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Un día perfecto


NOTA PREVIA: Para no distorsionar mi texto ni alargarlo más de lo aconsejable, he insertado los cuatro discursos en forma de comentario.

 

        Pese a que ya ha transcurrido casi un mes, no he sabido terminar esta modesta crónica hasta ahora: no daba con el tono exacto y necesitaba reflejar un feliz estado colectivo de ánimo, una sinergia raramente posible, que sin embargo se produjo el pasado día 15 de febrero. Hay días en que todo parece salir bien, esos días en que se percibe una sensación paz, de bienestar, de plenitud indestructibles. En ocasiones, esta felicidad parece un don espontáneo de la vida. ¿Cómo transmitiros uno de esos momentos perfectos en que todo un grupo siente lo mismo y el mundo parece estar bien hecho de verdad? Me he sentido inseguro en las tres tentativas previas, de las que he dejado escasamente unas frases. Tenía la sensación de convertir un torrente de afecto en palabrería oficial y lo que se dijo y se vivió en aquella jornada en mera crónica de sociedad. Aquello no fue nada oficial, ni frío, ni distante, por lo que requería un acento especial que, incluso ahora, dudo haber conseguido.

 

 

Turón rodeado de almendros en flor. Imagen de J. M. Enamoneta

       

        El caso es que hace unos meses, mi querido amigo Francisco Díaz Torrejón, compañero de nuestra tertulia de los jueves, me pidió opinión sobre algo que se le había ocurrido: homenajear a nuestro contertulio Francisco Gil Craviotto en el sitio exacto que lo requería, en Turón, su pequeño pueblo alpujarreño, el pueblo en que nació hace 87 años. Los demás miembros de la tertulia aprobaban la idea.

 

 

La placa

       

         —Paco, no le veo más que una pega: se te ha ocurrido a ti y se me tenía que haber ocurrido a mí —le respondí—. Contad conmigo.

        No hubo más remedio que comentarlo al interesado, que humilde como siempre, intentó rehusar algo que ya no tenía marcha atrás. Se le había hecho un homenaje casi secreto en el Centro Artístico, el Ayuntamiento le había otorgado la Medalla de Oro de la Ciudad el año pasado… y sólo faltaba que sus amigos de tantas horas de charla hiciéramos lo propio entre sus parientes y amigos, con los almendros en flor de fondo, con el aire rural que tantas veces ha aparecido en sus novelas, relatos y estampas literarias con el nombre de Alcor de los Caballeros, con los personajes idénticos a los de su literatura.

        Y empezaron los contactos con Juan Vargas, el alcalde del pueblo. De esa parte organizativa se ha encargado, sobre todo, Manolo Arredondo, que con una encomiable energía y eficacia de las que yo voy careciendo ya, ha hecho también de maestro de ceremonias durante el acto. La iniciativa empezó a conocerse en el entorno. El Centro Artístico se sumó, algo lógico para quien conozca la febril actividad de Paco en esa venerable institución. Otros muchos amigos se sumaron y unas semanas antes ya estaba preparada la placa de cerámica, contratado un microbús y reservada una amplia mesa en un restaurante de la carretera, junto a Albondón, en el corazón de la Contraviesa.

 

 

Embalse de Benínar, junto a Berja

 

       

        Y el pasado día 15, partimos desde la Rotonda del Helicóptero hacia la costa. Un breve descanso junto al embalse de Benínar, en plena naturaleza, esa Naturaleza que tanto defiende Gil Craviotto y que surge en cualquier rincón de sus textos. Una carretera de montaña, serpeando entre almendros en flor, cortijos en ruinas y curvas. Conversaciones, alguna broma y mucho calor humano. Sus dos hijas con los nietos, dos hermanas y primas y sobrinos, varios amigos, vecinos (Benicia y Jesús), conocidos de diferentes ámbitos entre los que hay que mencionar la Asociación de la Alpujarra, Granada Laica, el Centro Artístico…, Ana Jiménez (memoria fotográfica de la cultura granadina de los últimos 35 años), el fotógrafo Enamoneta (que desarrolló un proyecto con el escritor), el también fotógrafo Manuel Alarcón, el redactor de Ideal Rafael Vílchez, el editor Antonio Ubago o Juan Bedmar. Celia Correa con su marido, Juan Chirveches, Juan Antonio Aguilera… Por contra, me dolió la ausencia de los académicos de la de Buenas Letras. Hubo otras personas que fueron en su coche, incluso con la familia al completo. El caso era estar con Francisco Gil Craviotto, con Paco, con “el Maestro”, que había expuesto que tenía que ser por esas fechas para que los visitantes viéramos lo que sus pupilas infantiles tenían grabado en su memoria vital: el pueblecito rodeado de almendros en flor.

Palabras del alcalde, Juan Vargas. Imagen de J. M. Enamoneta

 

 

Descubriendo la placa. Imagen de J. M. Enamoneta

       

Palabras de F. Díaz Torrejón, en nombre de los contertulios. Imagen de J. M. Enamoneta

 

       

        El pueblo, como una postal, nos acogió con ese silencio denso de la España vaciada. Nos esperaba el alcalde, con la sencilla placa ya pegada en la pared del Ayuntamiento, aunque tapada aún con la bandera andaluza. Muchos vecinos, seguramente parientes en algún grado más o menos próximo, se acercaron a saludar a la familia. Como no existía la rigidez de los horarios, pues en Turón el tiempo parece tener otros parámetros muy distintos a los de la ciudad moderna y de eso que conocemos como progreso, cuando se habían producido los saludos y habíamos recorrido el local municipal, el mismo en que Paco, hijo del Secretario de aquel Ayuntamiento un siglo largo antes, aprendió a escribir a máquina en una Underwood, sólo entonces, empezó el acto. El Alcalde, un hombre cordial y sencillo, nos dio la bienvenida, se quejó del despoblamiento, nos agradeció la visita y nos invitó a volver. También, tras el acto protocolario, nos presento a su hija, una chica que acaba de empezar Derecho y que fue encantadora con todos.

 

Palabras de Celia Correa, Presidenta del Centro Artístico. Imagen de J. M. Enamoneta

 

 

Palabras emocionadas de Ariadna Gil. Imagen de J. M. Enamoneta

 

 

        Paco Díaz Torrejón habló seguidamente en nombre de los contertulios. La patria del hombre es su infancia –citó a Rilke- y allí estábamos para devolverle a nuestro amigo, siquiera por un instante, esa patria. El discurso fue breve, exacto, equilibrado y muy emotivo. Después, Celia Correa, en calidad de Presidenta del Centro Artístico, habló de la frenética dedicación del homenajeado a esa institución. Un texto lleno de cariño y sencillez.

         Le siguió Ariadna, la hija menor del homenajeado, residente en Francia y acompañada de su hijo Diego. Nos habló de los aspectos de padre y educador exiliado, de la memoria celosamente guardada de la España franquista, del respeto y libertad con que las crió… Pese a su franca sonrisa, se le quebró la voz y se le empañaron los ojos alguna que otra vez.

 

Agradecimiento del homenajeado. Imagen de J. M. Enamoneta

 

        Y terminó el homenajeado agradeciendo el acto.

 

Gil Craviotto con sus contertulios. Imagen de J. M. Enamoneta

 

 

 

Con sus hijas y sus dos nietos. Imagen de J. M. Enamoneta

 

 

Con sus familiares. Imagen de J. M. Enamoneta

 

Los acompañantes. Imagen de J. M. Enamoneta

 

        Es muy fácil que en este tipo de discursos se caiga en lo oficial, en el lugar común, en lo manido. No fue el caso. Ni faltó ni sobró una sola palabra, una idea, un concepto. Ni terminamos empalagados de trascendencia ni envarados de oficialidad. Todo estuvo como si el acto fuera el de cualquier tarde en el Centro Artístico, en una cafetería o en el salón de nuestra casa. El personaje es así, sus amigos lo queremos y todo se desenvolvió con la más extraña normalidad, consiguiendo así uno de eso días increíbles en que al alma le sobreviene una sincera sonrisa y el mundo se percibe como un ámbito momentáneamente habitable.

 

Tras el brindis. Imagen de J. M. Enamoneta

 

        Tras la comida en un restaurante, se brindó con cava por la figura de Paco Gil Craviotto. Unas fotos de grupo y vuelta al autobús para rematar esas horas dedicadas a Paco, o “al Maestro”, o a don Francisco… que el nombre es en este caso mera circunstancia y lo esencial es lo de dentro, su gigantesca talla humana y la empatía que siempre suscita.

Alberto Granados

9 comentarios el “Un día perfecto

  1. Palabras de Francisco Luis Díaz Torrejón:

    “Hemos llegado hasta aquí, a tantos kilómetros de Granada y en esta mañana de almendros floridos, convocados por una razón tan poderosa que sólo se explica como una llamada de la amistad y de la admiración. El motivo es, nada más y nada menos, que Francisco Gil Craviotto, un amigo –el amigo por antonomasia– que merece todas las consideraciones y no sólo por su bonhomía al más puro estilo machadiano, que también, sino por sus formidables alcances literarios.
    Todos conocemos la obra de Gil Craviotto y nada nuevo descubrimos al leerla y releerla, sino razones y más razones para la admiración. No trato de hacer una hagiografía de nuestro amigo Paco, que por cierto sería muy fácil dadas sus inestimables cualidades, como tampoco me entrego a una abducción incondicional de su amistad. Me resisto a ello y sólo pretendo ponderar objetivamente sus méritos, méritos que han sido miras de diversos reconocimientos durante los últimos años.
    Recuerdo en este instante los homenajes que le dispensaron la Tertulia del Salón a principios de 2007 y el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada en octubre de 2017, con la publicación de sendos libros en los que escribimos muchos de los presentes; y por supuesto también recuerdo el reconocimiento del Ayuntamiento de Granada en febrero del pasado año con la concesión de la medalla de oro de la ciudad.
    Sin embargo, sus amigos y compañeros de la tertulia matutina de los jueves –José Antonio Mesa, Manuel Arredondo, Alberto Granados y un servidor– pensamos que en esa colección de homenajes faltaba uno que, si bien no tan prestigioso ni académico, podría hacerle tanto o más ilusión que aquellos.
    Dijo el poeta Rilke que «la infancia es la patria del hombre» y si asentimos en ello, quiere decirse que el escenario físico de nuestra patria infantil es el pequeño universo de nuestra casa materna, de nuestra calle, de nuestro pueblo: un universo en miniatura que imprime en nuestra ánima, como en ciertas aves su primera visión, una impronta eterna.
    Por mucho que rodemos por el mundo, la impronta de nuestro pueblo siempre está ahí y Turón siempre ha estado en la esencia de Gil Craviotto. Su obra está empapada de Turón, ya sea explícitamente o no, y ahora me viene a la memoria la sonora y metafórica transmutación literaria de Turón en Alcor de los Caballeros, la cuna de Juan Español, el alter ego, el otro yo de Gil Craviotto en su magnífica novela Los papeles de Juan Español.
    En fin, este acto es el homenaje –el humilde homenaje– de sus cuatro dichosos contertulios, apoyados por tantos amigos aquí presentes, a un hombre de corazón sensible y de razón despejada, que un lejano día partió para inhalar a pleno pulmón los aires libres de Francia, sin olvidarse jamás –a pesar de los pesares– de España, de Granada, de Turón.
    Acabo dando las gracias al Alcalde y a la Corporación Municipal de Turón por permitir que hoy –mañanita de almendros floridos– Gil Craviotto descubra el azulejo que perpetúa su memoria en el pueblo que ayer, exactamente ayer, le vio nacer; y quiero terminar con las dos últimas estrofas, dos impecables tercetos que son atinados cliclés fotográficos, pertenecientes al bello soneto que hace algunos años dedicó a Gil Craviotto la pluma de Enrique Morón:

    «Te deslumbró París y allí asumiste
    –aunque ya la llevabas– la elegancia
    de tu figura amable y exquisita.

    Hoy estás con nosotros, nunca triste,
    con el aroma lúcido de Francia
    y de España la luz siempre inaudita».

    Enhorabuena, Paco, y larga vida al amigo y buenas obras al escritor.

  2. Querido amigo:

    Agradecidísimo. Artículo perfecto, como el día que tú señalas. Una errata, por si aún es posible corregir: Beninar (terminado en r). Un fuerte abrazo y hasta el jueves que comentaremos tu trabajo y el tema de Celia y la Academia. Yo estoy indignado. Salud.-Paco.

  3. Palabras de Celia Correa:
    “A FRANCISCO GIL CRAVIOTTO
    Celia Correa Góngora
    Presidenta del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada

    Señor alcalde, concejales, querido Paco, familia y amigos:
    Hoy, en Turón, pueblo natal de nuestro admirado Francisco Gil Craviotto, vamos a perpetuar su recuerdo, con una sencilla placa en el pueblo que le vio nacer, un pueblo alpujarreño lleno de solera y de tradición y cuya memoria, tanto ha contribuido a forjar sus inquietudes literarias.
    Este homenaje de hoy viene a enlazar, con la concesión de la Medalla de oro de la ciudad de Granada, que le fue concedida, precisamente, el año pasado por estas fechas, como justo y merecido reconocimiento, tanto a su labor literaria, como a su calidad humana. Francisco Gil Craviotto, además de ser un magnífico escritor, tiene en su haber el pertenecer a ese género de personas que nos reconcilian con el género humano, ya sea por su serena y recta forma de conducirse, como por su ejemplo en el decir y el pensar, que en él cristalizan en una suerte de seriedad respetuosa y afable que es la caligrafía con la que él ha ido escribiendo su día a día.
    Desde que nos conocemos, entre Paco y yo siempre ha existido una suerte de cercanía, que no es generacional, sino más bien de aledaño espiritual o anímico, razón por las que deseo dejar muy claro que estas brevísimas palabras que le estoy dedicando, no constituyen en absoluto, un alarde retórico ocasional, ni mucho menos, el resultado de un compromiso, muy al contrario, son el emocionado testimonio del aprecio y la admiración que en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, sentimos por Francisco Gil Craviotto, tan grande como persona, además de una de las claves culturales de la Granada actual.
    El Centro Artístico, Literario y Científico de Granada siempre estará a tu lado, mi querido y admirado Paco y esto lo afirmo y reafirmo, en turón a 15 de febrero de 2020”.

  4. Palabras de Ariadna Gil:
    “Buenos días a todos los presentes,
    Yo hablaré en nombre de los familiares de Francisco, en particular de sus descendientes (hijas, de las que soy la menor, nieto y nieta). Lo que voy a decir ahora, lo hemos escrito con mi hermana Sonia pero estoy segura de que los demás familiares también se sumarán a nuestras palabras.
    Ante todo quisiera empezar dando las gracias a todos los que han hecho posible que hoy estemos aquí. En particular, al grupo de amigos promotores de la idea de colocar esta placa, que con ahínco han movido todos los hilos necesarios hasta conseguirlo. Y aunque a primera vista podría sorprendernos que tal iniciativa viniera de un grupo de amigos, para los que conocemos a mi padre, no es tan extraño.
    Porque es una persona muy apreciada. Allá a donde vaya, tiene amigos, conocidos que le aprecian. Al margen del escritor, del hombre que puedan conocer a través de sus escritos y publicaciones, está la persona.
    Por eso, yo no les voy a hablar del escritor, sino del padre y del abuelo. De lo que nos ha transmitido: el amor por la lectura, la historia… e incluso la ciencia, en una palabra (o casi): la “curiosidad intelectual”, pero también el amor por las cosas simples de la vida.
    Para nosotras, es un padre, un abuelo, con una cultura y memoria que siempre nos asombra. Le pueden preguntar la fecha de nacimiento de cualquier escritor ¡se la sabe! De cualquier tema, tiene conocimientos… salvo de futbol, dice él … y aun así está enterado de cómo va el Granada. Una cultura que nos ha transmitido de muchas maneras, como por ejemplo a través de las clases de español. Porque no sé si lo sabrán, pero mi padre fue profesor de español (nuestro profesor) y también de los hijos e hijas de inmigrantes que vivían en “Los Muros” (que era donde vivíamos en Francia). Gracias a la paciencia, rigor, perseverancia pero sobre todo al gran Amor (con A mayúscula) que tiene por la lengua de Cervantes, consiguió transmitirnos conocimientos culturales esenciales para mantener nuestras raíces. Y no fue tarea fácil, porque a esa edad, no apetece añadir más clases a las que ya se tiene en el colegio!, pero allá íbamos todos los hijos e hijas de inmigrantes españoles, miércoles y sábados.
    Porque mi padre conseguía algo con lo que todos los pedagogos sueñan : transmitirnos los conocimientos en un ambiente de estudio distendido. Recuerdo por ejemplo, que tenía un magnetófono en el que nos pasaba en bucle una cinta con villancicos. No es que considerara que el contenido de los villancicos fuera importante (un tipo de música que, por cierto, no se puede decir que sea demasiado de su agrado…), pero sabía que estaban intrínsecamente ligados a la cultura española y que por lo tanto era importante para nosotros que los conozcamos. Hoy en día, mi hermana y yo, así como, estoy segura, todos los antiguos alumnos, nos alegramos de que esta cultura forme parte de nosotras. Estoy segura de que esos chavales, adultos hoy, recuerdan sus clases con mucho cariño y no se han olvidado de su profesor !

    …Como decía… una cultura que nos ha transmitido no solo a través de las clases de español sino también y sobre todo a través de los innumerables paseos en los que nos iba contando todo tipo de anécdotas, leyendas y relatos históricos. Unas caminatas pedagógicas que han continuado con la siguiente generación, para gozo de nuestros hijos Diego e Irene.
    A través de estos paseos también nos ha enseñado a apreciar la belleza sencilla de la naturaleza. Una naturaleza por la que siempre se ha preocupado. Hasta tal punto que cuando íbamos de paseo por el campo, siempre llevaba unas pequeñas tijeras de podar para poder quitar cualquier mala planta que estuviera fastidiando a otra. También aprovechaba para ir recogiendo las semillas de, por ejemplo, la retama (o cualquier otra planta que estuviera “a punto”) e ir esparciéndolas por el campo conforme íbamos caminando. Porque como dice él “¿de qué sirve ser ecologista si no se hace nada por la naturaleza? Así que yo soy un ecologista activo”.
    Y ese amor por la naturaleza, ha llevado a este hombre, que para ustedes es ante todo un escritor, a ser también un gran jardinero. Siempre ha tenido un huerto, ya sea alquilando un pequeño terreno, cuando aún vivíamos en un piso, o más tarde en el jardín trasero de la casa. Este placer por la jardinería, este amor por la tierra, probablemente haya nacido aquí, en Turón su pueblo natal donde ya tenía sus pequeños cultivos desde su más tierna infancia… Más tarde inició a Diego (su nieto) al placer de la jardinería, plantando juntos todo tipo de hortalizas y cuidándolas, observando cómo iban creciendo día a día. Ya en España, a falta de terreno donde sembrar, se tuvo que conformar con las macetas de la terraza, y las cada vez más escasas plantas que el ayuntamiento de Granada mantiene en la ciudad. Incluso con esta escasez de naturaleza, consiguió encontrar la manera de trasmitir el respeto por las plantas y los animales a su nieta Irene. Las pocas moreras que se salvaron de la tala, fueron el pretexto ideal para que abuelo y nieta disfrutaran recogiendo sus hojas para alimentar los gusanos de seda de Irene.
    Esto fue otra forma más de enseñar y transmitir el respeto por las plantas y los animales.
    Porque Francisco ha sido un abuelo, un padre, que por su ejemplo, nos ha transmito un valor muy importante, quizá el más importante en estos tiempos: el respeto. El respeto, en su sentido más amplio: respeto por la naturaleza, las plantas, los animales… Y el respeto, claro está, por las personas, independientemente de su condición, de su cultura o color político.
    Respeto y humildad, quizás sea lo que más caracteriza a mi padre, y puede que sea, además de su talento de escritor, claro, lo que en el fondo haya propiciado que estemos aquí hoy en este acto reuniendo a tantas personas venidas de tan lejos, familiares (¡daros cuenta! 3 generaciones), amigos… y tantas otras que hubieran querido acompañarnos pero que por diversos motivos no han podido. Como mi madre, no está aquí, pero, como ya se imaginan, le hubiese hecho muchísima ilusión compartir estos momentos con nosotros.
    Esta placa, es el mejor de los regalos que pueda recibir mi padre, no solo por lo que representa, sino porque gracias a ella nos reencontremos aquí, el día de su cumpleaños (o casi), en su pueblo natal, que tanto significa para él, y además en la época del año que más le gusta, por estar los almendros en flor.
    Así que, para terminar queremos reiterar nuestro agradecimiento a todos los que han hecho posible la colocación de esta placa de la que también nos sentimos muy orgullosas, y aprovechar esta oportunidad para agradecer a nuestro padre todo lo que nos ha transmitido, a nosotras sus hijas, y a su nieto y nieta.”

  5. Palabras de agradecimiento de Francisco Gil Craviotto:
    “Placa de Turón.
    Excelentísimo señor alcalde, excelentísimos señores concejales, apreciados paisanos de ayer y de hoy, queridos amigos de Granada, ilustre presidenta del Centro Artístico y demás miembros de tan culta asociación, colegas de la pluma y el ratón digital, familiares, presentes y ausentes, amigos y amigas.
    Hoy es una fecha inolvidable para mí. Lo es por tres razones fundamentales: la primera, porque este sencillo acto, en el pueblo donde yo nací y transcurrieron los primeros once años de mi vida, me lleva a los días lejanos de la infancia; la segunda, porque los organizadores de tal acto, han logrado reunir a mis amigos y familiares más queridos en el escenario más apreciado de toda mi biografía. A estas albricias –y es la tercera razón-, se une la perennidad de una placa que nuestro alcalde acaba de descubrir, precisamente en la fachada de esta casa Ayuntamiento, donde mi padre pasó los años más fecundos de su vida profesional y yo, con el permiso del alcalde de entonces, mi pariente Juan Aguirre Craviotto, en mis temporadas de vacaciones, aprendí a escribir a máquina. Una vieja Underwoord que, si no la vendieron como chatarra, en alguna parte debe estar. Decir simplemente gracias me parece muy poco si lo comparo con el regalo que he recibido.
    Creo que, si todo escritor lleva siempre colgado a su pluma el recuerdo y nostalgia de su infancia, en mi caso, este recuerdo ha tenido y tiene un énfasis mucho más fuerte por una razón fundamental: cuando yo me marché de este pueblo fue para entrar interno en un colegio de frailes. Por eso, en mi mente de niño, frente a la opresión y rigor del internado, siempre se alzaba la libertad de los campos de Turón y la caballerosidad de sus gentes. Alcor de los Caballeros, la metáfora con que aludo en mi obra a este pueblo, se halla presente en la mayor parte de mis libros y, dentro de su brevedad, resume las dos características ya mencionadas: la libertad y caballerosidad de sus gentes.
    No es éste el mejor momento para un largo discurso. Urge terminar; pero, antes de hacerlo, vuelvo a repetir mi más profundo agradecimiento y también mi más emocionado recuerdo a quienes se fueron para siempre. Muy especialmente: mis padres, mi hermana Mari, y mi primo Paco Roda. Y, asido a este agradecimiento, me apresuro añadir estas palabras del gran poeta Antonio Machado que, desde ahora, hago mías y dedico a todas las personas presentes: “Conmigo vais, mi corazón os lleva.” Nada más.
    Francisco Gil Craviotto”.

  6. Gracias Alberto por tu crónica de un homenaje a quien se lo merece con creces. No tengo que añadir nada. Asistió prácticamente todo el pueblo y su alcalde, Juan Vargas, lo tuvo todo muy bien preparado y nos atendió estupendamente y nos invitó para las fiestas del patrón, San Marcos, el 25 de abril y que, además, iríamos como invitados especiales y como autoridades. Por lo demás, todo fue como queríamos y como deseábamos. ¡Ah!, el pantano se denomina “Benínar”. Un abrazo y enhorabuena.

  7. Una magnífica crónica, Alberto, de un día feliz, entrañable e inolvidable. A tono con la sencillez del gran Francisco Gil Craviotto, el acto en ningún momento resultó empalagoso, y no faltó nunca el buen humor (incluso el corrosivo, jeje), sobre todo en la comida. Solo echamos mucho de menos a la mujer de Paco, María Luisa (no pudo ir por motivos de salud). Enhorabuena a los organizadores y ¡larga vida a esa ‘juevenil’ tertulia (y, por tanto, a los tertulianos)!

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