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Cien años de “Jarrapellejos”


 

 

Jarrapellejos, una de las últimas novelas de Felipe Trigo (1864-1916), se terminó en mayo de 1914, según nota final del autor y estaba ya en las librerías un par de meses después, ya que en agosto escribe dolido en prensa una réplica a una crítica previa, en que se argumentaba que sus novelas atentan contra la dignidad de la mujer.

Trigo, médico militar, héroe en la campaña de Filipinas y escritor más conocido por sus novelas eróticas que por su cruda literatura seria es uno de esos casos de autor olvidado o, mejor, castigado, por el mundo editorial y la comunidad académica. Tras la aparición de su novela erótica Las ingenuas (1901), Clarín lo calificó de “corruptor de menores y del idioma”. Sus antecedentes inmorales,  su suicidio y el moralismo de la época franquista lo arrinconaron definitivamente como uno de esos escritores invisibles que soslayan los manuales de literatura y la industria editorial, aunque logró vender muchos más ejemplares de sus obras que Baroja. Sólo durante el tardofranquismo volvió a editarse y a rehabilitarse el valor literario de una parte de su obra.

Trigo obtiene notables éxitos con sus novelas de la colección El cuento semanal en un momento en que aún perviven los últimos coletazos del realismo, se desarrolla  el espíritu crítico y regeneracionista del 98 e incluso empiezan a asomar los rasgos del novecentismo. Tras su marcha a Madrid, se dedica a su producción literaria, pero también a hacerse visible, a estar en todos los ambientes literarios y dejarse conocer (entrevistas, apariciones en prensa, coloquios…) lo que hace que modernamente se le considere un anticipado escritor profesionalizado, a veces más pendiente de las ventas y compromisos editoriales que de la calidad. Sus obras coinciden en los anaqueles de las librerías con las de Galdós, Clarín, Unamuno o Baroja, que obtienen un amplio respaldo de la crítica, en tanto que Trigo no pasa de una aceptación relativa. Sin embargo, el universo literario creado en Jarrapellejos es toda una meritoria labor del autor, un brillante ejercicio literario, pese a su estilo retórico y tosco.  Tal vez el centenario sea una buena ocasión para reivindicar la calidad de esta obra y el valor de este escritor casi olvidado.

 

 

 

 Felipe Trigo en una foto del archivo de Fernando Delgado

Felipe Trigo en una foto del archivo de Fernando Delgado (imagen tomada del Diario de Extremadura)

Militante socialista, enérgicamente crítico con el poder establecido, conocedor de la fuerza de los caciques, Trigo lleva a cabo en esta novela una militante denuncia de la situación de atraso e injusticia que conllevaba la realidad extremeña, que él conoció perfectamente como médico rural. Dedica su trabajo a Melquíades Álvarez, fundador en 1912 del Partido Reformista, al que dice: “… le digo a usted: vea si, en dejar pasado a la historia bárbara de España el asunto de este libro, no está todo el más urgente empeño de gobierno digno de la majestad de un gobernante”. Queda claro su objetivo: analizar y denunciar la realidad social, esa historia bárbara, que hay que dejar atrás irremisiblemente (dejarle pasado, dice él) para avanzar. Nótese que elige el mismo adjetivo, bárbara, con que Valle-Inclán desarrolló en sus Comedias bárbaras a su personaje don Juan Manuel de Montenegro, con el que el cacique extremeño tiene más de un punto en común.

Para cumplir su propósito, crea un lugar literario lleno de abyección e inmoralidad en el que ninguno de los estamentos se libra del bisturí analítico del novelista, que descubre todas las heridas de una España enferma y, lo que es peor, con todas las posibilidades de perpetuarse en tal situación. Con una brutal ironía, el novelista llama La Joya a ese pueblo, pretendidamente imaginario, aunque en realidad se trata de Don Benito, según su biógrafo y coetáneo Manuel Abril. El subtítulo, Vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo (1), también lleva una notable carga irónica.

En este pueblo, absolutamente controlado por don Pedro Luis Jarrapellejos, conviven varias clases sociales, cada una con sus lacras morales, un moldeable sentido ético y una venalidad insaciable. En la base de la pirámide está el campesinado, eternamente castigado por el hambre, la dependencia de los señores y la enfermedad y siempre oscilando entre la rabia muda y algún conato de rebeldía. Sólo adoctrinados por Juan Cidoncha, intentan constituirse en grupo político y sindical, aunque la maniobra es abortada por el omnímodo poder del cacique. Sus mujeres e hijas, con frecuencia, van a caer en la cama de los señoritos sin escrúpulos o terminarán en un prostíbulo de las cercanías. La salida más digna para ellas es, sin duda, llegar a barragana de algún señor, con el que tendrá varios hijos, agradecidos y dispuestos a reproducir la situación con tal de encontrar un empleo, un reconocimiento y un cuidado por parte de su progenitor.

 

 

 

 

Jarrapellejos

Cubierta de la primera edición (Imagen de todocoleccion)

En un escalón más arriba,hay que situar a la burguesía joyense. Los señores se ocupan de explotar a los campesinos imponiendo salarios de hambre. Como el don Guido machadiano, caen en todos los vicios (juego, alcoholismo, violencia y abusos contra las mujeres, maledicencia gratuita…). El paradigma de esta clase zángana es el club Curdin, una pandilla de vagos que recorren el casino, los garitos y las tabernas del pueblo sin que asome en ellos el menor rasgo de dignidad. Hay alguno de estos personajes que se ha acomodado por intereses económicos al adulterio de su esposa a cambio de un puesto de funcionario o una prosperidad económica. En esta fragilidad acomodaticia no hay diferencias con el estamento obrero.

Por su parte, las mujeres de esta pequeña burguesía local se dedican a reproducir los esquemas aprendidos de sus madres: esperar un buen partido, fingir una decencia no sentida (o, cuando menos, sobrevenida por razones de representatividad social) y participar en tertulias inacabables a la espera de un marido. Trigo las dibuja con trazos realmente crueles al llamarlas “puercas”, ya que encuentran en el cuidado y la higiene personales sólo un indicio de predisposición al vicio. La coquetería de Ernesta será blanco de comentarios adversos (las amigas que van a visitarla cuando está en el momento del aseo, se sorprenden de que no les importe mostrarse desnuda y quedan admiradas de la serie de instrumentos y potingues con que cuida su indiscutible belleza, con la inevitable conclusión de que una mujer que se arregla tanto es para desnudarse ante algún amante). Por su parte, Orencia, la esposa del boticario y querida del cacique, ha superado, con sus relaciones adúlteras, el estatus medio y es respetada a pesar de su esmerado cuidado personal y de su belleza.  

Trigo, que jamás se había cuidado de valorar la castidad de la mujer en sus obras anteriores, pone un énfasis especial en la pureza de Isabel, la Fornarina, que mantiene intacta su dignidad pese a ser el blanco de los rumores y acoso de todos los señores del pueblo. Cidoncha, su prometido, la ha pintado para poner su imagen en un estandarte de una cofradía mariana, con lo que su inabordable virginidad adquiere un valor simbólico que acrecienta la dimensión de la tragedia que le espera.

 

 

 

Mapa del caciquismo en España, Almamanque Gedeón, 1898

Mapa del caciquismo en España, Almanaque de la revista Gedeón, 1898

Hay tres personajes masculinos sobre los que la novela gravita especialmente. Son estos el cacique Jarrapellejos, su oponente y medio sobrino Octavio y, finalmente, Juan Cidoncha, un profesor que da clase en un colegio a la espera de ganar unas oposiciones y poder casarse con Isabel. Los dos primeros mantienen una franca oposición ideológica y política. La integridad del tercero supone un vigoroso contraste con el pragmático sistema ético de los dos anteriores.

Si don Pedro Luis Jarrapellejos es el hombre que quita y pone alcaldes y gobernadores, que interviene en fallos judiciales, que compra a quien quiere y consigue a la mujer de quien sea sin importarle lo más mínimo lo que puedan pensar de él, Octavio es un burgués acomodado que necesita un buen matrimonio de conveniencia y un cargo político de cierta relevancia para cumplir sus sueños. Con dinero y posición, podrá acometer las reformas que la sociedad española necesita. Él, que ha vivido el lujo de París y conoce las sabias costumbres del pueblo galo, desea convertir España en un remedo de la sociedad francesa, que tanto admira. 

El enfrentamiento entre ambos personajes va a dejar patente quién es el perdedor. Octavio tiene que afrontar una evidencia: es un pelele en manos del cacique, a pesar de sus deseos de cambiar la sociedad. En efecto, Jarrapellejos y la realidad que éste controla y sustenta le infligen varias derrotas. La primera, de orden pragmático, cuando le explica cómo funciona la política: a base de comprar voluntades y votos, algo que cuesta un dinero del que Octavio no dispone. Otra, de orden teórico, cuando le desmonta la admiración por los productos que él ha conocido en el extranjero, como símbolo de nuestro atraso: los productos nacionales son tan excelentes como los que se exportan; una más, de carácter político, cuando Octavio acepta un arreglo en el resultado de unas elecciones que ha ganado legítimamente: don Pedro Luis, a cuyas manos han llegado las actas de las mesas electorales, le explica que lo tiene a su merced, ya que la Junta Electoral sancionará lo que él les imponga. Pero hay más derrotas: la de ver que, durante la visita del Gobernador y su séquito, el fervor popular va de parte del odioso cacique, que es quien se lleva los vítores del populacho al que exprime. Y, finalmente, una derrota aun más acusada, ésta de carácter ético, cuando Octavio se inhibe en la  injusta imputación de Cidoncha y deja que sea Jarrapellejos quien definitivamente controle al pueblo, olvidando con ello sus ilusionados propósitos políticos. La rancia España caciquil ha dejado inerme a la ilusa y débil esperanza reformadora que Octavio vagamente supuso: el mensaje no puede ser más pesimista y el análisis de Felipe Trigo adquiere un gigantesco valor documental.

Frente a estos dos personajes, la coherencia, la honestidad y la decencia de Cidoncha establecen un enérgico contraste que mide en su dimensión exacta la venalidad de los más eminentes joyenses.

Todos estos personajes se mueven en un marco en que la lucha política está más pendiente de la defensa del catecismo que de la reforma social, en que se sacan procesiones para conjurar la sequía o la plaga de langostos (sic), en que Jarrapellejos está dispuesto a pedir al obispo que incremente la nómina de los diecisiete curas que se distribuyen las parroquias del pueblo para frenar la indecencia en que se sume España (¡un corrupto de tal magnitud con remilgos morales!), o que los políticos venidos de la capital están más pendientes de la ropa de los demás que de los problemas del campo extremeño. También forman parte de la fauna joyense un cura amancebado con una mujer casada, un médico incapaz de diagnosticar un embarazo, un grupo que compone poemas y recitan arrobados a Gabriel y Galán, unos señoritos tarambanas capaces de llegar al asesinato y varios vecinos humildes y honestos que se han acostumbrado sumisamente a convivir con semejante realidad, conscientes de que no pueden oponerse.

El creciente clímax de denuncia llega al máximo cuando en La Joya se produce un doble asesinato y la interesada maledicencia lleva a un inocente a la cárcel, la tortura, el inmerecido castigo y, lo peor, a la pérdida de la confianza de los que se decían sus amigos. Solucionado el error, Jarrapellejos mandará a la horca a dos desgraciados (uno de ellos inocente) y tratará de guante blanco a los otros dos señoritos culpables.

Juan Cidoncha, en el momento en que abandona el pueblo, se vuelve y comparte con el lector una amarga reflexión: La Joya es un pudridero, un lugar infame del que cualquier persona decente tendría que huir… si fuera capaz de encontrar un lugar en el mundo que no fuera un calco exacto de la indignidad joyense. El ciclo se cierra con esta visión amarga y pesimista de la realidad social española y, por extensión, de la condición humana, cuyas lacras aparecen sabiamente construidas en esta excitante creación narrativa, llena de interés y valentía.

Sin embargo, si la urdimbre argumental resulta muy acertada, el lenguaje usado es una mezcolanza de inexpresivos hipérbatos, laísmos injustificables y verbos seguidos de pronombres enclíticos con sabor a falso arcaísmo (débese, despertóse, decíale…). La expresión resulta tosca, artificiosa y muy distinta de la habitual en los grandes de su época. Y no es por culpa de los dialectalismos con que intenta reflejar el registro inculto de los personajes populares. Es que el lenguaje no funciona ni siquiera en los momentos narrativos más eficaces. A pesar de este grave defecto estilístico, Jarrapellejos es, sin duda una gran novela que merece la pena reivindicar, especialmente en su centenario.

 

 
Alberto Granados  

 

(1) Debido a un error, la portada (no así la cubierta) de la primera edición cambió “arcádica” por “arcaica”, errata que se ha reproducido en posteriores ediciones hasta corregirse recientemente.
 
 
Bibliografía
 
MARCO, Joaquín: Felipe Trigo y su novela socialista y de clave: Jarrapellejos, en Archivum, Universidad de Oviedo, año XXIX-XXX, 1979-1980 págs. 145 y ss.
MARTÍNEZ SAN MARTÍN, Ángel: La narrativa de Felipe Trigo, CSIC, Madrid, 1983
TRIGO, Felipe: Jarrapellejos. Vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo. Edición de Carlos Fortea, Madrid, Castalia, 2004
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Un comentario el “Cien años de “Jarrapellejos”

  1. Cuando era estudiante ibamos desde Cabra a Lucena, donde un viejo republicano nos vendía y prestaba libros como Jarrapellejos y de autores como Fray Candil. Pedro Mata el mismo Felipe Trigo, Eduardo Zamacois, etc. y aquellas novelas y Cuentos que tanto nos trastornaban. Recuerdo que en mi pueblo se iba a poner la Blanca Doble, que ahora sería una obra pacata y sin embargo a mi me detuvieron (solo asustarme) y no pude ver aquella Blanca Doble que tanto me ilusionaba por las chicas que podría ver. Hasta la música tenía que ser oída a escondidas. Ahora soy un señor formal con ochenta años, y que que sufro las miserias de la clase política que nos merecemos. Así que ni me quejo de unos como no lo hago de los otros. “Pa lo que me quea que estar en el convento”….

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