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Antología de ”Los papeles de Juan Español”


A pesar de que yo quería haber puesto estos fragmentos al día siguiente de la reseña, uno de los sistemas de almacenaje de archivos que uso me ha jugado una mala pasada y me ha negado el acceso a mis borradores y notas, por lo que esta modesta antología gil-craviottiana sale mucho más tarde de lo que yo pretendía.

La reseña sin más dice poco. Por eso, con la autorización expresa del autor, reproduzco unos fragmentos para que podáis saborear el tono exacto al que me refiero.

 

 

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Empecemos por la perplejidad del protagonista, que tras la llegada de los nacionales tiene que cambiar sus percepciones, como en el caso de las canciones ha ido aprendiendo y que repite para una horrorizada visita:

 

«No me lo tuvieron que pedir dos veces. Al momento salí con la canción que más había oído durante los tres años de guerra: Si los curas y frailes supieran… A instante me pararon en seco, diciéndome que esa canción era pecado y que lo mejor sería que, en adelante, tratase de olvidarla para siempre.»

Otro tanto vuelve a sucederle sin que su inocencia perciba nada malo en lo que lleva oyendo tanto tiempo:

«Entonces comencé, muy serio, procurando imitar los mismos gestos que le había visto hacer tantas veces al miliciano:

                                -¿Qué llevas ahí?

                               -Dos bombas de mano.

                               -¿Y más abajo?

                               -A Queipo de Llano.   

        Las tres se santiguaron al mismo tiempo. Sólo las jaculatorias fueron diferentes:

        -¡Ave María Purísima! -exclamó una.

        -¡Santo Cristo de la Misericordia! -añadió otra.

        -¡Ay! ¡El Señor nos asista! -suspiró la tercera.

        Cuando poco después llegó mi madre, su regañera no fue excesiva y, al final, su comprensión terminó excusándome:

        -¿Qué queréis? -dijo a las tres señoras de los nombres tristes- Son más de dos años los que hemos tenido al miliciano en casa y los niños, ya se sabe, lo aprenden todo…»

Con la desaparición del bando republicano, los padres rescatan del escondrijo los cuadros de santos y vírgenes y el chiquillo se sorprende al ver al Sagrado Corazón:

«Pero de todos ellos el que más me llamó la atención fue un cuadro de tamaño mediano, con el marco negro, que representaba a un hombre, todavía joven, cabello largo y castaño, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies y que -cosa extraña y dolorosa- tenía el corazón completamente fuera del pecho, incluso fuera de la ropa, y lleno de llamas. Antes de que yo le preguntara nada, mi madre me dijo que era el Señor y me lo puso en los labios para que lo besara.

        -¿Y qué le pasa? -le pregunté.

        -Nada. ¿Qué quieres que le pase?

        -¿Por qué tiene el corazón fuera?

        De la explicación que me dio apenas comprendí nada. Lo único que saqué en claro es que aquella situación del corazón, ardiendo y fuera del pecho, no era dolorosa. Eso me tranquilizó bastante.»

 Otro cambio, la forma de contar el paso del tiempo, vuelve a sorprender al niño:

«Con el retorno del cacique, algunos meses antes de los últimos sucesos aquí narrados, había comenzado -entre otras novedades- una nueva nomenclatura para contar el tiempo que, haciendo de los años despojos de guerra y transformados en botín del bando vencedor, daba el siguiente calendario: Año del Alzamiento, -1936- Primer Año Triunfal, –1937- Segundo año Triunfal,  -1938-, Año de la Victoria, -1939-, Primer año de la Paz, -1940-, Segundo Año de Paz… y así sucesivamente. Pero muy pronto, sobre este original almanaque, vino a imponerse, bajo cuerda y a despecho de los vencedores, otro mucho más realista y turbador que, en lugar de bazas ganadas al otro bando, contaba el tiempo por las miserias sufridas: Año del hambre, Año de la Sequía, Año de la sarna, Año del piojo verde…»

 

 

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 Vista de Órgiva

Entre tan divertido anecdotario, una confesión emocionada de Gil Craviotto, sobre el agradecimiento a quien puso en su mente la semilla de su gusto lector y del conocimiento de esa herramienta tan suya que es la lengua española:

«Gota a gota se había ido formando el manantial y ahora, a más de las cuatro reglas y otras menudencias, tenía en mis manos el caudal más maravilloso y noble de mi vida: la lengua española, abierta de par en par como una granada madura, que no sólo sabía hablarla, sino también escribirla y gozarla a través de los cuentos y libros de dibujos que cada vez que iba de viaje me traía mi padre.

        Y todo había comenzado en la vieja escuela de mi pueblo, entre aquellas cuatro paredes húmedas y desconchadas, salpicadas de estampas de santos y fotos de jerarcas del Régimen, cantando la interminable musiquilla de la “tabla”: “Dos por dos, cuatro; dos por cuatro, ocho; dos por cinco, diez; dos por seis, doce…”, mientras, por encima de nuestras cabezas, pasaban, silenciosas y veloces, las moscas con un papelito de colores en el culo y, en los bancos de atrás, se cambiaban lápices por cuchillas de afeitar o plumas por botones.»

El siguiente fragmento sería muy divertido si no fuera tan trágico. Ocurre en la plaza del pueblo, durante el llamado baile de la Victoria, en el momento supremo de cantar el Cara al Sol:

 

 «-¡Levanta el brazo!.- Me dijo mi padre, al tiempo que él hacía lo mismo. Yo levanté mano y brazo, un tanto extrañado de que aquella canción hubiera que cantarla con un brazo arriba y otro abajo. Pero cerca de nosotros había otras personas que continuaban con los dos brazos caídos, mirando atónitos e impasibles a los demás. Para muchos era la primera vez que oían tal himno y no tenían la menor  idea -o no querían tenerla- de que debían levantar el brazo y abrir el puño. El alguacil se desgañitaba gritando entre los más torpes y recalcitrantes.

        -¡Levante el brazo! ¡Levante el brazo!

        Pero había quien levantaba la mano izquierda en lugar de la derecha o, peor aún, quien por torpeza, malicia o simplemente para que no se le cayera lo que tenía en las manos, -llave, pañuelo, monedero o petaca- levantaba la mano con el puño cerrado. El alguacil se volvía loco gritando:

        -¡Abre la mano! ¡Abre la mano! ¡No! ¡El otro brazo! ¡El puño abierto! ¡El otro! ¡Así, así, así! Muy bien.»

A pesar de la presión, no todos en el pueblo aceptan la situación. La tía Natalia tiene ciertas reservas:

    «-¿Qué has hecho hoy en la escuela, hijo?

        -El maestro nos ha hablado del Caudillo.

        -¡Ah! ¿Y qué os ha dicho el maestro?

        -Nos ha dicho que el Caudillo es un hombre muy valiente.

        -Sí, hijo, es un hombre muy valiente.

        Luego permanecía en silencio, completamente adormilada y, cuando parecía que iba a comenzar a roncar, salía de pronto:

        -¡Con un par de pistolas al cinto y la guardia mora detrás, yo también sería valiente, muy valiente!»

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Paisaje alpujarreño

El nacionalcatolicismo se encargó de meter en la gente el miedo religioso. He aquí un fragmento del sermón de un misionero:

«-Imaginad, hermanos míos -clamaba con voz profunda- la inmensidad inmensurable de los mares y océanos. Millones y millones de toneladas de agua que rodean continentes e islas. Imaginad también un avecica del cielo que, una vez cada año, ¡una sola vez por año!, bajase a beber una gota, ¡sólo una gota! de agua. ¿Cuántos años, cuántos siglos, cuántos millones de siglos, serían necesarios para que este humilde pajarillo terminase con la inmensidad de todos los mares y océanos. Pues bien, el día que esa insignificante avecica de nuestra historia se hubiese bebido la última gota de agua, aún no habría comenzado el primer minuto de eternidad, ni siquiera el primer minuto.»

La vida del pueblo transcurría, a pesar de todo, con la suave cadencia de la costumbre y había quien se dedicaba a hacer dulces con manos de ángel, unos dulces irrepetibles por la particularidad de las recetas:

 

 

 «…aunque dejó varios cuadernos con sus recetas, nadie ha sido después capaz de reproducir aquellos dulces tan exquisitos. Dicen que la razón está en la manera tan peculiar de redactar mi abuela sus recetas (ejemplo: “Cantidad: Dos veces la taza que le falta el asa”; “tiempo de cocción; cinco padrenuestros y tres avemarías”) o acaso se deba, pienso yo ahora, a que, en toda la familia, tan sólo ella tenía las manos dulces.»

escuela franquista de educacion orcasur

Colegio religioso de los cincuenta. Imagen tomada de educacion-orcasur.blogspot.com

Ya en el segundo libro, la crueldad de los frailes y profesores queda patente desde el principio. Esto es lo que el protagonista percibe al hablar de “El Pulpo”:

«-¿De qué es profesor?  -le pregunté cambiando de conversación.

        -¿Quién?

        -El fraile.

        -De nada. No es de esta clase.

        -¿De nada? Entonces, ¿por qué está aquí?

        -¡Toma!  Porque es la hora del estudio y le toca estar de vigilante.

        -¿Es malo?

        -No.

        -¿Y el otro?

        -¿Cuál?

        -El “Cepillo”.

        -Más malo que la madre que lo parió.

        Yo le dije que conmigo había estado muy cariñoso y me había repetido muchas veces que era mi amigo.

        -¿Tu amigo? Fíate tú de ese amigo y verás lo que tarda en ponerte la cara como si te hubieran picado las avispas.

        -¿Como si me hubieran picado las avispas?

        -Sí, hombre, del par de hostias que te va a dar cuando menos lo esperes.

        -¿Pega?

        -Más que la madre que lo parió.»

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Paisaje alpujarreño

La docencia, bastante ideológica y muy poco científica, se aceptaba por la sociedad como algo normal. No consigo explicarme por qué cierto sector social se escandaliza hoy día por los contenidos de la extinta Educación para la Ciudadanía. He aquí una explicación del profesor de Historia, apodado “El Gorila”:

 

 «-Los rojos, que lo habían previsto todo menos la intervención divina, habían enviado al Caudillo nada menos que a Canarias, a fin de evitar que éste pudiera salvar a España de sus manos infames e impías. De esta manera creían que nuestra Patria sería siempre roja y atea. Inmediatamente comenzaron los ataques a la Religión: libertad de cultos, enseñanza laica, matrimonio civil, divorcio, secularización de cementerios… Es decir, materialismo por doquier. Incluso llegaron a suprimir el Crucifijo en las escuelas. No podía permitir el Cielo que nuestra Patria se convirtiese en un nuevo baluarte de Satanás. Es verdad que el Caudillo estaba lejos. Pero, ¿qué son tres mil o cuatro mil kilómetros de distancia para Dios que es todopoderoso? Nada, absolutamente nada. Hasta allá, hasta las “Islas afortunadas”, llegó Dios nuestro Señor en busca de su protegido. Cuenta una piadosa leyenda, cada día más extendida, que en el silencio de la noche, mientras el Caudillo dormía, una voz misteriosa comenzó a clamar con insistencia en la alcoba del héroe: “Francisco Paulino Hermenegildo de Todos los Santos, ¿me oyes?”. Era la llamada del Altísimo que tenía necesidad de su espada.»

Un último texto seleccionado, aclara la posición censora de los frailes, que intervenían la correspondencia, según ellos para evitar que una carta estuviera plagada de faltas e incorrecciones, aunque la realidad era otra:

«…el deseo inquisitorial y frailuno de escudriñar nuestras vidas y entorno, el afán de alzar el brazo por encima de los muros del colegio y penetrar en el mundo que cada cual se había dejado en el pueblo antes de entrar en el internado. En suma, el allanamiento más descarado e impune de toda nuestra intimidad y, de soslayo, la de nuestras familias. Sólo así se explica que todas las cartas que recibíamos llegasen abiertas y, sin duda, leídas.

        En cualquier carta que escribiéramos, fuese a quien fuese, había siempre dos temas tabúes a los cuales no se podía ni siquiera remotamente aludir: uno era la más insignificante crítica a la vida del colegio; el otro, naturalmente, el sexo. En el primer caso, nada que pudiese empañar lo que ahora podríamos llamar la “imagen de marca” del centro -mala alimentación, pedagogía rutinaria, castigos humillantes, fanatismo a mansalva- podía aparecer o sugerirse en una carta. Dentro de aquellos cuatro muros todo era perfecto y poner en duda tal aseveración era caer en delito de lesa majestad. Frases como ésta: “La comida de hoy ha sido algo menos que regular”, una vez pasadas por el tamiz de la censura, se transformaban en esta maravilla: “La comida de hoy, como siempre, ha sido buena y abundante”. Respecto al sexo y sus aledaños, el simple hecho de sugerir el tema -y no era necesario ir demasiado lejos para que el fraile lo considerase aludido- suponía hacerse acreedor a las iras del censor. Bastaba, por ejemplo, deslizar un nombre femenino para poner sobre ascuas a cualquiera de nuestros profesores. Un ejemplo típico era el de los recuerdos a las primas: todos los censores los transformaban en: “recuerdos a los tíos, primos y demás familia”. Mucho más grave era nombrar a una artista de cine o una cupletista. En tal caso no había sucedáneo, sino la supresión pura y simple. Una frase tan anodina como ésta: “ahora, mientras cenáis, estaréis oyendo en la radio las canciones de Conchita Piquer y Estrellita Castro”, se convertía, por obra y gracia del censor, en esto: “ahora, mientras yo escribo esta carta, vosotros estaréis cenando o acaso ya habréis comenzado a rezar el santo rosario”.»

Esta entrada se está haciendo larga, por lo que voy a dejarlo aquí, pero con el resquemor que me causa no mostraros la desvalida ternura de la niña de los titiriteros, la desventura de Carmelilla, la generosidad sin límites de su clarividente amigo Sebastián, la valentía de Mariana, los celos escolares entre compañeros, el suicidio de la cortijerilla, la turbadora irrupción en la conciencia del niño de la belleza de las artistas de cine, el deambular libre del cerdo de San Antón, el equívoco del “contubernio” contra Franco, el trato del protagonista como novato o cateto y las novatadas, las pintadas “poéticas” en los aseos, el leve atisbo de pederastia por parte del hermano enfermero, la correspondencia secreta del protagonista con una chica y la forma de camuflar su verdadera naturaleza, el divertido equívoco del pecado de la carne… y bastantes pasajes más, hilarantes, agridulces, de enorme dramatismo y a la vez una desbordada ternura. Y siempre, de una brillantez narrativa poco común.

Leed los dos libros: no tendréis tiempo suficiente para agradecerme la recomendación por muchos años que viváis…

Alberto Granados

 

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4 comentarios el “Antología de ”Los papeles de Juan Español”

  1. ¿Cómo agradecerte, amigo Alberto, tanta generosidad? Los dos comentarios que has dedicado a mis “Papeles de Juan Español” son extensos, pormenorizados y, tan elogiosos, que me dejas un poco anonadado, sin saber qué decir. ¿Será verdad que mis libros tienen tantos aciertos como tú has encontrado? No sabes cuánto te lo agradezco. Pero produraré que tus elogios no me suban al pedestal del orgullo, al que jamás me he encaramado.
    Creo que eres -junto con Fernando de Villena- el escritor que mejor conoce mi obra. Sólo te falta por conocer mi último libro, todavía inédito, “Orillas del Sena”, que muy pronto va a estar en tus manos. Te repito mi agradecimiento. Recibe un fuerte abrazo.-F. Gil Craviotto.

  2. También yo deseo dejar mi comentario después de leer estos dos magníficos y deliciosos libros de F. G. Craviotto, que se leen sin sentir (o sintiendo muy hondamente lo que se cuenta en ellos) y a los que hay que volver más veces por su buena literatura, como no podía ser menos tratándose de la pluma de un escritor maestro de maestros, como es el autor. A todos aconsejo su lectura, pero más a los que escriben o empiezan a escribir, porque ambos libros, al igual que toda su obra, es una auténtica lección de como se debe escribir. Claro, ameno, sencillo; con un sutil humor y una ternura, que llega siempre al lector; y con ese estilo siempre vigente y que nunca pasa ni pasará de moda y que es el estilo de los grandes escritores. Después de leer estos libros no tengo la menor duda que iran en busca de toda su obra, y de toda disfrutarán leyéndola como he disfrutado yo, y ojalá me haya servido, también, para aprender a escribir mejor cada día. María Manuela Dolón.

  3. Francisco, no hay nada que agradecer: sólo he intentado hacerte justicia, como escritor y como persona. Mi duda es si he llegado a conseguirlo.
    Sabes que no hubiera puesto una sola idea que no sintiera con toda su veracidad. Tus dos libros son dos deliciosas muestras de tu buen savoir faire.

    Mª Manuel Dolón, bienvenida a este languideciente blog, que no sé si tendré estímulo para rescatar de sus propias cenizas. Siéntase como en casa y permítame recomendarle los relatillos que de cuando en cuando voy añadiendo.

    Coincido en la valoración que hace de este escritor y gran persona, en ambas categorías notable.
    Un saludo,

    AG

  4. De acuerdo en que si F.G. Craviotto es lo máximo como escritor, no lo es menos como persona y amigo de sus amigos. Así que qué alegría poder contar con su amistad. Y referente a sus “relatillos”, claro que me encantará leerlos. Entre otras cosas porque no creo en absoluto que sean “relatillos”, sino “relatazos”, visto y leído cómo escribe usted.María Manuela Dolón.

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