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“Los papeles de Juan Español”, memorias de la infancia de Francisco Gil Craviotto


NOTA PREVIA: He intentado enriquecer esta reseña con algunos textos elegidos del doble libro de Gil Craviotto, pero la selección de fragmentos se ha ido haciendo tan amplia que, finalmente, he decidido presentar hoy sólo la reseña y dejar para mañana dichos pasajes, debidamente contextualizados, presentados a modo de una pequeña antología. Con ello os  podréis hacer una idea del suculento bocado que supone la lectura del libro completo.

 

 

 

 

“Creí mi hogar apagado

y revolví  la ceniza…

Me quemé la mano”.

        (Antonio Machado)

 

 

Uno de los decanos de las letras granadinas, Francisco Gil Craviotto, acaba de publicar en formato digital un díptico que escribió en la década de los ochenta, cuando aún vivía su exilio de Les Mureaux,  pueblo del extrarradio parisino. Inexplicablemente, los dos libros que componen “Los papeles de Juan Español” aún permanecían inéditos, situación que ha resuelto TransBooks, una editorial digital granadina de reciente aparición, en su colección PiedeMonte, dedicada a autores granadinos. En efecto, desde los primeros días de mayo TransBooks ha colocado ambos títulos (“La mano quemada” y “La verja del internado”) en las plataformas digitales a disposición de los usuarios de lectores electrónicos y tabletas.

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Gil Cravioto nos habla en estos dos títulos de su propia infancia y adolescencia, aunque deliberadamente trata de disimularlo por medio de distintas estratagemas. En primer lugar, recurre a un figurado narrador, el también exiliado Juan Español, quien le habría hecho llegar en dos carpetas los papeles que recogen sus memorias del exilio galo (…que, intactos -ni siquiera quito ni pongo una coma- ofrezco hoy al desocupado lector… -nos dice el autor en el preliminar Aviso al lector). Es el narrador interpuesto que, en una cabriola metaficcional, tanto ha aparecido en nuestra literatura desde el Cide Hamete Benengeli cervantino de “El Quijote”.

Otro recurso para desfigurar la realidad es la alteración de los nombres de los otros personajes y de los lugares alpujarreños que aparecen en la acción narrativa. La razón es evidente: cuando ambos libros fueron escritos (hace de ello casi treinta años), aún vivían muchos de los personajes que formaron parte de este inmenso tapiz autobiográfico y Gil Craviotto, siempre atento a estas delicadezas, no quiso en ningún momento que alguien se pudiera sentir molesto o señalado en el ambiente rural al que se refiere en su relato.

Un magnífico prólogo, lleno de intuición crítica, escrito por Fernando de Villena, completa este libro de memorias infantiles, injustamente desconocido hasta este gozoso momento. En ambas partes, el lector podrá disfrutar del riquísimo anecdotario y del excelente tono narrativo que el autor le ha conferido. El prologuista acierta de lleno al enunciar la naturaleza exacta del doble libro: una colección de estampas literarias, que pueden funcionar perfectamente como unidades autónomas, a la vez que conforman todo un conjunto perfectamente estructurado en torno a las contradicciones y descubrimientos que el pequeño protagonista va asumiendo, en medio de un clima de tierna evocación, humor ácido, delicadísima ironía y un emocionado afecto.

Como todos los escritores que se han adentrado en la infancia autobiográfica, Gil Craviotto recurre a la capacidad ennoblecedora que tiene el recuerdo, real o inducido, exacto o soñado, sublimado o frío. El autor explica en uno de los primeros párrafos que va a: “…hablar de mi niñez, de aquellos días felices en los que la inocencia -quizás sería más exacto decir la ignorancia- lo teñía todo de hermosura y de dicha”, lo que equivale al regreso a ese útero materno, protector y confortable, que es la evocación dulcificada del pasado.

El problema de estos libros de infancia es que lleguen a ser convincentes, equilibrados y veraces. En caso contrario falla la credibilidad porque, o pesa más el frío dato o lo hace la calidez de la emoción: se trata de una difícil cuestión de equilibrio. “Los papeles de Juan Español” cumple sobradamente esta condición: al lector le quedará la sensación de armonía y equilibrio, además de esa amplia sonrisa en el alma que deja la lectura de un buen libro.

La mano quemada

El contenido de la primera parte, “La mano quemada”, nos muestra al protagonista descubriendo la realidad de la vida, llena de las  contradicciones y los cambios, para él incomprensibles, del período de la guerra civil y la postguerra incivil. A lo largo de las veinticinco estampas que componen este libro, el lector se encuentra con la descripción de su pueblo, el descubrimiento de la amistad (con un miliciano asentado en su casa, con Juanilla Cantarrecio, con Sebastián), la perplejidad que encuentra en la credulidad religiosa, el descubrimiento de la prematura e incomprensible atracción por la mujer (Mercedes), los parajes alpujarreños que recorre en improvisadas excursiones llenas de mágica aventura, las meteduras de pata inherentes a la inocencia, el primer contacto con la escuela amiga, la victoria del bando nacional y la represión, la muerte, los riesgos de la vida natural, la familia, la desaparición de los que emigraron… Gil Craviotto pone en los ojos de un niño, en sus propios ojos, una delicada trama que refleja perfectamente esa arcadia de la infancia evocada, sin soslayar un auténtico gozo por la naturaleza aún no contaminada… Este primer libro termina de manera realmente abrupta: el momento en que le toca salir por primera vez de su paraíso perdido para ingresar como alumno interno en un colegio de Almería.

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Con la marcha del niño al internado comienza el segundo libro, “La verja del internado”, en que el protagonista va a encontrarse con un doloroso punto de inflexión en su vida: el manto protector familiar se desvanece y tiene que hacer frente por sí mismo a la dureza disciplinaria de un colegio de frailes, donde la ideología fascista, la crueldad de los castigos, el trato distante, los encuentros y encontronazos con los compañeros, las leyendas desinformadas sobre la sexualidad, la propaganda ideológica del franquismo, la arbitrariedad, el alejamiento de los suyos…, contrastan con la franqueza de su edénica aldea. En estas veintidós estampas, Gil Craviotto pasa de la inocencia a los cínicos mecanismos de ocultación, mentira y complicidad, simple cuestión de supervivencia en medio de un ámbito absolutamente aislado y hostil.

Pese al amargo planteamiento, emparentado con “A.M.D.G.” (Ramón Pérez de Ayala, 1910), con “Sebastián Roch” (Octave Mirbeau, 1890) o, en el registro irónico, con “El florido pensil” (Andrés Sopeña, 1994), Gil Craviotto no renuncia al humor, la sátira y la ternura, uno de los indudables aciertos de este segundo libro. Demuestra el autor una auténtica maestría para trabajar con la evocación sin caer en un sentimentalismo pedestre y para conjugar la ternura, la anécdota, el humor y el gusto por la naturaleza, todo ello en una prosa ligera, sencilla, íntima y directa como pocas.

Si os lo recomiendo es porque he disfrutado muchísimo con las casi quinientas páginas de este doble libro, para el que deseo todo el éxito que sin duda se merece.

 

 

Alberto Granados

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2 comentarios el ““Los papeles de Juan Español”, memorias de la infancia de Francisco Gil Craviotto

  1. En cuanto pasen los días de galeras me pongo a buscar el libro ¿Está en formato mobi? Porque el ereader es mucho más cómodo que una tablet y yo tengo el Kindle.

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