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Mar y cielo nocturnos


No acostumbro a visitar la playa por las tardes, que aprovecho para oír música, leer y, si tengo ganas e ideas, escribir algo para el blog. También suelo darme una caminata de unos seis kilómetros, tras los cuales, sólo me quedan ganas de darme una ducha y quedarme en el patio de mi casa (que es particular). Sin embargo, algunas veces, cuando el mar está excepcionalmente calmo, vamos a la playa por la tarde. Calahonda nos regala hermosísimas tardes y noches de mar, una experiencia reconciliadora con la vida, un bienestar que me hace pensar que soy un verdadero privilegiado.

 

Muchos pequeños barcos parecen estar colgados del horizonte.

 

El mar color de plata

 

Ventanas como las de Hopper se encienden en la urbanización

 

El chiringuito “El Farillo”: la habitación más amplia de mi casa

 

Me gusta llegar en ese momento mágico en que, como en el bolero de Los Panchos, “el mar y el cielo parece que se unen”, cuando mar y cielo adquieren el mismo tono plateado, como de escamas de pescado, y el horizonte es sólo una insinuación difuminada en un cuadro de Turner.

Este verano hemos tenido un mar extraño, lleno de medusas y de ponientes y levantes rotundos, de tal forma que yo he ido a la playa muy pocos días. Pero por las tardes, no sé por qué extraño fenómeno, los vientos tienen un inexplicable momento, más o menos largo, en que “se echan”, es decir, pasan a una situación de calma casi absoluta. Si en ese momento estoy contemplando el anochecer en la playa, no puedo evitar darle la razón a Jorge Guillén: “El mundo está bien hecho”. Perfectamente hecho. Al menos eso sugieren las tonalidades del crepúsculo, la música callada de las mínimas olas que rompen a un par de metros de mis pies, la quietud que parece envolver la existencia.

Poco a poco, las familias van levantando sus instantáneos campamentos playeros (toallas, sillas y tumbonas, cubos y palas, niños dormidos…) y la oscuridad nos va envolviendo, sólo rota por las linternas de los pescadores, que a esa hora empiezan a lanzar a ver si hay suerte. A nuestras espaldas, la urbanización comienza a llenarse de ventanas iluminadas, que me recuerdan siempre los cuadros de Hopper y el chiringuito, también encendido ya, nos hace llegar los acordes de algún standard de jazz.

 

A lo lejos, el faro de Sacratif en pleno destello

 

A veces, mi mujer y yo nos llevamos una pequeña bolsa térmica con un par de cervezas y una botella mínima de vino, unas tapas de queso y jamón, un tomate partido con sal y una gota de aceite de Sierra Mágina. Menú insuperable. En otras ocasiones, hacemos barbacoa nocturna en la playa, con un grupo de amigos que se extiende ya a tres generaciones e incluye a nietos, novios, novias y parejas de los niños que hemos visto crecer.

 

La noche ya casi envuelve al mar

 

La tarde se va diluyendo y el faro de Sacratif empieza a hacer girar sus destellos, raya-raya, raya-raya (cada faro tiene una clave de Morse, específica y distinguible desde alta mar). Arriba, empiezan a surgir el Camino de Santiago y las constelaciones: Capricornio, Escorpio, Casiopea, el Cisne. Sólo unas horas después empezará a surgir por encima del mar la más hermosa de todas: el guerrero Orión, pero mientras aparece el viejo luchador, el llamado triángulo de verano es todo un lujo. Recuerdo entonces la teoría de la música estelar, que no sé qué fraile medieval esbozó, y que según don Emilio Orozco (el último “maestro” de Literatura Española de la UGR) influyó en la poesía de Fray Luis.

 

El llamado “triángulo de verano”. Imagen tomada de moonmentum.com

 

Es entonces cuando por mi mente desfila una serie de melodías vinculadas al gusto agradecido por la vida: “Gracias a la vida” en la versión más vitalista: la de Joan Baez; El “Himno de la alegría” de Beethoven; “Música para fuegos artificiales”, de Händel… Cuando la humedad empieza a ser desagradable o vuelve el viento, recogemos nuestras cosas y volvemos a casa. Suelo ir canturreando “De vez en cuando la vida”, de Serrat: “… de vez en cuando la vida / nos besa en la boca…”.

 

Alberto Granados

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9 comentarios el “Mar y cielo nocturnos

  1. Dulce, muy dulce. De vez en cuando la vida afina con el pincel, se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla.

  2. ¡Ay, amigo! Me haces sentir nostalgia de lo no vivido, que viene a ser un eufemismo de envidia insana. Y es que a algunos andaluces de Jaén ,ni aceituneros ni altivos, el mar se nos ha ofrecido siempre como una eterna promesa incumplida. Estancias de quince días como máximo en un hotel o en un apartamento alquilado, en los que el tiempo efímero se evaporaba y te sabía a poco. Marinero en tierra, un día escribí:

    El mar,
    qué lejos el mar.
    Qué cerca los olivos
    de suicidios dulces
    como sueños de islas.

    Aunque Serrat nos redime, como siempre.

    Un abrazo que cale hondo, Alberto.

    • Miguel, yo me voy haciendo caleño poco a poco, pero de tierra adentro. Ahora tengo aquí a mi hija, pasando unos días lejosde ajetreo cotidiano de Orly. Lo repito: el mundo está (muy) bien hecho. Tanto que temo a veces lo malo que me tenga guardado.
      Mientras llega “el viento de la desgracia” (García Márquez) disfruto estos pequños gozos insuperables que se nos dan de serie.
      Hay que ser agradecido.

      Otro abrazo para ti, hondo y que cale, Miguel.

      AG

  3. Gracias a la vida, sí, y gracias a los amigos que nos recuerdan estos bellos momentos de los que disfrutamos y podemos compartir. Un saludo desde Donosti.

  4. ¡Qué bonito, Alberto! Y, fíjate, ese Orión que ves tú allí, en Calahonda, lo veo yo también aquí, en las noches de cielo limpio y profundísimo de las Black Hills. Lo miramos a horas diferentes, pero es el mismo cielo. Aunque yo no veo un mar de agua, veo el de hierba, el de las grandes praderas que forman otro mar, uno distinto. Sin embargo, esas tapitas de jamón y queso, ay, esas tapitas…

  5. Un privilegio el tuyo, Alberto, que nos permite disfrutar -a todos los que te leemos- de esos atardeceres mágicos en la playa de Calahonda.
    Bonitas y muy apacibles fotos, por cierto.

  6. Elisenda, nunca ta habías manifestado. Me alegro de contar contigo. Abrazos.

    Teresa G., estoy agradecido y lo digo arriba: me considero un privilegiado, especialmente estos días, en que nos acompaña mi hija (y a veces, también mi hijo). ¿Qué más se puede pedir?

    Ángela, las tapitas son una cosa ínfima si las comparas con Orión y sin embargo, compartimos una constelación y no podemos compartir unos trozos de queso. Paradojas de la vida. Un abrazo desde el sur de todos los sures.

    MdelMar, gracias por tu benévolo comentario.

    Abrazos para todo el mundo.

    AG

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