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El día de Año Nuevo


Las fiestas navideñas no me gustan por su carga de bondad a plazo fijo, por su supuesta felicidad obligatoria, por su absurdo disparo del consumismo, porque desde la muerte de mi padre, cuando yo tenía 19 años, siempre he notado más su ausencia en las reuniones familiares. Si no encuentro en estas fechas más que el recuerdo de quienes me faltan irreparablemente, si yo que soy austero como, bebo y gasto mucho más de lo necesario, si no le encuentro la gracia a tanta simbología religioso-comercial y acabo harto de peces en el río, queda claro que lo único aprovechable de las fiestas era el estar de vacaciones, argumento éste que quedó fulminado en el momento en que me jubilé. Respeto que otras personas disfruten las fiestas, coman como cerdos, beban como cirróticos y gasten como adictos. A mí, de toda esta farándula me queda solamente el recuerdo de mi infancia, en que sí disfrutaba de todo lo que ahora me parece absurdo: dejar atrás aquella escuela en la que sin deberes sabíamos de todo, pensar en los regalos que llegarían justo el día de antes de la vuelta al colegio, ir a por musgo para armar aquel belén de barro y alambres que siempre tenía varias figuras mutiladas (mi hermano las repellaba con yeso y las repintaba, en una auténtica labor de traumatólogo, aunque siempre quedaban marcas que desvirtuaban parcialmente la magia de aquella simulación).

          Ya en mi primera juventud, los guateques y fiestas del casino suponían otro aliciente: con las hormonas disparadas no importaban ni el frío de la calle, ni el estar sin un duro, ni ninguna otra consideración. La noche (Nochebuena y, especialmente, Nochevieja) era un sueño lleno de promesas carnales que, invariablemente, no se cumplían. Aquellas niñas de mi pandilla eran unas santas, parecía que jamás experimentaban los mismos hormigueos que cualquiera de nosotros. El sexo no es que fuera pecado: sería un milagro más bien. Tenían que guardar su reputación y su vocación de novias formales y después esposas, así que no se podían permitir una indecorosa conducta pública que les restase credibilidad. Si alguna se propasaba una micra los severos límites a la larga se iba de un pueblo que ya la tenía marcada de por vida.

1966, mi pandilla

Mi pandilla el Viernes Santo de 1966

          La Nochebuena hacíamos guateque en la central de Telefónica, junto a la cabina donde la gente iba a hablar con sus novias o a recibir a una cierta hora prefijada la llamada de la familia que había emigrado. Junto a aquella especie de confesionario laico, bailábamos los twists de moda, algún rock&roll y nos divertíamos con aquella inocente ilusión que la madurez fue dejando atrás. A medida que íbamos creciendo, las niñas de la pandilla iban desertando en manos de aquellos larguísimos noviazgos de pueblo que, cabe esperar, las hizo felices esposas, al menos de cara a la galería, en algunos casos con la sospecha de un tedio mortal, pero de eso no se habla en un pueblo, así que corro un tupido velo.

          Poco a poco, nos fuimos yendo a los bailes del casino. Ya podíamos beber alcohol, si el aguinaldo de padres, abuelos y titos había sido generoso, y caía algún cubalibre entre baile y baile. Tocaban siempre Hatari Group, el conjunto de mi pueblo. Lo hacían muy bien. Mientras bailábamos “agarrados” y fieramente controlados por las madres, me gustaba oler el pelo largo de aquellas chicas, siempre limpio para el baile. Cada una tenía el olor peculiar de su champú y algo tan simple me resultaba excitante. Aunque no cabía el menor escarceo, que aquellos tiempos requerían reprimir impulsos hasta extremos que hoy la gente joven considera leyendas urbanas.

          Siempre apurábamos la Nochevieja, sabedores de que no volvería a haber bailes hasta las fiestas de Santiago y Santa Ana: siete meses sin bailar con aquellas chicas, salvo la posibilidad de organizar algún guateque, cosa que no siempre era posible por problemas de costumbres (pocos padres y madres, solo los más abiertos, permitían semejante corruptela en sus domicilios), por problemas logísticos (muy pocos de nosotros tenían tocadiscos o pick-up ni discos apropiados), y por problemas de nómina: ¿a qué chavalas invitar, tras el cribado de los noviazgos?

          Recuerdo aquellos días de Año Nuevo, con los rigores del trasnoche, el alcohol, el ruido del “conjunto músico vocal”, todo ello metido en el cerebro de forma traumática, como si una trituradora nos machacara las escasas neuronas que habían quedado de guardia. Un café, tres arcadas, muy mal cuerpo y una televisión en la que siempre estaba el Concurso de saltos. Ver a aquellos esquiadores alpinos dejarse caer por una rampa, volar casi cien metros prácticamente en horizontal, levantar el cuerpo un instante antes de llegar al suelo, todo ello a una velocidad que mareaba… me sugería una serie de preguntas: ¿Por qué hacen este tipo de cosas? ¿Qué macabro impulso los lleva a querer ser pájaros en una mañana tardía de resaca y dolor de cabeza? ¿Es que no estuvieron anoche de baile en el casino? ¿Quién puede desear hacer estas cosas?

          Ahora, con las expectativas de un septuagenario, me vienen estos recuerdos de aquella época. Ya se pasó la ilusión navideña, sustituida por la cercanía de mis hijos y mi nieto (y este año, ni eso, por evitar eventuales contagios). También pasaron la gula y el exceso etílico, sigo siendo parco en gastos superfluos y los regalos ya se han hecho rutinarios y previsibles (cada vez aparecen menos caprichos en mi mente). La fecha de hoy se me aparece como un día inerte: no tengo que hacer la compra ni ir a por pan, no hay prensa, la calle está desierta y los negocios cerrados, solo de cuando en cuando se oye un petardo tirado a la calle desde algún piso alto o el coche de algún joven con el reggaetón a todo volumen y las ventanillas inteligentemente bajadas. Ha desaparecido hasta el concurso de saltos de la televisión y me siento flotar en un limbo espacio-temporal desubicado y extraño, como si hoy fuera un día robado al calendario. Ahora, cincuenta años después, lo que cuenta cada mañana de Año Nuevo es el Concierto. Este año, dirigido por Riccardo Muti, que he visto sin demasiado entusiasmo porque me ha parecido muy cargado de polkas y valses, aunque claro, Viena es la ciudad de estos ritmos y el Concierto se hace allí. Además, al no haber público, la  Marcha Radetzky no ha sido acompañada de aplausos y la sensación de desamparo se acentúa. Casi estoy deseando que llegue mañana con los camiones de reparto, el tráfico, el trasiego del supermercado, los negocios abiertos y las conversaciones, el trasiego que me devuelve a la realidad palpable de lo cotidiano. Mañana saldré del limbo y desaparecerá la angustia de la desubicación: estaré en mi casa y a dos de enero y tal vez estos recuerdos hasta me hagan sentirme joven, contradiciendo a Gil de Biedma. Manías de viejo.

Alberto Granados

6 comentarios el “El día de Año Nuevo

  1. Pues feliz año nuevo, aunque como dice Mafalda, que sea más bien usado y como los de antes que eran mejor que el recién emigrado. Tengamos esperanza que es lo último que se pierde, aparte de la juventud y las fuerzas de todo tipo. Y mañana, 2 de enero, ¿volverán los energúmenos a la Plaza del Carmen a gritar, brazo en alto, el Cara al sol, de todos los años? Espero que lo hayan suspendido. Hay cosas que, como decía el filósofo, “mejor olvidar”. Un abrazo Alberto

  2. Precioso artículo que nos recuerda un tiempo ya ido y con él nos llega la nostalgia de la juventud que se fue para no volver. Enhorabuena. Feliz año nuevo y un abrazo.-Paco.

  3. Feliz año, querido Alberto. Los que somos de quintas parejas tenemos parejos recuerdos. En una ciudad no era mejor, no creas. Al menos para algunos tontorrones como yo. Solo un detalle pero de hace poco, quizá 4 o 5 años: un presentador de Radio Clásica (no Pérez de Arteaga, por supuesto) dijo que a él, el concierto este de hoy siempre le pareció el “concierto de año ñoño”.

  4. Para mí la Nochebuena siempre serán dos imágenes: el porte majestuoso de mi madre atravesando el pasillo que unía la cocina con el cuarto de estar portando la sopa de pepitoria hirviendo, a modo de trofeo, con todos sus avíos. Mi padre, por si no tuviera suficientes, la aderazaba con un buen chorreón de fino Montilla. La espera de la cena se hacía más corta porque veíamos por la tele el partido de balóncesto del Madrid dirigido por el sabio de Pedro Ferrándiz (si alguien lo duda que busque en Google el término “autocanasta”). Y la otra el “aguilando” como nosotros lo llamábamos. Y esto porque recogía mucho dinero. La razón era que lo hacía con “Romanico”, cuyos padres regentaban una churrería. Él se encargaba de vender los churros por todo el pueblo en una enorme cesta de mimbre con dos compuertas: de ahí su popularidad. Llamábamos a muchas puertas, y las familias, lejos de cabrearse, nos recibían con gusto. Eso sí: ¡agotábamos en cada casa todo el repertorio de villancicos!; es decir, que este “aguilando” nos lo teníamos merecido.

  5. Quise decir “aderezaba”

  6. Hola Alberto, me encanta las cosas que escribes. Lo que pasa es que aparte de echar de menos los saltos de Sky, por lo demás estoy encantada. Disfruto el silencio de la ciudad. Cuando está todo en calma es un gozo para mi. Yo recuerdo mis bailes de juventud y de casi niña con los vecinos pero me siento tan a gusto ahora, con mis 70 años que simplemente recuerdo, no añoro. Pero insisto, me gusta mucho leerte. Y recurriendo a los tópicos, feliz año nuevo. Deseo que escribas mucho y que yo pueda leerte. Un abrazo

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