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¿Por quién doblan las campanas?

 

 

 

 

 

 

A Fernando de Villena, escritor y amigo

 

 

 

  1. Suenan los bronces

        Benigno, el campanero de Santa Mónica, va contando mecánicamente las escaleras que lo conducen hasta lo alto de la torre. Ha recibido el recado de doña Martirio: que se esmere al doblar a muerto, que para eso se trata de su marido, que a pesar de todo se merece un buen doble, faltaría más. Que ahí está ella para pagar un buen campaneo.

        Según su hermana Matilde, Benigno es muy leído y muy escribido, eso siempre lo ha tenido, sobre todo desde que estuvo de machaca del sargento Suárez, ni más ni menos que en la escuadra de gastadores de El Pardo. Casi dos metros de soldado bien vestido, marcando el paso como un emperador romano, con una prestancia y una marcialidad que impresionaban. Matilde lo cuenta siempre usando las mismas palabras que le ha oído a su hermano, pues ella no sabría decir esas cosas sin la ilustración que Benigno irradia.

       El campanero sabe que le faltan cincuenta y ocho escalones, que sube a la carrera, con la excitación de un niño. Un momento para recuperar la respiración y en cada brazo una cuerda para hacer un doble como Dios manda. Después irá a la casa del muerto, a dar el pésame y a dejarse ver, seguro de que la gente lo felicitará por lo bien que ha doblado la muerte de don Roque. Está preocupado por extraer esa excelsa musicalidad que solo a veces consigue imprimirle a la Santa Gertrudis y a la Santa María, las dos campanas  de bronce cuyas inscripciones hace tiempo que dejó de alcanzar con la vista, pues ya está mayor. Le preocupa la imagen que proyecta en la gente del pueblo. Tal vez la de un ilustre compositor y, como le gusta echarse flores, sueña que el paisanaje se preguntará por quién doblan las campanas. Él leyó el libro en la biblioteca del hogar del soldado y aún lo recuerda, igual que el nombre del autor, Jemingüey, un americano que se pegó un tiro (Dios se apiade de su alma). Le pareció una novela demasiado republicana y se preguntó entonces qué militar lo habría adquirido (jamás usaba el verbo comprar) siendo un libro tan contrario al Régimen. Tal vez la ilustración de la portada, en que se veía una miliciana, habría despistado a algún teniente, que creería haber visto en aquella mujer una esforzada campesina de la nueva España.

       Con la autocomplacencia de un artista del Parnaso empieza a tirar de las cuerdas. Se imagina a sí mismo como un director de orquesta sinfónica, concentrado en extraer el alma de aquellos bronces (nunca hablaba de campanas, sino de los bronces, que lo leyó en Espronceda). Siente la tremenda responsabilidad del artista que no quiere defraudar a su audiencia. Sabe que la gente saldrá de sus casas para preguntar quién es el finado (otra palabra que se trajo de la villa y corte) y que en un rato todo el pueblo se habrá enterado de la muerte de don Roque.

2 Don Roque

       Benigno llega al velatorio y busca algún allegado, pero solo encuentra a unas vecinas que bisbisean rosarios, uno tras otro. Hombres hay pocos todavía, así que se acerca al túmulo donde reposan los restos de aquel hombre contradictorio y violento, pero indiscutible en aquel pequeño ecosistema local.

       Pepe el del banco se le acerca y le comenta por lo bajo:

       -Una apoplejía, ha dicho don Santos. Comía y bebía mucho. En fin, que le llegó la hora. Que Dios lo arregle.

       Benigno observa la calva del muerto, que espejea los brillos de los cirios. Una palidez mortal tiñe las facciones de aquel hombre (Benigno se admira de lo bien que le ha salido ese pensamiento, del estilo con que se lo ha contado a sí mismo).

       -Ha sido un gran pecador, pero Dios, en su infinita misericordia, se apiadará de su alma –y traza una ligera señal de la cruz, disciplinada y canónica, como se la enseñó don Rafael hace casi cincuenta años en la escuela del Soto.

       Un creciente murmullo hace que Benigno y el banquero se vuelvan. Las señoras dejan aparte el rezo del enésimo rosario y miran hacia la puerta de la casa.

       -Eso va a ser que viene la familia –aventura Pepe.

       -Es que un velatorio sin deudos… –apostilla Benigno, siempre tan remilgado en el uso de la lengua cervantina.

       En efecto, llega una masa de personas y se oyen unos lamentos de plañidera que se acercan (paulatinamente, añadiría el campanero). El salón se ha llenado de gente, tal vez movida por la morbosa curiosidad que la situación genera. No todos los días se muere alguien separado de su mujer y el pueblo ofrece tan pocas irregularidades en su rutina, que espiar las reacciones de doña Martirio y sus dos hijos es todo un espectáculo que nadie quiere perderse.

       Benigno da un suave codazo a Pepe:

       -¿Cómo crees que reaccionará la viuda?

       -Tendrá que hacer su papel. Por lo menos hasta que se abra el testamento. Tiene mucha competencia. ¡Tuvo tantas queridas y tantos bastardos que nadie sabe nada! Tiene que aparentar…

       La viuda, flanqueada por María Elena y Roquito, hace su entrada en el salón. La puesta en escena es perfecta. Doña Martirio se ha quitado el hábito del Nazareno, morado con cíngulo dorado, y viste un sayal negro. Viene sin una sola alhaja, con la cara contraída por un imaginario dolor que todos se preguntan si es sincero, y trae bajo el brazo un libro de misa. María Elena llora con una creíble sinceridad desprovista de alharacas y Roquito, muchacho de escasas luces, sonríe sintiéndose protagonista por una vez en su desangelada vida.

       -¡Ay, Roque mío! ¡Que Dios te perdone todo el mal que has hecho y te premie lo mucho bueno que ha habido siempre en ti y que tú, impío, has malgastado! –el planto le sale bordado y provoca muchos nudos en las gargantas, que consideran una santa y mártir a aquella mujer. Benigno hubiera aplaudido con gusto, pero se aguanta las ganas por respeto.

       Hay sollozos, un amago de vahído, ofrecimiento de sales, abanicos y, sobre todo, espectacularidad. Huele a cera y a flores, a tabaco y a anís y las vecinas acuden a consolar a los dolientes, a los que expresan sus sentidos pésames.

       Doña Encarna, la maestra, se dirige a la viuda:

       -Martirio, deberías pasarte al gabinete. Te he preparado un asiento con almohadones, que ya sabes que después te duele la espalda. Además… –y la mujer titubea- allí estás más quitada de en medio. Ya me entiendes. Tienen algunas tan poquísima vergüenza que son capaces de presentarse en esta casa, que desde ahora volverá a ser una casa decente. Pero no te preocupes, que si viene alguna de ellas, se va a encontrar conmigo y con Patrocinio, que no permitimos ni media tontería. ¡Digo! ¡Con buenas han dado!

       -Gracias, Encarna. Muchas gracias. ¡Qué buena has sido siempre conmigo y cómo te agradezco tanta gentileza! –y mansa como una vaca compungida se deja conducir a la pequeña habitación.

       Se sienta en el sillón preparado por su amiga y llora amargamente el fracaso global de su vida. Roque parecía tan bueno cuando la pretendió… El negocio iba bien, tanto que incluso superó los azares de la guerra, con los artículos escondidos y vendiéndolos de forma casi clandestina y solo a clientes seleccionados que pagaban bien. Después, Roque empezó a vender a crédito. Súbitamente don Roque (el don le cayó entonces como una bendición social) era inmensamente rico, aunque malas lenguas decían que se había aprovechado de la situación a base de estraperlo y préstamos usurarios. Fue en esa época cuando se casaron, ella con veintisiete años y él con cuarenta y tres. Todo fue tan bien al principio que aquella casa era una bendición del Señor. Después nació María Elena y desde entonces ella estuvo siempre mucho más remisa al acercamiento carnal. Por otra parte desde que Roque supo de su embarazo le prohibió bajar a la tienda. Tenía que cuidarse.

       Con ello, perdió el control de lo que sucedía en el negocio. Allí iban muchas mujeres a comprar tabaco para sus maridos, aparejos para las bestias, jabón, alimentos, carbón, hilos y lanas, almanaques de los de predecir el tiempo… Algunas no tenían con qué pagar y su marido apuntaba en una libreta los importes de las compras. Cuando cerraba la tienda al anochecer, recorría parte del pueblo y de los cortijos para intentar hacer efectivas las deudas de sus acreedores más el interés devengado. Ahí empezó a perderse. Más de una de aquellas mujeres, al no poder hacer frente a los pagos, se encamaba con Roque, pagando así en especie, una triste y desolada especie. Y llegaron los bastardos y las nuevas obligaciones parentales.

       Cuando ella le pedía explicaciones, Roque entraba en un trance feroz y agresivo, de tal forma que parecía un desconocido, alguien muy distinto de su considerado marido de siempre.

       Una de aquellas veces la discusión fue más enconada y él, fuera de sí, la golpeó con saña. Fueron tres bofetadas que le provocaron unos hematomas morados debajo de los párpados y una abundante hemorragia nasal. A la mañana siguiente, Roque, más suave que un guante, le pidió perdón. Se veía un monstruo, le dijo.

       -No tengo perdón de Dios, Martirio. Eso lo sé. Pero yo te quiero. Si puedes perdonarme, hazlo, porque me siento muy mal.

       Martirio lo perdonó y de las efusiones de la reconciliación nació Roquito, un niño simplón y alucinado, siempre atrasado en todo, que le agrió al padre el carácter. Desde entonces desplegó un odio visceral hacia su mujer y el niño. La única que se salvaba de su inquina era la niña, que ya había alcanzado la pubertad y dejaba ver que iba a ser una mujer muy atractiva.

 

 

El velatorio (pueblo español), fotografía de Eugene Smith, 1951

El velatorio (pueblo español), fotografía de Eugene Smith, 1951

 

3 Doña Martirio

       Los golpes, las palizas, se sucedían en aquella casa, ya sin excusas ni perdones. Era una situación insostenible. Don Roque estaba empobreciendo a la familia, pues el número de relaciones adúlteras y de bastardos iba en aumento y eso le costaba una fortuna.

       -Esto no puede seguir así, Roque. Me has convertido en el hazmerreír del pueblo. Eso me duele, pero piensa no en mí, sino en el patrimonio de nuestros hijos, a los que vas a dejar con una mano delante y otra atrás, ya que te estás dejando una fortuna con esas pobre mujeres.

       -El dinero es mío porque lo he ganado yo y hago con él lo que me da la gana, ¿te enteras? Si fueras una mujer como tienen que ser las mujeres, si no pusieras mil pegas cada vez que me acerco a ti, yo estaría aquí, igual que estuve cuando nos casamos, pero no tienes ojos más que para los chicos y parece que yo estoy de más en esta casa.

       -¿Y eso te sirve para justificar lo que estás haciendo? Todo el pueblo murmura y cambia de conversación cuando ven que me acerco. Muchas amigas han dejado de venir a visitarme porque he perdido la dignidad. Y tú, a lo tuyo, a cobrarte en carne joven el pan que comen esas mujeres. No tienes decencia… –el primer golpe interrumpió el reproche. Después vinieron muchas más bofetadas y patadas. Los hijos llegaron y trataron de detener aquella paliza. Roquito, que ya tenía doce años, intentó cogerle el puño sangrante al padre, pero este lo derribó de un puñetazo. El niño, que había recibido el golpe junto al oído, se llevó la mano a la cabeza y sintió un intenso pitido. Desde entonces está sordo del oído izquierdo.

       La chica salió a la calle a pedir auxilio. Media taberna se presentó y entre todos consiguieron parar aquella canallada. Los más cercanos se lo llevaron a la calle, donde lo tranquilizaron. Don Santos, acompañado por don Aquilino, el párroco, llevaron a madre e hijo a la ciudad en el taxi de Vozarrón, en tanto que la hija pasó la noche en la vecina casa de doña Encarna. A la mañana siguiente, médico y sacerdote se entrevistaron con el marido:

       -Esta vez, Roque, te has saltado todas las bardas. Varias costillas rotas, una de ellas ha interesado la pleura, así que tu mujer está grave, muy grave. No se merece esa paliza, pedazo de canalla – le espetó el cura.

       -Y respecto a tu hijo, le has hecho polvo el tímpano, así que si no es por mí, que he conseguido falsear el parte de lesiones, ahora mismo estarías prestando declaración en el cuartel de la Guardia Civil, tal vez acusado de intento de homicidio. Roque, aquí te conocemos y te hemos parado el golpe, pero en la ciudad no eres nadie. Si tu mujer empeora, si llegara a morirse, tú acabarías en la cárcel. Esto no puede repetirse.

       Don Roque, blanco como la cera, ojeroso y sin afeitar, escuchaba las acusaciones sin poder encontrar un mínimo argumento en su defensa. A veces abría las manos en un gesto de impotencia.

       El cura volvió a la carga:

       -Roque, me tendrías que aclarar tu situación. La económica y la familiar. Y con el adjetivo familiar no me refiero solamente a tus dos hijos, sino a la cantidad de bastardos que has ido sembrando por ahí, esas criaturas que han nacido con el estigma de lo ilegítimo sin tener culpa alguna de lo que ha pasado entre tú y sus madres, unas pobres almas que han tenido que vender sus cuerpos para poder comer. Si quieres, te espero mañana en mi despacho de la parroquia. Te hace falta una buena confesión general y arreglar esta injusticia. Y aquí don Santos, ya que está metido de lleno en esto, me gustaría que sirviera de testigo del arreglo que pienso proponerte, una vez oídos tus pecados.

       Don Roque, que tenía mala conciencia, aceptó. El médico también.

4 Don Aquilino

       Lo primero que hizo don Aquilino cuando llegó don Roque fue invitarlo a orar. Ante el desconcierto del comerciante, el párroco aprovechó el momento para hincarse de rodillas y unir sus manos. A don Roque no le quedó más alternativa que hacer lo propio. El cura, que había clavado sus ojos escrutadores y parecía husmear su alma con su nariz aguileña, rezó en silencio un par de minutos que al otro le parecieron interminables.

       -Empecemos por perdonar tus pecados, que parecen ser muchos y muy graves. Ave María purísima.

       Don Roque respondió a mil preguntas llenas de indiscreción. Estaba en las manos de aquel cura lleno de fuerza. Pensó que el nombre del cura, Aquilino, le venía que ni pintado: era un águila, dominadora, imbatible, enérgica, mientras él se sentía una impotente liebre que iba a caer en sus garras.

       Tuvo que contarle sus aventuras amatorias, quiénes eran las mujeres, cuántos hijos tenía con ellas, qué cantidades de dinero les había proporcionado para cumplir con sus deberes de padre… Sudaba copiosamente, pese al frío de aquel destartalado despacho y se veía minúsculo, pequeñísimo, ínfimo frente a la trascendencia que emanaba de los gestos del sacerdote.

       Después tuvo que aclararle la situación económica. El valor del negocio, la renta anual, las casas y fincas, los depósitos bancarios… Todo lo que hasta entonces lo enorgullecía y le daba la moral de un triunfador ahora le sonaba a culpabilidad, postrado ante aquel burgalés escueto y enteco que se había hecho dueño inapelable de su alma y de sus finanzas. Cuando recibió la absolución se sintió aliviado y creyó que el mal rato había pasado, pero don Aquilino lo sacó de su error:

       -Ahora que estás en paz con Dios, tienes que ponerte en paz con tus víctimas. Como ya se trata de algo ajeno a la confesión, don Santos va a estar presente en el compromiso que vas a firmar. Tal vez no tenga la validez de un testamento, pero se te caerá la cara de vergüenza si no cumples lo firmado –y sin dejarle un segundo para reaccionar, el cura se levantó, se acercó a la ventana e hizo una señal. Un instante después, el médico entró en el despacho.

       -Vamos a ver, amigos míos –inició el cura su parlamento-. Roque va a comprometerse a varias cosas que va a firmar ante mí, sirviendo usted, don Santos, de testigo.

       Y de nuevo, lleno de vergüenza, contabilizó sus queridas, sus bastardos y sus bienes, tras lo cual el cura redactó un documento en el que el tendero se comprometía a cumplir con largueza con sus mujeres y sus hijos, a dejar el lodazal de pecado en que vivía, a proporcionar a su esposa, si salía viva del hospital, una casa y bienes para mantener con decencia a sus dos hijos legítimos. Además, don Roque se comprometía a asistir a unos llamados cursillos de cristiandad, que obraban milagros en las almas de los más descarriados.

       Don Roque se vio en manos de aquel hombre aparentemente inofensivo que lo había arrinconado y sometido a base de compromisos. Ni siquiera pensó en su mujer o en la sordera de su hijo, ambos en el hospital, pero sentía la necesidad de salir de allí.

       -Si estás de acuerdo en todo, firma –el cura, sacándolo de sus pensamientos, le presentó un prolijo documento escrito con letra de pendolista, cuyos párrafos había ido desgranando con la aquiescencia del médico y con su entregada falta de resistencia.

       -Pero explíqueme una cosa, don Aquilino. ¿Por qué tengo que ponerle casa a mi mujer y a mis hijos? ¿No tienen ya la mía, la nuestra de siempre?

       -No, Roque, no. Tus hijos no pueden vivir contigo. Te han tomado miedo. Creen que, de seguir juntos, puede volverte el avenate violento y hacerles más daño todavía. Y tu mujer… tu mujer, o lo que quede de ella, jamás aceptaría seguir bajo el mismo techo que tú. En una situación normal, yo ejercería mi labor pastoral para mantener unido el matrimonio, pero tú te has excedido y ahora te toca pagar las consecuencias. Eso sí, a tu hijo tendrás que enseñarle a llevar el negocio. Poco a poco, con dulzura y paciencia. Ya sabes que tiene pocas luces…

       El tendero firmó.

5 La nueva vida

       Roquito volvió pocos días después con el oído vendado. Su hermana lo hizo exhibirse por todo el pueblo para que a nadie le quedara duda sobre la bestialidad de su padre. La gente les preguntaba por la madre.

       -Sigue ingresada. Parece que va a salir de esta, aunque está muy desanimada.

       Don Roque notaba que la gente lo rechazaba y, aunque intentaba estar más amable que nunca con la clientela, percibía en cada mirada, en cada frío saludo, una muda acusación que le resultaba irrebatible.

       -Veremos si esto no me cuesta la ruina –pensaba a veces.

       Pero doña Martirio volvió del hospital, demacrada, cojeando y con serios dolores de espalda. De nuevo el cura y el médico se encargaron de poner claras las recientes circunstancias que regirían sus destinos. Ella se mostró muy agradecida y de acuerdo con todas aquellas disposiciones. Fue entonces cuando decidió vestir para el resto de su vida el hábito del Nazareno, medida esta que consideró que marcaría en la conciencia de todo el pueblo su papel de víctima inocente. Recibió el apoyo y la comprensión de toda la gente de bien, aunque al marido le pareció una ridiculez más de su extravagante esposa:

       -¿Dónde irá esa estantigua vestida así? –se preguntaba cada vez que la veía cruzar la plaza.

       Y como el tiempo normaliza las cosas más injustificables, la nueva rutina se impuso. María Elena era ya una mujer adulta que no quería oír hablar de matrimonio y eso que no le faltaban pretendientes, pues además de ser bellísima tenía una renta muy tentadora. Roque hijo (ya odiaba que se le llamara Roquito) se iba haciendo con los entresijos del negocio y ahora era él quien visitaba a los acreedores para cobrar las deudas. Don Roque era una vaga sombra de lo que había sido. No le quedaba alegría ni en el alma ni en el cuerpo, por lo que su disoluta vida había dejado paso a una huidiza presencia que apenas salía de su casa. Había reconocido legalmente a todos sus hijos extramatrimoniales y trataba de encontrarles trabajos a la altura de sus capacidades.

       Jamás aparecía ya por el burdel de la Reme ni visitaba a sus antiguas coimas. El médico había aflojado el control, pero el cura no renunciaba a salvar su alma y aburrir su cuerpo. El tedio se adueñaba de aquel hombre, que cada noche esperaba en su casa la vuelta del hijo con la recaudación para actualizar las anotaciones y guardar el dinero en la caja fuerte. Después el chico regresaba a la otra casa con su madre y su hermana. El comerciante se sentía inseguro, sin nada a que aferrarse. La fiebre religiosa que se adueñó de él tras los cursillos de cristiandad duró apenas lo que dura un fogonazo, pero después no quedó de aquella efervescencia más que un sentimiento de ridículo, de impostura bajo la cual no había nada.

       Uno de los días de las fiestas patronales, el médico fue a su casa para invitarlo a dar una vuelta. Don Santos, que arrastraba un prestigio impecable, quería liberarlo de su cárcel. A regañadientes, se dejó llevar a la verbena, donde tomó alguna copa. El médico se retiró a una hora prudente, pero él siguió bebiendo. Sus impulsos de juerguista impenitente reaparecieron y comprendió que esa era su auténtica naturaleza, que era estéril el esfuerzo por apartarse de ella por mucho que se lo exigiera el cura. Su piel parecía electrizada de deseo y recobró esa fuerza centrífuga que lo encaminaba, inexorablemente, al burdel para ver cómo andaba el ganado de la Reme, que siempre traía novedades durante las fiestas.

       -Ya está bien de gazmoñería… ¡Tanto don Aquilino, tanto don Santos…! Soy un hombre y no un seminarista –se decía a sí mismo camino de la Reme cuando vio a su hijo con unos amigos. Pensó en él. Era un perfecto desconocido y eso, en su borrachera, no podía permitirlo.

       Lo llamó y, venciendo la resistencia inicial de aquellos muchachos, invitó al grupo a unas copas. Los chicos se fueron marchando y cuando ya estaban solos su hijo y él, le hizo una proposición:

       -¿Y si nos vamos tú y yo a casa de la Reme? Seguro que con la feria ha traído alguna pupila nueva. Y tú todavía no has catado a una mujer, ¿verdad?

       El chico intentó zafarse del padre, pero este seguía insistiendo. Al filo de la madrugada, ambos entraron en el burdel. Don Roque le mostró a las pupilas, semidesnudas y sugerentes. A un gesto suyo, se acercaron varias y empezaron a hacerle carantoñas al muchacho, que jamás había visto a una mujer en toda su desnudez. Las niñas le decían procacidades al oído y él notó, avergonzado, cómo su virilidad se presentaba en sociedad, entre las risotadas de su padre y la calculada complicidad de aquellas mujeres.

       -Reme, quiero una niña joven que estrene al chico, que es un poco pánfilo. Pero un buen estreno, de los de verdad.

       Roque hijo se vio arrastrado a un sórdido cuarto con escasa luz y una cama amplia con un espejo encima. Allí lo esperaba una chica joven, frágil y de un hablar muy dulce que ablandó la firmeza del chico.

       -Hola, me llamo Gladys. Vamos a echar un buen ratico, mi vida. ¿Te gusto? Tú me gustas mucho –y ante la falta de reacción del acobardado muchacho, ella pasó a dirigir la situación-. Vamos, vamos, mi niño, que no tenemos toda la noche. Desnúdate.

       Ante la inseguridad del joven fue ella quien tomó la iniciativa. Lo hizo con delicadeza, como si ella no fuera lo que era ni él fuera un inexperto muchacho calenturiento. Con los primeros contactos, Roque sintió un enorme placer que lo enloqueció.

       -No, mi niño. No hacía falta tanta prisa. Ahora tendremos que empezar de nuevo, pero quiero que recuerdes esta noche para siempre -y con su sabiduría logró lo que el chico creía imposible.

      Al salir, le dijo a su padre:

       -Padre, yo quiero casarme con esta muchacha. Es tan…

       -…puta –replicó el padre, lleno de ira-. ¿Pero es que has perdido la cabeza, hombre? –y le sacudió dos bofetadas que acabaron súbitamente con la alegría de ambos.

       La aventura no hubiera tenido mayor trascendencia si el chico no hubiera caído en una especie de fiebre que lo tenía trastornado. Si no hubiera empezado a sisarle al padre en los cobros de cada tarde para visitar a la chica. Si varios clientes no hubieran mostrado su enérgico desacuerdo con los saldos que don Roque tenía anotados en su libreta. Pero cuando dos o tres meses después se descubrió el fraude, el padre montó en cólera, le dio una paliza y a los gritos acudieron de nuevo vecinos, médico y cura. Este último lo miró de nuevo con toda la energía de un fiscal, pero ya nada de eso le importó. Se había liberado de la tiranía del cura y volvía a ser el animal casi irracional que siempre había sido en sus momentos de cólera.

       Tras una bronca discusión, don Roque puso en la calle a don Aquilino, sin más cortesías ni acatamientos, y se acostó. El corazón le latía con fuerza y sentía una sed terrible. Después apareció un dolor de cabeza muy intenso. A la mañana siguiente, la criada se sorprendió al comprobar que la tienda permanecía cerrada a una hora en que tendría que llevar ya abierta un buen rato. Llamó al timbre y comprendió que algo malo había sucedido. Fue hasta el cuartel de la Guardia Civil y con la pareja recogió en su propia casa la llave que don Roque le había dado para situaciones atípicas. La pareja y la muchacha, tras llamarlo varias veces sin obtener respuesta, abrieron la puerta de su dormitorio y lo encontraron muerto.

 

 

 

Entierro de un vecino, ca. 1980. Imagen de la web armillaenelrecuerdo

Entierro de un vecino, ca. 1980. Imagen de la web armillaenelrecuerdo.blogspor.com

 

 

6 El entierro

       De nuevo echó un capote don Santos al firmar el certificado de defunción falseando la hora. Con ello, el entierro podría celebrarse aquella misma tarde y de esta forma se acortaría el engorroso velatorio, en el que podía pasar cualquier cosa, pues no se sabía nada del testamento y había demasiadas viudas y todo un tropel de hijos. La gente también había intuido que podía producirse alguna escena divertida y había acudido en masa a lo que prometía convertirse en un espectáculo, tan necesario en un pueblo en que todos se conocían y jamás pasaba nada de lo que hablar.

       Se cruzaban comentarios jocosos y codazos cuando alguien estallaba en una inoportuna risotada. El bar de Nicolás, del que se decía que había conseguido el traspaso por las sospechosas facilidades que le había dado don Roque tras firmar el documento del cura, era un hervidero de hombres que entraban y salían.

       -¿Qué, Nicolás? Te veo hoy muy desanimado, ¿no? –decía uno, intentando hacer sangre.

        -Es que hoy hay muerto y eso siempre impone, aunque en mi negocio es para celebrarlo, pero está mal visto, ¿comprende usted? –respondía el tabernero, rehusando entrar al malintencionado trapo.

       En efecto, toda la mañana había estado sirviendo cervezas y vinos y al aproximarse la hora del entierro se estaba haciendo de oro poniendo cafés y copas de anís y coñac. Muchos clientes llevaban invertida una buena cuenta a costa de su negro sentido del humor y de su morbosa afición a lo sórdido. Todos sabían que algunas de las coimas de don Roque habían dicho en público que pensaban asistir al sepelio y que muchos de los hijos naturales también tenían intención de hacerse visibles, especialmente tras haber interpelado a Manolo el Chispas, pasante del notario, sobre la situación testamentaria del muerto, sin obtener el más mínimo dato.

       A las cinco de la tarde, Benigno comenzó el doble definitivo. A él no le iba ni le venía nada de la biografía del finado, pero sabía que iba a ser un sepelio sonado en el pueblo y él se jugaba su prestigio como campanero. Tenía que salir bien, se sentía inspirado, según le había dicho a su hermana cuando fue a comer con ella, antes de que llegara su cuñado, que lo acusaba de gorrón y majadero con pretensiones.

       Los bronces se alternaban y llenaban la tarde de lánguidas notas que ponían un acento triste en los ánimos de los del pueblo, pensaba el campanero, y la tarde prometía un crepúsculo mustio, muy apropiado para unas exequias tan relevantes como las de don Roque… Ahí, el campanero frenó su monólogo interior pues no sabía si podía, en rigor, calificarlo de prócer local.

       La plaza, que en breve espacio reunía la iglesia y las casas del muerto y de su viuda, era ya un hervidero, con una multitud de curiosos, fieles y aburridos morbosos, solo equiparable en gentío a la procesión del Viernes Santo. Las señoras, con el traje de acudir a misa los domingos, iban del brazo de sus maridos, que se habían venido antes del campo para asearse y vestirse la chaqueta de salir. Los que estuvieran cerca o atentos podrían oír a Dimas, el  sochantre y sacristán, ensayando el gorigori en el coro, acompañado con el armonio. Era otro que tenía ínfulas: de tenor, en este caso, y trataba sin éxito de alcanzar un do sostenido, aunque sólo obtenía estridentes gallos que él veía como errores ocasionados por las escasas oportunidades de ejercitar su voz y su digitación pianística en público.  

       Cuando el féretro cruzó la plaza, se hizo un silencio prodigioso. Duró solo el breve instante en el que todos intentaron dejarse ver por la viuda. Cuando esta entró al templo, flanqueada por sus dos hijos, se reanudaron las mil conversaciones y aparecieron mil comentarios jocosos.

       -Se ha muerto, pero ha vivido muy bien toda su vida. A ver quién le quita lo bailado. Ya quisiera yo… –comentaba uno, obteniendo asentimientos y codazos de los que lo rodeaban.

       -¿Sabéis que iban a poner sobre la caja su escudo de armas, pero lo ha prohibido don Aquilino? –aseguraba otro, con gesto cómplice de burla, y ante la extrañeza de los demás elevaba el brazo en un fálico gesto que levantaba carcajadas.

       -Es que es mucho don Aquilino para estas cosas –terciaba otro.

       -Yo he oído que querían formar el duelo con todas las viudas y bastardos, pero al municipal no le ha dado tiempo a citar a tanta gente –y se oían nuevas risotadas.

       De fondo se oía el mal temperado armonio y la voz de tiple del sacristán, que no podía con los agudos y machacaba el Sanctus, el Gloria y lo que le pusieran por delante. Finalmente intentó lucirse en el Ite, missa est ejecutando unos arpegios que le salieron nada más que regular (él mismo se lo reconoció con un gesto de pesadumbre, mientras apagaba el flexo y se alejaba contrito del teclado: “He tenido una mala tarde, ¿qué se le va a hacer?”).

       A la salida del féretro, la viuda y los dos hijos recibieron las condolencias de los presentes, alguno de los cuales evidenciaba clarísimos signos de estar borracho. Las señoras besaron repetidamente a los dolientes y se ofrecieron para lo que hiciera falta. Finalmente, las mujeres acompañaron a doña Martirio y a María Elena hasta su casa y el chico, junto a don Santos y un lejano pariente venido de la ciudad, formó el duelo masculino hasta el camposanto.

       Un momento después, la plaza se había quedado vacía. El sol, ya muy bajo, lanzaba destellos rosáceos sobre el pueblo, que ese día había disfrutado de un acontecimiento muy especial. Ahora quedaba hacer la digestión de los recuerdos, las bromas, las conversaciones maliciosas, los chascarrillos de sal gorda que se habían contado… hasta que se abriera el testamento y hubiera nuevos chismes que comentar. La plaza parecía un campo de batalla. Colillas, algún vómito de alguien que se había extralimitado con las copas, papeles, paquetes vacíos de cigarrillos, cajas de mixtos… El barrendero municipal pasó la escoba concienzudamente y dejó limpio aquel espacio. Nadie podría decir que allí se había despedido a don Roque, el usurero libertino. Ya no quedaba de él sino un incómodo recuerdo, igual que no quedaba ni un solo resto de la suciedad que había allí un momento antes. Así son las cosas de la vida, pensaba el barrendero.

       El tabernero salió para barrer su puerta antes de sacar las mesas y las sillas de la terraza.

       Ambos hombres se miraron, cómplices.

       -¿Qué me cuentas? Que ha pasado a mejor vida, ¿no?–preguntó el del bar.

       -Pues mira, según… La vida que se ha pegado el tío no sé si será peor que irse al cielo. No le ha faltado dinero, posición… y disfrutar está claro que ha disfrutado más que cualquiera del pueblo…

       -Eso es verdad…

       -En fin, no sé…, ¿qué quieres que te diga? Esto es lo de siempre: el muerto al hoyo y el vivo al bollo, ¿a que es así? Pues eso…

Alberto Granados

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A Antonio Enrique, escritor y amigo,

que pronto será noticia literaria por la

aparición de su nueva novela Boabdil.

El príncipe del día y de la noche

 

 

 

 

1 Veraneo de 2013

 

 

 

       A comienzos del verano de 2013 las respectivas familias de Estela y Juancho abandonaron Granada para bajarse a la costa. Tanto Luis y Bea, los padres del niño, como Emilio y Pilar, los de Estela, habían comprado recientemente sendos apartamentos, muy próximos, en el mismo pueblecito de pescadores y veraneantes. Los chiquillos se conocieron jugando con otros niños en una placeta próxima a sus urbanizaciones. Ambos estaban a punto de cumplir trece años y no conocían a nadie, por lo que se sumaron al grupo de chavales que jugaban juntos en la pequeña plaza o en la playa y tras algunos gestos de timidez inicial, quedó claro que se gustaban. Juancho lo comentó en casa:

       -Mamá, he conocido a una niña muy simpática que me gusta mucho. Es muy guapa y vive en un apartamento del bloque de enfrente.

       Bea, profesora de Historia en un instituto, estaba acostumbrada a rastrear en sus alumnos esos gestos lánguidos que ahora evidenciaba su hijo y comprendió que se trataba de algo importante. Se limitó a decirle:

       -Hombre, Juancho, si es que eres demasiado joven… Las vueltas que van a dar vuestras vidas hasta que seáis dos adultos con criterio… Ahora lo que importa es que sigas sacando buenas notas…

        -Sí, mamá, pero yo solo he dicho que esa niña me gusta –la interrumpió el chico con evidente gesto de decepción, de no esperar de su madre una monserga oficial ante uno de los hechos fundamentales de su vida.

       Con gesto de fastidio se levantó del sofá y se fue. Bea movió la cabeza de un lado a otro, mientras pensaba en Almudena, la hija mayor, de diecisiete años, que se le estaba yendo de las manos y salía con chicos mayores. Afortunadamente, el sonido del móvil la distrajo de su preocupación. Era Luis. Acababa de llegar a la ciudad en el vuelo de Barcelona, un día antes de lo previsto, y hacía tal calor en el piso cerrado, que se bajaba a la costa esa misma noche. Al fin las responsabilidades del despacho iban a permitirle un respiro mientras le llegaban definitivamente las vacaciones de agosto. Pidió hablar con los niños, pero Almudena había salido. Juancho estuvo muy afectuoso con su padre, al que admiraba. Le preguntó cómo iba el trabajo en la consultoría, qué tal iba la auditoría que le había hecho desplazarse a Barcelona, que cuántos días iba a estar con ellos, que si iban a cenar en la pizzería…

       Bea, fue a ducharse, se arregló de manera informal y se maquilló discretamente. En un par de horas tendría junto a ella a su marido y eso abría muchas expectativas que Juancho no llegaba a intuir.

       -¡Mamá, qué guapa te has puesto! –dijo de la forma más espontánea, sembrando en ella un cierto rubor, como de ser descubierta en algo clandestino.

       -No me gusta que papá me vea sin arreglar… él está reventado de trabajar y nosotros estamos de vacaciones. Tu hermana y tú también deberíais estar vestidos cuando él llegue. El pobre vendrá cansadísimo –respondió con cierta inseguridad que desconcertó al chiquillo.

       Por su parte, Estela no comentó nada de su nuevo amigo en su casa. Tampoco hacía falta. Unos días antes, le había preguntado a su madre si podía usar uno de los pases sobrantes de la piscina para un amigo. Cuando le preguntó de quién se trataba, la niña se puso encendida y respondió:

       -No lo conoces, mamá. Se llama Juancho y vive en el bloque de enfrente, pero ahí es que no tienen piscina…

       Estela era una chiquilla preciosa, con una sonrisa que derrochaba felicidad. Tenía el cuerpo de una chica a punto de entrar en los misterios de la pubertad. La madre sintió una infinita ternura. Su niña, tan pequeña hasta ahora, estaba experimentando los tejemanejes de la vida adulta, esa vida que se abría paso en sus hormonas y emociones. Pilar evocó sus primeros escarceos amorosos, sus primeros entusiasmos y ocultamientos a sus padres. Era maestra y también había visto a centenares de niñas y niños pasar por ese trance. Siempre había vislumbrado en ellos el futuro, nada menos. En bruto, sin matices, irrefrenable en los impulsos, desconcertado, lleno de incertidumbres… pero el futuro en carne viva. Interrumpió su reflexión para responderle su pregunta a una expectante Estela:

       -Hija, algo especial tendrá ese chico para que lo hayas invitado, ¿no?

       -Que es mi amigo –le respondió la niña secamente, tragando saliva y con cierta angustia en la mirada.

       -Ah, bueno. Pues invítalo, pero explícale las normas, que no quiero tener problemas con los vecinos. ¿De acuerdo?

       La niña asintió soslayando la amplia sonrisa que aparecía en su semblante y se fue a su dormitorio para enviarle a Juancho toda una sarta de whatsapps. Esa noche, cuando Pilar y Emilio se abrazaban en la intimidad del lecho, ella le hizo una confidencia que frenó en seco los ardorosos ímpetus del padre:

       -Que sepas que tu hija se ha enamorado.

       -¿Estela? Pero… si solo tiene doce años…

       -Sí. Doce años, las hormonas en su sitio y toda la ilusión del mundo. Y hasta ha aparecido en ella un pudor nuevo, pues anteayer me hizo abandonar mi libro para ir a comprarle un bikini, porque ya se ve a sí misma como una mujer y quiere usar sujetador.

       -Pero si no tiene pecho…

       -¿Por qué os cuesta tanto trabajo a los hombres conocer la mente de una mujer, aunque tenga solamente doce años? Le gusta el niño, están todo el día juntos, él la protege con sus toalla y le pone crema, no paran de enviarse whatsapps, se miran como si no existiese en el mundo nada más que ellos… y nuestra hija empieza a creerse que de verdad es una mujer. No lo es, pero muy pronto lo será. ¿Dónde está el problema? –y volvió a abrazar a un atónito Emilio para terminar lo que habían dejado a medias.

       A la tercera semana de julio, Estela y Juancho eran inseparables y aceptados en el resto del grupo como novios, una palabra que les hacía sentirse importantes, aunque no sabían discernir aún su significado exacto. Se cogían de la mano cuando nadie los veía y se daban castos besos en la mejilla, pero sus vidas sólo habían cambiado en esa ilusión especial que les hacía sentirse transfigurados y en un reconocimiento extraño entre los demás chicos y chicas que jugaban a los mismos juegos de patio de recreo en el entorno de las urbanizaciones.  

       Agosto fue avanzando y los dos chiquillos estaban nerviosos por la inminencia de la separación. Durante los últimos días, llegaron los temporales. Eran esos días sin posibilidad de bañarse en el mar, días mustios y robados a la lógica de las cosas, días que sembraban nubarrones en los ánimos de ambos, conocedores de que iban a dejar de verse durante todo el invierno, sufriendo ya los efectos anticipados de sentirse desgajados el uno del otro.

       Juancho pasó por el modesto bazar del pueblecito y le compró una gargantilla de cuero con piedras coloreadas. Cuando se la entregó, a la niña se le saltaron las lágrimas. Al día siguiente, ella apareció con una bellísima concha, de un blanco inmaculado por fuera y una capa nacarada en el interior.

       -Cada vez que oigas el mar, recuerda lo que te quiero.

       Y como todo lo inaplazable, a cada niño le llegó el momento de volver a su casa, la de verdad, la de la rutina del reciente instituto en el que el curso anterior habían iniciado la ESO. La nostalgia anticipada hizo mella en sus ánimos en el momento de despedirse.

2 Veraneo de 2014

       Ambas esposas y los hijos, tan pronto como llegaron las vacaciones, hicieron el equipaje y ocuparon sus apartamentos para su segundo veraneo. Los maridos, en cambio, se quedaron en la ciudad, cada uno con su trabajo. Estela y Juan (ahora odiaba que se le llamara Juancho) se reencontraron.

       Durante el curso, los dos niños se habían visto solo tres veces: en las fiestas de los cumpleaños de ambos, durante el mes de octubre, y en una quedada con el resto del grupo para ir al cine en un centro comercial. Con la llegada de la primavera, sus cuerpos terminaron sus metamorfosis y Estela pasó a ser una chica preciosa, llena de redondeces y formas, en tanto que el chico perdió la armonía de sus movimientos y el timbre infantil de su voz. Él admiró con un deseo desconocido la belleza de su novia y la chica quedó deslumbrada por la nueva estatura de Juan, por la aparición de su incipiente barba y sus numerosos granos. Los dos coquetearon tanto como pudieron, ella luciendo los andares que había visto en las protagonistas de las pelis y él tratando de sorprenderla con sus exhibiciones de natación o baloncesto, de fuerza y habilidades que solo ahora descubría en sí mismo.

       Le gustaba ir nadando hasta la lejana boya y volver extenuado para recibir la compensación de la mirada entre angustiada y admirativa de su chica. Sin embargo, las notas académicas habían bajado bastante, algo que le reprochaban sus padres y la propia Estela.

       Había ahora algún elemento nuevo y desconcertante en sus vidas. Juancho sentía un deseo que lo atormentaba y lo hacía sentirse sucio. Se lo había contado a Estela, que se sintió medio ofendida por algo tan intolerable, tan sórdido, y medio halagada por lo excitante del camino que se abría ante ellos. Claro que ella era ahora consciente del inmenso potencial de ser una mujer atractiva, algo en lo que veía una desconcertante promesa, aún no sabía exactamente de qué, aunque intuía que de algo tentador.

       Ya no salían con el resto de la pandilla, sino que siempre hacían un aparte en la playa, en la placeta y durante los paseos hasta el pueblo para comprar helados. Salían con los demás, pero en cuanto desaparecían del campo visual de sus padres, se iban quedando atrás, cogidos de la mano. Los juegos de la placeta, los mismos que el año anterior les parecían tan entretenidos, ahora suponían un insufrible tedio. A veces se escapaban a la oscuridad de la playa y se besaban. Tampoco vestían ya como el año anterior, pues ahora ponían un especial énfasis en el arreglo personal y ella no salía de su casa sin una larga sesión de espejo ni él sin desesperantes duchas a las que seguían los desagradables insultos de Almudena, que siempre había quedado con alguien e iba a llegar tarde por culpa del estúpido de su hermano. El olor a desodorante y colonia inundaba cada tarde la casa del chico, el pasillo y el ascensor para diluirse en un rastro que se deshacía por la calle.

       Los padres de ambos asistían al proceso entre divertidos y preocupados, sabiendo que era el más natural de los cambios, aunque agobiados por la turbulencia y el apasionamiento irrefrenable. En cualquier caso, el tiempo haría lo que tuviera que hacer, pensaban.

       Una mañana, estaban en la playa y llegaron cuatro chicas mayores. Tras plantar junto a la pareja sus sombrillas, abrieron las mochilas, sacaron las toallas y se quitaron la ropa. Un momento después estaban en el agua. Al regresar se despojaron de los sujetadores. Juan, que había visto desnudas a su madre y a su hermana mil veces sin ningún problema, sintió una intensa excitación y la conversación con Estela perdió la fluidez habitual. Ella se sintió molesta, herida en su amor propio. Celosa, en definitiva, y tuvieron su primer enfado serio.

       -Si vas a estar atontado mirándoles los pechos a esas, me voy, que parece que aquí sobro.

       -Mujer, no te pongas así. No…

       -Es que me molesta mucho, que estás babeando y no te das cuenta del papelón que yo estoy haciendo delante de media playa.

       -Perdón –dijo el chico y se volvió hacia ella.

       Con una indescriptible sorpresa, vio que Estela cambiaba de sitio sus bolsas de baño y tras formar un parapeto que la ocultaba de sus padres, se quitó el sujetador:

       -Si tanto te gusta mirar los pechos de las mujeres, aquí tienes dos. Yo también tengo –dijo ofendida.

       Juan creyó que se moría de excitación. Su novia era preciosa, toda una mujer y adivinó goces que lo desazonaron profundamente.

       Aquel curso fue muy duro para ellos. Las asignaturas eran mucho más difíciles, tenían muchos exámenes y trabajos, pero quedaban cada viernes y cada sábado. Después volvían a casa irritables, inquietos, desconocidos… y buscaban celosos la soledad de sus dormitorios. A finales de noviembre surgió la grave noticia: Pilar tenía un cáncer de mama. La operación y la subsiguiente quimioterapia hicieron de ella un despojo que se preguntaba continuamente por su futuro y el de su familia. ¿Qué iba a ser de Estela si ella moría? Era una niña que acababa de cumplir catorce años. Iba a necesitar tanto de ella, que morirse suponía abandonarla a su suerte en la etapa en que una adolescente necesita más la orientación de su madre. Al miedo se unía un sentido de culpabilidad que la atormentaba profundamente.

       La chiquilla sintió una responsabilidad que la hizo madurar urgente y prematuramente. Se multiplicaba para atender a su madre en el hospital, asistir a sus clases, preparar exámenes y trabajos, obtener sus notas de siempre para que la enferma no se sintiera culpable, consolar a su padre, que tenía más miedo que nadie, cocinar, ocuparse de la mayor parte de las tareas de la casa… Ahora el enamoramiento le parecía una circunstancia tan secundaria que llegaba a dudar de que tuviera sentido.

       Juan andaba muy triste. Comprendía el infierno por el que Estela estaba pasando, las nuevas responsabilidades que le habían sobrevenido, su tristeza y falta de entusiasmo… pero la echaba tanto de menos que su falta de disponibilidad y su alejamiento lo torturaban. ¡Si le había llegado a pedir que no la molestara con llamadas o whatsapps porque no le quedaba tiempo para atenderlo!

       Luis, Bea y hasta la propia Almudena eran conscientes del sufrimiento de Juancho. Su hermana, que ya estaba en la Facultad de Ciencias, ahora lo protegía y estaba amable como nunca. Por su parte, Bea acompañó a su hijo al hospital para ver a la enferma. Se ofreció incluso para echar una mano en aquella casa, un poco dejada por las circunstancias. Estela se alegró de ver a Juan, pero este entendió que esa alegría no tenía nada de la exultación anterior y comprendió que la estaba perdiendo.

       Pilar, en medio de su sufrimiento, también percibió la situación.

       -Niños, puesto que está aquí Bea, salid a dar una vuelta, que tú, Estela, vas a perder el color de estar todo el día encerrada conmigo. Yo ya estoy mucho mejor, venga, marchaos…

       En la puerta del hospital se besaron y la chica lloró toda su desesperación y todo su miedo abrazada a su novio, que no sabía cómo consolarla.

       Algún tiempo después, Pilar regresó a casa. Lo peor parecía conjurado, pero la espada de Damocles estaba ahí, amenazadora, aterradora, preocupante.

 

 

 

 

Adolescentes entrando al instituto

Adolescentes entrando al instituto

 

 

 

3 Veraneo de 2015

 

 

 

 

 

       El tercer veraneo fue atípico. El chico, que había sacado demasiados suspensos, pasó la mayor parte del tiempo con su padre en la ciudad, recibiendo clases particulares. Solo bajaba a la costa los fines de semana, donde su madre y Almudena los recibían como si vinieran de un lejano exilio. Bea intentaba hacerle ver al muchacho que no era un fracasado, aunque tenía que comprender que se había descuidado mucho en sus estudios.

       -Fíjate en Estela. Ha pasado por una situación gravísima, pero a pesar de todo ha mantenido sus excelentes notas de siempre. Se ve que tiene más fuerza de voluntad que tú -y eso le dolía como un cruel trallazo, porque era consciente de que no estaba a la altura de la adultez de su novia.

       Por su parte, Estela apenas salía un rato a la playa para darse un baño, pues se sentía más unida que nunca a su madre y apenas se separaba de ella. Ambas compartían lecturas, conversaciones cada vez más adultas y, sobre todo, miradas llenas de un cariño sereno y maduro. La chica apenas permitía que Pilar hiciera algo en el apartamento. Ella se ocupaba de la compra y de preparar la comida, la limpieza, la plancha y, especialmente, de dar ánimos a sus padres cada vez que, pese a los intentos por disimular sus aprensiones, aparecía en ellos ese gesto negro del sufrimiento y la incertidumbre.

       Cuando Pilar protestaba, la hija le respondía:

       -Mamá, lo que tienes que hacer es descansar y reponerte. La mala racha ya ha pasado, pero aún estás muy débil… y deberías bajar algún rato a la playa, aunque el viento  o las olas te dejen sin la peluca o el pañuelo. Nadie puede reírse de eso y si alguien hace algún gesto desagradable, es que es imbécil. Eres mi heroína y mi luchadora modelo -a la madre se le saltaban unas lágrimas que resumían la admiración por la chica.

       A principios de agosto llegaron las fiestas del pueblo. Aprovechando que su padre ya estaba de vacaciones, le prestó más dedicación a su noviazgo con aquel pobre chico que estaba como alma en pena, lánguido por el distanciamiento y mustio como un perro apaleado.

       Pero ella había dejado de verlo claro. Habían desaparecido la ilusión, la complicidad, las expectativas. No se veía vinculada en el futuro a aquel estado de ánimo que había tenido tanta relevancia para ella. Por otra parte, cortar su relación con Juan podía suponer un error gigantesco del que tal vez se arrepentiría. La vida adulta y el amor estaban resultando mucho más complicados de lo que podía suponer. Pensó que necesitaba una prueba definitiva. Ya habían hablado del momento en que ella y él lo harían. Iban a cumplir quince años y Juan demandaba cada vez más intensa y angustiadamente su entrega. Estela no sabía a qué carta quedarse, pero ante aquellas dudas tomó la decisión de aprovechar la libertad que suponían las noches de verbena para pasar por esa experiencia, de la que tanto hablaban sus compañeras de clase. Decidió que sería la noche de la procesión marítima, en que todo el pueblo acudía a cenar a la playa para ver el castillo de fuegos artificiales.

       Esa noche, tras acompañar a sus padres con las sillas y la nevera, ambos adolescentes se adentraron en la parte más despejada de la playa. Una curva del litoral y unos altos peñascos impedían contemplar desde allí la procesión, por lo que en esos momentos era una zona completamente solitaria.

       El chico empezaba a intuir la intención de su novia, trastornado por el deseo. Tras dejar las toallas al abrigo de las piedras, la chica se adentró en el mar. Cuando llegó Juan, ella lucía en el cuello las dos piezas de su bikini mientras se le ofrecía sonriendo. El muchacho sintió un intenso vértigo al abrazar la desnudez de aquel cuerpo. Instantes después, bajo las toallas, ella se le entregó. Cuando el placer inundó los sentidos de Juan, ella lo abrazó mientras las lágrimas corrían por su rostro. Pensaba que ese momento debería de haber tenido un significado muy especial que no había sabido encontrar, que jamás encontraría con su novio de juventud. Supo que era mejor cortar aquella relación, pero decidió dejar pasar el nuevo curso, ya muy próximo.

       Ambos estaban tan tensos que todos los miembros de aquellas dos familias esperaban impacientes la finalización de las vacaciones y el regreso a Granada, especialmente Juan, que sentía el dolor de su primer fracaso, la sensación de no haber sabido colmar a una mujer, el recuerdo permanente y atormentador de su primera experiencia. Además veía que se iba a enfrentar a los exámenes de septiembre ausente, hundido y sin la menor motivación. Obviamente, repitió curso.

       Aquel invierno se vieron algunas veces. Iban al cine o tomaban una cocacola en un bar de tapas y siempre terminaban enfadados, como si hablaran dos idiomas distintos. Juan la acusaba de no quererlo y ella le exigía que diera muestras de madurez, que no fuera ese niñato arbitrario que siempre iba reclamando sexo, como si fuera el único fundamento de su relación. Él le recordaba entonces que fue ella quien lo metió de lleno en ese camino y ella le hablaba de que no sentía la urgencia que a él lo convertía en un pelele. Siempre se despedían enfadados.

       Algunos fines de semana los padres bajaban a la costa. Ellos aprovechaban la soledad de la casa para besarse y, a veces, acostarse. Estela cada vez se sentía más frustrada y a comienzos de la primavera decidió cortar aquella relación que ya no le aportaba nada.

       -Juan, has sido mi primera ilusión, mi primer novio, mi primer amante, pero esto no tiene sentido. Es mejor que lo dejemos.

       No supo, ni quiso, darle más explicaciones.

       Al día siguiente Estela se metió en la cama con su madre y le contó todas sus decisiones. Pilar intentó sencillamente escucharla, sin consejos molestos ni moralinas innecesarias en aquella situación. Tenía quince años, era una mujer madura, responsable… ¿Qué podía objetar su madre? A su hija le había llegado el momento y era una estupidez soltarle un sermón que solamente serviría para establecer una distancia entre ellas cuando su enfermedad las había unido más que nunca. Mejor escuchar que intervenir…

      Juan, por su parte, estaba intratable. Siempre malhumorado, respondón, en desacuerdo con todo lo concerniente a su familia… El padre tuvo que ponerlo firme más de una vez exigiéndole que se controlara y mantuviera ese respeto que estaba perdiendo hacia todos. La madre intentaba en vano razonar, pero el chico parecía un potro desbocado que sufría. Ella ya solo confiaba en que el tiempo hiciera su labor curativa. Almudena fue la más sincera con su hermano:

       -Juancho, que esa niña ya es una mujer en tanto que tú, te guste o no, eres solo un crío. Debes entender la realidad, tal como es. Y aceptarla porque ella no va a ser para ti, sino para otro chico de mi edad o incluso mayor que yo. Siempre ha pasado eso, así que acéptalo y deja de portarte como un niñato.

       Juan lo entendió. Le dolió mucho, pero no le quedó más remedio que aceptar lo que Almudena le había explicado de forma tan rotunda. Cambió radicalmente y, en el intento de olvidar a Estela, se aplicó a los libros como el náufrago que se aferra a una minúscula tabla de salvación.

4 Veraneo de 2016

 

 

 

 

       Juan no se ha dado cuenta de que Estela estaba saliendo de su portal. La chica lo ha llamado. No ha sabido reaccionar, pero ella lo ha abrazado con mucho afecto y una sonrisa encantadora:

       -¿Qué, que no te alegras de verme? Te has quedado de piedra.

       -No, es que no te he visto… –responde él con un gesto de desagrado.

       -Yo a ti sí. Me ha dicho mi madre que lo has aprobado todo y con buenas notas. Se encontró con tu madre y las dos se pusieron al día. Enhorabuena.

       -¿Cómo sigue tu madre, Estela? ¿Está bien?

       -Está muy bien, gracias. ¡Qué mal lo pasé! –se vuelve a mirarlo con intensidad- Espero que no me guardes rencor. De verdad que no tenía sentido continuar y eso que lo nuestro fue precioso… ¡Cuánta ternura, cuanta ilusión…!

       -Había otro, ¿no? –preguntó el chico secamente, con gesto acusador.

       -No me estropees la alegría de verte. ¿Qué otro iba a haber? No estaba para nada ni le veía sentido… Pero llegará el día en que haya otro y espero que hayas crecido lo suficiente como para no culparme de nada, como para no olvidar nunca la ilusión que mantuvimos casi tres años. Lo fuiste todo para mí… hasta que dejaste de serlo.

       -Lo pasé muy mal. Te tuve y un rato después ya no me querías. No me lo explico.

       -Necesitaba saber. Y comprobé que no, sencillamente. Pero mira lo positivo y no lo olvides nunca, porque fue muy bonito… –Juan la interrumpe tras mirar su móvil, que ha dado la señal de un whatsapp entrante.

       -Es Paula, que me está esperando.

       -¿Estás saliendo con Paula? –pregunta con una mezcla de cierta rabia y de absoluta sorpresa-. Pero si decías que era insoportable…. Bueno, tú verás. Si estás bien con ella, me alegro. Es buena chica –dice tragándose un inexplicable rencor.

       -Mira, tengo prisa. Me alegro de haberte visto –le da un beso en la mejilla y se va como alma en pena.

       Estela lo mira alejarse. Le gustaría que se volviera a mirarla, pero Juan no lo hace. La chica se pregunta si se estará aguantando las ganas. Después, más resuelta que nunca, se encoge de hombros, retiene una lágrima que amenaza rodar por su mejilla y se da la vuelta. De una forma automática, mira su móvil para ver si hay algún mensaje de Jesús, ese chico de veinte años que le ha pedido salir. Está en segundo de Medicina y no sabe aún qué decisión tomará…

 

 

 

Alberto Granados

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Mai Saki y su exposición El camino de la vergüenza

 

 

 

 

        El sábado volvía paseando hacia casa, tras mi agradable rato de tertulia. Era una fresca mañana y el centro de Granada presentaba un hervidero de gente que tomaba café en las terrazas, hacía sus compras o disfrutaba de su fin de semana. Todo hablaba de una sociedad que, aun con sus carencias, gozaba de un razonable nivel de bienestar a pesar de la interminable crisis económica. Pero algo me hizo cambiar el relajado estado de ánimo: al pasar bajo la torre de la catedral, en el venerable edificio del antiguo colegio de Niñas Nobles decidí entrar para ver la exposición de la fotógrafa Mai Saki. Había leído algo en la prensa local, pero no tenía el menor conocimiento de lo que me iba a encontrar ni del contraste que las fotografías iban a provocar en mi conciencia.

 

 

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        Lo primero que el visitante encuentra en la sala de exposiciones son tres paneles con textos ya añejos y rimbombantes que nos hablan de los derechos humanos. Tras recorrer las fotografías, los tres breves textos alcanzan la dimensión de una grotesca e hiriente burla. Tanta declaración, tanto compromiso firmado, tanta mojiganga sólo son un documento notarial que certifica nuestra gigantesca hipocresía, nuestra desvergüenza ante las catástrofes humanitarias, en este caso la de los mal llamados refugiados sirios que intentan llegar a una Europa que les cierra puertas y recursos, pese a las declaraciones de sus gobiernos.

 

 

 

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       Si en su momento la imagen de Aylan, el niño sirio ahogado en una playa turca en septiembre de 2015, supuso un impacto emocional para todo occidente, las fotos de la exposición muestran el horror de los que han sobrevivido. Mai Saki no explota la truculencia del niño ahogado, sino que nos muestra el horror en los rostros, los gestos de desesperanza, las lágrimas de desesperación de individuos o retratos grupales de personas vivas (al menos, cuando ella los retrató). Vivas y dolientes, sufriendo el rigor de las fronteras cerradas, de las expectativas truncadas y de la desesperanza.

 

 

 

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       Quienes vivimos en la relativa opulencia de esta sociedad empobrecida podemos caer en la tentación de creer que en el momento en que hemos guardado el coche, nuestros hijos han vuelto a casa, tenemos la cena delante y la puerta bien asegurada controlamos nuestra existencia. Ninguna circunstancia puede romper ese perfecto equilibrio que suponen nuestras vidas. Tal vez, muchos miles de sirios pensaban exactamente eso hace sólo unos meses. Pero la política internacional, los intereses turbios que rigen el mercado global, los intereses de los fabricantes de armas y otras oscuras circunstancias han llevado a aquellos equivocados sirios a un éxodo incomprensible, a un desastre humano, a una injustificable ratonera, que demuestra lo erróneo de su seguridad pequeñoburguesa. Nadie está seguro ante un sistema social injusto. Esta vez ha sido en Siria, pero la vida pude volver nuestra tortilla y convertirnos en huidizos aspirantes a refugiados, en personas desesperadas por encontrar un refugio que nos proteja de las bombas y misiles que hacen añicos un país en pocas semanas.

 

 

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       Demostrarnos esa realidad que ahora nos parece tan irreal es tal vez el objetivo de estas sobrias imágenes, hechas en un blanco y negro perfecto, expresivo, en que surgen esos seres lacerados por el dolor, la miseria, la falta de intimidad o de higiene, la carencia absoluta, la desolación. Mai Saki consigue una perfecta síntesis entre fondo y forma en las fotos que expone y nos da un alarmante toque de atención que pretende despertar nuestras adormecidas conciencias occidentales.

 

 

 

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       Una última observación sobre la muestra: el Área de Cultura de la Diputación debería haber buscado un espacio más adecuado para este tipo de exposición. En efecto, la presencia de varias ventanas desvirtúa la limpia luz que irradian las fotografías, que se ven llenas de reflejos indeseables. Con todo, he hecho unas cuantas fotografías de urgencia sin importarme su pésima calidad, que no le hace justicia a la fotógrafa. Sin duda, es mucho mejor que os paséis a ver las originales (están en la primera planta de Niñas Nobles hasta el próximo 7 de octubre).

 

 

 

 

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        Y una última crítica: el escueto programa se queda corto al no dar el mínimo dato sobre la fotógrafa, de la que sólo he conseguido saber algo a través de internet. Muy diferente del espléndido programa que elaboró la Junta de Extremadura para la misma exposición. Aunque tal vez sea mejor así: no saber nada de la autora y así dejar que sean sus magníficas imágenes las que nos hablen a través de su enérgica capacidad de denuncia.

 

Alberto Granados

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Nocturno de luna llena

 

 

 

 

 

A Miguel Arnas Coronado, escritor y amigo,en el octogésimo

aniversario del asesinato de Federico García Lorca

 

 

 

 

         La luna llena extiende sobre los cerros y el secano un manto plateado, una claridad extraña que parece albergar mil presagios. Por el ventanuco de su cuarto ve la silueta de las pitas y las chumberas. No corre la menor brisa y Aurora no consigue dormir. El calor pegajoso enciende su piel y en los momentos de duermevela tiene sueños que la inquietan, pero que después no recuerda. Queda poco para que amanezca y cree haber oído la campana del lejano reloj del ayuntamiento, aunque no sabe si ha sido otro sueño desasosegado. Piensa en su madre que carraspea en la alcoba de al lado. Le gustaría bajar al pozo, sacar dos cubos de agua y refrescarse en la tina del corral, pero si la despierta empezará a buscar mil recriminaciones con que zaherirla, como si ella tuviera la culpa de todo lo que ha pasado solo por ser mujer, por tener diecisiete años y por deslumbrar a los hombres con esa belleza que a veces la hace sentirse sucia.

 

 

 

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         ¿Qué tiene contra ella? Aurora se lo ha preguntado demasiadas veces sin encontrar una causa. Nunca le ha pedido nada, ni se ha quejado jamás de la miseria en que ambas viven, ni ha reclamado otro trato. Ha aceptado la pobreza, el gesto displicente y la ausencia de afecto con naturalidad, pero piensa que si alguna vez tiene una hija necesitará mostrarle a las claras su aceptación y su cariño que ella tanto echa en falta.

       Compara su situación y la de otras chicas de los cortijos vecinos con las que intercambia alguna conversación cuando se cruzan por los caminos polvorientos. Las ve próximas a sus madres, cómplices en sus pequeños sueños. A la Juani, la madre le compró un vestido nuevo la feria del año pasado. Y la madre de Pilar habla abiertamente del gañán que la pretenda y de si convendría que se fugase con él o sería mejor esperar para hacer una buena boda, según le ha contado la propia muchacha. La más próxima, Conchi la del mulero, que vive en el cortijo de enfrente, dice que su madre y ella tienen un trato de amigas, que se cuentan cosas muy íntimas. En cambio ella no recuerda una conversación adulta, ni un gesto de ternura, ni mucho menos un beso. Aurora no es que la odie, pero se siente víctima de ese desapego que no se merece.

        Las dos mujeres están pasando por una situación difícil, pero eso no explica el desamor de la madre. Intenta recordar cómo era todo antes de la guerra, pero ella tenía entonces ocho años y no se fijaba en esas cosas. Tal vez es que su madre está vacía desde la muerte del padre. A veces piensa que la rabia no la deja querer a nadie e intenta justificarla. En otras ocasiones piensa simplemente que no la quiere, que cuando se supo preñada sintió ya la semilla del odio y del rechazo. Intenta ponerse en su lugar, pero le cuesta verdadero esfuerzo.

       -¿Cómo sería mi vida si me hubieran matado a mi hombre, si los culpables le hubieran colgado el muerto a un desgraciado y siguieran disfrutando como si nada? ¿Me quedarían fuerzas para querer a mis hijos o mi vida no encontraría más sentido que vengarme de los Valleverde? –se ha preguntado con frecuencia.

       Aurora sabe que su madre sufre. Alguna noche de insomnio se ha asomado a verla dormir y siempre se ha encontrado con sus ojos escrutadores y despiertos, como si nunca durmiera o el sueño no le aminorara la rabia hacia la vida.

       Más de una madrugada se ha oído el ladrido de todos los perros del contorno. Ambas se han asomado a sus ventanas y han visto un tropel de hombres que se acercaban a caballo. Aurora, desde la puerta de su madre, la ha visto en esas ocasiones descolgar la vieja escopeta de caza del padre. Semioculta tras la cortina, apuntaba al vacío de la noche con la vieja arma. Sabe que su madre lleva años esperando el paso de Tomás Valleverde para descerrajarle un tiro mortal. Pero cada vez que se ha oído el paso de las bestias solo se trataba de una tropa de segadores o cazadores que iban a lo suyo, nunca del culpable de su dolor.

       Una de aquellas noches, helada por el terror, la vio acercarse el cañón a la boca. Aurora vaciló, pero inmediatamente se acercó y le puso una mano sobre el hombro, una mano resuelta, cálida, tal vez llena de una titubeante ternura. La madre soltó el arma y rompió en sollozos. No cruzaron una sola palabra en todo el día. La joven sintió una pena infinita por aquella mujer que no sabía quererla, aunque dudó si por un mínimo instante no había deseado que se hubiera saltado la tapa de los sesos. Ella habría quedado libre para irse de aquel infierno, para huir a otras tierras donde hubiera verdor, agua y algo de comprensión que la compensaran del desamor. Donde no volviera a encontrarse con el fantasma de los Valleverde ni con ese estéril rencor.

       Diecisiete años mamando el odio que rezuma de una tierra despiadada, árida, enemiga. Son muchos años de rechazo inexplicable. Aurora sólo recuerda felizmente el año y medio en que asistió a la escuela. La señorita Sole la quería, le enseñaba cosas que le parecían sorprendentes y le daba besos sinceros y llenos de calor, los únicos que había recibido en su vida. Sin embargo, nació su hermano Paquito y con ocho años escasos se lo entregaron para que lo cuidara, pues los padres se deslomaban intentando sacar algo de aquel triste pegujal que le habían comprado a don Tomás Valleverde, el todopoderoso cacique.

        Era un terreno en que apenas crecía nada, duro como las miles de piedras que sus padres fueron arrancando de la sequedad de la tierra. Parecía un milagro que de aquel peñascal pudiera brotar algo, pero los afanosos trabajos empezaron a dar su fruto, sobre todo a partir de que el padre perforó el pozo y aquel triste secano dio su primera cosecha. Lo intuyó cuando construyeron la carretera y vio que había agua en el subsuelo. Demasiada agua para asentar aquella nueva vía que el gobierno de Primo de Rivera había trazado sobre el mapa, se decía que para satisfacer a un diputado con el que algún pez gordo tenía negocios en Madrid. Solo era cuestión de ahondar. Si había agua en las cercanías, en su terreno también la habría. Él tenía que ser el primero en registrar el pozo, antes que se adelantara otro oportunista y se llevara los beneficios que su esfuerzo desesperado merecía. Y encontró agua. Un agua dura, salobre, imposible de beber, pero que hacía fructificar el sembradío y les llenó los bolsillos con algún dinero que les hizo soñar que la miseria había acabado para ellos.

       Pero las casas de los pobres están condenadas al infortunio desde el principio de los tiempos, pues se les murió el Paquito, tronchado como una flor por el garrotillo. Tal vez ese fue el momento en que su madre perdió la costumbre de quererla un poco. Inmediatamente después llegó la locura de la guerra.

       Desde hacía años, tenían una pequeña tienda de comestibles, tabaco, sellos de correos, arreos para los mulos, alpargatas de cáñamo… Por las tardes, venían los ganapanes de los contornos a tomar unos vinos. Algo después la madre empezó a dar comidas. Así se distraía de sus penas y la casa prosperaba. Pero la guerra lo trastocó todo, especialmente desde la noche en que se presentaron en la taberna don Tomás Valleverde, su hijo Tomasín y tres amigos de su misma calaña, éstos vestidos de falangistas. Los parroquianos advirtieron claramente el aire provocador y sólo se quedaron los más ávidos de chismes que contar. Don Tomás se dirigió al padre:

       -Paco, tenemos que hablar de negocios, así que siéntate aquí con estos amigos.

       Temiéndose lo peor, el campesino se sentó con aquel extraño grupo.

       -Usted dirá, don Tomás.

       -Es muy simple, Paco. Que me debes todavía dos plazos de la compra del terreno que te vendí. Y que he decidido volver a quedarme con él. Es muy duro para ti, que ya sé que andas con una mano delante y la otra atrás. Te devuelvo lo que me has ido pagando y todo sigue como antes.

       Al padre se le pusieron las venas del cuello como las cuerdas del pozo y solo acertó a responder:

       -Don Tomás, eso no es de ley. Mi mujer y yo nos hemos machacado para convertir este peñascal en un huerto que empieza a dar fruto. Era un secano y ahora tiene agua, después de haberla buscado a base de esfuerzos y desembolsos. Usted no puede hacer…

       -¿Que no puedo qué, Paco? –saltó como movido por un resorte-. No te equivoques conmigo, que va a ser peor para ti. Es mejor que te atengas a razones. Ya te he dicho que te voy a devolver hasta la última perra gorda que me has ido pagando. Es más, estoy dispuesto incluso a indemnizarte con lo que ni siquiera has llegado a pagarme, fíjate si deseo complacerte, pero no te permito que me digas lo que es o no es de ley en esta nueva España que vamos a construir…

       Y Paco no pudo contenerse:

       -Don Tomás, yo he cumplido mi parte, así que cumpla usted la suya, que tenemos firmada una hipoteca…

       El hijo, con toda la chulería de que era capaz, intervino entre las sonrisas cómplices de los falangistas:

       -Mira Paco, anoche mismo ardió el Registro de la Propiedad. Seguro que han sido los comunistas, así que a ver cómo demuestras tú ahora que entre mi padre y tú ha habido ese trato que tú mencionas. Tenemos la escritura de propiedad de estas tierras, así que o lo tomas, o te van a ir dando, que no te mereces ni el rato que estamos perdiendo en contemplaciones, ¿te enteras?

       -Señorito Tomás, está usted metiéndose en lo sin segar. Yo no tengo nada, pero la ley…

       -¿Pero no te has enterado de quién manda en la ley, imbécil? –le respondió el niñato dándole dos bofetadas-. Si quieres zanjamos este asunto en la calle, como se ha hecho siempre en estas tierras -y sacó una navaja enorme.

       Aurora recuerda perfectamente lo que siguió. No ha podido olvidar el gesto de desesperación de la madre, ni la resignación del padre que se sabía perdido sin remisión. Aún mantiene el recuerdo en su mejilla del último beso, lleno de ternura, que le dio antes de salir hacia el matadero. Se ve a sí misma horrorizada, sin comprender del todo lo que tenía ante sus ojos, pero segura de que iba a suceder algo que cambiaría su vida. Los dos o tres parroquianos que se habían quedado intentaron asomarse a las ventanas, pero don Tomás lo impidió:

       -¡Quietos ahí! Aquí no hemos estado ni mi hijo, ni estos amigos ni yo. Y nadie ha visto nada. ¿Os va quedando claro?

       Un momento después, su padre yacía junto al reseco torrente con la rabia convertida para siempre en un rictus de perplejidad. Pese a su corta edad, Aurora oyó los comentarios que los habituales hicieron en la taberna durante los días siguientes, entre murmullos temerosos y silencios indignados: que el hijo del cacique no había sido, sino que al padre lo habían cosido a navajazos dos compinches apostados en la oscuridad; que alguien decía haber visto a siete hombres a caballo y no a cinco; que la navaja de aquel niñato estaba limpia de sangre; que se habían oído más de dos voces; que aquello estaba más que preparado; que lo más seguro era que dos socios se hubieran quedado esperando a Paco; que era una injusticia; que dos del pueblo, que últimamente no se separaban del cacique, lucían ahora unas jacas que estaban fuera de su alcance; que el pobre Paco estaba muerto desde antes de salir de su taberna…

       Los ánimos estaban muy encrespados, por lo que don Tomás tuvo que ceder. Las tierras seguirían siendo de la viuda de Paco, si conseguía sacar adelante la mínima finca y hacer frente a los pagos. Algunos campesinos acudían al anochecer, casi de tapadillo, a echar una mano en aquella tierra maldita para que la pobre mujer ganara el pulso al miserable cacique y su hacienda y su negocio prosperaran.

       En el juicio, se les asignó un abogado de oficio, hijo del capataz de don Tomás, que retorció los argumentos, modificó los testimonios de la fase de instrucción y consiguió que se pudriera en la cárcel un pobre desgraciado que circunstancialmente estaba cerca del lugar del crimen. Pero el pueblo odiaba cada vez más al verdadero culpable y si entraba en alguna taberna, la gente se salía. Hasta el cura tuvo que intervenir para poner paz. Dedicó un sermón dominical a pedir cordura y reconciliación. Explicó a su atónita feligresía que Dios elegía a quienes debían mandar sobre los demás para que nuestra nación se mantuviera fuera del alcance del comunismo.

       -…lo que pasa –explicó el cura- es que algunos tienen demasiada soberbia y no aceptan que los elegidos tomen las decisiones necesarias. ¡Es tan fácil caer en la soberbia! ¡Creer que se tiene razón! Y por el contrario es tan difícil obedecer los divinos mandatos representados en la nueva autoridad…

       Al oírlo, doña Sole, la antigua maestra de la niña, se salió de la iglesia, hecho que fue muy comentado y que le valió un traslado fulminante.

 

 

***

 

 

       El tiempo ha ido pasando mansamente y los odios se han suavizado. Ante su madre, demuestra una serena paz, un sosiego que apacigua el odio de la mujer, prematuramente anciana. Aurora habla cada vez más con ella por las noches, cuando cierran la taberna. No puede decirse que sea una relación normal entre una mujer y su hija, pero le comenta las expectativas, el estado de las cuentas, el caudal que proporciona la alberca recién construida y la madre le da breves respuestas o la advierte de riesgos que la chica no ha sabido entrever. Al menos, si no ha conseguido restablecer el afecto, sí ha logrado el reconocimiento a su constancia y a la situación económica alcanzada. Eso la llena y cree ver cada vez más cerca una muestra de amor. Al menos una noche, la mujer le puso su sarmentosa mano en un hombro, en un gesto vagamente parecido a una caricia, y la miró intensamente. La chica sintió que se le saltaban las lágrimas, pero solo obtuvo un comentario hiriente:

       -Tenías que haber nacido hombre. Entonces ya estaría todo arreglado.

        Entendió que a su madre no le servía para nada el tener la finca pagada, ni la alberca, ni el haber comprado otro pedazo de tierra y canalizado la breve distancia que separaba sus dos propiedades, ni el prometedor futuro que parecía apartar de ellas, de manera definitiva, la pobreza. Aquella mujer quería algo mucho más simple: venganza, y según su manera de entender, una muchacha de veintiséis años no servía para eso.

        Aurora comprendió que se había entregado a una causa equivocada. Había dedicado su vida a trabajar sin descanso para satisfacer a aquella mujer, pero no obtendría su ansiado amor hasta que diera un paso más y matara a Tomasín, ya que el cacique padre había muerto hacía meses, tras una larga hemiplejía que le quitó su fuerza para convertirlo en un pelele.

       Ella había dejado pasar las miradas de algunos muchachos que frecuentaban la taberna con evidentes pretensiones. Todas las mujeres de su edad llevaban varios años casadas y tenían dos o tres hijos, pero ella no les había prestado la menor atención a aquellos gallitos que la cortejaban ni había mostrado el menor interés ante sus ofertas matrimoniales. Pensaba que no podía malgastar su vida pendiente del afecto de su madre, a todas luces desnaturalizada y amargada, pero no sabía cómo saciar esa necesidad de abrazos y gestos de amor.

       En una ocasión, la bomba instalada en el pozo dejó de dar agua. El pocero estaba muy enfermo y el sembradío no entendía de tales circunstancias, sino que exigía riego. No le quedaba más alternativa que bajar a desatascar aquel filtro. Amarrada a una cuerda de seguridad, fue descendiendo llena de miedo. Vio en su madre un gesto de angustia, una mirada que le reclamaba en silencio extremas precauciones. Le gustó el calor de esa mirada y siguió descendiendo. Cuando estaba llegando al colador atascado miró hacia arriba. El brocal circundaba una mancha de luz que le pareció una luna gigantesca que iluminaba una extraña noche. Desenfocada, otra mancha menor que sin duda era el gesto angustiado de su madre. La muchacha recordó la luna que alumbraba las noches insomnes de su niñez, cuando su madre intentó sin éxito acabar de una vez por todas con su dolor usando la escopeta. Ahora la falsa luna del mediodía, con la madre angustiada por ella arriba, la envolvía en un aura de paz. Se vio a sí misma amparada por un útero frío pero protector, al final del que la esperaba, llena de amor, una madre. Sintió las lágrimas calientes que descendían por sus mejillas entumecidas por las frías aguas del pozo. Y terminó la faena para subir de nuevo hasta aquellas cálidas manos tendidas, las mismas con que le secó el pelo con una toalla, como había visto hacer a otras madres con sus hijos.

 

 

 

Pozo de la Quinta de Regaleira en Sintra, Portugal. Imagen tomada de dinmaius,com

Pozo de la Quinta de Regaleira en Sintra, Portugal. Imagen tomada de dinmaius.com

 

 

 

       Se comentó por los contornos la resolución de aquella chica frágil, capaz de afrontar un trabajo arriesgado, más propio de hombres curtidos. Desde entonces la llamaban para arreglar las bombas obturadas de los pozos, especialmente desde que el viejo pocero murió. Podía rechazar tales encargos, pero le gustaba ver su luna particular, allá en lo alto, con la mancha difusa de su madre preocupada por ella. Y uno de los pozos que necesitaron la técnica de Aurora fue, inevitablemente, el de una finca de Tomasín, el asesino de su padre.

       Cuando recibió el encargo, su madre la miró con angustia.

       -Iré, madre. No se preocupe. Ver a ese malnacido agradecerme algo será para mí uno de los momentos más felices de mi vida.

       Esta vez fue sin su madre, que se negó a ver al causante de su amargura. La luna del interior del pozo le pareció más grande que nunca. Cuando salió sucia y empapada, se escondió tras unos arbustos para secarse y cambiarse la ropa. Sabía que Tomasín la miraba a través de la pobre vegetación, como sabía también que su velado desnudo estaba encendiendo el deseo de aquel garañón, que ya había sembrado de bastardos media comarca y mandado a varias chicas a los burdeles de la capital.

       Se vio con una fuerza descomunal y creyó que procedía de aquella luna que acababa de dejar en las sucias aguas del pozo. No era un hombre, como había deseado siempre su madre, pero iba a cumplir sobradamente el destino que la vida y el desamor le habían preparado.

       Tomasín se ofreció a devolverla a su casa a la grupa de su vistoso caballo. Aceptó y apretó su cuerpo a la espalda de aquel canalla, que le dedicaba procaces requiebros que solo le producían asco. Ella callaba. Después llegaron pequeños obsequios y notas, a los que jamás prestó sino el interés justo para ir perfilando su plan. Y una tarde en que una luna llena, rojiza de sangre, asomaba inmensa por aquellos cerros, él la estaba esperando bajo unos abedules que jalonaban el último recodo del camino de su casa. Era, sin duda, el único punto de aquel paisaje en que una breve vaguada, un mínimo desnivel, ocultaba lo que allí pudiera suceder de las miradas de toda la llanura y de todos los cerros. Aurora lo había previsto y había tomado sus medidas.

 

 

 

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      Al verlo a la grupa del caballo, con aquel gesto provocador, se estremeció.

       -Tomasín, ¿qué hará usted por aquí? Seguro que nada bueno.

       -Pues te estaba esperando, mira tú. Y bien merece la pena un rato de espera por ver a la muchacha más guapa de esta tierra.

       -Viene usted muy trastornado, me parece a mí, ¿no?

       -Eres tú, quien me trastorna. Es que no se me olvida el paseo a caballo, contigo apretada contra mí…

       -Déjeme en paz, por favor. Yo hice un trabajo, usted me pagó y lo de traerme a mi casa pensé que era un detalle, pero usted…

       -Pues bien que te pegabas, zorra –la interrumpió iracundo.

       Aurora echó a correr hacia la franja de abedules, al tiempo que Tomasín hizo caracolear a su montura tras la chica. Cuando ella gritó, él le dio un fustazo que le atravesó el rostro. Tomasín echó pie a tierra, seguro de lo que hacía. Tras un breve forcejeo, Aurora cayó al suelo en el lugar previsto y él se echó encima de aquel cuerpo joven. Por encima de la cabeza del violador, Aurora veía la luna llena y sonreía, sabedora del inmediato desenlace. Inexplicablemente, el campo se había oscurecido en segundos o eso le pareció a ella, que solo veía los fulgores de aquella luna cómplice. En el momento en que Tomasín le rasgaba el vestido y se perdía entre sus pechos, extendió hacia atrás un brazo que regresó con una hoz, escondida entre la hojarasca varias semanas antes. Gritó sabiendo que en los cortijos, a aquellas horas, estaría todo el mundo tomando el fresco a la puerta de las humildes viviendas y que alguien la oiría. El olor a sangre se superpuso a su voz, a la mirada perpleja de Tomasín, que se moría a escasos centímetros de sus ojos, bajo una extraña luna, sin conseguir explicarse aquella situación. Un momento después surgieron de la noche varios hombres que habían oído sus gritos. A lo lejos, vio también la figura negra de su madre. Finalmente llegó la pareja de la Guardia Civil.

       Trasladada a la capital, el juez de instrucción la dejó en libertad a los dos días. Llegó a su casa bien avanzada la noche. Al traspasar el umbral, la madre la acogió en un abrazo intenso, reparador, cálido. Por la puerta entraba la claridad que la luna, aún casi llena, esparcía benefactora por aquellos cerros y sembrados, el mismo resplandor que anegaba las almas de aquellas dos mujeres abrazadas.

 

 

Alberto Granados

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Viaje mediterráneo

 

        Hace tiempo escribí en este blog que el protagonista de cualquier viaje se aleja transitoriamente de su mundo, de su rutina, para enfrentarse a una nueva realidad que le resulta siempre enriquecedora, de tal forma que al regreso ha ampliado su perspectiva, su percepción de la realidad y su universo personal. Eso justamente es lo que me ha sucedido al regresar de mi viaje mediterráneo que hemos acometido este mes de julio: por una carambola de coincidencias familiares, todos nos hemos visto durante unos días en Barcelona y en Portbou. Para rematar la ruta, unos días en Valencia, disfrutando de mis hermanos, de sus hijas y sus parejas. Turismo, gastronomía, diversidad… y especialmente afecto.

        La culpable, mi hija, que transitoriamente ha dejado París para un trabajo en Barcelona. En Portbou estaban mis cuñados, que llevan casi treinta años insistiendo en que vayamos a tan delicioso pueblo fronterizo. Y Valencia siempre es una tentación con mi hermano, mi cuñada, mis sobrinas… No había pretexto posible y mi hija se encargó de buscarnos los vuelos, los apartamentos de airbnb que hemos ocupado, en Renfe de Granada conseguí los billetes de los diferentes trenes que nos han llevado de un lado a otro… Sólo quedaba el estado de ánimo viajero y la disposición a pasar la enorme dosis de calor húmedo que nos ha acompañado durante estas semanas.

        Y llegamos a Barcelona, deslumbrante y cosmopolita, con una gente entrañable y una belleza que renuncio a señalar aquí por estar disponible en cualquier guía turística. La gente me ha parecido correctísima, amable y abierta hasta límites insospechables. Esperaba más esteladas o más presencia de esas ansias independentistas que los medios y políticos locales señalan con un énfasis que me parece hiperbólico. Me ha dado la sensación de que predominaba el castellano sobre el catalán, aunque es posible que al seguir un recorrido turístico la mayoría fuéramos visitantes. He recorrido la Sagrada Familia (vivíamos allí), Paseo de Gracia, las Ramblas, el Barrio Gótico, lo que las guías llaman la “fachada mediterránea” de la ciudad (playas y puerto), Montjuïc, el Raval… y como siempre, he renunciado a las colas de museos y monumentos, algo que cada vez soporto menos en cada ciudad turística que recorro. Si hubiera dispuesto de más tiempo habría hecho lo posible por reencontrarme con Juan Antonio Fernández Matas, amigo de la infancia, o por conocer a una cobloguera de años, Gloria Abras, de la que sólo conozco unos datos sueltos, o a la prima Juani, o…, pero una ciudad como Barcelona es inabarcable y a las seis de la tarde abandonábamos el vagabundeo para reunirnos con mi hija, que, a fin de cuentas, era el objetivo principal del viaje.

 

 

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Una improvisada Marylin trataba de atraer visitantes a un museo del erotismo en las Ramblas

 

 

IMG_8981Un puesto del Mercado de la Boquería

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Aspecto de una de las calles de El Raval

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Casa Milá frente a la realidad multirracial de El Raval. ¿La misma ciudad?

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Hospital de la Santa Cruz

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Velero atracado ene el Puerto Viejo

        Me he dejado llevar por mis recuerdos lectores de esa Barcelona literaria y he encontrado muchas referencias. Imposible olvidar el colorista Mercado de la Boquería y las Ramblas, donde esperaba encontrar en cualquier momento a Pepe Carvalho y Biscúter. He visto una deslucida placa en El Raval, dedicada a Vázquez Montalbán (desde luego se merece algo con más empaque), el monumento a Papasseig en el Puerto Viejo (no pude fotografiarlo por agotamiento de la batería de la cámara), la casa de Balmes… La ciudad de los prodigios, la impagable novela de Eduardo Mendoza, se ha paseado conmigo por las Ramblas y parques de la ciudad mágica. Me habría gustado visitar la Plaza del Diamante, pero esta vez no ha podido ser.

 

 

 

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Manolo, te mereces algo más digno

        Una imagen reivindicativa me llamó la atención junto al ayuntamiento y el Palacio de la Generalitat. En un balcón, sobre una estelada, un cartel que decía “La lengua es un derecho y una cultura”. Irreprochable aserto. Soy filólogo y estoy de acuerdo aunque yo ya he añadido aquí algunos matices.

 

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Me encantó el detalle: Calle de la Enseñanza, en el Barrio Gótico

        Y del calor urbanita, una lluviosa tarde de viernes, en poco más de dos horas pasamos a conocer los devastadores efectos de la tramontana en Portbou, el bellísimo pueblo fronterizo que nació al amparo del puesto de frontera y aduana que llevó consigo el ferrocarril. García Márquez, dentro de sus “Doce cuentos peregrinos”, escribió un relato sobre los efectos de ese enérgico viento.

 

 

 

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Portbou, desde “el muro”. A la derecha, el paseo al puerto deportivo

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IMG-20160726-WA0021Portbou desde distintos ángulos

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 La vieja escuela del pueblo

        He encontrado en el pueblecito muchas sorpresas agradables. Para empezar, el aspecto solemne y decimonónico de su estación, que hoy no guarda sino un mínimo vestigio de su pasado ferroviario. El pueblo forma un arco, una bahía entre montañas, al abrigo de los vientos y mareas. Recientemente se ha construido un puerto deportivo, unido al núcleo urbano por un precioso paseo, que hemos recorrido varias veces para gozar de la propia caminata y para divisar el panorama de la bahía desde esa perspectiva.

 

 

 

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Sentado en el muelle de la bahía

 

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Ambientazo verbenero con la Orquesta Costa Brava

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 Fiesta de la espuma

        Sobre ese paseo se alza el monumento a Walter Benjamin, que allí se suicidó tras permanecer algún tiempo como exiliado del nazismo. El monumento une la roca con el paseo, la consistencia del encofrado metálico con la transparencia del cristal que se alza sobre el mar, lo sólido con lo volátil.

 

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      Hemos coincidido en el tiempo con las fiestas locales, lo que nos ha permitido asistir a una verbena de las de mis tiempos. Fue muy divertido coincidir en el baile con cuñados, hijos y sobrinos, comprar buñuelos, ver bañarse a los jóvenes en la madrugada, recorrer “las tres playetas”, observar el tranquilo discurrir de la tarde de playa sentado en “el muro” con las piernas hacia afuera, ver el regocijo de niños y jóvenes en una playera fiesta de la espuma. También ver los correfocs o escuchar sardanas.

      Al contrario que en Barcelona, en Portbou apenas se escuchaba castellano. Incluso los franceses que suelen venir a pasar el fin de semana y llenar la despensa y el depósito de gasolina, hablaban un permanente catalán. Con frecuencia, tras darse cuenta, nos pedían disculpas para que no nos sintiéramos desplazados y cambiaban al castellano, pero volvían al catalán tan pronto descuidaban la cortesía, y venían nuevas disculpas.

      En uno de los bares, escuché un registro idiomático que me resultó familiar. Estaba clarísima la procedencia andaluza de aquel señor afectuoso, bromista y vociferante que ponía verdes a los catalanes. Hablé con él y le comenté que su habla me resultaba demasiado familiar. Resultó ser de Priego, es decir, de menos de treinta kilómetros de distancia de mi Alcaudete natal. Me contó que algunos de sus hijos habían nacido ya en Portbou y que cuando bajaba a Andalucía le llamaban “el Catalán”, mientras que allí era el charnego andaluz. En una broma, le dijo a uno de sus hijos que se había olvidado la cartera en casa y debía pagar las consumiciones de ambos. El chico respondió un escueto:

       -Sí, hombre… Espérate sentado.

       -¿Lo ves? –me dijo- Estos jodidos catalanes es que son así…

       Su broma provocó las risas de todos los presentes, catalanes, franceses o charnegos.

        Y gracias a la gentileza de mis cuñados hemos hecho escapadas a Colera, Llançá, Peralada, Figueres… En cada cala, un pueblo, unos atraques para embarcaciones recreativas, unas construcciones bajas que nada tienen que ver con las edificaciones mastodónticas de nuestras costas. Y siempre una limpieza y un cuidado del patrimonio que envidio en nuestra monumental e histórica ciudad, llena de despropósitos.

        Las paellas, las butifarras, las costillas a la brasa, las patatas bravas, el pescado, el vino del Priorato… han supuesto un aliciente más de mi entrañable viaje.

 

 

 

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En la calle Monturiol, / inventor del submarino/ yo y Salvador Dalí / -tres genios- hemos visto el sol. Placa en Figueres.

 

 

 

 

       Pero ha habido más sorpresas. Mi cuñado y anfitrión nos ha explicado el cañoneo sistemático del puente ferroviario de Colera, de Figueras o del propio Portbou desde el Canarias, que el ejército de Franco dejó por aquellos mares para cortar la retirada hacia Francia de los restos del ejército republicano y de la gente que emprendió el triste camino del exilio. Fue una carnicería que aún recuerdan los lugareños y que dejó el pueblecito lleno de refugios en la roca.

 

 

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Cientos de partituras de “solfa”

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          También me ha mostrado las joyas de su pequeño museo doméstico: una barca de sus padres guardada en un garaje, pendiente de hundirla, calafatearla y echarla de nuevo a las aguas de la bahía cuando le llegue la jubilación. O una escritura de la notaría de Figueras, es decir, de la de Salvador Dalí, el padre del pintor. Y lo que más me ha llamado la atención: cientos y cientos de partituras de los años veinte. Su padre, además de ejercer como funcionario de Aduanas, tocaba el saxo y el violín y formaba parte de una orquestina que recorría las ferias de medio Ampurdán y los pueblos próximos del sur de Francia. Viendo la naturaleza de las partituras y las viejas fotos de grupo, llegamos a la conclusión de que fue uno de los introductores de las jazz bands de la época.

 

 

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La orquestina del padre de mi cuñado, hacia 1920

 

 

 

        Pese a que insistió en que me llevara las que quisiera, traté de convencerlo de que hay que ordenarlas, ficharlas, clasificarlas y ofrecerlas a algún centro de documentación musical, pues el tiempo la humedad y algunos animalejos estaban deteriorándolas y el conjunto (“la solfa”, le llamó siempre su padre) era todo un tesoro.

         Y una mañana tomamos un tren en la vieja estación, ahora venida a menos, y llegamos de nuevo a Barcelona, con un breve margen de tiempo para tomar algo antes de coger otro tren que nos llevó a Valencia.

 

 

 

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Cúpula del Mercado Central de Valencia

VALENCIA El pardal

El “pardal de Sant Joan”, cuya leyenda se narra en Arroz y tartana.

       En esta ciudad hemos paseado por la parte histórica y, por sugerencia de mi cuñada, hemos visitado la restauración de una iglesia, financiada por el dueño de Mercadona y llevada a cabo por la esposa del mismo. La vieja iglesia de san Nicolás, nuevamente cubierta de pinturas murales y cenitales remite necesariamente a la Capilla Sixtina.

 

 

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Pero la estancia en Valencia ha tenido un contenido mucho más familiar que turístico: estar con mi hermano y mi cuñada, volver a ver a mis sobrinas y a sus parejas, gozar de toda una cálida corriente de afectos… Objetivo sobradamente cumplido. Han sido días entrañables rodeados de los mil matices de azul que ofrece nuestro viejo Mediterráneo. El viaje ha tenido algo de transfiguración anímica. Volvería a hacerlo hoy mismo.

 

Alberto Granados

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Tortilla de crepúsculo

 

         El periodista José Mora Guarnido, coetáneo, amigo personal y contertulio de Federico García Lorca en El Rinconcillo, tal vez escapó de correr la misma suerte que su amigo al exiliarse en 1934 en Montevideo. Desde allí supo del cruel e injustificable final de muchos de sus amigos “rinconcillistas” tras el alzamiento fascista de julio de 1936. Y allí, dejando posarse el odio, seleccionando recuerdos, reviviendo los afectos, fue escribiendo el delicioso libro “Federico García Lorca y su mundo” (Editorial Losada, Buenos Aires, 1958), que la Caja de Ahorros de Granada reeditó en facsímil en 1998 (año del centenario), con prólogo de Mario Hernández.

 

 

Portada de le edición de Losada (1958)

Portada de le edición de Losada (1958)

 

 

 

         Se trata de un libro escrito con memoria y afecto, por lo que no debe considerarse una fuente fiable para la documentación historicista (el prologuista señala abundantes inexactitudes), pero en cambio ofrece tal visión de la Granada de su época y tan sustancioso anecdotario, que cumple sobradamente el propósito de recuperar la memoria más humana y tierna del poeta fusilado en Víznar.

         Mora Guarnido, que conoció a toda la familia Lorca, echa mano de sus recuerdos y, desfigurados o no por el paso de los años, retrata a un Federico joven, directo, brillante, vago en los estudios, músico y siempre deslumbrante.

 

 

 

Portada de la edición de Granada (1998)

Portada de la edición de Granada (1998)

 

 

 

 

         He leído pasajes verdaderamente divertidos que dibujan el espíritu del granaíno medio de entonces, que aún pervive en nuestras calles fuera del escaso formalismo que se guarda en esta ciudad. He seguido el despertar de la afición musical del joven Federico, el proceso mental que le hace cambiar a la escritura, sus escasas ganas de estudiar con seriedad las carreras de Filosofía y Letras y Derecho, el ambiente de su familia… Todo Federico aparece desde el enfoque de la evocación, con una continua duda ante los datos que, como dice el autor, “tal vez estén en mi librería granadina”.

         De todo ese universo lorquiano, rescato un divertido texto del capítulo VII, que habla de las relaciones familiares del poeta asesinado:

 

 

 

Federico en su tertulia de "El Rinconcillo"

Federico en su tertulia de “El Rinconcillo”

 

       Grandes y pequeñas escaramuzas se producen día a día en esta lucha en la que hay que reconocer que de las dos partes se mantiene generalmente una actitud razonable. Quebrar los hábitos familiares que tienen a veces solidez y aparatosidad de liturgia, exige una táctica constante al acecho de la oportunidad. Por ejemplo, los horarios. ¿En qué casa no ha sido un problema el obligar al adolescente a que se recoja a hora determinada, asista con puntualidad a las comidas? El poeta no se puede someter a esta puntualidad. Y será muy difícil convencer al resto de los mortales de que no es que no quiera, sino que sencillamente no puede.

       Para don Federico es algo sagrado la tradición patriarcal de la familia y una de sus más firmes expresiones la hora de sentarse a la mesa. Él está en su tertulia del Casino y cuando siente la leve puntada del hambre sabe que son exactamente las siete menos veinticinco minutos. En ese instante se levanta, y, como desde el Casino a su casa hay poco más o menos cincuenta metros, sabe que marchando despacio llegará a las siete menos cinco, con tiempo de lavarse las manos y sentarse a comer. A esa hora, toda la familia debe estar presente y dispuesta a la consagración solemne del yantar, a menos que alguna causa justificada haya ocasionado la ausencia de alguno. Y esto ha ocurrido siempre hasta que el hijo mayor tiene diecisiete o dieciocho años. En esta sazón ocurre que muchas tardes a esa hora solemne hay una silla vacante en la mesa. Si don Federico está de buen talante se distrae un poco esperando con bondadosa tolerancia que el atrasado se incorpore antes de que llegue la sopa; pero, sí por alguna causa su humor no anda muy asequible, empieza a arrugar la cara y emitir leves gruñiditos. Doña Vicenta retiene un poco el instante de disponer que sirvan.

       —¿Dónde está el niño? —pregunta don Federico.

       —Ya vendrá —dice doña Vícenta—. Se habrá entretenido en alguna cosa y se le habrá hecho tarde.

       Generalmente, a los pocos minutos y jadeando por haber subido las escaleras de tres en tres, llegaba Federico, tiraba el negro sombrerito de fieltro sobre una silla sin tiempo para detenerse a colgarlo en el perchero, corría al cuarto de baño, se zambullía y secaba rápidamente y, con la cabeza chorreando como un pájaro bajo la lluvia, entraba de puntillas en el comedor, se sentaba y observaba con disimulo hasta qué grado había subido la presión del enojo paterno. Se salvaba la situación, y al poco rato, como sí no hubiera ocurrido nada. A veces, el enojo paterno persistía y el padre hacía alguna observación un poco mortificante que el hijo desdeñaba replicar.

       Un día, sin embargo, el retraso del poeta ha sido excesivo; la misma doña Vicenta está, más que enojada, alarmada. ¿Le habrá pasado algo? Federico llega, ve que ya están en el primer plato después de la sopa, no dice nada. Don Federico estalla enojado.

       —Niño, ¿es que te has creído que esta casa es una fonda? ¡Que sea la última vez que llegas tarde a comer! … Desde mañana, el que no llegue a la hora, no se sienta a la mesa.

       Federico se revuelve encrespado.

       —¡Pues no me sentaré! —dice—. ¡No quiero encerrarme en la casa, a comer, a la hora del crepúsculo!

       Se produce un silencio cargado de presagios. ¿Qué hará don Federico? ¿Qué contestará ante esta terminante expresión de rebeldía? Todos comen callados sin levantar los ojos del plato, en una tensión insostenible. Y de pronto rompe inocentemente esta tensión la cocinera, asomándose y preguntando:

       —¿De qué quiere la tortilla el señorito Federico?

       Antes de que el interpelado conteste, don Federico dice furioso:

       -¡De crisantemos!… ¡De violetas!… ¡De crepúsculo!

        Estupor general. Nadie sabe qué hacer ni qué decir. Y Federico alza los brazos al techo lanzando una estrepitosa carcajada. Se le une la pequeña Isabelita; se contagian los otros hermanos… Doña Vicenta no puede aguantar la risa tampoco… y al fin se ríe también el propio don Federico que no puede persistir en su actitud enojada.

       Aquella noche. Federico refiere en el “rinconcillo” el gracioso triunfal episodio. Cuando después los amigos nos cruzamos en la calle con el padre, nos sonreímos al saludarlo y él nos dice guiñando el ojo:

      —Ya te habrá contado la cosa ese granuja de mi hijo.

       Fórmula de pacificación, pero prueba igualmente de una victoria decisiva. El poeta ha logrado imponer la respetabilidad del crepúsculo frente a la aridez do los horarios tradicionales, la independencia y prioridad de las razones espirituales frente a las exigencias materiales y formalistas. En adelante, esa silla vacía se quedará así muchas tardes y el padre derrotado salvará con un chiste tolerante el prestigio de su autoridad.

       —El niño se estará comiendo su tortilla de crepúsculo. Pues que le aproveche. ¡Nosotros nos la vamos a comer de jamón!

       Y doña Vicenta y los hermanos se ríen.

         Me ha parecido el pasaje de una biografía común más que de la de un ser excepcional, como fue Federico, según abundantes testimonios. Por eso lo paso a la modesta antología de este blog. Es fin de semana y merece la pena empezarlo con una sonrisa.

Alberto Granados

 

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Un diccionario reivindicativo de Alfonso Martínez Foronda

 

 

 

 

        Durante una actividad vinculada a la memoria de la Segunda República cayó en mis manos un ejemplar del “Diccionario de la represión sobre las mujeres en Granada (1936-1950)”, escrito por Alfonso Martínez Foronda, editado por la Fundación de Estudios y Cooperación de CCOO de Andalucía y la Diputación Provincial de Granada en este mismo año. Han pasado más de dos meses durante los que he leído y revisado muchas entradas de este escalofriante diccionario en que el autor, tras una exhaustiva investigación, nos presenta algo menos de mil casos de mujeres que sufrieron alguna causa ante la justicia militar del franquismo y que fueron condenadas en su mayoría a la pérdida absoluta de sus carreras laborales, a la cárcel, el exilio o más terrible aún,  al balazo ante una tapia. Lo inexplicable es que no fue algo exclusivo de la guerra civil, ya que la investigación se extiende hasta 1950.

        El autor afirma en la breve Introducción que su diccionario “…está planteado, también, para poner en pie una historia conscientemente sepultada, todavía incompleta, y más porque gran parte de la represión no deja huellas en una dictadura; y es ideológico porque recuperar a quienes se quedaron en la cuneta de la historia, sacar del silencio impuesto a quienes les quitaron la voz es darles la dignidad que se merecen”.

        Martínez Foronda señala las enormes resistencias que una investigación como la suya levanta ante los sectores más conservadores de nuestra sociedad. No le falta razón: basta ver la tenaz aversión que el sintagma “memoria histórica” despierta en este grupo social y en el partido que les representa, cuyo portavoz llegó a insultar a las víctimas al vincular el  deseo de desenterrarlas a las subvenciones dedicadas a abrir las fosas comunes de mil cunetas. Y eso, ochenta años después del golpe de estado contra la legitimidad de la República.

 

 

        También aparecen en la mencionada Introducción unos desgarradores cuadros estadísticos. Las cifras suelen ser frías, escasamente significativas desde el punto de vista humano, pero cuando se conocen las cifras junto a las divisiones conceptuales de las mujeres que murieron (fusiladas tras proceso judicial o sin el mismo, las muertas “por arma de fuego”, en enfrentamiento con la Guardia Civil, muertas por metralla o bomba, las fallecidas durante la instrucción del proceso, o en la prisión, etc.) todo cambia y la siniestra estadística se llena de esas vidas que la muerte segó y lo que debiera ser un dato frío adquiere el calor de lo humano, el fuego de ese resquemor que produce lo injusto: deja de ser estadística para convertirse en apasionada reivindicación.

        La primera parte del libro es el diccionario propiamente dicho, en el que por orden alfabético de apellidos, van apareciendo las encausadas. Recorrer estas páginas es ponerse en un angustioso contacto con conceptos tan frágiles como “auxilio/adhesión/excitación a la rebelión”, “auxilio a huidos”, “encubrir a maquis”, etc., llenos de un aterrador cinismo moral, ya que muchas de las víctimas murieron por defender la legalidad ante los rebeldes franquistas, pero una dictadura puede tergiversar incluso el vocabulario común, ya que no por la razón, por el dolor que puede llegar a sembrar.

 

 

 

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       En esta apartado alfabético me resultan destacables algunos nombres que, por una circunstancia u otra, yo conocía antes de leer el libro. La activista Lina Odena, que tratando de llegar a Colomera para escribir un artículo destinado a Mundo Obrero, se desvió por un despiste de su conductor y se internó en las líneas nacionales. Al verse sorprendida por los falangistas de un control, se descerrajó un tiro en la sien.

       O el caso de Francisca Vera Casares, separada de su plaza de maestra por “decirse socialista, de ideas peor que su esposo, el extremista Antonio Pérez Funes, parece que asistía a todas las manifestaciones de índole extremista”. Era hija de la popular “doña Paquita”, y tuvo que subsistir en el centro de enseñanza privada que regentaba su madre.

       Otro lamentable caso es el de Margaret Adler, “Gretel”, que en su Berlín natal había sido compañera de estudios de la mujer del Rector de la UGR Salvador Vila Hernández (fusilado al comienzo de la rebelión). Gretel, como se le conocía en su círculo de amigos granadinos, llegó a nuestra ciudad huyendo de la persecución nazi hacia los judíos. Aquí mantuvo una relación con el arquitecto municipal Rodríguez Orgaz. Este, al ver la detención del alcalde Fernández Montesinos, que también sería fusilado, huyó del ayuntamiento por una puerta trasera. A partir de ahí, Gretel será estrechamente vigilada para dar con su amante. Finalmente, fue llevada a Víznar, donde tras un tiempo fue fusilada, tal vez para calmar la frustración que causó a los fascistas el no poder detener a su amante.

       Hay una serie de causas en que las víctimas son maestros y maestras. Me tocan la fibra sensible. Fueron mis hermanos profesionales y la depuración los llevó al pelotón de fusilamiento porque la enseñanza pone al individuo ante una serie de valores que la barbarie no entiende. Se merecen, como poco, mi modesto reconocimiento.

       Pero hay muchos más casos, todos estremecedores, por absurdos y crueles. Posiblemente, alguien saque ese remoquete actual del “y tú más” y se refiera a la represión ejercida por el bando republicano. Es innegable que la hubo, pero para el bando perdedor todo terminó al finalizar la guerra. Lo más cruel es que los ganadores de la contienda continuaron la represión por un largo período lleno de crueldad, incertidumbre y un negro miedo injustificables.

       La última parte del libro es un recorrido por las diferentes causas. Ofrece la visión resumida de hasta veintiséis, la mayor parte sumarias. En todas ellas hay muestras más que evidentes de parcialidad, revanchismo, presiones de personas que después hallaron reconocimiento y medro durante el franquismo. ¡Qué nauseabunda puede llegar a ser la historia!

       En este libro no faltan motivos para el nudo en el estómago, la lágrima, el miedo a que hechos así se repitan o el asco ante ese lobo para el hombre (y para la mujer, en este caso) que es el propio hombre cuando se deja llevar por el fanatismo y el odio. ¡Cuántas biografías truncadas, cuánto sufrimiento y cuánto asco!

Alberto Granados