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La literatura como broma


      Quienes sentimos una romántica veneración por los escritores tendemos a idealizarlos, a considerarlos muy por encima del común de los mortales, pero esta raza tan especial también tiene su alma en su almario, sus pecadillos y su espíritu gamberro y ha sabido siempre jugar con la impostura, la imitación caricaturesca,  la broma, el anonimato, el plagio, los seudónimos y heterónimos… En medio de la trascendencia del hecho literario, también caben el sentido del humor, el juego y el humor, realidad que pretendo demostrar seguidamente.

      Sabido es en Granada que los pintores y escritores de la Cofradía del Avellano iban a la fuente que les daba nombre, no siempre sobrios ni acompañados de lo mejor de la ciudad. Por el contrario, iban allí con una abundante dosis de aguardiente y lo del poder depurativo de las aguas que manaban al pie de la Alhambra era sólo un pretexto, un tópico repetido como parte del espíritu de grupo. Uno de ellos, Nicolás María López, decía que acudían allí y “departían con serenidad y elevación, en estilo granadino, que sabe combinar la seriedad de los asuntos con el ingenio y la gracia». Parece poco probable tanta gravedad en el grupo capitaneado por Ganivet y descrito por él mismo en un  capítulo de “Los trabajos del infatigable creador Pío Cid” y lo del “estilo granadino” se presta a mil interpretaciones cuando se conoce la esencia de nuestra ciudad.

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      Alberti comentaba en el primer volumen de su “La arboleda perdida” que, en su descalificación del academicismo putrefacto (así adjetivaban los del 27 a la literatura que les había precedido), varios poetas del grupo, incluido Dámaso Alonso, se orinaban en las puertas de la Real Academia de la Lengua:

      “En cuanto a los recuerdos divertidos… Muchos son. Citaré, entre otros, el auto de fe en el que se condenaron a la hoguera algunas obras de los más conspicuos enemigos de Góngora, antiguos y contemporáneos: Lope de Vega, Quevedo, Luzán, Hermosilla, Moratín, Campoamor, Cejador, Hurtado y Palencia, Valle-Inclán, etc. Por la noche –día 23 de mayo- hubo juegos de agua contra las paredes de la Real Academia. Indelebles guirnaldas de ácido úrico las decoraron de amarillo. Yo, que me había aguantado todo el día, llegué a escribir con pis el nombre de Alemany –autor de El vocabulario de Góngora– en una de las aceras. El señor Astrana Marín, crítico que diariamente atacaba a don Luis, descargando de paso su furia contra todos nosotros, recibió su merecido, mandándole a su casa, en la mañana de la fecha, una hermosa corona de alfalfa entretejida de cuatro herraduras, acompañada, por si era poco, con una décima de Dámaso Alonso, de la que hoy sólo recuerdo su comienzo:

      Mi señor don Luis Astrana,

miserable criticastro,

tú que comienzas en astro

para terminar en rana…”

 

     (Rafael ALBERTI, La arboleda perdida, Barcelona, Seix Barral, 1975, pág. 250)

 

      También son conocidas las durísimas invectivas que se cruzaron continuamente Góngora y Quevedo, cada uno de ellos desautorizando la línea poética que seguía el otro. Quevedo, de paso, acusaba a su oponente de no ser cristiano viejo, de vicioso jugador y de otras mil lindezas. La situación límite se produjo cuando Quevedo compró la casa en que vivía Góngora, en la madrileña calle de la Madera, y esperó para echar a la calle al desahuciado hasta la noche propicia: una noche de lluvia impenitente y de frío del Guadarrama, en que el nuevo dueño acudió con la guardia a poner en la calle al cordobés. Tanta bajeza moral contrasta con la enorme capacidad poética de Quevedo, sin duda uno de mis poetas preferidos.

Grupo Ánade

     

     De nuevo en Granada, cuatro de los poetas adscritos al Grupo Ánade (Enrique Morón, Juan José León, Fernando de Villena y José Lupiáñez) decidieron revitalizar la égloga. Para ello, se reunieron en la casa de uno de ellos en el pueblecito de Tiena y crearon “Las églogas de Tiena” (Ediciones Ubago, 1992, con prólogo de Antonio Enrique, también perteneciente a dicho grupo), todo un ejercicio de virtuosismo garcilasiano en pleno siglo XX, una delicada broma llena de creatividad.

      De Juan Ramón Jiménez se cuenta una anécdota, según la cual nuestro poeta fue burlado por dos jóvenes limeños que habían visto publicados en Abc unos poema suyos. Al resultarles imposible hacerse con el libro, se hicieron pasar por Georgina Hübner, una admiradora, y le escribieron una  carta, que hizo que el de Moguer les enviara un ejemplar de “Arias tristes”. Le respondieron agradeciendo la amabilidad y volvieron a recibir respuesta de Juan Ramón. En cada ronda, éste se mostraba más enamorado de la chica, que nada sabía de los manejos de su primo… hasta que hubo que darle a Jiménez la noticia de la muerte de Georgina para parar en seco un asunto que ya se les iba de las manos, pues Juan Ramón se mostró dispuesto a ir a Perú a conocerla y casarse con ella. Los urdidores de la patraña eran José Gálvez (que mucho tiempo después llegó a ser Vicepresidente de la República) y su amigo Carlos Rodríguez Hübner.

     Pero la gamberrada literaria más notable, en mi opinión, viene de la mano de García Lorca y los demás integrantes de la llamada tertulia del Rinconcillo. Crearon un poeta inexistente, hicieron aparecer en la prensa local las reseñas de sus libros y algunos de sus apócrifos poemas (se dice que los escribían el propio Federico y su hermano Paco), le inventaron una biografía y consiguieron los apoyos necesarios para que fuera propuesto para ocupar un sillón de la Real Academia de la Lengua. Hasta escribieron el discurso de ingreso del tal Isidoro Capdepón Fernández, que ese era el nombre  que le habían otorgado, un discurso que tenía el imposible título de  Menopausia retórica o decadencia de la actual poesía cívica en España.

     Capdepón, al que ideológicamente habían “diseñado” como próximo al fascismo, se permitió componer sonetos de homenaje a poetas que Lorca detestaba, como es el caso del dedicado a Juan Antonio Cavestany, que irritó bastante al interesado.

      Fue una invención que reprodujo el eterno duelo entre clasicistas y novedosos. Sin duda, Lorca, cuya caligrafía coincide con los poemas manuscritos del autor, debió de pasarlo muy bien mientras creaba semejante mistificación. Los poemas, incorporados a las últimas antologías como broma o ejercicios de estilo, han sido estudiados por Andrés Soria Olmedo (“El poeta don Isidoro Capdepón (Historia de una broma de vanguardia)”, en Cuadernos Hispanoamericanos nº 402, Madrid, diciembre 1983, p. 150) y por Miguel García Posada (Antología modelna (sic). Precedida de los poemas de Isidoro Capdepón Fernández, Granada, Editorial Comares,  1995). Se trata llevar aún más lejos la broma usando el modelo poético que los del 27 detestaban y estaban firmemente decididos a innovar.  De ahí la eficacia de la cruel sátira.

     Uno de los poemas, como mero botón de muestra, es el que sigue:

 

     SALUTACIÓN A GRANADA

 

      Heme otra vez. Segunda vez mi frente

recibe los efluvios de Granada,

odalisca que sueña recostada,

sobre la falda de la mole ingente.

 

Pebeteros y aromas del Oriente

envuelven tu belleza nacarada

y el suspiro del ave en la enramada

al compás del sollozo de la fuente.

 

Deja a este bardo triste y sin ventura,

al regresar de su postrer viaje,

que en tu suelo reclame sepultura.

 

Que si en Colombia dejo mi linaje,

yo vuelvo a ti con mi emoción más pura

para morir como un Abencerraje.

 

     Un aspecto lúdico, menos conocido y tal vez sorprendente para muchos, que nos humaniza y aproxima a la verdadera naturaleza de los poetas. Sólo un matiz más: eran muy jóvenes, tenían toda la vida por delante para volverse formalísimos conservadores y caían con facilidad en esos pecadillos narcisistas. Entre los que sobrevivieron a la guerra, Dámaso Alonso pasó, de orinarse en las puertas de la putrefacta Real Academia, a presidirla. Nada nuevo bajo el sol.

 

AG

NOTA: En el blog de Antón Castro puede seguirse la correspondencia entre Juan Ramón y su supuesta enamorada, Georgina Hübner:

http://antoncastro.blogia.com/2009/011202-georgina-hubner-y-juan-ramon-jimenez.php

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