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La necrológica


NOTA: Una versión menos elaborada de este relato fue incluida hace unos días en Barralibre, un blog grupal en el que participo. Se trata siempre de que los cinco “santos bebedores” (una argentina, un pacense, dos cordobeses y yo) escribamos un post sobre un tema propuesto de antemano, cada cual con su propio planteamiento, enfoque y estilo. Como los lectores son distintos, lo vuelvo a poner aquí, con alguna añadidura y algún retoque. 

Es curioso cómo la muerte confiere a las cosas una especie de dimensión desconocida, extraña, inusual. Podría haber sido una noche de descanso o de juerga, incluso una aventurera partida de caza galante y encuentro con alguna mujer… En cambio ha sido un largo velatorio, una situación insufrible y pesada que nos ha llevado a los asistentes a darnos extraños abrazos más intensos de lo habitual, a intercambiar algún beso que no tendría sentido en otro contexto y a comentar cosas que serían absolutamente ridículas fuera de ese exiguo recinto del túmulo número 4 del tanatorio municipal, a través de cuyo cristal aparecía el cadáver de mi jefe, pálido y demacrado, pero aún enérgico, como si quisiera seguir controlando a la heterogénea grey que hemos pasado la noche acompañando sus últimas horas entre nosotros.

Me llamó anoche la propia Mariví: que su marido había muerto de repente. Un infarto, según le dijeron en urgencias. Que me encargara yo de avisar a los demás jefes de área, de la logística del sepelio, de todo, en definitiva. Y sobre todo: que fuera a verla. Me necesitaba a su lado, me dijo.

Me pareció una pura ironía que me llamara precisamente a mí, porque nuestra relación nunca ha sido trigo limpio. Hemos sido amigos, amantes, apoyo recíproco y confidentes, paño de lágrimas el uno del otro y mil cosas más durante media vida, de manera que no veía yo muy correcto ser el responsable de todo el ceremonial, ni consideré acertada esa necesidad de tenerme cerca.

Cuando llegué a su casa la vi desconcertada, más que apenada. No comprendía lo que le había pasado a Tomás, ni asumía su nueva situación, llena de aspectos empresariales, financieros, familiares y mediáticos… Era ya la viuda de un empresario archiconocido, carne de papel couché y de revistas chismosas que seguían sus viajes,   recogían  su espléndida fotogenia, su glamour de estrella americana. En ese savoir faire, en ese desparpajo mundano, siempre la había asesorado Tomás y ahora ella temía no saber desenvolverse. Tampoco veía claro su futura responsabilidad en la compleja trama de empresas que su marido dirigía como socio mayoritario. Además era la madrastra de dos adolescentes de la primera esposa del finado… Me necesitaba y esta vez no era una frase hecha ni un capricho pasajero.

Me abrazó, desvalida como una niña. Percibí sus pechos contra mi cuerpo. Ahora eran muy distintos a los que yo había encendido y gozado en tantos encuentro clandestinos. La noté empequeñecida y me ofrecí para  lo que hiciera falta, con bastante ternura por mi parte, con un amable compañerismo solidario y directo. Me agradeció la delicadeza y de repente me hizo una petición que me dejó helado:

-Mañana en la ceremonia del entierro, lee una necrológica. Hazlo, por favor. Quiero que seas tú… aunque sé que no te caía bien.

En sus ojos había una mirada de súplica, algo extraño en ella, que siempre había adoptado la pose de la triunfadora indiscutible, de la mujer que domina, algo sin duda aprendido de Tomás, ya que cuando la conocí en la Facultad era una chica sencilla, modesta incluso, y se le veía aún el pelo de la dehesa, de su humilde origen que jamás intentó ocultar.

Me insistió en un susurro:

-Por favor…, hazlo por mí- y se le saltaron las lágrimas un instante antes de abrazarme de nuevo.

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Monumento a los Muertos en el Cementerio Pierre Lechaise (París)

Y eso estoy a punto de hacer: leer la necrológica que he preparado. Todos me miran con cierta extrañeza, hasta con ciertas sonrisas veladas, al ver que me acerco al atril donde hay un micro esperándome. Los compañeros, que forman una abigarrada estructura de jerarquías y castas, los banqueros, varios ministros, una legión de amantes que comparten su parcela de espuria viudedad, una masa de periodistas de lo frívolo… pendientes de mí. Leo en sus rostros mil mensajes, pero la mirada burlona de Juanjo, que sabe todas mis andanzas, me desconcierta: ¡cómo se lo está pasando el tío canalla!. Carraspeo, enciendo el micro y empiezo:

«Distinguidos señores, señoras; queridos amigos y compañeros: resumir en sólo unos minutos la figura de nuestro amigo Tomás es imposible. Su personalidad necesitaría un desarrollo mayor (y tanto, ¿cómo condensar en tres minutos su frialdad, su disposición a vender su alma por una palmada en el hombro, por un reconocimiento o por un razonable margen de beneficios?), que se escapa de la intención de esta brevísima glosa de su figura.

Lo acompañamos en estos últimos minutos sus empleados y amigos (bueno y  alguna zorra que siempre estuvo pendiente de su dinero… y según veo, algún acreedor que desea estar de los primeros por si hay alguna restricción o se tambalea la bolsa, y los parientes pobres que esperan recoger alguna migaja, y… ¡el mundo es tan hipócrita!), todos quienes lo conocimos. Cualquiera de nosotros podría decir que nació siendo empresario. Supo aunar la pura intuición, la simple creatividad, la enorme imaginación (y una voracidad implacable, una falta de escrúpulos poco común) para ir uniendo las distintas empresas de su holding y acumular el poder que lo convierte en uno de los empresarios y financieros más populares del país (todo el día en las revistas del corazón por sus escándalos, por las descomunales juergas, llenas de chicas en su yate) que ha ido recibiendo premios y distinciones de los ámbitos financiero, empresarial y del propio Ministerio por su gestión (todos otorgados tras las hábiles manipulaciones del Ministro que hoy te acompaña, tu antiguo socio en tantos camanduleos y fraudes).

Sus deudos y aquellos que siempre vimos en él algo distinto, algo definitorio (…claro: la clase de mala persona que siempre fuiste, cabrón) tal vez hemos buscado durante estas últimas horas alguna cualidad  que resuma y defina la figura de nuestro desaparecido amigo. En mi caso, el rasgo distintivo con que lo señalaría, es su perseverancia fuera de lo común, el no apartarse jamás de su línea, (nunca tuviste otras líneas que las rayas de coca,  si se te estaban necrosando las aletas de la nariz…). Lo suyo era la salvaguarda de la empresa, la responsabilidad ante los accionistas, la deuda contraída con quienes confiaron sus finanzas a su gestión (si lo sabré yo, los trucos contables que he tenido que organizar para que esta bestia depredadora se llevara una pasta a ámbitos seguros…). Pero también se preocupó siempre de sus operarios, de los miles de trabajadores de sus empresas, esos mismos que hoy acompañamos sus últimos momentos pensando en quién lo sucederá en el puesto de mando, en qué medidas empresariales definirán nuestro futuro (porque como la empresa caiga en manos del impresentable de Márquez, esto se va al garete en dos años, claro, que yo soy el que limpia las cloacas contables y sé como desviar a paraísos fiscales algunos millones: si lo he hecho para el jefe, lo puedo hacer para mí mismo).

Tomás, nuestro querido Tomás: te vas dejando en nosotros, junto a la pena de haberte perdido, la incertidumbre de ese hueco que queda abierto y que será difícil volver a llenar (jódete, Márquez, que esta va por ti…), un hueco que pese a todo habrá que rellenar con mano firme y experta (sólo pienso en el hueco que dejas en tu cama, junto a tu dulce viuda, que fue mía antes que tuya, recuérdalo, cabronazo, y que parece que me está leyendo el pensamiento, pues en sus ojos ha aparecido una muda sonrisa, una dulce promesa). Tomás, siempre te tendremos en nuestra memoria.

Amigos, muchas gracias».

Doblo el folio pausadamente, miro a los circunstantes, percibo un silencio dramático, veo en sus rostros una gravedad solemne, me detengo un momento para mirar a Márquez, cuyas pupilas se han contraído hasta el espasmo… Y de repente suena una palma, dos, tres… después muchas más… que se convierten en un creciente aplauso con que la concurrencia me premia la cínica emoción que les he contagiado. Busco la mirada de Mariví: sus ojos me dejan bien patente que tan pronto como las circunstancias lo permitan estará en mis brazos. El muerto al hoyo…

 

Alberto Granados

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7 comentarios el “La necrológica

  1. Otra vez tu descarnado realismo puro y duro aunque sea el la ficción. Paqui

  2. Hay que ver las coincidencias. Este relato, colgado hace unos días en Barralibre, lleva por personaje a una tal Mariví y por situación, un entierro.
    Por esas cosas de la vida, hoy he acompañadpo a Pablo Alcázar en el sepelio de su mujer, familiarmente llamada Mariví. No ha habido necrológica, sino música de otra gallega (Luz Casal, Sombra negra), versos de Rosalía y nudos en la garganta. Me he sentido mal por tomarme con cierta ligereza estos temas, pero la vida tiene que seguir: the show must go on…

    AG

  3. Muy bien Alberto. Así es el mundo, como lo narras. Muchas gracias por dármelo a leer.
    Lola Vicente

  4. Me gusta: es bueno bonito y barato. Además refleja lo que es hoy la vida para los que tienen dinero. Pero a mí plim. De mí no podrás escribir eso porque soy pobre, muy pobre, de alguna manera indigente y hasta más joven que tú, creo, por lo tanto a lo mejor (o no), soy yo quien lo digo de tí…. Je Je Je. Cososa de indigentes.
    ¿SAbes que fué Galdós uno de losprimeros que supo retratar a los indigentes?
    ¡Qué genio era Galdós!
    Alfonso.

  5. Antes que nada, Alberto, quiero agradecerte que no me olvidaras a pesar del problema de mi correo; ya solucionado, vuelvo a disfrutar de tu narrativa (también podría adquirir el libro, … que estoy en ello, no creas) y a envidiar tu prosa fácil con algún “palabro” que me encanta, porque va ande tié que ir.
    Felicidades.

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