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Biblioclasmos


Con el mismo mecanismo léxico usado para generar el culltismo  “iconoclasta”, se acuñó hace años la pareja “biblioclasmo – bibliocasta”, que se refieren al impulso patológico que lleva a algunos a destruir los libros, ya se trate de eliminarlos físicamente, ya sea combatirlos a través de mecanismos tales como el desprestigio, la censura u otros que impidan o entorpezcan la difusión libre de sus contenidos.

La Historia está llena de casos en que alguien (el biblioclasta), revestido de algún tipo de autoridad, ha ordenado la destrucción de libros o el cierre de bibliotecas (como nuestro tristísimo Concejal de Cultura, don Juan García Montero); o ha desprestigiado la lectura de una obra señalando en ella un peligro moral. En general, los bibliocastas han sido gentes más conscientes de su fuerza y su poder que de la reflexión y las ideas: poderosos emperadores, reyes y califas; dictadores y militares convencidos de que la “dialéctica de los puños y las pistolas” resulta más contundente que la de las ideas; falangistas valerosos o nazis impenitentes; censores (alguno hasta llegó a obtener el Premio Nobel de Literatura) y moralistas; cardenales, papas y beatos meapilas… convencidos todos ellos de que al pensamiento puede ponérsele trabas, todos perfectamente conscientes del imparable poder de las ideas de un libro, todos estúpidamente cerrados al diálogo de la historia y dispuestos a reescribirla desde su unívoco punto de vista, como mandaba hacer el orwelliano Gran Hermano.

 

 

Índice de Libros Prohibidos y Expurgados

El primer caso de bibliocasmo de que se tiene noticia fue la destrucción de tablillas sumerias, hace más de 5.000 años y, curiosamente, en un territorio (el actual Irak) que en los últimos años ha vuelto a ser saqueado. También el emperador Huang Ti, el primer unificador del imperio y constructor de la Gran Muralla China, en 213 a. d. C., ordenó a su primer ministro que quemara todas las muestras existentes de la literatura clásica china, por si en algún punto sus contenidos divergían de la filosofía oficial de su recién instaurado régimen.

 

 

 

Quema de libros en La Coruña (tomada de “Los libros arden mal”, de Manuel Rivas)

En la más cercana Córdoba califal, Al-Mansur ordenó quemar medio millón de libros de la biblioteca de Al-Hakan con la intención de congraciarse con el peligroso fanatismo de la secta alfaquí. Muñoz Molina dedica el capítulo VIII de su “Córdoba de los Omeyas”, un texto imprescindible para los bibliófilos, a contar cómo Al-Hakan inició la más culta biblioteca de su época; cómo creó un verdadero ejército de calígrafas que copiaban los tratados traídos de medio mundo; cómo enviaba a sus compradores a viajar por cualquier país para traer, en préstamo o comprados, las obras más imprescindibles del saber humano; cómo, de manera profética, “tenía miedo del fuego y de la sinrazón que exterminan los libros”. El escritor de Úbeda lo narra con tanto amor al libro que el biblioclasmo final resulta insufrible para el lector.

A la muerte de Enrique de Villena, en 1434, Juan II ordenó al obispo Lope Barrientos expurgar su biblioteca, en la que, se decía, abundaban libros de nigromancia y otras materias moralmente nocivas. El expurgo llevó a la hoguera una notable colección de libros. Y cuando los ejércitos cristianos “reconquistaron” Granada, todos los libros de las culturas judía e islámica fueron quemados en nuestra granadina Plaza Nueva. Fue una inapelable orden de Cisneros, una orden que poco después halló un importante respaldo inquisitorial al establecerse el Índice de Libros Prohibidos, que ha estado en vigor, con sucesivas actualizaciones, desde 1599 hasta el Concilio Vaticano II, en 1966.

 

 

En el pasado s. XX, los nazis hicieron lo propio (en Berlín, el 10 de mayo de 1933) en un acto rodeado de un criminal sentido litúrgico y con una puesta en escena perfectamente estudiada. Y si lo hicieron los nazis, los falangistas valerosos de nuestra España fascista lo imitaron, en connivencia con la Iglesia, que animaba desde los púlpitos esta pantomima. Manuel Rivas dedicó a estos hechos su libro “Los libros arden mal”, donde la trama recoge la quema de libros en La Coruña. También se dio esta práctica en Madrid: Falange organizó una quema pública de libros el 30 de abril de 1939. Como cabe esperar, se quemaron libros de “los enemigos de la patria”, entendiéndose por enemigos a gente como Rousseau, Voltaire, Sabino Arana, Freud, Thomas Mann… Asistió el Secretario de Educación y la prensa dejó bien claro que con esta quema se contribuía a la magna tarea de crear una España grande, libre y bla-bla-bla. En la purga, cayeron libros marxistas, separatistas, liberales (¡qué horror!), se revisó la Historia (los autores de la leyenda negra, que manchaban la gloria del Imperio… a la hoguera). Tampoco se salvaron el pesimismo, ni el romanticismo (débil y enfermizo), ni el modernismo, de la misma forma que no se le permitió sobrevivir a los  pseudocientíficos, al mal gusto… La prensa también explicó que serían los falangistas los encargados de discernir, no sólo el contenido de libros que jamás habían leído, sino de opinar hasta de los valores estéticos de los mismos. ¡Qué atrevida es la ignorancia! ¡Qué peligroso, el fascismo!

 

 

Quema de libros “subversivos” durante la dictadura argentina. Imagen tomada del blog mas-y-menos, de blogspot.com

Por desgracia, hay cientos de casos más (¿cómo olvidar a Salman Rushdie?), a veces de una ridiculez insufrible, como se ha encargado de catalogar el venezolano Fernando Báez en su obra “La historia universal de la destrucción de los libros”. En los enlaces que propongo al final (los he usado como fuentes), hay un anecdotario que resultaría divertido si no fuera porque resulta repugnante: a ellos os remito, si os quedan ganas.

 

 

El expurgo de la biblioteca de Don Quijote. Imagen tomada del blog nososolodeyodvive…

A mí me basta con señalar hasta qué punto resulta peligrosa la destrucción de libro y de las ideas desde el poder estatal. Es algo tan grave y extendido a lo largo de los siglos, que se ha convertido en un tema metaliterario repetido en más de una obra narrativa, especialmente en aquellas distopías en que el Estado totalitario establece un pensamiento oficial y pretende que nunca afloren otras ideas, por lo que el libro se convierte en un peligroso objeto capaz de generar disidencias.

El barbero, el ama, la sobrina y el cura queman una buena parte de la biblioteca de don Quijote porque sus libros lo han enloquecido, si bien hablan de los efectos benéficos de otras obras, que con ello consiguen el indulto. Todo un ejemplo de biblioclastia, con todos los elementos del biblioclasmo: destrucción selectiva, censura, miedo al diálogo que siempre implica un libro… Si en “1984” la Historia se reescribía según las necesidades del Gran Hermano, en “Fahrenheit 451” Ray Bradbury nos dejaba un cuerpo de bomberos que, puesto que los materiales han llegado a ser incombustibles, está exclusivamente  para provocar incendios en las casas donde se sospecha que existe un libro. La razón resulta escalofriante: el libro hace pensar y eso hace sufrir al individuo. En consecuencia, será el Estado quien piense y emita ese pensamiento a través de unas pantallas existentes en el salón de cada hogar. La presencia de un libro será, por tanto, un acto de sedición. Desasosegante pensamiento para los que somos lectores apasionados y creemos en la pluralidad de las ideas.

 

 

Quema de libros llevada a cabo por los nazis

Llegados aquí, qué alivio se siente al saber que cuando deseas un libro te basta con llamar a tu librería y comprarlo, o ir a una biblioteca pública y disponer de él. Qué alivio, abrir cada mañana Internet y ver una prensa libre y plural (cada vez menos libre y menos plural, es cierto), antes de pasar por el quiosco. Qué alegría saber que hay miles de pequeñas editoriales dispuestas a difundir lo que escriben otros o miles de blogs donde escribimos para los demás sin ninguna cortapisa. Qué alegría saber que somos (más o menos) libres gracias a los libros. Al menos, por ahora…

 

Alberto Granados

Enlaces para ampliar:

http://uvejota.com/articles/369/glosario-bibliotecologico-biblioclasmo-o-de-odio-al-libro

http://lacomunidad.elpais.com/lector-en-desvelo/2009/7/5/tres-formas-biblioclastia

http://www.letralia.com/110/ensayo03.htm

http://orfanatodeutopias.wordpress.com/2011/04/19/no-te-quieren-huckleberry/

4 comentarios el “Biblioclasmos

  1. Este artículo, didáctico y brillante y a la vez, es el biblioclamor de un bibliófilo empedernido y de un espíritu libre, que debe ser compartido y divulgado a los cuatro vientos. ¡Qué lujo de blog, Alberto! ¡Qué privilegio leerte!

    Un abrazo

  2. Yo asisti con once años a una quema de libros en la Puerta Purchena de Almería. Nos llevaron los frailes del colegio La Salle -todo un modelo de enseñanza carca y patriotera- y nosotros fuimos tan contentos, sin pensar en ningún momento que nos estaban manipulando. Al tiempo que ardían los libros cantábamos el Cara al Sol y Prietas las filas. Ahora, cuando leo a Voltaire o a Mirbeau, al placer que me produce la calidad de sus obras, se añade el saber que se hallan en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia. Muchas gracias alberto por traer este tema a la palestra. Ahora mismo lo voy a reenviar a mis amigos.-F. Gil Craviotto.

  3. Miguel y Francisco, muy agradecido. Ambos sabéis que me gustan los libros (una de las cosas mejores de la vida), así que defenderlos, propagar el respeto por ellos y censurar conductas opuestas, es casi un deber. Y también sabéis que me gusta escribir mi blog, así que todo ha venido con “naturalidad”.

    Un abrazo,

    AG

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