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Todo lo que era sólido


Hay libros en los que el autor mete el bisturí a fondo en la realidad y hace daño, pues la realidad siempre es descarnada (y descarada y cínica y desvergonzada). Quevedo diseccionó la sociedad barroca en su “Los Sueños”. Fernando Díaz Plaja radiografió la sociedad de su época en “El español y los siete pecados capitales” (1966), libro en el que hacía comparaciones entre los hábitos de los españoles y los de los ciudadanos de otros países, con cierta dosis de ironía y ternura. Sin la sátira de Quevedo, ni la ternura de Díaz Plaja, Antonio Muñoz Molina escribe un libro impecablemente serio, valiente y comprometido, donde analiza la marcha triunfal de la economía española de hace unos años y el monumental batacazo que nos tiene sumidos en la desesperante situación en que estamos: “Todo lo que era sólido se desvanece en el aire”, nos dice en la página 17 de su recientísimo libro “Todo lo que era sólido” (Barcelona, Seix Barral, 2013).

Se trata de un libro formado por 104 reflexiones (en la página 234, él las llama “notas”) en la línea de sus columnas periodísticas. Iniciado en mayo de 2011 (cuando los “indignados” ocuparon las plazas españolas) y finalizado en el otoño de 2012, dichas notas se ocupan  de una serie de ideas que nos llevan desde los años en que la economía española era a los ojos del mundo un milagro y un ejemplo de crecimiento hasta el tristísimo y pesimista momento actual, en el que parece que el estado del bienestar sólo ha sido un delirio definitivamente irrecuperable.

A lo largo de ese trayecto, que cronológicamente sólo abarca unos años, Muñoz Molina nos habla de la euforia de cuando las vacas gordas y desgrana las causas de la hecatombe: los delirios de grandeza de la clase política, la sustitución de la realidad por su ficción (a lo largo del libro, él usa los términos escenificación, fantasmagoría, simulacro, alucinación…), el gasto desmesurado que supusieron tantos costosos despropósitos, el lenguaje inflado de la clase política (“pedrería verbal” lo llama el novelista), los innumerables casos de corrupción política y, por encima de todo, la falsedad de una economía basada en el gasto incontrolado para el que había que pedir cuantiosos créditos.

Pone cientos de ejemplos incuestionables: la Expo y los Juegos Olímpicos del 92, la inmensa cantidad de instalaciones y servicios públicos que han proliferado en pueblos y ciudades (salas de conciertos, piscinas cubiertas y polideportivos, aeropuertos, universidades…), viajes institucionales con séquitos desmesurados e injustificables, trenes de alta velocidad…

A eso habría que sumarle el ingente crecimiento de la administración (las administraciones: nacional, autonómica, provincial y municipal), la creación de cientos de “agencias” y cargos destinados a fomentar el clientelismo político, la colocación de los copartidarios y afectos, el sentimiento de tribu política en el que los partidos han estado cayendo durante más de treinta años. Él lo llama encanallamiento de la política.

En todo este tinglado ha primado el poner por delante una falsa realidad, bien distinta de lo que una planificación coherente y racional hubiera exigido. ¿Por qué, entonces, no se frenó?

El autor mete el dedo en otra llaga nacional: cualquier crítica a estos “avances sociales”, cualquier asomo de cuestionamiento, hubiera sido sinónimo de descalificación y acusación de partidismo, de ser reaccionario, españolista, facha o rojo, según el interesado punto de vista de cada uno de los que pudieran sentirse señalados. En este sentido, reivindica que la vida política española, tan visceral y envenenada en los últimos años, se reconduzca a posiciones de diálogo y entendimiento, como se consiguió en los primeros momentos de la transición. Llega a pedir que cada opción (partidos de izquierda, de derecha, nacionalistas, separatistas…) renuncie a un porcentaje de sus ideas y postulados para buscar un punto de encuentro, destinado a poner de relieve aquello que los une, frente a lo que los separa.

A lo largo del libro sobrevuela una pegunta: ¿cómo nadie vio venir el triste futuro que nos ha hecho pasar de nuevos ricos a nuevos pobres? Habla de “sonambulismo” social. La ciudadanía ha estado tan ofuscada con la realidad paralela, con los “eventos” propagandísticos y su litúrgica dimensión de espectáculo de masas, que no se ha enterado de lo que estaba sucediendo. Aparece  en el libro (era inevitable) la referencia al entremés cervantino “El retablo de las maravillas”, en que todos decían ver lo que se les decía que había que ver, para no ser tomados por descendientes de conversos. La prensa ha ayudado a fomentar el espejismo, los partidos han convertido todo en propaganda de esa permanente campaña electoral que es la vida política española, los bancos han hecho su agosto y todos contentos… hasta llegar a la situación en que estamos. Contentos y ciegos, como los personajes de El Quijote en el episodio de los Duques o los del mencionado retablo. Por otra parte, oponerse a reconocer aquellos éxitos equivalía a ser tachado de aguafiestas reaccionario.

Muñoz Molina despliega un valiente rigor crítico con la realidad (y con la irrealidad) española. Partidos políticos, grupos de opinión, mundo de las finanzas, medios de comunicación… y arrastrada por todo ello, la ciudadanía entera, han cerrado los ojos a lo evidente y cuando ha  surgido alguna voz discrepante ha cosechado desprestigio, animadversión y acusaciones de desafección.

En la última parte del libro analiza el enorme potencial de los españoles junto a sus defectos eternos y hace una llamada a la seriedad y el esfuerzo común para salir de donde estamos.

El lector que se adentre en este libro se preguntará varias cosas: ¿es que Muñoz Molina está por encima del bien y del mal?, ¿desde cuándo el autor tiene tan clara esta situación?, ¿por qué no ha usado su indudable prestigio y nos ha entregado su sabio análisis mucho antes?… Porque da la sensación de que el escritor sobrevuela los problemas desde una eminente altura, desde la cual no le puede alcanzar ninguna salpicadura de la realidad. Dicho de otro modo, su crítica es tan incisiva que puede doler a mucha gente dispuesta a sacar las uñas y defenderse de tanta descalificación.

 

 

 

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Sin embargo, su punto de vista cambia en la nota 60 (p. 149), en que se implica totalmente y se considera uno más de los ciegos que no supieron ver lo que se acercaba inexorablemente. A partir de ahí el libro es mucho más personal, más humano y doliente, más valioso y conciliador. Nos habla de su preocupación por el futuro, de las realidades que ha visto en otras sociedades (lo bueno y lo malo), de la manera de comportarnos en muchas circunstancias, de la esperanza de mejorar… Ahí aparece ya, sin hacer ninguna concesión en sus críticas, la parte más humana del novelista de Úbeda.

No comparto en su totalidad el contenido del libro. Tengo que hacer una serie de matices que me parecen insoslayables. En primer lugar, confunde los partidos políticos con sus jerarquías, cuando la realidad es otra: si los altos cargos han engolfado la administración, los militantes de base se han limitado a hacer su trabajo, convencidos de sus ideas, y con una absoluta honradez. Sé lo que digo, como militante de base de uno de los dos grandes partidos. Somos muchos los que ni aspiramos a colocación, ni a prebenda, ni a cargo o regalía alguna. No me parece aceptable que al hablar de partidos políticos entremos todos en el mismo saco, cuando hay mucho cuestionamiento, mucha crítica y mucho hartazgo al ver que, pese a las asambleas, nuestras voces se estrellan frecuentemente contra el aparato del partido.

Tampoco me ha parecido que Muñoz Molina guarde una equidistancia en sus críticas, aunque no sé si en esto soy subjetivo: a pesar de que denuncia mil barbaridades en todas las áreas geográficas de España, al ser andaluz y haber vivido y conocido esta realidad mejor que otras, da la sensación de que se ceba especialmente en la situación andaluza y el partido que la gestiona desde hace treinta años, pero no sé si es una vana e interesada prevención mía.

Y dejo para el final mi observación más peliaguda, que ya he comentado varias veces en la web del autor, de la que soy asiduo lector y comentarista: la obligación de quien gobierna una administración es hacer que su área de acción mejore, que acceda a servicios y medios  de los que carecía. Por ello tengo que relativizar la crítica que hace al costosísimo despliegue de instalaciones a las que se refiere. Estoy de acuerdo con él en que no ha habido planificación ni freno ni austeridad, pero creo que cada vez que se abre un polideportivo, un pequeño espacio escénico, un tramo de carretera o autovía, una piscina cubierta, una biblioteca… se está cumpliendo con una obligación moral: mejorar la vida de los ciudadanos y ofrecerles servicios de los que nunca habían disfrutado. El error no está en haber propiciado estos avances, sino en no haber medido el posibilismo del gasto y, como él dice, en el agravio comparativo: si lo tiene el pueblo de al lado, ¿por qué no el mío?

El libro, pese a estas salvedades, es todo un tratado de ética política: un ingente anecdotario, unos personajes públicos que el autor ha tenido ocasión de tratar, unas situaciones esperpénticas… hacen que cada una de estas “notas” sea una unidad autónoma del discurso global.

Hará daño, suscitará reacciones corporativas y personales de defensa de la dignidad ofendida, se comentará mucho (tal vez más en privado que en público, precisamente por el afán de no señalarse). Yo lo propondría como libro de lectura obligada para acceder a cualquier cargo público, para iniciar un proceso judicial de corrupción, para entrar en las listas de un partido. Para evitar que todo lo que pueda volver a ser sólido la estupidez humana del futuro lo convierta otra vez en humo, en polvo, en sombra, en nada.

 

Alberto Granados

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16 comentarios el “Todo lo que era sólido

  1. Durante la lectura del libro, lo fui llenando de anotaciones a lápiz, de corchetes y subrayados. Con ellos os he preparado una especie de antología en la que incluyo los diez fragmentos que más incisivos me han parecido. Son estos:

    Fragmentos de Todo lo que era solido

    1
    “Con una economía especulativa se corresponde sin remedio una conciencia delirante. Lo peculiar del delirio español era su fijación en el pasado: no en la historia real, casi siempre poco alentadora, ni en el pasado más próximo, sino en el ayer legendario de la II República y de la Guerra Civil. Ahora sabemos que 2006 fue el año en que llegó a su punto más alto la marea de una prosperidad que se sostenía sobre la pura nada, sobre el crédito barato y la corrupción política y la construcción de viviendas. Pero mientras eso ocurría y nadie con responsabilidad quería o sabía poner freno a aquella alucinación, lo que ocupaba los periódicos y los debates públicos era sobre todo la conmemoración del 75 aniversario de la proclamación de la República y la del 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil”. (p. 14)

    2
    “No eran expertos en economía sino en brujería. Les hemos creído no porque comprendiéramos lo que nos decían sino porque no lo comprendíamos, y porque la oscuridad de sus augurios y la seriedad sacerdotal con que los enunciaban nos sumían en una especie de aterrada reverencia”. (p. 26)

    3
    “Vimos también cómo mucha de aquella gente parecida a nosotros que había entrado en política por convicción o por azar en las primeras oleadas de elecciones democráticas se instalaba en ella y la convertía en un profesión. Adquirían ademanes como de una autoridad congénita. Un poco antes, en 1977, en 1979, recién elegidos diputados o concejales, los amedrentaban los ujieres o los guardias que se les ponían firmes cuando entraban en un edificio público, y reaccionaban con indignación igualitaria ante las pompas del poder. Al poco tiempo no sólo las aceptaban sin ningún embarazo sino que se le veía interiormente crecidos cuando se sentaban en el sillón forrado de terciopelo viejo de un despacho o asistían a una ceremonia pública, a un desfile, a una procesión; incluso no tardaron nada en aprender la desenvoltura adecuada para montarse en un coche oficial o salir de él”. (p. 35-36)

    4
    “Había dinero para que alcaldes y concejales tuvieran sueldos que no habían existido nunca, para que los negociados mustios de antes pasaran a llamarse ampulosamente áreas, para que los viejos terciopelos y los sillones isabelinos desfondados se cambiaran por mobiliarios de diseño moderno, para que a los antiguos escalafones que habían permanecido inalterables durante más de un siglo se superpusieran de la noche a la mañana nuevos cargos ejecutivos con nombres fantasiosos: gerentes, gestores, animadores socioculturales, asesores técnicos, directores de gabinete, directores de área, directores de comunicación.
    Eran tantos que ya no cabían en los viejos edificios, de modo que había que comprar o alquilar otros nuevos, y que inventar nuevos organismos y nuevos nombres y siglas mucho más complicadas”. (p.44)

    5
    “Desde muy pronto mostraron predilección por los simulacros; por las solemnidades, los protocolos, los acontecimientos, las conmemoraciones, las procesiones, las festividades, los organismos que consistían sobre todo en un nombre y un logotipo, los eslóganes publicitarios, las campañas de imagen: o esa entelequia que empezó a llamarse la comunicación. Donde antes había habido como máximo alguna oficina de prensa ahora hubo gabinetes enteros de comunicación, lo cual sonaba mucho más moderno, y permitía nóminas más cuantiosas. Individuos dotados de saberes gaseosos y cualificaciones quiméricas obtenían subsidios millonarios con la finalidad de gestionar la administración de la nada, previamente envuelta en grandes castillos de palabras, tan consistentes como los castillos de fuegos artificiales cada vez más lujosos que se quemaban en los colofones de las fiestas: castillos en el aire, castillos en España”. (p. 52)
    6
    “Es misterioso que una izquierda que venía del laicismo de la II República abrazara con tanta convicción las celebraciones de la iglesia católica, y aceptara tan servilmente respetar cada uno de sus privilegios, no sólo entregándole el control de una parte de la educación sino además pagándole para que lo ejercitara, a costa de la educación pública. Pero es más misterioso todavía que viniendo de la doble tradición del universalismo ilustrado y del internacionalismo obrero la izquierda se convirtiera tan velozmente, tan integralmente, a la superstición nacionalista por las identidades colectivas”. (p. 74-75)

    7

    “Victimismo y narcisismo son los dos rasgos del nosotros intacto que las clases políticas y sus aduladores y sirvientes intelectuales han levantado en cada comunidad, proscribiendo o dejando al margen no sólo cualquier referencia favorable al marco político común sino casi cualquier noción adulta de ciudadanía. El lugar de nacimiento no es un hecho accidental, sino una marca del destino y un motivo de orgullo. Sin hacer más esfuerzo que el de ser de donde eres ya posees el privilegio de un origen único, que por un lado te ofrece la confortable posibilidad de contarte entre los perseguidos, las víctimas y los héroes sin necesidad de padecer personalmente ningún sufrimiento. Lo que te falta es porque te lo han quitado ellos, los opresores extranjeros; de lo que va mal son ellos los que tienen la culpa. Ellos quemaban herejes, invadían América, exterminaban a los indios, expoliaban aquellas tierras igual que han expoliado la tuya, eran xenófobos, eran sexistas, practicaban el tráfico de esclavos, carecían de conciencia ecológica, no se cambiaban de ropa interior”. (p. 86)

    8
    “Cómo es que ese ruido no nos atronaba. Qué veíamos, en qué estábamos pensando. Si mi oficio es mirar el mundo para poder contarlo cómo es que no me fijé en lo que sucedía, en lo que tenía delante de los ojos, lo que se publicaba en el periódico que yo compraba y creía leer fielmente cada mañana cuando estaba en España. Algo intuía, pero no lo suficiente, ni mucho menos. Me fijaba demasiado en la superficie política y psicológica del delirio como para reparar en lo que hubiera debido saltarme a la vista, en la cualidad delirante de la economía misma. Pero entonces las personas como yo leíamos las noticias de cultura y tal vez las de política y no llegábamos nunca a las de economía…” (p. 149-150)

    9

    “Cuántos abusos han quedado sin denuncia ni castigo por la simple razón de que se cometieron sin necesidad de salirse de una legalidad calculada para permitirlos: cuántos no han roto las capas sucesivas de los pactos de silencio que se han ido acumulando en la vida pública española: callar por conveniencia, callar por miedo, callar por pereza, callar por cinismo, callar por militancia, callar por complicidad, callar para no distinguirse del grupo, callar por no disgustar a la familia, callar por no ser un aguafiestas, callar por que no parezca que uno va en contra de los tiempos, callar por temor a no parecer moderno o a no parecer patriota, callar para que no le manden a uno anónimos o no le quemen el portal de la casa, callar queriendo convencerse de que al fin y al cabo ésa es la única manera en que pueden hacerse las cosas”. (p. 160)

    10

    “…Y no debería importar que alguien fuera de izquierdas o de derechas o españolista o separatista para escandalizarse por igual de que se gaste mucho menos dinero en investigación científica que en fiestas patronales o en subvenciones a partidos de fútbol, a corridas de toros, a procesiones religiosas”. (p.222)

  2. Una reseña espléndida que, con el añadido de tus anotaciones y subrayados, solo tiene un inconveniente: Que el lector perezoso dé ya el libro por leído. Y si tuviéramos en cuenta tu propio criterio lector, ya expresado en otras ocasiones, y nos decidiéramos a hacerlo, sería ya a través del filtro de tus propias reflexiones, imposible ya la pureza de la primera lectura. Pero no; ya te dije que en esa interpretación discrepo: Lo leeremos con el respeto que merecen los textos y la autoridad moral e intelectual de este autor, guiados por tu magnífica brújula; aunque todo lo que era sólido, haya perdido ya la consistencia y densidad iniciales y entonces sea ya más líquido, pero conservando todos sus nutrientes y vitaminas.
    Un abrazo acompañado esta vez por la enorme alegría que compartimos por la edición de tus “Cabos sueltos”.

  3. La mención de la estructura política del libro que has hecho me parece de rechupete
    ¿Es amigo tuyo?
    Si no ya te lo debe de agradecer porque es perfecto
    La glosa da a conocer casi detalladamente y de forma amena y entran deseos de comprarlo. Yo lo haré.
    Dos vueltas, listas abiertas y que cada diputado o senador se haga valer ante la opinión pública.
    Si vamos a la democracia esta es la ocasión de tener una democracia decente y transparente.
    De todos modos y a pesar de todo es mucho mejor que una dictadura en la que todo lo que se sacan unos a otros es sepultado vivo o muerto.
    Ahora sí que pitas amigo Alberto
    Cada cual con sus ideas pero hay que ser equitativo y demócrata de verdad.
    Un saludo cordial
    Rafael.

  4. Alberto, me alegro que el blog vuelva a la vida.

    Un par de cosas como comentario:

    Como dice Miguel Cobo hay un peligro en que un libro tan comentado desde su salida a las librerías y que no es largo, eso lo digo yo, deje de leerse y se dé por leído debido a tantas reseñas. Yo no le heléido todavía y quiero leerlo pronto para sacar también mis conclusiones y posturas.

    La otra es que si no lo he leído todavía no solo es por la falta de tiempo para leer otras cosas diferentes de las que leo ahora, es que creo que no me va a decir nada nuevo o que yo no haya pensado estos años anteriores y que no haya hablado en conversaciones con amigos. Es cierto que Antonio Muñoz Molina lo dirá mucho mejor y con más estilo, pero no sé de que se escandaliza o se sorprende la gente ahora. Lo que tenemos ahora se veía venir, bastaba tener sentido común y hacer unas operaciones matemáticas muy sencillas. Claro que vivir como yo vivo en una de las taifas con el derroche más esperpéntico y delirante también ayuda.

    Y otra cosa, protestas y críticas a la situación hubo, en eso estoy completamente de acuerdo con Javier Marías.

  5. Hesperetusa y Miguel: la lectura del libro es tan amena, tan analítica y tan necesaria que yo me leí el libro en cuatro ratos, en sus sentido más literal. No tengáis miedo de hincarle el diente: cada “nota” es un sabio ejercicio de revisión y análisis, tan necesarios en tiempos de verdades oficiales y biblias de partido.

    Rafael, no creo que este blog pite ahora sí y antes no. El que pita menos soy yo, eso sí, sin abjurar de una sola de mis ideas, esas ideas que te hacen decir que soy “más malo que el barro”.

    Amigos, gracias por aparecer por aquí.

    AG

  6. Ahora es cuando alcanzas más madurez y buena prueba es que haces cosas brillantes
    Antes estabas demasiado pegado a la ideología
    No hay que renunciar a ideales o ideas, si son para el bien común
    Saludete cordial
    Rafalico el Corto.

    • Rafael, es ciereto que ahora estoy menosguerrrilero, pero tú no eras nada inocente, quye también sacabas tu ideología, tan contraria a la mía, a cada dos por tres. No vayamos a perder ese punto de vista: ambos batallábamos desde diferentes trincheras, pero ambos éramos contendientes, que tú te ponías bastante agresivo.

      Ahora, sigo con mis ideas y cada vez las veo más justas, pero más inalcanzables…

      AG

      • Es que es una utopía desconocedora de la condición humana
        Eso de “entre todos podemos” no es válido
        Las gentes no somos así
        Me da igual que sean los ERES o Bárcenas
        Hay ejemplos notorios y fracasos clamorosos de las ideologías tanto Nazis como comunistas. Todo ha fracasado. Y el capitalismo también.
        Pero “semos como semos”
        Pero bueno ahora iniciamos una nueva singladura
        Yo no escribo en tu alojamiento porque estoy en Blogger
        Dejé lo de Ideal porque me pareció algo de marraneo.

  7. yA TE EXTRAÑABA. bIENVENIDO

  8. Alberto, te comento por aquí dado que las estrecheces no permiten seguir haciéndolo más arriba.

    El “Capitel palaciego” es una publicación de ayer, yo no tengo un ritmo muy seguido de publicación y más ahora que se me echan horas y horas de trabajo y estudio encima. Me vienen dos meses fatales para escribir. También por las temáticas que toca mi blog, la reseña de un libro como “Todo lo que era sólido” estaría un poco fuera de lugar, aunque hay unos capítulos que es posible que los trate allí.

    La idea era comentar aquí en tu blog, como hago en otros blogs amigos que tratan temas de actualidad, que no vivo bajo una campana de cristal por más que publique normalmente sobre obras de arte.

    En el blog de Antonio Muñoz Molina no comentaré, porque hace mucho tiempo que es un lugar cerrado para unos pocos, aunque en teoría esté abierto.

    • En el blog de AMM hay demasiados egos, lo cual es un obstáculo. La culpa no la tiene él, desde luego, pero como tú dices es un paraíso cerrado para pocos, parafraseando a Soto de Rojas.
      Yo leo lo que escribe él y hace tiepo que he dejado de comentar: parece que lo que yo decía no le interesaba a nadie, así que me ahorro el tiempo y el esfuerzo.

      Un saludo,

      AG

  9. Alberto; en todos los comentarios de los artículos hay un montón de gente que más vale ignorarla aunque hay que leerlos como reflejo fiel de como somos.
    Si no lo has hecho haz la prueba y verás que clase de gente convive entre nosotros, que no somos mejores. Quizás más instruidos.

  10. Como dije más arriba he leído muy deprisa “Todo lo que era sólido”, de hecho me gustaría poder dedicarle a algunos capítulos, que son muy cortos, otra lectura más sosegada. En general estoy de acuerdo con casi todo lo que dice. hay cosas que desconozco por experiencia, forman parte de lo leído o lo contado. Aparte de lo que tú reseñas, todo lo que se dice sobre la falta de enseñanza (detesto el concepto pedagogía) democrática, la locura especulativa, las obras inútiles, etc., que también han sido muy destacados en prensa y en blogs, hay unos capítulos que me han llamado especialmente la atención. Son los dedicados al escaparate neoyorkino.

    Eso es algo que desconocía completamente. Nueva York no es una ciudad que me interese especialmente, supongo que por lo muy vista que está en cine, televisión, libros. Está claro que a AMM le encanta, dado que vive parte del año. En general sus escritos sobre Nueva York me son bastante indiferentes, aunque me gustó leer “Ventanas de Mannhatan”. Pero Nueva York parece ser como un imán para muchos, ye en estos años de la locura manirrota para muchos políticos y administraciones autonómicas que han ido a montar lli el espectáculo del que nadie más que ellos e instituciones como el Instituto Cervantes eran testigos. Como tantas cosas, pagada con el dinero de todos. Leyendo esos capítulos sentía vergüenza ajena, y especialmente el capitulo valenciano con ese “President” que sería Camps o Zaplana comportándose con esa falta de educación. Vergüenza y bochorno. Eso es algo que no ha contado AMM hasta ahora. Que yo recuerde no es algo que haya aparecido en las columnas de prensa o en su blog. Lo que voy a decir no es un reproche inquisitorial porque ya tiene inquisidores, algunos muy desagradables entre sus comentaristas, pero parece que hasta que no ha dejado el Instituto Cervantes de Nueva York no lo ha contado. Ese cargo, aunque lo ostente gente de reconocido prestigio profesional no es un puesto de oposición, nos guste o no tiene algo de cargo político.

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