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Acerca de “Buena suerte, Leo Grande”

Esta semana he tenido ocasión de ver la película “Buena suerte, Leo Grande”, dirigida por Sophie Hyde y estrenada este mismo año, filme que parece haber seducido a los medios por el desnudo integral de Emma Thompson a sus 63 años, contemplando ante un espejo los estragos del propio cuerpo después de cuatro sesiones de alquilar los servicios de un trabajador sexual educado, servicial, sensible, casi como salido de una prestigiosa universidad inglesa y más próximo a las tareas propias de los estudios diplomáticos que al ejercicio de la prostitución masculina.

De todo lo que he leído sobre la película parece que lo único que asombra a espectadores y críticos es que esa gran actriz que es la Thompson exhiba su desnudez casi como una bandera de la liberación de las cadenas estéticas que el sistema impone a las actrices. Se ha hablado del pudor con que Emma Thompson ha cuidado a lo largo de su larga carrera el mostrar su cuerpo, casi un tabú que logra superar con 63 años, cuando su indudable belleza se ha ido marchitando.

Cristina Fallarás o Elvira Lindo han comentado ese desnudo desde las páginas de El País enfocando aspectos comunes y diferentes del asunto. Para Cristina Fallarás, que tras analizar el papel del gigoló, se centra en el personaje femenino:

“A Emma Thompson la vemos arrancar con los mohínes propios de una profesora de instituto con terno anticuado y pacato. Después, aparecen las transparencias en la blusa, los camisones, los tirantes, la enagua, y la mujer va ganando lo que podría haber sido desde el principio, sencillamente una hembra madura con un cuerpo redondeado y bonito bajo la seda o la sábana. Finalmente, la vemos follar. No follar un poco debajo de la sábana, sino hacerlo en las más variadas posturas. En todos esos momentos, su cuerpo es gozoso y bello. Por supuesto no es una chavala ni Sharon Stone, pero la cámara le da la plenitud que merece, y resulta indudablemente sexi”. (Cristina Fallarás, “Tu aplauso a Emma Thompson es nuestro castigo!, El País, 15/09/2022)

          La columnista termina su artículo de la misma forma que lo empieza: denunciando que hay veces en que una alabanza se convierte en un insulto: la mujer que es eficiente pese a estar gorda o Emma Thompson, cuyo desnudo resulta hermoso a pesar de sus 63 años. Alabanza descalificatoria, o elogio insultante, según formuló hace muchos años Antonio Muñoz Molina.

          Elvira Lindo, por su parte, rechaza la épica liberadora que se le ha tratado de dar al desnudo de la actriz. Más bien lo considera una imposición de la industria cinematográfica en el caso del pudor previo de la Thompson:

“¡Valiente, valiente, valiente!, la han jaleado. Yo me pregunto para qué sirve esa valentía, y por qué es liberador traspasar la barrera del legítimo pudor para presentarse ante los demás en un acto de sacrificio. No es el cuerpo de Thompson lo que inquieta, sino su rostro, el rostro de una mujer que se avergüenza de su figura envejecida y trata de obtener algún tipo de reconocimiento por atreverse a reconocer su aprensión. Me gustaría tomarla de la mano, a ella y a otras, a esas jovencitas que se angustian por la irrelevante piel de naranja, a mí misma, y llevarla, llevarnos, hasta ese vestuario femenino de una piscina municipal donde una cuadrilla de mujeres, valerosas, cachondas, alegres, desinhibidas sin saberlo, ajenas a los aplausos por una heroicidad que no contemplan, para que nos enseñaran la mejor lección de vida: que tal vez la suerte sea llegar a cierta edad estando sana y la victoria superar los años de la aprensión. Es posible que nos enseñaran a comentar los hitos y fracasos de la vida sexual con ironía, sin que el asunto alcance siempre elementos de victimismo y melodrama”. (Elvira Lindo, “Cuando un desnudo es un calvario”, El País, 18/09/2022)

          Aunque en ambas columnas las autoras mencionan la prostitución masculina, la hacen tan de pasada que la referencia pasa casi desapercibida, ya que ponen el énfasis en el desnudo, que parecería ser el motivo central de la película, cuando es una especie de corolario que añade muy poco al resto: una viuda de más de sesenta años, que ha tenido una frustrante vida sexual con su marido, se decide a experimentar las posibilidades de su cuerpo y del placer, para lo que contrata una habitación de hotel y los servicios de un puto. El chico, siempre correcto, dialoga con ella para disipar los reparos de Nancy (nombre que ha dado en la agencia de contactos). Hay debate sobre la dignidad de ese tipo de trabajo, sobre la moralidad de ambas conductas (ella ha sido profesora de ética en un instituto y ha llamado zorras a sus alumnas por lo exiguo de su vestuario). También le habla del páramo sexual de sus 31 años de matrimonio. Poco a poco van rompiendo el hielo, con tímidas caricias, con un acercamiento progresivo, hasta con una sesión de reproches que parecen volver la situación irreversible. Y después le llegan los orgasmos primeros de su vida.

La mirada de Emma Thompson. Eso sí que es un desnudo

         

El rostro y los ojos de Emma Thompson son mimados con muchos primeros planos llenos de expresividad, que complementan lo que los dos personajes dicen. Esos gestos, esos ojos, sí que son capaces de desnudar el alma de una mujer que descubre el placer, aunque parece que nadie lo ha descubierto.

Respecto al chico, el guion parece encumbrarlo hasta la categoría de un terapeuta capaz de liberar a una mujer llena de carencias. Todo falso: Nancy ha dejado atrás sus traumas en el momento en que da el paso de contratar sus servicios. Lo demás, orgasmos incluidos, le sobreviene según ella ha programado (le hace una lista de todo lo que quiere que él le haga). Por otra parte, la glorificación del puto me parece desmesurada y falsa. Desmesurada porque se llega a decir que su trabajo debería formar parte de los programas de la sanidad pública. Falsa por presentar un angelical gigoló, ajeno por completo a los modales de los macarras y chaperos de ese ambiente.

Y una contradicción: cuando nos felicitamos por ese proyecto de abolir la prostitución, de castigar al cliente putero, de hacer lo posible por dignificar a las víctimas de la trata, aparece Leo Grande que, siendo el correlato masculino de las prostitutas, parece convertirse en algo indispensable para la realización de mujeres solitarias e insatisfechas. ¡No me cuadra, pero tal vez el raro sea yo.

En definitiva: una película ambigua, dirigida por una mujer, que ha intentado cuadrar el círculo al retratar un personaje dedicado a un trabajo despreciable, pero, según el guion, indispensable para la realización de una mujer frustrada. ¡Menuda aportación a la causa feminista! Por otra parte, que del debate ideológico que tendría que derivarse de la película solo parezca importar el desnudo final de la Thompson da una idea de el jardín en que se han metido la directora y la siempre impecable protagonista. ¡Qué mala suerte, Emm Thompson!

Alberto Granados

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Por qué le temo a esta derecha

Esta apresurada entrada surge de una polémica mantenida en mi perfil de Facebook con un querido amigo de mi infancia, al reproducir yo un titular en que Moreno Bonilla asegura que no encuentra motivo para no pactar con VOX si le sirve para gobernar. Me acusa de defender el pacto que llevó al gobierno a Pedro Sánchez y de no aceptar el eventual pacto del PP andaluz con la extrema derecha, a la que, según mi amigo, demonizo sin motivos, ya que no existen antecedentes que permitan juzgar cómo gobernarían. También me acusa mi viejo amigo de estar ciego y no querer ver la torpeza de Sánchez.

          Como asegura que deja el debate, no me queda más remedio que explicarle, a él y a otros comentaristas que coinciden con él en argumentos y cambios de humor, mis puntos de vista.

          Para empezar, diré que desde que tengo uso de razón política, he votado a izquierdas, al principio a aquel olvidado PCE de Santiago Carrillo que se perdió al querer englobarse con otros partidos en Izquierda Unida. Desde 1982, al PSOE, a veces con muy escaso convencimiento y depositando mi voto en la urna como el que se siente víctima de un chantaje, pero los he votado. Lo he hecho porque le temo a la derecha española. Ya le temía cuando era solo el PP y ahora le temo mucho más, cuando se puede aliar con un partido que representa todo lo que aborrezco en política: revanchismo, involución, postulados xenófobos, neoliberalismo económico, negacionismo al trauma social de la violencia de género, su rechazo a las libertades sexuales…

          Cuando mi amigo argumenta que no se sabe cómo gobernarían, pienso en cómo lo están haciendo los populismos en América (Trump o Bolsonaro), en Centroeuropa (Hungría, Polonia, Rusia…), pienso en esas leyes represivas y esas campañas a la caza de gays, en el culto que esta gente profesa a la testosterona y las armas, al credo económico que defienden que no tiene reparo en degradar, aun más, el medioambiente, en la precarización del empleo, en la defensa cerrada del ámbito financiero-empresarial, en vez de defender a los más débiles, algo que inició el thatcherismo de los ochenta..

Manifestación de VOX en Madrid

          Pero vayamos por partes.

          Nunca votaría al PP por ser los herederos directos del franquismo, por acción u omisión, por no haber abjurado jamás del franquismo y despotricar continuamente de la Memoria Histórica (la llaman Histérica). No los votaría por la prepotencia que destilan (recuérdense las sonrisas cínicas de Álvarez Cascos cuando el Prestige o Rafel Hernando en cada una de sus intervenciones carentes de todo respeto). Jamás votaría a esta gente por considerarse naturalmente depositarios del poder política y pensar que un gobierno del PSOE es un contradiós, aunque haya salido legítimamente de unas urnas o de una moción de censura. Tampoco los votaría por la enorme corrupción que les afea la hoja de servicios. Hacen mal en usar el argumento de los EREs andaluces, pues si se pudiera cuantificar el monto de los casos judiciales que imputan a varios tesoreros, varias comunidades autónomas con sus presidentes a la cabeza, su pago en B del arreglito de la sede de Génova, los sobres, la Gurtel, etc. el turbio asunto andaluz sería, probablemente el chocolate del loro. Aunque sospecho que jamás una sentencia judicial reconocerá lo que media España valora como hechos más que probados. Tampoco los votaría por haber adoptado una actitud chulesca, despectiva, del clásico usted-no-sabe-con-quien-está-hablando, cuyos paradigmas más vistosos son la Sra. Ayuso y Cuca gamarra, una vez superada la figura de Rafel Hernando. Y tampoco puedo asumir que estos voceros, que confunden el parlamento con el mercado de abastos, hayan revestido la palabra comunista de connotaciones demoníacas, cuando durante toda la Transición los comunistas han defendido sus ideas con toda honestidad. La Interesada frase “gobierno social-comunista”, me parece lamentable, aunque tenemos a una gente tan ignorante que ha calado, junto a otros muchos bulos indecentes.

          A esta gente, que, como queda dicho, no me gusta nada, le sumamos la milenarista concepción del mundo de VOX y ya me echo a temblar. Anuncian suprimir autonomías, derogar la ley reguladora de matrimonios homosexuales, revalorizar tradiciones tales como la caza, la tauromaquia, las procesiones de semana santa y otras cosas que me repelen por involucionistas, por antiguas… y me sorprende que la gente acoja estas propuestas como la solución a Sánchez, cuando en realidad son el verdadero problema.

Marcha neofascista en madrid, febrero de 2021 (Imagen de El Economista)

          En este blog he expresado bastantes veces mi opinión sobre este último: sin ser un cerebrazo político, y por encima de sus indiscutibles errores (El Sahara y Argelia, entre ellos) es un superviviente, un resiliente de la política, entregado a una coalición que cada mañana decide si se pone en modo GOBIERNO o en modo OPOSICIÓN. Pese a ser crítico con su errática política, defiendo su legitimidad y su capacidad para presentar la moción de censura que lo llevó a La Moncloa o para formar el Gobierno que formó, aunque a mí no me guste, extremos estos sobre los que la caverna y su burdel mediático se han cebado hasta extremos irrespirables.

El domingo votaré y descarto estas temibles opciones de la derecha . Los demás que voten lo que su conciencia les dicte, pero sabiendo que cada uno es dueño de su voto, pero también responsable del mismo.

Alberto Granados

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Diario de Granada y Antonio Muñoz Molina: 40 años de periodismo y unas Jornadas

El día 6 de mayo de 1982 apareció en esta ciudad un nuevo periódico, Diario de Granada, que pretendió hacer un periodismo distinto al de Ideal, vinculado al grupo Prensa Católica. Este último, junto a Patria, vinculado a los restos del Movimiento Nacional, eran los únicos medios escritos de la provincia. Si a nivel nacional El País o Diario16 consiguieron en 1976 hacer un periodismo alejado de las lacras del franquismo en torno al concepto cambio, los gestores del nuevo periódico creyeron que la experiencia podría tener éxito en Granada. Tras un período de gestación y, especialmente, de búsqueda de financiación, que recayó fundamentalmente en militantes del PSOE, el periódico estuvo en los kioscos en la fecha señalada, hoy hace 40 años, precedido por un cuadernillo en que se hablaba de la intención del proyecto (Nacemos con la primavera, rezaba un titular con ecos lisboetas, parisinos o de la remota Praga), la plantilla, las instalaciones y talleres, etc. Su primer director fue Antonio Checa Godoy, rápidamente sustituido por Antonio Ramos Espejo.

          En la redacción estaban nombres hoy gloriosos del periodismo local, que hace cuarenta años eran jóvenes promesas y hoy son jubilados, algo consustancial con el tiempo transcurrido.  Como no quiero ser injusto con las omisiones, me remito a la nómina reflejada en la foto fundacional, que recoge nombres como Alfredo Martínez, Francisco López Barrios, José Luis Masegosa  Requena, Antonio Checa  Godoy, Antonio Ramos Espejo, Francisco Vigueras, Rafael Villegas, Pepe Garrido, Eduardo Castro Maldonado (con el tiempo colaborador de El País), Javier Tortosa, Emilio Utrabo, Francisco Romacho, Fernando Guijarro  Arcas, Gloria Fernández y Francisco Terrón. Después se les unió otro colaborador de El País: Alejandro Víctor García. Todos pusieron su ilusión juvenil, su determinación y, desde luego, mucha carne en ese asador periodístico.

 

          Sin menoscabo de los demás redactores y colaboradores, quiero poner el énfasis en una circunstancia concreta: un desconocido lleno de sueños literarios se atrevió a hablar con el director con la idea de convertirse en columnista del periódico. El director le aceptó el reto y el entonces desconocido Antonio Muñoz Molina surgió como una firma que sorprendió a todos por la calidad de sus textos. Su serie El Robinson urbano nos deslumbró desde las mismas páginas del diario, meses antes de convertirse en ese mágico libro homónimo.

Diario de Granada aguantó escasamente cuatro años, pues al llegar al domingo día 16 de febrero de 1986, echó el cierre definitivamente. Era el número 1.177 (en realidad hubo varios errores de seriación, por lo que deben contarse algunas entregas más) y en la portada y en la tercera aparecía un artículo del director, A. Ramos Espejo, con título lorquiano: Si me muero, dejad el balcón abierto. Ante el cierre de nuestro periódico, en que lamentaba el cierre por motivos básicamente económicos. 

          Han pasado cuarenta años. Toda una vida, que nos ha convertido a todos, también a los lectores de aquel periódico, en jubilados más o menos activos. En el caso de Muñoz Molina, estos cuarenta años suponen el cambio de ser un funcionario municipal desconocido a uno de nuestros escritores más consolidados e internacionales.

          Llevo tiempo recopilando sus colaboraciones periodísticas. El periodismo de Muñoz Molina se ha convertido en mi ocupación principal y a medida que avanzo descubro que es casi inabarcable, lleno siempre de matices y de excelencias ideológicas y literarias. 

Por eso, en Granada, la ciudad en que empezaron a cristalizar sus sueños literarios y su reconocimiento público, he organizado unas Jornadas destinadas a rememorar el impacto de aquel periódico y a analizar la figura de Muñoz Molina, cuyo prestigio fue creciendo desde el ámbito local hasta el plano internacional.

Las Jornadas se encuadran en la agenda de una de las instituciones culturales más prestigiosas y antiguas de la ciudad: el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, que ha contado con socios muy notables, como los hermanos Federico y Francisco García Lorca, por mencionar un simple ejemplo. En un salón del Centro presentó Muñoz Molina su libro El Robinson urbano, en diciembre de 1984. En ese mismo salón hizo de presentador de un poemario de su amigo José Gutiérrez y participó en una lectura de textos de la poeta granadina Elena Martín Vivaldi. Y por una de esas carambolas de la vida, desde hace unos años la institución está presidida por una mujer, Celia Correa Góngora, con la que el autor compartió despacho en el área de Cultura del ayuntamiento granadino. Todos estos azares me han llevado a proponer a dicha institución, y no a otra de las disponibles, la celebración de unas jornadas sobre la doble aparición del periódico y del autor. La directiva del CALC, siempre sensible a este tipo de circunstancias, me dio luz verde y preparé un borrador que le hice llegar a Antonio Muñoz Molina. Su respuesta fue inmediata: ese programa le había despertado la nostalgia y deseaba participar. De esta forma, se le añadió una sesión inaugural en la que daría una conferencia, en principio por definir.

Finalmente, el programa definitivo, con cuatro sesiones, ha quedado así:

1) Martes, 10/05/2022: Jornada inaugural, en el maravilloso entorno del auditorio del palacio de Carlos V a las 20,00 h. Tras las palabras protocolarias de la presidenta del CALC y las mías, en calidad de coordinador de las Jornadas, Antonio Muñoz Molina pronunciará una conferencia titulada Granada, mayo de 1982: el principio de todo.

2) Miércoles, 11/05/2022, a las 20:00 h. y en el Centro Artístico habrá una mesa redonda sobre “El Diario de Granada”, con la intervención de los periodistas Antonio Arenas, Eduardo Castro, Andrés Cárdenas y Alejandro Víctor García. Eduardo y Alejandro nos contarán la génesis del periódico y los entresijos de la redacción, Cárdenas nos contará su visión desde el periódico Ideal y Arenas, que fue corresponsal, nos contará su impresión visto el diario desde lo que ahora llamamos la España vaciada.

3) Jueves, 12/05/2022, también en el Centro Artístico y a las 20,00 h. seré yo el conferenciante con una exposición a la que he llamado Granada y Antonio Muños Molina: una relación de enamorados, en que pretendo recorrer los cuarenta años de relación entre la ciudad y el autor, llena de momentos dulces, pero también de situaciones desagradables y tensas, como puede ocurrir en cualquier pareja.

Y 4) Viernes, 13/05/2022, igualmente en el Centro Artístico y a las 20,00 h. Habrá una nueva mesa redonda sobre el tema: “El columnismo literario de Antonio Muñoz Molina”, en la que intervendrán los profesores Pablo Alcázar, Juan Mata y Antonio Chicharro, que se ocuparán de los aspectos filológicos de la obra de Muñoz Molina, tras lo cual, la presidenta del CALC clausurará las Jornadas.

          Muñoz Molina ha escrito periodismo literario desde aquella lejana fecha, en medios locales al principio, hasta que Diario16, ABC o El País le abrieron sus puertas y lo consolidaron como uno de los columnistas más reputados, tanto dentro como fuera de España. He registrado más de 2.000 columnas suyas y solo ahora comprendo que recopilarlas todas es una tarea casi imposible. Nada más en El País, su principal medio, lleva escritas, según mis registros, casi 1.500 columnas en series que van desde Las apariencias hasta la dilatada Ida y Vuelta. Por encima de del dato aritmético sobresale la calidad literaria, la coherencia de su pensamiento y el sentido ético que impregna sus textos.

          Entiendo que el objetivo de estas actividades es recordar al añorado Diario de Granada, homenajear a quienes lo hicieron posible, reconocer públicamente su dignísimo intento de hacer un periodismo democrático en una ciudad tan conservadora y rutinaria como Granada y al mismo tiempo demostrarle a Antonio Muñoz Molina que, por encima de algunos encontronazos, de algunas desafecciones puntuales, de algunas maledicencias gratuitas, es una persona y un personaje que cuenta con el respeto, la admiración y el afecto de una inmensa mayoría de granadinos. No resultará difícil conseguir ambos objetivos.

          Sirva esta anotación de invitación pública con las consabidas restricciones de la limitación de aforo y del obligatorio uso de la mascarilla por razones evidentes.

Alberto Granados

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El jardín de las ánimas (Juan Cañavate)

Tengo un conocimiento muy lejano y superficial de Juan Cañavate. Me pareció un tipo listo y respetado. Sé también que en una aburrida tarde de lecturas de manifiestos y artículos sobre la dignidad de la mujer en la Biblioteca de Andalucía, leyó mi cuento La mujer que leía a Machado. No obstante, cuando supe por las redes que había terminado una novela sobre el desastre de Annual (1921) tuve inmediatas ganas de leerla. La novela (Juan Cañavate Toribio, El jardín de las ánimas, Servicio de publicaciones UNED-Melilla, 2021, 350 p.) llegó a las librerías el pasado mes de diciembre y, cuando volví a Granada, recogí mi ejemplar, previamente encargado en Librería Inusual. He tardado cinco días en leer sus 350 páginas, lo que habla de mi disfrute lector.

Se trata de una novela que combina lo historicista con lo profundamente humano. Una trama que arranca en 1970, en la cafetería del Casino Militar de Melilla, pero que repasa las campañas de Marruecos y el desastre de Annual, del que se cumplieron 100 años en julio pasado.

En 1970, en plena decadencia del franquismo, un coronel de Caballería se refugia de su soledad en el Casino Militar de Melilla y dedica su ocio a consultar revistas castrenses sobre las guerras de Marruecos y a tomar notas. El personaje, Luis Varela, nacido en los últimos años del XIX y Teniente de Caballería en los años veinte, se hizo militar por costumbre familiar. Siempre muy analítico, tuvo fama de saber demasiado, de ser un oficial crítico, informado e incómodo, por su visión negativa de la gestión del Rif que España llevó a cabo y de la ineficacia del Ejército, por tener muy claros los interese inconfesables que había detrás de una campaña demasiado cruenta y de antemano destinada al fracaso. Al llegar la sublevación de Franco, se le insta a unirse a los alzados o ser fusilado ante una tapia. Se adhiere al alzamiento, pero siempre será un apestado por sus planteamientos críticos y se queda a las puertas del generalato al llegarle la reserva.

El autor y tarjeta de su presentación en melilla

          El otro protagonista es un soldado vasco de remplazo, periodista de formación, que oculta sus planteamientos y su idioma por intuir las reticencias del estamento militar a todo loque suene a nacionalismo en tiempos del terrorismo de ETA. Su estancia en la cafetería le ha enseñado a distinguir dónde hay un militar sensible y respetuoso y dónde un imbécil arrogante.  Una tarde, el coronel Varela lo invita a escribir sus memorias y le entrega una gruesa carpeta de anotaciones. El joven escribe y se reúne con su coronel para que este conozca el avance del borrador. Muy rápidamente, surge entre ambos un torrente de comprensión recíproca, de sinceridad, afecto y amistad pese a las diferencias jerárquicas.

          De esta forma, el joven Íñigo (o Eneko en euskera) conoce la situación de España en el Rif de la época del Protectorado, los abusos, la miseria a que los nativos se ven sometidos por la avidez de compañías concesionarias de la riqueza (de las cuales es accionista el propio Alfonso XIII), la urgencia de algunos militares por conseguir ascensos, la necesidad de provocar una guerra para remover el escalafón, incluso jugando a dos bandas (es decir, traicionando), los contactos y simpatías de algunos oficiales y mandos con el reciente Partido Nacional Socialista alemán, el peligro de que en España se continúe la tradición germanófila exhibida durante la reciente Gran Guerra… Igualmente, el periodista-camarero conoce la corrupción del ejército, el ascenso de Franquito (“ese pelusón suave de voz afeminada que se le antoja más peligroso que una caja de bombas con la espoleta puesta”) y Millán-Astray (“con sus insoportables estridencias y bravuconerías de cantina”),  el complot que constituirá la antesala de la Guerra Civil que se avecina, el empecinamiento de los generales Silvestre y Berenguer, el deseo de Abd el Krim de formar una República del Rif, las ambiciones de Miguel Primo de Rivera…

          Toda una trama de espionaje que el entonces Teniente Varela se empeñará en poner al descubierto en colaboración con una agente de la inteligencia española con la que tiene un romance. Hay otros personajes, todos muy bien diseñados: Fuad (un moro leal y muy peligroso), el sargento Pinto y su compañera Noor, la niña Sohora… y un arqueólogo que, excavando en el Rif, enlaza el pasado con nuestro presente actual, a través de varias generaciones. Y del otro lado los generales ineptos, varios contrabandistas de armas, algunos oficiales traidores y varios miles de comparsas (aproximadamente, 25.000) que van a perder la vida en medio de la aridez del Rif.

Cadáveres encontrados en Annual. Wikipedia

En resumen, dos épocas para un mismo militar íntegro, honesto, que se duele secretamente por los miles de muertos de ambos bandos, por la ineptitud de los generales, por lo absurdo de cualquier guerra. Todo ello tratado con un ritmo frenético, una prosa muy directa y adecuada a la vida cuartelera. Esa clase de novela en que se da la contradicción de que el lector le roba horas al sueño por las ansias de acabarla y, a la vez, desea que no termine nunca. Un buen inicio lector de 2022, sin duda.

Juan Cañavate se estrena como novelista y lo hace por todo lo alto. Más de un lector, entre los que me encuentro, quiere más de este nuevo novelista. Toca esperar, a ser posible, no demasiado tiempo.

Alberto Granados

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Natividad, 2021

         

A mi buen amigo Manuel Arredondo

Alguien de Forocoches viralizó la noticia: un niño llamado Jesús (o Cristo, según otros) había nacido en la madrugada del 25 de diciembre de 2021 en uno de los suburbios más desolados de Belén, una ciudad próxima a Jerusalén, administrada por Israel. Los medios difundieron el natalicio desde distintos enfoques: según unos, aquel niño era hijo de María y José de Nazaret, un joven matrimonio que vivía horadamente del trabajo artesanal, mientras para otros el origen de Jesús era un misterio que dio lugar a montones de memes y tuits humorísticos, ya que afirmaban que era hijo de una muchacha virgen y de una forma de la divinidad llamada Espíritu Santo. Si ya resultaba raro que existiera una joven que a la edad de María mantuviera intacta su virginidad, lo de la paternidad divina era más difícil de asumir, aunque más de un tertuliano mantenía que era algo similar a la luz que atraviesa el vidrio sin romperlo ni mancharlo.

          Este nacimiento, superada la primera oleada de comentarios en las redes, se habría difuminado y olvidado en pocos días, pero tres conocidos influencers, Melchor, Gaspar y Baltasar, anunciaron su intención de visitar al bebé en Belén y dieron cumplida cuenta de las gestiones para obtener el permiso del Estado de Israel, algo que desquiciaba a los judíos ultraortodoxos y que creó serias tensiones diplomáticas. Pensaban regalarle tres extraños obsequios: oro, incienso y mirra, productos que inmediatamente se encarecieron y que muchos compraron compulsivamente para tener algo en común con la popular familia que, provisionalmente seguía viviendo en el establo donde había nacido el niño. Amazon, eBay y otras plataformas similares vendieron lo nunca soñado, sobre todo, desde que los blogs de los tres hombres detallaban simbologías, gestos del bebé y fotos, lo que los hacía reventar de comentarios de sus seguidores. De este modo, una familia tan humilde se convirtió en un fenómeno mediático sin precedentes.

Los programas de televisión y las revistas del corazón encontraron una forma de aumentar sus ventas narrando pequeñas anécdotas sobre el niño y Telecinco le dedicó varias sesiones de Sálvame de luxe donde se comentaba cualquier aspecto del asunto: las finanzas de la familia, la virginidad de María, la desenfadada complacencia del marido, etc. Hasta hubo un espabilado que se ofreció a servirles de representante a cambio de un 25% de las ganancias obtenidas por conceder entrevistas, posar para sesiones de fotos y otras situaciones parecidas. La revista Hola sacó un monográfico que tuvo que ser reimprimido hasta cuatro veces y otras revistas del corazón comentaron el maquillaje o el vestuario de María, en tanto que Boris Izaguirre publicó una columna en El País en que analizaba los pormenores de aquella extraña concepción.  

El hecho es que el pequeño Jesús dio pie a una operación de merchandising sin precedentes: camisetas, jarras para cerveza, ceniceros, llaveros, muñecos y mil variantes de cachivaches inservibles estamparon la imagen del chiquillo y varias corporaciones internacionales lo usaron como modelo para las campañas de sus productos infantiles. En el ámbito de la moda, un diseñador oportunista creó la llamada Judean fashion, que imitaba la vestimenta de las mujeres palestinas.

En pocos meses, la familia del aquel bebé disponía de una envidiable fortuna y la pareja se dividió la tarea: María se dedicó por entero a potenciar la fama de su hijo, al que acompañaba a todas partes, en tanto que José, dolido por los amargos comentarios sobre su virilidad o su paternidad, emigró a los Estados Unidos, se cambió el nombre y diseñó una cadena de muebles por piezas para montar que supuso la ruina de Ikea, ya que los suecos, tan fríos siempre, nunca pensaron en revestir su negocio de adherencias místicas ni leyendas religiosas.

El Niño (ya se había ganado la mayúscula) crecía en edad, gracia y sabiduría, según algún cronista y aún estaba en Primaria cuando decidió echarse a lo que él llamó su vida pública: predicar, hacer milagros, aceptar discípulos para externalizar su sabiduría, además de sus ayunos y caminatas sobre la superficie de los lagos, todo ello siempre con cámaras de televisión que filmaban aquel sinvivir y drones que se ocupaban de las multitudinarias concentraciones que se formaban cuando anunciaba su llegada a un pueblo.  

Belén en la actualidad (Imagen de El Español)

Jesús tenía labia. Sabía convencer a masas enteras con argumentos en que se mezclaban el buenismo, la solidaridad, la generosidad, el desprendimiento de lo material… y se empezó a hablar de una nueva (una más) religión. Los grandes popes de las religiones previas quedaron muy contrariados con los postulados de aquel joven que, sin otro oficio que el de su conversación, obraba milagros sobre leprosos y ciegos, multiplicaba panes y peces, convertía el agua en vino y todo ello ante masas de enfervorecidos seguidores.

La prensa informaba sin cesar de los postulados que el chico defendía, siempre controvertidos. Su romance con María de Magdala, una joven de pasado turbio, fue objeto de muchas horas de debate en las cadenas más populacheras. Podía decirse que Jesús era un tema de permanente actualidad que nunca fallaba ante la audiencia, hasta el punto de que aparecieron varias series hagiográficas, tantas como otras en que su figura era objeto de la más dura crítica.

Sin embargo, los poderes fácticos veían en él un peligro. Cuando Cristo dijo “Vende todo lo que tienes, regálalo a los pobres y sígueme”, los agentes económicos montaron en cólera y movieron los hilos para que los gobiernos cerraran sus puertas a semejante iluminado, al igual que se había hecho solo unos años antes con Greta Thunberg. Los plutócratas rabiaban de ira cuando la prensa dio cuenta de que, según el predicador, era más fácil que un camello entrara por el ojo de una aguja que un rico entrara en el Reino de los Cielos y cada manifiesto de Jesús levantaba tanto entusiasmo entre los desfavorecidos como resquemor en el mundo financiero-empresarial. Tampoco fue bien recibida por los fabricantes y traficantes de armas la idea de que “si te golpean la mejilla izquierda, hay que ofrecer también la derecha”. ¡Tanto esfuerzo para amasar fortunas y aquel petimetre quería que la riqueza y el poder económico quedaran abolidos! ¡Inconcebible! ¿Qué mundo creía posible semejante memo? ¿Un mundo al revés? Había que controlar a ese desaprensivo, en una cárcel a ser posible y absolutamente incomunicado. Se empezaba con ideas así y se podía llegar a un mundo subvertido y contrario a sus intereses. Había que pararle los pies, que eliminarlo incluso. Él lo imaginaba y, curiosamente, lo aceptaba en nombre de una sagrada misión que le había encomendado “su padre, que está en los cielos”. Fueron precisamente los lobbies judíos quienes diseñaron varias alternativas secretas para eliminar a aquel soñador.

Para empezar, las redes se esforzaron en desprestigiarlo con argumentos tales como: Es capaz de multiplicar panes y peces, pero no ha hecho nada por erradicar la hambruna de las zonas más pobres del planeta. Cura enfermedades, pero ha dejado a su libre albedrío a las mil variantes del virus que inició la pandemia de 2020 y que varias décadas después sigue contagiando y matando. Convierte el agua en vino, pero no parece preocuparle el problema de las zonas desérticas, cada vez más amplias en el planeta…

Jesús usaba distintos pasaportes para protegerse, pero Judas, uno de sus seguidores, lo delató y al bajar de un avión en Tel Aviv, fue arrestado por delitos tan difusos como sus propios postulados. Una campaña contra él (se ha comentado que fue diseñada por psicólogos de masas de la CIA) consiguió cambiar el rumbo de su vida y que los mismos que antes lo adoraban pidieran su muerte. Y a los 33 años fue ejecutado públicamente, entre dos delincuentes: un banquero corrupto que había saqueado los ahorros de los jubilados y un exministro, igualmente corrupto, que había dilapidado las cuentas corrientes de las ONGs más prestigiosas. En el momento de su muerte se produjo una tormenta que los meteorólogos no habían previsto, una ciclogénesis tan extraña como repentina, lo que fue interpretado por sus seguidores como un milagro más del Maestro, título este que le otorgaban sus incondicionales.

Para rematar la confusión, tres días después de su muerte su tumba apareció vacía. Los servicios secretos israelíes consideraban imposible el robo del cadáver, aunque no aparecía el cuerpo. Desde la pantomima de juicio, siempre se había visto a María, María de Magdala y algunos discípulos unidos en el duelo, y fueron investigados sin poder demostrar ninguna ilegalidad. La prensa sensacionalista empezó a especular con la idea de que, en efecto, el predicador fuera hijo de un dios y que hubiera resucitado. Sus adeptos siguieron esa posibilidad y la convirtieron en dogma: Jesús era hijo de un dios y había venido al mundo con la tarea mesiánica de salvar al género humano de un difuso pecado cometido por Adán y Eva en sus días del Edén.  La muerte y la supuesta resurrección de Jesús les dio una nueva fuerza ideológica y crearon una corporación que rápidamente alcanzó un poder inexplicable.

Árbol de desechos bajo un puente de Hamburgo

Varias décadas después, esta religión fue perseguida, lo que aumentó su prestigio y multiplicó su presencia, pues la doctrina llegó a expandirse por todo el mundo y, con el paso del tiempo acumuló poder y una gran fortuna, amparándose en lo abstruso de su extraña liturgia, llena de simbologías y recovecos, algo que alimentaba la fe de los desesperados y que fue imitado hasta la saciedad por sectas y desviaciones dogmáticas.

Hoy, ya a las puertas del s. XXII, todas estas circunstancias resultan una pura incoherencia: una religión que defiende la generosidad y la pobreza se ha convertido en una verdadera corporación multinacional que maneja fortunas; su modelo de reparto de la riqueza ha quedado desvirtuado y la brecha entre ricos y pobres se ha hecho abismal; el planeta está enfermo y ningún poder divino se ocupa de revivir el paraíso que fue… Ya solo quedan tímidos vestigios de lo que predicó y resulta extraño que sobreviva su corpus doctrinal y más aún, que haya gente que encuentre consuelo en tales postulados. La bondad del predicador generó ríos de sangre, guerras de religión, cruzadas, torturas y ejecuciones en el nombre de ese dios, convertido de forma interesada en el instrumento que justificaba toda ignominia.

Por su parte, los fieles llegaron a asumir los postulados del palestino, siempre que no invadieran su bienestar, con lo que toda su doctrina quedó en papel mojado, en algo ambiguo, cambiante, contradictorio a veces, pero siempre presente en la sociedad… Solo una parte de sus seguidores sigue sus dictados; el resto se apega a ellos por mera tradición. Eso sí, la memoria colectiva celebra con verdadera histeria las conmemoraciones de su nacimiento (celebración convertida en puro consumismo) y la de su ejecución, mientras el resto del tiempo en la mayor parte de sus fieles solo queda de él la iconografía y un vago recuerdo, una costumbre casi. Una contradicción más. Si hubo algo de divino en la figura de Jesús, éste solo pudo ser el dios de las contradicciones.

Alberto Granados

NOTA: Hace bastantes años, en mi antiguo y desaparecido blog, hice otra interpretación de la navidad. Sobrevivió, además de en mis carpetas de relatos, en la sección El blog de los lectores de la web de Antonio Muñoz Molina: http://xn--antoniomuozmolina-nxb.es/2012/01/cuento-triste-de-navidad-por-alberto-granados/

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No es el momento

Parece que cada época tiene su frase hecha, su mantra, ese concepto que se retroalimenta interesadamente y se repite sin el menor rigor o planteamiento crítico para convertirse en un leitmotiv de nuestras vidas. Este fenómeno resultaría inocuo si la frase en cuestión no pasara del ámbito privado, pero se convierte en todo un peligro social si la idea es manejada, manipulada, manoseada, por los llamados agentes sociales interesados en mantener su estatus privilegiado: el mundo empresarial y financiero, que en los últimos meses no ha parado de repetirnos su consigna: No es el momento.

Captura de pantalla de El Diario 07/09/2021

          No es el momento, dijeron los capitostes del cotarro empresarial el pasado verano cuando el gobierno subió el salario mínimo, uno de los más bajos de Europa, que no se correspondía con el rango global de nuestra economía. No es el momento, han repetido cuando se he empezado a hablar de echar abajo la reforma laboral que el Partido Popular les regaló en plan amiguetes, una reforma que supuso laminar todos los avances sociales y sindicales conseguidos por los trabajadores durante los últimos 50 años, y de paso disminuir el poder adquisitivo de las familias, asentar una brecha entre ricos y pobres que hemos empezado a ver con normalidad y dejar a una parte muy significativa de nuestra sociedad en la más dura exclusión de todo. No es el momento, han repetido recientemente cuando se ha puesto sobre el tapete la reforma del sistema de las pensiones. Es más, ayer mismo propusieron retrasarlas hasta los 70 años, en vez de asumir que van a disminuir sus beneficios, que es la premisa de la que habría que partir. Comprendo que no lo tienen fácil en esa pecera de tiburones que es la economía global, pero es que quieren la sartén por el mango y el mango también.

          No es el momento. A mí me gustaría ver a quienes esgrimen tan sutil argumento vivir con unos ingresos de 1200 euros, prescindiendo de sus lujos, de su engrosada cuenta bancaria, de su segunda y aun tercera vivienda.

          Nuestros empresarios nunca ven el momento de aceptar algo tan simple como que los costes de la crisis deben asumirlos especialmente los poderosos en vez de bascular el peso de la desgracia sobre los hombros de los trabajadores para mantener su privilegiada situación: sueldos desorbitados, viviendas de lujo, coches de alta gama, vacaciones y viajes de sueño americano, costosas embarcaciones de recreo, blindajes incomprensibles… En algunos casos esos mismos empresarios son los protagonistas de fraudes manifiestos a la Seguridad Social, contabilidad engañosa, conductas de delincuente. No parecen dispuestos a aceptar que una crisis nunca es el momento para despidos, para recortes salariales o de plantillas. La situación actual no es el momento para enrocarse en posturas insolidarias y egoístas. No es el momento de plantear cierres arbitrarios: eso queda para el modesto empresario, para el autónomo que sobrevive con la soga al cuello y la amenaza del impago. La gran empresa, la deshumanizada gran empresa, la de los beneficios millonarios, no puede atrincherarse en la cerrazón de que nunca es el momento de perder un solo euro, mientras el trabajador vive en condiciones cada vez peores.

          Nunca es el momento de estabilizar un mercado laboral decente, de ser objetivos en el reparto del pastel. Por el contrario, llego a pensar que este, y no otro, es el momento de que los trabajadores reencuentren la fuerza que han perdido, amansados por el fútbol, Netflix y los bares, y recuperen la dignidad de la lucha, concepto ya casi desaparecido, cuando el neoliberalismo económico más descarnado lo hace más necesario.

          Las huelgas del sector del metal de Cádiz me parecen significativas: suponen el reencuentro con la lucha por el puesto de trabajo y el salario digno. Me parecen una vuelta a los años de mi juventud y me hacen recordar aquellos versos de Carlos cano, que, a ritmo de coplilla de carnaval decían: Guardias no tiréis pelotas / que pa pelotas Puerto Real. Es el momento de reinventar la lucha, aunque la avidez de nuestros empresarios no quiera verlo. Tal vez sea el momento de la dignidad.

Alberto Granados

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Antonio Muñoz Molina, en dos actos

Los seguidores de este blog sabréis seguramente mi devoción por Antonio Muñoz Molina. Mi relación con él es muy limitada: he participado en su web, donde inserté algunos comentarios (no demasiados, la verdad, porque me daba pereza el estrellato de algunos contertulios), he intercambiado con él algunos correos y lo he saludado en dos ocasiones, en sus últimos viajes profesionales a Granada. También es cierto que con el paisanaje, alguna confidencia me ha hecho y que él ha eliminado, en buena medida, la lejanía normal entre una figura pública y un desconocido.

El jueves, día 28. en el parque de las Ciencias

          En las últimas horas he asistido a dos actos protagonizados por Antonio Muñoz Molina, al que ya echábamos de menos en la que fue su ciudad durante muchos años y en la que publicó sus primeras novelas y columnas periodísticas, la Granada en que se forjó una reputación literaria que le abrió tantas puertas.

          El jueves 28 presentó su “Volver a dónde” en un repleto auditorio del Parque de la Ciencias acompañado por la sabiduría de Juan Mata Anaya, uno de los intelectuales más sólidos de la ciudad. Tuve ocasión de saludarlos a ambos antes de la entrada: Juan Mata sabía que iba a asistir. Con Antonio tuve que identificarme, pues nos hemos visto solo en una ocasión anterior y durante un minuto.

          En el amplísimo vestíbulo del museo, se había ido formando una cola muy respetable y, cuando pudimos entrar me senté con unas amigas en la segunda fila. La primera, con asientos reservados, se fue llenando de familiares y amigos y a las 7,15 empezó el acto, con la presentación por parte del reciente director de la institución. Después, Juan Mata empezó con su batería de preguntas, siempre inteligentes y eficaces. Se habló de lo que toda obra literaria tiene de conversación con el lector, de la relación de Antonio con el Madrid más ruidoso y menos habitable, de la pandemia y los negacionistas, de su pasado ubetense y su familia, de la dureza que tuvieron que encarar la generación de sus padres y tíos, que representaban para él los testimonios más vívidos de la guerra civil… para terminar con ese puente al porvenir que supone “la niña Leonor”, nieta de Antonio y símbolo de un futuro, seguramente imperfecto, pero futuro al fin. Antonio puso una entrañable nota de humor al hablar de su naturaleza depresiva: se definió como la persona que sabe encontrar motivos para caer en la tristeza (hubo una carcajada general en la sala). Un breve turno de preguntas y un aplauso definitivo. Después, ya en el vestíbulo, otra larga cola pasó por una mesa de firmas en que un Muñoz Molina ejercía la parte menos glamurosa de su oficio, paciente y atento con sus lectores. Saludé a algunos amigos, di la enhorabuena a Juan Mata y me fui a la parada del autobús que me dejó junto a mi casa, con el regusto de una tarde bien aprovechada. Lo único incómodo: más de 300 personas con mascarilla y las gafas empañadas.

Fue la fase profesional, multitudinaria y oficial, algo así como una de las alfombras rojas que han de pisar, inexcusablemente embellecidas, las estrellas del mundo del espectáculo. Solo la sabiduría de Juan Mata y la palabra de Antonio equilibraron el tono oficial del acto.

29/10/2021 Arturo Muñoz presenta a El vira y a su padre

29/10/2021Elvira y Antonio en pleno debate

29/10/2021 Elvira y Antonio en pleno debate (2)

          El contraste sobrevino el viernes 29. Asistí a otra actividad en que Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina mantuvieron un diálogo ante unas treinta personas. Que un matrimonio de escritores famosos hable de literatura y de actualidad ante su público es algo que tal vez sucede normalmente en ciudades importantes, pero algo inusual en Granada. Se trataba de un acto organizado por Paula y Guillem, los jóvenes dueños de Librería Inusual, una librería propicia para comprar libros, cálida para hablar de lecturas con los dueños, con una estética que gusta: mi librería de cabecera desde el triste cierre de Nueva Gala.

          Elvira y Antonio han hablado repetidamente en sus libros neoyorquinos de los clubs de jazz que visitaban, con ese aire mágico de catacumba para iniciados, esos locales llenos de ruidos y oscuridad en que, al llegar le momento preciso, el grupo musical iniciaba la actuación y entre el público sobrevenía un silencio ungido de prodigio musical. Algo así sucedió la tarde del viernes en la librería: la calidez, la cercanía, la magia de la palabra obraron el prodigio y creo que todos pasamos un rato inolvidable, sumidos en una burbuja ajena al tiempo, rodeados de libros y hablando de un libro.

29/10/2021 Arturo y sus músicos

29/10/2021 Arturo Cid, su saxo y su música emergen de detrás de la columna

El acto se inició con un nervioso Arturo (hijo de Antonio) presentando a su padre y a Elvira. Después, Elvira contó la gestación de Volver a donde: Antonio se sentaba con sus cuadernos ante el balcón y anotaba la actualidad o pegaba recortes de prensa y de esta forma, una de aquellas noches de confinamiento le dijo: “He escrito un libro”.

          Antonio contó su estado de ánimo de aquel tiempo y reflexionó sobre la oportunidad perdida de replantear la vida cotidiana que el confinamiento supuso: fue un tiempo en que sobrevivíamos con lo que teníamos en casa para no salir al riesgo del contagio, en que, más allá de distinciones de privilegiados, contaba la necesidad de camioneros, dependientes, sanitarios, gente en general mal pagada, pero decisiva en los momentos definitivos.

          Elvira le reprochó en broma: “Sí, pero tú salías mucho más que yo, con el pretexto de pasear a la perra”. Y él decía, “Bueno, y que era yo quien hacía las compras, y hacía deporte…”. Hubo un recuerdo para su padre, que trabajaba la huerta con una minuciosa lentitud, en tanto que él intentaba hacerlo todo inmediatamente para poder largarse. Su padre, que siempre le reprochaba ser un “sin sangre”, poco motivado para el destino que se le reservaba. Aclaró que en la familia de un campesino se vivía de dos cosechas: la aceituna y el cereal. Si la climatología malograba una de ellas, se pasaba hambre… Marido y mujer trajeron recuerdos comunes reflejados en el libro, que aunque ellos conocieran sobradamente, al convertirse en conversación con los asistentes, adquirían un extraño valor de confidencia sincera, directa, desprovista de artificios literarios. En vida.

          Hubo un momento en que mencionó a Alfonso Alcalá, su amigo muerto hace cinco años, cuya viuda estaba en la sala, al igual que el hijo de ambos (que tocó el contrabajo) y el nieto, un bebé de pocos meses. La evocación le quebró la voz, poniendo un punto de sincera emotividad.

29/10/2021 Paula, Antonio, Guillem y yo. Fotografía de Antonio Arenas

          Finalmente, Arturo y sus músicos interpretaron tres canciones: dos standards de jazz de la mejor época del jazz americano: Pennies from heaven (que habla de otra crisis, el crack de 1929) y Paper moon (que habla de las ilusiones desesperanzadas) y una versión muy distinta de El emigrante, de Juanito Valderrama. En la primera, cuando las guitarras acústica y eléctrica se esforzaban junto al contrabajo, surgió de detrás de una columna la figura arzobispal de Arturo Cid Franco con su saxo, que le dio una energía nueva al tema musical. Tras las canciones, que aparecen en el libro, Antonio aclaró que se trataba de tres piezas que hablaban de momentos críticos y cargados de dolor.

          Después, la reunión se fue deshaciendo y, ya de pie, fuimos desfilando para que nos firmara los libros. El público remoloneaba, tal vez con ganas de más conversación. Yo aproveché para saludar a Elvira Lindo. Cuando me llegó el turno hablamos un momento sobre sus libros. Le pregunté si pensaba retomar su novela de Granada, la que perdió y de la que yo solo conozco tres fragmentos, encontrados en la red. Resopló, y me dijo que a veces lo ha pensado, pero que tiene demasiadas cosas en qué pensar. Supongo que le da cierto repelús reiniciar un texto basado en vivencias que le resultaron conflictivas y dolorosas en su momento. Estuvo muy cercano, muy directo. El libro que me firmó era para un amigo que, sin conocerme, me ha mandado dos enormes tochos de material muñozmoliniano, pues parece que es incluso más forofo que yo. Antonio Arenas, ese testigo constante de la vida cultural de la ciudad, nos hizo unas fotos que me ha autorizado a usar en el blog.

Finalmente, los dos libreros, los dos hijos presentes, familiares y viejos amigos se dirigieron a un restaurante para cenar. Yo, prudentemente, desaparecí y me vine a casa. Segunda vez que me quedo con la gana de echar junto a él una cerveza. Sin cerveza y todo, han sido dos fases muy positivas de contacto con el autor.

Alberto Granados

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Volver a dónde (A. Muñoz Molina)

Antonio Muñoz Molina suele escribir notas en esos cuadernos que rellena obsesivamente y a los que ha mencionado repetidamente en sus columnas periodísticas. Los usa para hacer anotaciones improvisadas en que refleja sus impresiones de la realidad inmediata. En algunas ocasiones, estas notas se convierten en libro tras la pertinente revisión: al ocuparse de los jóvenes concentrados en las plazas para reclamar un modelo social que no los excluyera apareció Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013) y repitió fórmula ensamblando imágenes publicitarias, sonidos, fragmentos de conversaciones oídas al paso y otros estímulos de la calle en Un andar solitario entre la gente (Seix Barral, 2019). En septiembre de 2021 aparecen una serie de anotaciones en que refleja su análisis de los efectos sociales de la pandemia del Coronavirus19 (Volver a dónde, Seix Barral, 08/09/2021, 343 páginas). En esta ocasión, el autor, abrumado por los efectos de la pandemia y el confinamiento, parte en busca de su tiempo perdido y elabora un magnífico libro en que desata su introspección más descarnada y sincera.  Ningún lector de prensa ignora lo expuesto hasta aquí, ampliamente difundido en los últimos días a través de entrevistas y apariciones en los medios, algo que sucede cada vez que uno de los grandes publica un nuevo libro.

Portada. Los créditos dicen Archivo del autor. Tal vez se trate de Miguel Lindo

Se trata, pues, de un libro de reflexiones y no de una novela, pese al enorme peso específico que alcanza lo narrativo en el libro. Son 228 anotaciones, las unas con la fecha precisa (para éstas, que se extienden desde el 26 de febrero al 6 de junio de 2020, el editor ha usado letra cursiva), frente a otras no fechadas, que aparecen en letra normal. Al leer las primeras anotaciones el lector se aventura a pensar en un libro disperso y heterogéneo en el que encontrará la visión muñozmoliniana de la pandemia, pero a medida que  va devorando los breves capítulos, esa sensación de dispersión y abigarramiento desaparece: el simple mecanismo de la repetición empieza a darle a los textos un efecto unitario y empiezan a dibujarse una serie de hilos argumentales que se van afirmando y alcanzan un especial tono de confidencia, de desgarramiento interior que necesita ser compartido con los demás, con sus lectores fijos o coyunturales.

Un Muñoz Molina aterrado por las dimensiones del contagio, encerrado en su casa y lleno de tristeza por la muerte de algunos amigos (José María Calleja, por ejemplo) o el riesgo que están corriendo otros (el caso de su amigo el Dr. Bouza), ve el momento de liberarse de sus compromisos profesionales (presentaciones, conferencias, vuelos, etc.) y decide dedicar sus días a leer (Galdós, Thomas Merton) y a oír machaconamente las Sonatas de Beethoven en la versión dirigida por Daniel Barenboim. Y llena sus cuadernos de recuerdos familiares, de comentarios suscitados por la actualidad, de llamadas a su madre, a sus hijos y amigos, de estados de ánimo cambiantes, de impresiones, de temores y tristezas. Y todo ese caudal narrativo va creando una atmósfera en que la absoluta sinceridad impregna al libro y deja embobado al lector, aunque tal vez haya un tono que, en algunos pasajes, puede parecer sensiblero.

Ya en la primera anotación, que lleva la fecha de “Junio 2020”, se pregunta si verdaderamente queríamos volver a aquella nueva normalidad de después de la primera ola, en que la irresponsabilidad, la negligencia en el uso de la mascarilla, el botellón, las fiestas ilegales y otras conductas incívicas han reproducido el contagio y el peligro. Tras este introito, se suceden las 227 anotaciones restantes.

Imagen de Javier Velasco Oliaga

Los hilos argumentales mencionados son:

1 La propia pandemia con lo que ha conllevado (muerte y desolación, junto al miedo y la soledad). Muy crítico con la clase política, se pregunta cómo no se anticipó nadie al desastre que nos está quitando la vida, la alegría, la libertad y toda una forma de vida previa que nunca terminaremos de recuperar. La muerte de Calleja, el riesgo del Dr. Bouza y los demás sanitarios, los aplausos y las caceroladas, la eterna gresca política, que no se suaviza ni en situaciones de emergencia… Y la presencia de una angustia depresiva que se mezcla con las pesadillas y su eterno insomnio.

2 El confinamiento y los cambios de hábitos que éste ha traído aparejados: las cifras de contagios y muertes, la sensación de un tiempo abolido, la imposibilidad del abrazo, el estar confinado un día tras otro, las colas en la compra, la mascarilla y las gafas empañadas, la hostelería y los actos culturales prohibidos, el placebo de las llamadas telefónicas, los saludos a través de los balcones a desconocidos vecinos… Toda una realidad que vivimos todos y que el autor evoca para sí mismo y para sus lectores. 

3 El extrañamiento de la familia y las llamadas telefónicas a sus hijos y nietas, a su tío Juan, a su hermana y, muy especialmente, a su madre, que es la única superviviente de un universo familiar en el que predominan los muertos. Ya nonagenaria, el tono inicial de su voz al teléfono le permite al autor conocer su ánimo, su grado de despiste senil. Y a través del teléfono surge todo un universo de recuerdos y anécdotas, a veces divertidísimas (la visita del rey Melchor al propio autor), a veces dramáticas (el sometimiento de la madre, la relación de ésta con la suegra, la triste realidad de su infancia…).

4 La evocación de su niñez, en la que va apareciendo una serie de anécdotas familiares junto a la presencia de los muertos, especialmente su padre, al que, junto al afecto y la admiración por su perseverante esfuerzo en la huerta, guarda cierto resquemor: su padre, junto con su abuelo, lo acusaron siempre de ser un “sin sangre”, alguien incapaz de poner atención, ganas, determinación e interés en aprender eficazmente el oficio de hortelano. Pese a los años transcurridos desde su muerte, el autor siente aún la humillación de tales descalificaciones. Con todo, la huerta sirve de cordón umbilical con su pasado, hasta el punto de que ha plantado unas tomateras y unos pimientos en su balcón o, tan pronto queda permitido, hace visitas al Jardín Botánico, para reencontrarse con su pasado y con la memoria de su padre.

La pandemia y el confinamiento solo son un telón de fondo, porque la esencia de este libro es la evocación, llena de nostalgia, de su pasado, que ante una situación anímica triste, le parece estimulante y casi su única tabla de náufrago. Introspección, nostalgia de un tiempo desaparecido para siempre, angustia depresiva, evocación permanente… y un tono desgarrado, junto a la belleza de su prosa y a algún destello de humor, hacen de este hermoso libro, uno de los más bellos testimonios de su propia vida. Ahora toca esperar el próximo libro de ese gigante de nuestras letras que es Antonio Muñoz Molina.

Alberto Granados

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Talibanes

Occidente, nuestro ámbito cultural, siente como incuestionable su sistema de pensamiento, sus valores, su modelo cultural e ideológico. Todos aceptamos, en mayor o menor medida, que no hay otro modelo político válido que la democracia representativa; desconfiamos de los estados teocráticos y nos repelen los usos y costumbres vinculados a lo más rancio del Islam cuando se interpreta en su literalidad medieval. Todos tenemos el alma en vilo al ver que en Afganistán se impone una vez más el régimen talibán, con sus degollinas, lapidaciones y represión a las mujeres (en cuestión de horas ya han sido apartadas de las universidades).

Mujeres afganas, Paula Bronstein en El País 15/08/ 2021

          La palabra talibán ha sufrido un severo cambio semántico: de ser un sustantivo que designa a los miembros de cierta tendencia musulmana (Perteneciente o relativo a un movimiento integrista musulmán surgido de una escuela coránica pakistaní y desarrollado en Afganistán, según el DRAE) ha pasado a usarse preferentemente como adjetivo (Fanático intransigente, segunda acepción del mismo corpus semántico). Prensa y redes suelen mencionar el carácter talibán de los líderes de VOX, por ejemplo.

          A primera vista, podría parecer que los principios talibanes no pueden calar en la vieja Europa ni el resto de Occidente. Pero nuestra historia no está exenta de intolerancia, ni nuestro presente inmediato es tan inocente como nos gustaría asumir sin problemas de conciencia. Hay muchos hechos que han sucedido en nuestra vieja Europa y que, pese a escandalizarnos en su momento, se han convertido en una especie de rutina macabra que terminamos por asumir como la dichosa excepción que confirma la regla de nuestra civilizada convivencia. Es decir, el conformismo termina por echar abajo nuestro modelo unánimemente aceptado como el único posible y deseable.

          En julio de 1995 (ha hecho solo 26 años), los serbio-bosnios aplicaron una (una más) limpieza étnica en Srebrenica, que mató a 8.000 bosnios de religión musulmana. El impulsor, Ratko Mladic, no se parece en nada a los talibanes enfundados en chalecos que la televisión y la prensa gráfica nos muestran estos días, pero su actitud no fue menos intransigente o fanática que la de los barbudos islámicos afganos.

          Los regímenes totalitarios más crueles no nacieron fuera de las fronteras europeas: Stalin, Hitler, Mussolini, Tito o Franco también inundaron Europa de fusilados o condenados a perecer en los eufemísticamente llamados campos de trabajo. Mi generación vivió con horror juvenil situaciones como la guerra de Vietnam o vimos erigir el vergonzoso muro de Berlín y supimos de la vergüenza del gulag soviético.

          Solo hace unas semanas, Samuel, un joven de La Coruña era agredido y asesinado por su condición homosexual. Como García Lorca, una de las últimas palabras que oyó fue maricón, espetada con el mayor odio y la más absoluta intolerancia. Pero no es un hcho aislado y este mismo año diversos países han asentado en sus códigos civiles la penalización de la condición de homosexual, penalización que va desde la pena de muerte en países asiáticos y africanos de tendencia islámica (Yemen, Afganistán, Pakistán, Arabia Saudí, Irán, Somalia, Sudán, Mauritania…) hasta diez años de prisión (Tanzania, Kenia, Bangladesh…). Solo en algunos casos podría aplicarse el sentido original del término talibán.

          ¿Qué puede decirse de las campañas contra inmigrantes que cruzan los países más prósperos de Occidente en campañas electorales, prensa y redes? Nombres como Marie Le Penn, Donald Trump o Santiago Abascal y sus chicos de VOX están empeñados en negar la Historia y ese impulso migratorio que la genera. En nuestro caso, negar la emigración es tan absurdo como asumir la leyenda de la asistencia sobrenatural de la Virgen de Covadonga a don Pelayo

 

Las «Sinsombrero», imagen de la web Mujervisible.eu

          La violencia machista lleva demasiadas mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas o incluso, por causas externas a su vida afectiva (los feminicidios de México, por ejemplo, de los que se ocupó Roberto Bolaño). Pero no hace falta el asesinato para anular a una mujer, restarle importancia a sus capacidades o aprovecharse de éstas: la brecha salarial, el robo descarado de ideas en el mundo empresarial, el caso de María Lejárraga, que escribió títulos que aparecieron como escritos por su marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. La prensa da cumplida cuenta de demasiadas situaciones en que la mujer es minusvalorada frente al hombre sin más razón que su condición biológica de mujer. Incluso entre la más famosa nómina creativa de nuestra historia, la generación del 27, parece que no hubo ni mujeres poetas o creadoras plásticas. Y hablo de lo más sensible de la llamada Edad de Plata de nuestra cultura, que dejó colarse al chileno Pablo Neruda, pero cerró la puerta a nuestras compatriotas, las “sinsombrero”: María Zambrano, Ernestina de Champourcin, Maruja Mallo, Margarita Manso, Ángeles Santos, Concha Méndez, Marga Gil Roesset, María Teresa León, Rosa Chacel, Josefina de la Torre… parecen no contar como miembros activos del 27 para antólogos ni críticos durante décadas. Eran, simplemente, mujeres.

          La situación gravísima de Afganistán nos resucita el horror talibán, pero no tengamos la soberbia de creernos al margen del talibanismo: Occidente tiene también sus pecadillos y hay demasiados talibanes cerca de nosotros, camuflados en su respetabilidad doméstica, aunque con la bestia agazapada y presta a salir en cualquier situación.

Alberto Granados

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El miedo a las ideas

El pasado viernes leí en El País digital la columna de Antonio Muñoz Molina que aparecería en la versión física en el Babelia del sábado: Prosa de infamia. En ella, el ubetense universal daba cuenta de los anónimos recibidos en que se ataca a su esposa y a él mismo por haber firmado un manifiesto en que un grupo de intelectuales pedía el voto para las opciones políticas de izquierdas en las recientes elecciones autonómicas de la comunidad madrileña que tan ampliamente ganó Isabel Díaz Ayuso. Horas después, el diario Público se hacía eco del hecho.

          Como denuncia el columnista, que ya ha recibido amenazas anteriores, el lenguaje del odio está tan extendido en cierto tipo de prensa y en las redes fecales, que los anónimos le resultan a la vez intimidatorios y esperables, dado el deterioro democrático a que nuestra sociedad ha llegado.

Elvira y Antonio en el acto de ingreso del segundo en la Academia de Buenas Letras de Granada. El Mundo, 24/09/2017

          Me resulta curioso que el autor, que desde siempre ha defendido a Salman Rushdie desde que éste se vio amenazado de muerte por la intolerancia del Islam más exaltado, reciba ahora estas intimidaciones, que a mí me preocupan por lo que conllevan: el ascenso de la derecha y la extrema derecha, que tienen un sentido casi patrimonial del poder político, los errores de Sánchez, la demagogia en torno al desvirtuado concepto de libertad durante la pandemia, etc. suponen un toque a rebato, una labor de desgaste del gobierno y la urgencia descarada de hacerse con el poder por los medios que sean, sin descartar los más impresentables. Esta es la situación: la vida parlamentaria convertida en un lavadero público de sainete; el debate público, reducido a las trampas demagógicas de las redes sociales; las urnas y sus resultados, soslayadas, excepto que beneficien a los partidos de derecha, que se sienten los únicos depositarios del poder porque no han sido nunca demócratas. No debemos olvidar al general que propugnaba una bala para cada uno de los 26 millones de hijos de puta, ni los envíos de balas a Marlaska o a Pablo Iglesias durante la campaña de Madrid o de la navaja a Reyes Maroto.

          La historia no es nueva: el poder tiende a ser conservador y ese poder siente un intenso pavor a las ideas que le incomodan, por lo que las persigue de mil formas: censura, quema de libros desafectos (en este mismo blog escribí Biblioclasmos, sobre el tema), destierros y separación de cátedras universitarias (desde Fray Luis de León a Quevedo o Unamuno, Agustín García Calvo y Tierno Galván), la vergonzosa aparición del llamado Índice de Libros Prohibidos… La extrema derecha ya amenazó anónimamente a Buero Vallejo en los primeros tiempos de la transición. Roberto Saviano tuvo que ausentarse de Nápoles tras escribir su novela sobre la camorra, Gomorra. Rushdie, ha vivido escondido demasiados años tras publicar Los versos satánicos. Los humoristas de Charlie Hebdo murieron en un atentado del terrorismo islámico, curiosamente, el mismo día en que se iba a presentar Sumisión, la novela de Michel Houllebeck que daba claves muy realistas sobre la presencia del Islam en Francia… Y qué decir de las purgas a los escritores soviéticos que se desviaban de la ortodoxia estalinista, con Solchenitzyn como paradigma. De la destrucción de libros a la amenaza al autor, la humanidad siempre ha manifestado un miedo absoluto a la circulación libre de ideas, especialmente por parte de los partidarios del poder absoluto y por ello, incuestionable.

Quema de libros llevada a cabo por los nazis (Diario Correo)

          En la España actual hay demasiadas amenazas sobre el mundo de las ideas, una falta absoluta de respeto a las libertades sagradas de pensamiento y expresión, una tácita exigencia de pensamiento único. Me da miedo a lo que puede llegar la prensa: el fantasma de la autocensura planea sobre una sociedad que recicla las lacras más indecentes del franquismo.

          Conozco (diría que bastante bien) la obra periodística de Muñoz Molina. Me llama la atención el hecho de que contra ETA escribió bastantes columnas llenas de valentía, especialmente en los tiempos en que, por vivir en Madrid, hubiera podido ser un objetivo fácil para los gudaris nazis de la causa vasca. Espero que esa valentía no se resienta por las amenazantes cartas anónimas de un descerebrado fascista. Es que el país no está como para acallar a las mentes más lúcidas, entra las que cuento a Elvira y Antonio. Nuestra historia ya está llena de trabas al pensamiento libre como para repetir ese feo vicio nacional de imponer las ideas propias por encima de la lucidez de otras mentes menos obtusas.

          Espero, igualmente, que la policía detenga al payaso que se dedica a menesteres tan nobles y que los jueces, por una vez, sean independientes y sentencien con la lógica de una sociedad plural. También espero que ambos columnistas se sientan respaldados y necesarios: lo son por enriquecernos con cada uno de sus textos.

Alberto Granados

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Celia Correa: un homenaje

El pasado viernes, 4 de junio, año y pico después, volví al salón del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada para participar en un homenaje a su presidenta actual, Celia Correa Góngora. Se trataba de una sigilosa maniobra gestada en la mente de Francisco Gil Craviotto, que ha buscado colaboraciones de forma secreta, clandestina casi, para que a la homenajeada no le llegara la onda de lo que se preparaba. De hecho, ella acudió al acto creyendo que se iba a hablar del próximo libro de Gil Craviotto y se sentó en la mesa de los intervinientes con sus notas de lectura sobre el mencionado libro. Nada más empezado el acto, Juan Chirveches, que actuaba de maestro de ceremonias, cambió repentinamente el sentido de todo al hablar de otro libro: Gil Craviotto abrió un sobre y sacó un ejemplar cuyo título es «Homenaje a Celia Correa Góngora. Coordinado por Francisco Gil Craviotto». La cara que puso Celia, el aplauso y la entrada en la sala de su marido, su hija y varios hermanos fueron realmente emotivos. Marijose Muñoz, la recitadora casi imprescindible en los saraos del Centro, con su voz que es un regalo y su sugerente dicción, leyó algunas notas de ausentes, algún poema (de Marina Tapia, de Fernando de Villena) y después fue apareciendo de forma improvisada un caudal de anécdotas sobre la aparición del libro, sobre las inocentes ocultaciones por parte del marido, Pepe Mondéjar, que estaba en el ajo desde el primer momento, sobre el papel que algunos (el propio Chirveches y yo mismo) hemos desempeñado en la maquetación y corrección de los sucesivos borradores. Todo cálido, directo y entrañable, sin protocolo y sin ampulosas declaraciones.

La mayor parte de las colaboraciones ensalzan la figura de esta mujer que se implica en los problemas de Granada y que, cuando estaba a punto de desaparecer por dificultades económica, hizo remontar el Centro, la institución cultural más antigua de la ciudad (136 años ya) y devolverle el brillo que tuvo desde su origen. El periodista Antonio Arenas ha publicado la crónica en Ideal.

El salón se habría llenado si no hubiera sido por las restricciones sanitarias que impone la pandemia, pues Celia suscita empatía a quienes la conocemos. El libro contiene 31 textos, todos repitiendo el mismo motivo: la valía de esta luchadora mujer. Yo decidí escribirle un cuento (fue el verano del año pasado, en Calahonda) en que circunstancias de su biografía se mezclan con otras totalmente imaginarias, pero siempre dibujando a un cuádruple personaje en el que todos reconocemos el tesón de la protagonista.

Ahora a celia Correa le queda disfrutar su momento de gloria y seguir tirando de un carro difícil. Quienes la conocemos sabemos que esfuerzo y voluntad no van a faltarle.

Este es el cuento:

TRANSMIGRACIONES

          La Cátedra de Parapsicología y Temas Ocultos de la Universidad de Jauja ha publicado un reciente estudio del Profesor Obtuse sobre las transmigraciones de almas. Según el sagaz estudioso, la tecnología actual permite seguir el rastro de algunas almas, sus sucesivas encarnaciones a lo largo del tiempo, aunque reconoce que las conexiones no siempre funcionan y se producen saltos inexplicables en los que el alma de alguien parece quedar difuminada. Tanto la mencionada Cátedra, como el Profesor Obtuse suelen ser objeto de críticas del estamento científico, que habla de rigor racional frente a credulidad inducida, muy próxima a la superstición y por tanto fraudulenta.

          Racionalista yo, he leído con escaso interés el estudio, que finalmente me ha sorprendido por su ambigüedad y sus aventuradas hipótesis. Según la investigación, en el s. XVIII, en los años del más encendido furor enciclopedista, doña Paz Dorronsoro, una dama de la burguesía jaujana, viajó a París para visitar a su hijo, que ejercía de diplomático en la capital francesa. Mujer ilustrada e inquieta, se había formado entre hacendados, esclavos y plantaciones, en un ambiente de hombres que decidían y ordenaban, sin contar en absoluto con las mujeres, quienes sólo aportaban sus fortunas y su belleza a la inmutabilidad de aquellos esquemas sociales. Paz, desde pequeña, se había formulado muchas preguntas y había escrutado los rostros infelices de su madre y las otras señoras que la familia frecuentaba y comprendió que o empezaba a espabilarse o su vida sería tan pobre como las de aquellas damas. Ni ella misma habría sabido expresarlo, pero se sentía siempre una mujer decisiva en la época del libro que estuviera leyendo. Era una Hipatia cuando leía sobre el mundo clásico, una Scherezade si se ocupaba de temas orientales, una Beatriz Galindo cuando el tema de sus lecturas era el Siglo de Oro o bien se veía a sí misma como una Sor Juana Inés de la Cruz si su pensamiento se ocupaba de la realidad latinoamericana. Empezó a leer y analizar biografías de mujeres que, de no serlo, serían ilustres, en vez de haber quedado para la Historia como bichos raros, siempre fuera del sitio que se les tenía asignado.

Doña Paz deseaba llegar a París. Allí iba a conocer a su nuera y a su nieto recién nacido. Tan pronto estuvo allí, pidió a su al hijo que le mostrara las mejores librerías, que le presentara a alguna salonnière, que la llevara al teatro, a ver los palacios donde se mostraba al mundo la grandeur del país galo… En pocas semanas, acaparó un baúl con obras de Diderot, Voltaire, Rousseau… y otros muchos de poesía y teatro; también fue recibida en el salón de Madme d’Epinay y fue agasajada por lo mejor de la Ilustración, para quienes leyó buena parte de la poesía del Siglo de Oro español, junto a algunos de sus cuentos recogidos en un volumen llamado «Mares de tinta», del que regaló varios ejemplares a aquellos intelectuales. Observó ciertos comportamientos licenciosos y un grado de libertad que las mujeres jaujanas desconocían. Todo la deslumbraba y en sus ensoñaciones se veía a sí misma como alguien destinada a crear nuevos lugares para la mujer. Estaba entusiasmada con Rousseau, de quien se decía que había sido amante de la Epinay. París colmaba su afán cultural y se sentía tan feliz que temía el inminente regreso a Jauja, donde reencontraría a su marido, un senador de la República, acomodaticio y áspero, que había sobrevivido a varios cuartelazos. Volver a aquella aburrida vida tras su experiencia parisina le iba a costar, pero seis meses en París le habían colmado el espíritu y se prometía ahondar en tantas percepciones nuevas, leer mucho, estudiar, tal vez crear un salón literario para otras mujeres… El infortunio se cebó en el barco que la llevaba de regreso y murió ahogada en el Atlántico pocas semanas antes de la navidad de 1782.

El Profesor Obtuse mantiene que en el momento del naufragio el alma de doña Paz transmigró al cuerpo de Luisita, una niña que acababa de nacer en Madrid, hija de Luis, un campesino emigrado a la ciudad en busca de fortuna, y de Isidra, una sencilla muchacha del barrio de Lavapiés. Tras el alumbramiento, la joven siguió ocupándose de limpiar y hacer de comer para un pintor aragonés, un tal Goya, hombre extraño y afrancesado que había pintado varias veces a los Borbones y a otros aristócratas de la villa y corte. Luisita se crió, por tanto, entre botes de pintura, bocetos al carboncillo y visitas ilustres que posaban para el maestro. La niña entretenía con su parloteo al pintor, pero también escuchaba las conversaciones, en las que siempre había un tono liberal y antiborbónico que después repetía a su padre, hombre convencido de que en España había que extirpar a tanto noble zángano, de que el Rey era un cornudo consentido y de que el pueblo pasaba hambre sin que nadie en la Corte se preocupara. El Rey, Godoy y los demás cortesanos se ocupaban de sus cacerías, sus costosos palacios llenos de maravillas y la gente llana no tenía qué llevarse a la boca, pensaba aquel hombre curtido en mil oficios y hambres.

Luisita pronto fue una adolescente hermosísima, de pensamiento vivaz y liberal. Don Francisco disfrutaba hablando con ella y un día le hizo una extraña propuesta: le pidió que posara, reclinada en un diván. Le explicó que era para un retrato y que su rostro no aparecería, sino el de la Duquesa de Alba. La joven accedió y trató de justificarse:

–Don Francisco, yo no sé si esto es decente, pero me da igual. Lo voy a hacer. La fama me alcanzará solo de refilón, pero generaciones de gentes me admirarán. Pocas mujeres podrán disfrutar de un privilegio ni de una fama así.

Y empezaron los posados en que, para su sorpresa, no sintió vergüenza alguna ni creyó estar haciendo nada indecoroso, sino algo absolutamente natural y hermoso. Fueron muchas horas de conversaciones.

–Don Francisco, a mí me pasa una cosa muy rara. Tengo sueños en que estoy en París, delante de una catedral junto a un río, o rodeada de señoras que leen libros acompañadas de lechuguinos, o lo peor, hay veces en que voy en un barco, un velero que se va a pique y cuando estoy sintiendo que me ahogo, me despierto como si no fuera yo… Es raro…

–¿Qué te pasa hoy que no te estás quieta? Así no puedo pintarte, pequeña. Tranquilízate y sigamos…

Luisa era ya una mujer bellísima cuando las tropas francesas llegaron a Madrid. Ella admiraba a los franceses, había oído a don Francisco hablar de su valiente forma de pensar, de todos los pasos que habían dado hacia la libertad, de las ideas que se manejaban en el país vecino… Le gustaba sentirse una afrancesada, una amante de las libertades, muy distinta a las demás mujeres, tan pasivas. Pero ver al ejército francés ocupando Madrid la sublevó. Luisa se echó a la calle con su padre para defender la ciudad. Llevaban navajas y cuchillos y se juraron morir por la libertad si hacía falta.

El Profesor Obtuse no encuentra la continuación del alma de Luisita, que murió lentamente de un tiro en el estómago la madrugada del 2 de mayo de 1808. Tal vez durante su lenta agonía se vio a sí misma como una francesa de los tiempos de la República, ciudadana del mundo, avanzada, culta y amiga de la cultura. Tal vez tuvo una última visión de los curiosos visitando «La maja desnuda» en el Museo del Prado. Tal vez.

Obtuse reencuentra el alma perdida en Granada, casi un siglo después, en Angustias, una costurera del Realejo. Cose para varias tiendas de ropa y para algunas vecinas que necesitan vestirse para una boda o un bautizo y andan escasas de dinero. En sus ratos libres lee constantemente y asiste a alguna actividad en un reciente Centro Artístico, inaugurado poco antes de su nacimiento. Allí ha conocido a un joven poeta, Federico, que siendo la alegría de la vida parece llevar en la mirada una fatal profecía de muerte. Se siente enamorada del muchacho, que le dedica hermosos poemas, pero que no parece sentir por ella el menor deseo.

Angustias es de las que han ido todas las tardes al Gobierno Civil a preguntar por Federico cuando, en los primeros días de la guerra, lo sacan de la casa de los Rosales. Ella sabe que la delicadeza de Federico no podrá nada frente a la brutalidad de aquellos fascistas. Pide que le dejen verlo, una vez tras otra, y termina por ser una especie de novia pesada y molesta que está dando la nota donde menos debería hacerlo. El comandante Valdés pide a sus colaboradores que le quiten de allí a aquella estantigua y varios falangistas se encargan de llevarla en un coche a los bosques de la Alhambra y de allí a las tapias del cementerio. Quieren gastarle una broma, así que la desnudan y la obligan a contemplar cómo fusilan a unos desgraciados. En su alma nunca había existido un resquicio para el horror, pero allí lo encuentra. Le parece que su espíritu se ha deshecho en miles de galerías por donde el Mal circula como lo hace la sangre de sus venas y llora por su bondad perdida. Arrodillada, llorosa, estremecida empieza a sentir las patadas y bofetadas que sus captores han empezado a darle. Su cabeza estalla y pierde para siempre el sentido de la realidad. Sobrevive perdida en un acabamiento parecido a la locura y recorre la ciudad como buscando un vínculo con quien ella había sido. Se deja cuidar por alguna vecina, por la mujer que la recogió cuando subió al cementerio en busca del cadáver de su hijo y la vio tiritando de frío y locura. Angustias vivió casi veinte años en su sinrazón, durmiendo en la calle y escapándose cada vez que unas monjas o unas damas piadosas la encerraban para que no estuviera a la intemperie. En sus duermevelas angustiosas su cerebro registraba visiones fugaces en que se mezclaban imágenes de París, de la corte de Carlos IV, de las sesiones del Centro Artístico, de mujeres que habían destacado a lo largo de los siglos, de la Duquesa de Alba, de un Federico que por fin reparaba en su enamoramiento, de la ciudad que la vio nacer y que la estaba matando de locura e infelicidad. Una mañana el sereno la encontró muerta y nadie hizo nada por saber la causa de la muerte. Sus ojos acusadores nunca volverían a cruzarse con los de los asesinos aficionados a dar palizas y siniestros paseos.

Y su alma, siempre según el Profesor Obtuse, fue a parar a una niña que acababa de nacer en el barrio de San Lázaro: Celia, una niña morena, de ojos abiertos e inquisitivos, que desde el primer instante parecía preguntarse por la verdad de la existencia. Su madre se preocupaba tal vez por qué le tendría reservado la vida a aquella pequeña. Imaginaba cómo sería su niña, qué se podría esperar para ella, que fuera distinto a lo que estaban viviendo en aquella paz de cementerio que ya duraba 13 años, tan llena de vencedores y tan vacía de perdedores, tan silenciosa de miedo.  Como otras muchas madres desearía para la niña que fuera una buena persona, que fuera feliz y creara una familia, que fuera estudiosa y creativa, que tuviera una inquietud intelectual abierta y plural, que la quisieran sus amigos, que amara Granada, sus leyendas, su historia y su cultura, que visitara París, que fuera sensible y sus ojos entrevieran las claves de todo cuanto fuera ingenioso, que fuera valiente y luchara por sí misma… En sus sueños maternales llegó a verla como una mujer respetada por la ciudad, alguien destacado en la vida cultural, indispensable para sus amigos, que tal vez encontrarían en ella motivos más que merecidos para homenajearla con todo el cariño. Pero el llanto de la niña la apartó de sus ensoñaciones al tiempo que se decía a sí misma: «Ya sé que los sueños son solo sueños, pero sería bonito… ¿Quién puede saberlo?» y, llena de ternura, besó a su hija.

Y cuando Celia fue creciendo, más allá de alguna travesura infantil, fue cumpliendo las previsiones de su madre, a la que sorprendía con poemas, dibujos, preguntas inimaginables y comprometidas, sueños llenos de imaginación. La madre la veía crecer y se preguntaba de dónde podía venirle aquella afición por las ideas libres, por la pintura, por la necesidad de comprometerse, por su amor por Granada. El Profesor Obtuse no ha reflejado nada de esto en su atrabiliaria investigación, que se detiene en el momento de nacer aquella niña. Esto sólo lo sabemos los que la vemos trabajar y compartimos con ella el afecto y el reconocimiento por ser exactamente como es.

Alberto Granados

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Los nueve círculos (Fernando de Villena)

Fernando de Villena es, posiblemente, el autor granadino que más ha tenido presente su ciudad en el conjunto de su producción literaria, algo que debería reconocérsele de algún modo, pese a la indiferencia, la ingratitud y el desapego connaturales a los granadinos (granaínos, en el sistema fonológico local). En efecto, en cualquier libro suyo, Granada es un imprescindible telón de fondo, cuando no el objeto principal (es el caso de Por los barrios de Granada, Port Royal, 2019). Conozco unos 25 libros de Fernando y puedo certificar la presencia constante de Granada, cualquiera que sea la trama o la época, en su abundante producción literaria.

          Su última novela, Los nueve círculos (Barcelona, Ediciones Carena, 2021, 249 páginas) es una crónica de la ciudad que comprende desde 1956 hasta 2020. Como ya hiciera Bernardo Bertolucci en Novecento o Francisco Gil Craviotto en El oratorio de las lágrimas, la novela de Villena nos muestra el proceso de degradación de la ciudad desde la doble perspectiva de sus protagonistas: una chica de condición social muy modesta, ansiosa por superar su miseria, y el hijo de una de las familias mejor asentadas del Régimen en los tristes años de la postguerra, el miedo y el hambre. Lo que en Bertolucci era un friso histórico sobre el nacimiento del fascio italiano y en Gil Craviotto una vitalista celebración de la vida en circunstancias que olían a represión y muerte, aquí es una crónica de la degradación de una ciudad, que se ha dejado embaucar por políticos y especuladores, que ha perdido sus formas de vida tradicionales y ha dejado destrozar su patrimonio histórico.

          Formalmente la novela está integrada por nueve círculos o capítulos en los que se repite siempre el mismo esquema: un fragmento de las memorias de Arturo y un fragmento de las de Margarita. Tras los nueve círculos, un demoledor epílogo, desesperanzado y crítico, en el que subyace una amarga visión de la condición humana.

          Muy rápidamente, un esbozo de los dos protagonistas: Margarita es una de las hijas de los caseros de una huerta situada en una orilla de la Vega, muy próxima a la ciudad. El padre se muestra servilmente agradecido a los señores tras varias generaciones de servidumbre. Su mujer, en cambio, muestra la rabia de los aplastados. Los hijos consiguen becas y hasta acceso a la Universidad o a empleos razonables. De este modo, Margarita, desde niña, siente la necesidad de superar su extracción social. De ideas izquierdistas, se arrimará al poder emergente socialista de los años 80 hasta que cae en desgracia. De nuevo siente la rabia de los desclasados.

Por su parte, Arturo es hijo de un militar franquista. En su familia, todo parece estar controlado, pero llegan los años del tardofranquismo y el universo familiar se tambalea: uno de los hijos abandona los estudios, la chica menor aparece muerta por sobredosis, el padre contrae deudas de juego y la madre resiste hablando en una tertulia de un pasado dorado que añora. Arturo, viajero sensible y enamorado del arte, da clase en un instituto, y crea su propia familia lejos de los problemas de la familia.

Fernando de Villena urde su trama partiendo de un hecho: la familia de Arturo es la propietaria de la huerta donde se ha criado Margarita. No es que ambos se vean como antagonistas, pero sí como referencia recíproca, especialmente por parte de Margarita, aunque apenas se ven en la ciudad, más allá de algún encuentro fortuito. A medida que los personajes mayores van desapareciendo, los jóvenes protagonizan la trama, que poco a poco va impregnándose de la pesimista concepción del autor. Ambos personajes son perdedores o la sociedad los ha hecho perdedores: Margarita porque a un paso del triunfo político ve cómo la muerte de su amante y valedor la relega de nuevo. Arturo, porque los méritos franquistas de su familia se van desdibujando hasta ser una familia que sobrevive como puede en medio de las recientes penalidades diarias.

Y el desenlace del epílogo vuelve a ponerlos juntos en una situación realmente grave, en un dilema moral que solucionará arbitrariamente un personaje granadino, tan popular como demagogo.

La doble biografía sirve de pretexto para exponer la evolución de Granada durante casi setenta años. Los cambios urbanísticos sin más criterio que la especulación, la pérdida de una forma de vida, el deterioro irreparable del patrimonio, los bares de moda en cada época, los cines, la aparición de los primeros pubs, tan ajenos a nuestra cultura; las reuniones y conspiraciones políticas de la clandestinidad, en definitiva, la intrahistoria de esta ciudad hermosa y contradictoria, madre y madrastra, en que se mueven dos familias que podrían ser representativas de los señoritos y los humildes.

La novela está más dirigida a la urgencia de la trama y sus conclusiones morales que al brillo lingüístico. Quiero decir que Villena, una de las prosas más brillantes de nuestro panorama literario, parece renunciar en este caso a esa habitual brillantez en favor de la tesis del libro. No quiero decir que esta obra esté mal escrita, algo imposible en el autor. Afirmo simplemente que el lenguaje elegido es el de la realidad, de la calle, de una ciudad de provincias en los años sesenta y sucesivos. Es el acento que el libro requiere y Fernando lo refleja impecablemente. Recuerdo unos versos de Alberti dedicados al cantaor Manuel Gerena:

…porque tú no estás, ni estamos

para fuegos de artificio

cuando apenas respiramos.

Esa parece también la conclusión de Fernando: ante una sociedad cada vez más estúpida y engañada; ante las confabulaciones de los lobbies, que juegan con la economía del mundo; ante la injusticia que siempre castiga a los mismos, ante el deterioro moral de nuestra sociedad… no parece necesario desplegar la prosa de enorme belleza intrínseca de sus novelas anteriores, sino denunciar a los figurones de la política local, nacional y mundial, sin dejar atrás la venalidad de algunos políticos locales que aparecen con nombre y apellidos.

Fernando es así de comprometido, ya sea con la estética, ya con la ética. Hay que agradecerle esta gran novela. Y conociendo que no sabe vivir sin escribir, agradecerle también su próximo título.

Alberto Granados

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Los días que paró el mundo

Este es el título del tercer (y por ahora último) volumen de la Memorias de Antonio Enrique, cuyos dos volúmenes anteriores ya he analizado en este blog. Si en Los mamíferos extraños nos exponía su cosmovisión y en Lectura de nubes en el cielo nos hablaba de sus amigos poetas, en Los días que paró el mundo el protagonista es la pandemia del Covid 19, con su carga de sufrimiento, muerte y desolación, junto con los temas habituales (ya dije que cosas como su relación con Trinidad Sevillano, con la otra mujer que conoció siendo ambos adolescentes, la amistad, la poesía de la diferencia, etc. aparecían entrelazados continuamente, como adheridos al núcleo central de cada volumen, como temas musicales de una sinfonía llena de variaciones).

La pandemia y su consecuente confinamiento aparecen analizados por el autor desde un punto de vista próximo, íntimo y doliente: el vecino del que se conoce el contagio y su muerte, la soledad de las calles accitanas, la sensación de pánico, la pregunta universal de qué pasaría si muero o si muere mi compañera de destino… sobrevuelan con una notable carga de humanidad.

Una buena parte de la energía empleada en este libro se ocupa de desautorizar a Pedro Sánchez y las medidas adoptadas por su Gobierno. Para él, el presidente no está autorizado para gobernar porque prometió no pactar con Unidas Podemos y no cumplió su compromiso. Obviamente, este es un punto en que nuestras valoraciones son antagónicas, pero aquí no hablo de mí, sino de sus Memorias.

Cuando llega el desconfinamiento, Trinidad y él emprenden un viaje hacia el norte y recorren la provincia de Soria, hasta llegar al pueblo donde Trinidad Sevillano nació, destinada a una vida miserable hasta que la rescató María de Ávila para convertirla en la estrella de la danza clásica que llegó a ser antes de su retirada. El viaje a los orígenes le resulta doloroso, pero sabe que tiene que afrontar la vida. Siguen por Castilla-León y llegan a Finisterre antes de retornar a Guadix en medio de las noticias sobre la alarma de la Covid y sus contagios.

Trinidad Sevillano, bella y elegante, en uno de sus ballets

El libro, como sus dos volúmenes precedentes, tiene una enorme calidad y engarza lo biográfico con la experiencia vital de los personajes con un soltura literaria llena de belleza y, por momentos, de verdadero lirismo. Prefiero, pero eso es cosa personal, los fragmentos narrativos a los especulativos, no porque el discurso esté mal elaborado, sino porque él parte de premisas que yo, agnóstico y racionalista, rechazo como puntos de partida. Pero me parece que la subjetividad es un elemento respetable, al menos tanto como mis divergentes planteamientos, y en este caso esa subjetividad es la fuente de todo un entramado literario muy notable.

Un total de casi 800 páginas en que el autor se enfrenta a su biografía, se abre en canal y nos ofrece sus confesiones más íntimas. Dejo una pregunta sobre el tapete: ¿habrá nuevos añadidos que completen esta autopsia en vivo que el propio autor se hace ante sus lectores? El tiempo lo dirá.

Alberto Granados

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Lectura de nubes en el cielo

El lector puede encontrar la reseña del primer volumen de estas Memorias en este enlace:

Este es el expresivo título del segundo volumen de las Memorias de Antonio Enrique (Memorias II, Lectura de nubes en el cielo, Granada, Editorial Dauro, 2020, 275 páginas). Él, creyente de mil concepciones esotéricas, mira el paso de las nubes y reconoce en ellas la voz de los muchos amigos poetas que ha tratado a lo largo de sus viajes, destinos docentes, encuentros de escritores, jurados de certámenes literarios, presentaciones de libros y demás usos y costumbres de esos extraños seres que conocemos como poetas, que son, según el autor, los seres más despreciables del mundo, cada uno con su ego a cuestas, sus manías y sus recovecos anímicos.

          Si el primer volumen se destinaba a exponer la cosmovisión de Antonio Enrique, este segundo es un canto a la amistad y los afectos que genera el ámbito de la creación poética. Y también, por contraste, de las fobias, desafecciones e inquinas irreversibles.

          Pero no debo crear una imagen engañosa del conjunto de estas Memorias. No se trata de tres volúmenes estancos, cada uno destinado a exponer un aspecto ajeno a los otros. Por el contrario, estas Memorias tienen una consistencia de sinfonía, una composición en la que van surgiendo temas que se repiten una y otra vez con leves variaciones orquestales. Dicho de otro modo: hay una serie de aspectos que aparecen en los tres volúmenes, ensamblados en la concepción global, pero autónomos y progresivos en su acumulación, un efecto que llega a crear un clímax musical. Su cosmovisión, su compañera (la bailarina Trinidad Sevillano, su cisne esdrújulo: yo la asocio a un diminuto colibrí, toda armonía y sensibilidad) y su nuevo-viejo amor (la niña de la que se enamoró en la adolescencia y a la que ha reencontrado ahora), su visión de la literatura, su insaciable necesidad de amistad, de amor, de vida. Así es como debe entenderse el conjunto, porque lo contrario sería quedarse en la piel del libro.

          Con esta artificiosa salvedad vuelvo a afirmar que este segundo volumen habla de sus amigos poetas. Por sus páginas desfilan una enorme nómina de autores con los que ha mantenido larga correspondencia literaria. Muchos son conocidos, otros no consiguieron salir de un casi anonimato público, quedando su obra solo para los amigos. Algunos han muerto, otros muchos sobreviven cada uno en su circunstancia.

Hay un aspecto que tenía que aparecer inexcusablemente: la vieja polémica entre las dos tendencias poéticas surgidas en Granada hace casi cuarenta años, la poesía de la experiencia o de la otra sentimentalidad, por un lado, que se convirtió en tendencia dominante de la mano de Javier Egea, Álvaro Salvador y, especialmente, Luis García Montero. El auge de esta modalidad y la presencia de los grandes gurús mediáticos borró la existencia de otra tendencia, la poesía de la diferencia: estos poetas se quejaron con razón, de haber sido excluidos de las grandes colecciones nacionales de poesía, de las antologías, de los suplementos y revistas literarios, de los jurados y del reconocimiento que, sin la menor duda, se merecen. Casi muerte civil para estos poetas, que siempre culparon a García Montero y su entorno de boicotearlos. Antonio Enrique dedica un capítulo al tema y habla de una conversación en coche desde Jaén entre García Montero y él, en que le pidió cabida a los de la diferencia. El resultado de la petición sigue siendo desolador, muchos años después.

Antonio Enrique en un acto de la Academia de Buenas Letras de Granada

Otro aspecto que me ha sorprendido: cierta admiración hacia la figura del desaparecido Manuel García Viñó, sedicente crítico literario que más que otra cosa, a través de su panfleto La fiera literaria, ha ejercido el libelo, la parodia, el insulto y la descalificación global de autores muy celebrados. Pero Antonio Enrique es amigo de sus amigos, me temo que incondicionalmente.

Confesándose no lorquiano, la figura de Federico sobrevuela este segundo volumen al hablar de su asesinato, de su verdugo (uno de ellos) y al lanzar la hipótesis sobre dónde se encuentra su cadáver, tan estérilmente buscado junto a la Fuente de las Lágrimas.

Y no podían faltar los poetas de su grupo Ánade: Enrique Morón, el desaparecido Juan León, José Lupiáñez y su Fernandillo (Fernando de Villena), amigos de aventuras poéticas, cuchipandas, debates y creaciones colectivas. Todos ellos revestidos de un aura de afecto y vida compartida, un ámbito poético-vital que se ha ido diluyendo, pero que revive en la evocación emocionada de Antonio Enrique, siempre necesitado del sentimiento de amistad.

Todo este nomenclátor poético destila el afecto, la admiración y la celebración de la poesía y de la amistad. Y de fondo, la prosa magistral del autor, que no puede dejar indiferente a nadie. Muy pronto, la tercera (y por ahora última) entrega en este blog.

Alberto Granados

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Virginidades perdidas

Hace unas semanas, al bajar a Calahonda, la radio del coche hablaba de cuadros y luz, del efecto que un determinado cuadro podía producir en quien lo contemplaba por primera vez. No recuerdo quién era el comentarista que hablaba sobre Georges de la Tour y su Aparición del ángel a san José (1640), del efecto de la luz de una vela, de las soluciones para convertir los interiores umbríos en ámbitos luminosos. Sin embargo, me llamó mucho la atención el sesgo que su exposición tomó un momento después, cuando habló de los autores de las pinturas rupestres que intuyeron el misterio de la luz en medio de la penumbra de sus cuevas, cerradas, oscuras, protectoras. Comentó que esos animales fueron pintados desde cero. Sus autores tuvieron que crear los pigmentos, inventar los efectos de perspectiva y corporalidad, fabricarse velas de sebo… Y hubo un momento en que reflexionó: Me gustaría haber estado presente cuando el pintor invitó a los de su clan a enfrentarse por primera vez al milagro pictórico. ¿Qué efectos les produjo un bisonte de Altamira o un toro de Lascaux a quienes no habían visto jamás una imagen pintada?

Toros de Lacaux

Hay experiencias en la vida que suponen una especie de pérdida de la virginidad estética, un antes y un después. Tal vez verían muchas veces más aquellas pinturas, pero la magia de la primera vez, del descubrimiento absoluto, me parece un momento estelar en la vida de cada uno de nosotros, llena también de descubrimientos y sorpresas. En una conversación, Juan Peregrina hablaba de la envidia que le tenía a un amigo porque iba a empezar a leer a Valle-Inclán, un placer que ya no estaba a su alcance porque ya lo había leído.

El viajero que descubre una ciudad o un paisaje (¿cómo no envidiar al turista que ve la Alhambra por primera vez desde el mirador de san Nicolás, en el Albayzín?); el amante que ve el desnudo luminoso de la mujer deseada; el sabor de un plato o de un postre nunca degustado (Proust descubrió su niñez y sus obsesiones en una sencilla madalena); la cara de tus hijos o nietos, vista y sentida por primera vez en el momento inmediato a su nacimiento; el descubrimiento de la vastedad del mar y sus olas; comprobar que ha nevado y la ciudad parece otra porque suena de otra forma y tiene una luz que casi nunca puedes gozar; el regalo que te hace alguien querido y que constituye una verdadera sorpresa.

GEORGES DE LA TOUR, El sueño de san José (1640)

La sensación de plenitud la primera vez que alquilé un piso a mi nombre y fui comprando muebles, instalando adornos, llenando las estanterías de libros y discos… porque iba a casarme. ¡Qué felicidad tan intensa la de disponer de mi primer espacio propio! Desde aquel piso en Jaén hasta ahora he hecho seis mudanzas, pero aquella sensación jamás se ha repetido en ninguna de mis cinco viviendas posteriores. Ya era una sensación conocida y menos intensa que aquella primera vez.

Aunque viajara muchas veces más no sería igual ese aire especial que tiene una ciudad como Venecia, tantas veces vista en cine, y tan distinta en el momento del encuentro, único e irrepetible. Tampoco está a mi alcance ya descubrir la atmósfera dorada de Lisboa, tan parecida a nuestra Plaza de las Pasiegas. El impacto que siempre han producido en mí esas ciudades con río (París, Toledo, Sevilla, Viena, Londres, Praga, Nantes…) que serán para siempre un recuerdo archivado en mi memoria y una sensación que ha quedado definitivamente abolida.

Una mañana muy fría en Montmartre entramos a una brasserie donde degusté por primera vez una sopa de cebolla que no solo nos calentó, sino que era una de las mayores delicias que he tenido ocasión de paladear. Y esos libros que ahora me cuesta releer porque sé que no volverán a producir el efecto que produjeron en su primera lectura. Y soy de los que releen sus viejos libros, pese a saber de antemano que va a ser una experiencia en parte decepcionante.

Afortunadamente, la vida está llena de gratísimas sorpresas, de sencillos placeres. Son esos descubrimientos impagables y simples, que antes de convertirse en rutina, nos regalan una importante dosis de felicidad. El regalo está en la vida, si sabemos prestarle atención, si tenemos el espíritu abierto al hallazgo, algo que las prisas y las obsesiones del progreso nos están haciendo olvidar. Lo malo de la edad es haber ido dejando en el camino mil virginidades vitales. Ni podemos bañarnos una segunda vez en el mismo río ni encontrar esos placeres definitivamente perdidos. ¡Maldito Heráclito!

Alberto Granados

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Najat El Hachmi, Premio Nadal 2021

El año literario ha empezado con fuerza y calidad. Este Nadal es, en efecto, una gran novela escrita por Najat El Hachmi con la intención de cuestionar prejuicios y estereotipos sobre las mujeres musulmanas. El lunes nos querrán (Ed. Destino, 2021, 304 páginas) está escrita por una mujer que ha pasado por muchos caminos que, en situación normal, le habrían sido vedados: desde la inmigración y la vida de barrio lumpen ha cursado una carrera universitaria, ha publicado varias novelas y ensayos, colabora con medios de prestigio, y el premio la catapultará definitiva y merecidamente. Ha superado los obstáculos que por la lógica interna de las cosas tendrían que haberle resultado insuperables por migrante, por pobre, por marginada y, especialmente, por ser mujer.

La autora, parece tener un amplio conocimiento (¿autobiográfico?) de la problemática de sus compatriotas musulmanas y de las limitaciones que les impone ese Islam integrista y medievalista que parece marcar tendencia en los últimos tiempos. La novela se inicia cuando la protagonista y su mejor amiga empiezan a experimentar los cambios de la pubertad, situación que les supondrá nuevas exigencias de modestia y comportamiento, ya que son mujeres casaderas y el decoro de la familia es un valor decididamente fuerte en la cosmovisión familiar, especialmente en el padre. La protagonista se refugia en sus estudios, siempre con la amenaza de obligarla a abandonar el instituto al primer error, pese a que el profesorado asegura sus capacidades. La vida es para ella una constante presión en que tiene como enemigos a su propio cuerpo, sus impulsos y a su familia. Sueña con un hipotético lunes en que será aceptada, la presión se desvanecerá y se sentirá libre para decidir su propia vida, mientras se muestra decididamente hostil con los demás compañeros, con los que evita cualquier relación fuera de clase. Se le permite seguir los estudios porque no ha cometido ningún error y en el chismoso barrio, periferia de la periferia, no ha surgido el menor rumor. Solo así consigue ir a la Universidad. Su amiga, por el contrario, tiene la energía de la mujer capaz de emprender cualquier idea para salir adelante. Una soñadora, otra decidida emprendedora se sirven de apoyo recíproco, casi de justificación de las decisiones propias de cada una.

Pero la bonanza desaparece y el propio padre acusa a la protagonista de ser la deshonra de la familia. Y empieza un nuevo infierno en el que solo cuenta con su amiga, que ya ha dado el paso casándose con un chico musulmán. Las dos amigas inician un camino de degradación humana en que sus sueños van desmoronándose uno a uno.

Formalmente, la novela es una especie de larga carta que la protagonista dirige a su amiga por indicación del siquiatra que la trata de su negativo sentido de la vida, con la paradoja añadida de que ha conseguido ser una mujer libre, en el sentido occidental de la palabra, una chica como las demás, aunque a costa de haberse desprendido de todo lo que le importaba. ¿Moralismo maniqueo? En absoluto. Lo que queda de manifiesto es que, pese a las derrotas y desgarros, cada persona tiene que luchar por ocupar el espacio que le corresponde, aunque sea el lugar que llegará cualquier lunes soñado.

La relación entre las dos amigas, junto a un número escaso de personajes, es el núcleo narrativo, que se desarrolla con una precisión de reloj suizo: todo en el texto resulta imprescindible y definitivo. No parece sobrar el menor elemento, tal es el rigor narrativo de esta novela, cuya lectura me ha abierto a leer otros libros de la autora.

El lunes nos querrán me ha recordado intensamente una tetralogía que leí a comienzos del año pasado y que firmaba alguien que se hacía llamar  Elena Ferrante (La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida La niña perdida). También en esta saga se trataba de la compleja relación entre dos amigas en el Nápoles más marginal y mafioso. Pero en estas novelas se notaba demasiado lo artificioso del texto, la firme vocación de best-seller. Y su falta de pulso. Lo contario de estas 300 páginas de la novela de Najat El Hachmi, donde todo resulta creíble, auténtico y decididamente bien escrito. Tal vez la única objeción sea que hay momentos en que el desesperado relato tiende al melodrama, algo que la propia protagonista reconoce, pero es que el tono de lo que cuenta no puede ser otro para tanto contratiempo personal. Por lo demás, una novela y una autora llamadas a convertirse en un justificado éxito literario.

Alberto Granados

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José Payá Beltrán: Reseña doble

José Payá Beltrán es un doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, que ejerce la docencia en un instituto próximo a su pueblo y está llevando a cabo una importante indagación filológica en varios campos, al tiempo que escribe obras de creación, algunas de las cuales he conocido. Entre otros trabajos académicos, preparó la edición crítica de Beltenebros (A. Muñoz Molina) en la prestigiosa colección Letras Hispánicas de Editorial Cátedra. Esta circunstancia desembocó en una amistad digital que se remite a varios años y que me permite certificar su generosidad: al saber de mi investigación sobre Muñoz Molina, me envió un paquete con todo su material. Cuando veo que algunos conocidos se han quitado de en medio al saber el objeto de mi estudio y me han negado su archivo muñozmoliniano, tengo que enfatizar el gesto de este por entonces desconocido, que incluso pagó de su bolsillo el envío postal.

          Desde entonces me ha tenido al tanto de sus publicaciones. En 2020 han sido dos, que me ha enviado con esa empatía y generosidad que lo llevan a semejante deferencia. Se trata de un libro en papel, S. S. Van Dine. Un crimen otoñal (Madrid, Grupo Tierra Trivium, septiembre de 2020, 235 páginas) y otro libro electrónico, La primera semana del inspector Duarte, (Click Ediciones, 2020). Leídos ambos, incluyo aquí sus reseñas.

          S. S. Van Dine. Un crimen otoñal es un libro sorprendente e inclasificable. Un divertimento maléfico del autor en que ninguna pieza encaja donde debería y donde el inocente lector va a caer inexorablemente en las diabólicas trampas a las que la lectura lo irá empujando. Es un juguete metaliterario que parte de la afición del autor por la novela negra desde la infancia, afianzada durante su primera adolescencia y aquilatada con las múltiples colecciones que ha ido atesorando durante años. Una vez sentado el hecho de que es un verdadero experto en esta literatura, el libro teoriza sobre las claves del género, las normas tan unánimemente aceptadas por los grandes autores, como dinamitadas en sus propias novelas, que una cosa es teorizar sobre cánones estéticos y otra sacar adelante una novela para un editor. El lector empieza a comprender que no todo lo que se lee obedece siempre al dominio de la verdad canónica, pues en cualquier novela pueden (tal vez deben) surgir otras claves, siempre que se respete el pacto ficcional: escribe de forma convincente y divertida, que yo, como lector, te permitiré que me engañes. El viejo “Miénteme. Dime que me quieres” de Johnny Guitar.

          En este juego de medias verdades, José Payá nos habla de sus compras de material en Nueva York, de su interés por S. S. Van Dine y del descubrimiento casual de unos cuadernillos impresos que, según él, constituyen una novela perdida del americano. Como filólogo, siente la pulsión de analizar tales fragmentos y lo hace en la versión original inglesa y su traducción al castellano. A estas alturas, el lector se puede esperar cualquier cosa…, ya que ha asistido, a parte de la biografía del autor, al origen de su interés por la novela negra y su coleccionismo, ha conocido la figura de S. S. Van Dine, un filonazi controvertido sobre el que la crítica no consigue ponerse de acuerdo, su obra, Philo Vance, su personaje estrella, su estilo, su recorrido personal, sus polémicas y despilfarros, su declive y muerte. A estas alturas, el lector lo sabe todo, menos la verdad. Algo que no pienso desvelar, ya que estamos en una novela negra (¿o no?) y los lectores tienen que intentar saber la verdad antes de que el detective nos la comunique: es la convención más absoluta del género. ¿Qué encontrará el lector? El autor ha preparado una serie de rupturas estructurales y argumentales para que solo los lectores más avispados sepan la verdad antes de llegar a la palabra FIN.

          Respecto a la otra lectura, el autor creó en 2015 un investigador, su detective personal, el inspector Duarte, un policía que ingresa en el cuerpo en plena Transición y observa con flema británica los cambios que se operan en España, al tiempo que va resolviendo los casos de asesinato que surgen en su zona. Viudo y solitario, ha alcanzado la jubilación, pero sigue como un sabueso las pistas que la crónica negra va espigando en su área geográfica. Hombre modesto y honesto jamás se deja llevar por la vanidad y el prestigio que sus éxitos policiales podrían despertarle. Con esta, son tres las entregas en que José Payá Beltrán pone a trabajar a su personaje.     

El autor creó el personaje del inspector Duarte en 2015 y ha sido el protagonista de tres novelas policíacas, todas acaecidas en un pequeño pueblo levantino. Esta última, La primera semana del inspector Duarte, aparece como el momento inaugural de su detective (hoy se diría una precuela de la serie), ya que el lector conocerá indirectamente los inicios del personaje, ya fallecido. El título, además, sirve de contraste a una entrega anterior, La última semana del inspector Duarte (2015) y parece responder a una urgencia por resucitar al personaje, al que el autor profesa un evidente cariño.

En esta novela, un recién incorporado Duarte se ve mezclado en un caso que se archiva por falta de avances en la investigación y cuarenta años después un periodista irá tirando de los cabos sueltos hasta saber quién era el asesino. Hay que remitirse a la mañana del 24 de febrero de 1981 (hoy hace cuarenta años, por tanto), una mañana atípica en que los guardias civiles están abandonando el Congreso tras el intento de golpe de la tarde anterior. En el pueblo se han visto gestos amenazadores, especialmente para el alcalde comunista. Los niños no van a la escuela esa mañana, así que se van a jugar al fútbol. Un balón rueda una pendiente y cuando el culpable va a recogerlo encuentra un cadáver: un sujeto odiado en el pueblo por su grosería con cualquier mujer ha sido asesinado, sin que el hecho parezca dolerle a nadie.

Cuarenta años después, el periodista habla de ese primer caso de Duarte. Al principio nadie parece recordar, pero unos vecinos remiten a otros y el esquema de aquel crimen va completándose. De fondo, esa visión desolada del ser humano, ese “ángel fieramente humano” que cuando se pierde en la falta de normalidad, puede dar en un ángel, pero también en un feroz depredador. Los odios políticos del pueblo hacen el resto. Una novela amena, de ritmo rápido y eficaz que solo ofrece las respuestas, nunca las preguntas del reportero y que traza un friso de la España de entonces frente a la de las nuevas generaciones.

También se hace buena literatura en las mil periferias, con autores condenados a la autoedición, incluso a perder dinero, situación por la que Pepe Payá (así firma sus correos) no se ha visto obligado a pasar (yo, en cambio, sí). Pero el gusanillo de la creación literaria tiene estas cosas y la satisfacción de publicar compensa largamente. Que el futuro le permita publicar con un reconocimiento cada vez más amplio, tan merecido como justo.

Alberto Granados

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Orillas del Sena (F. Gil Craviotto)

Francisco Gil Craviotto es uno de los autores locales que, junto al gran poeta Rafael Guillén, ostenta el decanato de los escritores granadinos ampliamente octogenarios (ambos nacidos en 1933). Es, además, una persona de una bondad y generosidad indiscutibles, lo que hace que se implique para escribirle el prólogo a alguien que publique libro (conmigo lo hizo), llame a autores para colaborar con revistas y libros colectivos (también lo ha hecho, repetidamente, conmigo), se implique en ciclos de actividades culturales, en reivindicaciones, en presentaciones de libros ajenos… Mantiene tal grado de actividad que sorprende en un casi nonagenario, pero él es así y lo será hasta su último aliento.

          Suele enviarme los borradores de sus obras, incluso de las que conserva inéditas, y hay veces en que le tengo que dar un toque, especialmente con las Memorias que está preparando:

          –Pero Paco, ¿cómo vas a poner tal cosa? Mira que te vas a ganar algún enemigo y…

–Mira, estas Memorias no van a conocerse hasta después de mi muerte, así que me importa un comino si alguien se enfada. Seguramente se lo merece.

Cuando vivía en Les Mureux, tras su trabajo, daba largos paseos junto al Sena. Le gusta tanto ese río que a él dedicó su discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada, leído el 21 de mayo de 2012: “El Sena, río literario”. De sus caminatas junto al río, con su perra Chica, nació un singular libro de estampas literarias que parece contiene mil formas de belleza creativa: las descripciones más elegantes, el paisaje, los tipos humanos, el río y sus barcazas… y como contrapunto, los ojos de su interlocutora, que miran con mirada inteligente, casi humana (perra bilingüe, asegura el escritor). Lo publicó Alhulia (Mis paseos con Chica).

Pero Francisco, o Paco, o el Maestro (solemos llamarlo de las tres formas) perdió a su mascota y después volvió a España, una vez jubilado. Entre otras muchas cosas, trajo otras estampas, inéditas hasta ahora, que aparecen en la colección Mirto Academia, también de Alhulia, dedicada a los libros de los académicos. El verano pasado me pidió un epílogo, que le escribí encantado y que aparece en el libro recientemente publicado.

Algunas de las estampas de este libro han aparecido espigadas en algunos libros, ya suyos, ya colectivos, pero ahora aparecen en su contexto y al margen de una selección temática. Un total de cuarenta estampas que oscilan entre el paisaje humano (El mendigo filósofo, El reloj de Meulan, Llueve, El pozo, El cementerio de Meulan), el propio Sena (Río Sena, ¿Padre o madre?, Río divino…), los personajes históricos que han tenido algún vínculo con el río (Merimée, Guy de Maupassant, Colombine, Manuel Azaña, Azorín…), la flora (El lirio de los valles, Los sauces del Sena, La flor del escaramujo, El chopo del camino…), y la fauna del ecosistema fluvial (Cisnes del Sena, Mirlos del Sena, Las golondrinas, «Chica»). Ha tenido la impagable gentileza de dedicarme el texto dedicado a Hemingway.

Un rico anecdotario lleno de sutileza y humanidad, un aura de nostalgia ennoblecedora del recuerdo, un repaso por un paisaje que el progreso ha hecho desaparecer para siempre. Y el sello inconfundible del Maestro. Ni más ni menos que belleza literaria llena de autenticidad y un aire geórgico y rural de cuando salir al campo era aún una actividad que entroncaba al paseante con la verdadera naturaleza. La situación ha cambiado tanto, ha sido tan grave y definitiva la degradación que será difícil que se escriban nuevas estampas como las incluidas en Orillas del Sena, libro que tiene mucho de testimonio de un mundo perdido.

Que la Academia haya publicado este libro, casi nueve años después de su ingreso es un hermoso gesto, pero es sobre todo un acto de justicia.

Alberto Granados

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Los mamíferos extraños

Los mamíferos extraños es el título del primer volumen de las memorias del poeta, novelista y erudito granadino Antonio Enrique (Granada, Ediciones Dauro, 2020, 287 páginas). A principios de la pandemia lo telefoneé y mantuvimos una larga conversación en la que, entre mil temas de conversación atropellada, me informó de que iba a publicar estas memorias, escasamente canónicas, ya que este libro no coincide con una exposición de hechos y peripecias vitales. Es otra cosa. Es un híbrido entre la búsqueda ontológica de la naturaleza del ser humano, ese extraño mamífero, la autoayuda, una visión cosmogónica y, por encima de todo, una defensa inexpugnable del amor y de la poesía. Me habló de dos volúmenes, pero el cambio social que ha comportado el virus, el confinamiento, las muertes… todas esas circunstancias que han ensombrecido nuestras vidas, le han hecho escribir un tercer tomo, un añadido fuera por completo del esquema inicialmente previsto.

          Se me hace difícil hablar de un libro tan complejo. Las primeras páginas me parecieron una repetición ampliada de otro libro suyo (El espejo de los vivos [El sentido de la vida], Editorial Alhulia, Colección Mirto Academia n. 67, 2017), en cuanto argumentaba el papel del ser humano en el Universo, partiendo de alguna forma de creación, llámese Dios, llámese plano de energía. Sería entonces, una disquisición metafísica. Pero muy pronto, estas memorias empiezan a hablar del propio autor: su niñez de chiquillo introvertido y reflexivo, sus afectos, su universo familiar, sus veraneos y su percepción de la libido sublimada, convertida en una atracción por una niña poco menor que él por la que se siente fascinado.

Junto a esta incursión en el género memorialístico convencional y lleno de tiernas anécdotas, Antonio Enrique vuelve a la reflexión profunda y confiesa a sus lectores, pero sobre todo a sí mismo, la eterna pulsión amatoria que ha marcado su vida. Aparecen entonces conceptos cósmicos, como la predestinación, el azar, el tarot, el fatalismo y el destino, la física cuántica y esos planos del universo que no diferencian ni la biología ni la física convencionales, el karma, la herencia biológica, los refuerzos a la pulsión erótica, tales como como el olor corporal, las facciones, la voz, la procreación necesaria para la perpetuación de la especie. Una y otra vez habla de aquella niña de su veraneo en Huétor, ahora de nuevo atrayente imán de su deseo, tras 46 años. Ese impulso lo lleva a señalar tres momentos en la vida de un nuevo ser: la concepción, la encarnación o momento en que el feto adquiere conciencia y la descarnación o muerte. Todas estas reflexiones conducen siempre a sus impulsos amatorios y están trufadas de una serie de anécdotas de diferente intensidad y tono: sus amigos, sus coqueteos juveniles con todas las chicas que se le mostraron propicias y receptivas, los contactos con otros poetas, la presencia de los muertos que ha ido acumulando en su trayecto vital, la galería de personajes que ha conocido…

Antonio Enrique, junto a Miguel Arnas, en la presentación de El espejo de los vivos (Diciembre de 2017)

Da la sensación de que este Los mamíferos extraños ha sido escrito, más que destinado a los lectores, destinado a sí mismo, en un intento de aclararse las propias ideas poniéndolas por escrito, y en este sentido podría parecerse a un manual de autoayuda, pero lo literario impregna todo el discurso. ¡Qué elegancia de prosa! ¡Qué amenidad en los párrafos narrativos y qué densidad en los especulativos! ¡Cuánta vida, cuánta muerte, cuánto amor desfilan por las páginas de este estudio sobre esos bóvidos erguidos que somos!

Antonio Enrique advierte desde las primeras páginas que su libro admite dos enfoques: el del creyente de alguna cosmovisión, para el que la muerte es un cambio de dimensión espacio-temporal y la del escéptico, para quien la muerte es un punto final de todo. Él se confiesa perteneciente al primer grupo, de ahí que conceptos ya mencionados como karma, transmigración, reencarnación, etc. tengan para él el sentido de lo trascendente, en tanto que para mí, racionalista y descreído, son solo especulaciones. ¿Quiere decir eso que desautorizo el libro? En absoluto: el libro está lleno de sugerencias, de vivencias e intuiciones en las que se puede creer o no, pero el discurso global, la importancia de la vida, del amor y de la poesía, están expuestos de tal forma que emocionará incluso al más renuente. Y la musicalidad de su prosa, determinadamente arcaica, de sus asociaciones luminosas y de la poesía que envuelve todo el libro no pueden dejar indiferente a ninguna persona sensible. Tras afrontar un par de entradas en mi blog, que están a medias y que siento como una obligación moral, reiniciaré, goloso, la lectura de los dos volúmenes prometedores de estas memorias: Lectura de nubes en el cielo (Volumen II) y Los días que paró el mundo (Volumen III). Amenazo con perpetrar sus reseñas.

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Un aval

A Tano García, investigador de la historia de Alcaudete

         

He comentado varias veces en este blog que Blas de Otero me regaló, con su poemario, la exacta cristalización del ser humano: ángel fieramente humano. Cabe esperar de cada uno de nosotros el carácter angelical de los buenos momentos o la ferocidad de la bestia cuando vienen mal dadas. Eso es ser humano. Nadie sabe cómo va a reaccionar ante un estímulo adverso, ni puede prever si saldrá el lado bueno o el sanguinario de esa fiera agazapada en nuestro interior. Si reaccionaríamos solidariamente o se caería en el egoísmo del sálvese quien pueda. Si saldría el ángel o la bestia. Para saberlo hay que pasar por una experiencia traumática, como nuestra guerra civil. Ante el peligro de ser declarados desafectos, la gente se afilió masivamente a Falange y abrazó un credo que en situación normal no les decía mucho. Es que sabían que el credo opuesto solo podría traerles muy serios problemas, incluso un paseo a ninguna parte, definitivo y arbitrario.

          Mi padre era un hombre “de orden”. Por su crianza, por educación y estudios (estaba a punto de terminar Medicina en la Universidad de Granada), por su tibio sentido religioso (creyente, pero distanciado del fanatismo) y por haber visto demasiada violencia y rabia en la izquierda, que representaba la rebeldía frente al hambre feudal de siglos, violencia tan odiosa como la del pistolerismo de los falangistas y allegados. Alcaudete quedó en zona republicana y mi padre, junto a otros compañeros de estudios, fue movilizado como alférez sanitario (los otros médicos del pueblo, especialmente don Daniel Torres y don Fernando Castro, sí habían terminado los estudios y llegaron como tenientes médicos). Estuvo en varios sitios y, finalmente, cuando acabó la guerra, fue encarcelado en la plaza de toros de Valencia. Sabía que cualquier momento era bueno para que lo sacaran y le dieran el paseo. Sucedía todas las noches, tras los procesos judiciales sumarios, que tan escasas garantías procesales ofrecían. Sé que mi madre y mi hermana mayor, recién nacida por entonces, pasaron privaciones y cabe imaginar el estado de ánimo de mi madre.

          Las escasas veces que mi padre mencionó la anécdota se le pudo ver nervioso. Estuvo una buena temporada con el mencionado Fernando Castro, pariente lejano de mi madre y amigo y compañero de estudios. Junto a ellos había un practicante que estaba siempre asustado y era la quintaesencia del comedimiento. No lo sabían a ciencia cierta, pero sospechaban que era cura. Lo sospechaban ellos dos y el resto de la unidad y el teniente Castro y el alférez Granados tuvieron que sacar a relucir sus estrellas en alguna ocasión cuando los soldados intentaban humillar al cura. Finalmente, cuando se hablaba de un traslado que los separaría, éste dijo la verdad: en efecto, era cura y podía ayudarles avalándolos en caso de necesidad. Les firmó una simple cuartilla a cada uno en que los declaraba gente de derechas, de orden, honrados y forzados a cumplir una obligación sobrevenida y sin hechos de armas. Eso sucedía mientras ambos esperaban angustiados lo que el destino pudiera guardarles en Valencia, con el miedo natural y la preocupación por sus familias.

          En un momento dado, recordaron el aval del cura y se lo presentaron a un oficial. Alguien contactó con el sacerdote y éste reunió a otros dos, curiosamente los tres vinculados a Úbeda, que se prestaron a decir y firmar lo que el primero les propuso: salvar las vidas de los dos amigos. Finalmente, un día apareció en casa hambriento, delgado y lleno de piojos, liberado e inocente de sus cargos.

          “Tío Fernando” pasó a ser para nosotros, después de estas peripecias tan novelescas como verdaderas, parte de la familia, una especie de tío apócrifo, cariñoso, divertido y vigilante de los siguientes embarazos y partos de mi madre y médico de toda la familia. Fue el médico que acompaño a mi padre en su último aliento y firmó su acta de defunción, cuando yo tenía 19 años. Tampoco mencionaba el aval ni la historia que había tras ese simple pedazo de papel.

          El aval del cura lo conserva mi hermano y yo solo tengo un escaneo del documento, que deseo no perder. Este es el texto:

Ante mí, Agustín Francés Cervera, Alcalde Presidente del Ayuntamiento de Losa del Obispo (Valencia) comparecen los sacerdotes Gil Aramendía Echavarri, Cristóbal Cantero Lorente y Juan Vico Hidalgo, quienes declaran decir verdad sobre los antecedentes y conducta del que fue Alférez Practicante del B.O.T. nº 86 de Reservas Generales don Gumersindo Granados Tortosa, y manifiestan lo siguiente:

Derechista declarado, desde su incorporación al Batallón ha favorecido casi descaradamente a los elementos de orden, habiendo sufrido por esta causa numerosas contrariedades.

Y para que conste lo firmamos en Losa del Obispo a cuatro de abril de mil novecientos treinta y nueve.

El Alcalde

(Rúbrica y sello del Ayuntamiento Constitucional de –resto ilegible-)

Gil Aramendía, Misonero del Corazón de María de la Residencia De Úbeda (Rúbrica)

Cristóbal Cantero, Sacerdote Escolapio Natural de Úbeda    

 (Rúbrica)                        

Juan Vico, Presbítero Natural de Úbeda (Jaén)

(Rúbrica)

El artículo de Muñoz Molina de ayer (Los exilios, en Babelia, p. 15) me ha resucitado estos recuerdos y he decidido compartirlos aquí, aunque no estoy seguro de la fidelidad de mi memoria, tras tantos años de la muerte de mi padre. En cualquier caso, queda lo esencial: una simple cuartilla de papel le salvó la vida. ¿Qué pasaría con tantos otros que no tuvieron su (nuestra) suerte?

La historia ha sido siempre un vivero inagotable de muertes arbitrarias. Para muchos, la supervivencia depende tan solo de que ante  una situación concreta aparezca el ángel o la fiera que llevamos dentro.

Alberto Granados