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El bolero: la apoteosis del sentimiento


NOTA PREVIA: Tras la muerte de Chavela Vargas, me he enfrascado en su discografía y algunas de sus canciones me han llevado al bolero. He descubierto toda una enorme carga ideológica y estética, que me ha dado por analizar. Confieso, sin embargo, no tener muy claro qué es un bolero y qué es una ranchera o un corrido mejicanos, ya que los discos canónicos de boleros incluyen las tres variantes (junto a algún tango) como si se trataran de la misma cosa. 

 

Contaba Teresa Pamies en la inolvidable revista Triunfo (Octubre de 1981) que, en los años cuarenta, un bolero de Agustín Lara (“Palabras de mujer”) supuso un verdadero conflicto con el arzobispo primado de Méjico, por considerar éste que el contenido era blasfemo. El bolero, en su versión original, decía:

“Aunque no quieras tú,

ni quiera yo, ni quiera Dios,

hasta la eternidad te seguirá mi amor”.

Ante la amenaza de excomunión por parte del arzobispo (algo que me recuerda lo que sucedió en Granada con Gilda, recogido por el escritor Francisco Gil Craviotto en su blog), Lara autocensuró un verso, que en la versión de Toña la Negra, pasó a decir: “…ni quiera yo, lo quiere Dios…”, lo que salvó el sagrado dogma de la omnipotencia divina, diseñado por los teólogos ortodoxos.

Seguramente, Lara nunca pretendió ofender, sino que el lenguaje del bolero es siempre hiperbólico, una especie de incontenible geiser de pasión desatada y sísmicos sentimientos de amor que arrasan con el o los amantes como una fuerza destructiva, aunque a veces, las menos, sea también una explosión de júbilo y felicidad, una exultación desbordada de dicha y placeres. Ese amor tan explosivo no puede contenerse, ni siquiera ante dogmas teológicos: hay que comprenderlo.

La señora Pamies me sorprende en su artículo con una teoría que no creo bien fundamentada: los orígenes ideológico-poéticos del bolero están en la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, quien escribía ardientes poemas de amor encargados por las damas criollas y de la aristocracia colonial, en el Méjico del s. XVII. En dichos poemas aparecían ya los esquemas mil veces repetidos en los textos de los boleros cuyo emisor se supone que es una mujer: amores no correspondidos, celos, desdén, amor mentido, promesas incumplidas, apasionamiento, placer y dolor… Todos estos esquemas fueron después adaptados  a los boleros pensados para emisores masculinos -siempre según la toría de Pamies-.

No creo que el bolero se remonte al s. XVII, sino que más bien trata de un tema intemporal, el amor, y de ahí que la poetisa mejicana y el bolero coincidan. Por otro lado, los musicólogos señalan el origen del bolero en la Cuba aún colonial del XIX, casi tres siglos después de Sor Juana. Cabe preguntar por qué ese dilatadísimo lapso de tres centurias sin continuidad entre la poesía de la religiosa y el bolero propiamente dicho. Apuntada mi discrepancia con Teresa Pamies, paso a intentar reflejar mi propia teoría del bolero.

Para empezar a comprender la esencia del bolero basta fijarse en el conjunto de los títulos, que van desde el planteamiento imperativo (“Júrame”, “Arráncame la vida”, “Si tú me dices «Ven»”, ”Espérame en el cielo”, “Vete de mí”, “Vámonos”, “Piensa en mí”, “Ódiame”), el adjetivo, casi siempre negativo (“Hipócrita”, “Pecadora”, “Inolvidable”, “Mentirosa”, “Loca”, “Perdida”), aunque en ocasiones el título gravita en torno a un pronombre personal o un posesivo (“Usted”, “Nosotros”, “Sabor a mí”, “Sin ti”, “Contigo aprendí”, “Mía”). El tiempo y sus posibilidades cronológicas también sirven para titular boleros (“Solamente una vez”, “El reloj”, “Noche de ronda”, “Veinte años”, “Toda una vida”, “Un poco tarde”) como también ocurre con el espacio (“Contigo en la distancia”) o la climatología (“Esta tarde vi llover”, “Nieblas del riachuelo”), la cuestión étnica (“Angelitos negros”, “Lágrimas negras”), la botánica (“Dos gardenias”, “La hiedra”), o el más explícito erotismo (“Amanecí en tus brazos”, “Bésame mucho”, “Ansiedad”, “Ponme la mano aquí, Macorina”)… También aparecen sustantivos abstractos o formulaciones  connotativas que aportan sentimientos o estados de ánimo o conciencia (“Envidia”, “Nostalgias”, “Se me olvidó que te olvidé”, “Soledad”, “Lo dudo”, “Obsesión”, Frenesí”), aunque también puede bastar una simple conjunción copulativa (“Y…”)

El bolero, y alguna de sus variantes (la ranchera mejicana), abordan como tema único y exclusivo el amor, feliz o doliente, fuente de todo placer o de todo sufrimiento, situación que se erige en destino o meta del ser humano de un modo inexorable y apasionado. Este amor gozoso, lleno de plenitud, adopta en el bolero los matices de iniciación y aprendizaje, dependencia, exultación, felicidad completa. Por eso, cuando el amor pasa a desamor, adquiere las formas de reproche, celos, olvido, venganza, resignación, petición de una reconsideración imposible y desesperanzada… con unos planteamientos literarios que se nutren de la desmesura, del apasionamiento irracional, de la cristalización del más irrefrenable impulso posesivo. Veamos algunos ejemplos.

 

Sobre la propia esencia del sentimiento amoroso, el bolero “Obsesión” deja bien claro qué es:

 

Amor es el pan de la vida,

amor es la Copa Divina,

amor es un algo sin nombre

que obsesiona al hombre por una mujer.

Yo estoy obsesionado contigo

y el mundo es testigo de mi frenesí.

Por más que se oponga el destino

serás para mí… ¡Serás para mí!

 

Ese sentimiento llega a ser verdaderamente intenso, hasta el punto de que sirve como seña de identidad del amante:

 

Y es que eres mi existencia, mi sentir,

eres mi luna, eres mi sol, eres mi noche de amor.

 

(“Adoro”, Armando Manzanero)

 

También la ausencia puede ser un serio trastorno:

 

No existe un momento del día

en que pueda apartarme de ti,

el mundo parece distinto

cuando no estás junto a mí.

No hay bella melodía

en que no surjas tu

ni yo quiero escucharla

si no la escuchas tú.

Es que te has convertido

en parte de mi alma

ya nada me consuela

si no estás tú también

Más allá de tus labios,

del sol y las estrellas,

contigo en la distancia,

amada mía, estoy.

 (“Contigo en la distancia”)

 

Un sentimiento tan asertivo no se para en diferencias sociales ni es situaciones personales, digamos “desacreditadas”. Poco importa que la amante sea una perdida o se haya arrastrado en el lodo:

 

Si tú me dices ven, lo dejo todo

si tú me dices ven, será todo para ti.

Mis momentos más ocultos, también te los daré,

mis secretos que son pocos, serán tuyos también.

Si tú me dices ven, todo cambiará,

si tú me dices ven, habrá felicidad,

si tú me dices ven, si tú me dices ven.

No detengas el momento por las indecisiones,

para unir alma con alma, corazón con corazón.

Reír contigo ante cualquier dolor,

llorar contigo, llorar contigo,

será mi salvación.

Pero si tú me dices ven, lo dejo todo,

que no se te haga tarde

y te encuentres en la calle, perdida,

sin rumbo, y en el lodo,

si tú me dices ven, lo dejo todo.

 

 

 

Por otra parte, el amor es una fuente inagotable de conocimiento, una especie de máster que aporta al amante enamorado todo un torrente cognitivo:

 

Contigo aprendí

que existen nuevas y mejores emociones.

Contigo aprendí

a conocer un mundo nuevo de ilusiones

Aprendí que la semana tiene más de siete días,

a hacer mayores mis contadas alegrías,

y a ser dichoso, yo contigo lo aprendí.

Contigo aprendí

a ver la luz del otro lado de la luna.

Contigo aprendí

que tu presencia no la cambio por ninguna.

Aprendí que puede un beso ser más dulce y más profundo,

que puedo irme mañana mismo de este mundo.

Las cosas buenas ya contigo las viví

y contigo aprendí que yo nací el día que te conocí.

 

A veces, los conocimientos adquiridos vienen a ser como para salir suspenso en Conocimiento del Medio (lo de que la semana tiene más de siete días) o en Lengua: “… tu presencia no la cambio por ninguna…”, una expresión que fusila la noble lengua de Cervantes.

Sin embargo, en otras ocasiones, el amor hace que aprendas cosas mucho más comprometedoras:

 

Ya ves que venero tu imagen divina,

tu párvula boca que siendo tan niña

me enseño a pecar…

 (Piensa en mí)

 

Tú me acostumbraste a todas esas cosas,

y tú me enseñaste que son maravillosas.

Sutil llegaste a mí como una tentación,

llenando de ansiedad mi corazón.

Yo no comprendía cómo se quería

en tu mundo raro y por ti aprendí.

Por eso me pregunto al ver que me olvidaste

por qué no me enseñaste como se vive sin ti…


 
(“Tú me acostumbraste”)

 

 

Es la historia de un amor como no hay otro igual

que me hizo comprender todo el bien, todo el mal,

que le dio luz a mi vida apagándola después

¡ay que vida tan obscura! sin tu amor no viviré.

 (“Historia de un amor”)

 



Chavela Vargas. Imagen tomada de prodavinci.com

 

 

Y te voy a enseñar a querer

porque tú no has querido

ya verás lo que vas a aprender

cuando vivas conmigo.

 (“Cuando vivas conmigo”)

 

Parece claramente demostrado que el sentimiento amoroso lleva una importante carga docente, ignoro si programada por competencias curriculares o por objetivos operativos. El amante no debería tener problemas con la evaluación ni con los informes PISA.

 Lo penoso es que, no conseguido el amor o sobrevenida la ruptura, por la causa que sea, el efecto ennoblecedor del sentimiento amoroso se transforma en mil formas de dolor, de un dolor que parece gustar, ya que no se puede pasar sin pensar en el origen del mismo. Ese amor perdido y añorado, sin el que parece imposible seguir viviendo, lacerante e insustituible, aparece como un tema recurrente en muchos boleros.

A veces queda claro, como en la Rima de Bécquer (“… ¡No pudo ser!”), que cuando no puede ser no puede ser (y además es imposible):

 

Somos un sueño imposible que busca la noche

Para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo.

Somos en nuestra quimera doliente y querida

Dos hojas que el viento juntó en el otoño…

Somos dos seres en uno que amando se mueren

Para guardar en secreto lo mucho que quieren

Pero qué importa la vida con esta separación…

Somos dos gotas de llanto en una canción.

 (“Somos”, Eddie Santiago)

 

El mar y el cielo

se ven igual de azules

en la distancia

parece que se unen

mejor es que recuerdes

que el cielo es siempre cielo

que nunca, nunca, nunca, 

el mar lo alcanzará.

Permíteme igualarme con el cielo

que a ti te corresponde ser el mar …

(“Mar y cielo)

 

Quien no tiene un amante, quien no goza de semejante felicidad, añora apasionadamente encontrarlo y está dispuesto al fingimiento, a la indiferencia impostada, como sucede con el protagonista del bolero “Alma mía”:

 

Alma mía sola, siempre sola,

sin que nadie comprenda tu sufrimiento,

tu horrible padecer;

fingiendo una existencia siempre llena

de dicha y de placer,

de dicha y de placer…

Si yo encontrara un alma como la mía,

cuantas cosas secretas le contaría,

un alma que al mirarme sin decir nada

me lo dijese todo con su mirada.

Un alma que embriagase con suave aliento,

que al besarme sintiera lo que yo siento,

y a veces me pregunto qué pasaría

si yo encontrara un alma como la mía.

 

 

 

 

Aunque eso de encontrar el amor definitivo es bastante aleatorio, una pura cuestión de suerte, por lo que la posibilidad de encontrar esa alma gemela que todo el mundo desea es, en buena medida, algo que depende de la diosa Fortuna, como en los planteamientos latino-medievales:

 

Maldito corazón, me alegro que ahora sufras

Que llores y te humilles ante ése gran amor.

La vida es la ruleta en que apostamos todos

Y a ti te había tocado no más la de ganar.

Pero hoy tu buena suerte la espalda te ha volteado

Fallaste corazón, no vuelvas a apostar.

(“Fallaste, corazón”, de Cuco Sánchez)

 

Y si el amor es un juego, quien más apuesta es quien más pierde:

 

Ni tú para mi, ni yo para ti,

todo fue un juego

nomás que en la apuesta

yo puse y perdí…

Fue un juego y yo perdí

esa es mi suerte,

y pago porque soy buen jugador.

 (“Amor perdido”)

 

 

La ruptura es un tópico de primer orden en el bolero. El saber que ha habido falsedad, otro amante, desapego, fracaso… traen consigo la ruptura, llena de dolor:

 

Ya no estás más a mi lado, corazón,

en el alma sólo tengo soledad

y si ya no puedo verte

por qué Dios me hizo quererte

para hacerme sufrir mas.

(“Historia de un amor”)

 

Sufro al pensar que el destino logró separarnos

guardo tan bellos recuerdos que no olvidaré,

sueños que juntas forjaron tu alma y la mía

en las horas de dicha infinita

que añoro en mi canto y no han de volver.

 (“Mis noches sin ti”)

 

Ese momento de la ruptura, casi equivalente a un imaginario e hiperbólico homicidio, aparece en este bolero:

 

Arráncame la vida,

con el último beso de amor. Arráncala,

toma mi corazón.

Arráncame la vida, y si acaso te hiere el dolor,

ha de ser por no verme porque al fin tus ojos,

me los llevo yo.

 (“Arráncame la vida”)

 

A veces, el emisor encuentra a alguien con el mismo sufrimiento, cosa que une mucho. Tanto como para componer otro bolero:

A mí me pasa lo mismo que a usted:

me siento solo, lo mismo que usted;

paso la noche llorando,

paso la noche esperando,

lo mismo que usted.

A mí me pasa lo mismo que a usted:

nadie me espera, lo mismo que a usted;

porque se sigue negando

el amor que voy buscando,

lo mismo que usted.

 (“Lo mismo que a usted”)

 

Cuando se hace difícil soltar la verdad, cuando no se encuentran las palabras, es mejor invitar al amante fallido a ir al grano, sin más circunloquios, que la vida son cuatro días:

 

Para decir adiós vida mía

y te estaré por siempre agradecido

me acordaré de ti algún día

para decir adiós solo tienes que decirlo. 

(“Para decir adiós”)

 

Reconozcamos que el momento de ruptura puede ser traumático para alguna de las partes, por lo que se comprende que alguien, en plena crisis, suplique la continuidad y hasta haga contraofertas en el bolero:

 

Si no te vas, te voy a dar mi vida.

Si no te vas, vas a saber quien soy

vas a tener lo que muy pocas gentes,

algo muy tuyo,

mucho, mucho amor.

¡Ay, cuanto diera yo

por verte una vez más,

amor de mi cariño!

Por Dios que si te vas

me vas a hacer llorar

como cuando era un niño

Si tú te vas

se va a acabar mi mundo,

el mundo donde solo existes tú.

No te vayas, no quiero que te vayas

porque si tú te vas, en ese mismo instante,

muero yo.

(”Si tú te vas”)

 

Espera,

aún la nave del olvido no ha partido

no condenemos al naufragio lo vivido

por nuestro ayer, por nuestro amor, yo te lo pido.

Espera,

aún me quedan en mis manos primaveras

para colmarte de caricias todas nuevas

que morirían en mis manos si te fueras.

Espera un poco, un poquito más

para llevarte mi felicidad

espera un poco, un poquito más

me moriría si te vas.

 

Es que la gente tiene muy mal perder y es común, en este fascinante universo del bolero, la no aceptación de esa ruptura:

 

Probablemente estoy pidiendo demasiado

se me olvidaba que ya habíamos terminado

que nunca volverás, que nunca me quisiste

se me olvidó otra vez que sólo yo te quise.

Por eso aún estoy en el lugar de siempre

en la misma ciudad y con la misma gente

para que tú al volver no encuentres nada extraño

y sea como ayer y nunca más dejarnos

Probablemente estoy pidiendo demasiado

se me olvidaba que ya habíamos terminado.

(“Se me olvidó otra vez”)

 

 

 

A veces, tras la ruptura, el amante se da cuenta de su error y quiere volver al viejo amante, sobre el que siempre se ha dicho que es inolvidable. El problema es que no siempre funciona y que a veces el volver es una complicación:

 

¿Por qué volviste a mí,

siendo tan grande el mundo,

habiendo tantos hombres,

porqué volviste a mi?

Después de aquel ayer,

que tú lo maldeciste

y luego destruíste

¿a qué quieres volver?

En mi ya no hay amor,

en mi alma ya no hay nada,

mi vida aventurera contigo se acabó.

Porqué volviste a mí,

buscando compasión,

sabiendo que en la vida

le estoy poniendo letra

a mi última canción…

(“Por qué volviste a mí”)

 

Después de tanto soportar la pena de sentir tu olvido

después que todo te lo dio mi pobre corazón herido

has vuelto a verme para que yo sepa de tu desventura

por la amargura de un amor igual al que me diste tú

Ya no podré ni perdonar ni darte lo que tú me diste

has de saber que de un cariño muerto no existe

rencor y si pretendes remover las ruinas que tú mismo hiciste

sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor.

 (“Cenizas”)

 

Este amor apasionado, anda todo alborotado,

por volver.

Voy camino a la locura y aunque todo me tortura,

sé querer.

Nos dejamos hace tiempo, pero me llegó el momento

de perder,

tú tenias mucha razón, le hago caso al corazón

y me muero por volver.

Y volver, volver, volver

a tus brazos otra vez,

llegare hasta donde estés

yo sé perder, yo sé perder,

quiero volver, volver, volver.

 (“Volver, volver, volver”)

 

No creamos que las rupturas amorosas del bolero son así, tan mecánicas: te dejo, me arrepiento y vuelvo. Nada de eso. El dolor de la ruptura conlleva una fuerte carga de de neurosis y absurdo irracional. A veces en forma de celos o envidias un poco pasados de rosca, como es el caso de envidiar la propia voz, con la que pronuncia el nombre del amante:

Envidia,

tengo envidia de tu cosas,

tengo envidia de tu sombra,

de tu casa y de tus rosas

porque están cerca de ti.

 

Envidia,

tengo envidia de los valles,

de los montes y los ríos,

de los pueblos y las calles

que has cruzado tú sin mí.

 

Y mira si es grande mi amor,

que cuando digo tu nombre

tengo envidia de mi voz…

 (“Envidia”)

 

No sé lo que opinará el psiquiatra de guardia ante planteamientos así, el caso es que la búsqueda de seguridad del amante es tal, que llega a desear que lo odien como palpable demostración de que lo aman. Sí, sí: tan feroz sofisma aparece en este bolero:

 

Ódiame, por piedad, yo te lo pido.

Ódiame sin medida ni clemencia,

odio quiero más que indiferencia

porque el rencor hiere menos que el olvido.

Si tú me odias quedaré yo convencido

de que me amaste, mujer, con insistencia

pero ten presente, de acuerdo a la experiencia,

que tan solo se odia lo querido.

 (“Ódiame”)

 

Otro recurso para olvidar las penas es el alcohol, siempre tan literario, cinematográfico y propio del bolero:

 

Tómate esta botella conmigo

y en el último trago nos vamos.

Quiero ver a qué sabe tu olvido

sin poner en mis ojos tus manos.

Esta noche no voy a rogarte,

esta noche te vas que de veras.

¡Que difícil tratar de olvidarte

y que sienta que ya no me quieras!

Nada me han enseñado los años,

siempre caigo en los mismos errores,

otra vez a brindar con extraños

y a llorar por los mismos dolores.

Tómate esta botella conmigo

y en el último trago me dejas.

Esperemos que no haya testigos

por si acaso te diera vergüenza.

Si algún día sin querer tropezamos

no te agaches ni me hables de frente

simplemente la mano nos damos

y después que murmure la gente.

 (“En el último trago”)

 

Aunque la perla de las perlas, en cuanto a boleros etílicos, es el que os propongo a continuación: un caso de mutilación… labial:

 

Aturdido y abrumado

por la duda de los celos,

se ve triste en la cantina

un bohemio ya sin fe.

Con los nervios destrozados,

y llorando sin remedio

como un loco atormentado

por la ingrata que se fue.

Se ve siempre acompañado

del mejor de los amigos,

que le acompaña y le dice:

“Ya está bueno de licor”.

Nada remedia con llanto,

nada remedia con vino:

al contrario, la recuerda

mucho más su corazón.

Una noche, como un loco,

mordió la copa de vino,

y le hizo un cortante filo

que su boca destrozó.

Y la sangre que brotaba

confundióse con el vino,

y en la cantina este grito

a todos estremeció:

“No te apures compañero

si me destrozo la boca,

no te apures que es que quiero,

con el filo de esta copa,

borrar la huella de un beso

traicionero que me dio.

Mozo, sírveme la copa rota,

sírveme que me destroza

esta fiebre de obsesión.

Mozo, sírvame en la copa rota,

quiero sangrar gota a gota

el veneno de su amor.”

(“La copa rota”)

 

No quiero terminar mi disección del bolero sin mencionar el bolero españolista, en el que los compositores de aquel lado hacen una especie de homenaje a nuestro país. Me limito a mencionar tres grandes boleros: “María Dolores”, “Malagueña salerosa” y “Dos cruces”.

Hay para mucho más, pues la popularidad de este género musical, su presencia permanente en las discografías de muchos cantantes procedentes de otros géneros (Concha Buika, Estrella Morente, Luz Casal, Miguel Poveda, Diego el Cigala…) y la pegadiza belleza de sus melodías, han provocado una enorme profusión de textos bolerísticos. Invitados estáis a completar cuantos matices deseéis constatar. Siempre se agradece la colaboración. El único reparo: temo haberos hartado, que tanta rima edulcorada os haya provocado un empacho y terminéis odiando el bolereo. ¿Es posible odiar los boleros? “Lo dudo, lo dudo, lo dudo…”.

 

Alberto Granados

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7 comentarios el “El bolero: la apoteosis del sentimiento

  1. Carlos Monsivais descubrió hace tiempo que los boleros son poemas escritos para las generaciones que no leen poesía. Y cree que es una conspiración tropical que ha ido, del vaivén de la hamaca a la música herida de los arrabales, para que la gente halle consuelo a los amores rotos y se cure con la ilusión de que vendrán otros.

    • Curioso análisis. Poemas casi clanjdestinos, disfrazados de canción. A ver quién le pone música al “Ulysses” de Joycepara hacerlo más asequible a las generaciones que no leen novela. Es broma.

      Bienvenido al blog y gracias por tu presencia y comentario.

      Un abrazo,

      AG

  2. Si tú me dices ven, yo aquí te espero…

    Buen post!

  3. Gracias, Alejanddra. Tu respuesta tiene el sabor tropical de una pizca de sal en la tequila.
    Un abrazo,

    AG

  4. busco un bolero que dice” como sombras te seguirá mi alma, donde quieras que te encuentres vida mía……..” por favor si me pueden ayudar con el nombre mi correo es
    caruda20@yahoo.es gracias.

    • En primer lugar, mis disculpas por la tardanza en responder, pero he estado todo el mes de julio de un sitio para otro.
      Lamentablemente no he conseguido encontrar el bolero al que se refiere.
      Por último, bienvenido a este blog.
      Un cordial saludo desde Granada,

      AG

  5. Como sombras te seguira mi alma, donde quiera que te encuentres vida mia, si surcaras en mis horizontes, a tu huella irá mi corazón. Tu existencia es la lumbre que me aviva, con el soplo divino de tu pecho, que se pierde entre sombras de tristeza, mas tu cariño irradia tu calor. Y siempre serás tú mi vida la razón que tanto anhelo, y siempre serás tú, mi vida la razón de mi existencia. Como sombras te seguirá mi alma donde quiera que te encuentres vida mia, cuando en noches solitarias tu estês triste, siempre contigo estará mi corazón, mi corazón.

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