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Si yo fuera presidente 1: La campaña electoral


 

        Inicio una serie de entradas que, usando el título general de aquel programa de televisión que Tola editó en TVE en los primeros ochenta, Si yo fuera Presidente, pretende compartir distintos aspectos de la vida política española. Debo aclarar previamente que yo jamás sería presidente de nada, pues aspiro a pasar lo más desapercibido posible y mis ambiciones políticas son inexistentes, así que jamás me presentaría a cargo político alguno. Pero tengo una serie de concepciones sobre la sociedad y deseo compartirlas con los lectores de este blog. No pienso crispar ni ofender a nadie, sino compartir mis reflexiones por si le sirven a alguien para dar forma a sus necesidades políticas.

         Empiezo la serie por uno de los aspectos que más me preocupan:

1 La campaña electoral

         Nosotros, el electorado, nos vemos de nuevo acosados con las consignas, las sonrisas ortopédicas y los abrazos prefabricados ante las cámaras, los saludos sonrientes, los mítines y toda esa tramoya tan repetida como vacía. Sería un mal menor, una consecuencia natural de un estado democrático, una simple acumulación de ruido político, si los votantes no estuviéramos ya empachados de tanto ir y venir a las urnas, si nuestra clase política sirviera para algo más que para cultivar egos y despachar gestos de soberbia. Sería. Pero no es.

         Desde hace unos años, los partidos nos han convocado a las urnas demasiadas veces. Yo iría —de hecho, iré— con gusto a votar mi opción y me tragaría el bombardeo televisivo, y sufriría pacientemente las molestias que una campaña conlleva… si tuviera el convencimiento de que va a servir para algo, pero las encuestas pronostican una situación demasiado similar a la actual, es decir, la imposibilidad de formar gobierno y seguir en un estado de provisionalidad permanente, un bucle político que nos aleja de la normalidad democrática.

         Se van a suceder apariciones de los medios, mítines, declaraciones de pretendida trascendencia, el famoso debate televisivo… Toda una serie de mecanismos calculados para arañar los votos de los indecisos (yo los llamaría hartos o desengañados), para contrarrestar la previsible abstención, después vendrá el silencio de los altavoces y las consignas y el día 10 iremos a votar. Este panorama, que me entusiasmó en los últimos setenta, me aburre soberanamente en esta época. Será que he envejecido, pero además es que la ineficacia de nuestros políticos, ampliamente demostrada, repele a cualquier persona objetiva.

         Han demostrado que los programas son cuentos de hadas benefactoras e inexistentes, que los idearios miran más al posibilismo que a las necesidades de la gente de la calle, que más que ideologías se trata de audiencias y encuestas. Que un bajón en los resultados  puede suponer la quiebra económica de nuestros endeudados partidos… Y el ciudadano se pregunta para qué tiene que prestar su voto a semejante cúmulo de embustes.

Seis de las candidaturas granadinas para el 10N. Imagen tomada de Ideal

        

        Iré a votar, eso para mí está clarísimo. Creo que es la obligación de todos, al menos para quienes vivimos la sequía de votos del franquismo y aspirábamos a gozar del derecho a las urnas. Votaré, pero no seguiré la campaña, apagaré el televisor en los espacios electorales, me negaré a seguir el debate, no abriré la propaganda electoral que llegue a mi buzón… Daré la espalda, en definitiva, a toda la teatralidad vacua de una campaña como ésta. Si todo el país hiciera lo mismo, si no asistiéramos a mítines, ni nos paráramos a hablar con los políticos que por una vez bajan a la calle, ni estrecháramos sus manos, si se comprobara que las audiencias de los medios caen en picado cuando aparecen ellos. Si dejáramos bien claro que nuestros políticos no cuentan con nuestro apoyo y que estamos hartos del bucle en que nos han metido, tal vez se plantearían dejar a un lado sus egos, su incapacidad, y facilitar la gobernabilidad que echamos de menos la sufrida ciudadanía. Tal vez sólo se trate de sentarse a dialogar, de renunciar a una parte de sus ambiciones para llegar a un consenso, como se hizo al inicio de la Transición. Tal vez baste con respetar la lista más votada, que el electorado está para algo…

        Mi eslogan sería, pues: Campaña no. Votar sí.

Alberto Granados

8 comentarios el “Si yo fuera presidente 1: La campaña electoral

  1. Completamente de acuerdo: campaña no, votar sí. En una democracia, el voto debe ser algo absolutamente necesario, porque si no votamos, estamos dejando que hagan lo que les dé la gana; aún así lo hacen, pero los que sufrimos la dictadura, no queremos que eso vuelva. Así que, libertad de voto, pero cumplir con él.

    • Ya lo hemos hablado, Manuel. La situación es insostenible, y más con las encuestas que se están manejando estos días. La única esperanza que los partidos, por una vez, piensen en la estabilidad de España en vez de en sus intereses. De confirmarse los datos de las encuestas, el PSOE supondría la mayoría de votos por segunda vez en pocos meses. ¿Les dirá eso algo a Casado, Rivera e Iglesias?

  2. Voto por tu slogan que cierra tu columna. Ya vale de campañas q sólo sirven para gastar dinero y tiempo. Resultan repetitivas en actitudes y decires. Un abrazo

  3. Yo también lo suscribo, tal cual.

  4. Hola Alberto. Es la primera vez que escribo en este blog. Lo hago con mucha ilusión por la confianza y el respeto que me mereces. Totalmente de acuerdo con tus comentarios. Pero es que en nuestro país cada generación de políticos ha sido peor que la anterior… y así nos va. Tenemos una clase política de becarios (con total respeto para éstos), al punto que hemos hecho de Rufian un hombre de Estado. Me parece una vergüenza que en un país en el que la educación está hecha unos zorros (¿a quién se le ocurríria decir que tenemos la generación más preparada de la historia?, a quién ), en los últimos debates, y seguro que en los que vienen, LA EDUCACIÓN no sea un bloque a tratar. Por último, creo que la abstención es también una forma de participar. Pensad que ésta fuera del 60% (ya sé que no va a pasar). ¿No sería la mejor manera de decir que estamos hartos de ellos (que no de la política), que son unos irresponsables, que son unos mindunguis?.

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