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Individuo y masa (o razón contra pasión)


 

 

        En algún rincón de mi blog he dicho que mi concepción del ser humano se resume en el título de un viejo poemario de Blas Otero: Ángel fieramente humano. En efecto, cada uno de nosotros es una mezcla de ángel y fiera, una síntesis personal de los dos extremos éticos. Creo que el terrorista más execrable, ese que lleva cientos de muertes a sus espaldas, puede desplegar ternura hacia los suyos, lealtad a su causa, sentimientos nobles solo un breve lapso después de haber mostrado su ciega crueldad y en la misma medida, el ser más angelical y bondadoso, querido de sus vecinos y respetado socialmente, puede alberga en su interior al más implacable canalla. Somos, repito, humanas mezclas del ángel y la fiera que llevamos dentro.

        La mayor parte de la sociedad controla los extremos, y con ese punto de equilibrio arrojamos un perfil socialmente aceptable, al menos hasta ahora, lo cual no garantiza que saquemos a la bestia en un momento de tensión extrema. Sam Peckinpah, en su gran película Perros de paja,  hizo del pacífico profesor universitario un maestro del cálculo y de la crueldad cuando en la tranquila población de Inglaterra donde se ha retirado para terminar un trabajo, unos mozos toscos y atrasados acosan y violan a su esposa. El hombre bajito y absorto en sus complicadas ecuaciones pasa, ante los estímulos pertinentes, a ser un despiadado y sádico vengador y consigue convertir su poquedad en un amplísimo e impensable catálogo de maneras de matar.

        Toda España ha vivido la desaparición del niño Gabriel Cruz, el Pescaíto, con verdadera zozobra. Yo he pensado mil veces en el mal trago por el que sus padres han pasado estos días y he visto las muestras de apoyo por parte de paisanos y conocidos, algo que me ha hecho pensar que la gente es buena.

        Pero ha bastado llegar al desenlace de ayer, algo que nos ha metido en el alma una angustia insuperable, para que nuestros angelicales deseos de un final feliz se hayan trocado en una súbita ferocidad, como en el título del poemario de Blas de Otero. Hemos dejado de ser ángeles para convertirnos en fieras despiadadas.

        Y han aparecido bulos en las redes, acusando a la presunta infanticida (a estas horas aún no se sabe nada) del asesinato de otra niña; ayer mismo la gente se congregaba ante la comisaría almeriense llamándola asesina, con una saña y una emocionalidad airada que me hicieron ver en ellos una jauría hambrienta de venganza y linchamiento. Hoy ya he recibido varias invitaciones para pedir que cumpla no sé cuantos años de condena y en un comercio alguien se explayaba sobre la necesidad de reimplantar la pena de muerte.

        ¡Qué fácil es dejarse llevar por las emociones, especialmente cuando se está dispuesto a diluirse en la masa amorfa, vociferante y vengativa! ¡Con qué facilidad sacamos a pasear al monstruo que todos llevamos dentro en las circunstancias dolorosas, cuando más falta haría la frialdad del razonamiento!

Imagen de Carlos Barba (EFE), tomada de eldia.es

        Yo no paro de pensar en el pobre chiquillo, que ha servido de chivo expiatorio de alguna oscura motivación (¿celos?, ¿presenció algo inconveniente?, ¿suponía un obstáculo para la detenida?…). Y pienso en la inmensa dignidad con que los padres han sobrellevado su particular y doloroso calvario, a la vez que les deseo fuerzas y ánimos para seguir adelante tras tanto sufrimiento. Y en la inmigrante que, en principio, parece la autora del crimen. Por ese orden. Y solo encuentro en todos ellos una invitación a la piedad. Hacia el niño, porque se le ha segado la vida a los ocho años. Hacia los padres, porque les ha sobrevenido una carga de dolor que solo el paso de mucho tiempo permitirá mitigar. Y a la presunta homicida, porque le queda un amargo futuro de remordimientos y cárcel.

        También pienso en la turba de entusiastas vengadores que gritan y exigen condenas eternas. Representan la pérdida de la individualidad para mezclarse en masa. Me surge una pregunta: ¿son los mismos que en unas semanas sacarán arrobados los pasos de su cofradía en olores de incienso y santidad? ¿Los que se consideran ejemplos de buena conducta y pensamiento intachable? ¿Los ángeles o las fieras humanas?

Alberto Granados

 

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6 comentarios el “Individuo y masa (o razón contra pasión)

  1. Una reflexión muy acertada y oportuna, querido Alberto. Ciertamente la fiera está agazapada en nosotros y busca el momento para saltar, para abrir las fauces e hincar las garras en lo primero que se le presente. ¿De qué nos sirve llamarnos civilizados si no somos capaces de desarrollar un autodominio que mantenga a raya a la bestia? ¿Cómo, si no, podemos vivir en sociedad? El sentimiento de dolor y de rabia pueden ser intensísimos, pero incluso en esos momentos tan terribles es preciso que tengamos como ejemplo al ser humano cívico, al ser humano justo.

    Los padres han dado un ejemplo magnífico durante todo ese doloroso proceso de búsqueda. Estoy segura de que lo darán también ahora, pues han demostrado un equilibrio y una bondad extraordinarios. No los imagino clamando venganza. Justicia es lo que hemos de pedir con ellos. Que la muerte de Gabriel no haga salir lo peor de nosotros, sino lo mejor.

  2. Es un artículo exactamente igual a lo que ayer yo decía por WhatsApp en el grupo en el que estoy de personas que hacen lo indecible por salvar la vida de los gatos callejeros. Sacrificio, sacar dinero de dónde, a veces, no lo hay, en fin, personas con un corazón de oro, buenas, sacrificadas, sin embargo al saber el triste desenlace todo se alteró y rápidamente el lenguaje cambió y alguien propuso recoger firmas para que se pudra en la cárcel. Artículos como el suyo hacen mucha falta en la sociedad en la que vivimos porque no entendemos de tener calma, de tener la cabeza fría, que no somos nosotros quién va a investigar, juzgar e impartir justicia, que para eso están las personas idóneas. Una vez más me ha enganchado con sus artículos. Gracias por escribir y escribirnos. Un abrazo

  3. No tengo palabras, Alberto. Estoy absolutamente d acuerdo en tu (xa mi) acertado análisis al k solo quiero añadir lo k ya ha pedido la madte del pobre chaval: no demos paso a la rabia, xq ni el ni su madre son asi.
    Un abrazo.

  4. En dardo en la palabra, Alberto. No sé quién ni cuando lo dijo, pero ante un crimen tan execrable en un niño indefenso dan ganas de matar con las propias manos, pero un padre en sus mismas circunstancias aseguró que “yo lo mataría -al asesino- con mis propias manos, pero tú -la justicia- tendrás que impedirlo.” No se puede ser como la masa amorfa del otro día pedía la muerte de la, hasta ahora presunta asesina, o que se la dejaran a “ellos” para un linchamiento en toda regla. Una película del oeste. En ese caso, la madre ha dado ejemplo de resignado dolor aconsejando que se destierre el odio. No se consigue nada y la sentencia de muerte o la cadena perpetua no va a reparar nada. La justicia debe aclarar los hechos y condenar al culpable o culpables en su justa medida, pero no con ánimo de venganza. A un dolor inmenso hay que oponer una piedad inmensa.

  5. Alberto, muy buena reflexión. Gracias
    Rocio

  6. Amigas, amigos: muchas gracias por vuestros amables comentarios, los que habéis puesto aquí y los que he ido recibiendo por diversos canales privados.
    Tras publicar esta entrada, muy pocos minutos después de darle al botón “Publicar”, los medios dieron la noticia de que había otra muerte, accidental o no, en que esta extraña mujer se había visto implicada, algo que ayer mismo los medios desmentían por la mañana temprano.
    En cualquier caso, no me gustan las venganzas y los linchamientos públicos. La justicia, y no la masa informe, hará lo que proceda, los legisladores, si por una vez se pusieran de acuerdo, tomarán las medidas que los expertos señalen y los padres del niño, para mí ejemplares, seguirán con sus vidas y espero que encuentren las fuerzas y apoyos que les hagan fácil volver de la triste pesadilla.
    Saludos,

    AG

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