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CUAVERSOS DE BITÁCORA: Noche de difuntos (Rima LXXIII de Bécquer)


Estos cuaversos, en la semana del día de los difuntos están dedicados a una de las primeras lecturas que me impresionaron. Yo debía de tener algo así como 12 ó 13 años y en casa alguien había comprado un libro llamado “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”, que yo leía a salto de mata. Lector incipiente, preadolescente inmaduro, apesadumbrado siempre por la religión y los mensajes medievales que nos lanzaban el maestro y el cura, en vez de pensar en la vida que se abría ante mí, exultante y prometedora, me sentía agobiado por la culpabilidad, la muerte y la amenaza del infierno.

La lectura de esta rima, recuerdo ahora con nitidez, me dejaba sobrecogido, tanto como el tañido de la campana a media noche, para la misa de difuntos, a la que íbamos toda la familia, tras oír en la radio una versión de el Tenorio de Zorrilla. Cuando salíamos de la iglesia, sentíamos tal liberación, que nos dedicábamos a hacer alguna gamberrada, ya que estábamos en la calle a la una y pico de la madrugada y el control de mis padres se relajaba un tanto. Algo de esto escribí hace tres años en mi blog anterior: Noche de difuntos.

La rima es esta:

Rima LXXIII

 Cerraron sus ojos

que aún tenía abiertos,

taparon su cara

con un blanco lienzo,

y unos sollozando,

otros en silencio,

de la triste alcoba

todos se salieron.

La luz que en un vaso

ardía en el suelo,

al muro arrojaba

la sombra del lecho;

y entre aquella sombra

veíase a intervalos

dibujarse rígida

la forma del cuerpo.

Despertaba el día,

y, a su albor primero,

con sus mil ruidos

despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

de vida y misterio,

de luz y tinieblas,

yo pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

              *

De la casa, en hombros,

lleváronla al templo

y en una capilla

dejaron el féretro.

Allí rodearon

sus pálidos restos

de amarillas velas

y de paños negros.

Al dar de las Ánimas

el toque postrero,

acabó una vieja

sus últimos rezos,

cruzó la ancha nave,

las puertas gimieron,

y el santo recinto

quedóse desierto.

De un reloj se oía

compasado el péndulo,

y de algunos cirios

el chisporroteo.

Tan medroso y triste,

tan oscuro y yerto

todo se encontraba

que pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

           *

De la alta campana

la lengua de hierro

le dio volteando

su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

amigos y deudos

cruzaron en fila

formando el cortejo.

Del último asilo,

oscuro y estrecho,

abrió la piqueta

el nicho a un extremo.

Allí la acostaron,

tapiáronle luego,

y con un saludo

despidióse el duelo.

La piqueta al hombro

el sepulturero,

cantando entre dientes,

se perdió a lo lejos.

La noche se entraba,

el sol se había puesto:

perdido en las sombras

yo pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

              *

En las largas noches

del helado invierno,

cuando las maderas

crujir hace el viento

y azota los vidrios

el fuerte aguacero,

de la pobre niña

a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia

con un son eterno;

allí la combate

el soplo del cierzo.

Del húmedo muro

tendida en el hueco,

¡acaso de frío

se hielan sus huesos…!

          * * *

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es sin espíritu,

podredumbre y cieno?

No sé; pero hay algo

que explicar no puedo,

algo que repugna

aunque es fuerza hacerlo,

el dejar tan tristes,

tan solos los muertos.

Imagen tomada del blog de blospot aprendemosparalavidanoparalaescuela

Curiosamente, la muerte vuelve a preocuparme: ya llevo acumulados muchos muertos de mi entorno, y no cabe esperar una nueva juventud, así cada paso que damos, cada día que pasa, es un motivo de celebración. ¡Qué acompañados nos sentimos los vivos!

Y que dure.

Alberto Granados

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4 comentarios el “CUAVERSOS DE BITÁCORA: Noche de difuntos (Rima LXXIII de Bécquer)

  1. No, si al final, tener un padre irreverente, tiene mas ventajas que inconvenientes. Aunque me muriera de miedo cada vez que me hacía una nota para las monjas, diciéndoles que menos Tedeum y más matemáticas.
    Eso si, lo de las Mil Mejores Poesías de la lengua Castellana, si que nos lo puso en las manos, y también nos metió la peste en un canuto con lo de ¡Qué solos se quedan los muertos!
    Muy buena tu entrada de hoy, Alberto.

  2. Querido Alberto: Que bueno y que de recuerdos, muchas veces recorde estas letras de Becquer cuando partia alguien querido, demos gracias a estar vivos y coleando.
    Un abrazo

  3. Me encanta esta rima tan triste que cae como el badajo de la campana, como el propio baúl hundiéndose en la tierra. Tiempo de muertos aunque a los nuestros los recordamos casi cada día. Y como siempre volverán las oscuras golondrinas.
    Un petó!

  4. Coco, yo creo que “Las mil mejores poesías de la lengua castellana” y “oraciones para rezar por la calle” no faltaban en ninguna casa. Años después, la cosa cambió al “Libro de la sexualidad”, de López Ibor. Me gusta que te guste la entrada.

    Eduardo, toda una agradable sorpresa, el verte por aquí. En mi antiguo blog hay más de una evocacioón de aquel tiempo, que aunque lejano, lo tengo bien presente.
    Que se repita tu aparición por aquí.

    Es cierto: el poema de Bécquertiene el ritmo exacto de las campanas doblando a muerto. Estos poetas romántico que cuidaban tanto esos golpes de efecto… La poesía de Bécquer, especialmente la amatoira, era, según Salinas, “lo inefable soñado”. Magnífica definición.

    Chicas y chico: abrazos mil, agradecidos por vuestra presencia y comentario.

    AG

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