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Distintas formas de mirar el agua


     García Márquez consagró una técnica literaria que ya estaba presente en El Quijote, en La Colmena de Cela, en Larra… pero que él elevó en su Crónica de una muerte anunciada a verdadera categoría narrativa, a inequívoco paradigma: el perspectivismo. En efecto, la mil veces previsible y anunciada muerte de Santiago Nasar se nos cuenta a través de distintos puntos de vista o perspectivas y es el lector quien deberá armar el conjunto para obtener la suma de los detalles y obtener la visión global de la trama. El proceso podría parecerse a las diversas capas cromáticas que un pintor le imprime a una tela para obtener la textura definitiva, la composición y la tonalidad exactas.

 

 

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     Esta es, en síntesis, la esencia de la última novela de Julio Llamazares: Distintas formas de mirar el agua (Editorial Alfaguara, Barcelona, 2015), en la que diecisiete personajes pertenecientes a tres generaciones una misma familia se cuentan a sí mismos los últimos sesenta años de historia familiar. Eso quiere decir que las diecisiete introspecciones mostrarán al lector los recuerdos que perviven tenaces, las anécdotas mil veces repetidas que van adquiriendo textura mitológica, los muchos lugares comunes y los muchos sentimientos mezclados de afecto, de rencores viejos, de reconcomios y cicatrices. Es lo que confiere a una familia sus señas de identidad, sus valores totémicos, su entidad.

     El origen de la novela es un hecho real acaecido en los años sesenta: la construcción del embalse del  río Porma, en la provincia de León. Tras el proceso administrativo de expropiación, la presa fue levantándose ante los ojos de los habitantes de una serie de pequeños pueblos que intuían la sangrante paradoja de que el progreso les llegaba para condenarlos al desarraigo y al éxodo. El embalse, construido por el ingeniero y escritor Juan Benet, se inauguró en 1968 y dejó bajo las aguas una zona boscosa donde se habían asentado hasta entonces varios pueblos. Domingo y Virginia, los abuelos de la novela, junto a sus cuatro hijos, aún pequeños, tendrán que dejar atrás y para siempre un paisaje, una historia, unos muertos, unos afanes, un modo de vida… para asentarse en un indeterminado lugar de la Tierra de Campos, en Palencia, y poner en marcha una andadura distinta para la que les faltarán referentes.

 

 

Embalse del Porma. Imagen obtenida de pueblos-espana.org

Embalse del Porma. Imagen obtenida de pueblos-espana.org

 

 

 

     En la novela, leeremos diecisiete veces la misma historia, pero con la variedad de enfoque, de época y de posición que determina en cada caso la posición de cada narrador en el árbol genealógico del grupo. La viuda, los cuatro hijos, yernos, nueras, nietos e incluso la novia italiana de uno de estos reflexionan para sí mismos sobre el hombre cuyas cenizas van a aventar sobre las aguas de un pantano que hace décadas anegó el valle donde se asentaba Ferreres, el pueblo leonés del que proceden los abuelos y los hijos (no así los nietos, nacidos ya después del obligado éxodo). El paso del tiempo, la diferencia de percepción histórica, los diferentes grados de implicación familiar, la distancia impuesta por las circunstancias vitales de cada uno… hacen que las diecisiete reflexiones se superpongan formando con ello un riquísimo cuadro, realista, tierno, rebosante de humanidad y lleno de matices.

     La novela aparece construida a base de monólogos interiores, aunque perfectamente construidos desde el punto de vista sintáctico y orto-tipográfico. No se trata, pues, de los flujos caóticos de conciencia, sino de un reposado ejercicio de reflexión que todos desarrollan mientras avanzan por la ladera hasta el punto exacto donde se encuentra sumergido el pueblo, esa Ítaca a la que ahora vuelve el patriarca convertido en cenizas. La primera reflexión es la de Virginia, la octogenaria viuda de Domingo, que adentra al lector en la historia. Le irán siguiendo los demás personajes, quienes repiten la misma trama añadiendo siempre un matiz diferente. Si los personajes mayores aceptaron el sentido patriarcal de las decisiones del difunto, Virginia nieta, apenas una adolescente, ve una incomprensible sumisión en su madre, tía y abuela a las arbitrariedades del sexismo del difunto. Hay quien reviste la historia de trascendencia intelectual y hay quien acude al entierro forzado por las circunstancias. Cada personaje, apenas esbozado en capítulos muy breves, adquiere una eficaz solidez en su individualidad y dentro del conjunto al entrecruzarse las referencias: visión clásica de la familia frente a visión actualizada por parte de los jóvenes; mundo rural frente a mundo urbano; agnosticismo frente a concepción religiosa de la vida, o incluso animista y panteísta (Agustín, el hijo solitario y un poco retrasado, nos sorprende en el último capítulo con una concepción insólita de la familia); vejez frente a juventud… Uno de los nietos, Ingeniero de Caminos de profesión, llega a plantearse la gravedad que puede llegar a entrañar su actividad al recordar la frustración que el pantano ha generado en los suyos, en tanto que Maria Rosaria establece semejanzas y diferencias entre su abuela, criada en el italiano Valle de Aosta, y el abuelo de su novio, al que ni siquiera ha llegado a conocer… Toda una extensa variedad de planteamientos ante el hecho de la muerte y una convicción unánime: el abuelo Domingo fue siempre un hombre honesto, trabajador abnegado, cariñoso a su tosca manera y todos lo querían y admiraban, hasta el punto de que, desde su ausencia, se convierte en el verdadero protagonista, una paradoja que me recuerda a Pepe el Romano, el ausente pero omnipresente personaje de La casa de Bernarda Alba, curiosamente inexistente en la acción dramática de la obra lorquiana.

 

 

Julio Llamazares. Imagen obtenida de heraldo.es

Julio Llamazares. Imagen obtenida de heraldo.es

 

    Una vez más, Llamazares enfrenta a un hombre con la Naturaleza. Lo que en Luna de Lobos era el maquis acosado y escondido en una durísima naturaleza hostil o era el último poblador de una aldea pirenaica en La lluvia amarilla, aquí es la resistencia al olvido, el rencor enquistado, la secreta añoranza por una naturaleza definitivamente perdida bajo las aguas en que reposarán los restos de ese hombre que ha permanecido solo desde que perdió sus raíces.

     Sorprende la brillantez y la riqueza narrativas que Llamazares consigue con el efecto reiterativo. Podría esperarse que este planteamiento produjera cansancio en el lector, pero el autor demuestra un perfecto dominio de la situación, de la técnica y de los resortes del relato. Crea una magistral atmósfera intimista y evocadora, así como una interesante variedad de personajes. Todo ello me impulsa a centrarme de nuevo en Llamazares, del que sólo he leído cuatro obras (las mencionadas y un libro de relatos llamado Tanta pasión para nada), situación que tendré que ir corrigiendo con nuevas lecturas de este autor, que considero grande entre los grandes.

 

Alberto Granados

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4 comentarios el “Distintas formas de mirar el agua

  1. Gracias Alberto.Dan ganas de leerlo ya¡ Lo incluyo en mi lista de lecturas pendientes. Abrazos azules

  2. Magnífico texto que induce a “mirar el agua” en primera persona. Eres un auténtico maestro de la reseña, Alberto. Claro, preciso y ameno. Un abrazo.

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