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Luis Salvador

 

        Desde hace unas horas, la alcaldía de Granada está en manos de don Luis Salvador García, hasta el sábado concejal del ayuntamiento por Ciudadanos. La vara de primer edil le ha llegado tras un pacto con el PP local y el apoyo de Vox. Ese pacto reparte la alcaldía de nuestra ciudad en dos períodos, de tal forma que el nuevo alcalde lo será durante los próximos dos años y después cederá el bastón a don Sebastián Pérez, del PP. Sería uno más de los desvergonzados chalaneos a que nuestra clase política nos tiene acostumbrados si no se diera un circunstancia excepcional: el nuevo y provisional alcalde ha sido compañero de militancia en el PSOE hasta 2013, año en que de la noche a la mañana se pasó a Ciudadanos, aparentemente sin más motivo que el de no haber salido propuesto en lista alguna para seguir en sus cargos.

Luis Salvador y Sebastián Pérez en plena muestra de respeto a la soberanía popular.

Luis Salvador y Sebastián Pérez en plena muestra de respeto a la soberanía popular.

        Si se repasa su currículo, se comprobará que fue diputado y senador socialista e intentó establecer una corriente interna (mayo de 2013) en el partido que, sobre el papel, pretendía renovar las estructuras y abrir estas a la crítica de sus desfallecidos militantes. Fui invitado a integrarme en esta corriente, llamada Socialismo & Ciudadanía, algo que decliné porque siempre me pareció que en realidad, tras la vana palabrería, se ocultaba la ambición desmedida de mi entonces compañero Luis. Socialismo & Ciudadanía, me pareció un mero intento de asentarse irrevocablemente dentro del partido y asegurarse un puesto lo más vitalicio posible. Tiró de algunos nombres que han aparecido en listas del partido de Albert Rivera, y que ahora reniegan de su pasada militancia, de su izquierdismo, de su biografía insoslayable.

        Conste que los postulados de aquel manifiesto presentado en Segovia no me parecieron mal, porque el PSOE ya estaba por entonces bastante alejado de la democracia interna que debe reinar en un partido que se dice de izquierdas. De hecho, yo me salí poco después. Pero yo, que jamás he tenido la menor ambición política hice lo que entiendo más honesto: irme a mi casa y, sin perder mis ideales socialistas, esperar tiempos mejores. Esa fue mi opción, tan distinta a la del nuevo alcalde, que de la noche a la mañana se cambió la chaqueta, comprobando fehacientemente el hecho de que no se contaba con él en el PSOE provincial y que su fulgor socialista había declinado para siempre.

       

        Ya por entonces, lo dije en un hilo de Facebook: lo decente es que un militante decepcionado se quede en su casa, intente pasar desapercibido y no practique ningún tipo de obstrucción al partido en el que has estado militando y ejerciendo cargos. Pero él y yo debemos de ser muy distintos, pues una noche se acostó siendo socialista y se levantó siendo parte importante de Ciudadanos. Lo dije entonces: o no era tan buen socialista por la noche o no era tan buen ciudadano por la mañana.

        Y tras las elecciones del pasado mayo, don Luis Salvador, que ha obtenido tres brillantísimos concejales, se considera moralmente autorizado a desalojar a Paco Cuenca (ex-compañero común del PSOE, hombre afable y que se ha multiplicado para gobernar Granada decentemente) de la alcaldía, pactando con el PP y con Vox, esa moda que me molesta que se llame pacto a la andaluza, porque ya es enteramente nacional.

        PP y Ciudadanos, que llevan mucho tiempo quejándose de que los problemas de Granada se resuelvan en Madrid o Sevilla, olvidan sus discursos añejos y resuelven desde Sevilla y Madrid el gobierno municipal granadino en sintonía con la nueva Junta de Andalucía y en contradicción con los resultados de lo que los granadinos expresamos en las urnas (Paco Cuenca, del PSOE, obtuvo el mayor número de votos y de concejalías -10 de las 27 disponibles-, realidad esta que parece ser secundaria para los nuevos munícipes).

        Veremos qué nos depara el futuro. La política española está llegando a unos niveles de deterioro que ya asustan (la presencia de Vox en las instituciones me parece una vergüenza inadmisible). Por lo pronto, nuestro Luis Salvador, con su aire de Havard y sus buenos modales de señorito cacique, ejerce desde el sábado como alcalde, que parece ser lo que quería. Otra cosa es que se le pueda considerar legitimado o no. Su pasado socialista, sus compromisos morales con su biografía, su actitud de ahora y su ambición desmedida me lo deslegitiman, pero yo es que soy muy raro.

        En estos dos años de venalidad, se va a tragar más de un sapo, se va a cruzar con miradas de gente que, al igual que yo, se considera traicionado por su pragmatismo indecente. Dos años de alcalde: ese ha sido el precio de este judas con el que he compartido asambleas, expectativas, noches electorales, etc. Y como el camino de los tránsfugas no tiene marcha atrás, cuando caiga dentro de Ciudadanos, siempre le quedará la posibilidad del PP, de Falange o Vox. Tiene estómago para eso y para más. Con su despreciable pan se lo coma.

Alberto Granados

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Los pecados de nuestra clase política

        Afortunadamente, en muy pocas horas la pesadilla electoral habrá terminado (o no) para el sufrido electorado que tenemos que aguantar la zafiedad de nuestros políticos. Y después ya será otra cosa, más suave, más cotidiana y llevadera (o tampoco). Me gustó el mensaje de la nueva presidenta del Congreso, en el punto en que dijo que era una magnífica oportunidad para pensar en la ciudadanía más que en el permanente juego de los partidos y sus caras visibles.
        Y es que, por desgracia, la vida política se ha convertido en un nauseabundo vertedero en que el debate se ha sustituido por memes en las redes y la verdad en esa deleznable y constante sarta de acusaciones (verdaderas y falsas), embustes descarados, juicios de intenciones tan indecorosamente expuestos como verdades absolutas y otras lindezas con que suele abrumarnos esta degenerada clase política que nos hemos labrado a través de las urnas.

El hemiciclo del Congreso debería ser la quintaesencia del respeto y el diálogo. Imagen de Dani Duch tomada de La Vanguardia

 

        Hay una realidad insoslayable: los partidos carecen de líderes significativos. Si líder es el que conduce a una masa de seguidores, se supone que de forma entusiasta, eso ha desaparecido de nuestro panorama político y hay que echar la vista hasta los tiempos de la República, de la Restauración incluso, para encontrar líderes irrebatibles, figuras del parlamentarismo que dignificaron las Cámaras y tuvieron una brillantez de pensamiento y una oratoria que echamos en falta. Hoy hay solo cabezas de lista y jerarcas, a los que afiliados y votantes siguen fatigosamente, más por lealtad que por fe en semejantes señores o señoras, que suelen llevar un montón de legislaturas a cuestas y en los que, con frecuencia se ven muchos más motivos para haberse retirado que méritos incontestables. Remedos tímidos de aquellos diputados tal vez pudieran haber sido Felipe González, Adolfo Suárez, Alfonso Guerra… que llegaron a alcanzar algo de la gloria parlamentaria a la que acabo de referirme.
        Lamentablemente, eso quedó atrás. Básicamente, porque los mismos jerarcas de los partidos llevan años yugulando a cualquier militante que empiece a hacerse notar, a alguien que pudiera llegar a hacerles sombra, a sustituirlos y condenarlos al ostracismo. Es decir, no hay líderes reales por la incompetencia y el egoísmo de los líderes ya gastados por el uso y la apatía. Buen panorama.
        Ante la falta de liderazgo y, especialmente, de ideas, la actual clase política recurre a la teatralidad en las cámaras; en ausencia de una línea de pensamiento, se echa mano a la tramoya política, al golpe de efecto. Las ideas parecen haberse sustituido por camisetas con mensaje o colorines simbólicos, el bebé de la Sra. Bescansa, la impresora de Rufián o los vergonzosos lazos amarillos del parlamento catalán. Nos dan gato por liebre y tragamos, que es el problema.
        Hoy ningún partido mira a la ciudadanía sino a los institutos de opinión y se adoptan posturas o se anuncian medidas que pretenden, por encima de la salud de la cosa pública, levantar índices de intención de voto.
        Y en una horas iremos a las urnas y votaremos a gente que no nos dice gran cosa ni levanta grandes expectativas, pero que jurarán su cargo y reproducirán este mismo esquema de pobreza ideológica y estrechez política.
Ante esto, releo con nostalgia un párrafo de un libro que reseñé el verano pasado: De senectute politica, de Pedro Olalla. En su página 37, la voz narrativa enumera los motivos que justifican que un ciudadano delegue en un estado su participación en la cosa publica. Lo reproduzco aquí:

        «¿Te acuerdas de aquellos principios? ¡Cómo podrías tú, precisamente tú, no recordarlos! Isonomia: la igualdad política; isegoria: la igualdad en el uso de la palabra; parrhesia: la virtud de atreverse a emplearla para decir la verdad; boule: la voluntad de participación en lo común; eunomia: la vocación de la ley por la justicia; dike y aidos: el sentido de la justicia y el de la vergüenza, repartidos por la divinidad a todos como fundamento de la soberanía; dikaiosyne: la justicia en sí misma, cuya falta es el único mal verdadero—corno nos enseñó Gorgias—, y cuya existencia conduce a los hombres a la única felicidad posible en la tierra —como le revelaron las Musas a Hesíodo—, seisachtheia: la supresión de las deudas que conducen a la esclavitud; eleos: la piedad, esa otra igualdad ante el dolor y la desgracia ajenos, prueba de que existe la dignidad humana; paideia: la educación, en su sentido de cultivo permanente de la personalidad y de las facultades; aristeia: la excelencia como proyecto personal y colectivo; eleutheria: la libertad como atributo inalienable del ser humano; y eudaimonia: la felicidad como realización plena de la persona y como razón de ser del Estado. Como razón de ser del Estado, Marco. Da escalofríos. ¿No sientes, al tocarlas, que aún queman estas brasas?».

Pablo Casado (o la autocomplacencia) en una comparecencia. Imagen de Javier Barbancho tomada de El Mundo

        ¿Qué queda de todo esto en la lucha por el poder entre las distintas opciones políticas? Sí, ya tengo una edad más que suficiente para no creer en las hadas y conocer la naturaleza humana, pero es que la distancia entre los principios que hicieron aparecer la democracia y la bazofia actual es exageradamente astronómica y seguimos tragando. Su corrupción, sus contradicciones, su arrogancia, su prepotencia, sus malas maneras y su indiferencia ante los problemas reales que impiden la felicidad de la gente.
        Durante la campaña, que he seguido muy livianamente, me ha escandalizado el ver que los programas de PP, C’s y Vox no contienen más que una sola idea: derribar a Pedro Sánchez, que hace menos de un mes acaba de ganar unas elecciones. Que alguien me explique si Casado y Rivera tienen la menor convicción democrática, si les queda el menor resto de decencia. Hacen muy bien de defender sus propuestas, incluso exponer sus hipótesis sobre Sánchez, pero limosnear votos basándose en estas hipótesis (Votos en el Congreso a cambio de libertad de los presos del procés), que por el momento sólo son hipótesis, me parece de una total falta de dignidad y talla políticas. Junto al Defensor del Pueblo, nuestra Constitución debería contar con un Defensor de la cosa pública, un árbitro con capacidad para frenar estas actitudes, muy asumibles en el nivel privado de la persona, pero no en el enfrentamiento político. Pero eso parece importar poco. Una vez más, recurro a César Vallejo: «España, aparta de mí este cáliz».

Alberto Granados

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Elecciones anticipadas

 

        Cuando el pasado 1 de junio se produjo el cambio presidencial, tras la moción de censura que desalojó a Rajoy de la Moncloa, predije que el camino que tenía que recorrer Pedro Sánchez iba a ser muy difícil y lleno de añagazas. Y así ha sido: una presión casi irracional, un cúmulo de mentiras prefabricadas y difundidas sin el menor rubor ético, una desvergüenza lejanísima del menor sentido democrático. Ciudadanos y el Partido Popular han intoxicado la política nacional hasta hacerla irrespirable. No parecen haberse dado cuenta en estos once meses de un hecho: Sánchez llegó a la Moncloa por una verdadera emergencia nacional. Rajoy y su corruptela no podía seguir ni un minuto más en la presidencia de un estado europeo.

        Por otra parte, la última investidura de Rajoy fue agónica: hicieron falta dos consultas electorales, el rey le encargó la formación de gobierno y desistió, consciente de su incapacidad para ello. Los pactos resultaron inviables y España estuvo prácticamente un año con un gobierno en funciones (yo más bien diría en disfunciones). Ante esta situación, los demás partidos deberían haber asumido lentamente la presidencia de Pedro Sánchez. Por responsabilidad, por talla de estadistas, porque la ciudadanía bien se merece un período de estabilidad.

FOTO ©MIGUEL BERROCAL

        Pero no ha sido así. En realidad, estos once meses han servido para abrir todas las brechas posibles. Entre españoles, entre los españoles de Cataluña y los demás, entre izquierda y derecha. Y el mantra inequívoco, persistente, cansino, ha sido: convoque elecciones. Y para conseguir esos comicios no han dudado en usar la prensa afecta, las redes y foros, el anonimato de internet y todo lo más deleznable que pueda pensarse. Un ejemplo: Casado y Cifuentes, con másteres más que dudosos, arremeten contra Sánchez, cuya tesis es clara, por muchos rastreos a que se someta. Yo estoy llevando a cabo un trabajo de investigación sobre determinado autor en el que sé que voy a usar cientos de sus citas. ¿Invalidará eso mi trabajo? ¿Cómo puede Casado usar como argumento contra Sánchez el lastimoso asunto de la tesis? Pero el objetivo no es la verdad, sino desestabilizar de la forma más egoísta que se puede concebir.

        La prepotencia con que Pablo Casado ha llevado a cabo su campaña, la virulencia de sus argumentos, la falsa seguridad que le ha llevado a repetir mil veces que había que echar a Sánchez para situarse él, la desvergüenza, la sonrisa prefabricada de triunfador… no han conectado con el electorado, tal vez mucho más demócrata que el líder (¿líder?) popular. Y ayer le llegó su sanmartín.

        Ciudadanos se quedó descolgado en pleno ascenso cuando Sánchez ocupó la Moncloa, lo que lo obligó a escorarse a la derecha. Y apareció Vox. No les ha quedado otro remedio a los naranjas que olvidar que estuvieron a punto de apoyar a Sánchez y buscar parte de electorado hasta ayer del PP.

 

 

Imagen del balcón de Génova (AFP)

 

        Pero esas elecciones anticipadas fueron ayer y el resultado es conocido. ¿Qué harán a partir de ahora Ciudadanos y PP? Creo que ya no tienen pretexto alguno para deslegitimar al PSOE, que ganó por goleada. Ahora ambos partidos tendrán que ejercer la oposición, pero decentemente, sin fullerías ni indignidades. Tendrán que retratarse y hacernos ver que están ahí para hacer funcionar un país, no para torpedearlo solo por machacar al presidente Sánchez.

        España no es la suma de las ambiciones y rabietas de Casado y Rivera. Es algo mucho más sólido, aunque pueden desmoronarlo en pocos envites. Pidieron elecciones anticipadas y se celebraron ayer. Ahora les toca asumir, más allá de lo que digan ante la prensa, que ha ganado el PSOE y demostrar fehacientemente que saben la responsabilidad que les ha caído a través de las urnas: ser oposición, pero sin confundir su labor con el allanamiento de la Constitución. Lo han dejado clarísimo las urnas, esas urnas anticipadas que ellos mismos reclamaban.

Alberto Granados

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Semana desconcertante

 

 

         Imaginemos una pareja que un día de primavera pasea por una ciudad turística con sus hijos pequeños y se encuentran con un desfile en el que un hombre torturado y sangrante es golpeado, escarnecido, obligado a arrastrar su propia herramienta de tortura, ejecutado… La pareja, seguramente, trataría de evitar que sus hijos vieran semejante carga de dolor y violencia y se los llevarían a otro lugar más apacible para no fomentar terrores nocturnos ni el impacto emocional que la escena pudiera dejar en sus retoños. Como cuando en una película sangrienta se cambia de canal por la presencia de niños.

         Pero el asunto cambia cuando se trata de esos días desconcertantes que llamamos semana santa: durante esos días la sensibilidad de los espectadores alienta la degustación de llagas, heridas, sangre y tortura de los cristos, el dolor de las vírgenes-madre, la maldad amenazante de los sayones… Se dice que para mover a la piedad a los espectadores. Para tal fin, se acota una parte de la ciudad en la que se instalan tribunas, se machaca el sistema de transporte urbano, todo se llena de una imaginería milenarista, como de cuadro de Brueghel, de espíritu contrarreformista, en un irracional salto cronológico.

BRUEGHEL EL VIEJO El triunfo de la muerte

         Para el observador menos sutil, salta a la vista el gigantesco desfase entre la realidad social de los tiempos de Instagram, Twitter y Whatasapp y la llamada semana de pasión. ¿Qué tienen que ver los usos y costumbres de cualquiera de nosotros con la exhibición impúdica de tanta llaga y tanto dolor? Mientras la sociedad se hace cada vez más laica, mientras nuestra juventud se marcha a vivir con sus parejas fuera del matrimonio canónico, mientras gozan con toda naturalidad de una absoluta libertad sexual, es llegar la semana santa y acatamos un engaño colectivo al exhibir una piedad de guardarropía y una devoción que durará exactamente hasta el domingo de resurrección, un paréntesis tras el que cada uno volverá a ser quien era antes de la mojiganga colectiva.

         He dicho en este blog que entiendo el sentido religioso como un hecho que pertenece estrictamente al ámbito de lo privado, algo en lo que nadie tiene por qué inmiscuirse. El problema surge cuando las creencias y devociones privadas ocupan lo público de forma aplastante e invasiva, cuando se cuelan en los medios de comunicación, cuando el ciudadano no encuentra manera de evitar que la dichosa semana santa lo arrolle. Cuando la calle deja de ser tuya, cuando mi paseo diario se ve amenazado, cuando el silencio se ve roto por tambores y cornetas, cuando se nos roba la ciudad. Estoy dispuesto a transigir con el sector de los creyentes: son sus días. Transijo menos con los turistas y espectadores, que miran un espectáculo más. Y no transigiré nunca con los gestores de tanto teatro, cofradías e Iglesia, que necesitan ese fervor, en la mayoría de los casos falso o sobrevenido, lleno de escenas de histeria e incongruente.

         Y añado un matiz: las cofradías tiene todo su derecho a ejercer su actividad y no seré yo quien lo niegue. Y la Iglesia, siempre taimada, a considerar ese aparente fervor como un triunfo ideológico y un acto de propaganda. Allá ellos, si se quieren engañar: la realidad social es la que es.

Piedad de la escuela barroca de Valladolid

         La semana santa cuenta con otros añadidos que me desazonan. Que un cristo o una virgen lleven un fajín franquista, una condecoración, un rango militar, un bastón de general, me parece un despropósito; que una cofradía se inmiscuya en los entresijos de nuestro sistema penitenciario y libere presos; que una procesión traiga a los caballeros legionarios a montar su espectáculo y cantar uno de los himnos más impresentables por su contenido; que pululen por la ciudad cofrades sacando pecho con su medalla y su báculo, henchidos de triunfalismo, a veces acompañados por su esposa e incluso hijas preadolescentes con su mantilla y su medalla cofrade, como el más ufano de los hombres que tiene a su familia bajo control y ha conseguido una unanimidad sospechosa; que haya familias en que los bebés ya van vestidos de nazareno o de costalero; que cuando una procesión se queda en su templo podamos ver gestos de histeria y llantos incontenibles, especialmente si hay una cámara de televisión al acecho; que sea noticia que una mujer haya conquistado el honor de ser costalera; que nuestros cofrades inscriban en la cofradía al bebé recién nacido antes que en el Registo Civil… ¡Cuánto desatino y qué falta de realidad! Y la mayor parte de la sociedad se pliega al montaje y hasta lo celebra impúdicamente.

         ¿Qué tiene que ver nada de esto con la realidad? ¿Queremos engañarnos? ¿Debemos asumir que nuestro país es cómo parece ser durante los siete días de semana santa? Seamos realistas y, especialmente, ejerzamos nuestro sentido crítico ante tanta demencia y ante tanta simulación. Somos un país cada vez más laico, aunque después nos prestemos a esta representación colectiva. Lo único que me llega de tanto espectáculo es una saeta bien cantada.

        Y añado, para terminar, un segundo matiz: se engaña quien vea en estas líneas un ataque a las cofradías o a la Iglesia. Más bien trato de hacer una crítica (y tengo derecho) a tanta falsedad. Repito mi respeto absoluto a la dimensión privada de la fe e incluso a los sentimientos de los creyentes reales ante los desfiles procesionales. Lo que no puedo respetar es la ficción que acompaña al montaje. Y una precisión: más que un ataque, estas líneas pretenden ser una defensa, una llamada de socorro a mis derechos de laico, que los tengo, que se ven pisoteados durante estos días.

Alberto Granados

 

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Nuestra orquesta, intocable

 

 

 

         Granada tiene una orquesta sinfónica, nuestra OCG (Orquesta Ciudad de Granada), creada en 1990 durante el período en que Antonio Jara era el alcalde socialista de la ciudad. Fue uno más de los aciertos de este alcalde, que introdujo a esta provinciana ciudad en la modernidad, de forma indiscutible. En aquellos momentos fundacionales, la orquesta se fue colando en el ánimo estético de Granada y subir un viernes por la tarde al Auditorio Manuel de Falla, su sede, se convirtió en uno de esos placeres que esta ciudad, contradictoria como pocas, ofrece a sus habitantes. Subir la Cuesta Gomérez, adentrarse lentamente, resollando, en los bosques de la Alhambra y recuperarse en el espectacular mirador que sirve de entrada, viendo crepúsculos gloriosos pasó a ser una beatífica experiencia, una golosina previa a la liturgia del concierto. El regreso por la Alhambra añadía a la magia de la música recién paladeada, ese ambiente onírico del los sonidos del agua de las acequias y del viento en las arboledas junto al conjunto palatino nazarí. Tardes y noches que reconciliaban con el mundo al más insensible.

16 10 2015 Dudamel dirige a la OCG y a los chicos de Joven Orquesta Sinfónica en un ensayo, con Mahler de fondo.

        Y la orquesta fue asentándose en la ciudad, creciendo, ganando prestigio, actuando junto a solistas de primera fila, acompañando a coros de categoría internacional, participando en grabaciones notables, creando el Coro homónimo y generando unas expectativas pocas veces tan entusiastas en Granada, difundiendo la música sinfónica en los llamados conciertos didácticos o en los ensayos, a los que asistimos los viernes por la mañana tanto grupos de escolares como jubilados. Una prueba del entusiasmo local es que cuando se abre el plazo para los abonos de temporada, la gente madruga lo indecible para no perder su oportunidad y asistir al programa de los conciertos de abono.

        Pero las instituciones culturales, en este modelo de economía ultraliberal, parecen llevar en su interior el germen de la muerte por éxito, o tal vez de la extinción de lo superfluo, y la orquesta ha pasado varios períodos de carencias injustificables, como si fuera un adorno extravagante y prescindible para la ciudad. Yo he llegado a oír que la orquesta era “cosa de los rojos, que son muy listos ellos” y alguna lindeza más. Alguien me ha contado que a veces los músicos no pueden cobrar su mensualidad, o que no hay dinero para reponer instrumentos que se han estropeado, o para renovar los vestuarios.

        Ya en los 90, Antonio Muñoz Molina le dedicó a las desafortunadas circunstancias de la orquesta dos artículos valientes y reivindicativos, que reproduzco a continuación (con la autorización expresa del autor).

La música a otra parte, El País Andalucía 20/04/1996

La orquesta imposible El País Andalucía 26/11/1997

        Tras breves períodos de quietud, la amenaza se vuelve a sentir, hasta tal punto que el pasado viernes, pese a la lluvia, nos concentramos a las puertas del Ayuntamiento una pequeña multitud para apoyar a esa orquesta que sentimos como nuestra y que merece otro trato. Un grupo de escolares, con sus pancartas de papel que rápidamente destrozó la lluvia, gritaban eslóganes tales como “Si la Junta no paga / la orquesta no suena” y similares. Las pancartas deshechas parecían simbolizar malos presagios. Había varios concejales de la oposición, no sabría decir si apoyando o dejándose ver. Nadie del equipo de gobierno local.

Manifestación de apoyo a la OCG 05/04/2019

        Sé que la situación económica es la propia de un país escaso o justo de recursos. También sé la inmensa deuda que dejó el equipo municipal de Torres Hurtado cuando éste tuvo que salir del Ayuntamiento al verse imputado en la llamada operación Nazarí, pero que se deje morir a la orquesta en tanto que nadie reclama el dinero desembolsado para rescatar a la banca me parece un sarcasmo. Por no hablar del dinero que se da a la Iglesia, a asociaciones abiertamente fascistas y a otras de escasa representatividad social (me viene a la memoria una asociación cultural que se llevaba su buen pellizco de las administraciones para investigar la cocina andaluza, es decir: dinero para cuchipandas de los asociados). Viva Jauja.

        La situación no es nueva. A lo largo de su historia, la orquesta ha sufrido cornadas presupuestarias, los patrocinadores han empezado a reducir sus aportaciones y la crisis económica ha fulminado sus planes de expansión al tiempo que la plantilla se ha ido reduciendo a lo imprescindible. Y se está llegando a una situación insostenible. Pero ahí sigue, como sigue su público, como sigue esa Asociación de Amigos de la Orquesta Ciudad de Granada, esperando algo que no tiene nada de milagro, sino de realismo necesario, de necesidad insoslayable: Granada considera imprescindible a su Orquesta.

        Si España, Andalucía y el Ayuntamiento son, respectivamente, un país, una comunidad autónoma y una entidad en los que quede algo de seriedad y decencia, tendrían que salvar a nuestra Orquesta, pero de forma decidida, sin fisuras ni titubeos. Ni los músicos ni los granadinos nos merecemos la eterna incertidumbre que siempre ha rodeado a esta formación. Aspirar a la capitalidad de la cultura en 2031 al tiempo que se juega el futuro de nuestros músicos es un inaceptable contrasentido.

Alberto Granados

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Tus pasos en la escalera

        Un año después de Un andar solitario entre la gente reaparece Antonio Muñoz Molina con Tus pasos en la escalera (Barcelona Seix Barral –Editorial Planeta-, 12 de febrero de 2019, 320 páginas), una densa novela sobre la espera que yo he devorado en pocas horas.

        Tus pasos en la escalera es, ante todo, una trama sobre la espera de la mujer amada, un tema literario sobre el que Muñoz Molina ya había incidido anteriormente: me parecen insoslayables las referencias a su relato Si tú me dices ven, o a su novela por entregas En ausencia de Blanca, pero en el nuevo título muñozmoliniano todo es mucho más complejo.

        Para empezar, el autor plantea una interesante mezcla de elementos biográficos y un doble plano narrativo. Ha cultivado la autoficción en títulos como El jinete polaco, El viento de la luna, Ardor guerrero, Como la sombra que se va o el mencionado Un andar solitario entre la gente y en esta novela aparecen muchos elementos que parecen tomados directamente de su propia vida real: el traslado de Nueva York a Lisboa, el sillón de lectura, su necesidad de pasear la ciudad como un Robinson urbano… Y salvando esos aspectos, que son meramente circunstanciales respecto a la trama novelística, el autor nos sumerge en un juego de realidades en que el discurso narrativo del protagonista-narrador se desdobla en dos planos: la realidad real y la realidad ficticia, por paradójico que pueda parecer.

        El juego empieza con los dos domicilios de la pareja: el que han ocupado en Nueva York y el que tienen en Lisboa, ya preparado por el protagonista en todos sus detalles domésticos, mientras llega Cecilia, su pareja, una neurocientífica que está a la espera de terminar una comunicación para un congreso. Ambos compartirán este nuevo espacio, muy similar al anterior, ahora ocupado solamente por él hasta que llegue el ansiado momento de escuchar sus pasos en la escalera. En el primer tercio de la novela, todo resulta idílico. El protagonista-narrador afronta la reforma de la nueva vivienda, la distribución de los enseres y muebles llegados de su vida anterior, la distribución de libros, música, adornos y regalos que la pareja se ha intercambiado durante años.

Portada de Tus pasos en la escalera (Antonio Palmerini)

        También se describe a sí mismo como un fingidor nato: siempre ha sabido menos de lo que aparentaba en sus estudios o en su trabajo, ha asentido a postulados y reído bromas de los que ni siquiera se ha enterado por dificultades idiomáticas, ha simulado un entusiasmo laboral que era ficticio, lo que le ha valido una prejubilación forzosa. El libro se inicia con una cita de Montaigne que asegura: Hay que esconder su vida. Este fingidor está ahora en la tierra de Pessoa, el que decía: El poeta es fingidor./ Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. Y algo de esto hay en la novela, según el lector avanza por sus páginas.

        Bruno (solo se sabrá su nombre al final) pasa sus días pendiente del orden de la casa, de los paseos con su perra, de correr grandes caminatas junto al Tajo, bajo el puente. Hace lo mismo que hacía en su anterior enclave y los dos ámbitos llegan a confundirse, pues Muñoz Molina ha elegido dos ciudades que tienen en común un río, un puente, una casa muy parecida, el continuo tráfico de aviones que se acercan al aeropuerto o se alejan de él y que siempre le recuerdan los aviones del 11S. Muñoz Molina acrecienta ese paralelismo mezclando espacios y tiempos, creando así una confusa mezcla de realidades.

        Pero todo cambia cuando aparece “el silencio”, pesado como una losa. El lector intuye que la relación entre ellos no es exactamente la que él trata de reflejar y surge la duda de si Cecilia vendrá alguna vez, en tanto que el protagonista empieza a mostrar evidentes indicios de neurosis e inestabilidad emocional. Piensa que debería anotar todo pues se le olvidan cosas importantes; se convence de que no necesita nada material, solamente, el regreso de su mujer; acapara cuanto puede para ir cortando el vínculo con la realidad cotidiana… A estas alturas, el lector se pregunta, aún con la duda, qué ha pasado con Cecilia, si está viva, si va a abandonar Nueva York alguna vez… y surge el deseo de encontrar las respuestas a todas sus preguntas.

        Y el protagonista va desmoronándose poco a poco a los ojos del lector: esa confusión espacio-temporal entre las realidades neoyorquina y lisboeta, esa soledad buscada, esas referencias constantes al fin del mundo (el 11-S, incendios forestales, calentamiento global y sus efectos, desecación de ríos antes caudalosos, aparición de nuevos predadores, la política de Trump, las migraciones…), ese distanciamiento progresivo de la realidad, nos hacen comprender que la mente de Bruno es un hervidero de contradicciones, carencias y autoengaños. Pero aún queda desvelar algunas de las preguntas que han ido surgiendo durante la lectura, un gran acierto del autor, que mantiene un alto nivel de interés por conocer la realidad dentro de la ficción, lo que ha sucedido de verdad y lo que es pura fabulación de la mente enferma del personaje.

        Cecilia supone la clarificación del protagonista, el enfoque científico de sus procesos sensoriales y mentales. Le ha ido enseñando los entresijos de la memoria, de las sensaciones visuales y auditivas, de los mecanismos de defensa, de conceptos relacionados con el trabajo de su laboratorio, especialmente, la intervención de la amígdala cerebral, el hipocampo o el hipotálamo en conductas que intentan aprovechar positivamente el miedo, las experiencias traumáticas, el sufrimiento. Resiliencia, en definitiva. Cecilia lo ha experimentado con ratas de laboratorio y parece que Bruno repite la pauta resiliente frente a los efectos de su cataclismo interior, como una más de las ratas que su mujer pone en un laberinto de cartón para medir sus reacciones ante estímulos tales como descargas eléctricas o dolor.

        Mientras espera la llegada de Cecilia lee las memorias del almirante Byrd (que pasó seis meses aislado en una cabaña subterránea en la Antártida a varias decenas de grados bajo cero, en medio de una noche eterna y acabó desquiciado), y el lector comprende la progresiva similitud entre ambos procesos de aislamiento. A estas alturas, ese lector necesita saber definitivamente qué hay de realidad en lo que ha ido contando el único narrador, qué hay de ocultamiento o de fingimiento y, especialmente, qué ha sido de Cecilia, tal es la intensidad del suspense creado por el autor de Úbeda.

        Una prosa amenísima, un personaje alucinado y alucinante que nos pone en contacto con otros personajes inciertos, un juego de espejos entre la realidad de la ficción y la ficción de la realidad. Todo esto aparece en esta última y excelente entrega de Antonio Muñoz Molina, al que hay que agradecerle este nuevo hallazgo y pedirle que pronto nos regale otro. El final, que me reservo, es la gran apoteosis que pone orden en el caos o tal vez lo desordene definitivamente, como si fuera el fin del mundo del que tanto habla el protagonista. Y el lector se queda con ganas de más, al menos, mientras suenen (o no) los pasos de Cecilia en la escalera.

Alberto Granados

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Relatos recuperados: LA AGONÍA DEL HOMBRE BUENO

        Hoy hace diez años que puse este relato en mi antiguo y desaparecido blog. Lo recupero en el octogésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado:

        Soy Juan de Mairena, el apócrifo filósofo creado por la mente de don Antonio, ese hombre bueno en el buen sentido de la palabra. Soy sólo una criatura ficticia, el trasunto de este moribundo, el alter ego del filósofo que yace en su cama de la pensión Quintana, esperando la muerte en este frío mes de Febrero de 1939. Por un extraño milagro, fuera de toda lógica, ahora que se muere mi poeta, afloro yo, invisible, casi inexistente, casi sueño entre nieblas, para estar con él en la hora del último viaje. Puedo verlo en su cama, casi una estatua yacente. El sudor empapa todo su cuerpo, aunque el frío lo está matando. La fiebre lo hace arder. ¡Cómo le gustaría un poco de sol!… ese sol radiante de su Sevilla natal, o el frío sol de Soria, o el sol mezclado con un paisaje de ocres y verdes de olivo de ese campo, campo, campo, campo de Baeza…

        He andado tantos caminos… Sí, ha andado muchos caminos, pero éste es el último y más amargo, el de la derrota y la pérdida. Y del sufrimiento. Los veo a todos sufrir. Su madre, su hermano José con su mujer, el propio poeta… ¡Cuántas cosas ha perdido! Leonor, Guiomar, España, la República… y a su hermano Manuel. Eso sí que le ha dolido. Su hermano del alma, convertido en un fantoche del régimen… Nunca pudo esperar que la vida le arrebatara tantas cosas, tantas personas queridas…

        Aquí está, al arbitrio de lo que haga el gobierno francés, que casi seguro, va a infligirle una nueva traición a la República. Está aquí muriéndose, en esta lúgubre chez Quintana, pero los que están fuera…., pobres exiliados, que de repente son prisioneros, tirados en la playa, con estos fríos… Los tratan como a perros, según cuentan. Vaya con el gobierno francés, cómo nos ha dejado a nuestro aire. ¡Pobres republicanos españoles!

        Don Antonio sabe que se está muriendo, aquí, tan lejos de su mundo. Piensa en lo que la vida le ha dado y le ha quitado. Ha tenido una fama que nunca necesitó, algo de dinero que nunca ambicionó y dos amores fuertes, mágicos, intensos como la vida, sin los que no hubiera podido seguir. Al menos eso le regaló la vida, en esto bien generosa. Pero siempre la muerte se lo ha ido arrebatando todo. La muerte y también la guerra, este fascismo que ha segado de raíz a lo mejor de España… Oye a la madre llorar en la habitación de al lado. Siente una profunda angustia, pues quisiera morir después que ella, ahorrarle un último sufrimiento, pero casi es mejor que no formule siquiera este deseo. Un perdedor como él sólo obtendría en esto otra nueva derrota. Si ella muriera antes, sería muy doloroso, lo sabe… (¡Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar!), pero es preferible a que la pobre anciana vea como muere su hijo…

 

 

Machado muerto, envuelto en la bandera republicana (Imagen de la Vanguardia)

        Se ahoga. La tos persistente y metódica lo ahoga. ¡Ha fumado tanto toda su vida! Ahora ya no tiene tabaco. Ni tabaco, ni mujer, ni República. Ni existe el frente. Cuántos jóvenes han muerto en defensa de la España de todos… y ha sido para nada. A mediados de enero los fascistas han podido decir que ya no existe frente. Primero fue el heroico Madrid. Hace poco más de un mes ha sido Barcelona. Después… la triste nada, el éxodo, las familias separadas, los ancianos abandonados, las maletas perdidas… ¡Cuánta amargura! ¡Cuánto sufrimiento para morir! ¡Qué tiempo más ingrato le ha tocado!

        El tiempo… Ha escrito tanto sobre el tiempo… sobre el sentido de su inexorable paso, de la medida del ser humano… ¡Y yo, su Mairena, he dicho tantas cosas en su nombre! Y, creo, siempre han sido cosas tan certeras… Él lo piensa: Hay que ver, Mairena ha salido más sabio, más filósofo, más feliz que su creador. Mairena no ha sufrido la humillación del exilio, este exilio lleno de angustias, de amarguras… Sin embargo, yo al menos estoy vivo, muriéndome vivo y él no, ¡cuánta paradoja!. Y me gustaría tener vida propia para gritarle: «No, don Antonio, no. Sin usted, sin su voz, yo no soy nada. Mi suerte es su triste suerte, al igual que su sufrimiento lo sufro en mi dudoso ser de humo y quimera».

        Tiene sed. Debe ser la fiebre. Hoy lo han visitado Corpus Barga y Tomás Navarro Tomás. También han salido exiliados. Le preocupa la categoría humana y humanista de los que se han exiliado. ¿Quién se va a quedar allí? ¿Quién va a ocupar las cátedras de las universidades? ¿A quién se le va a encomendar crear el país del futuro? Esta podría ser una reflexión del maestro, que él pondría en mis apócrifos labios, como tantas y tantas sentencias:

        ¿Quién tirará de la patria? Todos estamos fuera. Fuera o muertos, como lo voy a estar yo en pocos días… ¿Qué futuro le queda a mi triste patria, la tierra de mis padres, la mancillada tierra de todos mis ancestros, ahora en poder de estos cafres? Me siento como el rey don Rodrigo del romance:

        “Hoy no me queda una almena

que pueda decir que es mía…

        Ya está España liquidada, entregada al pillaje moral de la barbarie. A Unamuno le dolía España. A mí me duele su falta de futuro. De nuevo, mi patria entregada a caciques, señoritos holgazanes y militares sin escrúpulos. ¿Qué futuro es ése? Yo, que estoy a las puertas de la muerte, tengo más porvenir que mi pobre España. Y eso que sólo cuento con un mañana efímero…. Sería un buen aforismo, una sentencia tan sabia como las que siempre ha creado para mí.

 

Tumba de Machado en Colliure (Imagen de Correo del libro)

        Él se nos va y yo con él. Siento que sin cumplir con la enorme deuda que he contraído. Ha dejado en mis fantasmales labios los más inteligentes pensamientos, los aforismos y sentencias más contundentes, las ideas más sabias acerca de la vida, del amor, de la verdad y la falsedad… Me gustaría rendirle el homenaje que le debo, el que se merece. Sería mi última reflexión, posiblemente, pues la neumonía y la fiebre están matando al poeta que me creó, al hombre bueno, al republicano, al profesor, al socialista, al hombre preclaro y ejemplar que otro país habría mimado, pero que esta España cainita sacrifica y exilia en la muerte. Delira:

        Me gustaría terminar el poema que empecé cuando esta neumonía me atacó:

        «Estos días azules y este sol de la infancia…»

        Me gustaría terminarlo y regalárselo a Madame Quintana, ya que no voy a poder pagarle los gastos de la pensión. ¡Me cuida tan delicadamente…! ¡Es tan gentil!”

        Su hermano ha escrito a la Unión de Escritores y tal vez les echen una mano, ya no se sabe si para manutención o para entierro…

        El calendario deja ver su triste hoja: es 22 de Febrero de 1939. Le queda –me queda a mí también– un último estertor, un momento de vida. ¿Qué podría yo decir de él? ¿Qué glosa de su talento, de su bonhomía, de su grandeza, de su decencia, de su enorme valía humana? Pero no soy nadie si él no me hace hablar. Sólo hay en mí un silencio inabarcable, un vacío lleno de fatalismo, la nada. Va a morir como él decía en su “Retrato” hace ya tantos años:

        “…me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar..”

        Así se nos va, se nos muere. A este hombre está a punto de arrastrarlo el torrente de la Historia y a mí con él. Que sea la Historia la que ocupe mi lugar y le haga esa glosa que se merece, ésa que yo nunca podré hacerle. Y que sea también la Historia quien ponga a sus verdugos en el sitio que les corresponde, no en el falso altar en que los aires de la hueca victoria los va a intentar colocar.