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La perversión de lo cotidiano en “Patria”, de Fernando Aramburu


 

 

 

        En una situación normal, la cotidianeidad es una defensa de la mente para ahorrar el esfuerzo de mantener la atención. El hábito no es sino convertir tareas en mecanismos automáticos con la consiguiente economía de esfuerzos y estrategias. Pero eso sucede en una situación normal, con  personas y conductas “normales”. Cuando la vida diaria se llena de amenazas, miedo y violencia, lo cotidiano puede ser un verdadero infierno, algo pervertido por el grupo social que impone sus criterios.

        Esta es la idea que Fernando Aramburu desarrolla en su gran novela Patria (Tusquets Editores, Barcelona, Septiembre de 2016, 648 págs.). También nos deja, junto a la trama novelística, un retrato panorámico de la vida en Euskadi durante los tiempos en que ETA enrareció la convivencia, tomando la calle, la vida y la muerte de la gente y se atribuyó la falsa grandeza épica de ser los liberadores de la opresión de lo que ellos llamaron Euskal Herría o Patria Vasca.

 

 

Patria, de Ferando Aramburu

Patria, de Fernando Aramburu

 

 

       La novela se inicia en el momento en que Bittori, viuda de un asesinado por ETA, conoce la noticia de que la banda terrorista anuncia que abandona las armas, es decir, el 20 de Octubre de 2011. Estructurada en 125 capítulos, recorre sin embargo un largo período histórico que se corresponde con la etapa sangrienta de la banda. Un recorrido de unos cuarenta años (el autor evita deliberadamente ser preciso en cuestiones de fechas) en el que el lector llega a horrorizarse al conocer la intrahistoria de las gentes de un pueblo (también voluntariamente sin nombre). Se centra en las vidas de los componentes de dos familias, desde siempre amigas, que inician caminos divergentes ante la aparición de la violencia.

De un lado, Miren y Joxian. De otro, Bittori y el Txato. Los hijos de estas familias se han criado como si fueran primos o allegados, pero todo cambia radicalmente cuando el Txato, un empresario que empezó de cero, recibe la primera carta de extorsión de la banda terrorista. A partir de ahí su tranquila rutina se deshace al ver que aparece en pintadas injuriosas, en el literal punto de mira de los terroristas y en el miedo de los demás. Ya nadie lo saluda, ni le devuelve el saludo. Deja de jugar al mus con la cuadrilla, de pedalear los domingos con su peña cicloturista, de frecuentar el bar de todos los días. Ahora él y los suyos son unos apestados a los que todo el mundo rechaza, por convicciones nacionalistas o por simple miedo a demostrar algún apoyo humano sabiendo que en el pueblo ETA tiene mil ojos y mil oídos.

        Cuando el Txato es asesinado, la viuda se marcha a San Sebastián por consejo de sus hijos. Al conocer “el cese definitivo de la lucha armada”, muchos años después, regresa al pueblo. Su presencia es una acusación, especialmente para la otra familia, sus antiguos amigos, cuyo hijo Joxe Mari es un asesino convicto del que cabe sospechar que fue el ejecutor del Txato y que lleva en la cárcel muchos años. Miren no puede soportar la presencia de su antigua amiga, su carga acusadora. Joxian, en cambio, reconoce que el hijo es un sanguinario asesino, pero por temor a su hosca mujer, no reacciona.

        Dos familias, dos generaciones, dos mundos. Los padres viven su tragedia personal y familiar (con la excepción obvia del asesinado Txato). Los hijos, tratan de solucionar sus contradicciones y dar a sus padres un apoyo que no siempre les resulta fácil, pues jamás han creído en la causa abertzale, en un caso, o están preocupados por la soledad de la madre, en el otro.

 

 

Atentando en la casa cuartel de Zaragoza en diciembre de 1987

Atentando en la casa cuartel de Zaragoza en diciembre de 1987

 

        En Patria, todo es escueto. Los capítulos son como un conjunto de tarjetas adhesivas pegadas en el muro de la historia de los vascos y del resto de España. Es el lector quien combina en su mente tanta barbarie, tanta sinrazón, tanta sangre y tanta tragedia. Cada capítulo proporciona una parte mínima de la trama en distintas épocas, en situaciones diferentes, aunque siempre está el telón de fondo de la violencia y de la muerte de Txato, anunciada ya desde las primeras líneas del libro. Por su parte, el lector tiene que armar el rompecabezas narrativo, pero no le supone esfuerzo, pues la narración fluye con una amenidad y un interés magníficamente construidos.

La trama, el estilo, el lenguaje y la propia consistencia de los personajes tienen un punto de inflexión a partir del momento en que Bittori empieza a aparecer por el pueblo que le negó incluso el pésame ante el asesinato del marido. Su presencia choca, pero su constancia va arrancando costras de odio al mismo tiempo que la sociedad vasca se vuelve a ocupar, ahora en libertad, de las cosas cotidianas, de sus vidas, amores, frustraciones, fiestas populares, deportes, etc. Lo rutinario vuelve a teñirse de colorido humano, tan distinto del de la sangre y las explosiones de los coches-bomba. Lo cotidiano vuelve a ser normal… y empiezan a asomar retazos de esperanza: Joxe Mari comprende en la cárcel lo ingenuo de su maldad; Miren se vuelve más humana, Joxian es invadido por una tristeza paralizante, mientras los hijos de ambas familias empiezan a interactuar de nuevo…

 

 

Víctimas del atentado de ETA en Hipercor de Barcelona (19 de Junio de 1987)

Víctimas del atentado de ETA en Hipercor de Barcelona (19 de Junio de 1987)

 

 

 

        Aramburu usa un lenguaje escueto, lleno de distanciamiento, casi aséptico, con muchas frases inacabadas, con vocabulario austero, con matizaciones hechas a base de series graduales de sinónimos, con participios agentes bastante inusuales, algo que le presta un cierto humor a ese lenguaje fresco que intenta diluir la miseria humana, pero en la segunda parte el autor marca el cambio con un lenguaje mucho más emocional, sin distancias, directo al sentimiento.

        No cabe la indiferencia ante este texto, que denuncia el horror de los nacionalismos extremos y nos muestra a unos personajes perseguidos por la contradicción de lo irracional. Unos ejemplos de la gloria a que ETA somete a sus descarriados ciudadanos vascos para liberarlos: pintadas insultantes, mil formas de rechazo, cartas de extorsión, amenazas, tiros en la nuca o bombas-lapa, autobuses quemados, la presencia de los chivatos (que basan sus apreciaciones en cuestiones de antipatía)… y siempre el miedo a señalarse, a no acudir a la manifestación exigida, de no colaborar con las huchas de los presos, a que alguien dé un informe desfavorable. Y este material recogido por Aramburu es el siniestro fondo en el que los personajes de ambas familias tratan de sobrevivir. Unos llorando a su padre muerto de cuatro tiros. Los otros intentando justificar e incluso enaltecer a su valiente gudari, que ha sacrificado en una cárcel los mejores años de su vida por redimir al pueblo vasco del enemigo opresor. Esto, que sucedió durante unos cuarenta años en las provincias vascas, convirtió lo cotidiano en algo perverso, algo insoportable que invita a huir… si es que se dispone del tiempo necesario para rehacer la vida en otro lugar, con otra gente y en otras circunstancias.

        Y todo este entramado narrativo surge con una aparente sencillez sin que Aramburu haga otra cosa que enfocar las mil pequeñas realidades de entonces. El libro, aparecido este verano, va en cinco meses por la octava reimpresión. No me extraña. Creo que le quedan muchas, tal es la indiscutible calidad de Patria. No me sorprendería que esta novela, o novela-crónica, además de la acogida del público y la crítica, reciba algún premio literario. No solo está su innegable calidad, sino la oportunidad de un mensaje que invite a la sociedad vasca al olvido y la reconciliación.

Alberto Granados

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2 comentarios el “La perversión de lo cotidiano en “Patria”, de Fernando Aramburu

  1. La lectura de tu comentario sobre este libro, Patria, de Aramburu deja un tanto asombrado al lector. Por un lado, apetece leerlo de una sentada, pero al mismo tiempo asusta, por lo depresivo que puede resultar. Es como una agridulce sensación de tentación y apartamiento. Quiero, pero al mismo tiempo temo. Al final, tras una lectura más pausada de tu comentario la decisión en la lectura, aunque se caiga una lágrima por los odios que representa, por las muertes, por las rupturas de amistades muy antiguas. Pero así fue aquella etapa de odio y rencor, que al principio parecía ir en la dirección contra la dictadura, pero que luego se convirtió en odio simplemente. Y como siempre, tu acertada exposición del contenido del libro sin desvelar nada importante, pero despertando -de eso se trata- en el lector futura las ganas de tenerlo en la mano y llegar has ta el fin. Esperemos que para siempre, pues aquel terror no se puede entender en su más profunda esencia sino entre los que lo vivieron y lo sufrieron. Ojalá la cordura vuelva a la mente de todos y puedan vivir en paz aquellos que, víctimas o verdugos, no dejaron de tener que sufrir aquel calvario. Una vez más, has dado en la diana y has sabido describir con palabras sencillas y clarificadoras una tratama tan enrevesada de unos chauvinismos tan del siglo XVIII o XIX con nada que ver con la actualidad globalizadora del mundo. Enhorabuena

    • No es depresivo. Llega a ser enormemente didáctico. Permite aprender, con casos que imagino sacados de la realidad, los efectos de los nacionalismos fanáticos.
      Debes leerlo, amigo Manuel.
      Un abrazo,

      AG

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