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Los niños ante la guerra


La pasada primavera leí un libro sobre el mundo de los niños ante la guerra (“La estepa infinita” Esther Hautzig, Ed. Salamandra, 2008). En él, la autora nos cuenta su propia deportación a una aldea perdida de Siberia por el mero hecho de pertenecer a una familia judía. En las páginas aparece un relato suelto, agilísimo y lleno de vida en que la chiquilla de once años sale de su Vilna natal (entonces perteneciente a Polonia) para viajar hasta Rubtsovsk, en plena Siberia, en un tren de ganado sin que nadie les explique adónde se dirigen, ni el porqué de tan descabellado viaje ni, mucho menos, por qué han separado al abuelo del resto de los suyos.

A lo largo de la crónica, la niña nos habla del miedo, de la separación ilógica de su abuelo, de la unión de su familia y de las mil penalidades (hambre, frío, falta de higiene e intimidad, inseguridad, angustia…) hasta que se hace adolescente y la guerra termina.

No es una novela, en sentido estricto, sino más bien una crónica que pretende contar el horror de una guerra (tal vez de cualquier guerra) en la que la cordura deja paso a los instintos menos presentables del ser humano. No es la única que pone en contacto el mundo onírico de los niños y la pesadilla real de la guerra con  todas sus miserias.

El niño del gueto de Varsovia (1943)

Toda guerra implica que el ser humano, cualquier ser humano, deje a un lado sus planteamientos éticos normales y caiga en un cierto relativismo ético, en el que importa más la mera supervivencia que el código de valores con que nos adornamos en la normalidad para considerarnos seres superiores, para ponernos la medalla de buenismo y generosidad. En efecto, la guerra deja en suspenso todas las categorías morales y conductas normalmente execrables encuentran su justificación: la delación, la violencia, el asesinato, el pillaje, la deportación… dejan de ser rarezas de “los otros” para convertirse en algo totalmente razonable y al alcance del más íntegro.

Cientos de sacerdotes católicos apoyaron el régimen franquista y cerraron los ojos ante la bestial revancha de los ganadores de nuestra guerra civil. El régimen estaba de antemano justificado porque luchaba contra el comunismo soviético, así que no había problema con la feroz represión que se extendió hasta bien avanzados los cuarenta y a nadie resultó extraño ver a los obispos hacer el saludo fascista de los triunfadores. De la misma forma, la ciudadanía alemana  apoyó ciegamente al régimen nazi, que prometía un III Reich lleno de gloria: nadie pensó en la intrínseca injusticia que comportaban Hitler y su siniestro régimen. Y también se podría extender el ejemplo a la Unión Soviética, Camboya, Vietnam, Timor, Afganistán y media África, ámbitos todos desangrados en luchas tribales y baños de sangre, tantas veces del todo inocente…

Kim Phuc corriendo del napalm el 8 de junio de 1972. Imagen de Nic Ut

Este post, sin embargo no pretende analizar el fenómeno de la guerra en relación con los niños, sino desde el punto de vista de la creación narrativa: obras literarias de creación, más o menos autobiográficas, o relatos que se basan en personajes infantiles enfrentados a la catástrofe bélica.

La masacre de My Lai (Vietnam,  16 de marzo de 1968). Imagen de Haeberle

Además de la ya mencionada “La estepa infinita”, la Segunda Guerra Mundial trajo consigo tal cantidad de sufrimiento, que se reflejó necesariamente en la literatura. Ana Frank es todo un paradigma a través de su “Diario” (1947), pero hay que mencionar también “El tambor de hojalata” (1959), del discutido Nobel  Günter Grass, una durísima metáfora de la descomposición de la realidad en aquella Alemania que vio impasible cambiar todos los parámetros morales con el ascenso del nazismo. Y mucho más recientemente, el irlandés John Boyne escribió un eficacísimo cuento, “El niño del pijama de rayas” (2006), en que se expone lo ajena e incomprensible que al universo infantil le resulta la violencia adulta.

Muhammad al-Durrah y su padre, abatidos por fuerzas israelitas el 30 de septiembre de 2000

En Francia, Irène Némirovski cuenta en “Suite Francesa” (2004) el éxodo catastrófico de los parisinos ante las primeras bombas sobre la ciudad del Sena. Aparecen una serie de personajes infantiles, inexplicablemente arrastrados por la guerra a un universo de horror y desmoronamiento moral. La misma autora cuenta (“Los perros y los lobos”, 1940) la persecución antisemita de los pogromos y la biografía de tres niños judíos que se ven obligados a sobrevivir y crecer en un exilio, para dos de ellos lleno de exclusión y marginación y para el tercero, de opulencia y mentira. Con la misma temática del éxodo francés, León Werth (a quien Sain-Exuspery dedicó su “El Principito”) escribió su “Treintaitrés días”, libro que sólo conozco a través de una inteligente referencia.

También las evacuaciones hacia la zona de Vichy sirven a François Boyer para mostrarnos (“Juegos prohibidos”, 1952) a unos niños huérfanos que se agrupan espontáneamente y descubren la muerte, ya como realidad, ya como siniestro juego animista, lo que les obliga  a convivir con esa nueva realidad y aprender a divertirse con tan reciente concepto en sus vidas, en el cementerio del pueblecito donde se han refugiado.

Si miramos a Afganistán, “Mil soles espléndidos” (2007), de Khaled Hosseini, nos expone cómo la pequeña protagonista vive las gigantescas contradicciones de un país que en pocos años pasa de una monarquía al régimen comunista para, sólo unos años después, entrar en la barbarie del integrismo musulmán de los talibanes. Por su parte, Sasa Stanisić nos cuenta en “Cómo el soldado repara el gramófono” las peripecias de un niño de Visgrado (Bosnia) en medio de la reciente guerra de la desmoronada Yugoslavia.

Si nos acercamos a nuestra guerra civil, una deliciosa novela, Bajo la fría luz de octubre(Eloy M. Cebrián, 2003), injustamente ignorada, nos muestra la extrañeza de una niña de una ciudad de provincias, apenas tocada directamente por la guerra, ante la serie de cambios que observa en las personas que la rodean y en las situaciones de su vida.

Un libro que tampoco conozco es el de Josefina Aldecoa, “Los niños de la guerra” (1983), que evoca detalles de las biografías de diez escritores que vivieron nuestra guerra siendo niños.

Página de uno de los albums de “Paracuellos”

Cambiando totalmente de registro, el dibújante Carlos Giménez trató en una historieta gráfica ( “Paracuellos”  , años setenta a 2003) la visión casi autobiográfica de un niño recogido en uno de aquellos albergues de Auxilio Social, regentado por falangistas crueles que humillaban a los hijos de los rojos fusilados y trataban a los niños en general con una crueldad inusitada.

Sin duda, esta relación no es más que un mínimo atisbo de lo que a lo largo de los tiempos ha supuesto la guerra, esa cruel plaga que parece destinada a no cesar nunca y a cebarse preferentemente con los más débiles, entre los que siempre están los niños, de cualquier latitud geográfica, de cualquier etnia, de cualquier grupo social, religioso o ideológico: siempre el apocalíptico caballo de la Muerte pisoteará chiquillos inermes en su macabro galope hacia el sufrimiento y siempre habrá alguien sin entrañas que obtenga de todo ello enormes beneficios económicos y políticos.

 

Alberto Granados

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5 comentarios el “Los niños ante la guerra

  1. Muy bien resumido el horror de la guerra y su repercusión en los niños. Una vez más Alberto Granados hace gala de su enorme cultura y la calidad de su pluma. Sólo quiero añadir que Leon Werth, además de escribir el desgarrador relato “Trente trois jours” y haber recibido de Saint-Exupery el regalo de la dedicatoria de “Le Petit Prince”, también fue el continuador de la última novela de Octave Mirbeau, “Dingo”. Todas las páginas que van de la mitad del capítulo octavo hasta final del libro están escritas por Werth, a la sazón un jovencísimo escritor discípulo de Mirbeau, años después un gran maestro. Sólo me queda añadir mi felicitación y un fuerte abrazo.-F. Gil Craviotto.

    • Muchas gracias, una vez más (y van…) por tus cálidas críticas. He leído mucha literatura sobre las guerras. Sólo he tratado de hacer una especie de lsita, con la idea de que la completaran los lectores, pero parece que no existen demasiados lectores ni demasiada particiación en este blog. Por eso la lista va a quedar así de incompleta.

      Un abrazo,

      AG

  2. .
    En efecto, Alberto; la ‘voz’ de la protagonista de “Bajo la fría luz de octubre” me pareció todo un hallazgo. Otro título sobre la guerra que me sorprendió mucho y donde el narrador es un niño creíble por completo es “El sobrino bastardo de Dios” del humorista José Luis Coll.
    Saludos.
    🙂

    • Amigo SAP: en la web de AMM ya hablamos de esta novela, que resultó ser de un amigo tuyo. A mí me pareció un hallazgo. Mi mujer la ha puesot un par de años de lectura en su instituto y ha funcionado de maravilla por esa múltiple posibilidad que presentan las novelas bien hechas: sirve para adultos como nosoros, pero también para críos de los primeros cursos de Secundaria.
      Me ha extrañado que el autor no asome, pues al enlazarlo, lo más posible es que su web registre mi intromisión.
      Un abrazo.

      AG

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