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Cochero


Hace sólo unos días que Ediciones TransBooks ha lanzado un libro electrónico llamado “Cuentos engranados” en el que participamos cincuenta y cinco autores y un brillante prologuista, como es Antonio Enrique, que ha estudiado los relatos y ha elaborado una eficaz taxonomía que comenta con su habitual rigor crítico y su vieja sabiduría.

La idea partió la pasada primavera y fue cosa de la escritora Carolina Molina y del también escritor y agente literario Jesús Cano: recibimos un correo pidiéndonos un cuento que no excediera de diez páginas de Word y que tratara sobre algún aspecto de la ciudad. Era un libro solidario, ya que los beneficios serán para el Banco de Alimentos de Granada, al que la crisis económica ha convertido en referencia para mucha gente.

Así surgió este relato que hoy os traigo junto a una llamada a vuestra solidaridad: descargad el libro, leedlo y si os gusta, regaladlo, recomendadlo, ponedlo en las redes, en meneame.com…. O sea: dadle vidilla. La editorial, el agente literario y los autores hemos renunciado a cualquier tipo de emolumentos, por lo que el 70% del valor de las descargas será para el Banco de Alimentos (quedando el otro 30% como gastos de producción en manos de la editorial).

Los autores participantes, tal como aparecen en el libro (orden alfabético, pero por nombres), somos:

Alberto Granados, Alfonso Cost, Alfonso Salazar, Ana María Shua, Ana Morilla, Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Angélica Morales, Angelina Lamelas, Antonina Rodrigo, Antonio Enrique (prologuista), Ayes Tortosa, Brígida Gallego-Coín, Carlos Almira Picazo, Carolina Molina, Celia Correa Góngora, Concha Casas, David Aliaga, David Roas, David Vivancos, Elena Casero, Elvira Cámara, Espido Freire, Fernando de Villena, Francisco Gil Craviotto, Francisco Morales Lomas, Francisco Ortiz, Ginés S. Cutillas, Herminia Luque, Herminia Pérez, Javier Morales, Jesús Cano, Jorge Fernández Bustos, José Abad, José Lupiáñez, José María Pérez Zúñiga, José Vicente Pascual, Juan Cobo Wilkins, Juan Herrezuelo, Juan Jacinto Muñoz Rengal, Julia Olivares, Julia Otxoa, Lola Vicente, Manu Espada, Manuel Talens, Mariano Zurdo, Mariluz Escribano Pueo, Medardo Fraile, Miguel Ángel Cáliz, Miguel Ángel Moleón, Miguel Ángel Zapata Carreño, Miguel Árnas, Miguel Sanfeliú, Norberto Luis Romero, Raúl Ariza y Rosana Alonso.

CUENTOS ENGRANADOS

Portada de Carmen F. Sigler

Mi cuento, que curiosamente abre la serie de relatos, es este:

 

Cochero

            Manolo andaba nervioso por la calle. Ya había pasado ante el Gobierno Civil tantas veces que los falangistas que hacían guardia lo miraban con cierto aire de fastidio, casi de abierta hostilidad. No sabía si dar el paso y preguntar por don Joaquín.

-Don Joaquín Caparrós, siempre ha sido un pelagatos. ¡Ya verás, si le han llamado toda la vida “Pichacorta”…!  Pero ahora es todo un capitoste… Hay que ver las vueltas que da el mundo…, de ser un don nadie a mandar lo que manda, con el pedazo de cargo que le han dado los que se han alzado  –pensaba el cochero temeroso, como si los de las camisas azules pudieran leerle el pensamiento.

Si se atreviera a pedir audiencia…, si don Joaquín lo recibiera…, si la gestión diera resultado…, él podría recuperar sus dos mulas, la base de su sustento, y salir adelante, si eso era posible en medio de las circunstancias de guerra civil. Había llevado muchas veces a don Joaquín, acompañado de la madre, a la misa mayor de la Catedral. Le había ayudado solícitamente a subir y bajar a la anciana, casi impedida, y la relación había sido siempre cordial. Tal vez debería hablar con él, pero señalarse también era un peligro en el momento que Granada vivía, con tanto muerto por parte de un bando y otro, de ahí sus dudas.

Él nunca se había metido en política y si le preguntaran con qué bando estaba, no sabría decirlo: su mujer, sus hijos y él, muy conocidos en Granada, no tenían una ideología clara. Respetaban a la gente bien porque vivían de ellos: su mujer cosía para las señoras, sus tres hijos estaban muy bien colocados gracias a las relaciones que le había dado el carruaje y las dos niñas estaban de gobernantas en uno de los mejores hoteles, en la Gran Vía, gracias a una señora a la que él conocía desde hacía casi quince años, cuando empezó a llevarla el día 5 de cada mes a visitar la tumba de su marido. Él, con todo respeto, le ayudaba a subir y bajar del carruaje, le llevaba el enorme ramo de flores hasta la sepultura y, a medida que la señora envejecía, le servía de apoyo. Podría ser un buen aval en caso de necesidad, pero no había ido a pedirle ayuda.

Por otra parte, él había vivido siempre como lo hacía la mayoría de la gente sencilla de la ciudad y de los pueblos de la Vega. Sospechaba que su sitio era el de los leales a la República, el del pueblo, pero los políticos y los partidos le habían parecido siempre un turbio asunto de oportunismo, de ambición, de gente con ganas de poder y en eso no veía diferencias entre unos y otros. Se oían comentarios, siempre dichos en voz baja, sobre la cantidad de personas que se estaban afiliando a Falange desde que eran los que mandaban. Gente que jamás había estado próxima a los de Primo de Rivera inundaba ahora las aceras granadinas de camisas azules, de correajes y pistolas, de ademanes chulescos y cánticos fascistas. ¡Cómo podía nadie creer que aquello era normal! Desde lejos olía a falsedad, a mero afán de supervivencia. Él era de otra pasta y no estaba dispuesto a venderse, por eso su reticencia a entrevistarse con ”Pichacorta”.

Era cierto que la legalidad estaba de parte de la República y que los de Franco se habían hecho los amos soslayando lo que las urnas habían determinado. También sabía que eran durísimos a la hora de reprimir e imponerse. Pero los milicianos habían hecho barbaridades en los escasos cuatro días que resistieron y cada día bombardeaban la ciudad. ¿Cuál debía ser su postura? Sinceramente, no se sabía responder.

         Sumido en estas reflexiones, apuraba un cigarro tras otro mientras constataba que habían desaparecido los coches de caballos de la ciudad. Sabía que a algunos de sus compañeros también les habían requisado las yuntas los milicianos que se hicieron fuertes en el Albayzín en aquel vano intento de resistencia, que fue duramente reprimido en tres días y que sólo había servido para dejar un triste saldo de muertos y huidos, una represión con sabor a castigo ejemplar en los días siguientes y una serie de desapariciones y paseos que habían ensombrecido el carácter de toda la ciudad, ya de por sí bastante hosco. «Tanta gente buena, convertida de repente en perseguidos… Las guerras no deberían existir –piensa con toda la sencillez de sus planteamientos-, pero acaba de empezar una y eso tiene poca solución. ¡Si es que he visto a los militares alzados instalar una pieza de artillería para machacar a los leales a la República en la misma parada de carros donde he puesto el carruaje toda mi vida, que es para no creerlo!».

         Sólo los más violentos parecían disfrutar con la situación, por eso temía que pedirle ayuda a don Joaquín tal vez equivaliera a meterse en la misma boca del lobo. Se distraía contemplando un par de automóviles que se acercaban y echaban la intermitencia, como para girar en la misma puerta del Gobierno Civil, ahora en manos de un militar. Observó algunos rostros conocidos que parecían no mirar, tal era su hieratismo. ¿Era Federico, el famoso poeta, quien iba en uno de aquellos coches? Lucía una patética palidez de lirio en el semblante.

         El cochero estaba asustado, pero sabía que tendría que dar el paso y buscarse las habichuelas. «A mí, a mi edad, no me van a movilizar, pero pueden tirar de hijos y yernos y eso sería fatal… ¿Qué hago, por Dios?» se preguntaba agitado y temeroso.

         Un tirón de su brazo le hizo volver de su ensimismamiento. Un falangista de apenas diecisiete años, sacando pecho y barbilla, tras hacerle el saludo a la romana, le estaba preguntando, con tono enérgico, qué hacía tanto rato delante del edificio institucional.

         —Yo es que quería ver a don Joaquín…, si se puede, claro está —titubeó nervioso y asustado ante aquel niñato que parecía empequeñecerlo, pese a que él le sacaba la cabeza y más de cuarenta años. —Es que necesito pedirle una cosa…

         El chico lo dejó con la palabra en la boca para hablar con uno de sus superiores. Un momento después estaba en la antesala del nuevo prócer. Se sentía confundido por el lujo, acobardado por la litúrgica prosopopeya de taconazos y brazos en alto que había visto e incluso imitado desgarbadamente en su breve desplazamiento desde la calle. Tras una espera razonable, fue recibido. Nuevo saludo y un escueto gesto por parte del jerarca, que de ser siempre poquita cosa, parecía haberse agigantado con aquella camisa y la boina doblada en el pasador de la hombrera.

         —¿Qué quieres, Manolo? —le preguntó simulando hojear unos expedientes.

         —Verá usted, don Joaquín —Manolo casi sintió ganas de reír al recordar el mote denigrante con que lo conocía la ciudad—, es que unos milicianos del Albayzín me quitaron las mulas, usted las conoce, la Lucera y la Sultana… Usted comprenderá que sin ellas yo me muero de hambre… En fin, que he venido a ver si se sabe algo, si podría recuperarlas, ya me entiende usted…

         —Bueno… habrá que verlo —le respondió clavando en el acobardado cochero una mirada evaluadora—. Que mi secretario tome nota de lo tuyo y vente por aquí el lunes que viene a ver qué puedo hacer. Y tú…, tú también tendrás que hacer algo por mí, que es tanto como decir por España.

         —Lo que usted mande, don Joaquín, lo que quiera… —respondió aturdido, barruntándose que acababa de pisar la trampa que lo iba a aprisionar para siempre.

         Al llegar a su casa, Manolo le contó a Paquita el resultado de su gestión. Ella, que nunca tuvo malicia y confiaba en todo el mundo, esta vez se quedó muy seria y dijo gravemente:

         —Manolo, a ver en lo que te mete el desgraciado de don Joaquín. Estos no son trigo limpio. Si te cogen no te sueltan y mira lo que está pasando. Olvida las mulas, el coche y toda tu vida anterior. Vámonos a mi pueblo. Allí parece que no hay tanta sangre y en casa de mis padres tenemos acomodo… Piénsalo, por favor.

         Esa noche apenas durmió. Cada vez que hilvanaba una cabezada le surgían pesadillas de tiros, de cadáveres, de taconazos y brazos en alto. Se levantó muy temprano y salió a la calle. Iba hacia el centro de la ciudad con la rutinaria urgencia de los días de trabajo, con la costumbre desquiciada por la falta de mulas, desconcertado por su incierto futuro, sin saber muy bien dónde dirigirse. Al fondo de la calle Buensuceso vio a un grupo de vecinas que observaban algo que no acertaba a identificar. Percibió claramente que el canalillo de color rojo que se encaminaba a la tragona era sangre, después supo que allí yacía un cuerpo. Una parienta de su mujer se adelantó:

         —Manolo, es el hijo de la prima Elvira, la del pueblo. Un crío, pero se había metido en política… Mira lo que le han hecho… ¡Pobre hijo! —la mujer rompió a llorar abrazándose al cochero, que no pudo evitar pensar en don Joaquín y en la cita que tenía con él.

         Las dudas lo tenían tan inquieto que el tiempo pasaba para él con lentitud geológica. ¿En qué se estaba metiendo? Tal vez debería hacerle caso a su mujer, irse a casa de los suegros en el pueblo, dar las mulas por perdidas, renunciar a la ayuda de aquel hombre… pero su vida era el carruaje. No tenía edad de empezar a trabajar en otra cosa y, pese a las evidencias, le costaba trabajo aceptar que gente normal pudiera convertirse en animales carroñeros y vengativos. La vida no podía ser así, aunque acababa de comprobar que lo imposible se estaba convirtiendo en normal por la guerra.

         El lunes fue al Gobierno Civil muy temprano. Si hubiera podido faltar a la cita pasando desapercibido lo habría hecho, pero don Joaquín había anotado la gestión en una especie de agenda que a él le pareció la de los asuntos más importantes. Ahora tenía que hacerle frente a la situación. Paquita había salido con él a la puerta y se lo había dicho con auténtica angustia y lágrimas en los ojos:

         —A ver en lo que te metes, Manolo, por lo que más quieras…

         La espera fue interminable esta vez. Don Joaquín no había llegado aún porque le había surgido una reunión muy importante. A media mañana uno de los falangistas de la antesala le comunicó:

         —Ha llamado el secretario de don Joaquín para organizar esto. Ha dejado dicho que vengas mañana sin falta, a eso de las diez. Que hoy puedes irte porque no te va a ver.

         Manolo comprendió que a la mañana siguiente estaría definitivamente en manos de aquel hombre. Casi sintió ganas de que la claudicación acabara pronto: hacer lo que se le encargara, recuperar mulas y normalidad y saber realmente si él era un miserable o le quedaba algo de honestidad. Temía llegar a casa y enfrentarse a la mirada de Paquita o de sus hijos. Trataba de tranquilizarse diciéndose que a lo mejor no había nada deshonroso en lo que aquel hombre le pidiera.

         Y eso fue lo que supo a la mañana siguiente, cuando el prohombre lo recibió en una mesa pequeña del despacho en la que reposaba una bandeja con dos servicios de café que un camarero de blanco sirvió antes de salir. Manolo, envarado, tomó café con un don Joaquín cercano, directo, casi dado a la confidencia.

         —Manolo, yo sé que eres un buen hombre, así que sólo quiero ayudarte. Las mulas aparecerán o yo me encargaré de que aparezca otro tiro para tu carruaje, si eso es lo que quieres, pero quiero proponerte una cosa distinta: aprende a conducir un automóvil, que es el futuro. Voy a necesitar a un hombre de confianza, pues aquí hay navajazos por ocupar un cargo y, lo que es peor, por desentenderse de las responsabilidades, no sé si me entiendes… —Manolo asintió con la cabeza, sin saber muy bien por qué lo hacía—. Te estoy proponiendo que trabajes para mí, aparentemente de chófer, pero también para hacer pequeños encargos en mi nombre… Temas delicados, de los que no debe saberse absolutamente nada en esta casa y mucho menos fuera de aquí… Mira, Manolo, si Inglaterra o Francia ayudan al gobierno de la República, el Alzamiento será un fracaso y quedaremos con el culo al aire. Por eso necesito a dos o tres personas, una de ellas eres tú, para que vayan sembrando favores que en un momento dado puedan servirme de clavo ardiendo, no sé si me entiendes…

         —Sí, don Joaquín —Manolo hizo un confuso gesto de asentimiento—, pero yo solo soy un cochero, no sé cómo podría…

         —De momento mañana te vas a la carretera de Málaga con Juanito “Sietevueltas”, tú lo conoces, y que te enseñe a conducir el Ford. Verás que es todo un lujo. Después, cuando te vayas soltando, serás mi chófer, aunque eso sólo sirva de tapadera. Ya hablaremos —don Joaquín se levantó rápidamente, dando por concluida la reunión.

         Ya en la calle, Manolo pensó en su carruaje y sus mulas, que ahora parecían definitivamente condenados a desaparecer. Recordó los cientos de veces que había llevado a don Joaquín de un sitio a otro de Granada. A su nuevo jefe y a media ciudad, de lo mejor y de lo peor, desde los cármenes del Albayzín al Realejo y desde el barrio de la Duquesa a los caseríos de la Vega o del Camino de la Sierra. Ese transporte le había estado dando de comer a su familia desde hacía tres generaciones. Su abuelo empezó el negocio en 1867 y siempre contaba jactancioso que tuvo el honor de llevar varias veces a don José Zorrilla al Carmen de los Mártires cuando la ciudad lo coronó como poeta nacional y que le regaló un ejemplar dedicado de su “Don Juan Tenorio”. Después fue su padre el que siguió en el oficio y ahora le tocaba a él. Sólo durante un par de años, los tres cocheros se cruzaron más de una vez por las calles granadinas. Entre su abuelo, su padre y él han llevado a catedráticos de la universidad y alcaldes, a escritores y pintores, a las damas de la alta sociedad, a prestigiosos médicos, a pretendientes que querían impresionar a la muchacha de sus sueños, a algún pobrete que no tenía ni para pagar el desplazamiento, pero que se veía acuciado por una urgencia: un familiar enfermo, una caída desde un andamio, un apremio de los miles que la vida trae a los humanos.

         Su padre estaba muy orgulloso de haber llevado más de una vez a los del Avellano. Siempre le oyó contar un anecdotario secreto que contrastaba con la entereza moral y el prestigio de aquellos intelectuales que dieron lustre a la Granada de la generación anterior: borracheras, amiguitas sospechosas, lenguaje soez, tan diferente del que después aparecía en sus libros… Pero había que ser discretos, que la boca cerrada daba de comer. Su padre se lo decía siempre:

         —Ni un gesto, ni una risa inoportuna, ni una mirada de lado: trabajamos para señoritos y los señoritos tienen esas cosas, así que ni un comentario. Yo he llevado a párrocos y a políticos a ver a su coima en La Manigua, y a parejas de hombres que tenían que verse a solas, y a médicos a asistir a monjas que estaban de parto y después a soltar el paquete en el Hospicio… pero si estas cosas se saben, perdemos el pan de la boca, así que tú no miras, no oyes y no hablas, ¿me entiendes?

         Él, por su parte, también había llevado más de una vez a Melchorito, a Isidoro Marín, a don Hermenegildo, a Federico, a periodistas del Defensor de Granada… Su carro, de los últimos años del siglo pasado, era una filigrana y siempre estuvo muy cuidado y ese par de mulas… eso valía un imperio, pero vaya usted a saber qué habrá pasado con ellas, los animales más nobles del mundo, ajenos a la locura que los humanos han traído a la ciudad.

         Ahora todo eso se perdía poco a poco, arrumbado por el invento del siglo: el automóvil.

         «Bueno —piensa y casi se dice a sí mismo en un murmullo—, por el automóvil y por lo que vino el 18 de julio».

         Se le humedecieron los ojos al recordar la mañana del levantamiento, cuando salió a la calle a hacer su trabajo y se enteró de que se trataba de una guerra en toda regla. Unos milicianos armados le requisaron los animales: tres generaciones de trabajo se esfumaron ante sus ojos. No supo hacer otra cosa que llorar como un chiquillo.

         Se acordó de su abuelo y de su padre, de tanto esfuerzo por hacerse un nombre entre las familias distinguidas, de tener un montón de clientes que siempre lo llamaban a él… Después, consideró las barbaridades que se contaban, cada vez más, cada vez más horribles, y pensó que estaba vivo, que nadie lo había molestado ni a él ni a su familia, que se movía con absoluta libertad por toda la ciudad y se sintió obligado a entrar en las Angustias y rezar ante la Virgen, aunque nunca había sido un hombre muy preocupado por lo religioso.

         El ruido de un automóvil le hizo dejar a un lado los recuerdos y fijarse, por primera vez con verdadera atención, en los vehículos que pasaban por la calle, en los conductores que guiaban aquellas máquinas que siempre le habían parecido elementos invasivos, ruidosos y llenos de peligro. Pensó en el mal olor de la gasolina, en la endiablada velocidad que alcanzaban aquellos cacharros, en el fin de un estilo de vida. Eran carísimos, pero la ciudad se estaba llenando poco a poco de automóviles, como si la gente necesitara comprarlos compulsivamente sólo por darse pisto…

***

         En pocas semanas, Manolo el cochero se convirtió en un hábil conductor que recogía cada mañana a don Joaquín para llevarlo al trabajo. Se trataba de un breve recorrido, así que en unos minutos había cumplido y pasaba la mañana zascandileando en el recinto oficial a la espera de que su jefe lo necesitara para algún desplazamiento especial. Conocía a la mayor parte de los empleados y jerarcas, observaba la entrada de los detenidos, veía aparecer por allí a todo tipo de personas en busca de familiares desaparecidos, percibía mil matices del miedo en aquellos rostros. Evocaba los comentarios en voz baja que habían recorrido la ciudad sobre la muerte de García Lorca, sobre la atrocidad que se había cometido con Constantino Ruiz Carnero y sobre otros muchos muertos…, pero él estaba allí simplemente como chófer de su jefe y no tenía el menor motivo de queja: don Joaquín no le había pedido nada especial y su trabajo era mínimo, el sueldo compensaba la pérdida de su anterior ocupación y si aún se acordaba del carruaje y las mulas era más por costumbre y afecto que por sentido práctico.

         Todo cambió una mañana de finales de noviembre cuando don Joaquín lo llamó a deshora y le ordenó conducir hacia la carretera de Málaga. Lo hizo detenerse bajo unos altos olmos y le encomendó el primer encargo: se trataba de avisarle a una familia de La Zubia de que esa noche iban a ir a por el hijo. Manolo tenía que avisar discretamente y llevar al chico a un cortijo abandonado de la Vega. Allí lo esperaba otro coche que lo llevaría a zona republicana. El problema, le indicó don Joaquín, era que si surgía el menor contratiempo no podría usar su nombre. Él entendió la situación: lo iban a utilizar, pero sin la menor cobertura oficial, lo cual era lógico, dada la naturaleza del encargo. Aceptó, ya que no podía echarse atrás.

         Esa tarde esperó al muchacho a las afueras del pueblo y lo trasladó al sitio convenido, tras lo que volvió a Granada. Tres días después, cuando llegó a su casa, encontró a Paquita hecha un mar de lágrimas.

         —Manolo, ¿qué has hecho? No me lo puedo creer… Era muy joven, casi un niño…

         Entre hipidos y lágrimas, su mujer le contó la visita de la madre del chico y el verdadero final de la historia: habían encontrado su cadáver, cosido a tiros, en el punto adonde Manolo lo había conducido para cambiar de zona. La madre quería saber por qué se lo habían matado y quién había ordenado aquel asesinato injustificable. Atónito, comprendió que lo habían usado para un cobarde paseo revestido de favor. Sintió el horror que la gente honrada sufre ante hechos así… Su tranquilidad se había esfumado y su conciencia se sentía herida. Se preguntó qué decirle a la mañana siguiente a su jefe y cuál sería el próximo encargo del aparente benefactor de ese desgraciado muchacho.

         En sólo unos minutos asumió la situación: su destino al lado de don Joaquín no había hecho más que empezar, pero ya no era el que realmente había sido hasta entonces, sino una mera pieza más de un diabólico engranaje destructor, alguien que hacía lo que el poder le transmitía. No tenía motivos para sentirse culpable de nada, pues sus acciones eran consecuencias de la propia guerra, de las órdenes de don Joaquín y de los que mandaban… Tras esa reflexión, consiguió tranquilizarse.

         Unos meses después le llegó su segundo encargo: recoger el cadáver de uno de los que iban a fusilar esa misma noche y dejarlo ante la ventana de su madre, viuda de un destacado comunista.

         —Al padre lo fusilamos en los primeros días de la Cruzada —decía don Joaquín—. Ahora le toca al niño, que no lo salva ni Dios. Quiero que la madre se regale por la mañana con la vista de su hijo muerto. Se lo merece —añadió enérgico— por enemiga de España.

         Al cochero le pareció que se estaba enfrentando al horror más absoluto pensable en la naturaleza humana. Sintió ganas de gritarle a aquel botarate el ofensivo mote con que Granada lo denostaba para que le pegara un tiro y se acabara todo de una vez, pero sólo enunció un acallado «Lo que usted diga, don Joaquín». Durante la noche, con mil precauciones, llegó al Llano de la Perdiz y esperó. Bien avanzada la madrugada oyó el ruido de un par de coches seguidos por una camioneta. Adivinó el vago resplandor de sus faros mientras la comitiva se acercaba. Un instante después contempló desde su escondite la trágica liturgia de un fusilamiento en regla: el encendido de faros, las órdenes de rigor, las detonaciones, los tiros de gracia… Tras una breve espera se acercó sigiloso con el coche, buscó entre los cadáveres el de aquel joven, casi un chiquillo, y lo metió en el coche para terminar su macabra misión.

Constitución, al fondo, El Americano

Viejos coches de caballos en Avda. de la Constitución. Al fondo, el edificio de El Americano y el Carril de la Lona.

         Esta vez no le contó a Paquita la naturaleza de su trabajo: había notado que estaba fría con él, que siempre encontraba en su huidiza mirada un mudo reproche, que parecía temerle u odiarlo… ¿Para qué empeorar las cosas? Sólo cabía esperar el fin de la guerra, que parecía cercano… y que don Joaquín no pasara a más en sus encargos.

         Pero hubo más cometidos y cada vez más crueles e inhumanos, aunque Manolo se esforzaba por olvidarlos. Llegó un momento en que ni se planteaba el sentido ético de lo que hacía: él era un mandado y se limitaba a cumplir lo que se le ordenaba, pero no se sentía en absoluto el canalla que la ciudad entera veía en él. El sentido ético que siempre había tenido, la clara distinción entre el bien y el mal, la capacidad de discriminar ambos conceptos, ahora era sólo un espeso grumo indestructible, un quiste coriáceo y duro agazapado en los más profundos pliegues de su conciencia. Él no tomaba decisiones: simplemente cumplía los encargos mientras deseaba que la pesadilla terminara.

         Y la guerra, finalmente, terminó mucho después de lo que se había creído, cuando ya había llevado a cabo muchos encargos, tal vez demasiados, y la gente se salía de la taberna al verlo entrar o Paquita solo iba a misa del alba para no encontrarse con miradas acusadoras. En ese tiempo, don Joaquín Caparrós fue ascendido a Gobernador Civil de una fría provincia castellana. Pidió a Manolo que se fuera con él:

         —De chófer, como siempre —le dijo.

         Manolo renunció a semejante distinción. Ya estaba mayor y sus hijos y nietos estaban aquí, no era cosa de empezar… le argumentó.

         Antes de partir, don Joaquín lo llamó para despedirse de él.

         —Manolo, he arreglado los papeles. Aquí tienes una licencia de taxista. Ahora el Ford es tuyo. Mucha suerte —y en esta ocasión, en vez de taconazo, hubo un sincero apretón de manos y el agradecimiento por parte del antiguo cochero.

         Desde entonces le gustaba evocar su carruaje y sus viejas mulas, la Lucera y la Sultana. Pensar en ellas era como volver a la inocencia perdida. Cada vez que sentía esa debilidad, observaba ufano su taxi. Después recordaba agradecido a don Joaquín: lo había metido en la modernidad de la nueva España y eso no había con qué pagarlo.

Alberto Granados

Podéis hacer la descarga de Amazon en este enlace 

 Este relato pasó a formar parte de mi libro “Mariana contemplando las mareas y otros relatos”, en abril de 2017.

 

 

 

 

 

 

 

 

12 comentarios el “Cochero

  1. Muy bueno el relato, Alberto, y muy triste. Pero real y muy bien escrito.

    • Ángela, Granada es una ciudad pequeña y chismosa, así que he tenido ocasión de escuchar historias parecidas. Muchas.
      El deterioro ético de un oportunista, de un hombres sin compromiso que llega a lo más vil por buscar su conveniencia en tiempos convulsos… ese es el meollo.
      Te agradezco presencia y comentario.
      Un abrazo y Merry Christmas…

      AG

  2. El miedo y la ignorancia siempre han abusado de los más humildes. Los favores, arreglos, apaños y negociaciones con los que ostentan poder siempre suelen ser un trámite que desencadena pérdida de dignidad y de derechos, que gente como Manolo consiguieron recuperar por una mezcla de caridad y de agradecimiento. Seguro que hubo otros muchos que no vieron recompensados sus devotos gestos hacia los ganadores.

    El relato es muy hermoso y toca especialmente la fibra sensible a los que nos sentimos afines al bando perdedor de aquella contienda. El final feliz (si se puede entender así) nos ayuda a desconectar de la cruda realidad que siguió a aquella ficción/realidad. Pero también nos acerca a la esencia del género humano, que suele ser casi siempre lo mismo que el instinto animal de supervivencia.

  3. Muy bueno el relato .Muy emotivo y propicio para la reflexión .Mucha gente joven debería leerlo y comentarlo. Que el 2014 te traiga todavía más inspiración y ganass de escribir.M.Carmen García

  4. Un redoble de conciencia resuena en esta desgarradora historia de un tiempo, de un país, de una ciudad…El ángel fieramente humano que nos habita subido en un taxi donde viaja la cruda verdad. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia. El mejor Alberto engranado en una prosa magistral, con un ritmo narrativo y un estilo magníficos. Felicidades, amigo.

    Un abrazo.

  5. Gracias por tu incansable apoyo, amigo Alberto “engranados”.
    Un abrazo y nos vemos en la presentación.
    Jesús Cano.

  6. Muy bien escrito e interesante.¡Enhorabuena! Saludos de Mento.

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