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Cinismo en Alsasua

         En mi incurable ingenuidad, yo he creído siempre que un líder político tenía que ser alguien con cabeza fría, analítica, científica, alguien ajeno a los calentones de la emocionalidad, al peso de los sentimientos. Eso solo se lo pueden permitir las personas ajenas a algo tan complejo como es la política española, reflejo de la encrespada política mundial. El telediario de ayer nos sirvió unas imágenes que suponen exactamente lo contrario: Albert Rivera, caminando con un bastón ortopédico, ya víctima desde el principio, organiza un acto de desagravio a la Guardia Civil en Alsasua, donde, hace dos años, dos guardias y sus mujeres sufrieron un ataque tan arbitrario como injustificable.

        Con las nuevas tecnologías y las redes sociales, ese desagravio a la Guardia Civil hubiera podido hacerse desde cientos de miles de casas o en cualquier ciudad española, lejos del País Vasco, pero Rivera optó por escenificar su actuación, llena de patrioterismo a la vieja usanza, en el mismo corazón de la bestia y se fue a un pueblo donde perdura el radicalismo abertzale más sangrante. Me he enterado después de que las redes llevaban calentando motores y ánimos varios días y que el resultado era más que previsible: una contramanifestación, un carísimo despliegue policial que pagaremos a escote con nuestros impuestos y una muestra palpable del salvajismo primitivo inherente a todo nacionalismo. El buen salvaje convertido en masa amorfa e irracional, más campanas eclesiales que tañían solo para impedir el acto, más la amable consigna (Es-pa-ño-les, hi-jos-de-pu-ta) con que aquellos nazis nos obsequiaron como miembros de una horda primitiva, más la consecuente indignación de los seguidores del líder, tan fácilmente asumible por toda la derecha cavernaria, especialmente si se puede usar como argumento para desprestigiar al frágil gobierno de Sánchez.

Imagen de Javier Hernández tomada de El País

        Mientras ayer veía los hechos en el telediario volví a sentir el asco y la rabia de otros tiempos. Llegué a pensar, cuando leía Patria, que la sociedad vasca se estaba curando por fin de esa demencia de odio, sangre y violencia, pero ayer comprobé que todo eso seguía existiendo, como un veneno de larga duración, enquistado en una generación que apenas sabe de los tiempos oscuros y que parece olvidar los casi mil muertos de sus valientes gudaris. También me horrorizó ver que los constitucionalistas están dispuestos a hacer un juego político sucio, sin la menor muestra de decencia política. El todo vale está definitivamente instalado en los partidos y, con tal de desprestigiar a Pedro Sánchez, se puede llegar al esperpento de ayer, más destinado a deteriorar al PSOE que a desagraviar a guardias civiles o a víctimas del terrorismo nazi, que se merecen algo más honesto.

        Mal estábamos con un bipartidismo agonizante y sin nervio político, dedicado más a conservar sus parcelas de poder que a solucionar los problemas reales de la gente. Mal estábamos, sí. Pero las nuevas vedettes de la política han aprendido rápidamente los tics del bipartidismo y los han superado con creces. Rivera necesitaba urgentemente ser víctima de algo y ayer lo fue. Casado, que se apuntó al furgón de cola del engendro de ayer, estando pero sin estar, sacó sus sesgadas conclusiones echándole la culpa al gobierno de todos los males de España desde Maura hasta aquí, algo más que previsible. Y el electorado de derechas, de la eterna derecha que jamás se va a hacer moderna y crítica, de palmero global, alabando el gigantesco error de esta convocatoria, que nunca debió producirse.

        Mientras tanto, los problemas reales de la gente (paro, sistemas educativo y sanitario, pensiones, vivienda y alquileres, escasez de medicamentos, salarios, etc.) pueden esperar. Lo importante, parece ser, es el postureo.

Alberto Granados

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El desnudo provenzal

 

         El Génesis cuenta que, expulsados del Edén por un más que coercitivo ángel vengador, Eva, recién perdida su inocencia, fue consciente de los efectos devastadores de su desnudo y decidió cubrirse. Desde entonces, los moralistas han hecho todo lo posible por vituperar lo carnal, lo corporal, convirtiéndolo, junto al Demonio y el Mundo, en enemigos del alma. Más allá de moralismos, el cuerpo es siempre una tentación y, como diría Benedetti, ante un cuerpo, «es una gloria no ser inocente», pero nuestro hipócrita Occidente se empeña en castigar el desnudo, en cubrirlo, en censurarlo… para después soñar con desvestirlo.

        El desnudo es una vocación estética y erótica a la que se opone el pudor, tan interiorizado a través de la educación (familiar, escolar, social…). Solo pierde su fuerza demoledora cuando es un desnudo doméstico, tal vez domesticado, convertido ya en una realidad afectiva. Cuando ya no es un codiciado objeto, sino una realidad continuada. Las parejas estables abandonan pronto las gazmoñerías y se muestran los cuerpos sin resto del pudor de los primeros escarceos amatorios. El cuerpo se convierte en algo cotidiano, alcanzable en cualquier momento y la pasión se difumina y pierde sus efectos volcánicos. En esta fase es posible ser creativo, cerebral, objetivo, artístico… sin dejarse llevar por la emocionalidad de los impulsos.

Willy Ronis, El desnudo provenzal (1949)

        Un ejemplo: Willy Ronis una mañana de 1949 en su casa de campo de Gordes, en la Provenza, fotografió a su mujer, Marie Anne, mientras esta procedía a su higiene personal. Y consiguió una de las fotografías más representativas del s. XX: El desnudo provenzal, sobre la que se han derramado ríos de tinta y palabrería.

        Como suele suceder, El desnudo provenzal integra los elementos más simples que se puedan imaginar: un cuerpo, unos sencillos elementos caseros y, especialmente una luz pocas veces igualada en fotografía. ¡Cuánto consiguió Ronis con tan poco! La foto derrama ternura y sencillez y quien la contempla puede ver una sonrisa en el alma de Ronis al divisar, por la espalda, casi a traición, el lavatorio de su esposa. Parece que Ronis se siente orgulloso de que algo tan sencillo y hermoso le pertenezca. Parece que en la fotografía asoma un agradecimiento a la vida por regalarle tanta  hermosura. Hay tanta ternura que dudo que moralista alguno le pusiera objeciones a una foto tan inocente.

        Me gusta pensar que Willy haraganeaba somnoliento sintiendo un tenue remordimiento por perder el tiempo en la cama y desaprovechar una luz tan excepcional. Había oído a Marie Anne levantarse y percibido el olor del café recién hecho, tal vez recordó la noche de pasión desaforada con su esposa… Ronis se volvió a quedar dormido y se despertó al oír a su mujer verter el agua en el aguamanil. Abrió los ojos, al fin, y se encontró con una escena llena de la más sencilla belleza. Su sensibilidad lo obligó a abrir la cámara que siempre tenía en su mesita de noche y disparar la fotografía. Al oír el clic, Marie Anne giró su cabeza y le reprochó sonriendo: «¿Pero qué haces, tonto?». Willy tal vez le mostró una sonrisa que buscaba la complicidad, una sonrisa de niño travieso por cuya mente acababa de pasar una idea, tal vez un deseo renovado.

        Es así como me gustaría imaginar la historia de esta fotografía, pero sé que no fue exactamente así. La realidad es que el fotógrafo estaba pintando una habitación. Al quedarse sin pintura, bajó las escaleras y sorprendió la higiénica escena. Le gritó un «No te muevas, que voy por la cámara. ¡Quieta!». Y un instante después surgieron cuatro tomas levemente distintas de ese mismo desnudo provenzal. No se sabe el efecto que produjo en el fotógrafo la modelo, ni si ella se sintió emocionada al ver en los ojos de su marido una mirada distinta. A mí me gusta mucho más pensar que mi versión es la real, pero en cualquier caso, la imagen reivindica la fuerza del cuerpo frente a la mojigatería de los moralistas. Ronis pro nobis.

Alberto Granados

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Fernando de Villena y su peculiar Quijote

 

        Fernando de Villena es uno de los más productivos autores granadinos. Para mi admirativa sorpresa, cada año publica dos o tres libros y siempre alcanza una gran calidad, especialmente en su cuidada prosa, llena de voluntarios arcaísmos, giros populares y reminiscencias literarias.

        Su último título, que se presenta esta tarde en Librería Picasso (a las 19,30 h.) es Nuevas historietas de Bernardo Ambroz (Editorial Carena, Barcelona, julio de 2018), una segunda parte del libro que publicó en 2011, Historietas de Bernardo Ambroz, y que, en buena medida, repite el mismo esquema de entonces: durante los años sesenta, aún frescos los resquemores de la guerra civil, un viajante de pólizas de seguros recorre la geografía andaluza acompañado de Juanito, un chico que aprende del protagonista lo concerniente a su trabajo, y sobre todo, los valores éticos que un joven debe imprimir a su vida.

        Y aquí aparecen los dos elementos básicos de ambos libros: el viaje y el magisterio espiritual, el Seat seiscientos y el preceptor. Ya por entonces (también lo ha hecho ahora en Ideal en clase) Francisco Gil Craviotto señaló muy acertadamente en la revista online Papel literario la coincidencia de planteamientos con el Quijote cervantino, centrados especialmente en la labor de preceptor que Bernardo Ambroz ejerce sobre el chico, más pendiente de sus hormonas y de sus eternas hambres que de sutilezas éticas.

        Yo encuentro dos elementos fundamentales en este libro, que he terminado hace solo unos días. En primer lugar, el viaje, muy presente en todas las obras de Villena, como elemento siempre enriquecedor que permite intercambiar conocimientos, ampliar puntos de vista y conocer verdaderos arquetipos literarios. El viaje literario, tal vez desde La Ilíada, es un viaje geográfico, pero por encima de todo, es un viaje interior y el Ulises que regresa de su periplo nunca es el mismo que en su momento partió. Juanito, el muchacho primitivo y atolondrado, será otro tras sus peripecias llenas de kilómetros, pensiones y personajes, y otra será su filosofía y su valoración de la realidad tras el regreso junto a su madre.

        El otro elemento es el preceptor, la figura del educador, tan antigua como El Conde Lucanor, como don Quijote y Sancho, o en el aspecto negativo, como el ciego que acaba con la inocencia de Lázaro de Tormes o el criado que pervierte la candidez de los niños que Henry James le entregó como alumnos en Otra vuelta de tuerca. En estas historietas, esa moralización del aprendiz es la función que se atribuye Bernardo Ambroz, un adulto que censura encubiertamente las barbaridades de la guerra civil y de la posguerra, un enamorado de la poesía, la arquitectura y la música clásica, un fidelísimo esposo que elude situaciones comprometidas con las mujeres por el recuerdo de sus hijos, un tutor que trata de enmendar la estrechez mental y moral de su aprendiz.

        Ambos elementos surgen de manera casi imperceptible en las mil situaciones, encuentros y anécdotas que les envuelven. En este aspecto, estas historietas ofrecen un amplio catálogo de pequeños argumentos, de situaciones jocosas y personajes atípicos, de bromas y chascarrillos, de deseos y frustraciones, de hambres y saciedades, de recuerdos y olvidos, de refranes populares y dicharachos.

        El lector encontrará además mucha ternura, mucha diversidad geográfica a través de todas las provincias andaluzas, con referencias a monumentos y costumbres, a ricos y pobres, a atraso secular, a la riqueza cultural y a la incultura absoluta. Agricultores, tenderos, pequeños industriales, bodegueros, señoritos, pobres atrasados más propios del feudalismo que de la España victoriosa, chicas jóvenes y  viudas tentadoras… Si la novela era un espejo a lo largo de un camino, las nuevas historietas de Bernardo Ambroz son otro espejo ante el que desfila la triste realidad andaluza de hace cincuenta años, una situación dura que, aunque tratada con ternura y sentido del humor, no desdibuja lo que tuvo de pintura negra.

Alberto Granados

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Mi temporada literaria 2017/18

 

 

        Mallarmé afirmaba: La carne es triste y he leído todos los libros. A mí la carne sigue pareciéndome tentadora, pero casi estoy de acuerdo con el poeta francés respecto a la lectura: tengo la sensación, cada vez más frecuente, de haber leído una y mil veces los libros que escojo y echo de menos ese impacto que algunas obras me producían hace años. Con todo, cada temporada leo casi sesenta libros entre los que encuentro de todo. Últimamente prefiero las relecturas de títulos que me sorprendieron cuando las leí por su calidad o por algún factor que por entonces entendí como novedoso.

       La temporada 2017/2018 ha sido atípica para mí, pues he estado buena parte de la primavera en las proximidades de París, por lo que me he perdido varias presentaciones, así como la Feria del Libro. Desde octubre del año pasado hasta ahora, he leído o releído 57 títulos y he aquí mi resumen.

        Empezando por los autores locales, la temporada se inició con Piano en pájaro, de Miguel Arnas, libro que aúna palabra escrita y música en una delicada colección de prosas llenas de calidad poética. Mis dos pasiones, literatura y música, en un libro. No se puede pedir más. Durante la primavera, Arnas publicó Ashaverus, el creador, una segunda parte sobre el judío errante que aún tengo pendiente.

        Antonio Enrique también presentó dos títulos durante estos doce meses: El espejo de los vivos y La palabra muda. El primero es una meditación ontológica sobre el papel del ser humano en la creación (y digo creación porque el autor, creyente, parte de la base de un creador todopoderoso). El segundo es una reflexión poética sobre esa palabra que jamás debería sonar, que no es otra que el horror o, si se quiere, el sufrimiento infligido gratuitamente al ser humano. Escalofriante serie de poemas sobre el horror nazi, que he leído tres veces contrastando la crueldad humana con la felicidad del nacimiento de mi primer nieto.

        Celia Correa volvió a publicar. Sus Mares de tinta crearon una dulce marea de sensaciones literarias muy gratas. La Presidenta del Centro Artístico se reafirma como una notable creadora de relatos.

        También Fernando de Villena publicó dos libros en este período: El reloj de la vida, una novela sobre la bohemia literaria de la preguerra civil y Nuevas historietas de Bernardo Ambroz, que  he acabado estos días. Coincido con la reseña que Francisco Gil Craviotto publicó en Ideal en clase: hay mucho Cervantes en estas historietas, mucha crónica de los sesenta y mucha ternura. Yo añadiría que estas historietas se centran en dos elementos muy villenianos: la figura del preceptor y el tema del viaje exterior que opera cambios en el interior de los viajeros.

        He leído también algunos libros colectivos. El proyecto de Elvira Cámara para Artificios, Amor con humor se paga, en que aparecía un  cuento mío; el de Francisco Acuyo para Entorno Gráfico, En unos pocos corazones fraternos. (Antología solidaria), a beneficio del Banco de Alimentos de Granada, también con un relato que  preparé con mucho afecto.

        No puedo ni quiero soslayar el homenaje que, a principios de la temporada, el Centro Artístico tributó al mencionado Francisco Gil Craviotto. Ni el hecho de que dicha institución haya publicado y distribuido algunos ejemplares en que se recogen todas las colaboraciones. Queda por ver quién honra a quién, pues si los socios del Centro hemos intentado honrar la trayectoria humana y literaria de una gran persona, la propia calidad humana del escritor honra a su vez cualquier ámbito donde se le reconozca. El decano, junto con Rafael Guillén, de las letras granadinas tiene preparadas dos nuevas publicaciones para la próxima temporada.

        Termino esta sección local con el nombre de Andrés Neumann. Su novela Fractura nos presenta a un personaje que nos muestra su desafío a la energía nuclear. Tendría que haber muerto en la explosión de Hiroshima, pero sobrevivió. Podría haber muerto en Fukushima, pero también resultó indemne. Ha sobrevivido a dos muertes, por lo que, asegura, es como si hubiera nacido tres veces. Las vivencias del protagonista sirven al lector de repaso del siglo XX.

        Sin ser propiamente un autor local, Antonio Muñoz Molina ha llenado muchas horas de mi lectura, no en vano estoy recopilando su trabajo periodístico. He leído o releído sus libros de columnas periodísticas: El Robinson urbano (1984), que curiosamente se presentó en el salón del piano del Centro Artístico, Literario y Científico en diciembre de aquel año, Diario del Nautilus (1986), Las apariencias (1995), La huerta del edén (1996), Escrito en un instante (1996), Pura alegría (1998) y La vida por delante (2002), títulos a los que he sumado Días de diario (2007) y Un andar solitario entre la gente, su último título, de este mismo año. Nueve títulos, una prueba palpable de mi admiración por el autor ubetense.

        Sin darme cuenta, he ido acumulando lecturas sobre la guerra civil, no sé si consciente o inconscientemente. En realidad es un tema del que tengo registrados una buena cantidad de títulos. Los que he leído este mismo año son: La higuera (Ramiro Pinilla), La abuela civil española (Andrea Stefanoni), Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sender) , la notable trilogía de Arturo Barea La forja de un rebelde y Las tres bodas de Manolita (Almudena Grandes).

        Y mis relecturas: Onetti (Los adioses y Epitafio para una tumba sin nombre), Cortázar (Todos los fuegos, el fuego), Galdós (Misericordia), José Luis Sampedro (La sonrisa etrusca), Julio Llamazares (Luna de lobos), Blasco Ibáñez (Los cuatro jinetes del Apocalipsis), Carpentier (Concierto barroco)…

 

        Sin ser demasiado crédulo respecto a los grandes premios literarios, el Planeta Todo esto te daré (Dolores Redondo) me dejó bastante indiferente; leí dos o tres títulos del último Nobel, Kazuo Ishiguro, del que ya conocía Los restos del día, que me parece una magnífica crítica a la Inglaterra de la primera mitad del s. XX. Y la irrupción en televisión de la serie homónima me hizo acercarme a Margaret Atwood, de la que ya había leído varios libros. El cuento de la criada plantea la aparición de un régimen talibán y misógino en Estados Unidos. Dibuja una repugnante distopía que nos hace rebelarnos y sentir asco por el poder absoluto. Una excelente novela, muy superior a la serie televisiva.

        Siguiendo con los premios literarios, cabe señalar que el Premio Andalucía de la Crítica, en su vigésimo-cuarta edición ha distinguido a dos autores locales: Antonio Praena y su Historia de un alma se alzan con el galardón en la modalidad de poesía, en tanto que en la modalidad de relatos es Alejandro Pedregosa quien se lleva el premio con su libro O.

        Otro volumen colectivo muy interesante es el llamado En la cárcel, que recoge treinta relatos carcelarios, todos ellos enviados por sus autores a las ocho ediciones del certamen de relato corto Conrada Muñoz, que pretende honrar a esta víctima de ETA, madre de funcionario de prisiones. Los relatos ofrecen una perspectiva desconocida y poco previsible de la estancia en una prisión.

        Con todo, el libro que mayor impacto ha creado en mí es De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón, del helenista asturiano Pedro Olalla. Una epístola en que el autor lleva a cabo una pirueta cronológica y comparte con el autor latino una serie de reflexiones sobre el valor de la vejez y sobre los engaños de la democracia formal. Tendría que ser un título de lectura obligada para formar parte de las listas electorales de cualquier grupo político.

        No renuncio a señalar un libro que cayó en mis manos por azar: Canción dulce, de la autora franco-marroquí Leila Slimani, que llega a ser agobiante al plantear el tema de las niñeras a quienes entregamos a nuestros hijos (inevitable recordar su nexo argumental con La última vuelta de tuerca, de Henry James). Desgarrador Premio Goncourt de 2016, que me ha llegado justo cuando ha nacido mi nieto, lo que le da al drama un sentido mucho más profundo para mí.

        Cada vez que termino un libro denso, obsesivo, difícil… abro la espita para descomprimirme con otro más ligero que, en más de una ocasión, es una novela negra, con sus arquetipos detectivescos. En este campo, destaco a Andrea Camilleri (El campo del alfarero, en que Montalbano tiene dudas sobre la Mafia y la resolución de un crimen), a Leonardo Padura (Adiós, Hemmingway, donde el detective-librero intenta descubrir las pistas que demuestren que el escritor norteamericano no se suicidó), Lorenzo Silva (Lejos del corazón, donde Bevilacqua y Chamorro siguen las pistas que podrían aclarar un doble crimen relacionado con la minería de criptomoneda) o José Payá Beltrán, un solidario conocido del mundo bloguero,  que ha creado un nuevo detective, un inspector de policía jubilado que sigue resolviendo crímenes por inercia y soledad (El intranquilo retiro del inspector Duarte).

        En poesía, Tomás Segovia, Antonio Enrique, Rafael Guillén, Ángeles Mora… y siempre, Antonio Machado y Francisco de Quevedo, que nunca me cansaré de releer.

        El detalle doloroso de la temporada literaria es la muy reciente muerte del poeta Julio Alfredo Egea. Que la tierra le sea leve.

        Leer, leer, leer…, ¿vicio o virtud? Es una simple vocación sin la que no puedo imaginarme la vida. Incluso aunque hayan ido mitigándose el sentido de la novedad, la sorpresa, la curiosidad ante la situación insólita o esas tramas llenas de trampas que cada libro nos plantea para envolvernos y seducirnos, como una cortesana ilustre de la estirpe de Scherezade. No, no he leído todos los libros, pese al enunciado de Mallarmé. Me quedan muchos aún. Afortunadamente.

Alberto Granados

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Los sueños del fagotista

 

        La Sociedad Internacional de Doble Lengüeta (IDRS en sus siglas en inglés) y su sección española, la Asociación de Fagotistas y Oboístas de España (AFOES) están a punto de comenzar su Conferencia anual, que en esta ocasión tendrá lugar en Granada entre hoy, 28 de agosto, y el próximo 1 de septiembre. Los responsables, Joaquín Ximo Osca (fagot) y José Antonio Masmano (oboe), ambos pertenecientes a la plantilla de nuestra OCG, llevan muchos meses organizando la Conferencia que reunirá a casi 2000 participantes, entre músicos, profesores de conservatorio, fabricantes y distribuidores y demás gremios relacionados con la música sinfónica. Hace un par de años, lanzaron una preciosista versión promocional de la “Granada” de Agustín Lara, en que ambos músicos alternaban su brillante melodía al tiempo que mostraban los rincones más hermosos y más turísticos de Granada.

        La Conferencia prevé celebrar un amplísimo programa de actividades, exposiciones, conciertos, etc., que se pueden ver en un extenso documento llamado  programa de mano que ofrece una información completísima a quien se interese en este acontecimiento cultural.

 

 

 

 

        Hace unos meses, Ximo, al que conozco hace muchos años (participó junto a su esposa, Ruth, en la presentación de mi libro), me pidió una colaboración para el tomo que la Conferencia publicará con las comunicaciones. Al ser unos contenidos muy técnicos, tenía la intención de incluir textos literarios breves, en castellano y en inglés, para hacer el volumen más ligero. Hablamos de qué autores podrían estar dispuestos a colaborar, de la necesaria brevedad de los textos, etc. Finalmente, la nómina final de colaboradores literarios, según recoge el mencionado programa de mano es la siguiente: junto a mí (pág. 180), aparecen: Ventura Rico (pág. 181), Alfonso Salazar (pág.182), Gerardo Rodríguez Salas (pág. 183), Ángeles Mora (pág. 184), Elvira Cámara (pág. 185), Isabel Mellado (pág. 186), Marina Tapia (pág. 187), Miguel Arnas Coronado (pág. 188), Natalia Pérez Sancho (pág. 189), Teresa Gómez y Ángel Olgoso (ambos en pág. 190).

 

 

Ruth y Ximo tocando en mi presentación (Imagen de Amalia J. Catena)

 

        Muy pocos días después, le había enviado un primer borrador de mi relato, un cuentecillo cargado de guiños hacia el propio intérprete, cuyo nombre usé para el protagonista, aunque disfrazándolo de italiano. La dedicatoria al propio Ximo ha desaparecido en el texto publicado: le ha parecido poco ético y desde el primer momento me hizo saber que la eliminaría.

        A ambos organizadores les deseo un gran éxito, a la ciudad de Granada, el reconocimiento cultural que merece y a los participantes que disfruten de nuestra ciudad y sus infinitas posibilidades.

        Mi cuento es este:

Los sueños del fagotista

A Ximo Osca, fagotista

         Gioachino Fosca ha comprendido al final de su vida que toda dedicación absoluta conlleva fatalmente el germen de la frustración. Estudioso de la obra de Antonio Vivaldi, ha desvelado como nadie la técnica del fagot, ha grabado innumerables conciertos y ha escrito doctos tratados técnicos y comunicaciones para congresos en que Vivaldi y fagot han desnudado sus misterios. Sin motivo alguno para sentirse frustrado –el éxito lo persigue y el prestigio lo abruma–, siempre ha tenido un sueño que lo desazona por ser imposible.

       Todo empezó cuando a los diecinueve años visitó por primera vez la galería de músicos del Pórtico de la Gloria. Allí no podía haber un bajón pues faltaban varios siglos para que su instrumento apareciera. Tenía que aceptarlo, pero soñó siempre con ver un fagot en el lugar más simbólico para los amantes de la música. Escribió al cabildo catedralicio para que si sobrevenía alguna remodelación, algún deseable derrumbe que reclamara una reconstrucción, se incluyera su bajón. Jamás obtuvo respuesta.

        Nueva frustración cuando leyó Concierto barroco de Alejo Carpentier. No podía aceptar que el cubano se hubiera permitido mil licencias cronológicas, mil bromas argumentales y que no hubiera incluido un fagot entre los instrumentos que se mencionaban en el delirante concerto grosso del Ospedale della Pietá, pese a que el propio Vivaldi, que tantos conciertos compuso para lucimiento de los fagotistas, era uno de los personajes de la trama. Le pareció injustificable y contactó con el autor cubano para pedirle la inclusión del fagot, si aparecían nuevas ediciones corregidas y aumentadas del cuento. Don Alejo tampoco le respondió nunca. Fosca asumía que en el cuento músicos del XVIII desayunaran sobre la lápida mortuoria de Igor Stravinsky, que se hablara de una jam session, que se mencionaran travellers checks… ¿Por qué faltaba entonces ese dato, exacto y necesario, del fagot?

        Retirado de todo, soñando músicas mientras contempla la Vega y las cumbres de Sierra Nevada, espera paciente dos noticias que cualquier día deberían aparecer en la prensa: la remodelación del Pórtico de la Gloria y la aparición de un nuevo borrador del cuento de Carpentier: a fin de cuentas, la música y los sueños están hechos de la misma magia.

Alberto Granados

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Una epístola actual a Cicerón

        A comienzos de julio, en el curso de una agradable cena, mi querida amiga María Luisa Torán puso en mis manos un libro, pequeño y sabio, un regalo por haber cumplido años unos días antes. Se trata de “De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón”, del helenista asturiano Pedro Olalla (Acantilado, mayo de 2018), del que hasta ese momento no había leído nada. Un gran descubrimiento, sin duda, que me invita a adentrarme en otras obras de este autor al que agradezco su lucidez, la calidad de su prosa y su compromiso.

        De senectute política es una epístola dirigida a Marco Tulio Cicerón, una carta que desafía al tiempo en su retórico intento de compartir ideas con alguien que vivió en el s. II a. d. C., aunque tuvo una inusitada influencia en el pensamiento posterior. Esta pirueta cronológica le permite al autor compartir con el pensador latino una serie de agudas reflexiones sobre la esencia de la democracia, la política y los políticos, la corrupción, la sociedad actual, etc. Son ideas que establecen un feroz contraste entre la esencia de la democracia y la versión corrompida que hoy ha dado en llamarse democracias formales, aquellas en que el ciudadano delega su cuota de poder en políticos que lo representan, según la teoría, aunque en la práctica traicionan al elector entregados a otros poderes fácticos.

        Partiendo de un poema incompleto de Safo, en uno de cuyos versos se lee “…no les es dado a los mortales sustraerse a la vejez.”, Pedro Olalla desmenuza las virtudes de la senectud, desautoriza a quienes la sienten como una pestilencia de la que hay que deshacerse y desmiente una forma de pensamiento que propugna desposeer de sus derechos cívicos (capacidad de votar) a los mayores. A partir de ahí, Olalla fija todo lo que engloba el concepto democracia, tal como surgió en la polis griega y la perversión a que ha llegado en la sociedad actual por culpa de partidos y políticos que anteponen su ambición y apego al cargo o sus vinculaciones con otros intereses al bienestar de sus electores.

        Olalla enfoca una serie de aspectos (el verdadero significado del voto femenino, los valores acumulados en la experiencia de la vejez, el servicio que hoy día prestan los abuelos, la corrupción política, el sistema de partidos…) y cada uno de sus diagnósticos es un latigazo en la conciencia ética del lector y, sobre todo, del elector, con el que se cuenta solo cada cuatro años, en el momento de convocarlo a las urnas.

        Una prosa deliciosa, una ilación impecable en el discurso, el atractivo del lenguaje epistolar, hoy desaparecido, la base documental clásica a la que el autor recurre constantemente… son factores que hacen que el lector se sienta inmediatamente cautivado por esta carta dirigida a un Cicerón, que es cada uno de sus lectores, una carta que no espera otra respuesta que el golpe en la conciencia de una sociedad conformista y cómplice con la desfachatez de sus políticos y la inoperancia de sus instituciones.

        Gracias, María Luisa, por poner en mis manos una de mis lecturas más apasionantes del año, gracias por tu cálida dedicatoria. Gracias, Pedro Olalla: la lucidez de este libro es impagable en una época donde el pensamiento ético-político ha sido absorbido por las ofertas de Amazon, las redes sociales o el modelo de teléfono móvil. De senectute política recupera mi fe en el papel del intelectual.

Alberto Granados

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Cambio presidencial

         Acabo de ver la votación de la moción de censura en el Congreso de los Diputados y, tal como se vislumbraba desde ayer tarde, Rajoy ha sido removido de ese cargo presidencial que tan indignamente ha ostentado desde 2011. Y digo que lo ha ostentado con la mayor indignidad porque sus mandatos han estado llenos de situaciones escasamente democráticas, de un empobrecimiento generalizado de las clases medias y modestas, una red de mentiras institucionalizadas y la más descarada ausencia de diálogo. Y la corrupción ha alcanzado las más descaradas cotas, jamás explicadas, jamás asumidas, jamás justificadas (en realidad este asunto resulta injustificable).

                Rajoy y su partido han hecho retroceder muchos de los logros democráticos que desde el XIX hasta 2011 se habían consolidado: el régimen de libertades públicas fue laminado por la llamada ley mordaza; los derechos laborales fueron sacrificados por la reforma laboral esclavista que implantó en su primera legislatura y que deja las manos libres al empresariado para contratar en precario y pagar miserias por el trabajo ajeno; el rescate bancario, ese que nos iba a salir gratis, nos ha empobrecido a todos, menos a los bancos, esos bancos que después desahucian a quienes no han podido satisfacer las cuotas de las hipotecas; hemos llegado a una verdadera persecución de todo lo heterodoxo y han sido muchos los creadores que se han visto a punto de entrar en la cárcel por una simple broma o desahogo que ofende a la gente de bien, especialmente si tiene un trasfondo contra le religión; los parados crónicos han sido olvidados, como si su envidiable situación fuera en todos los casos culpa de ellos y su desafección al trabajo; un fiscal jefe recomienda en Murcia que no se investigue a un presidente presuntamente corrupto; unos discos duros se machacan después de treinta y cinco formateos…

 

 

 

Imagen tomada de El País (Fotografía de Uly Martín)

 

                Y que no se manifieste la menor crítica ante estas arbitrariedades: será una persecución, una campaña en contra del partido, un linchamiento mediático. Tienen tal visión de la democracia que llegan a creerse incuestionables. Es esa herencia del viejo caciquismo, la esencia de aquella frase lapidaria de “Usted no sabe con quién está hablando”, que tan bien funcionó en los años más oscuros, en que el poder no era un instrumento, sino una prerrogativa que no admitía objeción alguna.

                Rajoy se ha negado al diálogo. Ha sabido siempre que no tiene capacidad dialéctica y que se podría liar incluso con sus propios argumentos, por lo que ha evitado a la prensa en todo momento. Y si hablamos de dialogar con Cataluña, algo que desde 2011 tendría que haber sido su tarea prioritaria, el panorama que ha provocado no puede ser más desolador.

               Rajoy, se va, pero deja un panorama desolador. La caverna objetará que Pedro Sánchez no ha ganado unas elecciones, algo que es evidente. Lo que interesadamente calla es que ha ganado un mecanismo perfectamente constitucional. Ahora vendrá la caverna a culpar a Sánchez de todo lo culpabilizable, desde el agujero de ozono, hasta el precio de las quisquillas de Motril y volverán a la carga con su mantra: cada vez que gobierna el PSOE arruinan al país. Lo que no puede hacer un gobierno es penalizar el consumo (IVA del 21%, que no pensaban subir) y minimizar el gasto social. Así es obvio que se ahorra, pero a costa de los más débiles. Le temo a ciertos conocidos que sé que me van a machacar enviándome whatsapps y mensajes denigratorios contra Pedro Sánchez y el gobierno que pueda formar, dure lo que dure. Yo le agradezco, por lo pronto, que haya desalojado de la Moncloa al presidente más inepto y al partido más corrupto de toda nuestra historia reciente.

             Rajoy es hoy un cadáver político que ocupará uno de los rincones más oscuros de la Historia. Me preocupa el futuro y espero que Sánchez sea capaz de salvar las difíciles situaciones que no le van a dar respiro. Tiene bastante tarea delante: desmontar la legislación laboral y social del PP, generar una sociedad más justa, recuperar con puestos de trabajo y salarios dignos a los miles de jóvenes (mi hija entre ellos) que salieron de España por lo que la ministra Báñez llamó “movilidad internacional” y una larguísima lista de urgencias para las que le deseo el mayor acierto. Adiós, triste Rajoy. Bienvenido, esperanzador Pedro Sánchez, y toda la suerte del mundo.

Alberto Granados