Deja un comentario

El libro de los abrazos


 

 

 

      Leí mucho a Eduardo Galeano cuando en los setenta compraba la desaparecida revista Triunfo. Me pareció siempre un magnífico articulista, incisivo, con un gran sentido del humor y una visión de izquierdas muy próxima a la mía. Eran unos años de una acusada efervescencia política, que nos hacía desear la democracia, tanto aquí, como en países golpistas del cono Sur (Uruguay, la Argentina, Chile, etc.), tan manchados de ignominia y de sangre como nosotros. Nos interesaba todo lo de nuestros hermanos latinoamericanos: su espectacular música popular, sus noticias siempre llenas de crueldad, su geografía y su deslumbrante literatura. Después Triunfo cerró en los primeros años ochenta y perdí el contacto con Galeano hasta el pasado año, en que compré un ameno libro de brevísimas historias, casi aforísticas, y siempre repletas de ingenio: Mujeres (Madrid, S. XXI España, 2015).

 

 

Eduardo Galeano. Imagen de diariodecultura.com.ar

Eduardo Galeano. Imagen de diariodecultura.com.ar

 

      En realidad, dicho libro es una selección de textos de otros títulos, tal vez hilvanados artificial y oportunamente a la muerte del autor, apenas unas semanas antes de la Feria del Libro. Un apartado de dicha obra advierte de la procedencia de los textos que incluye un total de siete títulos escritos entre 1979 y 2012. Uno de ellos, El libro de los abrazos (1989), es el último que he terminado. Me ha parecido lleno de sugerencias (al leer sus textos me daba la sensación de que me brotaban ideas para relatos), tierno, terrible, crítico, cínico, poético, ingenioso…

 

 

Portada

Portada

 

 

      En el momento de despedirme del libro (qué pena da siempre dejar un buen libro, tal vez para siempre, aunque con la posibilidad de una eventual relectura), decidí traer a mi casi abandonada categoría Antología de este blog algunas de sus historias.

      Empezaré por una serie llamada Dicen las paredes, que recoge pintadas que, supuestamente, él ha visto en distintos puntos del planeta. Después seguirán otros textos de distintas categorías.

 

 

 

Dicen las paredes/1 (pág. 60)

 

 

En el sector infantil de la Feria del Libro de Bogotá:

El locóptero es muy veloz, pero muy lento.

En la Rambla de Montevideo, frente al río-mar:

Un hombre alado prefiere la noche.

A la salida de Santiago de Cuba:

Cómo gasto paredes recordándote.

Y en las alturas de Valparaíso:

Yo nos amo.

***

 

el-libro-de-los-abrazos-eduardo-galeano

 

 

Dicen las paredes/2 (pág. 74)

 

En Buenos Aires, en la puerta de La Boca:

Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.

En Caracas, en tiempos de crisis, a la entrada de uno de los barrios más pobres:

Dios vive.

Y debajo, con otra letra:

De puro milagro.

Y también en Bogotá:

¡Proletarios de todo el mundo uníos!

Y debajo, con otra letra:

(Último aviso)

***

Dicen las paredes/3 (pág. 124)

En Montevideo, en el Brazo Oriental:

Estamos aquí sentados, mirando cómo nos matan los sueños.

Y en la escollera, frene al puerto montevideano del Buceo:

Mojarra viejo: no se puede vivir con miedo toda la vida.

En letras rojas, a lo largo de toda una cuadra de la Avenida Colón, en Quito:

¿Y si entre todos le damos una patada a esta gran burbuja gris?

 

***

 

 

Dicen las paredes/4 (pág. 161)

En pleno centro de Medellín:

La letra con sangre entra.

Y abajo, firmado:

Sicario alfabetizador.

En la ciudad uruguaya de Melo:

Ayude a la policía: Tortúrese.

En un muro de Masatepe, en Nicaragua, poco después de la caída de la Dictadura de Somoza:

Se morirán de nostalgia, pero no volverán.

***

Dicen las paredes/5 (pág. 168)

En la Facultad de Ciencias Económicas, en Montevideo:

La droga produce amnesia y otras cosas que no recuerdo.

En Santiago de Chile, a orillas del río Mapocho:

Bienaventurados los borrachos porque ellos verán a Dios dos veces.

En Buenos Aires, en el Barrio de Flores:

Una novia sin tetas más que novia es un amigo.

l-libro-de-los-abrazos-63-638

***

        La noche/2 (pág. 68)

        Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

***

        La función del arte/2 (pág. 20)

El pastor Miguel Brun me contó que hace algunos años estuvo con los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía prestigio de muy sabio. El cacique, un gordo quieto y callado, escuchó sin pestañear la propaganda religiosa que le leyeron en lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se quedaron esperando.

El cacique se tomó su tiempo. Después opinó:

-Eso rasca, y rasca mucho y rasca bien.

Y sentenció:

-Pero rasca donde no pica.

***

El arte para los niños (28)

Ella estaba sentada en una silla alta, ante un plato de sopa que le llegaba a la altura de los ojos. Tenía la nariz fruncida y los dientes apretados y los brazos cruzados. La madre pidió auxilio:

—Cuéntale un cuento, Onelio —pidió—. Cuéntale, tú que eres escritor.

Y Onelio Jorge Cardoso, esgrimiendo una cucharada de sopa, comenzó su relato:

—Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. La pajarita tenía el piquito cerradito, cerradito, y la mamita le decía: ¨Te vas a quedar enanita, pajarita, si no comes la comidita¨. Pero la pajarita no hacía caso a la mamita y no abría su piquito…

Y entonces la niña lo interrumpió:

—Qué pajarita de mierdita —opinó.

 

 

 

***

Nochebuena (pág 51)

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

-Decile a… -susurró el niño- Decile a alguien, que yo estoy aquí.

***

       El sistema/1 (pág. 97)

 

 

Los funcionarios no funcionan.

Los políticos hablan pero no dicen.

Los votantes votan pero no eligen.

Los medios de información desinforman.

Los centros de enseñanza enseñan a ignorar.

Los jueces condenan a las víctimas.

Los militares están en guerra contra sus propios compatriotas.

Los policías no combaten el crimen, porque están ocupados en cometerlos.

Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan.

Es más libre el dinero que la gente.

La gente está al servicio de las cosas.

 

 

 

Diez brevísimas maravillas para esta Antología, a la que no volvía desde hace mucho tiempo.

Alberto Granados

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: