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Cuaversos de bitácora: Ernesto “Che” Guevara


El 9 de octubre de 1967 moría en la escuela de La Higuera (Bolivia) Ernesto Guevara, el guerrillero, teórico marxista y político que intentó llevar la revolución cubana al resto de los países latinoamericanos y al Congo. Herido en una pierna dos días antes y hecho prisionero por el ejército boliviano, se anunció oficialmente su muerte hoy hace exactamente 46 años. Se habló siempre de ejecución, más bien asesinato,  por parte del ejército regular, que, en connivencia con la CIA, deseaba apagar el foco revolucionario que el Comandante Che Guevara estaba encendiendo en la América pobre y explotada.

La muerte de CheGuevara

Con su muerte, el Che alcanzó la categoría de leyenda e icono del siglo pasado. Las fotos de su cadáver y de sus manos cercenadas (deseaban disponer de sus huellas para que no hubiera la menor objeción a la hazaña militar de su captura y muerte) han sido de las imágenes más vistas del s. XX.

 

 

 

No sé valorar su trascendencia histórica ni la validez de sus planteamientos. He crecido con su figura detrás de mi formación ética, he tenido el clásico póster en las paredes de mi pensión y después de mi casa; he oído la música que cantaban los cantautores sudamericanos, llenos de fuerza épica… En estas circunstancias no sé ser objetivo, por lo que le dedico los cuaversos de hoy con la convicción de que, de haber triunfado su revolución de entonces, el mundo de hoy no sería tan arbitrario ni injusto, ni nos encontraríamos sin expectativas y sin futuro par a nuestros hijos.

En primer lugar, un poema de Pablo Neruda sobre la muerte del héroe:

TRISTEZA EN LA MUERTE DE UN HÉROE

 

 

Los que vivimos esta historia, esta muerte y resurrección de nuestra esperanza enlutada,

los que escogimos el combate y vimos crecer las banderas, supimos que los más callados

fueron nuestros únicos héroes y que después de las victorias llegaron los vociferantes

llena la boca de jactancia y de proezas salivares.

El pueblo movió la cabeza:

y volvió el héroe a su silencio.

Pero el silencio se enlutó hasta ahogarnos en el luto cuando moría en las montañas

el fuego ilustre de Guevara.

El comandante terminó asesinado en un barranco.

Nadie dijo esta boca es mía.

Nadie lloró en los pueblos indios.

Nadie subió a los campanarios.

Nadie levantó los fusiles, y cobraron la recompensa aquellos que vino a salvar

el comandante asesinado.

¿Qué pasó, medita el contrito, con estos acontecimientos?

Y no se dice la verdad pero se cubre con papel esta desdicha de metal.

Recién se abría el derrotero y cuando llegó la derrota fue como un hacha que cayó

en la cisterna del silencio.

Bolivia volvió a su rencor, a sus oxidados gorilas, a su miseria intransigente,

y como brujos asustados los sargentos de la deshonra, los generalitos del crimen,

escondieron con eficiencia el cadáver del guerrillero como si el muerto los quemara.

La selva amarga se tragó los movimientos, los caminos, y donde pasaron los pies

de la milicia exterminada hoy las lianas aconsejaron una voz verde de raíces

y el ciervo salvaje volvió al follaje sin estampidos.

 

Pablo Neruda

 

Para terminar, un poema que Mario Benedetti escribió al cumplirse los treinta años de la muerte del mito:

 

 

CHE 1997

 

 

 

Lo han cubierto de afiches de pancartas

de voces en los muros

de agravios retroactivos

de honores a destiempo

lo han transformado en pieza de consumo

en memoria trivial

en ayer sin retorno

en rabia embalsamada

han decidido usarlo como epílogo

como última thule de la inocencia vana

como añejo arquetipo de santo o satanás

y quizás han resuelto que la única forma

de desprenderse de él

o dejarlo al garete

es vaciarlo de lumbre

convertirlo en un héroe

de mármol o de yeso

y por lo tanto inmóvil

o mejor como mito

o silueta o fantasma

del pasado pisado

sin embargo los ojos incerrables del che

miran como si no pudieran no mirar

asombrados tal vez de que el mundo

no entienda que treinta años después

sigue bregando dulce y tenaz por la dicha del hombre.

 

Dejo para los historiadores el análisis de su figura. Yo me aferro a la fuerza que tuvo, convencido de que esos ojos “incerrables” se habrían cerrado de vergüenza de haber visto la situación que consentimos sin el menor afán de rebelarnos.

 

Alberto Granados

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3 comentarios el “Cuaversos de bitácora: Ernesto “Che” Guevara

  1. Una joven maestra acercó su oído
    al pecho del guerrillero
    ( aún latía su corazón )
    y escuchó el ulular del viento
    libre y triste a la vez,
    como una quena en el altiplano
    o el gemido aymará de un huracán andino.

    ( Fue así como descubrió que el guerrillero ateo
    no tenía alma, sino asma)

    Asma del Che:
    ¡Alma de América!

  2. Hermoso recuerdo de un hombre tan famoso como desconocido. Mi poema predilecto era el de Cortazar. Desde entonces cuando alguien dice que es boliviano -un cuidador excelente de mi madre en paz descanse- recuerdo al soldadito con su rifle americano.
    Yo también tuve el poster en mi habitación. Me resultaba carismático y muy guapo.
    El poema de miguel Cobo me encanta.
    Un petó, Alberto!

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