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Talibanes


Occidente, nuestro ámbito cultural, siente como incuestionable su sistema de pensamiento, sus valores, su modelo cultural e ideológico. Todos aceptamos, en mayor o menor medida, que no hay otro modelo político válido que la democracia representativa; desconfiamos de los estados teocráticos y nos repelen los usos y costumbres vinculados a lo más rancio del Islam cuando se interpreta en su literalidad medieval. Todos tenemos el alma en vilo al ver que en Afganistán se impone una vez más el régimen talibán, con sus degollinas, lapidaciones y represión a las mujeres (en cuestión de horas ya han sido apartadas de las universidades).

Mujeres afganas, Paula Bronstein en El País 15/08/ 2021

          La palabra talibán ha sufrido un severo cambio semántico: de ser un sustantivo que designa a los miembros de cierta tendencia musulmana (Perteneciente o relativo a un movimiento integrista musulmán surgido de una escuela coránica pakistaní y desarrollado en Afganistán, según el DRAE) ha pasado a usarse preferentemente como adjetivo (Fanático intransigente, segunda acepción del mismo corpus semántico). Prensa y redes suelen mencionar el carácter talibán de los líderes de VOX, por ejemplo.

          A primera vista, podría parecer que los principios talibanes no pueden calar en la vieja Europa ni el resto de Occidente. Pero nuestra historia no está exenta de intolerancia, ni nuestro presente inmediato es tan inocente como nos gustaría asumir sin problemas de conciencia. Hay muchos hechos que han sucedido en nuestra vieja Europa y que, pese a escandalizarnos en su momento, se han convertido en una especie de rutina macabra que terminamos por asumir como la dichosa excepción que confirma la regla de nuestra civilizada convivencia. Es decir, el conformismo termina por echar abajo nuestro modelo unánimemente aceptado como el único posible y deseable.

          En julio de 1995 (ha hecho solo 26 años), los serbio-bosnios aplicaron una (una más) limpieza étnica en Srebrenica, que mató a 8.000 bosnios de religión musulmana. El impulsor, Ratko Mladic, no se parece en nada a los talibanes enfundados en chalecos que la televisión y la prensa gráfica nos muestran estos días, pero su actitud no fue menos intransigente o fanática que la de los barbudos islámicos afganos.

          Los regímenes totalitarios más crueles no nacieron fuera de las fronteras europeas: Stalin, Hitler, Mussolini, Tito o Franco también inundaron Europa de fusilados o condenados a perecer en los eufemísticamente llamados campos de trabajo. Mi generación vivió con horror juvenil situaciones como la guerra de Vietnam o vimos erigir el vergonzoso muro de Berlín y supimos de la vergüenza del gulag soviético.

          Solo hace unas semanas, Samuel, un joven de La Coruña era agredido y asesinado por su condición homosexual. Como García Lorca, una de las últimas palabras que oyó fue maricón, espetada con el mayor odio y la más absoluta intolerancia. Pero no es un hcho aislado y este mismo año diversos países han asentado en sus códigos civiles la penalización de la condición de homosexual, penalización que va desde la pena de muerte en países asiáticos y africanos de tendencia islámica (Yemen, Afganistán, Pakistán, Arabia Saudí, Irán, Somalia, Sudán, Mauritania…) hasta diez años de prisión (Tanzania, Kenia, Bangladesh…). Solo en algunos casos podría aplicarse el sentido original del término talibán.

          ¿Qué puede decirse de las campañas contra inmigrantes que cruzan los países más prósperos de Occidente en campañas electorales, prensa y redes? Nombres como Marie Le Penn, Donald Trump o Santiago Abascal y sus chicos de VOX están empeñados en negar la Historia y ese impulso migratorio que la genera. En nuestro caso, negar la emigración es tan absurdo como asumir la leyenda de la asistencia sobrenatural de la Virgen de Covadonga a don Pelayo

 

Las “Sinsombrero”, imagen de la web Mujervisible.eu

          La violencia machista lleva demasiadas mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas o incluso, por causas externas a su vida afectiva (los feminicidios de México, por ejemplo, de los que se ocupó Roberto Bolaño). Pero no hace falta el asesinato para anular a una mujer, restarle importancia a sus capacidades o aprovecharse de éstas: la brecha salarial, el robo descarado de ideas en el mundo empresarial, el caso de María Lejárraga, que escribió títulos que aparecieron como escritos por su marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. La prensa da cumplida cuenta de demasiadas situaciones en que la mujer es minusvalorada frente al hombre sin más razón que su condición biológica de mujer. Incluso entre la más famosa nómina creativa de nuestra historia, la generación del 27, parece que no hubo ni mujeres poetas o creadoras plásticas. Y hablo de lo más sensible de la llamada Edad de Plata de nuestra cultura, que dejó colarse al chileno Pablo Neruda, pero cerró la puerta a nuestras compatriotas, las “sinsombrero”: María Zambrano, Ernestina de Champourcin, Maruja Mallo, Margarita Manso, Ángeles Santos, Concha Méndez, Marga Gil Roesset, María Teresa León, Rosa Chacel, Josefina de la Torre… parecen no contar como miembros activos del 27 para antólogos ni críticos durante décadas. Eran, simplemente, mujeres.

          La situación gravísima de Afganistán nos resucita el horror talibán, pero no tengamos la soberbia de creernos al margen del talibanismo: Occidente tiene también sus pecadillos y hay demasiados talibanes cerca de nosotros, camuflados en su respetabilidad doméstica, aunque con la bestia agazapada y presta a salir en cualquier situación.

Alberto Granados

2 comentarios el “Talibanes

  1. Querido Alberto. Sigues dando en la llaga, como haces siempre en tus artículos con contenido social. Aplaudo tu buen hacer y tu juicio, por analizar con ese ecuánime criterio que tienes, esta problemática tan actual, a la vez que recurrente.

  2. Qué pena que tengamos que volver a empezar una vez más!. Recuerdo ahora aquellos libros que me obligaron a estudiar: Formación del Espíritu Nacional, y no deigamos los principios del Movimiento Nacional que hacían aprender a las mujeres de la Sección Femenina donde la mujer era reducida a ser descanso del “guerrero” y a estar siempre sujeta al varón y a sus caprichos. Y no es eso lo peor, sino que haya mujeres que compartan ese tipo de doctrinas como aquel libro titulado El varón domado de Esther Vilar (1971) donde se afirma que la mujer ha manipulado al varón y lo ha sometido. Y a esos principios nos quieren llevar los de Vox y otros, también apoyados por mujeres. ¡Qué pena!

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