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Como la sombra que se va


      El invierno pasado asistí al ciclo “Prensa y Literatura”, organizado por la Academia de las Buenas Letras de Granada y la Asociación de la Prensa. Una de sus sesiones estuvo dedicada a la faceta periodística de Muñoz Molina y, en el debate, una profesora de instituto dijo algo que tenía mucho de verdad: una buena parte de la novelística muñozmoliniana nace del sentido de culpabilidad del autor por una biografía que rompió un buen día haciendo daño a su entorno.

     Hace unas semanas, cuando apareció Como la sombra que se va, (Barcelona, Seix Barral, 2014) oí en un programa de TVE al autor explicar que en este libro intentaba conocer y entender quién había sido él mismo durante sus años de Granada al tiempo que pedir disculpas por el daño que había podido hacer. Tales asertos parecen corroborar en parte lo que la mencionada profesora expuso cuando en la fría sede de la Asociación de la Prensa se hablaba de El Robinson urbano.

     A estas alturas, más de dos meses después de la aparición del libro, los lectores de este blog seguro que conocen las generalidades de esta nueva novela de Muñoz Molina: que coexisten dos líneas argumentales, la que intenta meterse en la mente del asesino de Martin Luther King, James Earl Ray, y la que refleja una buena parte de la biografía del autor, desde que durante las navidades de 1987 viaja a la capital portuguesa para ambientar la novela El invierno en Lisboa hasta el momento actual. También sabrán mis lectores que en esta segunda trama el autor de Úbeda hace un verdadero ejercicio de sinceridad descarnada y comparte con el público su más escondida intimidad. No escatima sinceridad, ni siquiera en aquellas confidencias que más pueden dañar su imagen, en aquellos pasajes en que se muestra como un adolescente tardío, un hombre que, sin saber cómo, está casado y espera su segundo hijo, realidad que lo abruma y confunde.

     Quienes participamos regularmente en su web hemos conocido algunas pinceladas de la gestación de la novela. En la sección “Escrito en un instante” de su web ha ido contando la excitación que le producía su por entonces inminente viaje a Memphis, su diálogo con un taxista, la llegada a la ciudad, las imágenes que su mujer tomó del escenario en que murió King… Han sido anticipaciones desgranadas a lo largo de varias semanas que no anulan en absoluto la complacencia de leer estos capítulos de la novela. Un personaje casi vacío, perdedor desde la infancia, que pasa varios días en Lisboa leyendo la prensa norteamericana para ver en qué punto del escalafón de asesinos se encuentra, que piensa una y otra vez en qué le va a deparar el destino, que gasta su tiempo en tomar cafés e ir a los burdeles más baratos, obsesionado por el hecho de que se le agota el dinero … todo ello contado con una morosidad, con un ritmo narrativo deliberadamente lento, para llenar el vacío del personaje, sin duda magníficamente construido.

 

 

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     La otra trama nos cuenta la metamorfosis del autor, que pasa de su vida anterior en Granada a su realidad actual rompiendo mil dolorosas placentas, dejando atrás una vida y una familia para iniciar su nueva singladura (sospecho que esta palabra me ha llegado al subconsciente a través de su personaje Lorencito Quesada), donde se sentirá más maduro, más libre y más seguro. Donde también obtendrá la consagración definitiva.

     Muñoz Molina siempre ha participado de esa actual corriente narrativa que ha dado en llamarse autoficción, en la que autores como Paul Auster o Philip Roth llevan años incidiendo. De hecho, su realidad biográfica ha estado siempre presente en su obra, especialmente en novelas tales como El jinete polaco o El viento de la Luna; en su visión del ámbito militar (Ardor guerrero); en cuentos dispersos, especialmente en Entre todas las mujeres, Nada del otro mundo o en su relato Olympia (incluido en Sefarad). También ha contado parte de su vida personal en un libro inédito, Bajo la luz tranquila de Granada, del que sólo conozco un fragmento que apareció en la revista Sin Embargo. A toda esta obra autoficticia hay que añadir ahora la nueva novela, en que no escatima la confidencia, incluso descendiendo a detalles personalísimos que yo hubiera preferido no conocer jamás.  

     He dicho en este blog que una de las facetas que más me interesan de Muñoz Molina es su sabia reflexión ética, de la que siempre he aprendido. Al leer la parte autobiográfica contenida en Como la sombra que se va el mito se me desvanece en parte, a la vez que, contradictoriamente, se me refuerza por su honesta sinceridad. No necesitaba mostrar sus llagas ni sus lectores necesitamos saber sus miserias, pero en tiempos en que los personajes públicos tratan de maquillar su cualidad de corruptos, sus engañifas demagógicas o sus fortunas en paraísos fiscales, la sinceridad es un valor que se agradece. Aunque en este caso, donde media un sincero afecto, una admiración de casi treinta años y una larga participación en su web, yo habría preferido ignorar ciertos aspectos de su biografía íntima.

     Hay un aspecto del libro que deseo comentar: creo que Como la sombra que se va está formado por dos libros perfectamente independientes. Dos magníficos libros, por cierto. Sin embargo, al intentar la simbiosis de ambas tramas, queda en el aire la sensación de que falla el factor común que tendría que hacer de pegamento entre ambos materiales. El hecho de que James Earl Ray y Muñoz Molina hayan estado en Lisboa no tiene la suficiente entidad como para servir de nexo entre las dos biografías y queda como un elemento artificioso y poco creíble, traído al vuelo sin demasiada consistencia. Creo que ambas novelas funcionarían mucho mejor como realidades autónomas (una destinada al público norteamericano y la otra a sus seguidores del ámbito hispánico) que como el maridaje en que ha aparecido, que en mi opinión no termina de funcionar.

     Desde luego, yo me quedo con la parte que me acerca al autor, a sus contradicciones y defectos, a aquello que lo convierte en un ser humano, demasiado humano, a la vez que un excelente novelista. Y mientras, espero su próxima novela.

 

Alberto Granados

 

Otros enlaces que tal vez puedan resultar atractivos:

http://antoniomuñozmolina.es/2011/07/2452/

http://antoniomuñozmolina.es/2012/01/cuento-triste-de-navidad-por-alberto-granados/

http://antoniomuñozmolina.es/2012/09/kafka-por-alberto-granados/

http://antoniomuñozmolina.es/2013/12/la-copa-del-viajero-por-alberto-granados/

http://antoniomuñozmolina.es/2013/07/la-vela-de-la-virgen-por-alberto-granados/

https://albertogranados.wordpress.com/2013/04/10/todo-lo-que-era-solido/

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11 comentarios el “Como la sombra que se va

  1. Enhorabuena por tu texto.
    Efectivamente, gran parte d la obra de Antonio Muñoz Molina lleva impresa su biografía, y en ésta concretamente confiesa sus culpas, sin esconderse detrás de un personaje, lo hace a pecho desubierto directamente, pero lo hace alternando capitulos con un personaje,muy bien presentado, como es habitual en él, pero, para mi gusto carente de atractivo alguno.
    Reconozco que a mi me parece el mejor escritor en lengua castellana actual, en éste libro no ha conseguido engancharme como lectora, no me gusta la historia del asesino, y su historia prefiero que me la cuente endosándosela a cualquier personaje de ficción, al que le pasen más cosas o tenga una vida interesante.
    Esto te lo escribo sin haber terminado de leer el libro, que si lo termino, será por el respeto y la admiración que le tengo y por agradecimiento por sus otras novelas.
    Esto es lo que yo pienso.

    • Coco, gracias por tu comentario. La novela, sencillamente, no llega a la magia de Beatus ille, El jinete polaco o La noche de los tiempos. Supongo que un escritor no puede estar siempre a una altura gigantesca.
      Eso no quita para que, al igual que tú, yo ejerza de muñozmoliniano de lunes a domingo en sesiones de 24 horas.
      Cuídate mucho. Un abrazo,

      AG

  2. Alberto, como siempre magnIfica la reseña y el comentario. Un abrazo

  3. Esperé este libro de Muñoz Molina, como todos los suyos, casi como loa adolecentes esperaban la aparición de los de Harry Potter. Una vez que lo tuve, en cuanto salió, empecé a leerlo. He de confesar que ha sido el único que tardado en leer más de una semana. Los motivos, Alberto, los has escrito tú mucho mejor que lo hubiera hecho yo misma. Te felicito por tu análisis.

    • Pilar, no sabes cómo me alegro de que aparezcas por este agonizante blog. Te agradezco tu benévola crítica a la reseña y te recomiendo que pinches los enlaces, si es que te han pasado desapercibidos.
      Y los relatos.
      Que no sea la última aparición en esta casa, que deberías enriquecer con tus aportaciones.
      Y es cierto que en el debatillo de después de tu conferencia pasamos un “ratico” muy agradable hablando de esa pasión común que es el muñozmolinismo.
      Un saludo,

      AG

      • He leído “La copa del viajero”: intenso y delicado al mismo tiempo; muy bien construido en su brevedad, justa como un mecanismo en el que ni sobra ni falta nada. Muy bueno, un auténtico ejemplo antológico de este género por el que tengo predilección.
        Seguiré leyendo los otros enlaces.
        Saludos.

  4. .
    Muy buena reseña, Alberto.

    A mí, la novela de Antonio me gustó mucho y me interesó otro tanto… hasta la mitad. A partir de ahí y salvo flashes puntuales (como la descripción de Memphis desolada), a la historia se le acabó la gasolina (James Earl Ray no da para mucho) y las reiteraciones me aburrieron.

    🙂

    • Sap, a mí también me deja frío el magnicida, tan ajeno a mi cultura y tan lejano. Creo que el personaje literario, sin embargo, tiene una solidez técnica impecable.
      Y hay capítulos apasionantes ya casi al final: el del último instante de introspección y de vida mientras Martin Luther King fuma un cigarrillo en la terraza, a pocos metros del punto de mira del rifle que lo va a matar, me ha parecido antológico.

      Gracias por tu presencia y comentario. Un abrazo,

      AG

  5. Se me pasó esta entrada y no la he leído hasta hoy, cuando ya he leído el libro, lo que no la hace menos interesante. Un abrazo, Alberto. Y gracias.

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