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Charangas contra el pesimismo


Un año más, han llegado las fiestas de Calahonda, esta vez contagiadas por el halo de pesimismo que se ha instalado en nuestras conciencias.  El agobio de los mercados, el BCE y la escandalosa prima de riesgo, los recortes de ese gran charlatán que ha resultado el Sr. Rajoy, las negrísimas expectativas que se prevén… se han dejado notar este verano, en el que las colas del supermercado son más cortas, los chiringuitos siempre tienen mesas libres, hay montones de apartamentos cerrados y caras de preocupación en los hosteleros.

El primer domingo de agosto siempre es la procesión marítima, en la que una pequeña imagen de la Virgen del Carmen y otra de San Joaquín, sobre sendas barcas, hacen un recorrido paralelo a la playa, en medio de un pasillo de bengalas colocadas sobre tablillas que flotan en el mar. Al regreso, un castillo de fuegos artificiales, que se reflejan en el agua, cierra las fiestas.

 

 

 

 

 

Los fuegos salen del Peñón y se reflejan en el mar

 

 

La gente devota grita vivas a ambas imágenes, animados por el cura desde la barca. Los más tibios en materia religiosa, nos limitamos a preparar unas tortillas, unos empanados y unos tomates frescos con sal. Tras más de 20 años, nos reunimos ya miembros de tres generaciones, que compartimos la cena playera. Cuando “el trueno gordo” cierra las fiestas, los que deben subirse a Granada arrancan los coches para hacerle frente al inevitable atasco y los más jóvenes desaparecen, mientras los que acumulamos ya demasiada juventud nos quedamos en la playa, a veces hasta las tres o las cuatro de la madrugada, charlando y terminando esa botella de rioja, ese trozo de empanada, esa conversación relajada.

 

 

Un pequeño incendio a los pies del Parque Natural de Sierra Nevada.

 

 

Este año, el día salió “espeso” desde por la mañana. Un día de poniente fuerte y frío, de neblina, de oleaje denso y bandera roja. Eso hizo que mucha gente se subiera a Granada al anochecer, con lo que la afluencia a la playa ha sido mucho menor. No sé por qué, hubo un notable retraso en la salida de la procesión, de forma que otro núcleo de gente se fue tras cenar. La propia procesión ha sido más deslucida que otros años, con una virgen que no esperó a la otra embarcación, en la que iba el santo. Sólo hubo diez barcos acompañando la procesión (otros años, suelen salir la mayor parte de los que hay atracados en el embarcadero) y ni siquiera han hecho sonar las sirenas. El castillo de fuegos artificiales ha sido simplemente más barato, más pobre y más triste, pues tres días antes habían muerto en accidente laboral dos trabajadores de una empresa pirotécnica localizada en una población cercana, tal vez la misma que estaba prendiendo cohetes desde el Peñón. Para colmo, el monte bajo que hay justamente encima de este pueblecito, se prendió y hubo cierta preocupación al ver desde la playa cómo la lengua de fuego subía, azuzada por el viento, hacia la preocupante zona de la parte baja de Sierra Nevada.

El hecho es que volvimos pronto a nuestros apartamentos, con las cervezas y las botellas vino prácticamente enteras, la cena casi sin tocar y el ánimo tocado. Pesimismo gastronómico o cuando las circunstancias adversas te dejan sin disfrutar de la celebración familiar, ya convertida en tradición.

 

 

Por el contrario, durante las tres mañanas de los festejos, una charanga ha recorrido las calles del pueblo y se han ido sentando en todos los bares a tocar un par de piezas desenfadadas y provocativas. Han sido al antídoto para la preocupación. Escuchar a Los Cierrabares tocar “Maricón el que no…” (desplegando todo un eficacísimo juego de propuestas: el que no se tumbe, el que no se esconda…) o “Yo romperé tus fotos” es un sanísimo ejercicio de alegría inmediata, barata y contagiosa. Tanto, que creo que la prima de riesgo bajaría notablemente si llevaran a Los Cierrabares o a Los Vasolargo a las sesiones del Parlamento Europeo y Draghi sería mucho más benévolo con nosotros si oyera “La banda” tocada por una de estas alegres agrupaciones. Hasta el propio Rajoy rompería ese rictus que lo atenaza si a las puertas del Congreso, oyera un buen pasodoble bien aderezado de bromas optimistas.

 

 

Reivindico la divertida música de estos grupos y estoy por iniciar un grupo de Facebook o una ONG, “Charangas contra el pesimismo”, que ayude a animar al personal, tan depresivo que hasta se deja a medias la cena de las fiestas.

 

Alberto Granados

 

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4 comentarios el “Charangas contra el pesimismo

  1. Efectivamente habría que hacer alguna terapia contrarrestadora, si no queremos morirnos de asco.

  2. Yo me apunto a tu página de facebook, aunque canto fatal… 😉

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