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El momento idóneo


        Me temo que nuestra devaluada constitución (intencionadamente con minúscula, dado su escaso valor actual) ha dejado sin efecto muchos de los artículos grandilocuentes que contiene. No hay más que ver lo que dice sobre los derechos al trabajo y a la vivienda para tener que sujetarse las mandíbulas, no sea que se nos desencajen en una carcajada siniestra.

        ¿Y qué decir de ese bonito artículo que declara que somos un Estado aconfesional? Que yo sepa, la religión tiene presencia en la escuela (no ha habido ni un solo gobierno, de izquierdas o derechas capaz de sacarla), la Conferencia Episcopal campa por sus faltas de respeto al poder civil y se entromete en temas legislativos netamente sociales (Ley del aborto, LOMCE, etc.) jugando sus peones en ese siniestro tablero que nos afecta a todos, la iglesia católica se lleva una subvención en un país que se resiente en todos los aspectos de los enormes recortes en asuntos sociales (sanidad, educación, obras públicas…). ¿Para qué seguir?

 

 

 

Paco Cuenca en una imagen de granadadigital (Cristina Chaparro)

Paco Cuenca en una imagen de granadadigital (Cristina Chaparro)

 

 

 

       Pero no es solo cosa de los partidos, sino de una sociedad conservadora y contradictoria que está dispuesta a hacer polvo cualquier intento de defensa de la aconfesionalidad. En ocasiones no hay más argumento que la llamada a la tradición, esa abstracción que pretende servir de justificación a lo arbitrario.

       En nombre de la tradición se cae en contradicciones imposibles de asumir: nuestros hijos gozan de una absoluta libertad (por cierto: se la conseguimos nosotros, con mucha sangre, mucho sufrimiento y mucha represión). Viven con sus parejas, entran y salen a su antojo, nadie les pide explicaciones… y después, inexplicablemente deciden casarse por la iglesia, que con una hipocresía absoluta los acoge y se presta a la pantomima por exhibir una buena cuenta de resultados. Si fuera por la tradición, se seguiría torturando animales por simple diversión, a la altura del circo romano. O se seguiría defendiendo la Toma, en vez de cambiarla por una fiesta más inclusiva para otras culturas que ya forman parte indiscutible de nuestro tejido social. O se justificaría el quemar herejes o golpear a nuestras esposas, o… La tradición tiene muchos elementos culturales que hay que conocer, pero sin sentido crítico y una disposición a modificarla es un lastre para la sociedad.

       Ayer, día del corpus, nuestro nuevo alcalde participó en la procesión cívico-religiosa como si fuera un deber insoslayable. No estoy de acuerdo. Creo que era precisamente el momento idóneo para dar el enérgico golpe de timón y demostrar que el mundo no se va a hundir  precisamente porque Paco Cuenca y su equipo se ausenten del desfile, en el que no hay motivo alguno para que participen.

       Tal vez, en las dos o tres semanas que lleva en el sobrevenido cargo habrá tenido quebraderos de cabezas que hayan ocupado su atención. O quizás los otros grupos en que apoya su frágil gobierno hayan desautorizado la ausencia. Me consta que los concejales socialistas están trabajando hasta la extenuación para hacer frente con dignidad a las nuevas responsabilidades. Pero tomar la decisión de no acudir hubiera sido cosa de un instante y un valiente paso adelante, que no se ha dado, lamentablemente.

 

 

 

Imagen de laicismo.org

Imagen de laicismo.org

 

       Espero (con el beneficio de la duda por delante) a ver qué relevancia se la va a dar en el futuro a la Fiesta de la Concordia, a la Toma, a la romería de san Cecilio, etc.

       Es el alcalde que yo voté y el alcalde que espero capaz de romper con unos ritos que no demuestran más que sujeción a la jerarquía eclesiástica y a esa derecha sociológica que vive la realidad granadina pendiente de mezquinos detalles, sin advertir la gigantesca dimensión de sus contradicciones.

       De nuevo tengo que hacer una aclaración que me gustaría entender innecesaria: no tengo nada contra el hecho religioso, pero lo considero un factor que jamás debería sobrepasar el umbral de la conciencia individual de cada uno. Si eso se diera (que ya va siendo hora), esta entrada sería innecesaria. No persigo ni acoso a ningún creyente ni siquiera a la iglesia. Solo pretendo que cada cosa esté en su sitio: los fieles, a cumplir con sus ritos que para eso son absolutamente libres; la jerarquía católica, a limpiar la casa, que bastante roña tienen debajo de alfombras y ropajes talares; los curiosos a disfrutar del colorido de la procesión y a divertirse; y cada uno a su tarea o voluntad. Y sobre todo, las instituciones (Ayuntamiento, Fuerzas Armadas, Poder Judicial, etc.), a cumplir su ecuanimidad sin venderse por un puñado de votos o por una presencia mediática. La tradición, si es absurda, debe ser barrida valientemente. Desaprovechar el momento idóneo de ayer es como fallar un penalti en la final de la Champions.

Alberto Granados

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7 comentarios el “El momento idóneo

  1. Pues es lo que tiene la sociedad del espectáculo. Que es bonito. Ya pasó en la Roma corrupta y decadente del final: todo el mundo practicaba una u otra religión, pero nadie se las tomaba en serio ni como fe. Es folclore en estado puro, nada más. Eso es lo curioso, que detrás de la religión no hay religión. Eso sí, los obispos sí dan por saco con los temas que más les interesan, que las más veces tienen que ver con el poder (el suyo) y con el sexo.

  2. Querido Alberto. Yo creo que de religioso, (respetando a la gente que estuvo por sus creencias), le queda poquito a esta manifestación.
    De hecho el Sr. Obispo hace de todo esto una ocasión para darse un baño de populismo. El chico que retransmitía lo dijo claramente: He entrevistado a las autoridades pero no he podido al Arzobispo que está de allá para acá. Esa postura no gusta ni a sus correligionarios.
    No te extrañe lo de “usar la iglesia” para ciertas celebraciones. Es cuestión de boato

  3. Totalmente de acuerdo contigo, amigo. Pero me temo que aún tendremos que comulgar con muchas más ruedas de molino. Esto no tiene apaño. Un fuerte abrazo.

  4. Casi me dio un ataque huyendo de mi propia casa en el centro (los pocos que quedamos en los centros históricos nos pasamos la vida huyendo de nuestras casas) y me quedé atascada con los pasteles de la L.Mezquita en medio de un mar enloquecido de gentes mirando a través de la cámara de fotos no sé qué cosa …alegría pa los bares. Adiós volveré el lunes a ver si hay suerte y no sacan alguna tradición en dos o tres días?

  5. Totalmente de acuerdo!

  6. Alberto tienes toda la razón, la razón que impone el sentido común ,que es precisamente lo que ha faltado deede hace tiempo para no derogar el dichoso concordato con la Santa (¿?)Sede.

  7. Perfecta argumentación, Alberto (como acostumbras).
    En una ocasión, cuando al ahora alcalde le reproché que procesionara (encima, tras el arzobispo encubridor de pederastas, entre otras cosas), me dijo que lo que hacía falta es que a los cargos públicos les prohibieran ir a misas, procesiones… Pues menos mal que sí que le prohíben otras nefastas tradiciones, como las que señalas. ¿Y qué decir de los militares y policías? Miedo me dan esas vergonzosas querencias nacionalcatólicas. Y risa, lo confieso; déjenme que me ría de la ridícula estampa que componen.
    Como dejas caro, el exigible comportamiento aconfesional de los cargos no sería para nada antirreligioso. Sería legítimo que las autoridades civiles y militares asistieran a la misa, la procesión y lo que se les antoje, pero no como autoridades, sino a título personal.
    Saludos.

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