3 comentarios

Volver a dónde (A. Muñoz Molina)

Antonio Muñoz Molina suele escribir notas en esos cuadernos que rellena obsesivamente y a los que ha mencionado repetidamente en sus columnas periodísticas. Los usa para hacer anotaciones improvisadas en que refleja sus impresiones de la realidad inmediata. En algunas ocasiones, estas notas se convierten en libro tras la pertinente revisión: al ocuparse de los jóvenes concentrados en las plazas para reclamar un modelo social que no los excluyera apareció Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013) y repitió fórmula ensamblando imágenes publicitarias, sonidos, fragmentos de conversaciones oídas al paso y otros estímulos de la calle en Un andar solitario entre la gente (Seix Barral, 2019). En septiembre de 2021 aparecen una serie de anotaciones en que refleja su análisis de los efectos sociales de la pandemia del Coronavirus19 (Volver a dónde, Seix Barral, 08/09/2021, 343 páginas). En esta ocasión, el autor, abrumado por los efectos de la pandemia y el confinamiento, parte en busca de su tiempo perdido y elabora un magnífico libro en que desata su introspección más descarnada y sincera.  Ningún lector de prensa ignora lo expuesto hasta aquí, ampliamente difundido en los últimos días a través de entrevistas y apariciones en los medios, algo que sucede cada vez que uno de los grandes publica un nuevo libro.

Portada. Los créditos dicen Archivo del autor. Tal vez se trate de Miguel Lindo

Se trata, pues, de un libro de reflexiones y no de una novela, pese al enorme peso específico que alcanza lo narrativo en el libro. Son 228 anotaciones, las unas con la fecha precisa (para éstas, que se extienden desde el 26 de febrero al 6 de junio de 2020, el editor ha usado letra cursiva), frente a otras no fechadas, que aparecen en letra normal. Al leer las primeras anotaciones el lector se aventura a pensar en un libro disperso y heterogéneo en el que encontrará la visión muñozmoliniana de la pandemia, pero a medida que  va devorando los breves capítulos, esa sensación de dispersión y abigarramiento desaparece: el simple mecanismo de la repetición empieza a darle a los textos un efecto unitario y empiezan a dibujarse una serie de hilos argumentales que se van afirmando y alcanzan un especial tono de confidencia, de desgarramiento interior que necesita ser compartido con los demás, con sus lectores fijos o coyunturales.

Un Muñoz Molina aterrado por las dimensiones del contagio, encerrado en su casa y lleno de tristeza por la muerte de algunos amigos (José María Calleja, por ejemplo) o el riesgo que están corriendo otros (el caso de su amigo el Dr. Bouza), ve el momento de liberarse de sus compromisos profesionales (presentaciones, conferencias, vuelos, etc.) y decide dedicar sus días a leer (Galdós, Thomas Merton) y a oír machaconamente las Sonatas de Beethoven en la versión dirigida por Daniel Barenboim. Y llena sus cuadernos de recuerdos familiares, de comentarios suscitados por la actualidad, de llamadas a su madre, a sus hijos y amigos, de estados de ánimo cambiantes, de impresiones, de temores y tristezas. Y todo ese caudal narrativo va creando una atmósfera en que la absoluta sinceridad impregna al libro y deja embobado al lector, aunque tal vez haya un tono que, en algunos pasajes, puede parecer sensiblero.

Ya en la primera anotación, que lleva la fecha de “Junio 2020”, se pregunta si verdaderamente queríamos volver a aquella nueva normalidad de después de la primera ola, en que la irresponsabilidad, la negligencia en el uso de la mascarilla, el botellón, las fiestas ilegales y otras conductas incívicas han reproducido el contagio y el peligro. Tras este introito, se suceden las 227 anotaciones restantes.

Imagen de Javier Velasco Oliaga

Los hilos argumentales mencionados son:

1 La propia pandemia con lo que ha conllevado (muerte y desolación, junto al miedo y la soledad). Muy crítico con la clase política, se pregunta cómo no se anticipó nadie al desastre que nos está quitando la vida, la alegría, la libertad y toda una forma de vida previa que nunca terminaremos de recuperar. La muerte de Calleja, el riesgo del Dr. Bouza y los demás sanitarios, los aplausos y las caceroladas, la eterna gresca política, que no se suaviza ni en situaciones de emergencia… Y la presencia de una angustia depresiva que se mezcla con las pesadillas y su eterno insomnio.

2 El confinamiento y los cambios de hábitos que éste ha traído aparejados: las cifras de contagios y muertes, la sensación de un tiempo abolido, la imposibilidad del abrazo, el estar confinado un día tras otro, las colas en la compra, la mascarilla y las gafas empañadas, la hostelería y los actos culturales prohibidos, el placebo de las llamadas telefónicas, los saludos a través de los balcones a desconocidos vecinos… Toda una realidad que vivimos todos y que el autor evoca para sí mismo y para sus lectores. 

3 El extrañamiento de la familia y las llamadas telefónicas a sus hijos y nietas, a su tío Juan, a su hermana y, muy especialmente, a su madre, que es la única superviviente de un universo familiar en el que predominan los muertos. Ya nonagenaria, el tono inicial de su voz al teléfono le permite al autor conocer su ánimo, su grado de despiste senil. Y a través del teléfono surge todo un universo de recuerdos y anécdotas, a veces divertidísimas (la visita del rey Melchor al propio autor), a veces dramáticas (el sometimiento de la madre, la relación de ésta con la suegra, la triste realidad de su infancia…).

4 La evocación de su niñez, en la que va apareciendo una serie de anécdotas familiares junto a la presencia de los muertos, especialmente su padre, al que, junto al afecto y la admiración por su perseverante esfuerzo en la huerta, guarda cierto resquemor: su padre, junto con su abuelo, lo acusaron siempre de ser un “sin sangre”, alguien incapaz de poner atención, ganas, determinación e interés en aprender eficazmente el oficio de hortelano. Pese a los años transcurridos desde su muerte, el autor siente aún la humillación de tales descalificaciones. Con todo, la huerta sirve de cordón umbilical con su pasado, hasta el punto de que ha plantado unas tomateras y unos pimientos en su balcón o, tan pronto queda permitido, hace visitas al Jardín Botánico, para reencontrarse con su pasado y con la memoria de su padre.

La pandemia y el confinamiento solo son un telón de fondo, porque la esencia de este libro es la evocación, llena de nostalgia, de su pasado, que ante una situación anímica triste, le parece estimulante y casi su única tabla de náufrago. Introspección, nostalgia de un tiempo desaparecido para siempre, angustia depresiva, evocación permanente… y un tono desgarrado, junto a la belleza de su prosa y a algún destello de humor, hacen de este hermoso libro, uno de los más bellos testimonios de su propia vida. Ahora toca esperar el próximo libro de ese gigante de nuestras letras que es Antonio Muñoz Molina.

Alberto Granados

2 comentarios

Talibanes

Occidente, nuestro ámbito cultural, siente como incuestionable su sistema de pensamiento, sus valores, su modelo cultural e ideológico. Todos aceptamos, en mayor o menor medida, que no hay otro modelo político válido que la democracia representativa; desconfiamos de los estados teocráticos y nos repelen los usos y costumbres vinculados a lo más rancio del Islam cuando se interpreta en su literalidad medieval. Todos tenemos el alma en vilo al ver que en Afganistán se impone una vez más el régimen talibán, con sus degollinas, lapidaciones y represión a las mujeres (en cuestión de horas ya han sido apartadas de las universidades).

Mujeres afganas, Paula Bronstein en El País 15/08/ 2021

          La palabra talibán ha sufrido un severo cambio semántico: de ser un sustantivo que designa a los miembros de cierta tendencia musulmana (Perteneciente o relativo a un movimiento integrista musulmán surgido de una escuela coránica pakistaní y desarrollado en Afganistán, según el DRAE) ha pasado a usarse preferentemente como adjetivo (Fanático intransigente, segunda acepción del mismo corpus semántico). Prensa y redes suelen mencionar el carácter talibán de los líderes de VOX, por ejemplo.

          A primera vista, podría parecer que los principios talibanes no pueden calar en la vieja Europa ni el resto de Occidente. Pero nuestra historia no está exenta de intolerancia, ni nuestro presente inmediato es tan inocente como nos gustaría asumir sin problemas de conciencia. Hay muchos hechos que han sucedido en nuestra vieja Europa y que, pese a escandalizarnos en su momento, se han convertido en una especie de rutina macabra que terminamos por asumir como la dichosa excepción que confirma la regla de nuestra civilizada convivencia. Es decir, el conformismo termina por echar abajo nuestro modelo unánimemente aceptado como el único posible y deseable.

          En julio de 1995 (ha hecho solo 26 años), los serbio-bosnios aplicaron una (una más) limpieza étnica en Srebrenica, que mató a 8.000 bosnios de religión musulmana. El impulsor, Ratko Mladic, no se parece en nada a los talibanes enfundados en chalecos que la televisión y la prensa gráfica nos muestran estos días, pero su actitud no fue menos intransigente o fanática que la de los barbudos islámicos afganos.

          Los regímenes totalitarios más crueles no nacieron fuera de las fronteras europeas: Stalin, Hitler, Mussolini, Tito o Franco también inundaron Europa de fusilados o condenados a perecer en los eufemísticamente llamados campos de trabajo. Mi generación vivió con horror juvenil situaciones como la guerra de Vietnam o vimos erigir el vergonzoso muro de Berlín y supimos de la vergüenza del gulag soviético.

          Solo hace unas semanas, Samuel, un joven de La Coruña era agredido y asesinado por su condición homosexual. Como García Lorca, una de las últimas palabras que oyó fue maricón, espetada con el mayor odio y la más absoluta intolerancia. Pero no es un hcho aislado y este mismo año diversos países han asentado en sus códigos civiles la penalización de la condición de homosexual, penalización que va desde la pena de muerte en países asiáticos y africanos de tendencia islámica (Yemen, Afganistán, Pakistán, Arabia Saudí, Irán, Somalia, Sudán, Mauritania…) hasta diez años de prisión (Tanzania, Kenia, Bangladesh…). Solo en algunos casos podría aplicarse el sentido original del término talibán.

          ¿Qué puede decirse de las campañas contra inmigrantes que cruzan los países más prósperos de Occidente en campañas electorales, prensa y redes? Nombres como Marie Le Penn, Donald Trump o Santiago Abascal y sus chicos de VOX están empeñados en negar la Historia y ese impulso migratorio que la genera. En nuestro caso, negar la emigración es tan absurdo como asumir la leyenda de la asistencia sobrenatural de la Virgen de Covadonga a don Pelayo

 

Las “Sinsombrero”, imagen de la web Mujervisible.eu

          La violencia machista lleva demasiadas mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas o incluso, por causas externas a su vida afectiva (los feminicidios de México, por ejemplo, de los que se ocupó Roberto Bolaño). Pero no hace falta el asesinato para anular a una mujer, restarle importancia a sus capacidades o aprovecharse de éstas: la brecha salarial, el robo descarado de ideas en el mundo empresarial, el caso de María Lejárraga, que escribió títulos que aparecieron como escritos por su marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. La prensa da cumplida cuenta de demasiadas situaciones en que la mujer es minusvalorada frente al hombre sin más razón que su condición biológica de mujer. Incluso entre la más famosa nómina creativa de nuestra historia, la generación del 27, parece que no hubo ni mujeres poetas o creadoras plásticas. Y hablo de lo más sensible de la llamada Edad de Plata de nuestra cultura, que dejó colarse al chileno Pablo Neruda, pero cerró la puerta a nuestras compatriotas, las “sinsombrero”: María Zambrano, Ernestina de Champourcin, Maruja Mallo, Margarita Manso, Ángeles Santos, Concha Méndez, Marga Gil Roesset, María Teresa León, Rosa Chacel, Josefina de la Torre… parecen no contar como miembros activos del 27 para antólogos ni críticos durante décadas. Eran, simplemente, mujeres.

          La situación gravísima de Afganistán nos resucita el horror talibán, pero no tengamos la soberbia de creernos al margen del talibanismo: Occidente tiene también sus pecadillos y hay demasiados talibanes cerca de nosotros, camuflados en su respetabilidad doméstica, aunque con la bestia agazapada y presta a salir en cualquier situación.

Alberto Granados

3 comentarios

El miedo a las ideas

El pasado viernes leí en El País digital la columna de Antonio Muñoz Molina que aparecería en la versión física en el Babelia del sábado: Prosa de infamia. En ella, el ubetense universal daba cuenta de los anónimos recibidos en que se ataca a su esposa y a él mismo por haber firmado un manifiesto en que un grupo de intelectuales pedía el voto para las opciones políticas de izquierdas en las recientes elecciones autonómicas de la comunidad madrileña que tan ampliamente ganó Isabel Díaz Ayuso. Horas después, el diario Público se hacía eco del hecho.

          Como denuncia el columnista, que ya ha recibido amenazas anteriores, el lenguaje del odio está tan extendido en cierto tipo de prensa y en las redes fecales, que los anónimos le resultan a la vez intimidatorios y esperables, dado el deterioro democrático a que nuestra sociedad ha llegado.

Elvira y Antonio en el acto de ingreso del segundo en la Academia de Buenas Letras de Granada. El Mundo, 24/09/2017

          Me resulta curioso que el autor, que desde siempre ha defendido a Salman Rushdie desde que éste se vio amenazado de muerte por la intolerancia del Islam más exaltado, reciba ahora estas intimidaciones, que a mí me preocupan por lo que conllevan: el ascenso de la derecha y la extrema derecha, que tienen un sentido casi patrimonial del poder político, los errores de Sánchez, la demagogia en torno al desvirtuado concepto de libertad durante la pandemia, etc. suponen un toque a rebato, una labor de desgaste del gobierno y la urgencia descarada de hacerse con el poder por los medios que sean, sin descartar los más impresentables. Esta es la situación: la vida parlamentaria convertida en un lavadero público de sainete; el debate público, reducido a las trampas demagógicas de las redes sociales; las urnas y sus resultados, soslayadas, excepto que beneficien a los partidos de derecha, que se sienten los únicos depositarios del poder porque no han sido nunca demócratas. No debemos olvidar al general que propugnaba una bala para cada uno de los 26 millones de hijos de puta, ni los envíos de balas a Marlaska o a Pablo Iglesias durante la campaña de Madrid o de la navaja a Reyes Maroto.

          La historia no es nueva: el poder tiende a ser conservador y ese poder siente un intenso pavor a las ideas que le incomodan, por lo que las persigue de mil formas: censura, quema de libros desafectos (en este mismo blog escribí Biblioclasmos, sobre el tema), destierros y separación de cátedras universitarias (desde Fray Luis de León a Quevedo o Unamuno, Agustín García Calvo y Tierno Galván), la vergonzosa aparición del llamado Índice de Libros Prohibidos… La extrema derecha ya amenazó anónimamente a Buero Vallejo en los primeros tiempos de la transición. Roberto Saviano tuvo que ausentarse de Nápoles tras escribir su novela sobre la camorra, Gomorra. Rushdie, ha vivido escondido demasiados años tras publicar Los versos satánicos. Los humoristas de Charlie Hebdo murieron en un atentado del terrorismo islámico, curiosamente, el mismo día en que se iba a presentar Sumisión, la novela de Michel Houllebeck que daba claves muy realistas sobre la presencia del Islam en Francia… Y qué decir de las purgas a los escritores soviéticos que se desviaban de la ortodoxia estalinista, con Solchenitzyn como paradigma. De la destrucción de libros a la amenaza al autor, la humanidad siempre ha manifestado un miedo absoluto a la circulación libre de ideas, especialmente por parte de los partidarios del poder absoluto y por ello, incuestionable.

Quema de libros llevada a cabo por los nazis (Diario Correo)

          En la España actual hay demasiadas amenazas sobre el mundo de las ideas, una falta absoluta de respeto a las libertades sagradas de pensamiento y expresión, una tácita exigencia de pensamiento único. Me da miedo a lo que puede llegar la prensa: el fantasma de la autocensura planea sobre una sociedad que recicla las lacras más indecentes del franquismo.

          Conozco (diría que bastante bien) la obra periodística de Muñoz Molina. Me llama la atención el hecho de que contra ETA escribió bastantes columnas llenas de valentía, especialmente en los tiempos en que, por vivir en Madrid, hubiera podido ser un objetivo fácil para los gudaris nazis de la causa vasca. Espero que esa valentía no se resienta por las amenazantes cartas anónimas de un descerebrado fascista. Es que el país no está como para acallar a las mentes más lúcidas, entra las que cuento a Elvira y Antonio. Nuestra historia ya está llena de trabas al pensamiento libre como para repetir ese feo vicio nacional de imponer las ideas propias por encima de la lucidez de otras mentes menos obtusas.

          Espero, igualmente, que la policía detenga al payaso que se dedica a menesteres tan nobles y que los jueces, por una vez, sean independientes y sentencien con la lógica de una sociedad plural. También espero que ambos columnistas se sientan respaldados y necesarios: lo son por enriquecernos con cada uno de sus textos.

Alberto Granados

1 comentario

Celia Correa: un homenaje

El pasado viernes, 4 de junio, año y pico después, volví al salón del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada para participar en un homenaje a su presidenta actual, Celia Correa Góngora. Se trataba de una sigilosa maniobra gestada en la mente de Francisco Gil Craviotto, que ha buscado colaboraciones de forma secreta, clandestina casi, para que a la homenajeada no le llegara la onda de lo que se preparaba. De hecho, ella acudió al acto creyendo que se iba a hablar del próximo libro de Gil Craviotto y se sentó en la mesa de los intervinientes con sus notas de lectura sobre el mencionado libro. Nada más empezado el acto, Juan Chirveches, que actuaba de maestro de ceremonias, cambió repentinamente el sentido de todo al hablar de otro libro: Gil Craviotto abrió un sobre y sacó un ejemplar cuyo título es «Homenaje a Celia Correa Góngora. Coordinado por Francisco Gil Craviotto». La cara que puso Celia, el aplauso y la entrada en la sala de su marido, su hija y varios hermanos fueron realmente emotivos. Marijose Muñoz, la recitadora casi imprescindible en los saraos del Centro, con su voz que es un regalo y su sugerente dicción, leyó algunas notas de ausentes, algún poema (de Marina Tapia, de Fernando de Villena) y después fue apareciendo de forma improvisada un caudal de anécdotas sobre la aparición del libro, sobre las inocentes ocultaciones por parte del marido, Pepe Mondéjar, que estaba en el ajo desde el primer momento, sobre el papel que algunos (el propio Chirveches y yo mismo) hemos desempeñado en la maquetación y corrección de los sucesivos borradores. Todo cálido, directo y entrañable, sin protocolo y sin ampulosas declaraciones.

La mayor parte de las colaboraciones ensalzan la figura de esta mujer que se implica en los problemas de Granada y que, cuando estaba a punto de desaparecer por dificultades económica, hizo remontar el Centro, la institución cultural más antigua de la ciudad (136 años ya) y devolverle el brillo que tuvo desde su origen. El periodista Antonio Arenas ha publicado la crónica en Ideal.

El salón se habría llenado si no hubiera sido por las restricciones sanitarias que impone la pandemia, pues Celia suscita empatía a quienes la conocemos. El libro contiene 31 textos, todos repitiendo el mismo motivo: la valía de esta luchadora mujer. Yo decidí escribirle un cuento (fue el verano del año pasado, en Calahonda) en que circunstancias de su biografía se mezclan con otras totalmente imaginarias, pero siempre dibujando a un cuádruple personaje en el que todos reconocemos el tesón de la protagonista.

Ahora a celia Correa le queda disfrutar su momento de gloria y seguir tirando de un carro difícil. Quienes la conocemos sabemos que esfuerzo y voluntad no van a faltarle.

Este es el cuento:

TRANSMIGRACIONES

          La Cátedra de Parapsicología y Temas Ocultos de la Universidad de Jauja ha publicado un reciente estudio del Profesor Obtuse sobre las transmigraciones de almas. Según el sagaz estudioso, la tecnología actual permite seguir el rastro de algunas almas, sus sucesivas encarnaciones a lo largo del tiempo, aunque reconoce que las conexiones no siempre funcionan y se producen saltos inexplicables en los que el alma de alguien parece quedar difuminada. Tanto la mencionada Cátedra, como el Profesor Obtuse suelen ser objeto de críticas del estamento científico, que habla de rigor racional frente a credulidad inducida, muy próxima a la superstición y por tanto fraudulenta.

          Racionalista yo, he leído con escaso interés el estudio, que finalmente me ha sorprendido por su ambigüedad y sus aventuradas hipótesis. Según la investigación, en el s. XVIII, en los años del más encendido furor enciclopedista, doña Paz Dorronsoro, una dama de la burguesía jaujana, viajó a París para visitar a su hijo, que ejercía de diplomático en la capital francesa. Mujer ilustrada e inquieta, se había formado entre hacendados, esclavos y plantaciones, en un ambiente de hombres que decidían y ordenaban, sin contar en absoluto con las mujeres, quienes sólo aportaban sus fortunas y su belleza a la inmutabilidad de aquellos esquemas sociales. Paz, desde pequeña, se había formulado muchas preguntas y había escrutado los rostros infelices de su madre y las otras señoras que la familia frecuentaba y comprendió que o empezaba a espabilarse o su vida sería tan pobre como las de aquellas damas. Ni ella misma habría sabido expresarlo, pero se sentía siempre una mujer decisiva en la época del libro que estuviera leyendo. Era una Hipatia cuando leía sobre el mundo clásico, una Scherezade si se ocupaba de temas orientales, una Beatriz Galindo cuando el tema de sus lecturas era el Siglo de Oro o bien se veía a sí misma como una Sor Juana Inés de la Cruz si su pensamiento se ocupaba de la realidad latinoamericana. Empezó a leer y analizar biografías de mujeres que, de no serlo, serían ilustres, en vez de haber quedado para la Historia como bichos raros, siempre fuera del sitio que se les tenía asignado.

Doña Paz deseaba llegar a París. Allí iba a conocer a su nuera y a su nieto recién nacido. Tan pronto estuvo allí, pidió a su al hijo que le mostrara las mejores librerías, que le presentara a alguna salonnière, que la llevara al teatro, a ver los palacios donde se mostraba al mundo la grandeur del país galo… En pocas semanas, acaparó un baúl con obras de Diderot, Voltaire, Rousseau… y otros muchos de poesía y teatro; también fue recibida en el salón de Madme d’Epinay y fue agasajada por lo mejor de la Ilustración, para quienes leyó buena parte de la poesía del Siglo de Oro español, junto a algunos de sus cuentos recogidos en un volumen llamado «Mares de tinta», del que regaló varios ejemplares a aquellos intelectuales. Observó ciertos comportamientos licenciosos y un grado de libertad que las mujeres jaujanas desconocían. Todo la deslumbraba y en sus ensoñaciones se veía a sí misma como alguien destinada a crear nuevos lugares para la mujer. Estaba entusiasmada con Rousseau, de quien se decía que había sido amante de la Epinay. París colmaba su afán cultural y se sentía tan feliz que temía el inminente regreso a Jauja, donde reencontraría a su marido, un senador de la República, acomodaticio y áspero, que había sobrevivido a varios cuartelazos. Volver a aquella aburrida vida tras su experiencia parisina le iba a costar, pero seis meses en París le habían colmado el espíritu y se prometía ahondar en tantas percepciones nuevas, leer mucho, estudiar, tal vez crear un salón literario para otras mujeres… El infortunio se cebó en el barco que la llevaba de regreso y murió ahogada en el Atlántico pocas semanas antes de la navidad de 1782.

El Profesor Obtuse mantiene que en el momento del naufragio el alma de doña Paz transmigró al cuerpo de Luisita, una niña que acababa de nacer en Madrid, hija de Luis, un campesino emigrado a la ciudad en busca de fortuna, y de Isidra, una sencilla muchacha del barrio de Lavapiés. Tras el alumbramiento, la joven siguió ocupándose de limpiar y hacer de comer para un pintor aragonés, un tal Goya, hombre extraño y afrancesado que había pintado varias veces a los Borbones y a otros aristócratas de la villa y corte. Luisita se crió, por tanto, entre botes de pintura, bocetos al carboncillo y visitas ilustres que posaban para el maestro. La niña entretenía con su parloteo al pintor, pero también escuchaba las conversaciones, en las que siempre había un tono liberal y antiborbónico que después repetía a su padre, hombre convencido de que en España había que extirpar a tanto noble zángano, de que el Rey era un cornudo consentido y de que el pueblo pasaba hambre sin que nadie en la Corte se preocupara. El Rey, Godoy y los demás cortesanos se ocupaban de sus cacerías, sus costosos palacios llenos de maravillas y la gente llana no tenía qué llevarse a la boca, pensaba aquel hombre curtido en mil oficios y hambres.

Luisita pronto fue una adolescente hermosísima, de pensamiento vivaz y liberal. Don Francisco disfrutaba hablando con ella y un día le hizo una extraña propuesta: le pidió que posara, reclinada en un diván. Le explicó que era para un retrato y que su rostro no aparecería, sino el de la Duquesa de Alba. La joven accedió y trató de justificarse:

–Don Francisco, yo no sé si esto es decente, pero me da igual. Lo voy a hacer. La fama me alcanzará solo de refilón, pero generaciones de gentes me admirarán. Pocas mujeres podrán disfrutar de un privilegio ni de una fama así.

Y empezaron los posados en que, para su sorpresa, no sintió vergüenza alguna ni creyó estar haciendo nada indecoroso, sino algo absolutamente natural y hermoso. Fueron muchas horas de conversaciones.

–Don Francisco, a mí me pasa una cosa muy rara. Tengo sueños en que estoy en París, delante de una catedral junto a un río, o rodeada de señoras que leen libros acompañadas de lechuguinos, o lo peor, hay veces en que voy en un barco, un velero que se va a pique y cuando estoy sintiendo que me ahogo, me despierto como si no fuera yo… Es raro…

–¿Qué te pasa hoy que no te estás quieta? Así no puedo pintarte, pequeña. Tranquilízate y sigamos…

Luisa era ya una mujer bellísima cuando las tropas francesas llegaron a Madrid. Ella admiraba a los franceses, había oído a don Francisco hablar de su valiente forma de pensar, de todos los pasos que habían dado hacia la libertad, de las ideas que se manejaban en el país vecino… Le gustaba sentirse una afrancesada, una amante de las libertades, muy distinta a las demás mujeres, tan pasivas. Pero ver al ejército francés ocupando Madrid la sublevó. Luisa se echó a la calle con su padre para defender la ciudad. Llevaban navajas y cuchillos y se juraron morir por la libertad si hacía falta.

El Profesor Obtuse no encuentra la continuación del alma de Luisita, que murió lentamente de un tiro en el estómago la madrugada del 2 de mayo de 1808. Tal vez durante su lenta agonía se vio a sí misma como una francesa de los tiempos de la República, ciudadana del mundo, avanzada, culta y amiga de la cultura. Tal vez tuvo una última visión de los curiosos visitando «La maja desnuda» en el Museo del Prado. Tal vez.

Obtuse reencuentra el alma perdida en Granada, casi un siglo después, en Angustias, una costurera del Realejo. Cose para varias tiendas de ropa y para algunas vecinas que necesitan vestirse para una boda o un bautizo y andan escasas de dinero. En sus ratos libres lee constantemente y asiste a alguna actividad en un reciente Centro Artístico, inaugurado poco antes de su nacimiento. Allí ha conocido a un joven poeta, Federico, que siendo la alegría de la vida parece llevar en la mirada una fatal profecía de muerte. Se siente enamorada del muchacho, que le dedica hermosos poemas, pero que no parece sentir por ella el menor deseo.

Angustias es de las que han ido todas las tardes al Gobierno Civil a preguntar por Federico cuando, en los primeros días de la guerra, lo sacan de la casa de los Rosales. Ella sabe que la delicadeza de Federico no podrá nada frente a la brutalidad de aquellos fascistas. Pide que le dejen verlo, una vez tras otra, y termina por ser una especie de novia pesada y molesta que está dando la nota donde menos debería hacerlo. El comandante Valdés pide a sus colaboradores que le quiten de allí a aquella estantigua y varios falangistas se encargan de llevarla en un coche a los bosques de la Alhambra y de allí a las tapias del cementerio. Quieren gastarle una broma, así que la desnudan y la obligan a contemplar cómo fusilan a unos desgraciados. En su alma nunca había existido un resquicio para el horror, pero allí lo encuentra. Le parece que su espíritu se ha deshecho en miles de galerías por donde el Mal circula como lo hace la sangre de sus venas y llora por su bondad perdida. Arrodillada, llorosa, estremecida empieza a sentir las patadas y bofetadas que sus captores han empezado a darle. Su cabeza estalla y pierde para siempre el sentido de la realidad. Sobrevive perdida en un acabamiento parecido a la locura y recorre la ciudad como buscando un vínculo con quien ella había sido. Se deja cuidar por alguna vecina, por la mujer que la recogió cuando subió al cementerio en busca del cadáver de su hijo y la vio tiritando de frío y locura. Angustias vivió casi veinte años en su sinrazón, durmiendo en la calle y escapándose cada vez que unas monjas o unas damas piadosas la encerraban para que no estuviera a la intemperie. En sus duermevelas angustiosas su cerebro registraba visiones fugaces en que se mezclaban imágenes de París, de la corte de Carlos IV, de las sesiones del Centro Artístico, de mujeres que habían destacado a lo largo de los siglos, de la Duquesa de Alba, de un Federico que por fin reparaba en su enamoramiento, de la ciudad que la vio nacer y que la estaba matando de locura e infelicidad. Una mañana el sereno la encontró muerta y nadie hizo nada por saber la causa de la muerte. Sus ojos acusadores nunca volverían a cruzarse con los de los asesinos aficionados a dar palizas y siniestros paseos.

Y su alma, siempre según el Profesor Obtuse, fue a parar a una niña que acababa de nacer en el barrio de San Lázaro: Celia, una niña morena, de ojos abiertos e inquisitivos, que desde el primer instante parecía preguntarse por la verdad de la existencia. Su madre se preocupaba tal vez por qué le tendría reservado la vida a aquella pequeña. Imaginaba cómo sería su niña, qué se podría esperar para ella, que fuera distinto a lo que estaban viviendo en aquella paz de cementerio que ya duraba 13 años, tan llena de vencedores y tan vacía de perdedores, tan silenciosa de miedo.  Como otras muchas madres desearía para la niña que fuera una buena persona, que fuera feliz y creara una familia, que fuera estudiosa y creativa, que tuviera una inquietud intelectual abierta y plural, que la quisieran sus amigos, que amara Granada, sus leyendas, su historia y su cultura, que visitara París, que fuera sensible y sus ojos entrevieran las claves de todo cuanto fuera ingenioso, que fuera valiente y luchara por sí misma… En sus sueños maternales llegó a verla como una mujer respetada por la ciudad, alguien destacado en la vida cultural, indispensable para sus amigos, que tal vez encontrarían en ella motivos más que merecidos para homenajearla con todo el cariño. Pero el llanto de la niña la apartó de sus ensoñaciones al tiempo que se decía a sí misma: «Ya sé que los sueños son solo sueños, pero sería bonito… ¿Quién puede saberlo?» y, llena de ternura, besó a su hija.

Y cuando Celia fue creciendo, más allá de alguna travesura infantil, fue cumpliendo las previsiones de su madre, a la que sorprendía con poemas, dibujos, preguntas inimaginables y comprometidas, sueños llenos de imaginación. La madre la veía crecer y se preguntaba de dónde podía venirle aquella afición por las ideas libres, por la pintura, por la necesidad de comprometerse, por su amor por Granada. El Profesor Obtuse no ha reflejado nada de esto en su atrabiliaria investigación, que se detiene en el momento de nacer aquella niña. Esto sólo lo sabemos los que la vemos trabajar y compartimos con ella el afecto y el reconocimiento por ser exactamente como es.

Alberto Granados

5 comentarios

Los nueve círculos (Fernando de Villena)

Fernando de Villena es, posiblemente, el autor granadino que más ha tenido presente su ciudad en el conjunto de su producción literaria, algo que debería reconocérsele de algún modo, pese a la indiferencia, la ingratitud y el desapego connaturales a los granadinos (granaínos, en el sistema fonológico local). En efecto, en cualquier libro suyo, Granada es un imprescindible telón de fondo, cuando no el objeto principal (es el caso de Por los barrios de Granada, Port Royal, 2019). Conozco unos 25 libros de Fernando y puedo certificar la presencia constante de Granada, cualquiera que sea la trama o la época, en su abundante producción literaria.

          Su última novela, Los nueve círculos (Barcelona, Ediciones Carena, 2021, 249 páginas) es una crónica de la ciudad que comprende desde 1956 hasta 2020. Como ya hiciera Bernardo Bertolucci en Novecento o Francisco Gil Craviotto en El oratorio de las lágrimas, la novela de Villena nos muestra el proceso de degradación de la ciudad desde la doble perspectiva de sus protagonistas: una chica de condición social muy modesta, ansiosa por superar su miseria, y el hijo de una de las familias mejor asentadas del Régimen en los tristes años de la postguerra, el miedo y el hambre. Lo que en Bertolucci era un friso histórico sobre el nacimiento del fascio italiano y en Gil Craviotto una vitalista celebración de la vida en circunstancias que olían a represión y muerte, aquí es una crónica de la degradación de una ciudad, que se ha dejado embaucar por políticos y especuladores, que ha perdido sus formas de vida tradicionales y ha dejado destrozar su patrimonio histórico.

          Formalmente la novela está integrada por nueve círculos o capítulos en los que se repite siempre el mismo esquema: un fragmento de las memorias de Arturo y un fragmento de las de Margarita. Tras los nueve círculos, un demoledor epílogo, desesperanzado y crítico, en el que subyace una amarga visión de la condición humana.

          Muy rápidamente, un esbozo de los dos protagonistas: Margarita es una de las hijas de los caseros de una huerta situada en una orilla de la Vega, muy próxima a la ciudad. El padre se muestra servilmente agradecido a los señores tras varias generaciones de servidumbre. Su mujer, en cambio, muestra la rabia de los aplastados. Los hijos consiguen becas y hasta acceso a la Universidad o a empleos razonables. De este modo, Margarita, desde niña, siente la necesidad de superar su extracción social. De ideas izquierdistas, se arrimará al poder emergente socialista de los años 80 hasta que cae en desgracia. De nuevo siente la rabia de los desclasados.

Por su parte, Arturo es hijo de un militar franquista. En su familia, todo parece estar controlado, pero llegan los años del tardofranquismo y el universo familiar se tambalea: uno de los hijos abandona los estudios, la chica menor aparece muerta por sobredosis, el padre contrae deudas de juego y la madre resiste hablando en una tertulia de un pasado dorado que añora. Arturo, viajero sensible y enamorado del arte, da clase en un instituto, y crea su propia familia lejos de los problemas de la familia.

Fernando de Villena urde su trama partiendo de un hecho: la familia de Arturo es la propietaria de la huerta donde se ha criado Margarita. No es que ambos se vean como antagonistas, pero sí como referencia recíproca, especialmente por parte de Margarita, aunque apenas se ven en la ciudad, más allá de algún encuentro fortuito. A medida que los personajes mayores van desapareciendo, los jóvenes protagonizan la trama, que poco a poco va impregnándose de la pesimista concepción del autor. Ambos personajes son perdedores o la sociedad los ha hecho perdedores: Margarita porque a un paso del triunfo político ve cómo la muerte de su amante y valedor la relega de nuevo. Arturo, porque los méritos franquistas de su familia se van desdibujando hasta ser una familia que sobrevive como puede en medio de las recientes penalidades diarias.

Y el desenlace del epílogo vuelve a ponerlos juntos en una situación realmente grave, en un dilema moral que solucionará arbitrariamente un personaje granadino, tan popular como demagogo.

La doble biografía sirve de pretexto para exponer la evolución de Granada durante casi setenta años. Los cambios urbanísticos sin más criterio que la especulación, la pérdida de una forma de vida, el deterioro irreparable del patrimonio, los bares de moda en cada época, los cines, la aparición de los primeros pubs, tan ajenos a nuestra cultura; las reuniones y conspiraciones políticas de la clandestinidad, en definitiva, la intrahistoria de esta ciudad hermosa y contradictoria, madre y madrastra, en que se mueven dos familias que podrían ser representativas de los señoritos y los humildes.

La novela está más dirigida a la urgencia de la trama y sus conclusiones morales que al brillo lingüístico. Quiero decir que Villena, una de las prosas más brillantes de nuestro panorama literario, parece renunciar en este caso a esa habitual brillantez en favor de la tesis del libro. No quiero decir que esta obra esté mal escrita, algo imposible en el autor. Afirmo simplemente que el lenguaje elegido es el de la realidad, de la calle, de una ciudad de provincias en los años sesenta y sucesivos. Es el acento que el libro requiere y Fernando lo refleja impecablemente. Recuerdo unos versos de Alberti dedicados al cantaor Manuel Gerena:

…porque tú no estás, ni estamos

para fuegos de artificio

cuando apenas respiramos.

Esa parece también la conclusión de Fernando: ante una sociedad cada vez más estúpida y engañada; ante las confabulaciones de los lobbies, que juegan con la economía del mundo; ante la injusticia que siempre castiga a los mismos, ante el deterioro moral de nuestra sociedad… no parece necesario desplegar la prosa de enorme belleza intrínseca de sus novelas anteriores, sino denunciar a los figurones de la política local, nacional y mundial, sin dejar atrás la venalidad de algunos políticos locales que aparecen con nombre y apellidos.

Fernando es así de comprometido, ya sea con la estética, ya con la ética. Hay que agradecerle esta gran novela. Y conociendo que no sabe vivir sin escribir, agradecerle también su próximo título.

Alberto Granados

5 comentarios

Los días que paró el mundo

Este es el título del tercer (y por ahora último) volumen de la Memorias de Antonio Enrique, cuyos dos volúmenes anteriores ya he analizado en este blog. Si en Los mamíferos extraños nos exponía su cosmovisión y en Lectura de nubes en el cielo nos hablaba de sus amigos poetas, en Los días que paró el mundo el protagonista es la pandemia del Covid 19, con su carga de sufrimiento, muerte y desolación, junto con los temas habituales (ya dije que cosas como su relación con Trinidad Sevillano, con la otra mujer que conoció siendo ambos adolescentes, la amistad, la poesía de la diferencia, etc. aparecían entrelazados continuamente, como adheridos al núcleo central de cada volumen, como temas musicales de una sinfonía llena de variaciones).

La pandemia y su consecuente confinamiento aparecen analizados por el autor desde un punto de vista próximo, íntimo y doliente: el vecino del que se conoce el contagio y su muerte, la soledad de las calles accitanas, la sensación de pánico, la pregunta universal de qué pasaría si muero o si muere mi compañera de destino… sobrevuelan con una notable carga de humanidad.

Una buena parte de la energía empleada en este libro se ocupa de desautorizar a Pedro Sánchez y las medidas adoptadas por su Gobierno. Para él, el presidente no está autorizado para gobernar porque prometió no pactar con Unidas Podemos y no cumplió su compromiso. Obviamente, este es un punto en que nuestras valoraciones son antagónicas, pero aquí no hablo de mí, sino de sus Memorias.

Cuando llega el desconfinamiento, Trinidad y él emprenden un viaje hacia el norte y recorren la provincia de Soria, hasta llegar al pueblo donde Trinidad Sevillano nació, destinada a una vida miserable hasta que la rescató María de Ávila para convertirla en la estrella de la danza clásica que llegó a ser antes de su retirada. El viaje a los orígenes le resulta doloroso, pero sabe que tiene que afrontar la vida. Siguen por Castilla-León y llegan a Finisterre antes de retornar a Guadix en medio de las noticias sobre la alarma de la Covid y sus contagios.

Trinidad Sevillano, bella y elegante, en uno de sus ballets

El libro, como sus dos volúmenes precedentes, tiene una enorme calidad y engarza lo biográfico con la experiencia vital de los personajes con un soltura literaria llena de belleza y, por momentos, de verdadero lirismo. Prefiero, pero eso es cosa personal, los fragmentos narrativos a los especulativos, no porque el discurso esté mal elaborado, sino porque él parte de premisas que yo, agnóstico y racionalista, rechazo como puntos de partida. Pero me parece que la subjetividad es un elemento respetable, al menos tanto como mis divergentes planteamientos, y en este caso esa subjetividad es la fuente de todo un entramado literario muy notable.

Un total de casi 800 páginas en que el autor se enfrenta a su biografía, se abre en canal y nos ofrece sus confesiones más íntimas. Dejo una pregunta sobre el tapete: ¿habrá nuevos añadidos que completen esta autopsia en vivo que el propio autor se hace ante sus lectores? El tiempo lo dirá.

Alberto Granados

3 comentarios

Lectura de nubes en el cielo

El lector puede encontrar la reseña del primer volumen de estas Memorias en este enlace:

Este es el expresivo título del segundo volumen de las Memorias de Antonio Enrique (Memorias II, Lectura de nubes en el cielo, Granada, Editorial Dauro, 2020, 275 páginas). Él, creyente de mil concepciones esotéricas, mira el paso de las nubes y reconoce en ellas la voz de los muchos amigos poetas que ha tratado a lo largo de sus viajes, destinos docentes, encuentros de escritores, jurados de certámenes literarios, presentaciones de libros y demás usos y costumbres de esos extraños seres que conocemos como poetas, que son, según el autor, los seres más despreciables del mundo, cada uno con su ego a cuestas, sus manías y sus recovecos anímicos.

          Si el primer volumen se destinaba a exponer la cosmovisión de Antonio Enrique, este segundo es un canto a la amistad y los afectos que genera el ámbito de la creación poética. Y también, por contraste, de las fobias, desafecciones e inquinas irreversibles.

          Pero no debo crear una imagen engañosa del conjunto de estas Memorias. No se trata de tres volúmenes estancos, cada uno destinado a exponer un aspecto ajeno a los otros. Por el contrario, estas Memorias tienen una consistencia de sinfonía, una composición en la que van surgiendo temas que se repiten una y otra vez con leves variaciones orquestales. Dicho de otro modo: hay una serie de aspectos que aparecen en los tres volúmenes, ensamblados en la concepción global, pero autónomos y progresivos en su acumulación, un efecto que llega a crear un clímax musical. Su cosmovisión, su compañera (la bailarina Trinidad Sevillano, su cisne esdrújulo: yo la asocio a un diminuto colibrí, toda armonía y sensibilidad) y su nuevo-viejo amor (la niña de la que se enamoró en la adolescencia y a la que ha reencontrado ahora), su visión de la literatura, su insaciable necesidad de amistad, de amor, de vida. Así es como debe entenderse el conjunto, porque lo contrario sería quedarse en la piel del libro.

          Con esta artificiosa salvedad vuelvo a afirmar que este segundo volumen habla de sus amigos poetas. Por sus páginas desfilan una enorme nómina de autores con los que ha mantenido larga correspondencia literaria. Muchos son conocidos, otros no consiguieron salir de un casi anonimato público, quedando su obra solo para los amigos. Algunos han muerto, otros muchos sobreviven cada uno en su circunstancia.

Hay un aspecto que tenía que aparecer inexcusablemente: la vieja polémica entre las dos tendencias poéticas surgidas en Granada hace casi cuarenta años, la poesía de la experiencia o de la otra sentimentalidad, por un lado, que se convirtió en tendencia dominante de la mano de Javier Egea, Álvaro Salvador y, especialmente, Luis García Montero. El auge de esta modalidad y la presencia de los grandes gurús mediáticos borró la existencia de otra tendencia, la poesía de la diferencia: estos poetas se quejaron con razón, de haber sido excluidos de las grandes colecciones nacionales de poesía, de las antologías, de los suplementos y revistas literarios, de los jurados y del reconocimiento que, sin la menor duda, se merecen. Casi muerte civil para estos poetas, que siempre culparon a García Montero y su entorno de boicotearlos. Antonio Enrique dedica un capítulo al tema y habla de una conversación en coche desde Jaén entre García Montero y él, en que le pidió cabida a los de la diferencia. El resultado de la petición sigue siendo desolador, muchos años después.

Antonio Enrique en un acto de la Academia de Buenas Letras de Granada

Otro aspecto que me ha sorprendido: cierta admiración hacia la figura del desaparecido Manuel García Viñó, sedicente crítico literario que más que otra cosa, a través de su panfleto La fiera literaria, ha ejercido el libelo, la parodia, el insulto y la descalificación global de autores muy celebrados. Pero Antonio Enrique es amigo de sus amigos, me temo que incondicionalmente.

Confesándose no lorquiano, la figura de Federico sobrevuela este segundo volumen al hablar de su asesinato, de su verdugo (uno de ellos) y al lanzar la hipótesis sobre dónde se encuentra su cadáver, tan estérilmente buscado junto a la Fuente de las Lágrimas.

Y no podían faltar los poetas de su grupo Ánade: Enrique Morón, el desaparecido Juan León, José Lupiáñez y su Fernandillo (Fernando de Villena), amigos de aventuras poéticas, cuchipandas, debates y creaciones colectivas. Todos ellos revestidos de un aura de afecto y vida compartida, un ámbito poético-vital que se ha ido diluyendo, pero que revive en la evocación emocionada de Antonio Enrique, siempre necesitado del sentimiento de amistad.

Todo este nomenclátor poético destila el afecto, la admiración y la celebración de la poesía y de la amistad. Y de fondo, la prosa magistral del autor, que no puede dejar indiferente a nadie. Muy pronto, la tercera (y por ahora última) entrega en este blog.

Alberto Granados

7 comentarios

Virginidades perdidas

Hace unas semanas, al bajar a Calahonda, la radio del coche hablaba de cuadros y luz, del efecto que un determinado cuadro podía producir en quien lo contemplaba por primera vez. No recuerdo quién era el comentarista que hablaba sobre Georges de la Tour y su Aparición del ángel a san José (1640), del efecto de la luz de una vela, de las soluciones para convertir los interiores umbríos en ámbitos luminosos. Sin embargo, me llamó mucho la atención el sesgo que su exposición tomó un momento después, cuando habló de los autores de las pinturas rupestres que intuyeron el misterio de la luz en medio de la penumbra de sus cuevas, cerradas, oscuras, protectoras. Comentó que esos animales fueron pintados desde cero. Sus autores tuvieron que crear los pigmentos, inventar los efectos de perspectiva y corporalidad, fabricarse velas de sebo… Y hubo un momento en que reflexionó: Me gustaría haber estado presente cuando el pintor invitó a los de su clan a enfrentarse por primera vez al milagro pictórico. ¿Qué efectos les produjo un bisonte de Altamira o un toro de Lascaux a quienes no habían visto jamás una imagen pintada?

Toros de Lacaux

Hay experiencias en la vida que suponen una especie de pérdida de la virginidad estética, un antes y un después. Tal vez verían muchas veces más aquellas pinturas, pero la magia de la primera vez, del descubrimiento absoluto, me parece un momento estelar en la vida de cada uno de nosotros, llena también de descubrimientos y sorpresas. En una conversación, Juan Peregrina hablaba de la envidia que le tenía a un amigo porque iba a empezar a leer a Valle-Inclán, un placer que ya no estaba a su alcance porque ya lo había leído.

El viajero que descubre una ciudad o un paisaje (¿cómo no envidiar al turista que ve la Alhambra por primera vez desde el mirador de san Nicolás, en el Albayzín?); el amante que ve el desnudo luminoso de la mujer deseada; el sabor de un plato o de un postre nunca degustado (Proust descubrió su niñez y sus obsesiones en una sencilla madalena); la cara de tus hijos o nietos, vista y sentida por primera vez en el momento inmediato a su nacimiento; el descubrimiento de la vastedad del mar y sus olas; comprobar que ha nevado y la ciudad parece otra porque suena de otra forma y tiene una luz que casi nunca puedes gozar; el regalo que te hace alguien querido y que constituye una verdadera sorpresa.

GEORGES DE LA TOUR, El sueño de san José (1640)

La sensación de plenitud la primera vez que alquilé un piso a mi nombre y fui comprando muebles, instalando adornos, llenando las estanterías de libros y discos… porque iba a casarme. ¡Qué felicidad tan intensa la de disponer de mi primer espacio propio! Desde aquel piso en Jaén hasta ahora he hecho seis mudanzas, pero aquella sensación jamás se ha repetido en ninguna de mis cinco viviendas posteriores. Ya era una sensación conocida y menos intensa que aquella primera vez.

Aunque viajara muchas veces más no sería igual ese aire especial que tiene una ciudad como Venecia, tantas veces vista en cine, y tan distinta en el momento del encuentro, único e irrepetible. Tampoco está a mi alcance ya descubrir la atmósfera dorada de Lisboa, tan parecida a nuestra Plaza de las Pasiegas. El impacto que siempre han producido en mí esas ciudades con río (París, Toledo, Sevilla, Viena, Londres, Praga, Nantes…) que serán para siempre un recuerdo archivado en mi memoria y una sensación que ha quedado definitivamente abolida.

Una mañana muy fría en Montmartre entramos a una brasserie donde degusté por primera vez una sopa de cebolla que no solo nos calentó, sino que era una de las mayores delicias que he tenido ocasión de paladear. Y esos libros que ahora me cuesta releer porque sé que no volverán a producir el efecto que produjeron en su primera lectura. Y soy de los que releen sus viejos libros, pese a saber de antemano que va a ser una experiencia en parte decepcionante.

Afortunadamente, la vida está llena de gratísimas sorpresas, de sencillos placeres. Son esos descubrimientos impagables y simples, que antes de convertirse en rutina, nos regalan una importante dosis de felicidad. El regalo está en la vida, si sabemos prestarle atención, si tenemos el espíritu abierto al hallazgo, algo que las prisas y las obsesiones del progreso nos están haciendo olvidar. Lo malo de la edad es haber ido dejando en el camino mil virginidades vitales. Ni podemos bañarnos una segunda vez en el mismo río ni encontrar esos placeres definitivamente perdidos. ¡Maldito Heráclito!

Alberto Granados

4 comentarios

Najat El Hachmi, Premio Nadal 2021

El año literario ha empezado con fuerza y calidad. Este Nadal es, en efecto, una gran novela escrita por Najat El Hachmi con la intención de cuestionar prejuicios y estereotipos sobre las mujeres musulmanas. El lunes nos querrán (Ed. Destino, 2021, 304 páginas) está escrita por una mujer que ha pasado por muchos caminos que, en situación normal, le habrían sido vedados: desde la inmigración y la vida de barrio lumpen ha cursado una carrera universitaria, ha publicado varias novelas y ensayos, colabora con medios de prestigio, y el premio la catapultará definitiva y merecidamente. Ha superado los obstáculos que por la lógica interna de las cosas tendrían que haberle resultado insuperables por migrante, por pobre, por marginada y, especialmente, por ser mujer.

La autora, parece tener un amplio conocimiento (¿autobiográfico?) de la problemática de sus compatriotas musulmanas y de las limitaciones que les impone ese Islam integrista y medievalista que parece marcar tendencia en los últimos tiempos. La novela se inicia cuando la protagonista y su mejor amiga empiezan a experimentar los cambios de la pubertad, situación que les supondrá nuevas exigencias de modestia y comportamiento, ya que son mujeres casaderas y el decoro de la familia es un valor decididamente fuerte en la cosmovisión familiar, especialmente en el padre. La protagonista se refugia en sus estudios, siempre con la amenaza de obligarla a abandonar el instituto al primer error, pese a que el profesorado asegura sus capacidades. La vida es para ella una constante presión en que tiene como enemigos a su propio cuerpo, sus impulsos y a su familia. Sueña con un hipotético lunes en que será aceptada, la presión se desvanecerá y se sentirá libre para decidir su propia vida, mientras se muestra decididamente hostil con los demás compañeros, con los que evita cualquier relación fuera de clase. Se le permite seguir los estudios porque no ha cometido ningún error y en el chismoso barrio, periferia de la periferia, no ha surgido el menor rumor. Solo así consigue ir a la Universidad. Su amiga, por el contrario, tiene la energía de la mujer capaz de emprender cualquier idea para salir adelante. Una soñadora, otra decidida emprendedora se sirven de apoyo recíproco, casi de justificación de las decisiones propias de cada una.

Pero la bonanza desaparece y el propio padre acusa a la protagonista de ser la deshonra de la familia. Y empieza un nuevo infierno en el que solo cuenta con su amiga, que ya ha dado el paso casándose con un chico musulmán. Las dos amigas inician un camino de degradación humana en que sus sueños van desmoronándose uno a uno.

Formalmente, la novela es una especie de larga carta que la protagonista dirige a su amiga por indicación del siquiatra que la trata de su negativo sentido de la vida, con la paradoja añadida de que ha conseguido ser una mujer libre, en el sentido occidental de la palabra, una chica como las demás, aunque a costa de haberse desprendido de todo lo que le importaba. ¿Moralismo maniqueo? En absoluto. Lo que queda de manifiesto es que, pese a las derrotas y desgarros, cada persona tiene que luchar por ocupar el espacio que le corresponde, aunque sea el lugar que llegará cualquier lunes soñado.

La relación entre las dos amigas, junto a un número escaso de personajes, es el núcleo narrativo, que se desarrolla con una precisión de reloj suizo: todo en el texto resulta imprescindible y definitivo. No parece sobrar el menor elemento, tal es el rigor narrativo de esta novela, cuya lectura me ha abierto a leer otros libros de la autora.

El lunes nos querrán me ha recordado intensamente una tetralogía que leí a comienzos del año pasado y que firmaba alguien que se hacía llamar  Elena Ferrante (La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida La niña perdida). También en esta saga se trataba de la compleja relación entre dos amigas en el Nápoles más marginal y mafioso. Pero en estas novelas se notaba demasiado lo artificioso del texto, la firme vocación de best-seller. Y su falta de pulso. Lo contario de estas 300 páginas de la novela de Najat El Hachmi, donde todo resulta creíble, auténtico y decididamente bien escrito. Tal vez la única objeción sea que hay momentos en que el desesperado relato tiende al melodrama, algo que la propia protagonista reconoce, pero es que el tono de lo que cuenta no puede ser otro para tanto contratiempo personal. Por lo demás, una novela y una autora llamadas a convertirse en un justificado éxito literario.

Alberto Granados

1 comentario

José Payá Beltrán: Reseña doble

José Payá Beltrán es un doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, que ejerce la docencia en un instituto próximo a su pueblo y está llevando a cabo una importante indagación filológica en varios campos, al tiempo que escribe obras de creación, algunas de las cuales he conocido. Entre otros trabajos académicos, preparó la edición crítica de Beltenebros (A. Muñoz Molina) en la prestigiosa colección Letras Hispánicas de Editorial Cátedra. Esta circunstancia desembocó en una amistad digital que se remite a varios años y que me permite certificar su generosidad: al saber de mi investigación sobre Muñoz Molina, me envió un paquete con todo su material. Cuando veo que algunos conocidos se han quitado de en medio al saber el objeto de mi estudio y me han negado su archivo muñozmoliniano, tengo que enfatizar el gesto de este por entonces desconocido, que incluso pagó de su bolsillo el envío postal.

          Desde entonces me ha tenido al tanto de sus publicaciones. En 2020 han sido dos, que me ha enviado con esa empatía y generosidad que lo llevan a semejante deferencia. Se trata de un libro en papel, S. S. Van Dine. Un crimen otoñal (Madrid, Grupo Tierra Trivium, septiembre de 2020, 235 páginas) y otro libro electrónico, La primera semana del inspector Duarte, (Click Ediciones, 2020). Leídos ambos, incluyo aquí sus reseñas.

          S. S. Van Dine. Un crimen otoñal es un libro sorprendente e inclasificable. Un divertimento maléfico del autor en que ninguna pieza encaja donde debería y donde el inocente lector va a caer inexorablemente en las diabólicas trampas a las que la lectura lo irá empujando. Es un juguete metaliterario que parte de la afición del autor por la novela negra desde la infancia, afianzada durante su primera adolescencia y aquilatada con las múltiples colecciones que ha ido atesorando durante años. Una vez sentado el hecho de que es un verdadero experto en esta literatura, el libro teoriza sobre las claves del género, las normas tan unánimemente aceptadas por los grandes autores, como dinamitadas en sus propias novelas, que una cosa es teorizar sobre cánones estéticos y otra sacar adelante una novela para un editor. El lector empieza a comprender que no todo lo que se lee obedece siempre al dominio de la verdad canónica, pues en cualquier novela pueden (tal vez deben) surgir otras claves, siempre que se respete el pacto ficcional: escribe de forma convincente y divertida, que yo, como lector, te permitiré que me engañes. El viejo “Miénteme. Dime que me quieres” de Johnny Guitar.

          En este juego de medias verdades, José Payá nos habla de sus compras de material en Nueva York, de su interés por S. S. Van Dine y del descubrimiento casual de unos cuadernillos impresos que, según él, constituyen una novela perdida del americano. Como filólogo, siente la pulsión de analizar tales fragmentos y lo hace en la versión original inglesa y su traducción al castellano. A estas alturas, el lector se puede esperar cualquier cosa…, ya que ha asistido, a parte de la biografía del autor, al origen de su interés por la novela negra y su coleccionismo, ha conocido la figura de S. S. Van Dine, un filonazi controvertido sobre el que la crítica no consigue ponerse de acuerdo, su obra, Philo Vance, su personaje estrella, su estilo, su recorrido personal, sus polémicas y despilfarros, su declive y muerte. A estas alturas, el lector lo sabe todo, menos la verdad. Algo que no pienso desvelar, ya que estamos en una novela negra (¿o no?) y los lectores tienen que intentar saber la verdad antes de que el detective nos la comunique: es la convención más absoluta del género. ¿Qué encontrará el lector? El autor ha preparado una serie de rupturas estructurales y argumentales para que solo los lectores más avispados sepan la verdad antes de llegar a la palabra FIN.

          Respecto a la otra lectura, el autor creó en 2015 un investigador, su detective personal, el inspector Duarte, un policía que ingresa en el cuerpo en plena Transición y observa con flema británica los cambios que se operan en España, al tiempo que va resolviendo los casos de asesinato que surgen en su zona. Viudo y solitario, ha alcanzado la jubilación, pero sigue como un sabueso las pistas que la crónica negra va espigando en su área geográfica. Hombre modesto y honesto jamás se deja llevar por la vanidad y el prestigio que sus éxitos policiales podrían despertarle. Con esta, son tres las entregas en que José Payá Beltrán pone a trabajar a su personaje.     

El autor creó el personaje del inspector Duarte en 2015 y ha sido el protagonista de tres novelas policíacas, todas acaecidas en un pequeño pueblo levantino. Esta última, La primera semana del inspector Duarte, aparece como el momento inaugural de su detective (hoy se diría una precuela de la serie), ya que el lector conocerá indirectamente los inicios del personaje, ya fallecido. El título, además, sirve de contraste a una entrega anterior, La última semana del inspector Duarte (2015) y parece responder a una urgencia por resucitar al personaje, al que el autor profesa un evidente cariño.

En esta novela, un recién incorporado Duarte se ve mezclado en un caso que se archiva por falta de avances en la investigación y cuarenta años después un periodista irá tirando de los cabos sueltos hasta saber quién era el asesino. Hay que remitirse a la mañana del 24 de febrero de 1981 (hoy hace cuarenta años, por tanto), una mañana atípica en que los guardias civiles están abandonando el Congreso tras el intento de golpe de la tarde anterior. En el pueblo se han visto gestos amenazadores, especialmente para el alcalde comunista. Los niños no van a la escuela esa mañana, así que se van a jugar al fútbol. Un balón rueda una pendiente y cuando el culpable va a recogerlo encuentra un cadáver: un sujeto odiado en el pueblo por su grosería con cualquier mujer ha sido asesinado, sin que el hecho parezca dolerle a nadie.

Cuarenta años después, el periodista habla de ese primer caso de Duarte. Al principio nadie parece recordar, pero unos vecinos remiten a otros y el esquema de aquel crimen va completándose. De fondo, esa visión desolada del ser humano, ese “ángel fieramente humano” que cuando se pierde en la falta de normalidad, puede dar en un ángel, pero también en un feroz depredador. Los odios políticos del pueblo hacen el resto. Una novela amena, de ritmo rápido y eficaz que solo ofrece las respuestas, nunca las preguntas del reportero y que traza un friso de la España de entonces frente a la de las nuevas generaciones.

También se hace buena literatura en las mil periferias, con autores condenados a la autoedición, incluso a perder dinero, situación por la que Pepe Payá (así firma sus correos) no se ha visto obligado a pasar (yo, en cambio, sí). Pero el gusanillo de la creación literaria tiene estas cosas y la satisfacción de publicar compensa largamente. Que el futuro le permita publicar con un reconocimiento cada vez más amplio, tan merecido como justo.

Alberto Granados

8 comentarios

Orillas del Sena (F. Gil Craviotto)

Francisco Gil Craviotto es uno de los autores locales que, junto al gran poeta Rafael Guillén, ostenta el decanato de los escritores granadinos ampliamente octogenarios (ambos nacidos en 1933). Es, además, una persona de una bondad y generosidad indiscutibles, lo que hace que se implique para escribirle el prólogo a alguien que publique libro (conmigo lo hizo), llame a autores para colaborar con revistas y libros colectivos (también lo ha hecho, repetidamente, conmigo), se implique en ciclos de actividades culturales, en reivindicaciones, en presentaciones de libros ajenos… Mantiene tal grado de actividad que sorprende en un casi nonagenario, pero él es así y lo será hasta su último aliento.

          Suele enviarme los borradores de sus obras, incluso de las que conserva inéditas, y hay veces en que le tengo que dar un toque, especialmente con las Memorias que está preparando:

          –Pero Paco, ¿cómo vas a poner tal cosa? Mira que te vas a ganar algún enemigo y…

–Mira, estas Memorias no van a conocerse hasta después de mi muerte, así que me importa un comino si alguien se enfada. Seguramente se lo merece.

Cuando vivía en Les Mureux, tras su trabajo, daba largos paseos junto al Sena. Le gusta tanto ese río que a él dedicó su discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada, leído el 21 de mayo de 2012: “El Sena, río literario”. De sus caminatas junto al río, con su perra Chica, nació un singular libro de estampas literarias que parece contiene mil formas de belleza creativa: las descripciones más elegantes, el paisaje, los tipos humanos, el río y sus barcazas… y como contrapunto, los ojos de su interlocutora, que miran con mirada inteligente, casi humana (perra bilingüe, asegura el escritor). Lo publicó Alhulia (Mis paseos con Chica).

Pero Francisco, o Paco, o el Maestro (solemos llamarlo de las tres formas) perdió a su mascota y después volvió a España, una vez jubilado. Entre otras muchas cosas, trajo otras estampas, inéditas hasta ahora, que aparecen en la colección Mirto Academia, también de Alhulia, dedicada a los libros de los académicos. El verano pasado me pidió un epílogo, que le escribí encantado y que aparece en el libro recientemente publicado.

Algunas de las estampas de este libro han aparecido espigadas en algunos libros, ya suyos, ya colectivos, pero ahora aparecen en su contexto y al margen de una selección temática. Un total de cuarenta estampas que oscilan entre el paisaje humano (El mendigo filósofo, El reloj de Meulan, Llueve, El pozo, El cementerio de Meulan), el propio Sena (Río Sena, ¿Padre o madre?, Río divino…), los personajes históricos que han tenido algún vínculo con el río (Merimée, Guy de Maupassant, Colombine, Manuel Azaña, Azorín…), la flora (El lirio de los valles, Los sauces del Sena, La flor del escaramujo, El chopo del camino…), y la fauna del ecosistema fluvial (Cisnes del Sena, Mirlos del Sena, Las golondrinas, «Chica»). Ha tenido la impagable gentileza de dedicarme el texto dedicado a Hemingway.

Un rico anecdotario lleno de sutileza y humanidad, un aura de nostalgia ennoblecedora del recuerdo, un repaso por un paisaje que el progreso ha hecho desaparecer para siempre. Y el sello inconfundible del Maestro. Ni más ni menos que belleza literaria llena de autenticidad y un aire geórgico y rural de cuando salir al campo era aún una actividad que entroncaba al paseante con la verdadera naturaleza. La situación ha cambiado tanto, ha sido tan grave y definitiva la degradación que será difícil que se escriban nuevas estampas como las incluidas en Orillas del Sena, libro que tiene mucho de testimonio de un mundo perdido.

Que la Academia haya publicado este libro, casi nueve años después de su ingreso es un hermoso gesto, pero es sobre todo un acto de justicia.

Alberto Granados

3 comentarios

Los mamíferos extraños

Los mamíferos extraños es el título del primer volumen de las memorias del poeta, novelista y erudito granadino Antonio Enrique (Granada, Ediciones Dauro, 2020, 287 páginas). A principios de la pandemia lo telefoneé y mantuvimos una larga conversación en la que, entre mil temas de conversación atropellada, me informó de que iba a publicar estas memorias, escasamente canónicas, ya que este libro no coincide con una exposición de hechos y peripecias vitales. Es otra cosa. Es un híbrido entre la búsqueda ontológica de la naturaleza del ser humano, ese extraño mamífero, la autoayuda, una visión cosmogónica y, por encima de todo, una defensa inexpugnable del amor y de la poesía. Me habló de dos volúmenes, pero el cambio social que ha comportado el virus, el confinamiento, las muertes… todas esas circunstancias que han ensombrecido nuestras vidas, le han hecho escribir un tercer tomo, un añadido fuera por completo del esquema inicialmente previsto.

          Se me hace difícil hablar de un libro tan complejo. Las primeras páginas me parecieron una repetición ampliada de otro libro suyo (El espejo de los vivos [El sentido de la vida], Editorial Alhulia, Colección Mirto Academia n. 67, 2017), en cuanto argumentaba el papel del ser humano en el Universo, partiendo de alguna forma de creación, llámese Dios, llámese plano de energía. Sería entonces, una disquisición metafísica. Pero muy pronto, estas memorias empiezan a hablar del propio autor: su niñez de chiquillo introvertido y reflexivo, sus afectos, su universo familiar, sus veraneos y su percepción de la libido sublimada, convertida en una atracción por una niña poco menor que él por la que se siente fascinado.

Junto a esta incursión en el género memorialístico convencional y lleno de tiernas anécdotas, Antonio Enrique vuelve a la reflexión profunda y confiesa a sus lectores, pero sobre todo a sí mismo, la eterna pulsión amatoria que ha marcado su vida. Aparecen entonces conceptos cósmicos, como la predestinación, el azar, el tarot, el fatalismo y el destino, la física cuántica y esos planos del universo que no diferencian ni la biología ni la física convencionales, el karma, la herencia biológica, los refuerzos a la pulsión erótica, tales como como el olor corporal, las facciones, la voz, la procreación necesaria para la perpetuación de la especie. Una y otra vez habla de aquella niña de su veraneo en Huétor, ahora de nuevo atrayente imán de su deseo, tras 46 años. Ese impulso lo lleva a señalar tres momentos en la vida de un nuevo ser: la concepción, la encarnación o momento en que el feto adquiere conciencia y la descarnación o muerte. Todas estas reflexiones conducen siempre a sus impulsos amatorios y están trufadas de una serie de anécdotas de diferente intensidad y tono: sus amigos, sus coqueteos juveniles con todas las chicas que se le mostraron propicias y receptivas, los contactos con otros poetas, la presencia de los muertos que ha ido acumulando en su trayecto vital, la galería de personajes que ha conocido…

Antonio Enrique, junto a Miguel Arnas, en la presentación de El espejo de los vivos (Diciembre de 2017)

Da la sensación de que este Los mamíferos extraños ha sido escrito, más que destinado a los lectores, destinado a sí mismo, en un intento de aclararse las propias ideas poniéndolas por escrito, y en este sentido podría parecerse a un manual de autoayuda, pero lo literario impregna todo el discurso. ¡Qué elegancia de prosa! ¡Qué amenidad en los párrafos narrativos y qué densidad en los especulativos! ¡Cuánta vida, cuánta muerte, cuánto amor desfilan por las páginas de este estudio sobre esos bóvidos erguidos que somos!

Antonio Enrique advierte desde las primeras páginas que su libro admite dos enfoques: el del creyente de alguna cosmovisión, para el que la muerte es un cambio de dimensión espacio-temporal y la del escéptico, para quien la muerte es un punto final de todo. Él se confiesa perteneciente al primer grupo, de ahí que conceptos ya mencionados como karma, transmigración, reencarnación, etc. tengan para él el sentido de lo trascendente, en tanto que para mí, racionalista y descreído, son solo especulaciones. ¿Quiere decir eso que desautorizo el libro? En absoluto: el libro está lleno de sugerencias, de vivencias e intuiciones en las que se puede creer o no, pero el discurso global, la importancia de la vida, del amor y de la poesía, están expuestos de tal forma que emocionará incluso al más renuente. Y la musicalidad de su prosa, determinadamente arcaica, de sus asociaciones luminosas y de la poesía que envuelve todo el libro no pueden dejar indiferente a ninguna persona sensible. Tras afrontar un par de entradas en mi blog, que están a medias y que siento como una obligación moral, reiniciaré, goloso, la lectura de los dos volúmenes prometedores de estas memorias: Lectura de nubes en el cielo (Volumen II) y Los días que paró el mundo (Volumen III). Amenazo con perpetrar sus reseñas.

8 comentarios

Un aval

A Tano García, investigador de la historia de Alcaudete

         

He comentado varias veces en este blog que Blas de Otero me regaló, con su poemario, la exacta cristalización del ser humano: ángel fieramente humano. Cabe esperar de cada uno de nosotros el carácter angelical de los buenos momentos o la ferocidad de la bestia cuando vienen mal dadas. Eso es ser humano. Nadie sabe cómo va a reaccionar ante un estímulo adverso, ni puede prever si saldrá el lado bueno o el sanguinario de esa fiera agazapada en nuestro interior. Si reaccionaríamos solidariamente o se caería en el egoísmo del sálvese quien pueda. Si saldría el ángel o la bestia. Para saberlo hay que pasar por una experiencia traumática, como nuestra guerra civil. Ante el peligro de ser declarados desafectos, la gente se afilió masivamente a Falange y abrazó un credo que en situación normal no les decía mucho. Es que sabían que el credo opuesto solo podría traerles muy serios problemas, incluso un paseo a ninguna parte, definitivo y arbitrario.

          Mi padre era un hombre “de orden”. Por su crianza, por educación y estudios (estaba a punto de terminar Medicina en la Universidad de Granada), por su tibio sentido religioso (creyente, pero distanciado del fanatismo) y por haber visto demasiada violencia y rabia en la izquierda, que representaba la rebeldía frente al hambre feudal de siglos, violencia tan odiosa como la del pistolerismo de los falangistas y allegados. Alcaudete quedó en zona republicana y mi padre, junto a otros compañeros de estudios, fue movilizado como alférez sanitario (los otros médicos del pueblo, especialmente don Daniel Torres y don Fernando Castro, sí habían terminado los estudios y llegaron como tenientes médicos). Estuvo en varios sitios y, finalmente, cuando acabó la guerra, fue encarcelado en la plaza de toros de Valencia. Sabía que cualquier momento era bueno para que lo sacaran y le dieran el paseo. Sucedía todas las noches, tras los procesos judiciales sumarios, que tan escasas garantías procesales ofrecían. Sé que mi madre y mi hermana mayor, recién nacida por entonces, pasaron privaciones y cabe imaginar el estado de ánimo de mi madre.

          Las escasas veces que mi padre mencionó la anécdota se le pudo ver nervioso. Estuvo una buena temporada con el mencionado Fernando Castro, pariente lejano de mi madre y amigo y compañero de estudios. Junto a ellos había un practicante que estaba siempre asustado y era la quintaesencia del comedimiento. No lo sabían a ciencia cierta, pero sospechaban que era cura. Lo sospechaban ellos dos y el resto de la unidad y el teniente Castro y el alférez Granados tuvieron que sacar a relucir sus estrellas en alguna ocasión cuando los soldados intentaban humillar al cura. Finalmente, cuando se hablaba de un traslado que los separaría, éste dijo la verdad: en efecto, era cura y podía ayudarles avalándolos en caso de necesidad. Les firmó una simple cuartilla a cada uno en que los declaraba gente de derechas, de orden, honrados y forzados a cumplir una obligación sobrevenida y sin hechos de armas. Eso sucedía mientras ambos esperaban angustiados lo que el destino pudiera guardarles en Valencia, con el miedo natural y la preocupación por sus familias.

          En un momento dado, recordaron el aval del cura y se lo presentaron a un oficial. Alguien contactó con el sacerdote y éste reunió a otros dos, curiosamente los tres vinculados a Úbeda, que se prestaron a decir y firmar lo que el primero les propuso: salvar las vidas de los dos amigos. Finalmente, un día apareció en casa hambriento, delgado y lleno de piojos, liberado e inocente de sus cargos.

          “Tío Fernando” pasó a ser para nosotros, después de estas peripecias tan novelescas como verdaderas, parte de la familia, una especie de tío apócrifo, cariñoso, divertido y vigilante de los siguientes embarazos y partos de mi madre y médico de toda la familia. Fue el médico que acompaño a mi padre en su último aliento y firmó su acta de defunción, cuando yo tenía 19 años. Tampoco mencionaba el aval ni la historia que había tras ese simple pedazo de papel.

          El aval del cura lo conserva mi hermano y yo solo tengo un escaneo del documento, que deseo no perder. Este es el texto:

Ante mí, Agustín Francés Cervera, Alcalde Presidente del Ayuntamiento de Losa del Obispo (Valencia) comparecen los sacerdotes Gil Aramendía Echavarri, Cristóbal Cantero Lorente y Juan Vico Hidalgo, quienes declaran decir verdad sobre los antecedentes y conducta del que fue Alférez Practicante del B.O.T. nº 86 de Reservas Generales don Gumersindo Granados Tortosa, y manifiestan lo siguiente:

Derechista declarado, desde su incorporación al Batallón ha favorecido casi descaradamente a los elementos de orden, habiendo sufrido por esta causa numerosas contrariedades.

Y para que conste lo firmamos en Losa del Obispo a cuatro de abril de mil novecientos treinta y nueve.

El Alcalde

(Rúbrica y sello del Ayuntamiento Constitucional de –resto ilegible-)

Gil Aramendía, Misonero del Corazón de María de la Residencia De Úbeda (Rúbrica)

Cristóbal Cantero, Sacerdote Escolapio Natural de Úbeda    

 (Rúbrica)                        

Juan Vico, Presbítero Natural de Úbeda (Jaén)

(Rúbrica)

El artículo de Muñoz Molina de ayer (Los exilios, en Babelia, p. 15) me ha resucitado estos recuerdos y he decidido compartirlos aquí, aunque no estoy seguro de la fidelidad de mi memoria, tras tantos años de la muerte de mi padre. En cualquier caso, queda lo esencial: una simple cuartilla de papel le salvó la vida. ¿Qué pasaría con tantos otros que no tuvieron su (nuestra) suerte?

La historia ha sido siempre un vivero inagotable de muertes arbitrarias. Para muchos, la supervivencia depende tan solo de que ante  una situación concreta aparezca el ángel o la fiera que llevamos dentro.

Alberto Granados

6 comentarios

El sueño de la sinrazón

Don Francisco de Goya, ese afrancesado que pintó a Borbones y aristócratas del Antiguo Régimen, formuló, tal vez para justificar sus contradicciones, que el sueño de la razón produce monstruos. Lo hizo en uno de sus Caprichos, el número 43, y su título completo es El sueño de la razón produce monstruos (1799). En el aguafuerte aparece un hombre dormido en una silla, con la cabeza echada en una mesa. El personaje aparece rodeado de criaturas monstruosas, especialmente murciélagos y aves deformes, pero también algunos animales parecidos a gatos, que lo rodean y observan amenazadoramente. Renuncio a una interpretación icónica, pero quiero enfatizar el contenido psicoanalítico avant la lettre de la imagen: un hombre acosado por sus obsesiones, por sus monstruos interiores.

          Casi dos siglos y cuarto después, el ser humano no ha cambiado. En esta era digital, nuestros sueños siguen generando monstruos, pero ahora los medios y las redes agigantan su proyección social hasta convertir las pulsiones de alguien en espectáculo. Lo de menos es la capacidad de alguien (es decir: la inteligencia, la creatividad, la empatía, la bondad, etc.), circunstancia que ha pasado a segundo o tercer plano. Ahora lo importante es el impacto social, el número de seguidores en Instagram, el número de twits o el de likes en redes. Las cadenas más impresentables airean después las míseras intimidades de estos personajes, algo que inexplicablemente genera un filón económico. Cuanto más bizarro sea el personaje, más morbo genera y produce más beneficio. De siempre hemos mirado las llagas del leproso y la deformidad en las barracas de feria.

          De esta forma, fijamos la atención en toda una galaxia de personajes inanes, que por una extraña sinergia, han accedido al famoseo y todos los días son noticia, de escaso calado, es verdad, pero noticia, aunque sea en la sección más canalla de un medio. Son las celebrities, los personajes célebres, dotados de una excepcional capacidad para ganar dinero sin aportar absolutamente nada.

No deseo verme ante un juez acusado de injurias, así que me ahorro la nómina de famosos que viven del cuento sin aportar a la sociedad nada más que su presencia constante en medios y redes, algo que en esta desnortada época nuestra parece ser motivo suficiente para ganar dinero y prestigio, entiéndase prestigio de garrafón, prestigio barato e inexplicable. La paradoja es que la labor abnegada del investigador, del médico de familia, del maestro, del emprendedor… están condenadas a la indiferencia, en tanto que las boutades de estos ídolos con pies de barro y cerebro de aire, parecen siempre destinadas al mayor de los reconocimientos.

En estos días, la prensa ha informado de que Cristina Pedroche se ha embolsado la bonita suma de 60.000 euros por su actuación durante la retransmisión de las campanadas en Antena3. Creo que una sociedad que permite este insulto es una sociedad enferma. Una señora sin más mérito aparente que su belleza y sus tablas gana en unas horas lo que un empleado de supermercado en un año. No veo aceptable ni su reiterativa presencia ni el montante de sus emolumentos. No le veo otro mérito que el ser atractiva y el estar dispuesta a mostrar su anatomía. No cuadra con mi apreciación sobre lo que valen los trabajos de la gente. No me escandaliza su semidesnudo, en absoluto: en cualquier rincón de una playa hay más carne. Me escandaliza, por el contrario, que figuras como Cristina Pedroche sean dueñas y señoras de la celebridad, palabra que remite a la acción de celebrar o ensalzar los méritos de alguien. Aquí no hay más que montaje mediático y un vacío cognitivo alarmantes. Me escandaliza especialmente que todo un amplio sector de la población española consagre estas actitudes, especialmente en un año en que la industria cultural (la del talento verdadero) se ha ido a pique, el empleo ha descendido, las previsiones económicas son una pesadilla, los muertos y contagiados se acumulan en las estadísticas y en muchas casas se pasa hambre. El contraste entre la realidad y los oropeles de Nochevieja me parece obsceno, demasiado triste como para taparlo con una destapada Cristina Pedroche, soberbiamente remunerada.

En el s. XVIII, el sueño de la razón producía monstruos. En el XXI el sueño de la sinrazón produce celebridades. Hemos pasado de L’Encyclopédie al Hola. Se ve que vamos progresando.

Alberto Granados

6 comentarios

El día de Año Nuevo

Las fiestas navideñas no me gustan por su carga de bondad a plazo fijo, por su supuesta felicidad obligatoria, por su absurdo disparo del consumismo, porque desde la muerte de mi padre, cuando yo tenía 19 años, siempre he notado más su ausencia en las reuniones familiares. Si no encuentro en estas fechas más que el recuerdo de quienes me faltan irreparablemente, si yo que soy austero como, bebo y gasto mucho más de lo necesario, si no le encuentro la gracia a tanta simbología religioso-comercial y acabo harto de peces en el río, queda claro que lo único aprovechable de las fiestas era el estar de vacaciones, argumento éste que quedó fulminado en el momento en que me jubilé. Respeto que otras personas disfruten las fiestas, coman como cerdos, beban como cirróticos y gasten como adictos. A mí, de toda esta farándula me queda solamente el recuerdo de mi infancia, en que sí disfrutaba de todo lo que ahora me parece absurdo: dejar atrás aquella escuela en la que sin deberes sabíamos de todo, pensar en los regalos que llegarían justo el día de antes de la vuelta al colegio, ir a por musgo para armar aquel belén de barro y alambres que siempre tenía varias figuras mutiladas (mi hermano las repellaba con yeso y las repintaba, en una auténtica labor de traumatólogo, aunque siempre quedaban marcas que desvirtuaban parcialmente la magia de aquella simulación).

          Ya en mi primera juventud, los guateques y fiestas del casino suponían otro aliciente: con las hormonas disparadas no importaban ni el frío de la calle, ni el estar sin un duro, ni ninguna otra consideración. La noche (Nochebuena y, especialmente, Nochevieja) era un sueño lleno de promesas carnales que, invariablemente, no se cumplían. Aquellas niñas de mi pandilla eran unas santas, parecía que jamás experimentaban los mismos hormigueos que cualquiera de nosotros. El sexo no es que fuera pecado: sería un milagro más bien. Tenían que guardar su reputación y su vocación de novias formales y después esposas, así que no se podían permitir una indecorosa conducta pública que les restase credibilidad. Si alguna se propasaba una micra los severos límites a la larga se iba de un pueblo que ya la tenía marcada de por vida.

1966, mi pandilla

Mi pandilla el Viernes Santo de 1966

          La Nochebuena hacíamos guateque en la central de Telefónica, junto a la cabina donde la gente iba a hablar con sus novias o a recibir a una cierta hora prefijada la llamada de la familia que había emigrado. Junto a aquella especie de confesionario laico, bailábamos los twists de moda, algún rock&roll y nos divertíamos con aquella inocente ilusión que la madurez fue dejando atrás. A medida que íbamos creciendo, las niñas de la pandilla iban desertando en manos de aquellos larguísimos noviazgos de pueblo que, cabe esperar, las hizo felices esposas, al menos de cara a la galería, en algunos casos con la sospecha de un tedio mortal, pero de eso no se habla en un pueblo, así que corro un tupido velo.

          Poco a poco, nos fuimos yendo a los bailes del casino. Ya podíamos beber alcohol, si el aguinaldo de padres, abuelos y titos había sido generoso, y caía algún cubalibre entre baile y baile. Tocaban siempre Hatari Group, el conjunto de mi pueblo. Lo hacían muy bien. Mientras bailábamos “agarrados” y fieramente controlados por las madres, me gustaba oler el pelo largo de aquellas chicas, siempre limpio para el baile. Cada una tenía el olor peculiar de su champú y algo tan simple me resultaba excitante. Aunque no cabía el menor escarceo, que aquellos tiempos requerían reprimir impulsos hasta extremos que hoy la gente joven considera leyendas urbanas.

          Siempre apurábamos la Nochevieja, sabedores de que no volvería a haber bailes hasta las fiestas de Santiago y Santa Ana: siete meses sin bailar con aquellas chicas, salvo la posibilidad de organizar algún guateque, cosa que no siempre era posible por problemas de costumbres (pocos padres y madres, solo los más abiertos, permitían semejante corruptela en sus domicilios), por problemas logísticos (muy pocos de nosotros tenían tocadiscos o pick-up ni discos apropiados), y por problemas de nómina: ¿a qué chavalas invitar, tras el cribado de los noviazgos?

          Recuerdo aquellos días de Año Nuevo, con los rigores del trasnoche, el alcohol, el ruido del “conjunto músico vocal”, todo ello metido en el cerebro de forma traumática, como si una trituradora nos machacara las escasas neuronas que habían quedado de guardia. Un café, tres arcadas, muy mal cuerpo y una televisión en la que siempre estaba el Concurso de saltos. Ver a aquellos esquiadores alpinos dejarse caer por una rampa, volar casi cien metros prácticamente en horizontal, levantar el cuerpo un instante antes de llegar al suelo, todo ello a una velocidad que mareaba… me sugería una serie de preguntas: ¿Por qué hacen este tipo de cosas? ¿Qué macabro impulso los lleva a querer ser pájaros en una mañana tardía de resaca y dolor de cabeza? ¿Es que no estuvieron anoche de baile en el casino? ¿Quién puede desear hacer estas cosas?

          Ahora, con las expectativas de un septuagenario, me vienen estos recuerdos de aquella época. Ya se pasó la ilusión navideña, sustituida por la cercanía de mis hijos y mi nieto (y este año, ni eso, por evitar eventuales contagios). También pasaron la gula y el exceso etílico, sigo siendo parco en gastos superfluos y los regalos ya se han hecho rutinarios y previsibles (cada vez aparecen menos caprichos en mi mente). La fecha de hoy se me aparece como un día inerte: no tengo que hacer la compra ni ir a por pan, no hay prensa, la calle está desierta y los negocios cerrados, solo de cuando en cuando se oye un petardo tirado a la calle desde algún piso alto o el coche de algún joven con el reggaetón a todo volumen y las ventanillas inteligentemente bajadas. Ha desaparecido hasta el concurso de saltos de la televisión y me siento flotar en un limbo espacio-temporal desubicado y extraño, como si hoy fuera un día robado al calendario. Ahora, cincuenta años después, lo que cuenta cada mañana de Año Nuevo es el Concierto. Este año, dirigido por Riccardo Muti, que he visto sin demasiado entusiasmo porque me ha parecido muy cargado de polkas y valses, aunque claro, Viena es la ciudad de estos ritmos y el Concierto se hace allí. Además, al no haber público, la  Marcha Radetzky no ha sido acompañada de aplausos y la sensación de desamparo se acentúa. Casi estoy deseando que llegue mañana con los camiones de reparto, el tráfico, el trasiego del supermercado, los negocios abiertos y las conversaciones, el trasiego que me devuelve a la realidad palpable de lo cotidiano. Mañana saldré del limbo y desaparecerá la angustia de la desubicación: estaré en mi casa y a dos de enero y tal vez estos recuerdos hasta me hagan sentirme joven, contradiciendo a Gil de Biedma. Manías de viejo.

Alberto Granados

3 comentarios

Muñoz Molina y el Centro Artístico

El Centro Artístico, Literario y Científico de Granada es una institución cultural que cumplió 135 años el pasado mes de abril. Entre sus socios estuvieron Manuel de Falla, los hermanos García Lorca, el periodista Constantino Ruiz Carnero (torturado y fusilado en 1936), Melchor Almagro, Antonio Gallego Burín… y, en la actualidad son socios o han pasado por sus actividades la mayor parte de los intelectuales de la ciudad. El CALC ha estado en peligro varias veces, pero ahora, bajo la batuta de Celia Correa, ha remontado el vuelo y está presente, no solo en sus numerosas actividades, sino en el mismo tejido humano de la ciudad por sus reivindicaciones y reconocimientos de personas y por su implicación en los problemas de los granadinos.

          Resucitado por la actual directiva el Boletín del CALC, ahora en su cuarta época, bajo la dirección de Juan Chirveches, se tenía previsto un número dedicado al aniversario de la institución, publicación que se iba a presentar al público el pasado mes de abril. La pandemia lo impidió y ahora ese voluminoso número n. 11 se ha puesto a la venta, sin presentación formal, para evitar contagios. Entre sus páginas va un artículo mío que no tiene más mérito que el de haber conseguido fotografiar un material que muy poca gente ha visto, aunque las imágenes, recogidas en el Archivo Histórico del Palacio de los Córdova con un móvil, no tengan calidad. Este es mi texto:

MUÑOZ MOLINA Y EL CENTRO ARTÍSTICO

Gran parte de la vida de Antonio Muñoz Molina, tras abandonar Granada, ha transcurrido en Madrid, Nueva York y, recientemente, en Lisboa. Ha manifestado en algunas de sus columnas que el único ámbito donde se siente libre es la gran ciudad, donde halla respuesta a sus demandas en campos como los museos y salas de exposiciones, los conciertos y óperas de los más prestigiosos auditorios, los espacios escénicos, la creación literaria, etc. Ha reconocido que debe su prestigio a las oportunidades que se le abrieron en Granada, pero se percibe en sus escritos que aquí se ahogaba y aprovechó la nueva situación que supuso su nueva relación amatoria para volar, igual que Manuel, el protagonista de El jinete polaco, su trasunto literario y vital. Por mi parte, siempre he sentido que ese Manuel era yo mismo, asfixiado en un pueblo (el novelista, al menos, vivió en una ciudad como es Úbeda) en el que no encontraba nada que me retuviera y del que quería huir para comprobar si era capaz de afrontar la vida con suficiencia. De ahí arranca mi admiración por el escritor ubetense y universal.

Muñoz Molina participó abundantemente en el mundillo cultural granadino. Aquí surgieron sus columnas en Diario de Granada, Ideal u Olvidos de Granada, que dieron lugar a sus dos primeros libros: El Robinson urbano (1984) y Diario del Nautilus (1986); también desde aquí dio el salto a los medios de ámbito nacional: ABC le abrió las puertas en 1987 y El País, aparte de algunas colaboraciones aisladas anteriores, le dio una columna fija en 1991, columna que, cambiando el epígrafe y la sección del periódico, se mantiene hasta la actualidad; igualmente, fue en Granada donde escribió algunas de sus mejores novelas, Beatus ille, El invierno en Lisboa, Beltenebros…; su novela Plenilunio está basada en un terrible suceso local; y también en esta ciudad participó activamente en la vida cultural (presentaciones de libros y revistas, prólogos de publicaciones, tertulias y mesas redondas, etc.).

En este contexto, Muñoz Molina y el Centro Artístico tenían que encontrarse: un autor que se abría camino y una venerable institución, que este año cumplirá 135 años de existencia… ¿cómo no iban a coincidir? Este sencillo punto de partida me ha llevado a rastrear el paso del autor por la institución y he encontrado algunos vestigios de su relación con el CALC.

En efecto, la tarde el 15 de diciembre de 1984, en la Sala del piano, un ubetense afincado en la ciudad presentaba su primer libro, El Robinson urbano, asistido por José Carlos Rosales. Arturo Cid al saxo y Luis Poyatos al piano remataron la presentación, imagino que con esas piezas de jazz que el columnista adora. El acto formaba parte de una serie de actividades del Centro que se habían programado bajo el título “Pre-Centenario”. Ésta era la actividad número 4 del ciclo, según la invitación impresa que se distribuyó.

Diario de Granada de esa fecha inserta un breve en la página 13 anunciando el acto. Curiosamente, en esa misma página se da noticia de dos actividades de la noche anterior: la presentación del poemario Troppo Mare, de Javier Egea, por Rafael Alberti, y una conferencia de don Emilio Orozco sobre san Juan de la Cruz, en el propio Centro Artístico. El mismo periódico publicó al día siguiente una nota sin firma, informando sobre el acto. La nota termina: «Por último se refirió al Centro Artístico “presente sin saberlo en este libro”.». El 15 de marzo de 1985, el suplemento literario del Diario, Cuadernos del Mediodía (nº 191, pp. 18 y 19), insertó dos artículos sobre El Robinson urbano, firmados por Pablo Alcázar (El fulgor de Robinson) y Juan Mata (Viajero en una ciudad invisible).

Por su parte, Olvidos de Granada, en su quinta entrega (febrero de 1985) incluyó dos artículos sobre el libro. En la página 12, se reproduce el texto leído por Rosales en la presentación. En los párrafos finales, el poeta dice:

«Evidente e inaudito que ahora mismo Robinson y Apolodoro, en una sala de billar situada muy por encima de nosotros, en este Centro Artístico que aparentemente navega a la deriva, jueguen inalterables una eterna partida a la americana. Una partida a la que no estamos invitados, ni siquiera como espectadores. Bastaría guardar silencio unos segundos para escuchar desde aquí el ruido intermitente de las carambolas, el suave deslizar de las pisadas, los breves comentarios».

                    En la página siguiente, el novelista granadino Justo Navarro, firma un artículo, Notas sobre Antonio Muñoz Molina, en que resalta la calidad del libro.

Es costumbre que el autor de un libro presentado en el CALC done un ejemplar dedicado a la institución y firme en un libro de honor. No he conseguido localizar estas dedicatorias, pese a mi indagación en la Biblioteca del Salón y en el Archivo Municipal.

La segunda comparecencia de Muñoz Molina en el Centro Artístico está menos documentada: se trata de una lectura poética de su amigo José Gutiérrez, en la que el novelista ejerció de presentador. El acto tuvo lugar el día 30 de noviembre de 1985.

Un dato más: Olvidos de Granada, en el número 16 (sin fecha constatable, aunque de 1987) ofrece un artículo del columnista: Primera crónica de una sociedad secreta, en que comenta el nacimiento de un llamado Club de Jazz de Granada. En el artículo puede leerse:

«El Club de Jazz de Granada, del que dicen crónicas que salió a la luz pública del mundo el pasado trece de marzo, y no en cualquier parte, sino en el bar —medio sótano y medio mausoleo, con un cierto aire de Speak-easy del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada—, cuyos socios fundadores parece que se revolvieron ligeramente en sus tumbas al ritmo de la desaforada jam session con que se inauguró el club». Y más adelante: «A nadie le cerró sus puertas el club. Raro sería, cuando su fundamento es una música que las contiene a todas y que desde el sagrado delta del Misisipí —El Old man de los blues y de William Faulkner se ha establecido en el mundo como una de las dos artes del siglo XX— y la otra es el cine».

Ignoro qué opinión tendrá el autor sobre el Centro, su espíritu, sus socios o sus actividades, pero me pregunto cómo habría sido su evolución personal y literaria si no hubiera abandonado Granada. Tal vez lo encontraríamos por Puerta Real, en una cafetería, concierto o sesión de cine. Tal vez sería socio del CALC, si no por una decisión propia, por solidarizarse con la llamada de socorro que la Presidenta lanzó hace unos años para salvarlo del cierre con la conminatoria afirmación de que «Granada no tendría vergüenza si deja que se hunda su institución cultural más antigua». Tal vez participaría activamente en las actividades y nos tomaríamos una cerveza a la salida de alguna presentación o conferencia… Tal vez.

No parecen existir más vínculos entre autor y Centro, pero el azar o la estadística también juegan la partida de eso que llamamos la vida y en este caso es necesario hablar de otro vínculo de naturaleza casi cabalística: Muñoz Molina ha reflejado en varios textos altamente biográficos su paso por el área de Cultura del Ayuntamiento, donde compartía despacho con una compañera. No es otra que Celia Correa, la actual Presidenta del CALC, la que sin duda lo habría captado como socio en el momento más crítico. Como nunca es tarde, yo propongo el nombramiento de Antonio Muñoz Molina como Socio Honorario del CALC. Como diría su paisano Joaquín Sabina: Nos sobran los motivos.

Alberto Granados

NOTA DEL DÍA 10/12/2020: Con fecha de hoy, un correo de Antonio Muñoz Molina me informa de otra participación suya en el CALC que yo no tenía controlada: “Hubo, que yo recuerde, otra participación mía en el Centro Artístico, una conferencia introduciendo un recital de Elena Martín Vivaldi, creo que hacia el 85, pero no me acuerdo”.

Gracias, Antonio. Aclarado queda.

4 comentarios

Lengua vehicular 2

NOTA PREVIA: No dejéis de disfrutar el vídeo que os he enlazado.

Recientemente apareció en este blog una valoración filológica de la pérdida de la categoría de lengua vehicular por parte de nuestro idioma, como contraprestación al apoyo de ERC a los presupuestos presentados por el gobierno de Pedro Sánchez. Esa valoración presenta otra faceta, que propongo hoy: el descuido con que los españoles tratamos a nuestra lengua. Considero un peligro real ese crecimiento abusivo de anglicismos innecesarios que constituyen un verdadero desgaste para nuestro noble idioma. No es que yo peque de purista ni que rechace los extranjerismos: siempre han entrado en nuestra lengua y, una vez asumidos, han ido pasando a nuestros diccionarios más canónicos sin el menor rechazo. El problema es que se ha impuesto el idioma del dólar, el de las grandes compañías financieras, el de internet y lo ha hecho de una forma tan insistente, tan machacona, que un mensaje cualquiera puede deslucir nuestro castellano hasta una caricatura de la lengua que inundó varios continentes y obtuvo bastantes Premios Nobel.

English Language Institute

Me he permitido elaborar un texto bastante simple para comprobar qué estamos haciendo con nuestro idioma y hasta qué punto lo estamos prostituyendo. Más que texto, es un pretexto para juntar anglicismos, así que nadie espere un primor estilístico:

Le bendita lengua de Chespir

No sé qué haríamos sin la lengua de Chespir. Hasta hace poco nos defendíamos con la de Cervantes, pero dónde va a parar. Con ésta última no podríamos hacer nada de lo que hacemos normalmente usando la lengua inglesa. No estacionaríamos el coche en un parking, ni iríamos al gym a hacer spinning por la cosa del fitness, ni necesitaríamos la ayuda de un personal coach, ni nos colocaríamos de community manager ni seríamos nfluencers, bloggers, youtubers o instagrammers, algo esencial para convertirnos en celebrities.  Mucho menos conseguiríamos que una de esas estupideces que se cuelgan en Twitter llegara a trending topic. Además, habría que cambiarle el nombre a Masterchef y nos quedaríamos sin brownies ni candy. Los comercios se llamarían tiendas y no shops

En materia de finanzas, el Banco de Santander ya ha cambiado mi antigua cuenta 123 a Cuenta One, aunque puedo seguir usando mi servicio de Openbank, que eso me tranquiliza mucho porque puedo controlar mi credit card, tarjeta que uso mucho desde el inicio de la pandemia en la variedad de contactless. Por otro lado, los magos de las finanzas no llamarían startup a las empresas emergentes y no existiría el coworking, que permite irse todos de copas en eso que llamamos afterwork.

Nada de comer en un self-service y en estos bares que nos preparan comida para llevar durante el confinamiento no habría servicio de delivery. Nuestras tabernas volverían a llamarse así, en vez de bar o pub y cerrarían a la hora de la cena. Nada de fishandchips, snacks, burguers y esas variedades de fast food, con lo que volveríamos a nuestra tapa tradicional, tan ricamente.

Y nada de black Friday, Halloween ni Eastern. No nos alojaríamos en un resort con spa ni dispondríamos de travel-checks. Volaríamos en Iberia en vuelos normales, nada de charters ni business-class y en el aeropuerto no tendríamos que hacer el check-in. Ni siquiera habríamos llegado a usar el trolley, sino que llevaríamos las clásicas maletas, si acaso con ruedecillas, normalmente atascadas.

Tampoco los homosexuales se llamarían gays, ya que se usarían las muchas formas que García Lorca reunió en uno de sus poemas de Poeta en Nueva York. Ni estaría tan de moda ese juguete sexual que, según estadísticas, tienen la mayor parte de las mujeres de hoy día: el satisfyer, ni habría sex-shops donde comprarlos directamente.

Sin el idioma de Chespir, nuestras magdalenas volverían a llamarse magdalenas, en vez de muffins, nuestros bocadillos dejarían de ser sandwiches, y desconoceríamos la nueva costumbre del brunch, que con tantas prisas se ha impuesto. No conoceríamos tampoco el hobby del take away.

Respecto al mundo de la moda, los pantalones cortos serían justamente eso y no shorts, las chaquetas de espiguilla no serían tweed, las señoras llevarían la ropa interior de siempre (y no me refiero a que no se la cambiaran a diario, que para eso estuvo Isabel I de Castilla) en vez de meter sus formas en un body o realzar sus pechos en un Wonder-Bra o en un top o embutir trasero y piernas en unos leggins o en un panty. Se ve que la tendencia va hacia la ropa casual, sin convencionalismos: easy wear.

¿Y la música? Sin el inglés, no sabríamos nada del blues, del rock&roll, de la música pop, del swing, del jazz, el rythm&blues, el soul, el country, el funk, el trap, el house, el techno… y seguiríamos oyendo a Concha Piquer, al Dúo Dinámico y a Manolo von Escobar y las zarzuelas que adoraba mi madre y que canturreaba en la cocina mientras preparaba sus sabrosos guisos, ajena por completo a la nouvelle cuisine. Incluso nos podríamos haber librado de una tortura como el reggaeton. Variantes como el rap, el hip-hop, el trance, la música disco, el grounge, etc.  no nos dirían nada y nos conformaríamos con las baladas de los italianos y los franceses de los sesenta, aunque nunca se sabe qué pasa con la industria del entertainment ni con el show business, que viene a ser quien, mediante sabrosos video-clips y spots comerciales, determina nuestros gustos. Ahora es muy fácil para cualquier manager colocar a uno de sus artistas en el top hit. Y no sabríamos qué es una performance ni un show.

¿Y el cine? ¿Seguiríamos anclados en el star system? ¿Gustaría tanto eso que hemos llamado spin-off o iríamos más al sitcom? Si no tuviéramos tanto dominio del inglés, las películas del oeste no serían westerns, ni las de misterio se llamarían thrillers, ni los dibujos animados se llamarían ni cartoon ni anime. Y nadie podría adelantarnos la identidad del asesino haciéndonos ese desagradable spoiler que tanto nos fastidia.

          Gracias el inglés, hemos avanzado mucho. Es que el fucking castellano se estaba quedando muy rancio. What a shit!

Desidia e ignorancia, una cierta dosis de esnobismo y unos planteamientos educativos que prefieren enseñar conceptos abstractos a planteamientos comunicativos (comprensión, uso adecuado, ampliación del vocabulario, fijación severa de la ortografía, y en casos singulares, el uso creativo de la propia lengua). Se enseña a un niño de doce años qué es un complemento directo o una oración reflexiva (conceptos abstractos a una mente en que el pensamiento abstracto está aún en ciernes) pero no se le hace tomar conciencia del valor de su lengua, ni de la responsabilidad de mantenerla para las generaciones del futuro. El soneto que incluí, que tanto me gusta, tiene un título erróneo. Creo, con permiso de Dámaso Alonso, que en vez de Nuestra heredad, debería llamarse Nuestro usufructo. En efecto, cada castellanoparlante recibe un bien del que solo es depositario temporal, usufructuario y no dueño. Tiene la obligación de cuidar ese patrimonio y legárselo a la siguiente generación en las mejores condiciones. Y no estamos cumpliendo.

Esta situación no parece preocupar a los adversarios políticos del gobierno, esos genuinos patriotas, ni han visto rentabilidad política en airear el asunto, pese a su enojo por desposeer a nuestra lengua de su carácter vehicular. Esto no es políticamente rentable, así que adelante con el cinismo y que siga el espectáculo: The show must go on que nos cantaban los chicos de Queen.

Alberto Granados

9 comentarios

Lengua vehicular

A José Luis Jiménez González, andaluz establecido en Cataluña

          Cualquier lengua del mundo, por escaso que sea su número de hablantes o su ámbito geográfico, me interesa por igual, dada mi formación de filólogo. Es obvio que ese interés general es solo el propio del curioso, del que acumula datos sorprendentes y a menudo curiosos, como si se tratara de un coleccionista. Si aplico el sentido práctico, el que entiende una lengua como el soporte imprescindible del pensamiento y la comunicación, mi interés se restringe notablemente a aquellos idiomas que verdaderamente pueden ayudarme a generar mi visión del mundo y a recibir y producir mensajes por razón de mi ámbito cultural, el occidental, y que me resulten próximos. Ahí surge el sentido de la limitación: lenguas como el chino, el japonés o el árabe, pareciéndome muy próximos, me resultan frustradoramente ajenos y sé que nunca llegaré a conocerlas ni podré beneficiarme de su riqueza ni usarlas para comunicarme con otros seres humanos. Hablo de riqueza porque indudablemente el dominio, siquiera relativo, de un idioma es una riqueza humana, cognitiva y comunicativa.

La lengua del Imperio

          Pero a los hechos lingüísticos se les suelen adherir otros de carácter geopolítico, de fronteras tan artificiales como los intereses que se esconden tras las banderas. Esta división es empobrecedora, mezquina y solo sirve para crear una babel de intereses, una conciencia de lo diferente, que arropa designios políticos, económicos, financieros… y sus consecuentes ambiciones, casi siempre camufladas o revestidas de una épica patriótica, una épica de garrafón que choca frontalmente con los planteamientos básicos de la Lingüística.

          Si a cualquier persona lo aborda un extranjero para preguntarle algo (una dirección, una indicación de tráfico, un restaurante, un hotel o una oficina administrativa) en un idioma desconocido, salvo casos de xenofobia enfermiza, nos esforzamos en comunicar razonablemente el dato solicitado. Se trata de una relación interpersonal exenta de connotaciones políticas y eso allana todas las diferencias. Pero cuando un idioma se reviste de elemento opresor o liberador, la comunicación pasa a segundo término, porque hemos pasado de la dimensión interpersonal a una concepción política de clase y ahora estamos en la dicotomía opresor/oprimido y la lengua dominante pasa a ser, más que un instrumento de comunicación, un elemento de dominio, de opresión. 

Lápidas en esukera

          Me veo obligado a reflexionar sobre la conciencia lingüística tras el cacareo que se ha montado con la bajada de pantalones del gobierno ante la exigencia de ERC, al suprimir la categoría de lengua vehicular del castellano en Cataluña.

Vuelvo a un matiz ya señalado. No voy a hacer una valoración política de esta vicisitud: ya se ha encargado la derecha de desprestigiar a Sánchez y su gobierno, aunque en el fondo la vitalidad de nuestro idioma común o su proyección al futuro les importe muy poco, si es que les importa algo. Tratan de desgastar a un gobierno que ya se desgasta solo y ponen un énfasis estremecedor en algo sobre lo que jamás se han parado a reflexionar. Allá ellos y su mantra de desgaste. Mi análisis es el de un filólogo.

Multa

Usar una lengua con fines políticos es desvirtuar su naturaleza. En un país como el nuestro, que suele fijarse mucho más en lo que tienen los demás que en lo propio, una lengua se ha convertido en elemento de lucha política. Una lengua deja de ser un vehículo de comunicación para ser un rasgo distintivo, una seña de identidad colectiva y siempre se usa políticamente para descalificar a una lengua más poderosa o extendida que, supuestamente ha asfixiado a la lengua vernácula. El franquismo, eso es cierto, con su ropaje imperial destinado a justificar su golpe de estado, impuso el uso de nuestra lengua común, basándose en conceptos extraídos del nazismo: el español era la lengua del Imperio y las otras lenguas (catalán, gallego y vasco) y sus hablas y registros dialectales fueron perseguidos por la posibilidad de planteamientos separatistas. La ceguera nazi del Régimen nos empobreció a todos con tal medida, de la misma forma que la colonización americana borró el quechua, el guaraní, el amara, el náhuatl y el resto de lenguas precolombinas.

Sermones en catalán

En España, la transición política y la Constitución de 1978 reconocieron la cooficialidad de las principales lenguas del Estado y hubo una eclosión de medios de comunicación, de edición de libros, de emisoras de radio, de música… en dichas lenguas, que fundaron sus respectivas Academias. Jamás hubo en España un mayor grado de libertad y florecimiento lingüísticos. Dice Antonio Muñoz Molina (1) que mientras en otros países se abren las ventanas y se deja entrar el aire, aquí nos empeñamos en escondernos en las habitaciones más oscuras de esa gran casa que es el castellano, más pendientes de lo que nos diferencia en una absurda competitividad balcánica de autonomías. Es cierto. Me sonroja una campaña andaluza que estableció el demente eslogan “Habla bien. Habla andaluz”, que parece responder a la necesidad de contar con un idioma cooficial, como ya tenían gallegos, catalanes y vascos.

Tan impresentable invento es falso. Hablar bien es hablar fluidamente, con capacidad expresiva, dominio de vocabulario y de la sintaxis. Lo de menos es el idioma usado, que debería ser la lengua-madre, aquella en que desde la infancia se conoció el mundo. Impostar un registro idiomático, por mero complejo de inferioridad, es una muestra del grado de envenenamiento ideológico de los lumbreras que echaron a andar la mencionada campaña, que no obtuvo otro éxito que alguna novela escrita “en andaluz”, una delirante versión de “Er Prinzipito” [sic] y algún otro despropósito más. Mejor olvidar semejantes estupideces.

Cuando llegó el nuevo impulso separatista en Cataluña, el castellano volvió a ser un signo de opresión, una imposición del llamado nacionalismo español, concepto éste realmente contradictorio. Y Sánchez cede para sacar adelante sus presupuestos.

Aquí se habla andaluz

No hace falta ser Rappel para saber qué va a suceder a partir de ahora. Los catalanes castellanoparlantes irán muriendo, sus hijos y nietos, educados en un sistema bilingüe, bascularán hacia el catalán y en 45 o 50 años, el castellano será un residuo testimonial de una lengua gloriosa que nos unió durante generaciones. Adivino que habrá mucha presión revanchista para desmontar el castellano y Cataluña se quedará, en tres generaciones, sin la riqueza de la lengua de Cervantes, de Quevedo, de García Lorca…, la misma lengua de Josep Pla, Juan Marsé o Eduardo Mendoza, por cierto. El castellano perderá su presencia en las cuatro provincias catalanas, pero seguirá siendo uno de los idiomas más prestigiosos del mundo, presente en toda Latinoamérica y Estados Unidos, en tanto que el catalán, junto a la cerrazón política de sus líderes, quedará como una bandera del procés y tendrá una escasa repercusión fuera de las fronteras catalanas. Todos, pues, saldremos perdiendo. En vez de afianzar nuestro tesoro común, de potenciar su buen uso y de extenderlo a nuevos horizontes, se impone la división y la discriminación idiomática, pero al revés: esta vez son los catalanes quienes castigan a la lengua de Cervantes.  Esta es la situación que ha generado la torpeza de Pedro Sánchez, junto a la voracidad catalanista de Ezquerra Republicana de Catalunya. Aunque no voy a llegar a ver el final del castellano en Cataluña, ya me duele una pérdida que siento como propia. Por eso traigo de nuevo, como un modesto homenaje a mi lengua, un texto que me gusta mucho:

Nuestra heredad

Juan de la Cruz prurito de Dios siente,

furia estética a Góngora agiganta,

Lope chorrea vida y vida canta:

 tres frenesís de nuestra sangre ardiente.

Quevedo prensa pensamiento hirviente;

Calderón en sistema lo atiranta:

León, herido, al cielo se levanta;

Juan Ruiz, ¡qué cráter de hombredad bullente!

Teresa es pueblo, y habla como un oro;

Garcilaso, un fluir, melancolía;

Cervantes, toda la Naturaleza.

Hermanos en mi lengua, qué tesoro

nuestra heredad -oh amor, oh poesía-,

esta lengua que hablamos -oh belleza-.

(De Tres sonetos sobre la lengua española, Gredos, 1958)

(1) Paisajes del idioma, Babelia 24/03/2007

Habrá una segunda parte (amenazo).

Alberto Granados

2 comentarios

El miedo de los niños

El 24 de agosto de 2011, los habituales de la web de Antonio Muñoz Molina conocimos dos hechos de su carrera literaria: que se reeditaba Nada del otro mundo (Espasa-Calpe, 1993), y que en esta nueva edición, ahora en Seix Barral, aparecía un cuento nuevo, que estaba escribiendo por esos mismos días. Lo anunciaba el autor en uno de aquellos artículos que incluía en la sección Escrito en un instante de su web: Escribir cuentos. Aclaraba que el nuevo relato, como una criatura viva con capacidad de decisión, se le había ido de las manos hasta tomar unos derroteros que no eran los inicialmente previstos. En efecto, de una conversación entre dos hombres en un bar de Bruselas, la ficción derivó hacia la peripecia de dos niños, dos primos segundos, en su Úbeda-Mágina de los años sesenta, y de igual forma, la extensión prevista de unas quince o veinte páginas se le estaba disparando hasta ocupar en el libro más de cincuenta páginas, casi una novela corta:

«Y entonces surgió otra historia, no sé de dónde, en parte del recuerdo y en parte de la imaginación, dos niños que se cuentan al oído historias de miedo en una escuela a mediados de los años sesenta, dos primos. Yo no soy ninguno de los dos: la historia viene del mundo en el que yo crecí pero no de mi propia vida. Era como ver algo objetivamente, en lo que ni mi voluntad ni mi experiencia directa intervenían. Vi una trama posible. Lo vi todo, con todos los detalles, en mi sueño despierto, en mi largo insomnio sin angustia.

MARÍA ROSA ARÁNEGA El miedo de los niños

Empecé a escribir al día siguiente, sin urgencia, dejándome llevar, quizás de nuevo alarmado por la abundancia de pormenores nuevos que surgían del acto de la escritura misma. Pero este cuento, de trama tan sucinta, resultó que tampoco iba a ser exactamente breve. Una cosa lleva a la otra. Un personaje habla y hay que dejarlo que se explique. Una imagen lleva a otra, y a otra», nos dice el autor.

Por esos años, hacíamos muchos comentarios en la web, pero cada vez que surgía una polémica, los comentaristas, a veces usando el anonimato, llegaron a ser incómodos y abiertamente hostiles entre sí y con el autor, reflejo de una sociedad muy polarizada, situación que derivó en un cierre temporal de la web, que volvió a iniciarse algún tiempo después, y que un monotema, los intentos secesionistas de Cataluña, llevó a límites insoportables la tensión hasta que en el otoño de 2017 la web se cerró. Es una pena que los comentarios no se conserven, porque eran una manera de interactuar entre los habituales y el propio autor. Recuerdo que Antonio Muñoz Molina fue dando cumplida cuenta de cómo avanzaba el relato y de cómo se lo pasó a su esposa para un veredicto final mientras él daba sus clases en un curso de una universidad, la de Utrecht si no me falla la memoria.

En octubre de 2011 apareció el libro, que repetía los relatos de la primera edición y dos que suponían la novedad de la reedición: Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad y El miedo de los niños. El primero había aparecido en El País el día 28 de agosto de 1999 con un título distinto (Borrador para un informe sobre la brigada de la realidad). El segundo, El miedo de los niños, me deslumbró por su calidad, por su atmósfera envolvente de misterio, inocencia y maldad. Ahora aparece reelaborado, como libro autónomo y desprovisto de las adherencias que los demás relatos pudieran suponer. El propio autor explica:

MARÍA ROSA ARÁNEGA Ilustración p. 19

«He hecho alguna pequeña corrección, pero poco más. Este es un cuento muy largo, casi una novela corta, y además es un cuento muy específico. Cuando se iba a reeditar mi libro de cuentos en 2011 pensé en añadir uno más, y empecé a escribir este de El miedo de los niños, aunque creí que iba a ser mucho más breve. Después de publicarlo me dio como remordimiento, porque esta historia había sido escrita mucho después que todos los demás cuentos de la antología, así que no pegaba mucho con ellos, y además sentía que al estar dentro de ese libro había perdido una parte del relieve que yo quería darle, de ahí que ahora se haya publicado de manera individual. Te diré que es una historia muy importante para mí, porque es de las cosas que he escrito en las que he puesto más pasión y más de mi propia sensibilidad, pero no verás grandes cambios si ya leíste la versión de Nada del otro mundo» (Entrevista a Muñoz Molina. Jaime Fernández y Jesús de Miguel. Tribuna Complutense, 09/11/2020).

Ha sido un placer volver a leer la sórdida experiencia de Bernardo, un niño que sufrió poliomelitis y quedó paralítico de una pierna, lo que le obliga a llevar una pesada estructura ortopédica y Esteban, su primo y valedor en la escuela y en la calle. El uno tiene una imaginación calenturienta que le hace ver por todas partes la amenaza de los tísicos, que sacan la sangre a los niños en grandes damajuanas para los enfermos de un vecino sanatorio, una versión vampírica del mito popular del Sacamantecas, en tanto que Esteban, más realista y escéptico, intenta creer lo que su primo le cuenta, aunque solo consigue asumir el miedo malo, tan diferente del miedo gozoso que le producen películas como El fantasma de la Ópera. En su inocencia infantil no ha llegado a cuajar el concepto de pedofilia, una forma aún desconocida de vampirismo, y ambos niños comparten confidencias y miedos, mientras intentan comprender el mundo que los rodea. Muñoz Molina le imprime al relato un giro repentino, una suprema vuelta de tuerca (como había hecho con el último capítulo de su Beatus ille), consiguiendo con ello un brillante remate del cuento, tal vez el mejor que ha escrito.

MARÍA ROSA ARÁNEGA Ilustración p. 63

En el universo de este relato late la infancia del propio autor, los mitos y miedos que lo agobiaron, su universo íntimo. De hecho, el embrión de este relato había aparecido en una de sus columnas periodísticas: Los mantequeros de Perú (El País n. 4.785, 26/05/1990), una de las primeras columnas de la serie Las apariencias, que también aparece en el libro homónimo de 1995. En dicha columna se lee:

«En casi nada fuimos tan precoces como en el aprendizaje del miedo. Para nuestros padres y nuestros abuelos, supervivientes de una guerra, el miedo era una norma de conducta instintiva. Para nosotros fue desde el principio una forma de conocimiento. Si nos apagaban la luz mientras subíamos al acostarnos, la honda y alta escalera se poblaba de fantasmas. Se nos hacía de noche jugando en la calle y cuando volvíamos a casa cada portal entreabierto y cada esquina mal iluminada por una bombilla desnuda podía esconder la presencia de un merodeador sin rostro, amparado en la sombra como en el embozo de una capa. Teníamos miedo de los mantequeros, de los vagabundos que cargaban sacos donde podrían esconder el cadáver de un niño. Teníamos miedo sobre todo de los tísicos, hombres invisibles que viajaban en automóviles negros y en grandes furgonetas donde guardaban bidones de cristal llenos de sangre. De cuando en cuando, entre los corros que jugaban por los callejones, se extendía el rumor de que alguien había visto el coche de los tísicos, hombres muy pálidos, vestidos con batas blancas y sombreros de hongo, que raptaban a los niños y los degollaban para vender su sangre en remotos sanatorios de millonarios moribundos que gracias a ello ganaban días o semanas de vida. No nos atrevíamos a salir cuando había oscurecido ni a volver solos de la escuela, y vigilábamos con recelo y espanto las caras de los desconocidos y el interior de los coches aparcados cerca de nuestras casas. Para imaginar los bidones de los tísicos recordábamos los lebrillos de barro que rebosaban sangre en las matanzas».

MARÍA ROSA ARÁNEGA Ilustración pp. 72 73

Así pues, el cuento no es tan ajeno al escritor como él asegura en la entrevista citada: forma parte de su espíritu como una obsesiva fuerza mental y de la noticia periodística y de su propia mente saltó felizmente a la ficción literaria, una ficción deslumbrante que merece el reconocimiento de los lectores. La indefensión del niño y su miedo consecuente también había sido el argumento de otras dos columnas, ambas tituladas también El miedo de los niños: la primera apareció en El País, edición de Andalucía, el 8 de febrero de 1997 y trata del acoso escolar al que se ven sometidos los niños débiles de carácter, los que rehúsan la pelea. También una columna homónima apareció en el Babelia n. 1.027, del 30 de julio de 2011, un mes antes de que el cuento empezara a formarse en la mente del autor. En esta ocasión hablaba del miedo como forma primigenia e iniciática de comprender la realidad, siempre presente en todas las civilizaciones. Todo eso está en este relato que reaparece ahora, con toda su magia antigua e intimista.

El libro ha sido editado con tal acierto físico que enamora: tamaño, portada, tipografía, estética… se alían con el contenido para conseguir un volumen preciosista por diseño y contenido, que en mi opinión merece un premio a la edición. Cuenta, además, con otro aliciente: las delicadas ilustraciones de María Rosa Aránega, que ha conseguido una textura granulosa, casi de estarcido, en sus dibujos llenos de grises, una perfecta representación del miedo que atenaza a los protagonistas como un grumo secreto y gris, que la ilustradora ha sabido plasmar de forma genial. Por primera vez, tras muchos años de lector empedernido, percibo que las ilustraciones no son un añadido ni un adorno, sino que forman parte de la historia, tal es la sinergia con que texto y dibujos se sincretizan para inundar la conciencia del lector, igual que esas canicas que desde la portada hasta el último párrafo en que la bolsa de canicas de Bernardo se desparrama cincuenta años después en el piso de Esteban llenándolo todo de magia y memoria, de sueños y miedos ancestrales.

Ahora que estamos confinados, que no podemos salir de cervezas ni a comer fuera, El miedo de los niños me parece una excepcional forma de llenar el ocio. Que disfrutéis su lectura.

Alberto Granados

NOTA: He usado las ilustraciones de María Rosa Aránega con permiso expreso de la ilustradora.

 

3 comentarios

Las siete edades

Fernando de Villena, el prolífico autor granadino, ha sacado en plena pandemia una nueva novela (y tiene otro libro esperando el momento de la presentación). Se trata de Las siete edades (Sevilla, Editorial Niñaloba, julio de 2020, 202 páginas), escrita hace diez años, aunque aparezca ahora. El título hace referencia al trayecto vital de los tres personajes centrales, cuyas biografías se reproducen a través de tres fuentes que se entrecruzan y complementan con la complicidad del lector, quien debe armar el rompecabezas y estar atento a alguna contradicción que, solo al final, cobrará su significado cabal y se comprenderá la verdadera naturaleza de la voz narradora.

          Dividida en siete capítulos que hacen referencia al título —Niñez (1956-1965), Adolescencia (1966-1974), Juventud (1974-1979), Primera madurez (1979-1987), Madurez plena (1987-2000), En las puertas de Vejecia (2000-2010) y Senectud, en este caso, una carta— más una Introducción metaliteraria que firma Lía Schindler, una supuesta estudiosa de Arte, también firmante del último y sorprendente capítulo, Las siete edades recorre las vidas de tres amigos de la infancia a través algo más de cincuenta años.

          El lector, acompañado por la prosa preciosista de Villena, irá armando en su mente la peripecia vital de los pintores Rodrigo Corpas y Alfredo Bastida y del arquitecto Julián Ayala a partir de los fragmentos las memorias de Julián Ayala, el diario de Alfredo Bastida y el epistolario de Rodrigo Corpas, en que cada uno refleja su percepción de los otros dos amigos. Siguiendo estos tres corpus biográficos se obtiene un friso histórico y humano de lo que fue la Granada del franquismo, la época sevillana de los estudios universitarios, los enamoramientos de los personajes, su evolución posterior, las ambiciones más o menos confesables, la evolución histórica de un país que pasó del franquismo a una transición democrática, la victoria socialista de 1982 y la aparición de una nueva clase intelectual, la fama y el fraude que puede haber detrás una vez que se ha alcanzado un nivel de reconocimiento avalado por los grandes gurús de la cultura oficial, el sentido del fracaso injusto, las traiciones, la desafección y el rencor, etc. Un material muy hábilmente montado por Fernando de Villena, que ha dado suficientes muestras de su maestría como narrador y que ha aparecido bastantes veces en este languideciente blog.

          Hay, sin embargo, un reparo: Fernando es una persona (y un escritor) siempre lleno de preocupaciones éticas, religiosas y existenciales. Esta circunstancia lo lleva en alguna ocasión a incluir en sus textos novelísticos una carga doctrinal que entorpece el ritmo narrativo. En esta ocasión son sus ideas sobre quiénes son los amos del mundo, el funcionamiento del mundillo cultural y el triunfo artístico, el desengaño político… ideas que ya han ido apareciendo en otros volúmenes suyos (ya lo hizo en La revolución pacífica y otros artículos conflictivos, Barcelona, Ediciones Carena, 2015) y que aquí le dan a su novela un aire trascendente que lastra el fondo narrativo, como sucedía con las antiguamente llamadas novelas de tesis. En concreto, sus ideas sobre las claves del éxito literario ya iban en el Manifiesto del Salón (1994), en que varios autores se quejaban, con razón, de las escasas posibilidades que una ciudad de provincias podía ofrecer a su producción literaria, según ellos, proscrita en los grandes circuitos editoriales, proscrita por los mismos que decidían en despachos políticos. No estoy de acuerdo en todo, pero entiendo esta vieja querella. Sé de la calidad de muchos autores locales, calidad que jamás se va a ver reconocida fuera de esta ciudad y sé que eso es doloroso para cualquiera. Pero no se puede anatemizar a priori a quien haya conseguido el éxito. Creo que no todo en el reconocimiento literario es política. La existencia de un padrino político podría encumbrar transitoriamente a algún autor, pero el éxito prolongado, los premios internacionales, la traducción a los idiomas más prestigiosos… no es cuestión de despachos, sino de méritos y de esa puerta que se puede abrir, casi milagrosamente, para filtrar esa obra redonda con que todo escritor sueña y hacerla llegar al gran público. Dicho de otro modo: no todo triunfo artístico tiene que ser fruto de una claudicación espúrea, de una venalidad que jamás ha pasado de una mera hipótesis injustificada y, en ocasiones, dirigida ad hominem. La generalización aquí puede llegar a injuria y eso está muy lejos de la forma de ser de Fernando.

Salvando esta objeción, Las siete edades es una novela magnífica y amena, con unos registros muy reconocibles de la calidad de Fernando y con una interesante trama que deja abierto un episodio definitivo para cuadrar al personaje central, para saber si hay que reprocharle algún gravísimo alegato más de los que aparecen implícitos en los materiales de sus dos amigos. No puedo ser más explícito, así que ahí lo dejo y que sean los lectores quienes establezcan el último veredicto.

Alberto Granados