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Najat El Hachmi, Premio Nadal 2021

El año literario ha empezado con fuerza y calidad. Este Nadal es, en efecto, una gran novela escrita por Najat El Hachmi con la intención de cuestionar prejuicios y estereotipos sobre las mujeres musulmanas. El lunes nos querrán (Ed. Destino, 2021, 304 páginas) está escrita por una mujer que ha pasado por muchos caminos que, en situación normal, le habrían sido vedados: desde la inmigración y la vida de barrio lumpen ha cursado una carrera universitaria, ha publicado varias novelas y ensayos, colabora con medios de prestigio, y el premio la catapultará definitiva y merecidamente. Ha superado los obstáculos que por la lógica interna de las cosas tendrían que haberle resultado insuperables por migrante, por pobre, por marginada y, especialmente, por ser mujer.

La autora, parece tener un amplio conocimiento (¿autobiográfico?) de la problemática de sus compatriotas musulmanas y de las limitaciones que les impone ese Islam integrista y medievalista que parece marcar tendencia en los últimos tiempos. La novela se inicia cuando la protagonista y su mejor amiga empiezan a experimentar los cambios de la pubertad, situación que les supondrá nuevas exigencias de modestia y comportamiento, ya que son mujeres casaderas y el decoro de la familia es un valor decididamente fuerte en la cosmovisión familiar, especialmente en el padre. La protagonista se refugia en sus estudios, siempre con la amenaza de obligarla a abandonar el instituto al primer error, pese a que el profesorado asegura sus capacidades. La vida es para ella una constante presión en que tiene como enemigos a su propio cuerpo, sus impulsos y a su familia. Sueña con un hipotético lunes en que será aceptada, la presión se desvanecerá y se sentirá libre para decidir su propia vida, mientras se muestra decididamente hostil con los demás compañeros, con los que evita cualquier relación fuera de clase. Se le permite seguir los estudios porque no ha cometido ningún error y en el chismoso barrio, periferia de la periferia, no ha surgido el menor rumor. Solo así consigue ir a la Universidad. Su amiga, por el contrario, tiene la energía de la mujer capaz de emprender cualquier idea para salir adelante. Una soñadora, otra decidida emprendedora se sirven de apoyo recíproco, casi de justificación de las decisiones propias de cada una.

Pero la bonanza desaparece y el propio padre acusa a la protagonista de ser la deshonra de la familia. Y empieza un nuevo infierno en el que solo cuenta con su amiga, que ya ha dado el paso casándose con un chico musulmán. Las dos amigas inician un camino de degradación humana en que sus sueños van desmoronándose uno a uno.

Formalmente, la novela es una especie de larga carta que la protagonista dirige a su amiga por indicación del siquiatra que la trata de su negativo sentido de la vida, con la paradoja añadida de que ha conseguido ser una mujer libre, en el sentido occidental de la palabra, una chica como las demás, aunque a costa de haberse desprendido de todo lo que le importaba. ¿Moralismo maniqueo? En absoluto. Lo que queda de manifiesto es que, pese a las derrotas y desgarros, cada persona tiene que luchar por ocupar el espacio que le corresponde, aunque sea el lugar que llegará cualquier lunes soñado.

La relación entre las dos amigas, junto a un número escaso de personajes, es el núcleo narrativo, que se desarrolla con una precisión de reloj suizo: todo en el texto resulta imprescindible y definitivo. No parece sobrar el menor elemento, tal es el rigor narrativo de esta novela, cuya lectura me ha abierto a leer otros libros de la autora.

El lunes nos querrán me ha recordado intensamente una tetralogía que leí a comienzos del año pasado y que firmaba alguien que se hacía llamar  Elena Ferrante (La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida La niña perdida). También en esta saga se trataba de la compleja relación entre dos amigas en el Nápoles más marginal y mafioso. Pero en estas novelas se notaba demasiado lo artificioso del texto, la firme vocación de best-seller. Y su falta de pulso. Lo contario de estas 300 páginas de la novela de Najat El Hachmi, donde todo resulta creíble, auténtico y decididamente bien escrito. Tal vez la única objeción sea que hay momentos en que el desesperado relato tiende al melodrama, algo que la propia protagonista reconoce, pero es que el tono de lo que cuenta no puede ser otro para tanto contratiempo personal. Por lo demás, una novela y una autora llamadas a convertirse en un justificado éxito literario.

Alberto Granados

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José Payá Beltrán: Reseña doble

José Payá Beltrán es un doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, que ejerce la docencia en un instituto próximo a su pueblo y está llevando a cabo una importante indagación filológica en varios campos, al tiempo que escribe obras de creación, algunas de las cuales he conocido. Entre otros trabajos académicos, preparó la edición crítica de Beltenebros (A. Muñoz Molina) en la prestigiosa colección Letras Hispánicas de Editorial Cátedra. Esta circunstancia desembocó en una amistad digital que se remite a varios años y que me permite certificar su generosidad: al saber de mi investigación sobre Muñoz Molina, me envió un paquete con todo su material. Cuando veo que algunos conocidos se han quitado de en medio al saber el objeto de mi estudio y me han negado su archivo muñozmoliniano, tengo que enfatizar el gesto de este por entonces desconocido, que incluso pagó de su bolsillo el envío postal.

          Desde entonces me ha tenido al tanto de sus publicaciones. En 2020 han sido dos, que me ha enviado con esa empatía y generosidad que lo llevan a semejante deferencia. Se trata de un libro en papel, S. S. Van Dine. Un crimen otoñal (Madrid, Grupo Tierra Trivium, septiembre de 2020, 235 páginas) y otro libro electrónico, La primera semana del inspector Duarte, (Click Ediciones, 2020). Leídos ambos, incluyo aquí sus reseñas.

          S. S. Van Dine. Un crimen otoñal es un libro sorprendente e inclasificable. Un divertimento maléfico del autor en que ninguna pieza encaja donde debería y donde el inocente lector va a caer inexorablemente en las diabólicas trampas a las que la lectura lo irá empujando. Es un juguete metaliterario que parte de la afición del autor por la novela negra desde la infancia, afianzada durante su primera adolescencia y aquilatada con las múltiples colecciones que ha ido atesorando durante años. Una vez sentado el hecho de que es un verdadero experto en esta literatura, el libro teoriza sobre las claves del género, las normas tan unánimemente aceptadas por los grandes autores, como dinamitadas en sus propias novelas, que una cosa es teorizar sobre cánones estéticos y otra sacar adelante una novela para un editor. El lector empieza a comprender que no todo lo que se lee obedece siempre al dominio de la verdad canónica, pues en cualquier novela pueden (tal vez deben) surgir otras claves, siempre que se respete el pacto ficcional: escribe de forma convincente y divertida, que yo, como lector, te permitiré que me engañes. El viejo “Miénteme. Dime que me quieres” de Johnny Guitar.

          En este juego de medias verdades, José Payá nos habla de sus compras de material en Nueva York, de su interés por S. S. Van Dine y del descubrimiento casual de unos cuadernillos impresos que, según él, constituyen una novela perdida del americano. Como filólogo, siente la pulsión de analizar tales fragmentos y lo hace en la versión original inglesa y su traducción al castellano. A estas alturas, el lector se puede esperar cualquier cosa…, ya que ha asistido, a parte de la biografía del autor, al origen de su interés por la novela negra y su coleccionismo, ha conocido la figura de S. S. Van Dine, un filonazi controvertido sobre el que la crítica no consigue ponerse de acuerdo, su obra, Philo Vance, su personaje estrella, su estilo, su recorrido personal, sus polémicas y despilfarros, su declive y muerte. A estas alturas, el lector lo sabe todo, menos la verdad. Algo que no pienso desvelar, ya que estamos en una novela negra (¿o no?) y los lectores tienen que intentar saber la verdad antes de que el detective nos la comunique: es la convención más absoluta del género. ¿Qué encontrará el lector? El autor ha preparado una serie de rupturas estructurales y argumentales para que solo los lectores más avispados sepan la verdad antes de llegar a la palabra FIN.

          Respecto a la otra lectura, el autor creó en 2015 un investigador, su detective personal, el inspector Duarte, un policía que ingresa en el cuerpo en plena Transición y observa con flema británica los cambios que se operan en España, al tiempo que va resolviendo los casos de asesinato que surgen en su zona. Viudo y solitario, ha alcanzado la jubilación, pero sigue como un sabueso las pistas que la crónica negra va espigando en su área geográfica. Hombre modesto y honesto jamás se deja llevar por la vanidad y el prestigio que sus éxitos policiales podrían despertarle. Con esta, son tres las entregas en que José Payá Beltrán pone a trabajar a su personaje.     

El autor creó el personaje del inspector Duarte en 2015 y ha sido el protagonista de tres novelas policíacas, todas acaecidas en un pequeño pueblo levantino. Esta última, La primera semana del inspector Duarte, aparece como el momento inaugural de su detective (hoy se diría una precuela de la serie), ya que el lector conocerá indirectamente los inicios del personaje, ya fallecido. El título, además, sirve de contraste a una entrega anterior, La última semana del inspector Duarte (2015) y parece responder a una urgencia por resucitar al personaje, al que el autor profesa un evidente cariño.

En esta novela, un recién incorporado Duarte se ve mezclado en un caso que se archiva por falta de avances en la investigación y cuarenta años después un periodista irá tirando de los cabos sueltos hasta saber quién era el asesino. Hay que remitirse a la mañana del 24 de febrero de 1981 (hoy hace cuarenta años, por tanto), una mañana atípica en que los guardias civiles están abandonando el Congreso tras el intento de golpe de la tarde anterior. En el pueblo se han visto gestos amenazadores, especialmente para el alcalde comunista. Los niños no van a la escuela esa mañana, así que se van a jugar al fútbol. Un balón rueda una pendiente y cuando el culpable va a recogerlo encuentra un cadáver: un sujeto odiado en el pueblo por su grosería con cualquier mujer ha sido asesinado, sin que el hecho parezca dolerle a nadie.

Cuarenta años después, el periodista habla de ese primer caso de Duarte. Al principio nadie parece recordar, pero unos vecinos remiten a otros y el esquema de aquel crimen va completándose. De fondo, esa visión desolada del ser humano, ese “ángel fieramente humano” que cuando se pierde en la falta de normalidad, puede dar en un ángel, pero también en un feroz depredador. Los odios políticos del pueblo hacen el resto. Una novela amena, de ritmo rápido y eficaz que solo ofrece las respuestas, nunca las preguntas del reportero y que traza un friso de la España de entonces frente a la de las nuevas generaciones.

También se hace buena literatura en las mil periferias, con autores condenados a la autoedición, incluso a perder dinero, situación por la que Pepe Payá (así firma sus correos) no se ha visto obligado a pasar (yo, en cambio, sí). Pero el gusanillo de la creación literaria tiene estas cosas y la satisfacción de publicar compensa largamente. Que el futuro le permita publicar con un reconocimiento cada vez más amplio, tan merecido como justo.

Alberto Granados

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Orillas del Sena (F. Gil Craviotto)

Francisco Gil Craviotto es uno de los autores locales que, junto al gran poeta Rafael Guillén, ostenta el decanato de los escritores granadinos ampliamente octogenarios (ambos nacidos en 1933). Es, además, una persona de una bondad y generosidad indiscutibles, lo que hace que se implique para escribirle el prólogo a alguien que publique libro (conmigo lo hizo), llame a autores para colaborar con revistas y libros colectivos (también lo ha hecho, repetidamente, conmigo), se implique en ciclos de actividades culturales, en reivindicaciones, en presentaciones de libros ajenos… Mantiene tal grado de actividad que sorprende en un casi nonagenario, pero él es así y lo será hasta su último aliento.

          Suele enviarme los borradores de sus obras, incluso de las que conserva inéditas, y hay veces en que le tengo que dar un toque, especialmente con las Memorias que está preparando:

          –Pero Paco, ¿cómo vas a poner tal cosa? Mira que te vas a ganar algún enemigo y…

–Mira, estas Memorias no van a conocerse hasta después de mi muerte, así que me importa un comino si alguien se enfada. Seguramente se lo merece.

Cuando vivía en Les Mureux, tras su trabajo, daba largos paseos junto al Sena. Le gusta tanto ese río que a él dedicó su discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada, leído el 21 de mayo de 2012: “El Sena, río literario”. De sus caminatas junto al río, con su perra Chica, nació un singular libro de estampas literarias que parece contiene mil formas de belleza creativa: las descripciones más elegantes, el paisaje, los tipos humanos, el río y sus barcazas… y como contrapunto, los ojos de su interlocutora, que miran con mirada inteligente, casi humana (perra bilingüe, asegura el escritor). Lo publicó Alhulia (Mis paseos con Chica).

Pero Francisco, o Paco, o el Maestro (solemos llamarlo de las tres formas) perdió a su mascota y después volvió a España, una vez jubilado. Entre otras muchas cosas, trajo otras estampas, inéditas hasta ahora, que aparecen en la colección Mirto Academia, también de Alhulia, dedicada a los libros de los académicos. El verano pasado me pidió un epílogo, que le escribí encantado y que aparece en el libro recientemente publicado.

Algunas de las estampas de este libro han aparecido espigadas en algunos libros, ya suyos, ya colectivos, pero ahora aparecen en su contexto y al margen de una selección temática. Un total de cuarenta estampas que oscilan entre el paisaje humano (El mendigo filósofo, El reloj de Meulan, Llueve, El pozo, El cementerio de Meulan), el propio Sena (Río Sena, ¿Padre o madre?, Río divino…), los personajes históricos que han tenido algún vínculo con el río (Merimée, Guy de Maupassant, Colombine, Manuel Azaña, Azorín…), la flora (El lirio de los valles, Los sauces del Sena, La flor del escaramujo, El chopo del camino…), y la fauna del ecosistema fluvial (Cisnes del Sena, Mirlos del Sena, Las golondrinas, «Chica»). Ha tenido la impagable gentileza de dedicarme el texto dedicado a Hemingway.

Un rico anecdotario lleno de sutileza y humanidad, un aura de nostalgia ennoblecedora del recuerdo, un repaso por un paisaje que el progreso ha hecho desaparecer para siempre. Y el sello inconfundible del Maestro. Ni más ni menos que belleza literaria llena de autenticidad y un aire geórgico y rural de cuando salir al campo era aún una actividad que entroncaba al paseante con la verdadera naturaleza. La situación ha cambiado tanto, ha sido tan grave y definitiva la degradación que será difícil que se escriban nuevas estampas como las incluidas en Orillas del Sena, libro que tiene mucho de testimonio de un mundo perdido.

Que la Academia haya publicado este libro, casi nueve años después de su ingreso es un hermoso gesto, pero es sobre todo un acto de justicia.

Alberto Granados

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Los mamíferos extraños

Los mamíferos extraños es el título del primer volumen de las memorias del poeta, novelista y erudito granadino Antonio Enrique (Granada, Ediciones Dauro, 2020, 287 páginas). A principios de la pandemia lo telefoneé y mantuvimos una larga conversación en la que, entre mil temas de conversación atropellada, me informó de que iba a publicar estas memorias, escasamente canónicas, ya que este libro no coincide con una exposición de hechos y peripecias vitales. Es otra cosa. Es un híbrido entre la búsqueda ontológica de la naturaleza del ser humano, ese extraño mamífero, la autoayuda, una visión cosmogónica y, por encima de todo, una defensa inexpugnable del amor y de la poesía. Me habló de dos volúmenes, pero el cambio social que ha comportado el virus, el confinamiento, las muertes… todas esas circunstancias que han ensombrecido nuestras vidas, le han hecho escribir un tercer tomo, un añadido fuera por completo del esquema inicialmente previsto.

          Se me hace difícil hablar de un libro tan complejo. Las primeras páginas me parecieron una repetición ampliada de otro libro suyo (El espejo de los vivos [El sentido de la vida], Editorial Alhulia, Colección Mirto Academia n. 67, 2017), en cuanto argumentaba el papel del ser humano en el Universo, partiendo de alguna forma de creación, llámese Dios, llámese plano de energía. Sería entonces, una disquisición metafísica. Pero muy pronto, estas memorias empiezan a hablar del propio autor: su niñez de chiquillo introvertido y reflexivo, sus afectos, su universo familiar, sus veraneos y su percepción de la libido sublimada, convertida en una atracción por una niña poco menor que él por la que se siente fascinado.

Junto a esta incursión en el género memorialístico convencional y lleno de tiernas anécdotas, Antonio Enrique vuelve a la reflexión profunda y confiesa a sus lectores, pero sobre todo a sí mismo, la eterna pulsión amatoria que ha marcado su vida. Aparecen entonces conceptos cósmicos, como la predestinación, el azar, el tarot, el fatalismo y el destino, la física cuántica y esos planos del universo que no diferencian ni la biología ni la física convencionales, el karma, la herencia biológica, los refuerzos a la pulsión erótica, tales como como el olor corporal, las facciones, la voz, la procreación necesaria para la perpetuación de la especie. Una y otra vez habla de aquella niña de su veraneo en Huétor, ahora de nuevo atrayente imán de su deseo, tras 46 años. Ese impulso lo lleva a señalar tres momentos en la vida de un nuevo ser: la concepción, la encarnación o momento en que el feto adquiere conciencia y la descarnación o muerte. Todas estas reflexiones conducen siempre a sus impulsos amatorios y están trufadas de una serie de anécdotas de diferente intensidad y tono: sus amigos, sus coqueteos juveniles con todas las chicas que se le mostraron propicias y receptivas, los contactos con otros poetas, la presencia de los muertos que ha ido acumulando en su trayecto vital, la galería de personajes que ha conocido…

Antonio Enrique, junto a Miguel Arnas, en la presentación de El espejo de los vivos (Diciembre de 2017)

Da la sensación de que este Los mamíferos extraños ha sido escrito, más que destinado a los lectores, destinado a sí mismo, en un intento de aclararse las propias ideas poniéndolas por escrito, y en este sentido podría parecerse a un manual de autoayuda, pero lo literario impregna todo el discurso. ¡Qué elegancia de prosa! ¡Qué amenidad en los párrafos narrativos y qué densidad en los especulativos! ¡Cuánta vida, cuánta muerte, cuánto amor desfilan por las páginas de este estudio sobre esos bóvidos erguidos que somos!

Antonio Enrique advierte desde las primeras páginas que su libro admite dos enfoques: el del creyente de alguna cosmovisión, para el que la muerte es un cambio de dimensión espacio-temporal y la del escéptico, para quien la muerte es un punto final de todo. Él se confiesa perteneciente al primer grupo, de ahí que conceptos ya mencionados como karma, transmigración, reencarnación, etc. tengan para él el sentido de lo trascendente, en tanto que para mí, racionalista y descreído, son solo especulaciones. ¿Quiere decir eso que desautorizo el libro? En absoluto: el libro está lleno de sugerencias, de vivencias e intuiciones en las que se puede creer o no, pero el discurso global, la importancia de la vida, del amor y de la poesía, están expuestos de tal forma que emocionará incluso al más renuente. Y la musicalidad de su prosa, determinadamente arcaica, de sus asociaciones luminosas y de la poesía que envuelve todo el libro no pueden dejar indiferente a ninguna persona sensible. Tras afrontar un par de entradas en mi blog, que están a medias y que siento como una obligación moral, reiniciaré, goloso, la lectura de los dos volúmenes prometedores de estas memorias: Lectura de nubes en el cielo (Volumen II) y Los días que paró el mundo (Volumen III). Amenazo con perpetrar sus reseñas.

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Un aval

A Tano García, investigador de la historia de Alcaudete

         

He comentado varias veces en este blog que Blas de Otero me regaló, con su poemario, la exacta cristalización del ser humano: ángel fieramente humano. Cabe esperar de cada uno de nosotros el carácter angelical de los buenos momentos o la ferocidad de la bestia cuando vienen mal dadas. Eso es ser humano. Nadie sabe cómo va a reaccionar ante un estímulo adverso, ni puede prever si saldrá el lado bueno o el sanguinario de esa fiera agazapada en nuestro interior. Si reaccionaríamos solidariamente o se caería en el egoísmo del sálvese quien pueda. Si saldría el ángel o la bestia. Para saberlo hay que pasar por una experiencia traumática, como nuestra guerra civil. Ante el peligro de ser declarados desafectos, la gente se afilió masivamente a Falange y abrazó un credo que en situación normal no les decía mucho. Es que sabían que el credo opuesto solo podría traerles muy serios problemas, incluso un paseo a ninguna parte, definitivo y arbitrario.

          Mi padre era un hombre “de orden”. Por su crianza, por educación y estudios (estaba a punto de terminar Medicina en la Universidad de Granada), por su tibio sentido religioso (creyente, pero distanciado del fanatismo) y por haber visto demasiada violencia y rabia en la izquierda, que representaba la rebeldía frente al hambre feudal de siglos, violencia tan odiosa como la del pistolerismo de los falangistas y allegados. Alcaudete quedó en zona republicana y mi padre, junto a otros compañeros de estudios, fue movilizado como alférez sanitario (los otros médicos del pueblo, especialmente don Daniel Torres y don Fernando Castro, sí habían terminado los estudios y llegaron como tenientes médicos). Estuvo en varios sitios y, finalmente, cuando acabó la guerra, fue encarcelado en la plaza de toros de Valencia. Sabía que cualquier momento era bueno para que lo sacaran y le dieran el paseo. Sucedía todas las noches, tras los procesos judiciales sumarios, que tan escasas garantías procesales ofrecían. Sé que mi madre y mi hermana mayor, recién nacida por entonces, pasaron privaciones y cabe imaginar el estado de ánimo de mi madre.

          Las escasas veces que mi padre mencionó la anécdota se le pudo ver nervioso. Estuvo una buena temporada con el mencionado Fernando Castro, pariente lejano de mi madre y amigo y compañero de estudios. Junto a ellos había un practicante que estaba siempre asustado y era la quintaesencia del comedimiento. No lo sabían a ciencia cierta, pero sospechaban que era cura. Lo sospechaban ellos dos y el resto de la unidad y el teniente Castro y el alférez Granados tuvieron que sacar a relucir sus estrellas en alguna ocasión cuando los soldados intentaban humillar al cura. Finalmente, cuando se hablaba de un traslado que los separaría, éste dijo la verdad: en efecto, era cura y podía ayudarles avalándolos en caso de necesidad. Les firmó una simple cuartilla a cada uno en que los declaraba gente de derechas, de orden, honrados y forzados a cumplir una obligación sobrevenida y sin hechos de armas. Eso sucedía mientras ambos esperaban angustiados lo que el destino pudiera guardarles en Valencia, con el miedo natural y la preocupación por sus familias.

          En un momento dado, recordaron el aval del cura y se lo presentaron a un oficial. Alguien contactó con el sacerdote y éste reunió a otros dos, curiosamente los tres vinculados a Úbeda, que se prestaron a decir y firmar lo que el primero les propuso: salvar las vidas de los dos amigos. Finalmente, un día apareció en casa hambriento, delgado y lleno de piojos, liberado e inocente de sus cargos.

          “Tío Fernando” pasó a ser para nosotros, después de estas peripecias tan novelescas como verdaderas, parte de la familia, una especie de tío apócrifo, cariñoso, divertido y vigilante de los siguientes embarazos y partos de mi madre y médico de toda la familia. Fue el médico que acompaño a mi padre en su último aliento y firmó su acta de defunción, cuando yo tenía 19 años. Tampoco mencionaba el aval ni la historia que había tras ese simple pedazo de papel.

          El aval del cura lo conserva mi hermano y yo solo tengo un escaneo del documento, que deseo no perder. Este es el texto:

Ante mí, Agustín Francés Cervera, Alcalde Presidente del Ayuntamiento de Losa del Obispo (Valencia) comparecen los sacerdotes Gil Aramendía Echavarri, Cristóbal Cantero Lorente y Juan Vico Hidalgo, quienes declaran decir verdad sobre los antecedentes y conducta del que fue Alférez Practicante del B.O.T. nº 86 de Reservas Generales don Gumersindo Granados Tortosa, y manifiestan lo siguiente:

Derechista declarado, desde su incorporación al Batallón ha favorecido casi descaradamente a los elementos de orden, habiendo sufrido por esta causa numerosas contrariedades.

Y para que conste lo firmamos en Losa del Obispo a cuatro de abril de mil novecientos treinta y nueve.

El Alcalde

(Rúbrica y sello del Ayuntamiento Constitucional de –resto ilegible-)

Gil Aramendía, Misonero del Corazón de María de la Residencia De Úbeda (Rúbrica)

Cristóbal Cantero, Sacerdote Escolapio Natural de Úbeda    

 (Rúbrica)                        

Juan Vico, Presbítero Natural de Úbeda (Jaén)

(Rúbrica)

El artículo de Muñoz Molina de ayer (Los exilios, en Babelia, p. 15) me ha resucitado estos recuerdos y he decidido compartirlos aquí, aunque no estoy seguro de la fidelidad de mi memoria, tras tantos años de la muerte de mi padre. En cualquier caso, queda lo esencial: una simple cuartilla de papel le salvó la vida. ¿Qué pasaría con tantos otros que no tuvieron su (nuestra) suerte?

La historia ha sido siempre un vivero inagotable de muertes arbitrarias. Para muchos, la supervivencia depende tan solo de que ante  una situación concreta aparezca el ángel o la fiera que llevamos dentro.

Alberto Granados

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El sueño de la sinrazón

Don Francisco de Goya, ese afrancesado que pintó a Borbones y aristócratas del Antiguo Régimen, formuló, tal vez para justificar sus contradicciones, que el sueño de la razón produce monstruos. Lo hizo en uno de sus Caprichos, el número 43, y su título completo es El sueño de la razón produce monstruos (1799). En el aguafuerte aparece un hombre dormido en una silla, con la cabeza echada en una mesa. El personaje aparece rodeado de criaturas monstruosas, especialmente murciélagos y aves deformes, pero también algunos animales parecidos a gatos, que lo rodean y observan amenazadoramente. Renuncio a una interpretación icónica, pero quiero enfatizar el contenido psicoanalítico avant la lettre de la imagen: un hombre acosado por sus obsesiones, por sus monstruos interiores.

          Casi dos siglos y cuarto después, el ser humano no ha cambiado. En esta era digital, nuestros sueños siguen generando monstruos, pero ahora los medios y las redes agigantan su proyección social hasta convertir las pulsiones de alguien en espectáculo. Lo de menos es la capacidad de alguien (es decir: la inteligencia, la creatividad, la empatía, la bondad, etc.), circunstancia que ha pasado a segundo o tercer plano. Ahora lo importante es el impacto social, el número de seguidores en Instagram, el número de twits o el de likes en redes. Las cadenas más impresentables airean después las míseras intimidades de estos personajes, algo que inexplicablemente genera un filón económico. Cuanto más bizarro sea el personaje, más morbo genera y produce más beneficio. De siempre hemos mirado las llagas del leproso y la deformidad en las barracas de feria.

          De esta forma, fijamos la atención en toda una galaxia de personajes inanes, que por una extraña sinergia, han accedido al famoseo y todos los días son noticia, de escaso calado, es verdad, pero noticia, aunque sea en la sección más canalla de un medio. Son las celebrities, los personajes célebres, dotados de una excepcional capacidad para ganar dinero sin aportar absolutamente nada.

No deseo verme ante un juez acusado de injurias, así que me ahorro la nómina de famosos que viven del cuento sin aportar a la sociedad nada más que su presencia constante en medios y redes, algo que en esta desnortada época nuestra parece ser motivo suficiente para ganar dinero y prestigio, entiéndase prestigio de garrafón, prestigio barato e inexplicable. La paradoja es que la labor abnegada del investigador, del médico de familia, del maestro, del emprendedor… están condenadas a la indiferencia, en tanto que las boutades de estos ídolos con pies de barro y cerebro de aire, parecen siempre destinadas al mayor de los reconocimientos.

En estos días, la prensa ha informado de que Cristina Pedroche se ha embolsado la bonita suma de 60.000 euros por su actuación durante la retransmisión de las campanadas en Antena3. Creo que una sociedad que permite este insulto es una sociedad enferma. Una señora sin más mérito aparente que su belleza y sus tablas gana en unas horas lo que un empleado de supermercado en un año. No veo aceptable ni su reiterativa presencia ni el montante de sus emolumentos. No le veo otro mérito que el ser atractiva y el estar dispuesta a mostrar su anatomía. No cuadra con mi apreciación sobre lo que valen los trabajos de la gente. No me escandaliza su semidesnudo, en absoluto: en cualquier rincón de una playa hay más carne. Me escandaliza, por el contrario, que figuras como Cristina Pedroche sean dueñas y señoras de la celebridad, palabra que remite a la acción de celebrar o ensalzar los méritos de alguien. Aquí no hay más que montaje mediático y un vacío cognitivo alarmantes. Me escandaliza especialmente que todo un amplio sector de la población española consagre estas actitudes, especialmente en un año en que la industria cultural (la del talento verdadero) se ha ido a pique, el empleo ha descendido, las previsiones económicas son una pesadilla, los muertos y contagiados se acumulan en las estadísticas y en muchas casas se pasa hambre. El contraste entre la realidad y los oropeles de Nochevieja me parece obsceno, demasiado triste como para taparlo con una destapada Cristina Pedroche, soberbiamente remunerada.

En el s. XVIII, el sueño de la razón producía monstruos. En el XXI el sueño de la sinrazón produce celebridades. Hemos pasado de L’Encyclopédie al Hola. Se ve que vamos progresando.

Alberto Granados

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El día de Año Nuevo

Las fiestas navideñas no me gustan por su carga de bondad a plazo fijo, por su supuesta felicidad obligatoria, por su absurdo disparo del consumismo, porque desde la muerte de mi padre, cuando yo tenía 19 años, siempre he notado más su ausencia en las reuniones familiares. Si no encuentro en estas fechas más que el recuerdo de quienes me faltan irreparablemente, si yo que soy austero como, bebo y gasto mucho más de lo necesario, si no le encuentro la gracia a tanta simbología religioso-comercial y acabo harto de peces en el río, queda claro que lo único aprovechable de las fiestas era el estar de vacaciones, argumento éste que quedó fulminado en el momento en que me jubilé. Respeto que otras personas disfruten las fiestas, coman como cerdos, beban como cirróticos y gasten como adictos. A mí, de toda esta farándula me queda solamente el recuerdo de mi infancia, en que sí disfrutaba de todo lo que ahora me parece absurdo: dejar atrás aquella escuela en la que sin deberes sabíamos de todo, pensar en los regalos que llegarían justo el día de antes de la vuelta al colegio, ir a por musgo para armar aquel belén de barro y alambres que siempre tenía varias figuras mutiladas (mi hermano las repellaba con yeso y las repintaba, en una auténtica labor de traumatólogo, aunque siempre quedaban marcas que desvirtuaban parcialmente la magia de aquella simulación).

          Ya en mi primera juventud, los guateques y fiestas del casino suponían otro aliciente: con las hormonas disparadas no importaban ni el frío de la calle, ni el estar sin un duro, ni ninguna otra consideración. La noche (Nochebuena y, especialmente, Nochevieja) era un sueño lleno de promesas carnales que, invariablemente, no se cumplían. Aquellas niñas de mi pandilla eran unas santas, parecía que jamás experimentaban los mismos hormigueos que cualquiera de nosotros. El sexo no es que fuera pecado: sería un milagro más bien. Tenían que guardar su reputación y su vocación de novias formales y después esposas, así que no se podían permitir una indecorosa conducta pública que les restase credibilidad. Si alguna se propasaba una micra los severos límites a la larga se iba de un pueblo que ya la tenía marcada de por vida.

1966, mi pandilla

Mi pandilla el Viernes Santo de 1966

          La Nochebuena hacíamos guateque en la central de Telefónica, junto a la cabina donde la gente iba a hablar con sus novias o a recibir a una cierta hora prefijada la llamada de la familia que había emigrado. Junto a aquella especie de confesionario laico, bailábamos los twists de moda, algún rock&roll y nos divertíamos con aquella inocente ilusión que la madurez fue dejando atrás. A medida que íbamos creciendo, las niñas de la pandilla iban desertando en manos de aquellos larguísimos noviazgos de pueblo que, cabe esperar, las hizo felices esposas, al menos de cara a la galería, en algunos casos con la sospecha de un tedio mortal, pero de eso no se habla en un pueblo, así que corro un tupido velo.

          Poco a poco, nos fuimos yendo a los bailes del casino. Ya podíamos beber alcohol, si el aguinaldo de padres, abuelos y titos había sido generoso, y caía algún cubalibre entre baile y baile. Tocaban siempre Hatari Group, el conjunto de mi pueblo. Lo hacían muy bien. Mientras bailábamos “agarrados” y fieramente controlados por las madres, me gustaba oler el pelo largo de aquellas chicas, siempre limpio para el baile. Cada una tenía el olor peculiar de su champú y algo tan simple me resultaba excitante. Aunque no cabía el menor escarceo, que aquellos tiempos requerían reprimir impulsos hasta extremos que hoy la gente joven considera leyendas urbanas.

          Siempre apurábamos la Nochevieja, sabedores de que no volvería a haber bailes hasta las fiestas de Santiago y Santa Ana: siete meses sin bailar con aquellas chicas, salvo la posibilidad de organizar algún guateque, cosa que no siempre era posible por problemas de costumbres (pocos padres y madres, solo los más abiertos, permitían semejante corruptela en sus domicilios), por problemas logísticos (muy pocos de nosotros tenían tocadiscos o pick-up ni discos apropiados), y por problemas de nómina: ¿a qué chavalas invitar, tras el cribado de los noviazgos?

          Recuerdo aquellos días de Año Nuevo, con los rigores del trasnoche, el alcohol, el ruido del “conjunto músico vocal”, todo ello metido en el cerebro de forma traumática, como si una trituradora nos machacara las escasas neuronas que habían quedado de guardia. Un café, tres arcadas, muy mal cuerpo y una televisión en la que siempre estaba el Concurso de saltos. Ver a aquellos esquiadores alpinos dejarse caer por una rampa, volar casi cien metros prácticamente en horizontal, levantar el cuerpo un instante antes de llegar al suelo, todo ello a una velocidad que mareaba… me sugería una serie de preguntas: ¿Por qué hacen este tipo de cosas? ¿Qué macabro impulso los lleva a querer ser pájaros en una mañana tardía de resaca y dolor de cabeza? ¿Es que no estuvieron anoche de baile en el casino? ¿Quién puede desear hacer estas cosas?

          Ahora, con las expectativas de un septuagenario, me vienen estos recuerdos de aquella época. Ya se pasó la ilusión navideña, sustituida por la cercanía de mis hijos y mi nieto (y este año, ni eso, por evitar eventuales contagios). También pasaron la gula y el exceso etílico, sigo siendo parco en gastos superfluos y los regalos ya se han hecho rutinarios y previsibles (cada vez aparecen menos caprichos en mi mente). La fecha de hoy se me aparece como un día inerte: no tengo que hacer la compra ni ir a por pan, no hay prensa, la calle está desierta y los negocios cerrados, solo de cuando en cuando se oye un petardo tirado a la calle desde algún piso alto o el coche de algún joven con el reggaetón a todo volumen y las ventanillas inteligentemente bajadas. Ha desaparecido hasta el concurso de saltos de la televisión y me siento flotar en un limbo espacio-temporal desubicado y extraño, como si hoy fuera un día robado al calendario. Ahora, cincuenta años después, lo que cuenta cada mañana de Año Nuevo es el Concierto. Este año, dirigido por Riccardo Muti, que he visto sin demasiado entusiasmo porque me ha parecido muy cargado de polkas y valses, aunque claro, Viena es la ciudad de estos ritmos y el Concierto se hace allí. Además, al no haber público, la  Marcha Radetzky no ha sido acompañada de aplausos y la sensación de desamparo se acentúa. Casi estoy deseando que llegue mañana con los camiones de reparto, el tráfico, el trasiego del supermercado, los negocios abiertos y las conversaciones, el trasiego que me devuelve a la realidad palpable de lo cotidiano. Mañana saldré del limbo y desaparecerá la angustia de la desubicación: estaré en mi casa y a dos de enero y tal vez estos recuerdos hasta me hagan sentirme joven, contradiciendo a Gil de Biedma. Manías de viejo.

Alberto Granados

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Muñoz Molina y el Centro Artístico

El Centro Artístico, Literario y Científico de Granada es una institución cultural que cumplió 135 años el pasado mes de abril. Entre sus socios estuvieron Manuel de Falla, los hermanos García Lorca, el periodista Constantino Ruiz Carnero (torturado y fusilado en 1936), Melchor Almagro, Antonio Gallego Burín… y, en la actualidad son socios o han pasado por sus actividades la mayor parte de los intelectuales de la ciudad. El CALC ha estado en peligro varias veces, pero ahora, bajo la batuta de Celia Correa, ha remontado el vuelo y está presente, no solo en sus numerosas actividades, sino en el mismo tejido humano de la ciudad por sus reivindicaciones y reconocimientos de personas y por su implicación en los problemas de los granadinos.

          Resucitado por la actual directiva el Boletín del CALC, ahora en su cuarta época, bajo la dirección de Juan Chirveches, se tenía previsto un número dedicado al aniversario de la institución, publicación que se iba a presentar al público el pasado mes de abril. La pandemia lo impidió y ahora ese voluminoso número n. 11 se ha puesto a la venta, sin presentación formal, para evitar contagios. Entre sus páginas va un artículo mío que no tiene más mérito que el de haber conseguido fotografiar un material que muy poca gente ha visto, aunque las imágenes, recogidas en el Archivo Histórico del Palacio de los Córdova con un móvil, no tengan calidad. Este es mi texto:

MUÑOZ MOLINA Y EL CENTRO ARTÍSTICO

Gran parte de la vida de Antonio Muñoz Molina, tras abandonar Granada, ha transcurrido en Madrid, Nueva York y, recientemente, en Lisboa. Ha manifestado en algunas de sus columnas que el único ámbito donde se siente libre es la gran ciudad, donde halla respuesta a sus demandas en campos como los museos y salas de exposiciones, los conciertos y óperas de los más prestigiosos auditorios, los espacios escénicos, la creación literaria, etc. Ha reconocido que debe su prestigio a las oportunidades que se le abrieron en Granada, pero se percibe en sus escritos que aquí se ahogaba y aprovechó la nueva situación que supuso su nueva relación amatoria para volar, igual que Manuel, el protagonista de El jinete polaco, su trasunto literario y vital. Por mi parte, siempre he sentido que ese Manuel era yo mismo, asfixiado en un pueblo (el novelista, al menos, vivió en una ciudad como es Úbeda) en el que no encontraba nada que me retuviera y del que quería huir para comprobar si era capaz de afrontar la vida con suficiencia. De ahí arranca mi admiración por el escritor ubetense y universal.

Muñoz Molina participó abundantemente en el mundillo cultural granadino. Aquí surgieron sus columnas en Diario de Granada, Ideal u Olvidos de Granada, que dieron lugar a sus dos primeros libros: El Robinson urbano (1984) y Diario del Nautilus (1986); también desde aquí dio el salto a los medios de ámbito nacional: ABC le abrió las puertas en 1987 y El País, aparte de algunas colaboraciones aisladas anteriores, le dio una columna fija en 1991, columna que, cambiando el epígrafe y la sección del periódico, se mantiene hasta la actualidad; igualmente, fue en Granada donde escribió algunas de sus mejores novelas, Beatus ille, El invierno en Lisboa, Beltenebros…; su novela Plenilunio está basada en un terrible suceso local; y también en esta ciudad participó activamente en la vida cultural (presentaciones de libros y revistas, prólogos de publicaciones, tertulias y mesas redondas, etc.).

En este contexto, Muñoz Molina y el Centro Artístico tenían que encontrarse: un autor que se abría camino y una venerable institución, que este año cumplirá 135 años de existencia… ¿cómo no iban a coincidir? Este sencillo punto de partida me ha llevado a rastrear el paso del autor por la institución y he encontrado algunos vestigios de su relación con el CALC.

En efecto, la tarde el 15 de diciembre de 1984, en la Sala del piano, un ubetense afincado en la ciudad presentaba su primer libro, El Robinson urbano, asistido por José Carlos Rosales. Arturo Cid al saxo y Luis Poyatos al piano remataron la presentación, imagino que con esas piezas de jazz que el columnista adora. El acto formaba parte de una serie de actividades del Centro que se habían programado bajo el título “Pre-Centenario”. Ésta era la actividad número 4 del ciclo, según la invitación impresa que se distribuyó.

Diario de Granada de esa fecha inserta un breve en la página 13 anunciando el acto. Curiosamente, en esa misma página se da noticia de dos actividades de la noche anterior: la presentación del poemario Troppo Mare, de Javier Egea, por Rafael Alberti, y una conferencia de don Emilio Orozco sobre san Juan de la Cruz, en el propio Centro Artístico. El mismo periódico publicó al día siguiente una nota sin firma, informando sobre el acto. La nota termina: «Por último se refirió al Centro Artístico “presente sin saberlo en este libro”.». El 15 de marzo de 1985, el suplemento literario del Diario, Cuadernos del Mediodía (nº 191, pp. 18 y 19), insertó dos artículos sobre El Robinson urbano, firmados por Pablo Alcázar (El fulgor de Robinson) y Juan Mata (Viajero en una ciudad invisible).

Por su parte, Olvidos de Granada, en su quinta entrega (febrero de 1985) incluyó dos artículos sobre el libro. En la página 12, se reproduce el texto leído por Rosales en la presentación. En los párrafos finales, el poeta dice:

«Evidente e inaudito que ahora mismo Robinson y Apolodoro, en una sala de billar situada muy por encima de nosotros, en este Centro Artístico que aparentemente navega a la deriva, jueguen inalterables una eterna partida a la americana. Una partida a la que no estamos invitados, ni siquiera como espectadores. Bastaría guardar silencio unos segundos para escuchar desde aquí el ruido intermitente de las carambolas, el suave deslizar de las pisadas, los breves comentarios».

                    En la página siguiente, el novelista granadino Justo Navarro, firma un artículo, Notas sobre Antonio Muñoz Molina, en que resalta la calidad del libro.

Es costumbre que el autor de un libro presentado en el CALC done un ejemplar dedicado a la institución y firme en un libro de honor. No he conseguido localizar estas dedicatorias, pese a mi indagación en la Biblioteca del Salón y en el Archivo Municipal.

La segunda comparecencia de Muñoz Molina en el Centro Artístico está menos documentada: se trata de una lectura poética de su amigo José Gutiérrez, en la que el novelista ejerció de presentador. El acto tuvo lugar el día 30 de noviembre de 1985.

Un dato más: Olvidos de Granada, en el número 16 (sin fecha constatable, aunque de 1987) ofrece un artículo del columnista: Primera crónica de una sociedad secreta, en que comenta el nacimiento de un llamado Club de Jazz de Granada. En el artículo puede leerse:

«El Club de Jazz de Granada, del que dicen crónicas que salió a la luz pública del mundo el pasado trece de marzo, y no en cualquier parte, sino en el bar —medio sótano y medio mausoleo, con un cierto aire de Speak-easy del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada—, cuyos socios fundadores parece que se revolvieron ligeramente en sus tumbas al ritmo de la desaforada jam session con que se inauguró el club». Y más adelante: «A nadie le cerró sus puertas el club. Raro sería, cuando su fundamento es una música que las contiene a todas y que desde el sagrado delta del Misisipí —El Old man de los blues y de William Faulkner se ha establecido en el mundo como una de las dos artes del siglo XX— y la otra es el cine».

Ignoro qué opinión tendrá el autor sobre el Centro, su espíritu, sus socios o sus actividades, pero me pregunto cómo habría sido su evolución personal y literaria si no hubiera abandonado Granada. Tal vez lo encontraríamos por Puerta Real, en una cafetería, concierto o sesión de cine. Tal vez sería socio del CALC, si no por una decisión propia, por solidarizarse con la llamada de socorro que la Presidenta lanzó hace unos años para salvarlo del cierre con la conminatoria afirmación de que «Granada no tendría vergüenza si deja que se hunda su institución cultural más antigua». Tal vez participaría activamente en las actividades y nos tomaríamos una cerveza a la salida de alguna presentación o conferencia… Tal vez.

No parecen existir más vínculos entre autor y Centro, pero el azar o la estadística también juegan la partida de eso que llamamos la vida y en este caso es necesario hablar de otro vínculo de naturaleza casi cabalística: Muñoz Molina ha reflejado en varios textos altamente biográficos su paso por el área de Cultura del Ayuntamiento, donde compartía despacho con una compañera. No es otra que Celia Correa, la actual Presidenta del CALC, la que sin duda lo habría captado como socio en el momento más crítico. Como nunca es tarde, yo propongo el nombramiento de Antonio Muñoz Molina como Socio Honorario del CALC. Como diría su paisano Joaquín Sabina: Nos sobran los motivos.

Alberto Granados

NOTA DEL DÍA 10/12/2020: Con fecha de hoy, un correo de Antonio Muñoz Molina me informa de otra participación suya en el CALC que yo no tenía controlada: “Hubo, que yo recuerde, otra participación mía en el Centro Artístico, una conferencia introduciendo un recital de Elena Martín Vivaldi, creo que hacia el 85, pero no me acuerdo”.

Gracias, Antonio. Aclarado queda.

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Lengua vehicular 2

NOTA PREVIA: No dejéis de disfrutar el vídeo que os he enlazado.

Recientemente apareció en este blog una valoración filológica de la pérdida de la categoría de lengua vehicular por parte de nuestro idioma, como contraprestación al apoyo de ERC a los presupuestos presentados por el gobierno de Pedro Sánchez. Esa valoración presenta otra faceta, que propongo hoy: el descuido con que los españoles tratamos a nuestra lengua. Considero un peligro real ese crecimiento abusivo de anglicismos innecesarios que constituyen un verdadero desgaste para nuestro noble idioma. No es que yo peque de purista ni que rechace los extranjerismos: siempre han entrado en nuestra lengua y, una vez asumidos, han ido pasando a nuestros diccionarios más canónicos sin el menor rechazo. El problema es que se ha impuesto el idioma del dólar, el de las grandes compañías financieras, el de internet y lo ha hecho de una forma tan insistente, tan machacona, que un mensaje cualquiera puede deslucir nuestro castellano hasta una caricatura de la lengua que inundó varios continentes y obtuvo bastantes Premios Nobel.

English Language Institute

Me he permitido elaborar un texto bastante simple para comprobar qué estamos haciendo con nuestro idioma y hasta qué punto lo estamos prostituyendo. Más que texto, es un pretexto para juntar anglicismos, así que nadie espere un primor estilístico:

Le bendita lengua de Chespir

No sé qué haríamos sin la lengua de Chespir. Hasta hace poco nos defendíamos con la de Cervantes, pero dónde va a parar. Con ésta última no podríamos hacer nada de lo que hacemos normalmente usando la lengua inglesa. No estacionaríamos el coche en un parking, ni iríamos al gym a hacer spinning por la cosa del fitness, ni necesitaríamos la ayuda de un personal coach, ni nos colocaríamos de community manager ni seríamos nfluencers, bloggers, youtubers o instagrammers, algo esencial para convertirnos en celebrities.  Mucho menos conseguiríamos que una de esas estupideces que se cuelgan en Twitter llegara a trending topic. Además, habría que cambiarle el nombre a Masterchef y nos quedaríamos sin brownies ni candy. Los comercios se llamarían tiendas y no shops

En materia de finanzas, el Banco de Santander ya ha cambiado mi antigua cuenta 123 a Cuenta One, aunque puedo seguir usando mi servicio de Openbank, que eso me tranquiliza mucho porque puedo controlar mi credit card, tarjeta que uso mucho desde el inicio de la pandemia en la variedad de contactless. Por otro lado, los magos de las finanzas no llamarían startup a las empresas emergentes y no existiría el coworking, que permite irse todos de copas en eso que llamamos afterwork.

Nada de comer en un self-service y en estos bares que nos preparan comida para llevar durante el confinamiento no habría servicio de delivery. Nuestras tabernas volverían a llamarse así, en vez de bar o pub y cerrarían a la hora de la cena. Nada de fishandchips, snacks, burguers y esas variedades de fast food, con lo que volveríamos a nuestra tapa tradicional, tan ricamente.

Y nada de black Friday, Halloween ni Eastern. No nos alojaríamos en un resort con spa ni dispondríamos de travel-checks. Volaríamos en Iberia en vuelos normales, nada de charters ni business-class y en el aeropuerto no tendríamos que hacer el check-in. Ni siquiera habríamos llegado a usar el trolley, sino que llevaríamos las clásicas maletas, si acaso con ruedecillas, normalmente atascadas.

Tampoco los homosexuales se llamarían gays, ya que se usarían las muchas formas que García Lorca reunió en uno de sus poemas de Poeta en Nueva York. Ni estaría tan de moda ese juguete sexual que, según estadísticas, tienen la mayor parte de las mujeres de hoy día: el satisfyer, ni habría sex-shops donde comprarlos directamente.

Sin el idioma de Chespir, nuestras magdalenas volverían a llamarse magdalenas, en vez de muffins, nuestros bocadillos dejarían de ser sandwiches, y desconoceríamos la nueva costumbre del brunch, que con tantas prisas se ha impuesto. No conoceríamos tampoco el hobby del take away.

Respecto al mundo de la moda, los pantalones cortos serían justamente eso y no shorts, las chaquetas de espiguilla no serían tweed, las señoras llevarían la ropa interior de siempre (y no me refiero a que no se la cambiaran a diario, que para eso estuvo Isabel I de Castilla) en vez de meter sus formas en un body o realzar sus pechos en un Wonder-Bra o en un top o embutir trasero y piernas en unos leggins o en un panty. Se ve que la tendencia va hacia la ropa casual, sin convencionalismos: easy wear.

¿Y la música? Sin el inglés, no sabríamos nada del blues, del rock&roll, de la música pop, del swing, del jazz, el rythm&blues, el soul, el country, el funk, el trap, el house, el techno… y seguiríamos oyendo a Concha Piquer, al Dúo Dinámico y a Manolo von Escobar y las zarzuelas que adoraba mi madre y que canturreaba en la cocina mientras preparaba sus sabrosos guisos, ajena por completo a la nouvelle cuisine. Incluso nos podríamos haber librado de una tortura como el reggaeton. Variantes como el rap, el hip-hop, el trance, la música disco, el grounge, etc.  no nos dirían nada y nos conformaríamos con las baladas de los italianos y los franceses de los sesenta, aunque nunca se sabe qué pasa con la industria del entertainment ni con el show business, que viene a ser quien, mediante sabrosos video-clips y spots comerciales, determina nuestros gustos. Ahora es muy fácil para cualquier manager colocar a uno de sus artistas en el top hit. Y no sabríamos qué es una performance ni un show.

¿Y el cine? ¿Seguiríamos anclados en el star system? ¿Gustaría tanto eso que hemos llamado spin-off o iríamos más al sitcom? Si no tuviéramos tanto dominio del inglés, las películas del oeste no serían westerns, ni las de misterio se llamarían thrillers, ni los dibujos animados se llamarían ni cartoon ni anime. Y nadie podría adelantarnos la identidad del asesino haciéndonos ese desagradable spoiler que tanto nos fastidia.

          Gracias el inglés, hemos avanzado mucho. Es que el fucking castellano se estaba quedando muy rancio. What a shit!

Desidia e ignorancia, una cierta dosis de esnobismo y unos planteamientos educativos que prefieren enseñar conceptos abstractos a planteamientos comunicativos (comprensión, uso adecuado, ampliación del vocabulario, fijación severa de la ortografía, y en casos singulares, el uso creativo de la propia lengua). Se enseña a un niño de doce años qué es un complemento directo o una oración reflexiva (conceptos abstractos a una mente en que el pensamiento abstracto está aún en ciernes) pero no se le hace tomar conciencia del valor de su lengua, ni de la responsabilidad de mantenerla para las generaciones del futuro. El soneto que incluí, que tanto me gusta, tiene un título erróneo. Creo, con permiso de Dámaso Alonso, que en vez de Nuestra heredad, debería llamarse Nuestro usufructo. En efecto, cada castellanoparlante recibe un bien del que solo es depositario temporal, usufructuario y no dueño. Tiene la obligación de cuidar ese patrimonio y legárselo a la siguiente generación en las mejores condiciones. Y no estamos cumpliendo.

Esta situación no parece preocupar a los adversarios políticos del gobierno, esos genuinos patriotas, ni han visto rentabilidad política en airear el asunto, pese a su enojo por desposeer a nuestra lengua de su carácter vehicular. Esto no es políticamente rentable, así que adelante con el cinismo y que siga el espectáculo: The show must go on que nos cantaban los chicos de Queen.

Alberto Granados

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Lengua vehicular

A José Luis Jiménez González, andaluz establecido en Cataluña

          Cualquier lengua del mundo, por escaso que sea su número de hablantes o su ámbito geográfico, me interesa por igual, dada mi formación de filólogo. Es obvio que ese interés general es solo el propio del curioso, del que acumula datos sorprendentes y a menudo curiosos, como si se tratara de un coleccionista. Si aplico el sentido práctico, el que entiende una lengua como el soporte imprescindible del pensamiento y la comunicación, mi interés se restringe notablemente a aquellos idiomas que verdaderamente pueden ayudarme a generar mi visión del mundo y a recibir y producir mensajes por razón de mi ámbito cultural, el occidental, y que me resulten próximos. Ahí surge el sentido de la limitación: lenguas como el chino, el japonés o el árabe, pareciéndome muy próximos, me resultan frustradoramente ajenos y sé que nunca llegaré a conocerlas ni podré beneficiarme de su riqueza ni usarlas para comunicarme con otros seres humanos. Hablo de riqueza porque indudablemente el dominio, siquiera relativo, de un idioma es una riqueza humana, cognitiva y comunicativa.

La lengua del Imperio

          Pero a los hechos lingüísticos se les suelen adherir otros de carácter geopolítico, de fronteras tan artificiales como los intereses que se esconden tras las banderas. Esta división es empobrecedora, mezquina y solo sirve para crear una babel de intereses, una conciencia de lo diferente, que arropa designios políticos, económicos, financieros… y sus consecuentes ambiciones, casi siempre camufladas o revestidas de una épica patriótica, una épica de garrafón que choca frontalmente con los planteamientos básicos de la Lingüística.

          Si a cualquier persona lo aborda un extranjero para preguntarle algo (una dirección, una indicación de tráfico, un restaurante, un hotel o una oficina administrativa) en un idioma desconocido, salvo casos de xenofobia enfermiza, nos esforzamos en comunicar razonablemente el dato solicitado. Se trata de una relación interpersonal exenta de connotaciones políticas y eso allana todas las diferencias. Pero cuando un idioma se reviste de elemento opresor o liberador, la comunicación pasa a segundo término, porque hemos pasado de la dimensión interpersonal a una concepción política de clase y ahora estamos en la dicotomía opresor/oprimido y la lengua dominante pasa a ser, más que un instrumento de comunicación, un elemento de dominio, de opresión. 

Lápidas en esukera

          Me veo obligado a reflexionar sobre la conciencia lingüística tras el cacareo que se ha montado con la bajada de pantalones del gobierno ante la exigencia de ERC, al suprimir la categoría de lengua vehicular del castellano en Cataluña.

Vuelvo a un matiz ya señalado. No voy a hacer una valoración política de esta vicisitud: ya se ha encargado la derecha de desprestigiar a Sánchez y su gobierno, aunque en el fondo la vitalidad de nuestro idioma común o su proyección al futuro les importe muy poco, si es que les importa algo. Tratan de desgastar a un gobierno que ya se desgasta solo y ponen un énfasis estremecedor en algo sobre lo que jamás se han parado a reflexionar. Allá ellos y su mantra de desgaste. Mi análisis es el de un filólogo.

Multa

Usar una lengua con fines políticos es desvirtuar su naturaleza. En un país como el nuestro, que suele fijarse mucho más en lo que tienen los demás que en lo propio, una lengua se ha convertido en elemento de lucha política. Una lengua deja de ser un vehículo de comunicación para ser un rasgo distintivo, una seña de identidad colectiva y siempre se usa políticamente para descalificar a una lengua más poderosa o extendida que, supuestamente ha asfixiado a la lengua vernácula. El franquismo, eso es cierto, con su ropaje imperial destinado a justificar su golpe de estado, impuso el uso de nuestra lengua común, basándose en conceptos extraídos del nazismo: el español era la lengua del Imperio y las otras lenguas (catalán, gallego y vasco) y sus hablas y registros dialectales fueron perseguidos por la posibilidad de planteamientos separatistas. La ceguera nazi del Régimen nos empobreció a todos con tal medida, de la misma forma que la colonización americana borró el quechua, el guaraní, el amara, el náhuatl y el resto de lenguas precolombinas.

Sermones en catalán

En España, la transición política y la Constitución de 1978 reconocieron la cooficialidad de las principales lenguas del Estado y hubo una eclosión de medios de comunicación, de edición de libros, de emisoras de radio, de música… en dichas lenguas, que fundaron sus respectivas Academias. Jamás hubo en España un mayor grado de libertad y florecimiento lingüísticos. Dice Antonio Muñoz Molina (1) que mientras en otros países se abren las ventanas y se deja entrar el aire, aquí nos empeñamos en escondernos en las habitaciones más oscuras de esa gran casa que es el castellano, más pendientes de lo que nos diferencia en una absurda competitividad balcánica de autonomías. Es cierto. Me sonroja una campaña andaluza que estableció el demente eslogan “Habla bien. Habla andaluz”, que parece responder a la necesidad de contar con un idioma cooficial, como ya tenían gallegos, catalanes y vascos.

Tan impresentable invento es falso. Hablar bien es hablar fluidamente, con capacidad expresiva, dominio de vocabulario y de la sintaxis. Lo de menos es el idioma usado, que debería ser la lengua-madre, aquella en que desde la infancia se conoció el mundo. Impostar un registro idiomático, por mero complejo de inferioridad, es una muestra del grado de envenenamiento ideológico de los lumbreras que echaron a andar la mencionada campaña, que no obtuvo otro éxito que alguna novela escrita “en andaluz”, una delirante versión de “Er Prinzipito” [sic] y algún otro despropósito más. Mejor olvidar semejantes estupideces.

Cuando llegó el nuevo impulso separatista en Cataluña, el castellano volvió a ser un signo de opresión, una imposición del llamado nacionalismo español, concepto éste realmente contradictorio. Y Sánchez cede para sacar adelante sus presupuestos.

Aquí se habla andaluz

No hace falta ser Rappel para saber qué va a suceder a partir de ahora. Los catalanes castellanoparlantes irán muriendo, sus hijos y nietos, educados en un sistema bilingüe, bascularán hacia el catalán y en 45 o 50 años, el castellano será un residuo testimonial de una lengua gloriosa que nos unió durante generaciones. Adivino que habrá mucha presión revanchista para desmontar el castellano y Cataluña se quedará, en tres generaciones, sin la riqueza de la lengua de Cervantes, de Quevedo, de García Lorca…, la misma lengua de Josep Pla, Juan Marsé o Eduardo Mendoza, por cierto. El castellano perderá su presencia en las cuatro provincias catalanas, pero seguirá siendo uno de los idiomas más prestigiosos del mundo, presente en toda Latinoamérica y Estados Unidos, en tanto que el catalán, junto a la cerrazón política de sus líderes, quedará como una bandera del procés y tendrá una escasa repercusión fuera de las fronteras catalanas. Todos, pues, saldremos perdiendo. En vez de afianzar nuestro tesoro común, de potenciar su buen uso y de extenderlo a nuevos horizontes, se impone la división y la discriminación idiomática, pero al revés: esta vez son los catalanes quienes castigan a la lengua de Cervantes.  Esta es la situación que ha generado la torpeza de Pedro Sánchez, junto a la voracidad catalanista de Ezquerra Republicana de Catalunya. Aunque no voy a llegar a ver el final del castellano en Cataluña, ya me duele una pérdida que siento como propia. Por eso traigo de nuevo, como un modesto homenaje a mi lengua, un texto que me gusta mucho:

Nuestra heredad

Juan de la Cruz prurito de Dios siente,

furia estética a Góngora agiganta,

Lope chorrea vida y vida canta:

 tres frenesís de nuestra sangre ardiente.

Quevedo prensa pensamiento hirviente;

Calderón en sistema lo atiranta:

León, herido, al cielo se levanta;

Juan Ruiz, ¡qué cráter de hombredad bullente!

Teresa es pueblo, y habla como un oro;

Garcilaso, un fluir, melancolía;

Cervantes, toda la Naturaleza.

Hermanos en mi lengua, qué tesoro

nuestra heredad -oh amor, oh poesía-,

esta lengua que hablamos -oh belleza-.

(De Tres sonetos sobre la lengua española, Gredos, 1958)

(1) Paisajes del idioma, Babelia 24/03/2007

Habrá una segunda parte (amenazo).

Alberto Granados

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El miedo de los niños

El 24 de agosto de 2011, los habituales de la web de Antonio Muñoz Molina conocimos dos hechos de su carrera literaria: que se reeditaba Nada del otro mundo (Espasa-Calpe, 1993), y que en esta nueva edición, ahora en Seix Barral, aparecía un cuento nuevo, que estaba escribiendo por esos mismos días. Lo anunciaba el autor en uno de aquellos artículos que incluía en la sección Escrito en un instante de su web: Escribir cuentos. Aclaraba que el nuevo relato, como una criatura viva con capacidad de decisión, se le había ido de las manos hasta tomar unos derroteros que no eran los inicialmente previstos. En efecto, de una conversación entre dos hombres en un bar de Bruselas, la ficción derivó hacia la peripecia de dos niños, dos primos segundos, en su Úbeda-Mágina de los años sesenta, y de igual forma, la extensión prevista de unas quince o veinte páginas se le estaba disparando hasta ocupar en el libro más de cincuenta páginas, casi una novela corta:

«Y entonces surgió otra historia, no sé de dónde, en parte del recuerdo y en parte de la imaginación, dos niños que se cuentan al oído historias de miedo en una escuela a mediados de los años sesenta, dos primos. Yo no soy ninguno de los dos: la historia viene del mundo en el que yo crecí pero no de mi propia vida. Era como ver algo objetivamente, en lo que ni mi voluntad ni mi experiencia directa intervenían. Vi una trama posible. Lo vi todo, con todos los detalles, en mi sueño despierto, en mi largo insomnio sin angustia.

MARÍA ROSA ARÁNEGA El miedo de los niños

Empecé a escribir al día siguiente, sin urgencia, dejándome llevar, quizás de nuevo alarmado por la abundancia de pormenores nuevos que surgían del acto de la escritura misma. Pero este cuento, de trama tan sucinta, resultó que tampoco iba a ser exactamente breve. Una cosa lleva a la otra. Un personaje habla y hay que dejarlo que se explique. Una imagen lleva a otra, y a otra», nos dice el autor.

Por esos años, hacíamos muchos comentarios en la web, pero cada vez que surgía una polémica, los comentaristas, a veces usando el anonimato, llegaron a ser incómodos y abiertamente hostiles entre sí y con el autor, reflejo de una sociedad muy polarizada, situación que derivó en un cierre temporal de la web, que volvió a iniciarse algún tiempo después, y que un monotema, los intentos secesionistas de Cataluña, llevó a límites insoportables la tensión hasta que en el otoño de 2017 la web se cerró. Es una pena que los comentarios no se conserven, porque eran una manera de interactuar entre los habituales y el propio autor. Recuerdo que Antonio Muñoz Molina fue dando cumplida cuenta de cómo avanzaba el relato y de cómo se lo pasó a su esposa para un veredicto final mientras él daba sus clases en un curso de una universidad, la de Utrecht si no me falla la memoria.

En octubre de 2011 apareció el libro, que repetía los relatos de la primera edición y dos que suponían la novedad de la reedición: Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad y El miedo de los niños. El primero había aparecido en El País el día 28 de agosto de 1999 con un título distinto (Borrador para un informe sobre la brigada de la realidad). El segundo, El miedo de los niños, me deslumbró por su calidad, por su atmósfera envolvente de misterio, inocencia y maldad. Ahora aparece reelaborado, como libro autónomo y desprovisto de las adherencias que los demás relatos pudieran suponer. El propio autor explica:

MARÍA ROSA ARÁNEGA Ilustración p. 19

«He hecho alguna pequeña corrección, pero poco más. Este es un cuento muy largo, casi una novela corta, y además es un cuento muy específico. Cuando se iba a reeditar mi libro de cuentos en 2011 pensé en añadir uno más, y empecé a escribir este de El miedo de los niños, aunque creí que iba a ser mucho más breve. Después de publicarlo me dio como remordimiento, porque esta historia había sido escrita mucho después que todos los demás cuentos de la antología, así que no pegaba mucho con ellos, y además sentía que al estar dentro de ese libro había perdido una parte del relieve que yo quería darle, de ahí que ahora se haya publicado de manera individual. Te diré que es una historia muy importante para mí, porque es de las cosas que he escrito en las que he puesto más pasión y más de mi propia sensibilidad, pero no verás grandes cambios si ya leíste la versión de Nada del otro mundo» (Entrevista a Muñoz Molina. Jaime Fernández y Jesús de Miguel. Tribuna Complutense, 09/11/2020).

Ha sido un placer volver a leer la sórdida experiencia de Bernardo, un niño que sufrió poliomelitis y quedó paralítico de una pierna, lo que le obliga a llevar una pesada estructura ortopédica y Esteban, su primo y valedor en la escuela y en la calle. El uno tiene una imaginación calenturienta que le hace ver por todas partes la amenaza de los tísicos, que sacan la sangre a los niños en grandes damajuanas para los enfermos de un vecino sanatorio, una versión vampírica del mito popular del Sacamantecas, en tanto que Esteban, más realista y escéptico, intenta creer lo que su primo le cuenta, aunque solo consigue asumir el miedo malo, tan diferente del miedo gozoso que le producen películas como El fantasma de la Ópera. En su inocencia infantil no ha llegado a cuajar el concepto de pedofilia, una forma aún desconocida de vampirismo, y ambos niños comparten confidencias y miedos, mientras intentan comprender el mundo que los rodea. Muñoz Molina le imprime al relato un giro repentino, una suprema vuelta de tuerca (como había hecho con el último capítulo de su Beatus ille), consiguiendo con ello un brillante remate del cuento, tal vez el mejor que ha escrito.

MARÍA ROSA ARÁNEGA Ilustración p. 63

En el universo de este relato late la infancia del propio autor, los mitos y miedos que lo agobiaron, su universo íntimo. De hecho, el embrión de este relato había aparecido en una de sus columnas periodísticas: Los mantequeros de Perú (El País n. 4.785, 26/05/1990), una de las primeras columnas de la serie Las apariencias, que también aparece en el libro homónimo de 1995. En dicha columna se lee:

«En casi nada fuimos tan precoces como en el aprendizaje del miedo. Para nuestros padres y nuestros abuelos, supervivientes de una guerra, el miedo era una norma de conducta instintiva. Para nosotros fue desde el principio una forma de conocimiento. Si nos apagaban la luz mientras subíamos al acostarnos, la honda y alta escalera se poblaba de fantasmas. Se nos hacía de noche jugando en la calle y cuando volvíamos a casa cada portal entreabierto y cada esquina mal iluminada por una bombilla desnuda podía esconder la presencia de un merodeador sin rostro, amparado en la sombra como en el embozo de una capa. Teníamos miedo de los mantequeros, de los vagabundos que cargaban sacos donde podrían esconder el cadáver de un niño. Teníamos miedo sobre todo de los tísicos, hombres invisibles que viajaban en automóviles negros y en grandes furgonetas donde guardaban bidones de cristal llenos de sangre. De cuando en cuando, entre los corros que jugaban por los callejones, se extendía el rumor de que alguien había visto el coche de los tísicos, hombres muy pálidos, vestidos con batas blancas y sombreros de hongo, que raptaban a los niños y los degollaban para vender su sangre en remotos sanatorios de millonarios moribundos que gracias a ello ganaban días o semanas de vida. No nos atrevíamos a salir cuando había oscurecido ni a volver solos de la escuela, y vigilábamos con recelo y espanto las caras de los desconocidos y el interior de los coches aparcados cerca de nuestras casas. Para imaginar los bidones de los tísicos recordábamos los lebrillos de barro que rebosaban sangre en las matanzas».

MARÍA ROSA ARÁNEGA Ilustración pp. 72 73

Así pues, el cuento no es tan ajeno al escritor como él asegura en la entrevista citada: forma parte de su espíritu como una obsesiva fuerza mental y de la noticia periodística y de su propia mente saltó felizmente a la ficción literaria, una ficción deslumbrante que merece el reconocimiento de los lectores. La indefensión del niño y su miedo consecuente también había sido el argumento de otras dos columnas, ambas tituladas también El miedo de los niños: la primera apareció en El País, edición de Andalucía, el 8 de febrero de 1997 y trata del acoso escolar al que se ven sometidos los niños débiles de carácter, los que rehúsan la pelea. También una columna homónima apareció en el Babelia n. 1.027, del 30 de julio de 2011, un mes antes de que el cuento empezara a formarse en la mente del autor. En esta ocasión hablaba del miedo como forma primigenia e iniciática de comprender la realidad, siempre presente en todas las civilizaciones. Todo eso está en este relato que reaparece ahora, con toda su magia antigua e intimista.

El libro ha sido editado con tal acierto físico que enamora: tamaño, portada, tipografía, estética… se alían con el contenido para conseguir un volumen preciosista por diseño y contenido, que en mi opinión merece un premio a la edición. Cuenta, además, con otro aliciente: las delicadas ilustraciones de María Rosa Aránega, que ha conseguido una textura granulosa, casi de estarcido, en sus dibujos llenos de grises, una perfecta representación del miedo que atenaza a los protagonistas como un grumo secreto y gris, que la ilustradora ha sabido plasmar de forma genial. Por primera vez, tras muchos años de lector empedernido, percibo que las ilustraciones no son un añadido ni un adorno, sino que forman parte de la historia, tal es la sinergia con que texto y dibujos se sincretizan para inundar la conciencia del lector, igual que esas canicas que desde la portada hasta el último párrafo en que la bolsa de canicas de Bernardo se desparrama cincuenta años después en el piso de Esteban llenándolo todo de magia y memoria, de sueños y miedos ancestrales.

Ahora que estamos confinados, que no podemos salir de cervezas ni a comer fuera, El miedo de los niños me parece una excepcional forma de llenar el ocio. Que disfrutéis su lectura.

Alberto Granados

NOTA: He usado las ilustraciones de María Rosa Aránega con permiso expreso de la ilustradora.

 

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Las siete edades

Fernando de Villena, el prolífico autor granadino, ha sacado en plena pandemia una nueva novela (y tiene otro libro esperando el momento de la presentación). Se trata de Las siete edades (Sevilla, Editorial Niñaloba, julio de 2020, 202 páginas), escrita hace diez años, aunque aparezca ahora. El título hace referencia al trayecto vital de los tres personajes centrales, cuyas biografías se reproducen a través de tres fuentes que se entrecruzan y complementan con la complicidad del lector, quien debe armar el rompecabezas y estar atento a alguna contradicción que, solo al final, cobrará su significado cabal y se comprenderá la verdadera naturaleza de la voz narradora.

          Dividida en siete capítulos que hacen referencia al título —Niñez (1956-1965), Adolescencia (1966-1974), Juventud (1974-1979), Primera madurez (1979-1987), Madurez plena (1987-2000), En las puertas de Vejecia (2000-2010) y Senectud, en este caso, una carta— más una Introducción metaliteraria que firma Lía Schindler, una supuesta estudiosa de Arte, también firmante del último y sorprendente capítulo, Las siete edades recorre las vidas de tres amigos de la infancia a través algo más de cincuenta años.

          El lector, acompañado por la prosa preciosista de Villena, irá armando en su mente la peripecia vital de los pintores Rodrigo Corpas y Alfredo Bastida y del arquitecto Julián Ayala a partir de los fragmentos las memorias de Julián Ayala, el diario de Alfredo Bastida y el epistolario de Rodrigo Corpas, en que cada uno refleja su percepción de los otros dos amigos. Siguiendo estos tres corpus biográficos se obtiene un friso histórico y humano de lo que fue la Granada del franquismo, la época sevillana de los estudios universitarios, los enamoramientos de los personajes, su evolución posterior, las ambiciones más o menos confesables, la evolución histórica de un país que pasó del franquismo a una transición democrática, la victoria socialista de 1982 y la aparición de una nueva clase intelectual, la fama y el fraude que puede haber detrás una vez que se ha alcanzado un nivel de reconocimiento avalado por los grandes gurús de la cultura oficial, el sentido del fracaso injusto, las traiciones, la desafección y el rencor, etc. Un material muy hábilmente montado por Fernando de Villena, que ha dado suficientes muestras de su maestría como narrador y que ha aparecido bastantes veces en este languideciente blog.

          Hay, sin embargo, un reparo: Fernando es una persona (y un escritor) siempre lleno de preocupaciones éticas, religiosas y existenciales. Esta circunstancia lo lleva en alguna ocasión a incluir en sus textos novelísticos una carga doctrinal que entorpece el ritmo narrativo. En esta ocasión son sus ideas sobre quiénes son los amos del mundo, el funcionamiento del mundillo cultural y el triunfo artístico, el desengaño político… ideas que ya han ido apareciendo en otros volúmenes suyos (ya lo hizo en La revolución pacífica y otros artículos conflictivos, Barcelona, Ediciones Carena, 2015) y que aquí le dan a su novela un aire trascendente que lastra el fondo narrativo, como sucedía con las antiguamente llamadas novelas de tesis. En concreto, sus ideas sobre las claves del éxito literario ya iban en el Manifiesto del Salón (1994), en que varios autores se quejaban, con razón, de las escasas posibilidades que una ciudad de provincias podía ofrecer a su producción literaria, según ellos, proscrita en los grandes circuitos editoriales, proscrita por los mismos que decidían en despachos políticos. No estoy de acuerdo en todo, pero entiendo esta vieja querella. Sé de la calidad de muchos autores locales, calidad que jamás se va a ver reconocida fuera de esta ciudad y sé que eso es doloroso para cualquiera. Pero no se puede anatemizar a priori a quien haya conseguido el éxito. Creo que no todo en el reconocimiento literario es política. La existencia de un padrino político podría encumbrar transitoriamente a algún autor, pero el éxito prolongado, los premios internacionales, la traducción a los idiomas más prestigiosos… no es cuestión de despachos, sino de méritos y de esa puerta que se puede abrir, casi milagrosamente, para filtrar esa obra redonda con que todo escritor sueña y hacerla llegar al gran público. Dicho de otro modo: no todo triunfo artístico tiene que ser fruto de una claudicación espúrea, de una venalidad que jamás ha pasado de una mera hipótesis injustificada y, en ocasiones, dirigida ad hominem. La generalización aquí puede llegar a injuria y eso está muy lejos de la forma de ser de Fernando.

Salvando esta objeción, Las siete edades es una novela magnífica y amena, con unos registros muy reconocibles de la calidad de Fernando y con una interesante trama que deja abierto un episodio definitivo para cuadrar al personaje central, para saber si hay que reprocharle algún gravísimo alegato más de los que aparecen implícitos en los materiales de sus dos amigos. No puedo ser más explícito, así que ahí lo dejo y que sean los lectores quienes establezcan el último veredicto.

Alberto Granados

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Cara de pan

El lector que, como yo, se enfrente a los personajes y situaciones que Sara Mesa nos ofrece en su novela Cara de pan (Barcelona, Anagrama, Colección Narrativas Hispánicas, 2018, 137 pp.) confirmará desde los primeros párrafos justamente lo que la autora desea poner de manifiesto: los prejuicios con que los adultos encaramos lo que la vida cotidiana nos muestra. Ese teórico lector —yo mismo— avanzará angustiado por sus páginas porque se insinúa algo que, de confirmarse, sería un horror, uno más de los que la sección de sucesos de cualquier medio nos amarga el día, cualquier día. Ese lector empezará por considerar sospechosa la relación entre Casi (una niña de “casi” catorce años) y Viejo, un adulto de 54 años, atrabiliario y menesteroso, que conoce todo lo relacionado con el mundo de los pájaros y el de la discografía de Nina Simone. Ambos se encuentran diariamente en un parque, protegiéndose de miradas ajenas en un refugio que han localizado entre unos setos. La intriga está servida y ese lector (junto conmigo) encontrará la situación sospechosa, y temerá que se confirmen sus sospechas de un caso más de pederastia antes de llegar a la última página.

         

La niña reflexiona sobre la situación y ve algo muy distinto a los miedos que el mundo adulto le ha ido metiendo en la mente sobre la relación con los desconocidos. Tras las cautelas iniciales, se sienten amigos y se necesitan. Casi se plantea la gigantesca contradicción de ver a sus compañeras de instituto que confiesan “haberlo hecho ya” con sus novios cambiantes, sin que eso escandalice a nadie. Pero si ella decidiera “hacerlo” con la única persona a la que se siente vinculada, sería una situación anómala y saldría en la crónica negra de los periódicos.

Los propios personajes difuminados y secundarios de la novela les dirigirán miradas suspicaces, igual que la policía que una vez encontró a Viejo charlando amigablemente con los niños de un colegio a través de la valla. También verán alarmante esa relación los padres de la niña, y la psicóloga que la trata cuando se descubre el caso.

El lector encontrará datos sueltos que al ir ensamblándose proporcionarán las mínimas claves de las biografías de esos dos extraños seres, tan desvalidos que ni siquiera llegan a conocerse sus nombres propios.   Casi es una niña acomplejada por sus redondeces que se siente abandonada por su hermano (que está haciendo un máster en el extranjero) y ve a sus padres como unos seres extraños. Urde una estratagema para no ir al instituto y ocupa sus mañanas en hablar con Viejo, del que aprende todo lo concerniente a sus dos temas: pájaros y Nina Simone. Casi descubre la menstruación junto a Viejo y se entera entonces de un hecho irrefutable. Es consciente de una  nueva realidad: su sexualidad, algo que la confundirá notablemente.

Por su parte, Viejo lleva tras de sí un nacimiento anómalo, una biografía llena de contrariedades, una calificación clínica de retrasado, y una estancia en un psiquiátrico, aunque a Casi le parece muy inteligente, dueño de una memoria prodigiosa y, especialmente, la única persona que la escucha con la predisposición para entender cualquier cosa que ella desee expresar.

Sara Mesa en una imagen de El Cultural. Fotografía de Jonathan Pacheco

Cuando se descubren el absentismo escolar de la niña y su fantasioso y contradictorio diario, la sociedad se pone enfrente y Viejo es acusado de todo lo que los bien-pensantes deciden imputarle. Lo de menos es si ese pobre hombre es culpable de algo y yo no pienso desvelarlo aquí. Todo está en contra de él y parece acorralarlo. Queda una única salida: la simulación. Si la sociedad, la escuela, la familia… no aceptan lo diferente, hay que aparentar que se asume la normalidad social, aunque se rompan los sueños de los protagonistas y su recíproca dependencia. Ni más ni menos que la simulación que ejercieron los falsos conversos por miedo a la Inquisición, o los inscritos apresuradamente en Falange al inicio de la Guerra Civil, o las parejas que se ven abocadas a un matrimonio de conveniencia negociado por los padres, o… La historia ha dado suficientes muestras de falsa aceptación de unos principios como medida de supervivencia y la literatura los ha reflejado abundantemente. Lo malo es que el modelo se perpetúa en la actualidad, una actualidad tecnológica y avanzada que, a pesar de sus logros, no consigue superar miedos y prejuicios antiquísimos.

Sara Mesa aquilata su prosa, escueta, deliberadamente reducida al mínimo expresivo, con lo que acentúa el desvalimiento de ambos protagonistas, pero esa prosa tiene una contundente eficacia para expresar lo que la autora desea sin ninguna concesión al esteticismo. Todo un acierto.

Confieso que hasta esta novela, que empecé el pasado viernes, día 9, y terminé la madrugada del domingo, solo había leído un hermoso relato de la autora: Picabueyes (incluido en el libro colectivo Diez Bicicletas para treinta sonámbulos, Demipage, 2013). De ahí mi interés por hacer una cata en su novelística. Prometo volver a leer a esta autora. Dos de dos: dos deslumbramientos de dos textos leídos, me parece un envidiable promedio.

Alberto Granados

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No digas que fue ayer

No tengo muy claro si he coincidido con Ángel Fábregas en alguna presentación de libros, en algún libro colectivo de relatos o en alguna actividad del Centro Artístico o de la desaparecida sala cultural de la también cerrada librería Nueva Gala. El hecho es que no había leído nada suyo, pero el otro día me llegó uno de sus libros, No digas que fue ayer (Ed. Juacaballos, Úbeda, 2019, 260 páginas), que he leído con ansia y he disfrutado como un adolescente. Una de esas lecturas que el lector agradece y que se devora como pidiendo más y sin conciencia del esfuerzo que toda lectura supone.

          No digas que fue ayer remite necesariamente a Últimas tardes con Teresa, una novela que me descubrió Miguel Cobo Rosa cuando los cuatro o cinco maestros de nuestra compañía organizábamos la biblioteca de oficiales del cuartel de Artillería, un libro atrevido en aquella época y que desentonaba con los fondos patriótico-franquistas del recinto castrense en que estábamos secuestrados. En la novela de Fábregas se reproduce la situación de Marsé: la niña pija de familia distinguida conoce al chico lumpen y juegan a todo tipo de revoluciones, incluida la sexual, aunque será la realidad social quien marque las fronteras de clase y ponga a cada uno en su sitio.

Los personajes de Teresa Serrat y Manolo el Pijoaparte de Marsé son en esta novela Cristina y Curro. Ella pertenece a una familia del régimen (el padre fue uno de los falangistas valerosos que daban paseos y asesinaban a los rojos en las tapias del cementerio, aunque en los últimos sesenta le remuerde la conciencia y busca argumentos para justificarse) mientras Curro es un gallipavo (nacido de una pareja mixta gitana-payo) que necesita salir de la miseria y del barrio en que no pertenece ni a la comunidad gitana (sus primos lo consideran un desclasado) ni a la paya y que se olvida del flamenco porque toca en un conjunto ye-ye los nuevos ritmos que han impuesto los melenudos de Liverpool, hasta el punto de que cuando los Beatles incorporan el sitar en su álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) los instrumentistas de su conjunto, Los Azabaches, añaden el instrumento hindú a su repertorio.

Aspecto de la concentración ante los Sindicatos, antes de la tragedia. Abajo, los albañiles asesinados (Fuente: Memoria Histórica)

Como entre don Quijote y Sancho, la ósmosis se produce entre los dos mundos tan distantes. Cristina y su círculo universitario y comprometido le abren puertas que Curro ni sospechaba que existieran. Empieza a moverse con cierta soltura en un mundo intelectualoide que habla de directores como Ingmar Bergman o Antonioni, de poetas como Lorca, Miguel Hernández o Neruda, de pensadores como Marcuse, de viajes, viajes reales y con su sabor a descubrimiento, no bajar a Almuñécar un fin de semana en plan dominguero. Por su parte, Cristina sale de su detestado ámbito familiar y conoce los problemas y la forma de vida de la clase trabajadora, siempre acuciada por el hambre y el temor al cacique o el patrón, amparados por la ley, la policía y el poder. El PCE y Comisiones Obreras, desde la clandestinidad y el arriesgado compromiso, les abren los ojos a estos universitarios y obreros con la vista puesta en la muerte del dictador.

He señalado el indudable punto de partida de esta novela: Últimas tardes con Teresa. Pero Fábregas consigue desplegar una novela autónoma y más granadina (pronúnciese granaína, en el registro normativo de esta ciudad). Si Marsé dejaba Barcelona reducida a simple telón de fondo de la aventura de Teresa y el Pijoaparte, Granada es mucho más que eso en No digas que fue ayer. Granada tiene un protagonismo excepcional en esta novela, una ciudad provinciana y cerrada que en aquellos años (la acción ocupa los años 67 a 70) ofrecía unas diferencias absolutas: los que hicieron la guerra y los que no, los poderosos y los pringados, los miembros del Club de Tenis y la gente. Ángel Fábregas consigue un eficaz retrato sociológico de nuestra ciudad (tal vez de cualquier ciudad de provincias) en que aparecen mezclados Juan de Loxa y su programa radiofónico Poesía 70, el párroco de La Virgencica y el grupo musical Los Ángeles, el embrión del PCE local y la represión que dejó tres albañiles muertos tras la primera huelga del sector de la construcción, la voracidad de los potentados (ahora dedicados al urbanismo salvaje en la costa y Sierra Nevada) y la estrechez económica de los trabajadores, excluidos siempre del reparto de aquel pastel llamado desarrollismo, el oscurantismo de esta ciudad timorata y conservadora y el aire de libertad que supone el mayo francés y la llegada de la nueva música rompedora de los Beatles, los Rolling Stones, The Doors, etc. Algunos personajes llegan a arquetipos literarios: el facha asesino y con doble moral y la sometida esposa que tal vez quisiera verlo muerto, el policía bueno y el policía sin escrúpulos de la Brigada Secreta, el conformista y el que ansía cambiar su posición en este mundo injusto…

A. Fábregas en la presentación de uno de sus libros (Imagen de A. Arenas)

Toda esta realidad, mostrada como un friso muy convincente, se adereza con un caso policial y la represión salvaje a los albañiles que levantaron la ciudad en el 70, con las tres víctimas mortales y la consecuente repercusión internacional (tema que ya abordó el motrileño Joaquín Pérez Prados en su novela Morir en Granada). Esto no aparece en la novela de Marsé y hay que reconocérselo a Ángel Fábregas como un mérito propio, como un acierto indiscutible que nos hace recuperar una España que podríamos olvidar por la costumbre de la democracia, con el peligro, cada vez más presente, de volver a repetirla.

Recomiendo este libro a los granaínos nacidos hacia 1950: tienen que reconocerse entre sus páginas, ya sea como parte activa, ya como meros comparsas de la Historia. Por otra parte, la editorial Juancaballos dedicará los escasos beneficios de la edición a la recuperación de la iglesia de san Lorenzo de Úbeda, cedida por el obispado de Jaén para, una vez restaurado el edificio, proceso que está a medias, convertirse en un Centro Cultural. Os sugiero que os la regaléis en esta próxima semana en que las librerías de Granada celebran un tímido remedo de la Feria del Libro.

Alberto Granados

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Los días del confinamiento

 

 

La interesada fragilidad de la memoria humana, siempre selectiva y sesgada, parece que nos impele a olvidar que hace solo unos meses estuvimos confinados por un estado de alarma. Eran los días del miedo, de la falta de mascarillas, de los guantes y el hidrogel, de la incertidumbre, de los aplausos desde el balcón, de las llamadas telefónicas para hacer siempre la misma pregunta y la misma recomendación: «¿Cómo estáis?» y «Cuidaos mucho». A medida que sumábamos días y noches de encierro, el argumento fue cambiando: confinarnos era inconstitucional, empezó a sonar a las 9 una cacerolada que desautorizaba la gestión del gobierno, la derecha cavernaria salió a las calles con más banderas que ideas y, finalmente, cuando la curva de contagios y muertes fue aplanándose pudimos desplazarnos, salir a la calle, visitar amigos y familiares, tomar una cerveza en una terraza… con las debidas precauciones y con todo el miedo del que disponíamos. Todo esto, que ahora parece lejanísimo, ha sido recogido de forma brillante en un libro de notas cuyo autor tuvo la gentileza de enviarme en el formato .mobi para mi libro electrónico y en Word. Puesto ahora a la venta en papel, lo estoy esperando recibir (el día 16, según Amazon) con cierta impaciencia (LEOPOLDO MÁRQUEZ E HIJOS, Días de pandemia. Ensayo a un metro de distancia).

El autor, un granadino residente en Madrid, ha preferido ocultar su nombre bajo un seudónimo imposible y se ha lanzado a escribir sin revisar ni corregir, según aclara. Es, pues, un imperfecto libro que contiene la perfección de lo vivo y sincero. Es también un libro híbrido que engloba el aforismo, la poesía, la narrativa, el sesgo político, la autoconfesión, el género memorialista… También es diversa la gama de tonos empleados, desde el más desgarrado, al más trascendente, o el intimista; del humor al cinismo, la anécdota hilarante (el truco empelado para burlar a los agentes de la policía local por saltarse el confinamiento podría estar en cualquier película de Billy Wilder) o la reflexión infantil que comparte con sus hijos cuando le toca la custodia compartida. Hay hasta un punto de eficaz erotismo en los encuentros preparados con la farmacéutica en las distintas secciones de un supermercado, encuentros que siempre parecen llenos de jugosas promesas.

 

Portada

 

 

El conjunto nos muestra a un abogado de 42 años que está teletrabajando durante la pandemia en un Madrid fantasmal y confinado y que se relaciona con los vecinos a través de las ventanas, especialmente a las 8 de la tarde, durante el rito del aplauso colectivo a los sanitarios.

El libro es tan variado que limitaré esta reseña a una serie de aspectos. Empiezo por su indudable habilidad aforística:

 

Aforismos

 

«Tos seca sacude la humanidad: a unos por el virus, a otros por el miedo, más lo segundo que lo primero: A la humanidad se le contrajo el pecho, se agazapó en su guarida… y el planeta Tierra respiró: la hierba brotó en cada esquina. La vida siempre gana».

 

«Esta cuarentena, este metro de distancia entre tú, yo y el resto de la humanidad.

Este punto de inflexión. Este punto y aparte».

 

«Prohibieron acercarnos a menos de un metro,

y la humanidad se fundió en un abrazo».

 

«De forma súbita, la humanidad, enclaustrada, volvió a desayunar despacio, dedicándole el tiempo debido al acto de echar el azúcar al café, el tiempo y la delicadeza debidos a untar la mantequilla mientras se conversa con los hijos y se descubre cuál es el sabor de mermelada que le gusta a cada uno».

«Un abrazo a un metro de distancia con guantes y con mascarilla»

«Muchos ancianos mueren con el único consuelo de la sábana que toca su piel».

 

 

 

María, la farmacéutica

 

En una farmacia lejana ha visto los ojos de una farmacéutica y algún resorte ha saltado en su interior hasta el punto de aventurarse por ese Madrid desierto y volver una y otra vez en busca de esa mirada.

 

«Todo ha cambiado repentinamente. Cruzo la ciudad con el pretexto de comprar más guantes de látex en aquella farmacia. Han ordenado no volver a salir de casa pero en este repentino abismo a lo desconocido, paradójicamente, necesito ir a verte, a ti, que no te conozco de nada, salvo el color de tus ojos marrones, algo verdes, algo amarillos».

 

«Cada cual es dueño de su cuarentena: algunos la consumen en el móvil, la televisión y su catastrofismo, siendo partícipes de lo que agoniza.

Otros aceptan la situación, aceptan la dureza sin tremendismos, agradecen cada día como si fuera una pequeña vida, reedifican sus cimientos y los de la sociedad. Y abrazan todas las posibilidades que nos brinda la nueva era, siendo partícipes de lo que nace.

Otros, como servidor, simplemente se enamoran de una farmacéutica».

 

La soledad

 

En la dimensión personal, surgen los hijos, con los que hace los deberes que sus maestros le mandan virtualmente, con los que habla y a los que entretiene como buenamente puede. Para que lo dejen escribir les ha dicho que está en pleno proceso de creación y que este libro ganará el Premio Nobel de Literatura, lo que los hará ricos. Les permite aportar ideas, dialoga con ellos (9 y 6 años) sobre la pandemia y la naturaleza del virus. También hay momentos de absoluta soledad:

 

«Cuarto día de falso confinamiento: dejo a los niños con su madre. Miro la botella de vino Vega Sicilia que me regaló una clienta hace dos años al haber ganado un asunto perdido. Es un vino de los caros, muy caros, carísimos…  Desde entonces busco un momento especial con alguien para compartirlo.

Miro la botella, la abro, saboreo el vino y bailo con las cortinas».

 

«Llevo varios días de cuarentena en pura soledad, cuatro días sin ver a nadie y, sin embargo, tengo una necesidad imperiosa de buscar un rincón donde estar solo».

 

Dimensión global de la pandemia

 

Respecto a la situación global, sentencia:

 

«Este agotador y falso confinamiento en todas las ciudades del mundo solo tiene un culpable: el padre de todos los padres de la arquitectura moderna: Le Corbusier. Fue él quien ideó estos edificios y sus incómodas celdas en las que hoy vivimos los humanos. Hemos entregado nuestras vidas al trabajo, a viajes vacuos, a tener tablets, ordenadores… y ahora nos percatamos de que vivimos en ratoneras desprovistas de terrazas, espacios flexibles, luz natural y ventilación. Angostas atalayas con ascensores (llenos de virus) que nos ascienden a las celdas. La culpa de absolutamente todo es de Le Corbusier».

«Primavera sin estrenar,

semillas derramadas,

coitus interruptus.

          Primavera sin estrenar:

solteros del mundo

encomendados a Onán».

«Estas páginas empiezan a ser de las que más me divierten de cuantas he escrito; jamás disfruté tanto escribiendo e incorporando a mi antojo cuanto deseo, sin corsé alguno en el estilo o en el género. Empezó siendo un poemario, después un compendio de textos con microrrelatos, reflexiones, ahora parece un diario personal o quizás una crónica de un momento histórico. Ahora me permito añadir textos ajenos y, al mismo tiempo, parece que coge forma de novela con una evolución y vida propias. ¿Me ligaré a la farmacéutica? Pero no olvidemos nunca esta frase que repito una y otra vez… ni esta ficción que estoy narrando ni ninguna podrá superar jamás la realidad que estamos viviendo.

Escribo, suelto, disfruto».

«Hay un proverbio norteamericano que dice: «Si la vida te da limones, haz limonada». Pues si la vida me ha dado esta cuarentena, la voy a aprovechar hasta el último segundo, voy a vivir y compartir una experiencia que posiblemente (espero) jamás se repetirá».

 

Los hijos

Alba, la niña; tiene su propia teoría sobre el origen de la pandemia:

 

«Hoy, Alba ha escrito una redacción sobre el coronavirus para su asignatura de Valores. Aquí va:

El coronavirus es muy pequeño, tanto que no conozco a nadie que lo haya visto, pero nos tiene a todos encerrados y alborotados. Yo creo que el coronavirus viene de otro planeta y que un cohete pasó por allí y lo cogió sin querer.

Al coronavirus le encantó nuestro planeta y también los humanos. Llegó a China y después viajó por todo el mundo. ¡Es muy viajero este virus! Un día, el coronavirus iba caminando, se tropezó y salió disparado a una persona que se puso malo. Y los médicos descubrieron el coronavirus.

Creo que es verde, cara redonda, no tiene cuerpo y tiene muchos estambres. Creo que no tiene ojos; por eso tropieza tanto. Es malo para nosotros porque hay mucha gente enferma y sola. Pero la naturaleza, al fin, está descansando de nosotros».

 

Obviamente, hay más contenidos, más densidad de la que unas simples citas pueden mostrar, pero creo inoportuno alargar esta reseña. Quedan, pues, aspectos como la relación con su exmujer, las confidencias de Encarna, los personajes que llenan los balcones a las 8 de la tarde… Éste es un libro que habla de cada uno de nosotros, anécdota más o menos, y que contiene la síntesis de miles de vidas y de muertes. Un libro que encierra en su ligereza lo más denso de la vida y sus adversidades, de la supervivencia y sus trucos. Un libro tierno e inquietante que releo a trozos mientras espero la llegada de mi ejemplar.

Alberto Granados

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Luces de pandemia

        Los esperpentos de Valle-Inclán nos mostraron la realidad desfigurada de la España de su época, como reproducida en los espejos desenfocados del madrileño callejón del Gato. Por sus piezas esperpénticas se derrama un sutilísimo juego de cinismos, contradicciones, personajes visionarios, desgarros y miserias, muy propios de unos años en que España se jugaba en una desesperada partida el encontrar un lugar decente bajo el sol de la Historia. Las cartas, marcadas o no, salieron pésimas, se perdió la partida y una España más siniestra que nunca, como una pintura negra de Goya, nos ocupó desde 1936 a la Transición. Y desde entonces hemos convivido a trancas y barrancas, con alternancia de poder entre izquierda y derecha y prácticamente alejados de radicalismos.

Duelo a garrotazos, Francisco de Goya

        Pero los últimos años nos devuelven a la realidad inexplicable, a la carencia de una política lógica, a una falta de respeto hacia el papel que las urnas hayan otorgado a cada partido, pues la aparición de los llamados partidos emergentes (Ciudadanos y Podemos) ha descabalado el juego de fuerzas que siempre nos había garantizado un cierto equilibrio. Desde las elecciones de 2016, este país es un juego permanente de tensiones originadas en los partidos, no en la ciudadanía. Si en los noventa, José María Aznar repitió mil veces aquel «Váyase, señor González», un cuarto de siglo después parece que el juego democrático y el  veredicto inapelable  de las urnas han desaparecido. Ya no vale más que una situación, según parece: la derecha, más fatua que nunca, tiene que ganar. Se siente legitimada para ganar elecciones de manera incuestionable, pero se da la circunstancia de que las pierde, y eso tiene mala digestión, de donde se produce el enrarecimiento que nos tiene más sofocados que nunca. Todo lo que haga el gobierno legítimamente constituido está mal hecho, incluso cuando coincide con las medidas de las presidencias autonómicas controladas por el PP y sus socios.

         Que Sánchez haya ganado dos elecciones seguidas no parece tener para ellos relevancia alguna: el poder, como por inequívoco designio divino, tendría que haber sido sobradamente para ellos. Que el electorado no lo haya entendido así es un simple accidente que hay que corregir a través de contradicciones, falsedades, insultos y descalificaciones. No he oído ni una sola idea positiva por parte de Pablo Casado y sus lugartenientes. Nada que ayude a resolver los problemas reales de la gente, nada que haga un país más justo o habitable. Cualquier noticiario es una cadena de trallazos al gobierno. Reconozco el derecho de todos a la crítica, estaría bueno. Pero es que no se hace crítica, sino que se miente y se envenena el clima social, hasta el punto de adivinarse un futuro sombrío donde se instaure el insulto, el meme destructivo, la noticia tergiversada, el exabrupto o la acusación absurda.

El abrazo, Juan Genovés

        Con esta situación como telón de fondo, nos llega una gravísima pandemia. En otros países han comprendido que la situación es un problema de todos y se ha apoyado, con más o menos reticencia, al gobierno. Aquí no, aquí se crea ruido de fondo, se hacen acusaciones absurdas y parece que el único objetivo de la derechaa es debilitar al gobierno, hacerlo morder el polvo y, si hay suerte, ganar las eventuales elecciones anticipadas con que, irresponsablemente, sueñan.

         El drama de la pandemia, con sus curvas de infectados, muertos y parados, con la desolación, la incertidumbre, el miedo y el penoso confinamiento suponen una verdadera tragedia a la que el bloque de la derecha ha enriquecido con  inoportunos toques de humor ácido e inoportuno. Porque supongo que muchos de sus actos son simples boutades, o es que son más irresponsables de lo que parece. Sánchez ha decidido usar dos estrategias: curar a los enfermos hasta donde ha sido posible y aislar al resto en un confinamiento monótono, aburrido y, sobre todo, preocupante. Cada cual tendrá su opinión sobre ambas medidas. Desde luego, el aislamiento, el quédate-en-casa me parece que ha evitado una catástrofe mucho mayor. Pero en su chiste supremo, la caverna decide considerarlo un abuso de poder, una inaceptable restricción de sus libertades (¡ellos, que jamás creyeron en la libertad, que se han opuesto sistemáticamente a la libertad de las mujeres, que han votado contra la Ley de Igualdad, que son los hijos ideológicos del régimen franquista…!). Ahora se erigen en paladines en de una libertad de movimientos que ya me hubiera gustado que airearan en los tiempos convulsos de la dictadura. Los de las cacerolas, los de los memes insultantes, los socios de los neonazis… máximos defensores de una libertad a la que media España ha acogido como la única medida terapéutica segura, como el cable al que aferrarse cuando se está a punto de ahogarse.

         El esperpento está servido. Ver a los de la caye-borroka enfundados en sus banderas patrióticas, golpeando el mobiliario urbano con palos de golf, o llevando a la asistenta uniformada para aporrear la cacerola y que la vieja dama no se canse… Pero nada de esta carnavalada es inocua. Detrás de la función de teatro de calle hay algo más grave y estos días eran el momento de mostrar un gesto (uno más) para debilitar al gobierno.

        Por un lado, la doble hipótesis de trabajo: salvar vidas o salvar empresas. Por otro, a punto de pasar al proceso de desescalada tiene que ponerse sobre el tapete un tema muy desagradable: ¿quién va a pagar la ruina en que España va a quedar con los negocios cerrados, los EREs prolongados y la gente acudiendo masivamente a Cáritas? ¿Lo van a hacer los poderosos o lo vamos a hacer, como siempre, la sufrida clase media, los trabajadores y pensionistas? Curioso que por los mismos días de la mascarada de la Sra. Ayuso vestida de Dolorosa y la revolución de los palos de golf, el alma negra del gobierno, el diablo materializado y reencarnado en Pablo Iglesias, haya lanzado la sonda delicada del impuesto para las grandes fortunas. La diferencia ideológica, con ser acusada, se queda en agua de borrajas cuando se empieza a intuir que la pandemia puede enfermar la glándula más sensible, la que está al lado del corazón: la cartera. Ante eso, a echarse todo el mundo a la calle a reclamar libertades. Valle-Inclán se quedó corto. El verdadero esperpento es esta pieza burlesca: Luces de pandemia.

Alberto Granados

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San José Obrero

        El pasado mes de septiembre, Antonio Muñoz Molina escribía una brillante columna en El País (Dueños del mundo) en la que afirmaba que las revoluciones ya no eran, como en otros tiempos, cosa de sindicalistas y clase trabajadora, sino de los poderosos. Estas revoluciones consisten ya en un sofocante neoliberalismo que está decidido a quedarse con todo y arramblar con las conquistas sociales y laborales ganadas durante el último siglo y medio. Contaba en dicha columna que preguntaron a uno de los más poderosos si creía en la lucha de clases y que respondió: «Claro que sí. La hemos ganado nosotros». Hace sólo unos días, leía en un best seller muy de moda las reflexiones de un personaje sobre amigos suyos que en su momento habían militado en el Partido Comunista Italiano: ahora la democracia cristiana ha fulminado al PCI y el consumo a la clase obrera. Ayer mismo me llegó por whatsapp un vídeo de Spanish Revolution en que el actor Carlos Bárdem comentaba, entre otras cosas, el feroz individualismo en que ha ido cayendo la sociedad, algo que dinamita la cohesión social, la solidaridad, la simple visión “del otro”.

 

Manifestación del 1 de mayo de 2019 en Granada. Imagen de Pepe Marían en Ideal

        Uniendo las tres ideas (el poder económico va a por todo, el consumo ha quebrado el espíritu reivindicativo y el individualismo elimina la cohesión social) obtenemos un desalentado retrato del tiempo que vivimos. Militar en un partido de izquierdas (si es quedan esos partidos), reivindicar, perder haberes por días de huelga, acudir a manifestaciones, firmar mil veces para reclamar medidas oportunas… no ha servido más que para llegar a este pesimismo que nos atenaza, a un mercado laboral que roza el esclavismo, al aumento de las desigualdades que nos hubiera parecido obsceno hace 40 años, a permitir desafueros como la reforma laboral del PP, la política bancaria, la corrupción… y muy especialmente a la absoluta claudicación de no revolverse contra tanta injusticia. ¿Qué queda de una generación, la mía, que soñó con una verdadera democracia, con un estado más igualitario y justo, con la elevación de los más débiles…? Éramos jóvenes y teníamos los sueños y el futuro intactos, pero la realidad nos ha hecho conformistas y la edad nos ha cortado las ganas de luchar, tal vez con la esperanza de que las nuevas generaciones seguirían la estela. Pero esas nuevas generaciones están fuera de España («movilidad internacional», lo llamó cínicamente la ministra de trabajo Báñez) o parados, subempleados, precarizados y sólo encuentran algo de amabilidad en Spotify, las series de Netflix, el escape etílico del botellón y algún viaje al extranjero a casa de algún conocido del programa Erasmus. Se sienten tan fuera del mundo como nosotros y llevan razón: los hemos criado entre algodones, pero los hemos dejado fuera de las posibilidades que tuvimos incluso nosotros, los de la tardía postguerra (una carrera, un empleo y un sueldo para siempre, un piso pagado durante quince o veinte años…). No tenemos derecho a pedirles que luchen por lo que nosotros soñamos y, de esta manera la bola de nieve individualista e insolidaria deja todo el espacio a empresarios ávidos, financieros y banqueros que se han ido haciendo cada vez más fuertes, sin la entraña de pensar en los más necesitados: que un banco rescatado con dinero público desahucie a una familia y los deje en la calle me parece más propio del feudalismo que del s. XXI.

        Hoy es 1 de mayo, Día del Trabajo. En mis tiempos franquistas, se llamaba San José Obrero, para camuflar el sentido de lucha que la fecha tenía en el resto del planeta y, como bromeaba mi amigo Ángel, para diferenciarlo de san José Burgués, el del 19 de marzo. Este año, el virus deja en casa a trabajadores concienciados y a sindicalistas. Nada se oirá en las calles que pueda sonar a reivindicación, a cabreo social, a protesta. Este año, el Día del Trabajo nos dejará el sabor de aquel erradicado san José Obrero que congregaba en la Casa de Campo a escuadras de falangistas y coros y danzas de la Sección Femenina.

Il quarto stato, Pelizza da Volpedo, 1901

        El virus, que ha despertado en nosotros una oleada solidaria, que va a dejar una nueva normalidad que ni intuimos por dónde pueda salir, podría servir de detonante para un nuevo impulso de la izquierda adormecida, que hiciera frente a los plutócratas carroñeros, que restableciera el espíritu de lucha y defensa de derechos, que no nos deje con el recuerdo de aquel san José Obrero, sino con la lucha por el trabajo (lo repito: lucha, no acomodo ni resignación) y, sobre todo, nos devolviera los sueños que a mi generación concienciada nos han robado.

Alberto Granados

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Semántica para tiempos convulsos

 

 

«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero».

Antonio Machado

        Un idioma nunca es de los filólogos, sino del pueblo que lo usa como vehículo de su comunicación o dicho de otra forma: es el pueblo quien altera los significados fijados en los diccionarios, atribuyéndoles nuevos valores basados en la metáfora, la analogía, la copia de otro idioma, la selección de una acepción concreta, el sesgo ideológico, etc. El hablante usa su idioma a su voluntad y, sólo después, los cambios aparecerán reflejados en las revisiones y consecuentes ediciones del diccionario, si llegan a implantarse socialmente.

        En estos tiempos convulsos he observado que algunas voces, cuyo significado estaba perfectamente fijado, han cambiado su carga semántica, su significado, o lo han especializado con una velocidad sorprendente y maligna. Pensemos que las redes sociales tienen una capacidad de divulgar impensable hace pocos años ya que transmiten contenidos con una rapidez y una extensión sorprendentes, y al generalizarse un nuevo significado sólo es cuestión de tiempo que el nuevo valor llegue al diccionario.

        La demagogia que el coronavirus ha desatado en estas semanas ha ido dejando perlas en las que he reparado y que hoy traigo a esta entrada como si fueran acepciones de un nuevo diccionario, más flexible y fullero, menos riguroso, más político y sesgado.

       

Vídeo, a la par que delicado, manipulador, pues las carretillas llevaban paquetes de folios

       

        Comunista: Me crié durante el franquismo, que veía (y perseguía) cualquier concepto relacionado con el comunismo. En mi niñez y juventud, un comunista era un ser maligno al que le faltaban sólo el rabo y los cuernos para ser el mismísimo demonio. Después empecé a conocer militantes del PCE que eran gente muy honesta y divertida. Cuando el PCE pasó a ser un partido legal el concepto prefabricado por el régimen se vino abajo. Carrillo se sacó el nuevo concepto de eurocomunismo (el que renunciaba a la experiencia de economía estatal de Lenin y Stalin y acataba las reglas de las democracias occidentales) y los comunistas quedaron absueltos de su capacidad maléfica y así hemos estado más de 40 años. Pero ha sido irrumpir en la escena política Podemos y su líder, Pablo Iglesias, y la caverna recupera el concepto franquista: ahora los comunistas (¿quiénes, cuántos, dónde, por qué?) vuelven a ser un peligro social. O eso es lo que desean PP, C´s y, con mayor vehemencia, los fanáticos de Vox. Lo repiten mil veces al día en miles de memes, en titulares de cierta prensa, en capciosas comparecencias. El problema es que esta ridícula farsa está calando y hay que desmentirla: los comunistas forman un partido democrático presente en la mayor parte de nuestro entorno europeo sin mayor problema que el de la escasez de votos que recogen en las urnas. No son un peligro, ni muerden. El peligro lo constituyen los demagogos de la derecha cavernaria que nos ha tocado en desgracia.

        Demócrata: En su origen significó partidario y practicante de la democracia. La Transición acuñó una expresión irónica, demócrata de toda la vida, para designar el cambio de chaqueta de los franquistas convencidos a nuevos partidarios de las urnas. Tal vez el paradigma fue Manuel Fraga Iribarne, que murió como demócrata habiendo sido fascista la mayor parte de su vida. Ahora me río mucho (pero es de simple tristeza) al ver a la derecha acusar a Sánchez de no ser demócrata, concepto que para nuestra peligrosa caverna refleja su propia actitud.

        Ética periodística: El compromiso fundamental de un periodista es reflejar la verdad, pero la competencia entre medios es feroz y existe una frase que sintetiza la realidad de cierta prensa: «No dejes que la verdad te estropee una buena noticia». La frase refleja que la verdad ha dejado de ser el objetivo fundamental de ciertos medios, que optan por crear opinión y, a ser posible, sesgada hacia sus fines. Recibo cada día en mi móvil una selección de titulares de prensa. Los hay vomitivos, tendenciosos, primarios… impresentables, pero cierta gente es lo que desea oír y, lo peor, reproducir. Eso es lo opuesto a la ética periodística.

        Fuentes periodísticas: En la entrada anterior ha quedado claro que las nuevas fuentes del periodismo no tienen que ser rigurosas ni veraces. Basta con que tengan el efecto demagógico deseado.

        Lectura: Destreza que permite interpretar un texto escrito. Hay una lectura puramente mecánica (leer los signos escritos correctamente) que se adquiere en edades muy tempranas. Un segundo nivel es la lectura comprensiva (comprender lo que se lee). En un nivel superior estarían la lectura simbólica (interpretar las verdaderas claves de un texto en que solamente aparecen sugeridas). Y por último, la lectura crítica (someter el texto leído a la crítica del lector) que permite discernir conexiones, segundas intenciones, contradicciones, etc. Lamentablemente, la velocidad con que leemos la prensa nos deja en la superficie de esa interpretación global de lo leído, con lo que nos hacemos más manipulables.

        Narrativa / Relato: Me ha sorprendido el uso reciente de ambos términos para referirse a la forma en que un grupo cuenta su propia interpretación de unos hechos, no necesariamente exactos. Se leen titulares como: «El relato oficial del coronavirus oculta una crisis sistémica» (kaosenlared.com) o se asegura que el independentismo «usa una narrativa insidiosa». Yo que leo mucha narrativa y hasta tengo mis veleidades literarias en el campo del relato creo que estos nuevos usos de ambos términos, además de innecesarios, bastardean su origen estrictamente literario, pero es que el periodismo es cada vez una ficción y algunos periodistas deberían participar en las ferias del libro de ficción.

        Noticia: En su tiempo, era uno de los géneros periodísticos, el que informaba sobre unos hechos acaecidos y se centraba en las seis “W” anglosajonas: What, Who, Where, When, How, Why (¿Qué?, ¿Quién?, ¿Dónde?, ¿Cuándo?, ¿Cómo?, ¿Por qué?). De eso hoy queda muy poco. Para cierta prensa resulta más cómodo fabricar la noticia, crear eso que se llama ahora las fake news o noticias falsas. Tenemos ya tanta información que la verdad se mide no por su realidad, sino por la capacidad viral de un contenido, por el número de “Me gusta” o el de retwits o de seguimientos en las redes. Y hay quien se ha dado cuenta de esto y abre miles de cuentas en las redes para denigrar al oponente, sembrar embustes y calumnias, desacreditar el trabajo de alguien, etc. Lo peor es que lo permitimos.

         Pacto: En su origen, un pacto era un acuerdo al que llegan dos o más entidades tras una negociación dialogada. En nuestra reciente historia política resulta inevitable citar los Pactos de la Moncloa. A la muerte de Franco, la mayoría las fuerzas políticas pactaron, es decir, renunciaron a parte de sus planteamientos para llegar a un consenso, a un estilo democrático y a una Constitución comunes para salvar la democracia recién nacida. Había tal miedo a una involución, que llegaron al acuerdo por responsabilidad histórica. Pedro Sánchez desea recuperar el espíritu de consenso de aquel momento, pero la oposición no está dispuesta, ni siquiera ante el gran reto que supondrá la reconstrucción del país tras la pandemia. Nadie está dispuesto a ceder lo más mínimo y, de entrada, sólo manifiestan reticencias que suenan a excusa para derribar a Sánchez, cada vez más debilitado. Esta actitud los descalifica a todos, pero también a sus votantes.

        Pedro Sánchez: Nombre y apellido de un ciudadano que, ateniéndose al funcionamiento de la Constitución, ha conseguido formar gobierno tras ganar dos eleciones dos. Que el resultado guste o no, depende de los planteamientos políticos de cada uno. Pero Pedro Sánchez ha pasado a ser sinónimo de traidor, vendepatrias, antiespañol, independentista, asesino, capo de la eutanasia de ancianos, etc. A quienes piensen (y reproduzcan) estas lindezas, tengo que recordarles que su presencia en la Moncloa se debe a esas urnas, que sólo parecen legítimas cuando gana la derecha. Es nuestro presidente, se está enfrentando a una pandemia feroz, está haciendo lo que puede, pero parece que a nadie le importa en realidad el número de muertos, sino el pim-pam-pum contra Sánchez y su eventual rédito político.

        No hay un solo elemento que permita inferir que Casado, Abascal, Arrimadas o cualquier otro líder lo habría hecho mejor que Sánchez, ni que hubieran sido más exactos en el manejo de estadísticas, ni que el material sanitario hubiera llegado más rápidamente. Pero ahora, cínicamente, lo que interesa es debilitar al gobierno, justamente en el momento en que más apoyo necesita, necesitamos todos, para superar el caos económico que el virus ha sembrado ya en España y que durará uno durísimo período. Todo es miserablemente secundario. Lo que procede es dejar KO a Sánchez. ¡Qué cortedad de miras, qué ambición y qué irresponsabilidad!

         Periodismo: entre el género literario específico y la difusión de la noticia, el periodismo ha sido una noble profesión llena de nombres luminosos. Lo expuesto anteriormente lo convierte actualmente en un cenagal para los deshonestos y en un calvario para los honrados. La única forma de conseguir un periodismo independiente (más o menos) es pagar. Nunca hubo más medios y, paradójicamente, nunca hubo más embustes. Y lo permitimos: nosotros y la Fiscalía.

         Verdad: Originalmente era aquello que se ajusta a la realidad. Hoy hay miles de verdades contrapuestas, muchas de ellas verdaderas mentiras, valga el oxímoron. Que un concepto moral en el que deberían sustentarse todos los demás (justicia, distribución de riqueza, derechos esenciales, etc.) haya caído tan bajo, que haya apareció el término postverdad, que los contenidos de la prensa dejen de lado la verdad y prefieran las fake news, nos dibujan con el trazo grueso de la irresponsabilidad. A todos: políticos profesionales, jerarquías de los partidos y electores.

         Virología: Disciplina científica que estudia los virus, su propagación, sus consecuencias y sus posibles antídotos. Un virólogo suele trabajar en un laboratorio bien equipado y usa mucho el ensayo y error, lo que lleva tiempo. Pero eso era antes. Ahora cualquier mindundi, sin pudor alguno, te da una conferencia en la cola del supermercado sobre la forma de solucionar la pandemia, una conferencia trufada de despropósitos, afirmaciones gratuitas, descalificaciones globales y tonterías leídas en cuatro memes.

        Jamás el ser humano tuvo a su alcance una herramienta de conocimiento como internet, ni una capacidad de comunicación como las redes ni un compendio de webs culturales como el que encontramos en nuestra pantalla, pero parece que jamás hemos sido tan atrevidos, tan inmodestos, tan prepotentes como para impartir al mundo nuestra verdad, que la mayor parte de las veces es pura mentira. Tal vez la pandemia deje una sociedad que tendrá que replantearse sus principios básicos. Sería un magnífico momento para distinguir las voces de los ecos y alinearnos con un diccionario de indiscutible verdad.

Alberto Granados

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Irresponsables

 

        El mensaje, asumido hasta por los más pequeños, es claro y tajante: sólo se permiten aquellas actividades estrictamente necesarias para mantener la cotidianeidad de la gente. Los demás, se quedan en casa. Y siguiendo las reglas del confinamiento, la mayor parte de los negocios han echado el cierre, con la consiguiente ruina y los efectos que arruinarán en cascada a quienes surtían a los primeros. Las universidades también han cerrado y con ello dejan en la más absoluta incertidumbre a cientos de miles de estudiantes que no saben qué van a hacer con ellos. La hostelería no nos sirve ni un café a media mañana. Los que cumplen su función telemáticamente están pasándolo muy mal cuando tienen hijos pequeños que exigen sus atenciones. Las fuerzas del orden, los sanitarios, los empleados de supermercados, los transportistas, los farmacéuticos, los empleados de la basura, los quiosqueros de prensa, etc. se juegan la vida cada día para mantener esa mínima parte de lo cotidiano que el virus nos ha permitido mantener… Todo el país, todo el mundo, intenta sobrevivir a la pandemia y a sus efectos colaterales. Todos, menos el arzobispo de Granada y unos cuantos párrocos que no podían dejar de celebrar ayer los oficios del viernes santo. ¡Qué irresponsables!

Imagen de Virgen de las Angustias TV, vía Ahora Granada

         Los diarios locales, también el ABC de Sevilla y los telediarios de ayer, han insertado la noticia: la Policía Nacional desaloja la catedral y algunas parroquias en plena celebración de los oficios religiosos. No mencionan si los agentes les han pedido el DNI a los piadosos asistentes, se sabe que no se les ha sancionado, algo que desautorizará a esos agentes, que también se juegan la vida a diario, cuando hoy o mañana les pidan identificarse a algunos de estos insumisos que se arriesgan porque ya no aguantan más encerrados. A éstos se les sanciona, a los de las misas de ayer, parece que no. Me llego a preguntar qué hubiera sucedido si en vez de tratarse de templos católicos, el culto hubiera sido en una mezquita o una sinagoga o un salón de testigos de Jehová. ¿Hubiera sido la policía tan complaciente? Me temo que no, lo que me hace dudar del principio que afirma que todos somos iguales ante la ley

        Me pregunto también qué fin perseguían. ¿Provocar lo que sucedió para jugar al victimismo? ¿Darle alas a la derecha cavernaria en su permanente ataque al Gobierno –Vox ya ha protestado-? ¿Presentarse como perseguidos por las fuerzas de izquierda (si es que existen)? Desde luego, el comportamiento de este frente católico me parece lamentable, insolidario, irresponsable, muy poco ejemplar. Justificar el incumplimiento de las medidas de cuarentena por una fe inquebrantable es tanto como justificar que los aficionados a un deporte se reúnan para practicarlo, o los ludópatas organicen partidas privadas o celebrar una fiesta de cumpleaños con los amiguitos. Y me gustaría saber por qué la Fiscalía no ha actuado de oficio, como probablemente es su deber.

        Machado ya sentenció que éramos un país de charanga y pandereta. Yo añado que somos tontos de capirote.

Alberto Granados

 

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Música y emociones

 

Cualquier pieza musical lleva consigo un contexto, lo que la hace menos inocente de lo que parece. Una melodía suele llevar consigo una intención: las marchas militares, la exaltación del heroísmo; los himnos nacionales, la gloria del país; la música religiosa, la piedad… Todas estas piezas musicales están compuestas para provocar una emocionalidad nada aleatoria, sino perfectamente estudiada. Incluso hay ocasiones en que a ese poder denotativo de la música se le adhieren componentes emocionales por motivos ajenos al compositor: Wagner no podía suponer que su música iba a ser utilizada como seña de identidad de la exaltación nazi de la realidad aria. Ni José Afonso podía calcular que su Grandola, villa morena iba a convertirse en 1973 en el himno oficioso de la revolución de los claveles y en símbolo de enfrentamiento a cualquier dictadura. En cualquier caso, hay contextos que potencian esa capacidad emocional que la música, si está bien compuesta, debería proporcionar a nuestra sensibilidad.

Tengo sentido del pudor y siempre he tratado de dejar lo emocional para mi ámbito privado y ser analítico y frío en público, pero percibo que mi sensibilidad anda exacerbada estos días de cifras catastróficas y de un amenazante apocalipsis de fallecidos e infectados. Y como me paso un montón de horas oyendo música me ha dado por reflexionar sobre esa capacidad que la música tiene para despertar emociones y llevarlas al límite, algo que los productores aprendieron con la aparición del cine sonoro, encargando las bandas sonoras a compositores destacados, auténticos profesionales del cine musical.

Una buena música puede enfatizar un aspecto que guionista y director deseen potenciar y si el montador es hábil el resultado puede ser notable. Pero además el uso social de una melodía puede convertirla en una especie de himno que las redes convierten en un fenómeno viral. Recordemos la secuencia en que José Luis Sampedro (Mar adentro, de Alejandro Amenábar, 2004), encarnado por Javier Bárdem, sueña con un vuelo que lo arranca de la cama donde la parálisis lo mantiene mientras espera que alguien le ayude a suicidarse. La secuencia contó con el aria Nessun dorma, de Turandot. Ni el texto, ni la melodía tienen nada que ver con la eutanasia, ni las leyes de suicidio asistido, ni con la actual pandemia. Pero el valor reivindicativo de la película se ha asociado al de la pandemia y estamos recibiendo cientos de whatsapps con el aria de Puccini. Y a otro nivel, el olvidado Resistiré del Dúo Dinámico ha pasado de ser una simple canción ligera a ser todo un himno a la supervivencia, un himno que nos arranca un nudo cada vez que suena cerca y en el actual contexto. La música estaba ahí y su capacidad emocional la hemos añadido nosotros, amenazados y gregarios.

 

Otro ejemplo. En una representación de Nabucco (Roma, 2011), en el 150 aniversario del estado italiano, tras sonar el llamado coro de los esclavos (Va pensiero), el público pide un bis, algo habitual en esta ópera. El director, Riccardo Mutti, se vuelve a los oyentes y recalca que en el texto de la ópera de Verdi se habla de mia patria si bella e perduta (mi patria tan bella y perdida) y arremete contra la política cultural de Berlusconi. Tras un pequeño mitin, invita a los oyentes a participar en el bis. El efecto es demoledor: el coro, el público y hasta el propio Ricardo Mutti terminan emocionados y llorando. En esta ocasión, la reacción coincide con la intención del compositor. Nabucco (1842) habla del pueblo judío esclavizado, pero Verdi escribe la ópera cuando Italia se ve amenazada por la ocupación austriaca de territorios del norte.  Verdi camufló su mensaje reivindicativo cambiando la época, pero su público supo entender el guiño musical y llegó a interpretar el apellido del compositor como “Vittore Emmanuelle, Re de Italia”, tan intenso era el deseo nacionalista y unificador, que no cristalizaría hasta unos años después.

 

Un ejemplo más: un concierto en que se interpreta parte de la banda sonora de “La lista de Schindler”. Entre la orquesta hay una intérprete ocasional: Davida Scheffers, que sufre una dolorosa enfermedad neuromuscular que le ha impedido dedicarse profesionalmente a la música y que accede excepcionalmente a una orquesta sinfónica tocando el corno inglés por ganar un concurso televisivo de talentos. Su hija se emociona entre el público vigilada por la cámara, el día que cumple 18 años. El apellido parece ser judíos, la película trata del holocausto… La emoción lo llena todo. La de Davida y la de cualquiera que conozca la intrahistoria de lo que está oyendo. Música y vida no son elementos estancos. Si lo sabré yo, que he sido incapaz de oír el Réquiem de Mozart durante muchos años por una dolorosa pérdida.

Al menos, las emociones que está despertando la música con ocasión de la pandemia son positivas: permiten que empaticemos con quienes se juegan la vida cada día por nosotros, que salgamos de nuestro individualismo, que nos demos el lujo de dejar escapar una lágrima (hoy podemos, dentro de unos días no estamos seguros), que pensemos en los demás, que sonriamos a los vecinos… y sobre todo, que disfrutemos ese tesoro inagotable que se construye con sólo unas cuantas notas y que nos llena el alma: la música.

Alberto Granados