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Camarón


Conocí los cantes de Camarón de la Isla en el cuartel cordobés de artillería donde me tocó hacer la mili, junto al poeta Miguel Cobo Rosa. Era la época de aquellos pequeños transistores que cada soldado llevaba en el bolsillo y que daban un sonido metálico y ratonero, muy alejado del actual sonido digital. En aquella compañía, con doscientos soldados, todos despersonalizados bajo el uniforme, había quien pedía silencio cuando el desconocido Camarón rompía el ruido para asentar la calidad de su cante. Había en el cuartel un abundante grupo de gitanos que daban muestras de sentir una devoción reverencial por ese muchacho que empezaba a abrirse  camino.

 

 

 

 

Camaron-Venta_De_Vargas-Frontal[1]

Carátula de su álbum “Venta de Vargas”

Visto ahora con la distancia de más de cuarenta años, da la sensación de que ni siquiera los ejecutivos de su sello discográfico (¿era Belter?) confiaran demasiado en José Monge, “Camarón de la Isla”, un cantaor nuevo, desconocido, transgresor y heterodoxo, que suscitaba cualquier reacción en el aficionado, menos la indiferencia. Camarón era un cantaor tan heterodoxo, tan especial, que no podía desecharse, pero tampoco podía ponerse en el mismo espacio que los cantaores ya consagrados del momento: José Menese, Fosforito, El Lebrijano, Naranjito de Triana o Marchena.

Su incipiente discografía de esa época quedó relegada a la categoría de verdadero subproducto: aquellas casetes baratas en las gasolineras, acompañadas a la guitarra por Paco de Lucía (también empezando por esa época) que tal vez constituyan lo mejor de su herencvia.

Era una época de buscar la innovación a cualquier precio (nuestro Morente, también iniciando su carrera, se había atrevido con verdaderas originalidades, como incorporar a su repertorio a Alberti o Miguel Hernández) y Camarón fue muy audaz. Cuando se convirtió en un incuestionable fenómeno, cuando su popularidad lo llevó a ser una verdadera estrella del flamenco, empezó con las innovaciones. Ya no se trataba de esa forma distinta de modular la voz, única y yo creo que irrepetible. Ahora, por su propio impulso o tal vez a petición de sus productores, hizo un disco sobre García Lorca (“La leyenda del tiempo”, 1979), se atrevió a cantar flamenco con orquesta sinfónica (“Soy gitano”, con la Royal Philarmonic Orchestra de Londres, 1989)  y empezó a sacar su discografía más cuidada, ya en sonido digital… pero mucho más fría, menos genial.

 

 

 

 

 

 

 

Por esos años, lo vi en la feria de Motril. Un grupo de aficionados fuimos a saludarlo al backstage improvisado de la Alcoholera: estaba muy mal. Los ojos rojos, hecho un auténtico despojo y sin enterarse demasiado de nuestros admirativos piropos. Un momento después, se subió a escenario (tal vez sería mejor decir que lo subieron entre dos) y cantó (o lo intentó) dos o tres cantes agónicos, torturados, con la rabia que da el tener que hacer algo en lo que ha dejado de creerse o el estar en un sitio muy lejano de donde se quisiera estar. Era la viva imagen de la derrota, del genio derrochado de haber sobrepasado el punto de no retorno. Eso lo comprobamos después, concretamente el 2 de julio de 1992, mientras su imagen, a gran tamaño, aparecía permanentemente en un rincón de de la EXPO92 .

Nos dejó una discografía abundante, desigual, de la que me quedo con sus primeros discos hechos con cuatro duros, pero con todas las ganas del mundo. Mi disco favorito: “Castillo de arena” (1977). Nos dejó también unas modulaciones distintas en la forma de decir los cantes, algo que nadie ha sabido imitar y no será que no lo han intentado. Nos dejó una figura que el tiempo va poco a poco convirtiendo en leyenda…

 

 

 

camaron_1

 

También nos dejó dos o tres cosas negativas: la epidémica necesidad de imitarlo (algo absurdo porque es inimitable) y el empacho de bulerías en la discografía de los cantaores actuales. Si se ven los álbumes de éstos, se puede comprobar que palos tradicionalmente serios han estado desparecidos durante mucho tiempo. Quiero decir que cualquier cantaor ha estado muchos años sin meter en sus discos una petenera o una seguiriya, pero en cambio ha metido dos y hasta tres bulerías. Esta tendencia se está corrigiendo ahora y parece que se está consolidando la sana costumbre  de hacer unos discos más equilibrados y diversos.

 

 

 

Otra cosa que Camarón dejó y que no me gusta nada: por los tiempos de sus comienzos, el cantaor se sentaba, pegaba el culo en la silla y se moría si hacía falta apurando un compás. El Camarón de los últimos tiempos se levantaba cuando no podía llegar, el guitarrista apretaba y disfrazaba de adorno el pequeño fracaso y la gente aplaudía inexplicablemente. ¡Cuántos cantaores se adornan al levantarse cuando el ahogo los sobrepasa antes de acabar un cante!

El flamenco es otro desde Camarón, que hoy hace veintiún años que nos dejó. Que descanse en paz.

 

Alberto Granados

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2 comentarios el “Camarón

  1. Pareciera una metáfora de su vida aquel Castillo de arena, bello en su esplendor y efímero en su lento y previsible desmoronamiento.
    Y como uno pasaba por allí simultáneamente a tu descubrimiento, he venido a saludarte; pero no a constatarlo, pues no me enteré del asunto, ajeno por completo al universo camaroniano. No obstante me gusta siempre tu estilo tan ágil, tan periodístico, tan contenido en su vital apasionamiento.

    Un abrazo, Alberto.

    • Miguel, mi primer conocimiento de Camarón fue a través de un compañero de compañía al que le dábamos clases de alfabetización por las tardes. No paraba de cantar “Rosa María, Rosa María / si tú me quisieras / qué feliz sería” (su mujer se llamaba Rosa María, me dijo). Un día me habló de Camarón y empecé a prestarle más atención y aprendí a valorar su cante rompedor.
      Me sigue gustando el cante más clásico y, he ahí la paradoja, el de Camarón.
      Para ti y los escasos lectores que pasan por aquí: Castillo de arena: http://www.youtube.com/watch?v=DfAwPlwfY2A

      Un abrazo,

      AG

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