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Antonio César Morón escribe novela negra


 

 

        La novela negra, si es que alguna vez llegó a languidecer como género, está resurgiendo con una fuerza  indudable. Hemos pasado de leer a los clásicos (Dasiel Hammet, George Simenon, Agatha Christie…) a una generación intermedia (Vázquez Montalbán, Manuel de Pedrolo, Juan Madrid…) para llegar hasta este momento en que la antiguamente llamada novela policiaca ha roto fronteras llenando todo un espacio lector cada vez más amplio. Ahí está el fenómeno de la saga Millenium de hace unos años y la irrupción de figuras como Donna León, Hennin Mankell, Lorenzo Silva o Andrea Camilleri, vertidos a muchos idiomas y que han conseguido trascender la novela negra de su teórica posición de  subgénero a todo un fenómeno socio-literario.

       Granada también cuenta con autores que se han adentrado en las convenciones del género negro (José Luis Gastón Morata, Alfonso Salazar, Carlos Ballesta, Justo Navarro…). Ahora se suma a esta corriente el profesor universitario Antonio César Morón con una novela negra y granadina por los cuatro costados: Mientras las limusinas esperan en la calle (Editorial Nazarí, Octubre de 2016).

 

 

 

 

Antonio César Morón en el lugar del primer crimen (Foto por cortesía de Antonio Arenas)

Antonio César Morón en el lugar del primer crimen (Foto por cortesía de Antonio Arenas)

 

       Morón construye una potente intriga en la que el detective Emilio Irene, avisado por Nadia Espinosa, una abogada especializada en divorcios, encuentra en los túneles del metro ligero los restos del descuartizado cadáver de Cipriano Reixi, un empresario tan omnipotente como corrupto. A partir de ahí se producen nuevos ataques, que acaban con la vida de un juez y serias heridas intimidatorias al abogado de Reixi. La complicidad establecida inicialmente entre detective y abogada se irá volviendo desconfianza e incluso llega al sentimiento de haber sido traicionados a medida que van apareciendo nuevos datos y otros crímenes, lo que obliga a intervenir a la policía. Es el momento central de la novela, en que la intriga se abre en varios frentes y el lector desea llegar a la última página para que su angustia quede definitivamente liberada. Y es que el lector se sentirá atrapado por unas interrogantes que, aun desvelado inmediatamente el asesino (alguien que se hace llamar Dr. Acrílico), le provocan la urgente necesidad de conocer la verdadera identidad que tan estrambótico seudónimo oculta y, sobre todo, las motivaciones. Estas, en la lógica de la novela negra, han de ser muy trascendentes para llegar a tanta violencia. Pero el lector solo conocerá esa identidad, los motivos y los peligrosos planes inmediatos, que aparecen abiertos a mil posibilidades mientras la trama avanza, cuando lleve muy avanzada la novela y haya aparecido algún muerto más. Y es que el asesino pretende, como un Quijote más, castigar el abuso del poder, la podredumbre de la política, la enorme brecha entre las palabras huecas de los discursos electorales y la realidad de la práctica corrupta. Es evidente que la realidad cotidiana de España, país generador de la picaresca, da para la aparición de justicieros que, al estilo del enmascarado de V de vendetta, se salten los límites de la ley y se tomen la justicia por su mano, como ocurre en esta novela, en la que se puede esperar de todo, con una espera tensa, perpleja y llena de esa angustia que Hitchcock llamó suspense.

       Morón no falla en este aspecto y los diversos personajes, situaciones y localizaciones funcionan narrativamente como un mecanismo perfectamente ajustado que no defraudará al lector. Las localizaciones (locales nocturnos, paisajes urbanos, urbanizaciones y hasta la propia comisaría de la Palmilla) suponen, por su inmediata cotidianeidad, un aliciente añadido para el lector local.

 

 

 

Mientras las limusinas esperan en la calle - cubierta 23-09-2016

 

 

 

       Además, el autor nos regala otro elemento: no solo hay una trama criminal, sino que en el libro aparece un jugueteo con algunos mitos de los setenta. En efecto, el lector asistirá a un encuentro cargado de erotismo entre Janis Joplin y Leonard Cohen. Tras saciarse de sexo, este empieza a ensayar unos acordes de guitarra, embrión de su popular canción Chelsea Hotel. La chica le asegura que le gustan los hombres guapos y él no lo es, de la misma forma que ella misma tampoco. No obstante, ha buscado su contacto, le dice, porque ambos tienen una cosa en común: poseen la música, algo que los aproxima. Cuando Janis Joplin se va a grabar una sesión de estudio, Cohen permanece esperándola y escribiendo la canción, en la que le dice un cínico: “Te necesito. No te necesito”. No vuelven a verse, por lo que tras la muerte de la Joplin el canadiense quedará con una eterna duda sobre la relación, efímera pero intensa, que mantuvo con ella.

       Si la otra trama comporta toda esa realidad negra propia del género, la trama de los cantantes supone el contrapunto poético, generoso, amatorio, lleno de las eternas dudas del amor y de desesperanzadas expectativas, lo que supone una perfecta simbiosis de términos antitéticos que Morón maneja con gran habilidad. La reciente muerte de Leonard Cohen (el pasado 7 de Noviembre, cuando la novela ya estaba en la calle) añade al texto la cualidad de un impremeditado homenaje a su estilo, su carisma y, sobre todo, a su música. No en vano, Cohen tiene una participación activa en la novela, en la que figura como personaje.

       El desenlace llevará a los protagonistas granadinos ni más ni menos que al mismo Chelsea Hotel neoyorquino, el mismo en que Janis Joplin y Leonard Cohen vivieron su tórrida tarde de sexo y dudas, el mismo de donde la chica salió para ir a una grabación en estudio en una limusina que la esperaba en la calle, de donde procede el título.

       La novela abarca los elementos propios del género negro: crímenes, malvados, ocultaciones, verdades siempre a medias, circunstancias reservadas para la conciencia del lector como esos ases en la manga que se reserva el tahúr, amores tempestuosos, chicas actuales liberadas de prejuicios y con absoluto conocimiento del efecto erótico que provocan… Pero también la fragilidad del ser humano, el miedo ante la amenaza de peligros indeterminados. Y, en este hábil caso, la mencionada historia de amor y mito de los cantantes. El final, con los dos protagonistas en una habitación del hotel Chelsea de Nueva York, cierra admirablemente un círculo, una deliciosa pirueta metaliteraria. Le encuentro un mérito indudable a esta novela, no solo por su magnífica factura, sino porque la trayectoria literaria de Antonio César Morón parecía encasillarlo más en la dramaturgia y la poesía, que en la novela. Mientras las limusinas esperan en la calle desmiente el prejuicio y hace pensar que se abre un nuevo camino (bastante esperanzador, por cierto) en la actual novelística granadina.

Alberto Granados

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