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Debacle socialista

        El batacazo electoral del PSOE era previsible. En primer lugar, porque desde el 23 de mayo de 1982 han transcurrido diez legislaturas y más de 36 años de poder socialista y eso desgasta, especialmente si las caras de jerarcas y candidatos no se renuevan. En segundo lugar, el discurso socialista se ha ido desdibujando hasta convertir al PSOE en un partido en zona de nadie, imprevisible, con gestos abiertamente de derechas y un recorrido errático.

        Dicho de otra forma: se ha pasado de ser un partido que ilusionaba a todo el mundo y presente en todos los ámbitos a percibirse como una agencia donde colocarse bien, con una red de favores clientelares que después pasa factura, dejando a la mayoría de la militancia, esa que solo ofrece su trabajo sin pedir nada a cambio, perpleja y desnortada. Treinta y seis años de poder vienen a ser todo un régimen, casi tan largo como el franquismo o el castrismo. Un período de tiempo suficiente para cambiar la esencia de un país, paisaje o paisanaje. Pero el PSOE andaluz no lo ha sabido hacer y, a pesar de los gigantescos avances andaluces (redes de carreteras, centros escolares y de salud, actuaciones sociales, etc.) parecemos anclados para siempre en las tasas más negativas de alfabetización, dominio de idiomas, enseñanza, salud, inversiones, industrialización, desempleo…

 

 

Resultados electorales (captura de El País)

Captura de pantalla de El País con los resultados de ayer       

        Pero el PSOE tiene un problema más grave: la distancia estelar entre sus jerarcas, casi siempre las mismas caras, y la base (cada vez más escasa y menos entusiasta). Hay, además, una corriente mesiánica instalada en las conciencias de los jerarcas (un “o nosotros o el caos”) que solo propicia el alejamiento del electorado, que los percibe como señores y señoras mayores que llevan toda la vida rotando de cargo en cargo, siempre bien retribuidos, frente a la aterradora imagen de las colas y las prestaciones económicas del paro. Pero que nadie se ponga crítico con los jerarcas, porque no están dispuestos a aceptar que se llevan equivocando años. Han perdido la noción de lo que supone asumir las críticas, las diferencias, las tendencias internas y con ello se han convertido en una jerarquía esclerotizada, correosa e insensible a las demandas de la militancia y del electorado. Y así hemos llegado a la debacle de anoche, tras la que nadie pensará en dimitir, convencidos de su mesianismo, endogámico y autocontemplativo.

        He estado militando en el PSOE casi siete años, lo que me ha permitido ver algunos de estos tics. Cuando ingresé en el partido, Teresa Jiménez era Consejera de Educación y Francisco Álvarez de la Chica era Secretario Provincial. Clara Aguilera y Manuel Pezzi estaban también en el gobierno andaluz. Tendrían que haber vislumbrado algo de lo que estaba sucediendo con los EREs, pero parece que ni olieron el turbio asunto. En política, que te cuelen semejante gol es para presentar la dimisión y pasar lo más desapercibido que se pueda. Es decir, abandonar todos los cargos orgánicos, designados o electos, y pasar a la militancia de base. En política real, quiero decir. Pero estos jerarcas, supongo que imbuidos del mesianismo de los imprescindibles, siguieron ocupando cargos: Álvarez de la Chica ocupó en Sevilla la Consejería que acababa de dejar vacante Teresa Jiménez, quien volvió a Granada cambiando el cromo de la Secretaría Provincial con el nuevo consejero. Clara Aguilera dejó su consejería y obtuvo acta de eurodiputada. Pezzi desempeñó mil cargos. Álvarez de la Chica pasó al Puerto de Motril… En vez de hacerse invisibles, siguieron destrozando la credibilidad del partido. Después, Teresa Jiménez abandonó la Secretaría Provincial, que ocupó su delfín, Pepe Entrena, quien a la primera ocasión la ha puesto a encabezar la lista provincial, esa lista que anoche se desplomó, como era más que previsible para cualquiera que no se sintiera en la obligación de actuar más con los afectos y complicidades que con el cerebro y el pragmatismo de la política.

 

Noche electoral en Torre de la Pólvora (Captura de pantalla de Ideal)

Captura de pantalla de Ideal con una vista de la sede electoral del PSOE anoche

        No soy el único militante que ha dejado de serlo en estos últimos años. ¿Qué se puede hacer en un partido donde la democracia interna es un concepto desconocido y donde la militancia solo cuenta para hacer bulto cuando llegan los fotógrafos de la prensa? Y lo de falta de democracia interna no me lo invento: me salí del partido por comprobar que ni siquiera en un perfil de Facebook, limitado a militantes, se podía hacer una crítica de lo que se veía venir. Mi crítica más contundente era a la complacencia con Chaves y Griñán. Se me dijeron lindezas tales como que “Cada vez que hablas sube el pan”, “Con tus críticas le estás haciendo el juego al PP” “¿Estás seguro que este es tu partido?”, etc. Y ayer, estos jerarcas pasaron el mal trago de enfrentarse a la realidad: la mayor sangría de votos registrada hasta ahora y la entrega de un feudo socialista a la probable coalición derecha-extrema derecha. Buen saldo.

        No me alegro. Sigo siendo o sintiéndome muy próximo al PSOE, al menos al PSOE abierto, múltiple, renovado y sin personalismos suicidas. No me alegro, pero me queda claro lo que siempre dije: que quienes le hacen el juego al PP son los que se aferran al cargo tras perder varias elecciones seguidas, convencidos de su mesianismo. Esos son, y no yo, los que se han cargado al partido para varias décadas.

Alberto Granados

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Vuelta a las aulas

 

 

        El pasado viernes, 23 de noviembre, tuve el placer de volver a entrar a un aula y ejercer durante un rato una tarea educativa. Y disfruté. Tal vez mi papel de invitado, mi escasa responsabilidad y el saber que era cosa de un rato aislado me facilitaron la faena y me encontré en la gloria.

        El motivo era colaborar en los actos del Día contra la Violencia de Género. Era una respuesta al ofrecimiento de la señora Gámez Tapias, profesora de clásicas del IES Alhambra, a la que le ofrecí escribir un relato de contenido didáctico para su alumnado de primer curso de bachillerato, grupo al que se unieron otros chicos y chicas que a esa hora estaban con el bibliotecario del centro.

        El cuento, «Sí, mi amo», trata esa sumisión que, inexplicablemente, lleva a muchas mujeres a un noviazgo funesto a los quince años que acaba, en el mejor de los casos en una habitación de hospital y en el peor, en una lápida de un cementerio, todo ello porque el reyezuelo la quiere tanto que no la deja respirar y se convierte con sus exigencias en mentor y guía de la chica, en novio borde de la joven y en monstruoso asesino de la esposa adulta. Usé deliberadamente el lenguaje que usan estos alumnos. Aunque el relato aún no está pulido del todo, al divulgarse leído (se notan menos los defectos formales y estilísticos) podía perfectamente cumplir su función didáctica.

        Les había preparado unas breves palabras que, al final, decidí no leerles, por lo que entré directamente en el relato. De cuando en cuando, levantaba la vista de los folios impresos y veía un gesto grave y concentrado en sus rostros, como si les estuviese llegando mi mensaje de forma muy directa. Me pareció ver alguna lágrima en alguna cara. Cuando terminé, me dedicaron un intenso aplauso.

        Les pregunté qué les había parecido. Nadie se atrevía a decir nada y se miraban entre sí. Finalmente un chico dijo que es que les había dejado el ánimo… a lo que otro terminó la frase: …muy tenso.

Un libro imprescindible para padres y educadores

 

       Yo llevaba un as en la manga: el libro «La violencia sexual en adolescentes de Granada», de Carmen Ruiz Repullo (editado por la Concejalía de Presidencia, Empleo, Igualdad y Transparencia del Ayuntamiento de Granada, Granada, 2017), en que la socióloga, tras haber trabajado con 1.266 jóvenes de veinte institutos, entre ellos el propio IES Alhambra, donde me encontraba, ofrece datos de encuestas, narrativas y brillantes conclusiones que me resultaron escalofriantes.

        Para abrir el debate, empecé por las narrativas de las chicas. He aquí las que yo había seleccionado:

        -“Sufrí violencia cuando me hacía sentir inferior a él, me controlaba, él podía hacer lo que quisiera, y yo, supuestamente, lo tenía que perdonar porque me decía que me quería. Y cuando yo le contestaba a todo lo que me decía, me obligaba a callarme.”

        -“Mi primera vez fue porque él quería (mi novio actual). Me dijo que si no lo hacíamos se iba, que él quería hacerlo o nada.”

        -“Mi novio hizo que le tocara y me tocaba sin mi consentimiento haciendo que le tenga ahora miedo a tener una relación sexual.”

        -“Sufrí violencia cuando destacaba todos mis defectos y todas las cosas malas que hacía, controlaba a la gente con la que hablaba, me insultaba delante de la gente para dejarme mal, contaba todas las intimidades mías delante de mis amistades, empezó a separarme de mis amistades”.

        -“Conocí a un chico por whatsapp, los primeros días bien, pero según pasaban los días enviaba fotos desagradables de sus partes y me obligaba a mandarle fotos privadas.”

        -“Estuve con una persona que estaba obsesionada conmigo. Tras esto me odiaba, me insultaba por whastsapp, etc. Hasta que un día , cuando supuestamente todo estaba arreglado, en una fiesta me echó una pastilla en la bebida y me dejó tirada con intoxicación etílica y con sus amigos haciendo lo que querían conmigo.”

        Ahí algunas chavalas se abrieron y corroboraron que habían recibido fotos de gente que les habían enviado a través de whatsapp fotos “de sus genitales” y que les solicitaban la consecuente reciprocidad. Intenté hacerles ver que las redes tienen esos peligros, pero que hay ocasiones en que los usuarios se consideran falsamente obligados a demostrar que se atreven con todo, que son superguays, que no se arredran ante semejantes desafíos etc. Y que cuando las redes llegan a ciertos niveles, es mejor borrar el perfil, abrir otro y elegir mejor a los amigos.

        Tras las narrativas, pasamos a algunas respuestas de la encuesta, donde aparecen cosas como las que siguen:

Pregunta 11: ¿Crees que hay veces en que una chica dice NO a una relación cuando en el fondo quiere decir que SÍ?

Respuestas: Sí 57 % –  NO 43 %

Pregunta 12: ¿Piensas que hay chicas que van de estrechas pero en el fondo quieren mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 80,50 % – NO 19,50 %

Pregunta 13: ¿Crees que una chica que tontea está provocando?

Respuestas: Sí 48,20 % – NO 51,80 %

Pregunta 21: ¿Te gusta que la chica con la que estás se depile integralmente?

Respuestas: Sí 65,80 % – NO 34,20 %

Pregunta 23: ¿Has pedido alguna vez a una chica que te mande fotos eróticas suyas?

Respuestas: Sí 34,20 % – NO 65,80 %

Pregunta 38: ¿Piensas que hay chicas que por la manera de vestir son culpables de sufrir agresiones sexuales?

Respuestas: Sí 34,30 % – NO 65,70 %

Solitarios entre la gente

PREGUNTAS A CHICAS:

Pregunta 9: ¿Piensas que existe presión por parte de los chicos, cuando una relación comienza, para llegar a la penetración?

Respuestas: Sí 67,10 % – NO 32,90 %

Pregunta 17: Para ti, ¿es importante estar enamorada para mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 65,70 % – NO 34,30 %

Pregunta 18: ¿Te ha pedido algún chico grabar vuestras relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 6,60 % – NO 37,80 % – No he mantenido relaciones sexuales 55,60 %

Pregunta 19: ¿Algún chico te ha pedido alguna vez que le mandes fotos eróticas tuyas?

Respuestas: Sí 54,20 % – NO 45,80 %

Pregunta 20: ¿Te han solicitado chicos amistad por redes sociales con el fin de mantener una relación sexual?

Respuestas: Sí 54,30 % – NO 46,70 %

Pregunta 24: En tus relaciones sexuales, ¿haces cosas que te piden aunque no te apetezca?

Respuestas: Sí 9 % – NO 35,40 % – No he mantenido relaciones sexuales 55,60 %

Pregunta 25: ¿Has recibido alguna vez presiones para realizar alguna práctica sexual que no deseabas?

Respuestas: Sí 9,10 % – NO 90,90 %

Pregunta 26: ¿Te han presionado alguna vez para mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 20,30 % – NO 79,70 %

Pregunta 27: ¿Te han mentido alguna vez con el fin de mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 20 % – NO 80 %

Pregunta 28: ¿Algún chico se ha enfadado contigo por no querer terminar una relación sexual?

Respuestas: Sí 20,20 % – NO 79,80 %

        Vi que estos datos hacían mella, especialmente en las chicas. Compartí una reflexión con todos: Sois una generación que participa del más completo, que no perfecto, sistema educativo y gozáis de la cota más alta de libertad que ha existido jamás en España. Y en vez de utilizar ambos elementos para vuestro crecimiento personal, los usáis al buen tuntún, sin ver el grado de encanallamiento social que conllevan fenómenos como las violaciones, el acoso, el bullying, la presión sexual, etc. Y les hice un diagnóstico: No sois exactamente los culpables, ya que nadie, ni en casa ni en el centro educativo, os ha enseñado jamás a gestionar vuestra libertad. Estaban de acuerdo. Una adolescencia sin la menor orientación en medio de una tormenta de estímulos, muchos de ellos insanos, que no saben cómo capear.

        En ese momento, cuando la actividad estaba en lo mejor, sonó la sirena y me pareció ver que algunas alumnas remoloneaban como queriendo buscar cierta cercanía para continuar el debate, pero yo allí no era nadie ni me sentía autorizado para buscar distancias cortas, así que tomé un café con Ana Gámez y salí del centro. Muy satisfecho, eso sí.

        Tengo que decir, porque es de justicia, que aquella chavalería se portó con una corrección y una dignidad bastante más que encomiables. Intenté ahorrarme la moralina y dejar que hablaran los datos y sus propios testimonios. Ellos intuyen (o deberían hacerlo) que están perdidos y no necesitan sermones, sino orientación y ayuda. Me gustaría hacerles llegar la idea de que no los olvidaré, tan desnortados, tan a merced de un mundo injusto y deforme. Les deseo mucho acierto en cada una de las decisiones que tendrán que tomar en sus vidas.

Alberto Granados

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Chiste macabro

 

 

        El humor ha sido siempre un elemento de crítica social a la vez que una válvula de escape para las tensiones del ser humano. Siempre presente en la literatura, ha fustigado los vicios de la sociedad y molestado a los arquetipos literarios que ha caricaturizado. Siempre presente en los grupos de amigos, el chiste, de mayor o menor capacidad crítica, de mayor o menor sensibilidad, nos ha hecho llenar tediosas tardes y ha alegrado la reunión de amigos. Nadie ni nada escapaba a la mordacidad del chiste, que se ocupaba de razas (ahora sería xenofobia), de la homosexualidad (ahora sería homofobia), de enfermos mentales, amas de casa, nacionalidades, militares, curas, sexualidad… ocupaban mis tediosas tardes con la gente de mi pandilla en los tiempos del franquismo, elemento este que también aparecía constantemente, pero en voz baja.

        Pero eso era antes. Ahora el humor, la sátira, la burla se han convertido en un peligro. Basta que se centre en algún grupo o idea para que salga un purista, un guardián de esencias eternas y te increpe: “Eres un radical / machista / homófobo / racista / laicista…”, “Ese chiste hiere mis sentimientos religiosos / patrióticos / identitarios / nacionalistas, políticos…”.

        La ultrasensibilidad social, la doctrina de lo políticamente correcto y, sobre todo, el oportunismo político, persiguen el chiste, marcado ahora con miles de anatemas como si fuera una peligrosa enfermedad social. Y cada cual arrima el ascua del anatema a su sardina por si así obtiene algún rédito.

        Comprendo que el chiste, con su enorme carga ideológica, reproduce esquemas sociales muchas veces perniciosos, pero es que ya hemos llegado al punto de ser una sociedad, aparte de cada vez más miserable e injusta, marcada por una sobriedad casi fúnebre, por una seriedad funeral y por una falta de libertad que roza la de la peor de las dictaduras.

        Ya no cabe la expansión de la broma por si zaherimos a alguien, por si nos lanzan una acusación de incorrecto o sesgado o alentador de desigualdades o de haber matado a Prim. Y mientras tanto, la corrupción, la desvergüenza política, el escalofriante rosario de asesinatos machistas, el latrocinio rapaz de empresarios sin escrúpulos, la ínfima calidad del empleo, el éxodo de nuestros hijos a otros países en busca de mejor fortuna, los problemas de los sistemas educativo y sanitario, la desorientación de nuestros adolescentes, la institucionalización de esa perenne mentira eufemísticamente llamada postverdad, el dineral que nos cuesta la ineficacia de nuestros políticos, etc. parecen no importarle a nadie. Todo eso es secundario.

Intervención de Rita Maestre en la capilla de la Complutense

        El verdadero problema está ahora en que una activista de Podemos (Rita Maestre) muestre sus pechos en una capilla, o que unos titiriteros rocen la blasfemia en un teatro de Cristobillas, o que alguien de tanto fuste como Willy Toledo blasfeme, o que Dani Mateo se suene la nariz con la bandera nacional. ¡Todo esto es gravísimo! ¡Suenen las alarmas, porque ¿dónde vamos a llegar?! ¡Anatema y cárcel! Los problemas reales están ahí, pero eso es secundario.

        Nuestra sociedad se vuelve ultraconservadora a velocidades increíbles y la caverna se ha alimentado siempre de símbolos más que de valores (a no ser los de Bolsa, que esos sí que tienen entidad). Si alguna vez se han sentido débiles, estos son buenos tiempos para ellos, que han revalorizado cultos ya olvidados: a la bandera, a la Legión, a la gloria (¿?) militar, al patriotismo acrítico, a la religión y las procesiones, a los toros, etc. Como si España, más que ser una ciudadanía convulsa y sin expectativas, fuera un compendio de signos rancios.

Dani Mateo y su patriótico pañuelo (Imagen de El intermedio)

        Este país, cada vez más miserable, cada vez más escorado a la liturgia franquista, permite los desahucios, la subvención a esa Iglesia que nos inmatricula edificios patrimoniales, la falta de futuro… Un país donde los bufones siempre tuvieron prerrogativas por decir verdades incómodas se rinde ante esta ola conservadora que pide condenas, inexplicablemente más duras, para los bufones que para Urdangarín o los imputados de la Gurtel. No lo entiendo. Lo único que me queda claro es que nadie puede contar un chiste peligroso (es decir: de los que se han contado siempre) porque alguien se sentirá ofendido y con derecho a meterte ante un juez, aun más surrealista, que puede dar con tus huesos en el trullo, como en los peores tiempos de Franco. ¡Eso sí que es un chiste macabro!

Alberto Granados

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Cinismo en Alsasua

         En mi incurable ingenuidad, yo he creído siempre que un líder político tenía que ser alguien con cabeza fría, analítica, científica, alguien ajeno a los calentones de la emocionalidad, al peso de los sentimientos. Eso solo se lo pueden permitir las personas ajenas a algo tan complejo como es la política española, reflejo de la encrespada política mundial. El telediario de ayer nos sirvió unas imágenes que suponen exactamente lo contrario: Albert Rivera, caminando con un bastón ortopédico, ya víctima desde el principio, organiza un acto de desagravio a la Guardia Civil en Alsasua, donde, hace dos años, dos guardias y sus mujeres sufrieron un ataque tan arbitrario como injustificable.

        Con las nuevas tecnologías y las redes sociales, ese desagravio a la Guardia Civil hubiera podido hacerse desde cientos de miles de casas o en cualquier ciudad española, lejos del País Vasco, pero Rivera optó por escenificar su actuación, llena de patrioterismo a la vieja usanza, en el mismo corazón de la bestia y se fue a un pueblo donde perdura el radicalismo abertzale más sangrante. Me he enterado después de que las redes llevaban calentando motores y ánimos varios días y que el resultado era más que previsible: una contramanifestación, un carísimo despliegue policial que pagaremos a escote con nuestros impuestos y una muestra palpable del salvajismo primitivo inherente a todo nacionalismo. El buen salvaje convertido en masa amorfa e irracional, más campanas eclesiales que tañían solo para impedir el acto, más la amable consigna (Es-pa-ño-les, hi-jos-de-pu-ta) con que aquellos nazis nos obsequiaron como miembros de una horda primitiva, más la consecuente indignación de los seguidores del líder, tan fácilmente asumible por toda la derecha cavernaria, especialmente si se puede usar como argumento para desprestigiar al frágil gobierno de Sánchez.

Imagen de Javier Hernández tomada de El País

        Mientras ayer veía los hechos en el telediario volví a sentir el asco y la rabia de otros tiempos. Llegué a pensar, cuando leía Patria, que la sociedad vasca se estaba curando por fin de esa demencia de odio, sangre y violencia, pero ayer comprobé que todo eso seguía existiendo, como un veneno de larga duración, enquistado en una generación que apenas sabe de los tiempos oscuros y que parece olvidar los casi mil muertos de sus valientes gudaris. También me horrorizó ver que los constitucionalistas están dispuestos a hacer un juego político sucio, sin la menor muestra de decencia política. El todo vale está definitivamente instalado en los partidos y, con tal de desprestigiar a Pedro Sánchez, se puede llegar al esperpento de ayer, más destinado a deteriorar al PSOE que a desagraviar a guardias civiles o a víctimas del terrorismo nazi, que se merecen algo más honesto.

        Mal estábamos con un bipartidismo agonizante y sin nervio político, dedicado más a conservar sus parcelas de poder que a solucionar los problemas reales de la gente. Mal estábamos, sí. Pero las nuevas vedettes de la política han aprendido rápidamente los tics del bipartidismo y los han superado con creces. Rivera necesitaba urgentemente ser víctima de algo y ayer lo fue. Casado, que se apuntó al furgón de cola del engendro de ayer, estando pero sin estar, sacó sus sesgadas conclusiones echándole la culpa al gobierno de todos los males de España desde Maura hasta aquí, algo más que previsible. Y el electorado de derechas, de la eterna derecha que jamás se va a hacer moderna y crítica, de palmero global, alabando el gigantesco error de esta convocatoria, que nunca debió producirse.

        Mientras tanto, los problemas reales de la gente (paro, sistemas educativo y sanitario, pensiones, vivienda y alquileres, escasez de medicamentos, salarios, etc.) pueden esperar. Lo importante, parece ser, es el postureo.

Alberto Granados

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El desnudo provenzal

 

         El Génesis cuenta que, expulsados del Edén por un más que coercitivo ángel vengador, Eva, recién perdida su inocencia, fue consciente de los efectos devastadores de su desnudo y decidió cubrirse. Desde entonces, los moralistas han hecho todo lo posible por vituperar lo carnal, lo corporal, convirtiéndolo, junto al Demonio y el Mundo, en enemigos del alma. Más allá de moralismos, el cuerpo es siempre una tentación y, como diría Benedetti, ante un cuerpo, «es una gloria no ser inocente», pero nuestro hipócrita Occidente se empeña en castigar el desnudo, en cubrirlo, en censurarlo… para después soñar con desvestirlo.

        El desnudo es una vocación estética y erótica a la que se opone el pudor, tan interiorizado a través de la educación (familiar, escolar, social…). Solo pierde su fuerza demoledora cuando es un desnudo doméstico, tal vez domesticado, convertido ya en una realidad afectiva. Cuando ya no es un codiciado objeto, sino una realidad continuada. Las parejas estables abandonan pronto las gazmoñerías y se muestran los cuerpos sin resto del pudor de los primeros escarceos amatorios. El cuerpo se convierte en algo cotidiano, alcanzable en cualquier momento y la pasión se difumina y pierde sus efectos volcánicos. En esta fase es posible ser creativo, cerebral, objetivo, artístico… sin dejarse llevar por la emocionalidad de los impulsos.

Willy Ronis, El desnudo provenzal (1949)

        Un ejemplo: Willy Ronis una mañana de 1949 en su casa de campo de Gordes, en la Provenza, fotografió a su mujer, Marie Anne, mientras esta procedía a su higiene personal. Y consiguió una de las fotografías más representativas del s. XX: El desnudo provenzal, sobre la que se han derramado ríos de tinta y palabrería.

        Como suele suceder, El desnudo provenzal integra los elementos más simples que se puedan imaginar: un cuerpo, unos sencillos elementos caseros y, especialmente una luz pocas veces igualada en fotografía. ¡Cuánto consiguió Ronis con tan poco! La foto derrama ternura y sencillez y quien la contempla puede ver una sonrisa en el alma de Ronis al divisar, por la espalda, casi a traición, el lavatorio de su esposa. Parece que Ronis se siente orgulloso de que algo tan sencillo y hermoso le pertenezca. Parece que en la fotografía asoma un agradecimiento a la vida por regalarle tanta  hermosura. Hay tanta ternura que dudo que moralista alguno le pusiera objeciones a una foto tan inocente.

        Me gusta pensar que Willy haraganeaba somnoliento sintiendo un tenue remordimiento por perder el tiempo en la cama y desaprovechar una luz tan excepcional. Había oído a Marie Anne levantarse y percibido el olor del café recién hecho, tal vez recordó la noche de pasión desaforada con su esposa… Ronis se volvió a quedar dormido y se despertó al oír a su mujer verter el agua en el aguamanil. Abrió los ojos, al fin, y se encontró con una escena llena de la más sencilla belleza. Su sensibilidad lo obligó a abrir la cámara que siempre tenía en su mesita de noche y disparar la fotografía. Al oír el clic, Marie Anne giró su cabeza y le reprochó sonriendo: «¿Pero qué haces, tonto?». Willy tal vez le mostró una sonrisa que buscaba la complicidad, una sonrisa de niño travieso por cuya mente acababa de pasar una idea, tal vez un deseo renovado.

        Es así como me gustaría imaginar la historia de esta fotografía, pero sé que no fue exactamente así. La realidad es que el fotógrafo estaba pintando una habitación. Al quedarse sin pintura, bajó las escaleras y sorprendió la higiénica escena. Le gritó un «No te muevas, que voy por la cámara. ¡Quieta!». Y un instante después surgieron cuatro tomas levemente distintas de ese mismo desnudo provenzal. No se sabe el efecto que produjo en el fotógrafo la modelo, ni si ella se sintió emocionada al ver en los ojos de su marido una mirada distinta. A mí me gusta mucho más pensar que mi versión es la real, pero en cualquier caso, la imagen reivindica la fuerza del cuerpo frente a la mojigatería de los moralistas. Ronis pro nobis.

Alberto Granados

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Fernando de Villena y su peculiar Quijote

 

        Fernando de Villena es uno de los más productivos autores granadinos. Para mi admirativa sorpresa, cada año publica dos o tres libros y siempre alcanza una gran calidad, especialmente en su cuidada prosa, llena de voluntarios arcaísmos, giros populares y reminiscencias literarias.

        Su último título, que se presenta esta tarde en Librería Picasso (a las 19,30 h.) es Nuevas historietas de Bernardo Ambroz (Editorial Carena, Barcelona, julio de 2018), una segunda parte del libro que publicó en 2011, Historietas de Bernardo Ambroz, y que, en buena medida, repite el mismo esquema de entonces: durante los años sesenta, aún frescos los resquemores de la guerra civil, un viajante de pólizas de seguros recorre la geografía andaluza acompañado de Juanito, un chico que aprende del protagonista lo concerniente a su trabajo, y sobre todo, los valores éticos que un joven debe imprimir a su vida.

        Y aquí aparecen los dos elementos básicos de ambos libros: el viaje y el magisterio espiritual, el Seat seiscientos y el preceptor. Ya por entonces (también lo ha hecho ahora en Ideal en clase) Francisco Gil Craviotto señaló muy acertadamente en la revista online Papel literario la coincidencia de planteamientos con el Quijote cervantino, centrados especialmente en la labor de preceptor que Bernardo Ambroz ejerce sobre el chico, más pendiente de sus hormonas y de sus eternas hambres que de sutilezas éticas.

        Yo encuentro dos elementos fundamentales en este libro, que he terminado hace solo unos días. En primer lugar, el viaje, muy presente en todas las obras de Villena, como elemento siempre enriquecedor que permite intercambiar conocimientos, ampliar puntos de vista y conocer verdaderos arquetipos literarios. El viaje literario, tal vez desde La Ilíada, es un viaje geográfico, pero por encima de todo, es un viaje interior y el Ulises que regresa de su periplo nunca es el mismo que en su momento partió. Juanito, el muchacho primitivo y atolondrado, será otro tras sus peripecias llenas de kilómetros, pensiones y personajes, y otra será su filosofía y su valoración de la realidad tras el regreso junto a su madre.

        El otro elemento es el preceptor, la figura del educador, tan antigua como El Conde Lucanor, como don Quijote y Sancho, o en el aspecto negativo, como el ciego que acaba con la inocencia de Lázaro de Tormes o el criado que pervierte la candidez de los niños que Henry James le entregó como alumnos en Otra vuelta de tuerca. En estas historietas, esa moralización del aprendiz es la función que se atribuye Bernardo Ambroz, un adulto que censura encubiertamente las barbaridades de la guerra civil y de la posguerra, un enamorado de la poesía, la arquitectura y la música clásica, un fidelísimo esposo que elude situaciones comprometidas con las mujeres por el recuerdo de sus hijos, un tutor que trata de enmendar la estrechez mental y moral de su aprendiz.

        Ambos elementos surgen de manera casi imperceptible en las mil situaciones, encuentros y anécdotas que les envuelven. En este aspecto, estas historietas ofrecen un amplio catálogo de pequeños argumentos, de situaciones jocosas y personajes atípicos, de bromas y chascarrillos, de deseos y frustraciones, de hambres y saciedades, de recuerdos y olvidos, de refranes populares y dicharachos.

        El lector encontrará además mucha ternura, mucha diversidad geográfica a través de todas las provincias andaluzas, con referencias a monumentos y costumbres, a ricos y pobres, a atraso secular, a la riqueza cultural y a la incultura absoluta. Agricultores, tenderos, pequeños industriales, bodegueros, señoritos, pobres atrasados más propios del feudalismo que de la España victoriosa, chicas jóvenes y  viudas tentadoras… Si la novela era un espejo a lo largo de un camino, las nuevas historietas de Bernardo Ambroz son otro espejo ante el que desfila la triste realidad andaluza de hace cincuenta años, una situación dura que, aunque tratada con ternura y sentido del humor, no desdibuja lo que tuvo de pintura negra.

Alberto Granados

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Mi temporada literaria 2017/18

 

 

        Mallarmé afirmaba: La carne es triste y he leído todos los libros. A mí la carne sigue pareciéndome tentadora, pero casi estoy de acuerdo con el poeta francés respecto a la lectura: tengo la sensación, cada vez más frecuente, de haber leído una y mil veces los libros que escojo y echo de menos ese impacto que algunas obras me producían hace años. Con todo, cada temporada leo casi sesenta libros entre los que encuentro de todo. Últimamente prefiero las relecturas de títulos que me sorprendieron cuando las leí por su calidad o por algún factor que por entonces entendí como novedoso.

       La temporada 2017/2018 ha sido atípica para mí, pues he estado buena parte de la primavera en las proximidades de París, por lo que me he perdido varias presentaciones, así como la Feria del Libro. Desde octubre del año pasado hasta ahora, he leído o releído 57 títulos y he aquí mi resumen.

        Empezando por los autores locales, la temporada se inició con Piano en pájaro, de Miguel Arnas, libro que aúna palabra escrita y música en una delicada colección de prosas llenas de calidad poética. Mis dos pasiones, literatura y música, en un libro. No se puede pedir más. Durante la primavera, Arnas publicó Ashaverus, el creador, una segunda parte sobre el judío errante que aún tengo pendiente.

        Antonio Enrique también presentó dos títulos durante estos doce meses: El espejo de los vivos y La palabra muda. El primero es una meditación ontológica sobre el papel del ser humano en la creación (y digo creación porque el autor, creyente, parte de la base de un creador todopoderoso). El segundo es una reflexión poética sobre esa palabra que jamás debería sonar, que no es otra que el horror o, si se quiere, el sufrimiento infligido gratuitamente al ser humano. Escalofriante serie de poemas sobre el horror nazi, que he leído tres veces contrastando la crueldad humana con la felicidad del nacimiento de mi primer nieto.

        Celia Correa volvió a publicar. Sus Mares de tinta crearon una dulce marea de sensaciones literarias muy gratas. La Presidenta del Centro Artístico se reafirma como una notable creadora de relatos.

        También Fernando de Villena publicó dos libros en este período: El reloj de la vida, una novela sobre la bohemia literaria de la preguerra civil y Nuevas historietas de Bernardo Ambroz, que  he acabado estos días. Coincido con la reseña que Francisco Gil Craviotto publicó en Ideal en clase: hay mucho Cervantes en estas historietas, mucha crónica de los sesenta y mucha ternura. Yo añadiría que estas historietas se centran en dos elementos muy villenianos: la figura del preceptor y el tema del viaje exterior que opera cambios en el interior de los viajeros.

        He leído también algunos libros colectivos. El proyecto de Elvira Cámara para Artificios, Amor con humor se paga, en que aparecía un  cuento mío; el de Francisco Acuyo para Entorno Gráfico, En unos pocos corazones fraternos. (Antología solidaria), a beneficio del Banco de Alimentos de Granada, también con un relato que  preparé con mucho afecto.

        No puedo ni quiero soslayar el homenaje que, a principios de la temporada, el Centro Artístico tributó al mencionado Francisco Gil Craviotto. Ni el hecho de que dicha institución haya publicado y distribuido algunos ejemplares en que se recogen todas las colaboraciones. Queda por ver quién honra a quién, pues si los socios del Centro hemos intentado honrar la trayectoria humana y literaria de una gran persona, la propia calidad humana del escritor honra a su vez cualquier ámbito donde se le reconozca. El decano, junto con Rafael Guillén, de las letras granadinas tiene preparadas dos nuevas publicaciones para la próxima temporada.

        Termino esta sección local con el nombre de Andrés Neumann. Su novela Fractura nos presenta a un personaje que nos muestra su desafío a la energía nuclear. Tendría que haber muerto en la explosión de Hiroshima, pero sobrevivió. Podría haber muerto en Fukushima, pero también resultó indemne. Ha sobrevivido a dos muertes, por lo que, asegura, es como si hubiera nacido tres veces. Las vivencias del protagonista sirven al lector de repaso del siglo XX.

        Sin ser propiamente un autor local, Antonio Muñoz Molina ha llenado muchas horas de mi lectura, no en vano estoy recopilando su trabajo periodístico. He leído o releído sus libros de columnas periodísticas: El Robinson urbano (1984), que curiosamente se presentó en el salón del piano del Centro Artístico, Literario y Científico en diciembre de aquel año, Diario del Nautilus (1986), Las apariencias (1995), La huerta del edén (1996), Escrito en un instante (1996), Pura alegría (1998) y La vida por delante (2002), títulos a los que he sumado Días de diario (2007) y Un andar solitario entre la gente, su último título, de este mismo año. Nueve títulos, una prueba palpable de mi admiración por el autor ubetense.

        Sin darme cuenta, he ido acumulando lecturas sobre la guerra civil, no sé si consciente o inconscientemente. En realidad es un tema del que tengo registrados una buena cantidad de títulos. Los que he leído este mismo año son: La higuera (Ramiro Pinilla), La abuela civil española (Andrea Stefanoni), Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sender) , la notable trilogía de Arturo Barea La forja de un rebelde y Las tres bodas de Manolita (Almudena Grandes).

        Y mis relecturas: Onetti (Los adioses y Epitafio para una tumba sin nombre), Cortázar (Todos los fuegos, el fuego), Galdós (Misericordia), José Luis Sampedro (La sonrisa etrusca), Julio Llamazares (Luna de lobos), Blasco Ibáñez (Los cuatro jinetes del Apocalipsis), Carpentier (Concierto barroco)…

 

        Sin ser demasiado crédulo respecto a los grandes premios literarios, el Planeta Todo esto te daré (Dolores Redondo) me dejó bastante indiferente; leí dos o tres títulos del último Nobel, Kazuo Ishiguro, del que ya conocía Los restos del día, que me parece una magnífica crítica a la Inglaterra de la primera mitad del s. XX. Y la irrupción en televisión de la serie homónima me hizo acercarme a Margaret Atwood, de la que ya había leído varios libros. El cuento de la criada plantea la aparición de un régimen talibán y misógino en Estados Unidos. Dibuja una repugnante distopía que nos hace rebelarnos y sentir asco por el poder absoluto. Una excelente novela, muy superior a la serie televisiva.

        Siguiendo con los premios literarios, cabe señalar que el Premio Andalucía de la Crítica, en su vigésimo-cuarta edición ha distinguido a dos autores locales: Antonio Praena y su Historia de un alma se alzan con el galardón en la modalidad de poesía, en tanto que en la modalidad de relatos es Alejandro Pedregosa quien se lleva el premio con su libro O.

        Otro volumen colectivo muy interesante es el llamado En la cárcel, que recoge treinta relatos carcelarios, todos ellos enviados por sus autores a las ocho ediciones del certamen de relato corto Conrada Muñoz, que pretende honrar a esta víctima de ETA, madre de funcionario de prisiones. Los relatos ofrecen una perspectiva desconocida y poco previsible de la estancia en una prisión.

        Con todo, el libro que mayor impacto ha creado en mí es De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón, del helenista asturiano Pedro Olalla. Una epístola en que el autor lleva a cabo una pirueta cronológica y comparte con el autor latino una serie de reflexiones sobre el valor de la vejez y sobre los engaños de la democracia formal. Tendría que ser un título de lectura obligada para formar parte de las listas electorales de cualquier grupo político.

        No renuncio a señalar un libro que cayó en mis manos por azar: Canción dulce, de la autora franco-marroquí Leila Slimani, que llega a ser agobiante al plantear el tema de las niñeras a quienes entregamos a nuestros hijos (inevitable recordar su nexo argumental con La última vuelta de tuerca, de Henry James). Desgarrador Premio Goncourt de 2016, que me ha llegado justo cuando ha nacido mi nieto, lo que le da al drama un sentido mucho más profundo para mí.

        Cada vez que termino un libro denso, obsesivo, difícil… abro la espita para descomprimirme con otro más ligero que, en más de una ocasión, es una novela negra, con sus arquetipos detectivescos. En este campo, destaco a Andrea Camilleri (El campo del alfarero, en que Montalbano tiene dudas sobre la Mafia y la resolución de un crimen), a Leonardo Padura (Adiós, Hemmingway, donde el detective-librero intenta descubrir las pistas que demuestren que el escritor norteamericano no se suicidó), Lorenzo Silva (Lejos del corazón, donde Bevilacqua y Chamorro siguen las pistas que podrían aclarar un doble crimen relacionado con la minería de criptomoneda) o José Payá Beltrán, un solidario conocido del mundo bloguero,  que ha creado un nuevo detective, un inspector de policía jubilado que sigue resolviendo crímenes por inercia y soledad (El intranquilo retiro del inspector Duarte).

        En poesía, Tomás Segovia, Antonio Enrique, Rafael Guillén, Ángeles Mora… y siempre, Antonio Machado y Francisco de Quevedo, que nunca me cansaré de releer.

        El detalle doloroso de la temporada literaria es la muy reciente muerte del poeta Julio Alfredo Egea. Que la tierra le sea leve.

        Leer, leer, leer…, ¿vicio o virtud? Es una simple vocación sin la que no puedo imaginarme la vida. Incluso aunque hayan ido mitigándose el sentido de la novedad, la sorpresa, la curiosidad ante la situación insólita o esas tramas llenas de trampas que cada libro nos plantea para envolvernos y seducirnos, como una cortesana ilustre de la estirpe de Scherezade. No, no he leído todos los libros, pese al enunciado de Mallarmé. Me quedan muchos aún. Afortunadamente.

Alberto Granados