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La muerte de Pedro el Patillas


 

Ayer os ofrecí una reseña de un libro que me ha gustado bastante: “El chico de la estrella y otros cuentos” y os decía que para hoy iba a incluir un fragmento de uno de sus relatos. Se trata de un relato que casi podría funcionar autónomamente y que trata de un tema que aparece varias veces en estos seis deliciosos cuentos: la muerte, en este caso de uno de los chicos de la pandilla.

Si para los adolescentes del libro, la vida es demasiado compleja y ofrece una serie de perplejidades para las que no encuentran explicación, la muerte es ya una circunstancia extrema, un insondable misterio difícil de comprender. Más aun cuando se trata de la muerte de un compañero de pandilla.

En el último relato, el que le da título al libro, la pandilla se entera de la muerte de Pedro el Patillas y cada uno reacciona de una forma diferente, aunque la estupefacción se ha adueñado de todos:

 

Pandilla de los sesenta. Imagen tomada del blog de kalicom.wordpress

De toda aquella etapa uno de los acontecimientos más reseñables fue, sin duda, por lo sorprendente e inesperado, la muerte de Pedro el Patillas. Braulio, el hijo de Roque, el del quiosco, fue el primero en dar la noticia, quizá porque el establecimiento de su padre era como un rompeolas adonde llegaban todas las nuevas, chismes e infortunios de la pequeña vida del barrio. Al parecer lo habían llevado al hospital a toda prisa la noche anterior, tras sufrir dolores espantosos y perder el pulso y la conciencia, porque se había atracado de gambas en mal estado. El colegio en pleno acudió al entierro. Y las gentes del vecindario también, con mucha consternación y pesadumbre. El Chico no faltó, a pesar de la pelea que lo había humillado tanto y casi desterrado del grupo. Además, fue el único que se presentó en su casa para dar el pésame a la familia y tuvo arrestos suficientes como para acercarse al cadáver y mirarlo durante un rato; de los otros ninguno se atrevió. Permaneció muy serio unos minutos escudriñando atentamente el rostro amarillento de su antiguo adversario, que tenia algodones en los orificios de la nariz y un pañuelo oscuro atado desde la cabeza a la barbilla, para que la mandíbula no se le desencajara en la mueca terrible de los muertos. Parecía que quería aprender, mirándolo con esa fijeza, una lección que solo en estos trances se comprende, porque es cuando estamos mas próximos al terrible misterio del más allá, sí, cuando nos quedamos a solas con un cadáver que unos instantes antes era una persona llena de vida, y ayer mismo la veíamos pasar camino de su casa o charlar con unos amigos. Pero no, nunca llegamos muy lejos en esas pesquisas y sólo acertamos a percibir el escalofrío del abismo, la imagen postrera que todos los difuntos llevan como impresa en ellos, a modo de advertencia en sus rostros; unos rostros que se van transformando por momentos y cada vez se tornan más pálidos y más del otro mundo, aunque los sigamos observando en éste.

La casa estaba atestada de gente. Parientes y vecinos la llenaban, con rostros visiblemente afectados por el impacto de la desgracia. Su madre era un mar de lágrimas y no dejaba de pedir cuentas a no se sabe qué jerarquía superior, derrumbada en un sillón y vestida de riguroso luto. El Chico se acercó para darle el pésame con solemnidad y ella, al verlo, arreció en su llanto.

-¿Tú eras amigo suyo, verdad? –le dijo sobreponiéndose a la angustia. 

-Sí, señora, yo era su amigo, aunque últimamente no nos veíamos tanto… Le acompaño en el sentimiento –repuso con ceremonia.

La madre, vagamente agradecida, volvió a hundirse en su pena y él se retiró con discreción por entre los familiares y allegados del fallecido, sin conciencia de estar mintiendo, porque en el fondo de su ser le abrumaba la pérdida de aquel colega, y le apremiaba el deber de hacerlo constar, aunque no experimentara hacia su persona demasiadas simpatías. Pero esto era harina de otro costal. Morirse no es cualquier cosa, y un hecho así adquiere relevancia bien distinta de la que pueda otorgarse a rivalidades y peleas entre condiscípulos. Sabía distinguir lo uno de lo otro y, a su manera, recriminaba para sus adentros a los demás compañeros por no haberlo escoltado en su intento de llevar un poco de consuelo a la familia del rival. No le parecía serio este esconderse, esta falta de carácter, esta actitud timorata e infantil de los suyos.

Cuando salió todos lo esperaban, sin embargo, ansiosos de saber pormenores. Él volvía como de otro universo, de aquella oscuridad, de aquel misterio; con aquel rostro grabado en su cabeza; aquella expresión de ausencia fatal, aquella fealdad de lo inerte, y el ánimo un tanto marchito. Los demás lo rodearon y comenzaron a asediarle a preguntas:

—¿Lo has visto?, ¿lo has visto?; ¿cómo estaba? –inquirían mayoritariamente algunos, el Raya y Camacho, más que otros…

—¿Cómo va a estar?, pues muerto, tenéis unas cosas –trató de ayudar con supuesta cordura y determinación el Campero.

—Lo he visto, claro que lo he visto, y estaba blanco como el papel –explicó el héroe–, casi tan blanco como cuando salió corriendo de aquella pelea, con el rostro cubierto de yeso. Pero tenía una expresión que no se me va de la cabeza, una expresión amarga y terrible.

—Eso ha sido la gula –dijo el Beato–. La gula es un pecado capital y abusar de la comida de esa manera te lleva a la muerte. A lo mejor ha sido un castigo por comer a lo bestia.

—¿Qué es eso que decís de la gula? –terció el pequeño Gabi.

—Pues comer con ansia, como un animal –detalló el Beato, tratando de ser pedagógico.

—Es que era un bruto, el pobre –dijo entre dientes Gabi, al tiempo que se imaginaba a Pedro el Patillas metiéndose puñados de gambas en la boca, sin pelarlas, y hasta con cabeza… Los demás no comentaron nada más, volvían todos cariacontecidos y en silencio hacia sus casas, sin acabar de comprender la magnitud del hecho, dándole vueltas a los recuerdos de otros tiempos en los que el muerto fue el jefe; muy bruto, sí, muy fanfarrón, pero tampoco era como para morirse, así, tan de repente y encima por un atracón de gambas. ¡Qué cosas tan raras pasan en la vida!

Acordaron ir juntos al entierro, que tuvo lugar aquella misma tarde. Se vistieron de domingo y se pusieron corbatas o pajaritas negras, en serial de duelo. Formaban un grupo independiente entre la interminable procesión de acompañantes que, a paso lento, caminaba tras el coche fúnebre con el féretro dentro, casi cubierto por muchas coronas de flores con lazos escritos en letras de oro. La madre y la hermana se habían quedado en casa sin fuerzas ya para formar parte de aquella comitiva luctuosa. Sólo el padre presidía el cortejo. Era como el doble de su hijo, oscuro de tez, con las mismas patillas largas, con los mismos ojos, aunque enrojecidos y abotargados por el llanto. Se le veía un hombre completamente hundido por la tragedia. De vez en cuando tocaba el féretro con sus manos como queriendo retener al hijo al que la muerte le acababa de arrebatar, negándose a desprenderse de él en sus intentos desesperados. La puerta trasera del vehículo permanecía abierta, y en los arranques de dolor deshacía con sus raptos algunas flores de las coronas que arropaban al difunto, e iba dejando con ello un rastro de flores caídas en el suelo que evitaban pisar cuantos venían detrás, por pudor o por respeto hacia el finado.

Asistieron con un mutismo lastrado de temor a la clausura del nicho en el que fue depositado el ataúd. Un sentimiento de pavor los dejó sin palabras. Se imaginaban que en aquel hueco estrecho, entre otros muchos cadáveres cercanos, dormiría aquella noche el cuerpo todavía fresco del antiguo camarada que les daba órdenes abusivas y se jactaba de su poder. Ahora, sin embargo, pasaría la noche allí, y todos los días y las noches restantes, en aquel túnel, en aquel agujero. Gabi y el gordo Flores parecían los más aterrados, mientras que el Beato acariciaba las cuentas del rosario de su primera comunión y musitaba unos rezos en la atmósfera solemne de aquel atardecer, de un atardecer en el que sólo se oían los pájaros como enloquecidos chirriando por el cielo turbio y el sonido metálico del palustre del enterrador, que cegaba con mezcla y ladrillos la boca de la sepultura, encaramado en una escalera.

Aunque el Beato trató nuevamente de ejercer de clérigo y reconfortarles con algunas migajas de confianza, la mayoría no le hizo caso y acabó por callarse, como los demás, y volver al barrio tan compungido como todos, dándole patadas a las piedras… No tenían ganas de bromear, porque rumiaban ese atisbo de trascendencia que la vida les mostraba al revelarles el poder, el hechizo funesto de una muerte muy próxima, que es la que más se siente y sobrecoge; la muerte concreta, y tan concreta, como que era la de un chaval como ellos, un vecino, un compañero de colegio con el que disentían y porfiaban, sí, pero un igual a fin de cuentas, tan frágil, tan vulnerable como podían serlo Braulio, el Raya, el Campero o el Chico mismo… A Paco el Beato aquella experiencia le había infundido un extraño fervor. Comprobado el poco éxito que su intento de recurrir a la fe despertó entre sus semejantes, llegó a dudar por un momento de sus dotes para un futuro ejercicio de eficaz sacerdocio. Como su buena voluntad y su espíritu evangélico no le habían llevado demasiado lejos, decidió leer la Biblia aquella noche, para espantar de su mente las imágenes que se le cruzaban de Pedro el Patillas, en su féretro, comenzando a pudrirse, y que con tanto trabajo trataba de apartar de su pensamiento, porque acudían a él con insistencia y le erizaban el vello, aunque no quisiera reconocerlo, en un alarde de heroísmo inseguro. Cuando llegó a su casa abrió el grueso volumen, encuadernado en rojo, del libro santo y buscó el de la Sabiduría, en el que se sumergía algunas veces, para retener versículos con los que amonestar a los incrédulos y adquirir mayor certidumbre de su propia doctrina. Primero leyó en el capítulo dos lo que pensaban los impíos, no sin cierto estremecimiento: “Corta es y penosa nuestra vida, y no hay remedio para la muerte del hombre, ni fue conocido alguien que volviera del infierno. Porque nacemos de manera imprevista, y después seremos como si no hubiéramos existido; porque el aliento en nuestra nariz no es sino humo, y el pensamiento es un destello del movimiento de nuestro corazón. Extinguido el cual, nuestro cuerpo resultará ceniza, y el espíritu se disipará como aire vano. Y nuestro nombre se olvidará pasando el tiempo, y nadie se acordará de nuestras obras; y pasará nuestra vida como las huellas de una nube…” Repetía con espanto y para sí, aquello de “y pasará nuestra vida como las huellas de una nube…”, tratando de figurarse el rastro imposible que las nubes dejan en el cielo. Lleno de angustia buscó más adelante su lenitivo, y lo encontró en aquel otro versículo que dice “Pero los justos viven por la eternidad, y en el Señor está su recompensa, y el cuidado de ellos lo tiene el Altísimo”… De este modo respiró algo más aliviado, y pudo entregarse al sueño con estas otras consignas y promesas de esperanza, deseando con todas sus fuerzas ser uno de los justos que han de vivir por los siglos de los siglos…

Creedme: merece la pena conocer el resto.

Alberto Granados

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2 comentarios el “La muerte de Pedro el Patillas

  1. El fragmento que has dejado de ese cuento me ha llevado ya desde sus primeras líneas a “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio, con la muerte de esa adolescente. Y también a “El camino” de Delibes, con la muerte de Germán el Tiñoso.
    La Muerte muestra una faz más severa cuando mira a los ojos a niños o a adolescentes.
    “Y pasará nuestra vida como las huellas de una nube…”

    Tomo nota del libro de cuentos que me has presentado, Alberto.
    Un abrazo.

    • Te agradezco tus dos referencias. La de Delibes la tenía presente, pero no la de Ferlosio. Me vienen muy bien, porque desde tu post sobre la muerte en literatura, ando trabajando en un borrador sobre dicho tema. Lo que pasa es que estoy muy vago y apenas he llegado a un simple esquema, una mera nómina.
      Un abrazo,

      AG

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