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Fernando de Villena y su peculiar Quijote


 

        Fernando de Villena es uno de los más productivos autores granadinos. Para mi admirativa sorpresa, cada año publica dos o tres libros y siempre alcanza una gran calidad, especialmente en su cuidada prosa, llena de voluntarios arcaísmos, giros populares y reminiscencias literarias.

        Su último título, que se presenta esta tarde en Librería Picasso (a las 19,30 h.) es Nuevas historietas de Bernardo Ambroz (Editorial Carena, Barcelona, julio de 2018), una segunda parte del libro que publicó en 2011, Historietas de Bernardo Ambroz, y que, en buena medida, repite el mismo esquema de entonces: durante los años sesenta, aún frescos los resquemores de la guerra civil, un viajante de pólizas de seguros recorre la geografía andaluza acompañado de Juanito, un chico que aprende del protagonista lo concerniente a su trabajo, y sobre todo, los valores éticos que un joven debe imprimir a su vida.

        Y aquí aparecen los dos elementos básicos de ambos libros: el viaje y el magisterio espiritual, el Seat seiscientos y el preceptor. Ya por entonces (también lo ha hecho ahora en Ideal en clase) Francisco Gil Craviotto señaló muy acertadamente en la revista online Papel literario la coincidencia de planteamientos con el Quijote cervantino, centrados especialmente en la labor de preceptor que Bernardo Ambroz ejerce sobre el chico, más pendiente de sus hormonas y de sus eternas hambres que de sutilezas éticas.

        Yo encuentro dos elementos fundamentales en este libro, que he terminado hace solo unos días. En primer lugar, el viaje, muy presente en todas las obras de Villena, como elemento siempre enriquecedor que permite intercambiar conocimientos, ampliar puntos de vista y conocer verdaderos arquetipos literarios. El viaje literario, tal vez desde La Ilíada, es un viaje geográfico, pero por encima de todo, es un viaje interior y el Ulises que regresa de su periplo nunca es el mismo que en su momento partió. Juanito, el muchacho primitivo y atolondrado, será otro tras sus peripecias llenas de kilómetros, pensiones y personajes, y otra será su filosofía y su valoración de la realidad tras el regreso junto a su madre.

        El otro elemento es el preceptor, la figura del educador, tan antigua como El Conde Lucanor, como don Quijote y Sancho, o en el aspecto negativo, como el ciego que acaba con la inocencia de Lázaro de Tormes o el criado que pervierte la candidez de los niños que Henry James le entregó como alumnos en Otra vuelta de tuerca. En estas historietas, esa moralización del aprendiz es la función que se atribuye Bernardo Ambroz, un adulto que censura encubiertamente las barbaridades de la guerra civil y de la posguerra, un enamorado de la poesía, la arquitectura y la música clásica, un fidelísimo esposo que elude situaciones comprometidas con las mujeres por el recuerdo de sus hijos, un tutor que trata de enmendar la estrechez mental y moral de su aprendiz.

        Ambos elementos surgen de manera casi imperceptible en las mil situaciones, encuentros y anécdotas que les envuelven. En este aspecto, estas historietas ofrecen un amplio catálogo de pequeños argumentos, de situaciones jocosas y personajes atípicos, de bromas y chascarrillos, de deseos y frustraciones, de hambres y saciedades, de recuerdos y olvidos, de refranes populares y dicharachos.

        El lector encontrará además mucha ternura, mucha diversidad geográfica a través de todas las provincias andaluzas, con referencias a monumentos y costumbres, a ricos y pobres, a atraso secular, a la riqueza cultural y a la incultura absoluta. Agricultores, tenderos, pequeños industriales, bodegueros, señoritos, pobres atrasados más propios del feudalismo que de la España victoriosa, chicas jóvenes y  viudas tentadoras… Si la novela era un espejo a lo largo de un camino, las nuevas historietas de Bernardo Ambroz son otro espejo ante el que desfila la triste realidad andaluza de hace cincuenta años, una situación dura que, aunque tratada con ternura y sentido del humor, no desdibuja lo que tuvo de pintura negra.

Alberto Granados

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Un comentario el “Fernando de Villena y su peculiar Quijote

  1. Magnífica crítica literaria. Toca todos los aspectos más importantes del libro y produce además el deseo de leerlo, incluso releerlo. Mi más sincera felicitación. Un abrazo.-F. Gil Craviotto.

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