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Hoy se celebra en Andalucía el Día de la Lectura por ser el aniversario del nacimiento de Alberti y también del homenaje que los del 27 hicieron a Góngora en Sevilla en 1927, hecho que se considera el acto institucional de la generación (en realidad, ese aniversario es mañana). Con el motivo de esta celebración, me permito compartir unas improvisadas consideraciones sobre la lectura.

 

 

 

Homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla el 17 de diciembre de 1927

La histórica imagen del homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla el 17 de diciembre de 1927

Creo que empecé a leer libros cuando tenía doce o trece años. En ese salto de los “cuentos” y tebeos para niños al libro me ayudó doña Trini Mata, una gran maestra de la academia en que yo preparaba el bachillerato (aún no había instituto en mi pueblo), que me fue prestando libros de su propia biblioteca. Lo recuerdo como si fuera cosa de unos días y estoy hablando de cincuenta años: el primer libro que me dio fue “Jeromín”, de Luis Coloma y me resultó francamente aburrido. Después me dio cosas de Moratín y de Shakespeare. Cuando alcancé los dieciséis años me había leído prácticamente los clásicos del nuestro Siglo de Oro, aunque supongo que sólo me quedó la anécdota, la trama argumental, sin más matices ni abstracciones, aún ajenas a mi sistema de pensamiento.

En una ocasión, ella y su hermana, la también maestra doña Lola, me dieron una selección de poemas de los del 27 y me pidieron que leyera un poema de Dámaso Alonso en voz alta. A mí me daba vergüenza, pero lo hice y encontré un verdadero mérito literario en el poema, que me pareció un lenguaje serio y trascendente, algo de persona mayor: fue mi enganche a la poesía, que por entonces me gustaba mucho más que la narración. En un cualquier poemario siempre encontrabas varios poemas magníficos, mientras en una novela te la jugabas, pues algunas que empecé, me resultaron insoportables: abandoné a medias “Cien años de soledad” o “La ciudad y los perros” por aburridas… cuando tenía 18 ó 20 años. En casa había un ejemplar de “La mil mejores poesías de la lengua castellana”, que fui devorando poco a poco, aunque no me gustó Campoamor y el modernismo me pareció demasiado amanerado y cursi.

 

 

 

Biblioteca de Andalucía en Granada

Biblioteca de Andalucía en Granada (Imagen tomada de la web de la institución)

Confieso que siempre he sentido la tentación de lo que un amigo llama los “letraheridos”, ese gusto por el papel impreso, sea un periódico, un libro o el simple prospecto de un medicamento. Muñoz Molina habla de que el verdadero lector es omnívoro y lo lee todo. Coincido con él, aunque tras medio siglo lector tengo que confesar que cada vez encuentro menos placer pues muchos libros me suenan a dejà vu. Mallarmé decía que “…la carne es triste / y ya he leído todos los libros”. A mí la carne me sigue pareciendo tentadoramente exultante y soy consciente de que me faltan muchos libros por leer, pero cada vez me cuesta más trabajo encontrar un libro que  me enganche febrilmente y me suene a nuevo.

Ahora leo menos de lo que quisiera por el cansancio ocular que me produce le lectura. Aun así, cada año leo en torno a los cuarenta libros, lo que viene a ser un libro cada diez días. En lo que va de 2013, llevo leídos cuarenta y un libros y tengo muy avanzados otros dos, que terminaré antes de fin de años y aún me quedará tiempo para iniciar alguno más.

Confieso que tras gusto inicial por la poesía, me rendí a la narrativa y algo de teatro. También confieso que cada vez me cuesta más trabajo leer libros de pensamiento, de largos discursos expositivos y argumentativos (aunque este año he quedado entusiasmado con “Todo lo que era sólido”, de Antonio Muñoz Molina). Creo que el país entero es una eterna tertulia donde todo el mundo opina y eso me retrae. Otra situación nueva en mí es el simultanear varias lecturas, pues ahora combino narrativa, divulgación (especialmente libros de tema granadino) y poesía.

 

 

 

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Algunos de mis libros…

Aún no he conseguido saber qué es lo que hace que un libro me resulte apasionante y otro se atasque. Entre los últimos libros realmente gozados tengo que reseñar “Los estados transparentes” (Rafael Guillén), “Mundos cruzados”  o “Fábulas de un tiempo atrroz” (Fernando de Villena), “Intemperie” (Jesús Carrasco), “Arroz y tartana” (Blasco Ibáñez, del que no había leído nada), “Campo raso” (Francisco Izquierdo), “Sebastian Roch” (de Mirbeau, en una traducción de Franciso Gil Craviotto, que tuvo la gentileza de mandarme antes de editarse), “Los papeles de Juan Español”, de este mismo autor, “Mil años después” (Celia Correa), “Cisne esdrújulo” (Antonio Enrique)… y el ya mencionado “Todo lo que era sólido” (Antonio Muñoz Molina). Y entre los que se me han atascado, inexplicablemente, “El hereje” (M. Delibes) o “Bestiario” (una relectura de Cortázar), que sin ninguna causa concreta se me han ido dilatando y me han  durado mucho más de lo previsible.

¿Qué hace de un libro una experiencia apasionante que te engancha y te devora y por qué otro libro se hace indigesto? ¿Hasta qué punto interviene la situación anímica? ¿Cuándo un libro es eso que despectivamente llamamos un best seller y cuándo su aceptación se debe exclusivamente a motivos estilísticos? No encuentro las respuestas. Soy de esos lectores tenaces, que se tragan el libro incluso cuando todo “invita” a abandonar su lectura y son muy pocos los libros que, una vez empezados, he dejado sin terminar (un cierto sentido del pudor me impide enumerar algunos de estos abandonos). Leo mucha más narrativa que poesía (antes era al revés), aunque leo poesía suelta cada día (tengo entre mis favoritos una serie de blogs y webs dedicadas a la poesía, además de ver a diario el blog y el perfil de Facebook de mi buen amigo Miguel Cobo Rosa, donde se sigue un curso riográfico de buena poesía propia y muy cercana). Mi lectura poética es siempre lenta y reflexiva, leo lentamente y nunca más de cuatro o cinco poemas seguidos.

Leer poesía implica “entender” unos contenidos intimistas, un estado de ánimo, un microcosmos condensado en un texto normalmente breve. Y además encontrarle el contenido estético, hallar la manera de disfrutarlo intensamente. No creo que se pueda/deba forzar esa situación leyendo muchos poemas, pues quedarían desvirtuados. Cuatro o cinco. A lo mejor, unas horas después, vuelvo y leo otros, pero nunca más. No quiero tener prisa para la poesía.

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… y mi sección de temas granadinos

También el conocimiento de los autores locales hace que cada vez alcancen mayor predicamento y presencia en mis lecturas. No todo lo que se publica en las editoriales “generalistas” de Madrid y Barcelona tiene que ser necesariamente mejor que lo que publican cientos de autores casi desconocidos que aparecen en modestísimas editoriales locales, casi siempre anticipando dinero de su bolsillo, y en tiradas mínimas. En este sentido, la edición electrónica está empezando a igualar las diferencias, ya que por su propia esencia no requiere una desmedida inversión previa, y está al alcance de muchos más lectores, pero también de muchos más autores. Hace unas semanas me di el lujo de comprar en Amazon, por un precio irrisorio, las cuatro Sonatas de Valle-Inclán, que tengo en papel desde hace cuarenta años, pero en un tamaño de letra que me produce lagrimeo, somnolencia y dolor ocular. Releer las cosas del decadente Marqués de Bradomín y su exquisita estética es algo que hago de cuando en cuando (también releo las Comedias bárbaras).

Una sensación que tengo últimamente es la de agobio: tengo lecturas pendientes programadas para casi un semestre. Eso me produce una sensación de “no estar cumpliendo con mi obligación”. Y mis apetencias re-lectoras… Pienso que el cerebro humano tendría que contar mayor capacidad de asimilar la carga literaria, que se suele olvidar y de la que apenas queda un vago recuerdo. Con todo, que no nos falte nunca el placer de leer.

 

 

Alberto Granados

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2 comentarios el “Leer

  1. Gracias, querido Alberto por la mención que haces de mis libros. El artículo es muy lúcido y a la vez de muy grata lectura. Felicidades por ello y felicidades en las fiestas que llegan. Abrazos. Fernando de Villena.

    • Gracias a ti, Fernando. No creo que mi entrada sea lúcida. Es sólo una serie de reflexiones sobre mi hábito lector, improvisadas, poco elaboradas, hechas con la urgencia de no dejar pasar la celebración del Día de la Lectura.
      Hasta esta tarde (supongo).
      Un abrazo,

      AG

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