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Juan de Mairena


 

 

 

La figura de Antonio Machado me ha resultado muy atractiva desde mi primera juventud y este universo de los blogs me ha brindado la oportunidad de tratar del poeta en varias ocasiones, especialmente en la fecha del 22 de febrero, aniversario de su muerte. Empecé por seleccionar unos poemas suyos en 2009, cuando un grupo de blogueros decidimos llenar de poesía los miércoles en algo que se llamó “cuaversos de bitácora”. Pocos días después, inserté un relato llamado La agonía del hombre bueno.

En 2010, aún en mi viejo blog, seleccioné una serie de anotaciones que había hecho en párrafos de textos machadianos en un intento de sintetizar su pensamiento político. Ya en mi blog actual, puse una crónica del homenaje que se le hizo en Baeza, ya en plena democracia, pues el anterior intento fue duramente reprimido.

No vuelvo a encontrar entradas machadianas hasta 2013 (me consta que las hay, pero los índices de mis blogs deben de estar incompletos), en que recojo poemas dedicados a don Antonio y una extraña curiosidad: tres poemas en inglés.

Finalmente, el año pasado le tocó el turno a un relato, La mujer que leía a Machado, que me gustó mucho y que dediqué al poeta Rafael Guillén, quien me hizo una generosa crítica.

Este año he rebuscado en Juan de Mairena y he seleccionado veinte textos que me han gustado y que he ido señalando durante años. Confieso que me he dejado llevar por las señales a lápiz que he ido haciendo en mis relecturas de este aforístico libro (Macrí llama a estos breves párrafos “filosofemas”), sin seguir  criterio alguno: sencillamente, en algún momento me han gustado.

 

 

 

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Cada texto lleva la referencia (sección y página) al segundo volumen de las obras completas editadas por Oreste Macrí (Madrid, Espasa-Calpe /  Fundación Antonio Machado, 1989).

 

Estos son los textos seleccionados:

 

 

 

1

 

La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.

Agamenón. – Conforme.

Su porquero. – No me convence.

[I, pág. 1909]

 

 

 

2

 

La blasfemia forma parte de la religión popular. Desconfiad de un pueblo donde no se blasfema: lo popular allí es el ateísmo. Prohibir la blasfemia con leyes punitivas, más o menos severas, es envenenar el corazón del  pueblo, obligándole a ser insincero en su diálogo con la divinidad. Dios, que lee en los corazones, ¿Se dejará engañar? Antes perdona Él –no lo dudéis– la blasfemia proferida que aquella otra hipócritamente guardada en el fondo del alma o, más hipócritamente todavía, trocada en oración.

[I, pág. 1911]

 

 

 

3

 

La vida de provincias -decía mi maestro, que nunca tuvo la superstición de la corte- es una copia descolorida de la vida madrileña; es esta misma vida, vista en uno de esos espejos de café provinciano, enturbiados por muchas generaciones de moscas. Con un estropajo y un poco de lejía… estamos en la Puerta del Sol.

[II, pág. 1914]

 

 

 

4

 

Nuestro amor a Dios -decía Spinoza- es una parte del amor con que Dios se ama a sí mismo. «Lo que Dios se habrá reído –decía mi maestro- con esta graciosa y gedeónica reducción al absurdo del concepto del amor». Los filósofos son los bufones de la divinidad.

[II, pág. 1917]

 

 

 

5

 

La libertad, señores (habla Mairena a sus alumnos), es un problema metafísico. Hay, además, el liberalismo, una invención de los ingleses, gran pueblo de marinos, boxeadores e ironistas.

[III, pág. 1919]

 

 

 

6

 

-Dadme cretinos optimistas –decía un político a Juan de Mairena-, porque ya estoy hasta los pelos del pesimismo de nuestros sabios. Sin optimistas no vamos a ninguna parte.

-¿Y qué diría usted de un optimismo con sentido común?

-¡Ah, miel sobre hojuelas! Pero ya sabe usted lo difícil que es eso, amigo Mairena.

[III, pág. 1920]

 

 

 

7

 

Y a los arbitristas y reformadores de oficio convendría advertirles:

Primero. Que muchas cosas que están mal por fuera están bien por dentro.

Segundo. Que lo contrario es también frecuente.

Tercero. Que no basta mover para renovar.

Cuarto. Que no basta renovar para mejorar.

Quinto. Que no hay nada que sea absolutamente inempeorable.

[III, pág. 1921]

 

 

 

8

 

Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Sólo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España, y nunca descubre nada bueno. La verdad es que no lo busca ni lo desea.

Esto no quiere decir que la crítica malévola no coincida más de una vez con el fracaso de una intención artística. ¡Cuántas veces hemos visto una comedia mala sañudamente lapidada por una crítica mucho peor que la comedia!… ¿Ha comprendido usted, señor Martínez?

Martínez.-Creo que sí.

Mairena.-¿Podría usted resumir lo dicho en pocas palabras?

Martínez.-Que no conviene confundir la crítica con las malas tripas.

Mairena.-Exactamente.

[IV, pág. 1925]

 

 

 

9

 

Sed modestos: yo os aconsejo la modestia, o, por mejor decir: yo os aconsejo un orgullo modesto, que es lo español y lo cristiano. Recordad el proverbio de Castilla : «Nadie es más que nadie». Esto quiere decir cuánto es difícil aventajarse a todos, porque, por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre.

Así hablaba Mairena a sus discípulos. Y añadía: ¿Comprendéis ahora por qué los grandes hombres solemos ser modestos?

[VI, pág. 1932]

 

 

 

10

 

No os empeñéis en corregirlo todo. Tened un poco el valor de vuestros defectos. Porque hay defectos que son olvidos, negligencias, pequeños errores que son fáciles de enmendar y deben enmendarse; otros son limitaciones, imposibilidades de ir más allá y que la vanidad os llevará a ocultarlos. Y eso es peor que jactarse de ellos.

[XII, pág. 1958]

 

 

 

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11

 

(Sobre el Carnaval)

 

Se dice que el Carnaval es una fiesta llamada a desaparecer. Lo que se ve -decía Mairena- es que el pueblo, siempre que se regocija, hace Carnaval. De modo que lo carnavalesco, que es lo específicamente popular de toda fiesta, no lleva trazas de acabarse. Y desde un punto de vista más aristocrático, tampoco el Carnaval desaparece. Porque lo esencial carnavalesco no es ponerse careta, sino quitarse la cara. Y no hay nadie tan avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez.

[XVII, pág. 1977]

 

 

 

 

12

 

Decía mi maestro: Pensar es deambular de calle en calleja, de calleja en callejón, hasta dar en un callejón sin salida. Llegados a este callejón pensamos que la gracia estaría en salir de él. Y entonces es cuando se busca la puerta al campo.

[XVIII, pág. 1978]

 

 

 

13

 

De la muerte decía Epicuro que es algo que no debemos temer, porque “mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Con este razonamiento, verdaderamente aplastante —decía Mairena—, pensamos saltarnos la muerte a la torera, con helénica agilidad de pensamiento. Sin embargo —el “sin embargo” de Mairena era siempre la nota del bordón de la guitarra de sus reflexiones—, eso de saltarse la muerte a la torera no es tan fácil como parece, ni aun con la ayuda de Epicuro, porque en todo salto propiamente dicho, la muerte salta con nosotros. Y esto lo saben los toreros mejor que nadie.

[XXIII, pág. 2001]

 

 

 

14

 

(El oyente)

El oyente de la clase de Retórica, en quien Mairena sospechaba un futuro taquígrafo del Congreso, era, en verdad, un oyente, todo un oyente, que no siempre tomaba notas, pero que siempre escuchaba con atención, ceñuda unas veces, otras sonriente. Mairena los miraba con simpatía no exenta de respeto, y nunca se atrevía a preguntarle . Sólo una vez, después de interrogar a varios alumnos, sin obtener respuesta satisfactoria, señaló hacia él con el dedo índice, mientras pretendía en vano recordar su nombre.

-Usted…

-Joaquín García, oyente.

-Ah, usted perdone

-De nada

Mairena tuvo que atajar severamente la algazara burlona que este breve diálogo promovió entre los alumnos de la clase.

No hay motivo de risa, amigos míos; de burla, mucho menos. Es cierto que yo no distingo entre alumnos oficiales y libres, matriculados y no matriculados; cierto es también que en esta clase, sin tarima para el profesor ni cátedra propiamente dicha –Mairena no solía sentarse o lo hacía sobre la mesa-, todos dialogamos a la manera socrática; que muchas veces charlamos como buenos amigos, y hasta alguna vez discutimos acaloradamente. Todo esto está muy bien. Conviene, sin embargo, que alguien escuche. Continúe usted, señor García, cultivando esa especialidad.

[XXVI, pág. 2019]

 

 

 

15

 

Cuando un hombre algo reflexivo –decía mi maestro- se mira por dentro, comprende la absoluta imposibilidad de ser juzgado con mediano acierto por quienes lo miran por fuera, que son todos los demás, y la imposibilidad en que él se encuentra de decir cosas de provecho cuando pretende juzgar a su vecino. Y lo terrible es que las palabras se han hecho para juzgarnos unos a otros.

[XXVIII, pág. 2022]

 

 

 

16

De la vejez poco he de deciros, porque no creo haberla alcanzado todavía. Noto, sin embargo, que mi cuerpo se va poniendo en ridículo; y esto es la vejez para la mayoría de los hombres. Os confieso que no me hace maldita la gracia.

[XXIX, pág. 2024]

 

 

 

17

De los Diarios íntimos decía mi maestro que nada le parecía más menos íntimo que esos diarios.

[XXXII, pág. 2036]

 

 

 

18

¿Conservadores? Muy bien –decía Mairena–. Siempre que no lo entendamos a la manera de aquel sarnoso que se emperraba en conservar, no la salud, sino la sarna.

Porque este es el problema del conservadurismo -¿qué es lo que hay que conservar?-, que sólo se plantean los más inteligentes- ¡Esos buenos conservadores a quienes siempre lapidan sus correligionarios, y sin los cuales todas las revoluciones pasarían sin dejar rastro!

[XXXIII, pág. 2041]

 

 

 

19

 

De todas las máquinas que ha construido el hombre, la más interesante es, a mi juicio, el reloj, artefacto específicamente humano, que la mera animalidad no hubiera inventado nunca. El llamado homo faber no sería realmente homo, si no hubiera fabricado relojes. Y, en verdad, tampoco importa mucho que los fabrique; basta con que los use; menos todavía: basta con que los necesite. Porque el hombre es el animal que mide su tiempo.

[XL, pág. 2082]

 

 

 

20

 

Sobre la Pedagogía decía Juan de Mairena en sus momentos de mal humor: «Un pedagogo hubo: se llamaba Herodes».

[XLV, pág. 2101]

 

 

Humor socarrón, sabiduría, ternura, ironía… ¿Se nota mi entusiasmo machadiano? El año que viene, más.

 

 

Alberto Granados

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