iglesias. Muchos, habían sido minaretes de mezquitas, pero la llegada de los Reyes Católicos había barrido del mapa a los judíos y moriscos y cada sinagoga, cada mezquita, se estaba transformando en iglesia cristiana. A lo lejos, se veían las obras del nuevo hospital que un viejo fraile medio loco, fray Juan de Dios, estaba levantando con el dinero obtenido de los reyes.
    La aldaba sonó y cuando Melibea bajó, Celestina, una vieja buhonera, estaba hablando con las criadas. Le compró unas cintas y procuró quedarse aparte con la anciana. Ésta le habló del apasionado amor que el joven Calixto sentía por ella. La oía llena de curiosidad, lo oía subir a caballo desde el Dauro y pasar mil veces por delante de su casa y sabía por la vieja que estaba rendidamente enamorado de ella.
    El padre apareció con gesto hosco y Celestina tuvo que marcharse. El señor llamó a las criadas y les dijo que jamás volvieran a franquear la entrada a “esa vieja puta”. Añadió que no quería problemas con la Inquisición.
    Melibea se retiró al salón y empezó a tocar un laúd para calmar la ira de su padre, amargado y triste desde su obligada conversión. Mientras tocaba viejas baladas, pensaba qué podía ser esa pasión que, según Celestina le aseguraba, sentía por ella el atrevido joven.

    2

    La dulcera Celestina le llevaba todas las mañanas torrijas recién hechas. La ciudad, notablemente ampliada llegaba casi hasta la vega y se hablaba de embovedar el río. Melibea entró en la cocina y empezó a chupar la miel de uno de aquellos deliciosos dulces. Miró a Celestina, que no paraba de hablar y enviar saludos para los señores, esperando que las criadas desaparecieran. Después volvió a contarle a la joven el triste final de Mariana Pineda.
    -Niña, ¡qué gran señora! Te lo digo yo, que la conocí en el beaterio. Claro, ella, política y yo arrecogía. Eso sí que era una señora y mira como acabó. Por rechazar a Pedrosa, ¿sabes? Si hubiera sido hombre, se habría salvado, porque tampoco era para tanto, niña. Pero era mujer. Las mujeres, ¿sabes?, nacemos con el destino elegido… y no podemos hacer nada. Mira yo…
    Melibea le oyó la perorata siempre repetida, pero había terminado por asumir que ella sería quien determinara su propio destino. No quería que le pasara lo que a Mariana, o a su propia madre o, según estaba viendo, a cualquier mujer.
    Cuando se quedaron solas, Celestina le entregó una carta de Calixto y le dio la información que le había pedido: los negocios del joven habían sufrido un serio revés con la caída de las colonias americanas, pero el muchacho estaba encauzando las cosas y parecía que estaba enmendando el revés. Y estaba loco por ella.
    Esa noche, tras leer la apasionada carta de Calixto, tuvo sueños febriles, llenos de zozobra y humedades. Suponía que eso era la pasión, el ardor, la locura. Se asustó porque se veía a sí misma sucumbiendo a aquella llamada salvaje que salía de su entraña, de una manera irresistible, de un modo inexorable. Le daba miedo su propia determinación, pero estaba resuelta a ser dueña de su destino.

    3

    -Eh, Meli. Aquí estoy.
    -No te había conocido con el casco.
    Melibea salía de la Facultad de Derecho. Era viernes y se disponía a bajar a la playa en la moto. Se echó la mochila a la espalda, se colocó el casco y la pareja enfiló la carretera para La Herradura. En el viaje, Melibea recordó los momentos iniciales de su relación con Calixto, las tensiones que tuvo que aguantar hasta que en su casa la dejaron por imposible. El feroz rechazo de sus padres hacia ese chico, las acusaciones de ser un patán nuevo rico, enriquecido a base de negocios no muy limpios, de ser un chulo drogadicto… Bueno, en esto al menos, habían acertado, pensaba Melibea, mientras sentía un irrefrenable deseo de meterse una raya. Pero la moto, la verdad, no era el mejor sitio –pensaba sonriendo.
    Calixto, conducía por la autovía de la costa y también pensaba en los tortuosos comienzos de su relación con Meli. Los asoció al bar de Celestina, un bar de copas donde mandaba una cubana que leía en él como en un libro abierto:
    -¿Qué tú tienes, mi niño? ¿Mal de amores por esa chiquita? Vente conmigo al almacén que Celestina te va a dar un calmante, mi amor.
    Y se iban, y él volvía con menos ganas, pero con más, pues Celestina, a fin de cuentas, no era el objeto de su deseo. Pensaba ahora, camino de la playa, en que Celestina les había ayudado mucho al prestarles su apartamento para sus encuentros. Recordaba las resistencias iniciales, las primeras tímidas entregas y los ríos de pasión que Melibea había llegado a desbordar en la cama de la cubana.
    Melibea pensaba ahora en el futuro, mientras la moto llegaba a la altura del cruce de la costa y giraba en sentido Málaga. Recordaba el vacío que siempre le dejaba la relación con Calixto. Estaba muy bien eso del sexo animal, era muy excitante, pero no respondía en absoluto a lo que ella íntimamente deseaba. De todas formas, se lo iba a comer entero el fin de semana. Luego, el futuro… ya se vería.
    Al llegar, comieron en un chiringuito y se subieron al apartamento. Fue una siesta de larga pasión, de coca, de tragos… Calmados los deseos, bajaron a la playa. Con la moto acuática, en unos minutos estarían bañándose desnudos en Cantarriján. A los dos les gustaba el ambiente nudista. Estuvieron hasta que el sol empezó a ocultarse y el mar tomó un tono plateado.
    -Déjame la moto, Calixto. Esta vez conduzco yo.
    Y arrancó, mar adentro, mar adentro, hasta que la playa casi se perdió en el horizonte. Ella sentía una paz nunca experimentada. Empezó a acariciar a Calixto, mientras volvían hacia el embarcadero, ya casi de noche. A veces, sentía que todo aquello la envilecía y que había que cortar esa relación, pero el futuro se lo plantearía más adelante.
    Cuando ya llegaban, no vio el risco, sólo sintió el violento choque y la potente sacudida que los lanzó, como impelidos por un gigantesco muelle, por encima de la piedra. Oyó caer la moto destrozada junto a ella y, un poco aturdida, tuvo la serenidad suficiente para mantenerse a flote y buscar a Calixto. Lo vio como un títere, desmadejado, en una postura imposible en un cuerpo vivo. Tiró de él hacia los acantilados. Le dolían el brazo y el pecho y le costaba mucho respirar. Abandonó el cadáver entre unas escollos y empezó a subir las rocas. Pese al titánico esfuerzo, no podía avanzar. Le parecía que aquel maldito acantilado no acabaría nunca. Se acurrucó en un recoveco de la piedra, para un breve descanso.
    De repente sonó el móvil. Con el aturdimiento del golpe, se había olvidado por completo de que siempre llevaban un bolso hermético con el dinero, las llaves y los móviles. Contestó esperanzada, pero era su madre.
    -Meli, ¿cómo estás?
    Sintió un último brote de rebeldía. La estúpida irrupción de su madre en un momento tan suyo, tan amargamente suyo, le hizo pensar en un larguísimo futuro de reproches, de reconvenciones inacabables. Comprendió ahora donde estaba su futuro: en los ojos aún abiertos de Calixto, que parecían mirarla desde abajo. Respiró con fuerza, sintió dos lágrimas calientes rodar por su mejilla, se impulsó y saltó al vacío.
    (Agosto de 2007)

    • Están bien esas variaciones y disloques temporales y espaciales sobre los antiguos amores de Calixto y melibea.

  9. Un trabajo muy meritorio, digno de alguien que no debería ser un eterno “meritorio” inédito en el panorama de las letras granadinas. Redundo con furia de amigo y lector de Alberto y aporto la prueba del eterno retorno de nuestra tragicomedia universal, transportada en el tiempo y en el espacio por este redivivo Fernando-Alberto de Rojas-Granados hasta la Costa Tropical de nuestros días.

    Un brindis c0n ron de caña motrileño por la eterna Meli, por la antología (sus autores y sus magníficos ilustradores) y por que en la 2ª edición de Cuentos para Granada se añada el vigésimo segundo relato, Eterna Melibea, del excelente autor jiennense, afincado en Granada, Alberto Granados Palacios .

  10. Miguel y Fernando, poetas ambos, gracias por vuestra benévola crítica. Ya digo que es un relatillo de mis primeros tiempos de blog, cuando era más urgente estar a la hora convenida en opantalla que la clidad del texto. Con todo, a mí me gusta el relatillo.

    Abrazos mil,

    AG

  11. Gracias, Alberto, por tu estupendo artículo. Ah, y tus variaciones sobre la Celestina me han gustado mucho.
    Fue un placer conoceros a todos en la bella Granada. Un abrazo.

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