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Cuarenta años de autonomía

 

         Los medios y las instituciones nos machacarán hoy con la conmemoración de los cuarenta años de la autonomía andaluza, que en sentido estricto se cumplirán el próximo 28 de febrero. Hoy volveremos a oír hasta lo cansino los nombres de Blas Infante o Caparrós y recibiremos desde las instituciones verdaderos mantras doctrinarios, llenos de incienso y palabrería. Supongo que habrá discurso presidencial desde Sevilla y en el aire mediático habrá un rancio olor a autocomplacencia, a triunfalismo, a protagonismo histórico.

         Pero todo eso me parece música celestial visto todo el proceso con perspectiva. ¿Cuarenta años de qué exactamente? Cuarenta años es un período suficientemente largo como para modificar profundamente la mentalidad y las estructuras económicas de una geografía. Es exactamente el tiempo que necesitó Franco para convertir a la España republicana en un país fascista que aún perdura. Cuarenta años permiten hablar de régimen, como se hizo con el dictador, con Fidel Castro o con Mao Ze Dong. ¿Qué ha pasado en estos últimos cuarenta años en Andalucía? ¿Qué estigmas se han superado? ¿En qué hemos avanzado, en qué retrocedido y en qué puntos seguimos atascados? Estas preguntas y, sobre todo, sus respuestas veraces deberían constituir la auténtica celebración de este aniversario, mucho más que el discurso oficial, sesgado, triunfalista y presumiblemente falso.

La enrevesada papeleta del referéndum del 28F

      Es innegable que Andalucía ha avanzado significativamente en estas cuatro décadas, pero eso es algo que considero un mínimo exigible, pues de lo contrario la política carecería de sentido. Hemos avanzado en redes hospitalaria y de centros educativos, en infraestructuras tales como la red viaria o la implantación del AVE, en una modesta industrialización que la crisis ha hecho tambalearse… Pero seguimos siendo los últimos en un montón de factores: alfabetización, fracaso escolar, inclusión social, uso de instituciones culturales de calidad (museos, bibliotecas, teatros, y auditorios, etc.), materias en las que el tiempo se ha detenido sobre nuestras cabezas, como ese humo dormido de Gabriel Miró. Y así no se avanza, ni nos convertimos en una tierra de excelencia y poder competitivo.

        Si vuelvo la mirada hacia cuarenta años atrás, observo en qué han quedado tantas ilusiones perdidas por el camino. Aquellos eran tiempos en que el pensamiento socialista lo impregnaba todo (asociaciones de vecinos, de mujeres, de padres y madres de alumnos…), en tanto que actualmente el socialismo está a una distancia enorme del PP y amenazado con el sorpasso, unas veces por Podemos y otras por Ciudadanos. La gente ha perdido el entusiasmo, pese a la implantación socialista en la memoria de los andaluces. Tal vez se deba, por un lado, a la desaparición de la generación de mayores que vivieron la esperanza socialista en los tiempos de la República, esperanza casi inexistente en nuestros jóvenes, que nunca han creído masivamente en el PSOE, y por otro lado, a la visión de que la política se ha convertido en una forma de vivir bien sin pensar demasiado en los problemas reales de la ciudadanía. Alguien que habla de logros y objetivos conseguidos o que usa el eslogan “Andalucía imparable”, cuando la mitad de los andaluces está en el paro pierde toda su credibilidad porque suena a engañifa electoral, a falsos oropeles y a fraude.

        Mientras hubo dinero, la Junta tapó parte del descontento con subvenciones y se olvidó de sus planteamientos ideológicos, con sus políticos ensimismados en su autocomplaciente ombligo. Con la ideología desaparecida en la poltrona, al desaparecer el dinero solo quedó un vacío difícil de llenar. Y entonces llegó un golpe muy bajo: el escándalo de los EREs, del que costará levantarse más de veinte años.

        Durante estos cuarenta años, la Junta ha hecho mucho por Andalucía, pero no me cabe duda de que tendría que haber hecho mucho más. También tengo la certeza de que, si estas cuatro décadas hubiera sido el PP quien gestionara nuestra comunidad, seguiríamos anclados en la etapa del caciquismo, de la limosna y de los jornaleros esperando en la plaza del pueblo a que el señorito y su capataz otorgaran a los parados el beneficio de un jornal.

        Si yo presidiera la Junta de Andalucía, sería muy modesto en los discursos de hoy y del próximo 28 de febrero. Porque queda mucho por hacer, pese a lo que diga Canal Sur.

Alberto Granados

 

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Un relato mío en un libro solidario

        No me gusta escribir textos de encargo, especialmente cuando estos tienen que adaptarse a unas exigencias (número de palabras, temática, fecha de entrega, etc.) que me hacen sentirme un poco asfixiado. Yo soy un autor de desarrollo largo y cuando tengo que escribir un relato de 670 palabras tengo la sensación de que no puedo rebullirme porque esa brevedad me ahoga. No obstante, en esta ocasión se trataba de un libro solidario, cuyos ingresos irán destinados al Banco de Alimentos de Granada y escribí Salma con todo el calor que pude.

           Para atender la llamada que me hizo el editor, Francisco Acuyo, a comienzos del verano pasado, le envié este cuento, Salma, que no es ficción, sino la vivencia real de Carmen, alguien que conozco de mucho tiempo y que estuvo muy cerca de mí bastantes años trabajando en mi mismo centro educativo. Cuando terminé el primer borrador de este texto se lo envié e inmediatamente conté con su aprobación. No obstante, lo dejé enfriar y, finalmente, opté por cambiarlo en su estructura. Antes la voz narrativa era la mía, pero sentí que era robarle  a mi compañera la verdad desgarrada del texto, por lo que volví a escribirlo, esta vez usando la voz narrativa de Carmen, que fue quien vivió la frustración que puede producir el ser solidarios, por paradójico que pueda resultar. Se lo volví a enviar y le gustó más que el primer borrador.

Portada del libro

        Ahora el cuento (o la anécdota verdadera) forma parte de un libro que se presentó el pasado viernes, día 24, en el Teatro Isidoro Máiquez, en un acto brillantísimo, con música clásica (a cargo de un grupo de cámara de la Orquesta Universidad de Granada, formado por María Martínez, violín I; Verónica Bravo, violín II; Miriam Aybar; y Araceli Castro, violonchelo, que tocaron de forma impecable a Mozart, a Enrique Granados y a Scott Joplin) y flamenco en directo (con Alfredo Arrebola al cante y Ángel Alonso Álvarez a la guitarra), y recitados de poemas de Lorca y Miguel Hernández (a cargo de Magda Robles León, Mara Romero Torres y María José Sierra). El acto no tuvo más problema que la excesiva duración. Yo me quedé con la pena de tener que salirme porque tenía familiares esperándome.

        La gestión del libro ha corrido a cargo del poeta Francisco Acuyo, que lo ha publicado en Entorno Gráfico. Incluye algo más de cien autores, ya sean poetas, ya narradores, y en esa extensa nómina aparecen bastantes firmas más que acreditadas, tanto de nivel local como nacional (En unos pocos corazones fraternos (Antología solidaria), Entorno Gráfico Ediciones, Granada, 2017, 267 págs.).

         Mi cuento es este:

         Salma

 

 

        Me alegra verlo y lo llamo. Un agradable reencuentro, sonrisas, abrazo y un rápido café durante el que intentamos tocar mil temas personales y familiares, tras tantos años sin vernos. Hablamos atropelladamente de nuestros hijos, de nuestras jubilaciones, de la salud y me pregunta por Salma. Sin duda, percibe mi gesto de desaliento.

        -Perdona… Creo que he tocado fibra sensible.

        Y tan sensible. El primer verano que Salma pasó con nosotros yo viví una nueva casi-maternidad que me hizo sentir algo mágico. Salma tenía entonces siete años. La niña observaba a mis compañeros con la timidez de un gatito, con la inseguridad de quien está en un ambiente que no es el suyo. Los observaba con una vaga bizquera, con evidentes síntomas de alguna dolencia ocular debida al calor y al polvo desértico de su campamento de jaimas. Parecía un animalito desvalido. Yo había tenido tres varones y la acogí como a la hija que siempre había deseado.

        Poco a poco, nos cautivó. Pedía helados mientras tomábamos el aperitivo, algo que jamás les habría permitido a mis hijos, pero que ella obtenía porque ¿qué oportunidades tenía de comer helados cuando volviera al campamento saharaui?

       Salma, educada en los principios del Islam, jamás aceptaba comida sin preguntar si contenía jalufo. Siempre le respondía que no, que era pollo, que no había nada de cerdo, fuera verdad o no. Solo entonces  paladeaba con evidente placer. Además, a sus siete años, mostraba un recato especial con los compañeros. Había besos, sonrisas y acercamiento con las señoras, pero se apartaba si algún hombre intentaba hacerle la más leve caricia en aquella carita llena de ingenuidad y malicia. Tenía claro que el contacto con los hombres debía ser mínimo.

Fotografía de Luis Bonete (1999)

        Me obsesioné con la chiquilla. Les planteé a mi marido y a mis hijos qué futuro podíamos ofrecerle a esa niña que había llegado, como un milagro, a nuestras vidas. Cuando llegaba el final de aquellos veranos y la niña volvía a su medio, parecía faltarme el aire y se me rompía el corazón. Un año, al llegar la primavera, pedí varios días de permiso sin sueldo que uní a las vacaciones de semana santa, pues la ONG que organizaba las acogidas, fletó un vuelo. Compramos a escote una abundante impedimenta que a cualquiera podría parecerle absurda, pero que en aquellas tierras suponía una importante calidad de vida: pilas recargables, placas solares, material escolar, vasijas de plástico, medicamentos, compresas, cepillos de dientes y dentífrico, jabón y champú, gafas de sol, enseres de cocina… Eso que nosotros conseguimos con el mínimo esfuerzo de  ir al supermercado de la esquina, y que allí constituye un verdadero tesoro…

         Volví tocada. Allí las veinticuatro horas del día transcurren levantando los faldones de la jaima con las primeras luces. Después, se sientan  y empiezan a ingerir té verde para hidratarse, mientras esperan las horas más frescas, al atardecer. Un día y otro y otro y otro…, sin más expectativas, ni más futuro… Y siento que a esa gente, a todo un pueblo, le debemos algo, porque los vendimos… Quería a esa niña lo suficiente como para habérmela traído a España y ofrecerle  un sistema educativo y una red sanitaria razonables. Un futuro. Aunque Salma es de allí y allí está su familia, sus padres y hermanos, su cultura, su cosmovisión…

        —Ahora, tantos años después, te confieso que lo pasé muy mal. No me conformaba con tenerla los dos meses escasos del verano. ¿Qué iba a pasar con ella durante el invierno, durante los demás inviernos? Lo hablé con mis hijos y con mi marido, sabiendo hasta donde me iba a comprometer. Estaba decidida a traérmela, pero volví la primavera siguiente y Salma ya era una mujercita. Su madre me mostró las gafas graduadas que le había comprado el verano anterior. Estaban intactas: no se las había puesto para demostrarme el aprecio que le hacía a mi obsequio. Además, me contó que ya le había bajado la regla y que no podía permitir que volviera a mi casa, donde había cuatro varones. Se me cayó el alma. Sentí que tenía que redoblar mi esfuerzo para librar a Salma de tanta injusticia, para evitar que los preceptos religiosos y los factores culturales propios le cerraran puertas… Fracasé. Además, Salma es solo uno de los miembros de un pueblo castigado y traérmela podía ser incluso una conducta egoísta, privar a los saharauis de una luchadora más, para saciar mi impulso maternal… No podía jugar a ser la Providencia. Ahora tiene veinticinco años, está casada y tiene dos niñas. Y la rueda, la misma rueda de desigualdad e injusticia, seguirá girando y la estupidez barrerá los intentos de ser solidarios y…

        Me levanto precipitadamente, porque no quiero montar un número en la terraza de la cafetería y estoy a punto de romper a llorar. Le doy a un precipitado beso a mi viejo compañero, en el que seguro he dejado un amargo regusto y pienso en el destino de mi pequeña saharaui, la que me rompió el alma en aquellos lejanos años.

 

 

         El libro indica que pueden hacerse pedidos a:

info@entornografico.es

www.entornografico.es

y www.abacografico.es

        Os recuerdo que se trata de un libro solidario.

Alberto Granados

 

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España enferma

        ¿Cuántas veces hemos pensado que los americanos están locos cada vez que alguien se atrinchera armado y provoca una matanza? Y es que señalar conductas anómalas es muy fácil. Lo difícil es analizar su origen y modificarlas, que tendría que ser una de las tareas prioritarias de los gobiernos de esos países enfermos.

        Pero hay que ser cauteloso en el uso de los diagnósticos sociales, pues nosotros también vivimos en un país que da muestras, tan inequívocas como alarmantes, de padecer una gravísima patología social. Hay que admitirlo: nuestra sociedad adolece de una serie de disfunciones que me hacen pensar en un futuro bastante negro. No es normal que un partido cuya corrupción es cada vez más patente, extendida por varias comunidades autónomas y que alcanza a media cúpula siga en el poder, sin una dimisión, sin una disculpa, sin una explicación veraz. Ni que la justicia caiga en manos de los partidos, que imponen sus cuotas de poder en los órganos que debieran ser más neutrales e independientes. Como tampoco es normal que se haya permitido a la sociedad catalana provocar la intoxicación independentista, que tan grave fractura social ha producido, junto a una inseguridad financiera que nos pone de nuevo en el punto de mira de las consultoras que mandan en el mercado bancario.

       Tampoco me parece normal que la iglesia católica inmatricule con tantas facilidades aquellos bienes patrimoniales que deberían pertenecer al Estado, sin que nadie haya hecho lo más mínimo por salvaguardarlos o recuperarlos. Ni que la educación vaya por los derroteros lastimosos por los que se mueve (falta de autoridad de profesores, poder absoluto de padres y madres, grupos de WhatsApp para controlar la labor de los docentes, nivel mínimo de exigencia a los niños…).

        Un país en el que una región se declara independiente para, diez segundos después, dejar en suspenso esa independencia, es un país que ha perdido el norte. Dicha independencia, según sus voceros, responde a una mayoría popular, dato este que, por mucho que se empeñen, no puede recibirse sin carcajadas. ¿Mayoría popular es la que viene de un referéndum ilegal y realizado sin la menor garantía? ¿Así de serias son la jerarquía independentista catalana, su gente, su cultura? Yo esperaba más coherencia desde luego.

        Un país que acepta como una fruslería que cada año mueran a manos de sus parejas o ex-parejas más de cincuenta mujeres no está sano. Tampoco es sano una sociedad en que abundan los casos de acoso escolar, las palizas entre adolescentes sin más objetivo que la difusa fama que otorgan las redes sociales.

        Pero si todas estas situaciones no son enfermizas, en esta última semana han aparecido dos noticias que ya me dejan noqueado. La primera es el resultado de una encuesta en que se analiza la percepción de adolescentes y jóvenes sobre la violencia de género. Parece que la situación se ve normal, que ha pasado toda la vida y no tiene por qué cambiar, que lo que pasa es que el tema se ha “politizado”, etc. Que nuestros jóvenes de hasta 29 años mantengan estos argumentos sin el menor asomo de sentido crítico me parece una aberración social gravísima, algo tan terrible que no me deja demasiado espacio para la esperanza.

        La segunda noticia de la semana, mucho más grave, es que un abogado de los que defienden a los violadores de los sanfermines, ha ordenado un seguimiento de la víctima en las redes. Pretende con ello dejar claro que la víctima no lo es tanto, porque la información recogida podría indicar una cierta promiscuidad de la joven. O dicho de otra forma: minimizar las graves acusaciones contra “La Manada” en razón de una conducta pretendidamente licenciosa por parte de la chica.

        El juez ha admitido dicho engendro como prueba válida, lo que indica el lamentable estado de eso que llamamos justicia, aunque no lo sea. Frente a las realidades objetivas, la víctima pasa a ser parcialmente la acusada, se le hace revivir una situación de violencia, se la cuestiona socialmente y se la echa a los leones mediáticos. ¡Justicia pura! Me pregunto qué peso específico tendrá la conciencia propia del juez sobre la sentencia y no consigo catalogar la catadura moral del abogado que ha planteado algo tan sucio y repugnante como es esa estrategia que no prueba nada en ningún caso.

        Durante los años setenta la mujer alcanzó en España su libertad sexual, algo que era una realidad en todos los países occidentales y que solo el nacionalcatolicismo había frenado en nuestro país. A partir de ahí, cada mujer hace de su capa un sayo y, en todo caso, tiene derecho a decir no cuando realmente no le apetezca, ya sea al inicio, o en el momento álgido del cortejo. Esto, tan simple, parece ser francamente arduo para las entendederas de los hombres. No significa sencillamente no. Cualquier consideración que violente esa realidad se cae por su base. Tal vez una mujer empiece las maniobras de ese coqueteo erótico, tal vez llegue casi al límite, tal vez… Pero si finalmente decide que no, por el motivo que sea, el varón no puede, en ningún caso, considerar ningún derecho sexual adquirido. Pasar de ahí es violentar un derecho de la mujer.

          No cabe duda de que una situación así tiene un enorme sentido de frustración del hombre, en pleno calentón, pero es lo que hay. No es no y no puede usarse como eximente penal el que la mujer haya llegado hasta el límite del sí. Esto debiera metérselo en la cabeza el abogado que ha estado rastreando la vida íntima de la víctima, que ya tiene bastante con superar la situación de humillación, como para encima tener que justificar su libertad sexual.

        ¿Qué hay en la mente de los cinco descerebrados de La Manada? ¿Piensan en lo que han hecho y se arrepienten realmente o solo esperan el truco procesal que los deje libres a cambio de machacar más aún a la víctima? ¿Resulta tan divertido colgar su hazaña en las redes? ¿Por qué? ¿Es una conducta normal o patológica? Lamentablemente, España es un país tan gracioso, tan necesitado de reconocimiento en lo chisposo, que se está dispuesto a cualquier cosa con tal de que te celebren una gracia en las redes o en la taberna. Lástima que no luchemos con la misma energía por la eficacia, la competitividad, la cultura, la excelencia, la educación o los derechos sociales.

        Definitivamente, estamos enfermos. La cota de libertad, para mí incuestionable, alcanzada durante la transición no se corresponde mínimamente con la cota de responsabilidad necesaria para ejercer esa merecida libertad y nos creemos que nuestros actos, por ser libres, no tienen consecuencias, tal es la pérdida de valores a que hemos llegado. Valores, por cierto, que deberían proceder de la educación familiar, machaconamente repetidos hasta formar parte de la conciencia del niño. Digo esto porque alguien le echará la culpa (¡una culpa más!) a la escuela, que curiosamente es la única institución que enseña esos valores, escasamente refrendados luego en las familias.

         Por cierto, hubo un área educativa, la Educación para la Ciudadanía, que tenía la misión de reinstaurar en la escuela los valores perdidos. El PP la consideró doctrinaria (¡los herederos de la Formación del Espíritu Nacional franquista consideran doctrinaria una asignatura porque menciona la cuestión de género!) y laminó la asignatura tan pronto como llegó al poder y José Ignacio Wert ocupó la cartera de Educación. De aquellos polvos, estos lodos. Y suma y sigue…

        Me aferro a una escasa esperanza: la de ver a los miembros de la Manada en una cárcel durante muchos años y a la víctima restituida de todo el daño que se le ha hecho y se le sigue haciendo… Lo demás son achaques de un país éticamente moribundo.

Alberto Granados

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La noche de difuntos

 

        Soy el menor de cinco hermanos, por lo que las costumbres, los ritos y hasta las creencias de mi familia, me fueron impuestas por las determinaciones de mi abuela, mis padres y mis hermanos. Y entre esas costumbres, yo asumí como algo irrefutable, casi predeterminado desde el principio de los siglos, que la noche de difuntos tenía un misterio, unas resonancias mágicas y hasta una gastronomía bien distintos del resto de las noches, como sucedía con la Nochebuena o la noche de Reyes.

        Por entonces se nos decía que la fiesta de difuntos servía para recordar a los muertos de la familia. Yo, con siete u ocho años no recordaba tener ningún muerto, aunque mi madre me hablaba de su padre, de varios hermanos desaparecidos. Y me lo decía con una solemnidad que inmediatamente sacralizaba mi recuerdo inducido de esos muertos familiares, produciéndome una melancolía y unas sensaciones cuya raíz no conseguía entender.

        Pero me gustaba. Me encantaba el menú especial de la cena de difuntos, que incluía, invariablemente, cualquier plato ligero y un postre variado y distinto al de siempre: castañas (asadas o en crudo), batata con canela en almíbar y la gran especialidad: gachas de harina con miel de caña por encima. Solo por este postre, valía la pena aguantar la vigilia de difuntos, a la que íbamos toda la familia, a unas horas en que normalmente todos estábamos acostados: la medianoche.

Tumba del cementerio de Granada

        Hubo un tiempo en que me dio por plantearme el tema de la muerte y esa noche tan especial adquirió un aire tenebroso. Recordaba un poema, “Qué solos se quedan los muertos”, de G. A. Bécquer, que yo ya casi me sabía pues desde los ocho o nueve años yo venía leyendo un soberbio libro que me acercó a nuestros poetas: “Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana”. Me asustaba la muerte y el doble de las campanas de las tres iglesias del pueblo me erizaba la piel. Pero valía la pena pasar un miedo razonable si se compensaba con el postre especial.

        Había otro elemento: la mayoría de las emisoras de radio ponían esa noche el “Don Juan Tenorio”, en versión de teatro leído. Las voces eran las de los seriales radiofónicos que oía mi madre. Oírlos durante la silenciosa cena, atender la eficacia de los míseros efectos especiales de entonces, participar en el espectral universo del drama, atender los solemnes octosílabos de Zorrilla, obtener la enorme victoria moral de anticipar un par de versos al actor radiofónico… eso era un placer indescriptible. Mi padre, que conocía la obra de Zorrilla, ponía voz engolada y, sonriente, avanzaba:

                -No os podréis quejar de mí,

                vosotros, a quien maté;

                si buena vida os quité,

                buena sepultura os di…

Panteón del cementerio de Alcaudete (Jaén)

        Mi escena preferida era la de la apuesta del primer acto, que conseguí aprenderme de memoria copiándola  manuscrita del libro de literatura de sexto de aquel bachillerato superior de alguno de mis hermanos… y la soltaba entera, buscando con ello la admiración de mis padres y alguna burla por parte de mis hermanos, que no veían ningún mérito y sentían celos del afecto que mi padre dedicaba al niño pequeño de la casa.

        Aún quedaba un elemento verdaderamente festivo de aquella noche especial. Al regresar de los oficios, de nuevo toda la familia junta, encontrábamos las gachas sobrantes, ya frías, convertidas en un desagradable engrudo. Mis hermanos tenían unas latas vacías de leche condensada a las que echábamos aquella masa pastosa. Mi padre nos autorizaba a salir de nuevo, pese a las muestras de incomodidad de mi madre, que jamás aprobó la costumbre: tapábamos con aquello las cerraduras de los vecinos molestos, regañones o chismosos. Había que hacerlo en sigilo y amparados por la escasa iluminación de la época: una bombilla cada treinta o cuarenta metros. Cumplida nuestra misión vengadora, regresábamos a casa y mi padre nos preguntaba a quiénes habíamos fastidiado. Mi madre ni siquiera quería saberlo. Nos acostábamos y a la mañana siguiente, cuando mi padre abría la puerta, se encontraba con la cerradura atascada de engrudo y lo oíamos enojarse:

        -Pero quién habrá sido el cabrón que nos ha hecho esto… Mira que como han puesto la puerta…

        Y nosotros, desde la cama, nos partíamos de risa.

        La memoria, esa anciana machacona que goza devolviéndonos los recuerdos cambiados, ennoblecidos por la pátina de los años y casi siempre engañosos, me trae siempre por estas fechas la evocación de las noches de difuntos que yo vivía en los años cincuenta y primeros sesenta en Alcaudete, un pueblo retenido en la inmutabilidad del tiempo y perdido en zona de nadie, entre Jaén y la provincia de Córdoba. Observo que no queda nada de aquella magia antigua y pienso en el maldito Halloween anglosajón y en la invasión cultural y, sobre todo, en los muertos que ya llevo acumulando desde hace décadas, esos muertos que me hacen ver que me acerco a los huecos de primera fila que han dejado para mí, porque la vida, como los recuerdos, gasta estas mortales bromas.

Alberto Granados

 

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Mi doble jornada muñozmoliniana

 

 

 

        Mi agenda cultural de este mes comprendía dos hechos muy relevantes para mí: el homenaje a Francisco Gil Craviotto que le estábamos preparando con todo el sigilo posible en esta chismosa ciudad y la presencia doble de Antonio Muñoz Molina en Granada, que tal vez me brindara la oportunidad de conocerlo en persona tras más de treinta años de admiración. Y ambas fechas llegaron. En esta entrada, pretendo resumir el impacto que el autor ubetense produjo entre su público.

        El lunes pasado, día 23, Muñoz Molina impartió una conferencia en el Aula Magna de la Facultad de Letras, un lugar en el que tanto él como yo mismo, cursamos nuestras respectivas licenciaturas. La conferencia llevaba por título “Escribir, leer, mirar, escuchar” y congregó, no solo a muchos jovencísimos estudiantes de la casa, sino a otros muchos nostálgicos jubilados.

La obra de Muñoz Molina expuesta por la Biblioteca de la Facultad de Letras de la UGR

        Antonio, acompañado de la Rectora de la UGR, del Decano de la Facultad y del Director del Departamento de Lengua y Literatura, esperó estoicamente los discursos y presentaciones, que si resultaron protocolarios, también dejaron traslucir la admiración y el afecto que se le tiene en Granada.

        Llegado su momento, un Muñoz Molina, sobrio en gestos y dicción, inició su alocución, sin el apoyo de un simple folio, como si lo que nos iba a decir formara parte de un largo ceremonial mil veces repetido. Con una voz cercana, nos habló de lo que él mejor conoce: los entresijos de la creación literaria. Era como un taller de escritura creativa destinado a las cuatrocientas personas (calculo yo) que le escuchamos.

        Empezó por una idea que aparece en varios artículos suyos: todas las obras de creación que admiramos existen, pero podrían no haber aparecido nunca, si las circunstancias del autor hubieran sido otras. Esta reflexión le llevó a hablar de la necesidad de las medidas sociales y educativas que los gobiernos deben poner sobre el tapete para que todos puedan explotar sus potencialidades: “Si yo hubiera nacido solo unos años antes, no habría obtenido beca, no habría podido estudiar y sería el heredero del destino de mi padre, en mi huerta y en el puesto del mercado de Úbeda”.

AMM firmando ejemplares en la Facultad de Letras

        Antonio siguió hablando de la observación necesaria, del habla de la calle, de lo que tiene de desafío el escribir un texto, del desaliento y del triunfo que supone terminarlo… No parecía un conferenciante, sino un maestro en plena tarea de enseñar a los alumnos.

        Habló de que la creación literaria necesita a la vez de la soberbia de plantearse escribir y de la humildad de aceptar las correcciones de un editor o de alguien cercano; como también necesita de contención y, a la vez, de la libertad creativa. Eran casi las dos de la tarde, el hambre se dejaba notar, muchos estudiantes se fueron saliendo para encaminarse a la cafetería a almorzar… Y en la sala (la misma en que hace treinta años oí a don Rafael Lapesa), aún bastante llena, se escuchó un fervoroso aplauso cuando el autor terminó su exposición.

        Tras algunas preguntas, un señor pidió turno. Un rato antes, Muñoz Molina había asegurado que hay cosas sobre las que es mejor no intentar escribir y puso como ejemplo la panorámica que esa misma mañana había visto desde el Carmen de la Victoria: la Alhambra al frente y una difusa bruma que llenaba de magia el monumento nazarí. Había añadido: “Yo jamás lograría reflejar lo que mis ojos han visto”. El anónimo interviniente, se limitó a asegurarle: “No lo ha conseguido aún, pero lo hará”.

        Hubo muchos lectores que se acercaron a la mesa para que les firmara ejemplares de sus libros; las bibliotecarias de la Facultad, que habían colocado un expositor con extensa bibliografía del y sobre el autor, se acercaron a saludarlo; y cuando apenas quedaba nadie yo hice lo propio. Después, lo más discretamente que pude lo dejé con los organizadores, viejos conocidos míos, que en esta ocasión ejercían funciones institucionales. Me supo a poco.

AMM leyendo su discurso 1

        Y esa misma tarde, en el Aula Magna de la antigua Facultad de Medicina, también llena a rebosar, con toda la solemnidad y la prosopopeya que la Academia de Buenas Letras de Granada imprime a sus actividades (chaqué, medallas, riguroso color negro en las damas, etc.) Muñoz Molina fue recibido como miembro honorario de la institución. Leyó un bello discurso titulado “Una novela de Granada”, en que nos expuso, a académicos y público, las vicisitudes de una novela inacabada (Bajo la luz tranquila de Granada) que el propio autor perdió, aunque yo he leído algunos fragmentos alojados por su amigo José Gutiérrez en la web de la UGR. En el discurso, se aclara el motivo por el que esa novela quedó en suspenso… hasta desaparecer:

        “El libro se paró y no avanzaba. Le di a mi mujer, Elvira, las páginas que llevaba escritas, esperando recibir de ella el aliento que me faltaba, o un indicio sobre la posible continuación. Elvira me dijo algo muy sabio. Si yo escribía con la integridad personal que exigía aquella materia, tendría que contar cosas que invadirían las vidas de otros, porque no estaba escribiendo una novela. Podría eludir el dilema manteniendo el relato en el ámbito sobre todo intelectual que había tenido hasta entonces, pero le faltaría la verdad personal, de experiencia íntima vivida, sin la cual corría el peligro de ser poco más que un ejercicio de nostalgia, o de autorreferencia literaria.”

AMM leyendo su discurso 2

        Y la novela desapareció, con la excepción de esos fragmentos rescatados por José Gutiérrez, uno de ellos publicado en la revista El Fingidor. Mucho tiempo después de estas consideraciones, y con la novela Como la sombra que se va, publicada en 2014, creo que las cautelas que Elvira Lindo señaló al autor en la fallida novela, apenas se sostienen, pues en la novela de 2014 Muñoz Molina se salta todas las barreras y expone sus contradicciones y miserias hasta un límite innecesariamente impúdico, sin tener en cuenta que en esta obra no solamente se desnuda él mismo, sino que la intimidad de las personas de su entorno de entonces quedan completamente señalada.

        La conferencia fue respondida por José Gutiérrez en otro discurso mucho más breve en que exponía las circunstancias de su larga amistad con el ubetense, circunstancias que yo conocía en su mayor parte, pues cada vez que nos encontramos hablamos siempre del autor y su obra.

        Lo habitual, tras la recepción de un nuevo académico, es una foto de grupo y las enhorabuenas al “misacantano”, pero esta vez, la sala era un auténtico hervidero que apenas dejaba a los presentes moverse. Opté por salirme con un buena amigo a tomarme una cerveza. De nuevo me supo a poco. La presencia de Antonio Muñoz Molina, quiero decir.

Alberto Granados

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Homenaje a Francisco Gil Craviotto

 

 

        La palabra homenaje, según el DRAE, es:

                Del occitano homenatge.

                      1 m. Acto o serie de actos que se celebran en honor de alguien o de algo.

                      2 m.  Sumisión, veneración, respeto hacia alguien o de algo. 

                      3 m. En la Edad Media, juramento solemne de fidelidad hecho a un rey o señor.

        Si abstraemos las dos primeras acepciones (“acto en honor de alguien” y “veneración, respeto hacia alguien”), tendremos la dimensión exacta del acto que por sorpresa preparamos durante unas cuantas semanas y que, finalmente, se llevó a cabo la tarde el pasado viernes día 20: el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada ofreció un homenaje a uno de sus socios más activos y dignos: mi querido amigo Francisco Gil Craviotto, del que he hablado en este blog numerosas veces.

Crónica de Antonio Arenas sobre el homenaje en Granada Hoy de ayer

        Todo empezó con un correo a finales de la primavera pasada: Celia Correa (la Presidenta del CALC) y la escritora Carolina Molina pedían colaboración y sigilo para prepararle a nuestro Paco un homenaje. La colaboración pedida consistía en ir extendiendo la propuesta entre los numerosos amigos del escritor pidiéndoles colaboraciones escritas y mucha discreción. Durante el verano, muchos de nosotros enviamos nuestro texto y las últimas semanas han sido para llamar a los rezagados, recopilar fotos de las intervenciones del homenajeado, hacer las compras pertinentes, movilizar a la propia familia del escritor, etc. Los últimos días hemos estado pendientes de esos últimos textos prometidos, de los correos en que algunos amigos se excusaban por no tener tiempo pero dejaban clara su inequívoca adhesión al hombre y al homenaje, etc.

Lleno absoluto en la sala

        Finalmente, la mencionada presidenta dejó en blanco la fecha del viernes en la programación que semanalmente nos envía, pero llamó a Gil Craviotto para indicarle que iba a haber una actividad improvisada en que se iba a hablar de la literatura del exilio, algo informal a lo que su propia experiencia de autoexiliado en París podría aportar mucho.

        Fue divertido el cariñoso engaño. Nuestro temor era que la información se hubiera filtrado y le hubiera llegado alguna noticia sobre el hecho, pero nuestro amigo se sentó en primera fila, dio comienzo el acto y cuando Celia dijo a la sala que mejor dejábamos la literatura del exilio para hablar de un exiliado dignísimo presente en el acto, la cara de Gil Craviotto cambió y creímos entender que, incluso en una ciudad tan chismosa como Granada, la figura del autor hace que se conjuren los chismes, se guarde -por una vez- el secreto deseado y se imponga el sigilo entusiasta. No se hubiera logrado con cualquiera, pero este hombre genera ese tipo de empatías.

        Mi colaboración fue esta:

        La frenética vejez de Francisco Gil Craviotto

 

 

        Solemos asociar la vejez a esa época de limitaciones en que el ser humano decide delegar tareas en la generación siguiente (hijos o sobrinos, especialmente) e iniciar con ello un desentenderse de lo cotidiano. El proceso supone una alta dosis de claudicación ante lo nuevo, la tecnología reciente, las gestiones que ya parecen insuperables… Quien llega a esa situación empieza a sentirse fuera de una realidad que a veces no entiende o que le produce un tedio insuperable. Es, sencillamente, una rendición absoluta ante lo inexorable de la vida.

        Pero hay casos en que el viejo no se rinde, ni depone sus actitudes, ni acepta las limitaciones que la simple biología va imponiendo con mano de hierro. Por eso se asegura que la edad no reside en la partida de nacimiento, sino en algún recóndito pliegue del espíritu, que hace que determinada persona mayor se rinda o, por el contrario, encuentre energías para seguir adelante, con las botas puestas hasta el último aliento. Este último es el caso de mi admirado escritor y querido amigo Francisco Gil Craviotto. Indudablemente, está viejo y hay que aceptarlo sin eufemismos ridículos ni piadosos paños calientes. Sus ochenta y cuatro años lo certifican. Es una edad en que cualquier persona es considerada vieja, senil, provecta… sin matices ni dudas. Pero hay viejos y viejos y nuestro Paco es esa clase de viejo que presenta la batalla a la edad, que no se rinde ni aparta a un lado lo que considera su obligación y que está siempre disponible para un viaje, una excursión, la participación en un ciclo de conferencias, desarrollar su creación literaria y cualquier otra cosa que se le demande.

Carolina Molina, Gil Craviotto y Celia Correa

        Paco es así y no le cuesta trabajo asumir que lo suyo es la literatura y la cultura, junto con la activa militancia en el laicismo y el republicanismo, en los derechos de las personas, en el apoyo a minorías marginales, en hacer de la gente seres más civilizados, cultivados y solidarios. Él es así y no le ve ningún mérito. No encuentra nada extraordinario en aquello que sus amigos admiramos en él.

        Gil Craviotto escribe y lee con una fruición poco común para cualquier edad. Puedo certificarlo, pues ambos estamos constantemente intercambiando libros y textos conforme los terminamos. Siempre un buen prosista y un notable cirujano de almas cuando hace sus semblanzas o dibuja sus magníficas estampas literarias, ha desarrollado en estos últimos años una producción febril y desbordada. Por otra parte, participa con una frecuencia inusitada en las actividades del Centro Artístico, de la Academia de Buenas Letras de Granada o de su asociación alpujarreña. Así, sin despeinarse siquiera, organiza completísimos ciclos de conferencias, hace de prologuista para quien se lo pida, interviene en presentaciones de libros o se va a las Alpujarras para recorrer sus pueblos y obtener de primera mano la visión que le permitirá escribir los textos que, acompañados de las fotografías de su amigo Enamoneta, verán pronto la luz de la imprenta.

        No le importa subirse a un autobús que lo llevará a Algeciras antes de cruzar el estrecho para exponer una conferencia sobre escritores ceutíes, o plantarse en la Prisión de Albolote para formar parte del jurado de relatos carcelarios, rodeado de internos con los que pasa la sesión de la entrega de premios sintiéndose como pez en el agua. Como no le importa acudir a la convocatoria de sus amigos alpujarreños para ir andando hasta Jesús del Valle. Cuando me lo contó se lo desaconsejé. No me hizo caso, pero algo falló y no encontró a los demás, así que el paseo se limitó a subir desde su casa al Aljibe de la Lluvia, en las dehesas del Generalife. Un recorrido largo y en cuesta que haría desistir a más de uno, pero que él se tomó como lo más normal, ajeno a esas limitaciones que los viejos, los realmente viejos, se imponen a sí mismos.

        Y sigue escribiendo: cuentos breves y medianos, la biografía de Hernández Quero, una novela sobre un escabroso asunto de compra de hijos que él mismo me pidió que no leyera tras enviármela por considerarla una “novela menor”… Nuestro Paco Gil Craviotto nunca se toma un respiro. No hace mucho lo entrevisté en el Centro Artístico. Cuando le pregunté por su frenética vejez respondió con palabras de su hija: “es que no sé decir que no”. Creo que no es verdad, que me dio la respuesta fácil. Hay veces en que pienso que desea batir todas las marcas y colmar su perfil de la Wikipedia de datos sobre su ya ingente obra, llena también de colaboraciones periodísticas en diversos medios. Que desea aumentar su producción literaria para demostrarse a sí mismo que aún tiene capacidad y que su cerebro se mantiene activo por encima de su edad.

Discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada (21 de mayo de 2012)

        Parece que el desaliento, los achaques de la salud, la desgana o la falta de energías no hacen mella en este hombre que muestra una enérgica resolución en este mundo de la cultura donde se ha ganado tan dignamente el lugar que ocupa y el prestigio de que goza.

        Yo, que me estoy acercando a la vejez, deseo llegar a ser un viejo como él, plantarle cara a la muerte con su fuerza, dejar tras de mí tanta admiración y tanta gratitud como este hombre sencillo y entrañable ha sido capaz de generar, como un aura que lo envuelve. Hago mías las palabras de nuestro Federico, dedicadas a Sánchez Mejías: tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace / un andaluz tan claro, tan rico de ventura.

        Querido Paco: gracias por ser como eres.

 

        AG

Gil Craviotto en el Aljibe del Rey (13 de junio de 2013)

        Durante el acto, Celia destacó el nivel de colaboración del homenajeado, se leyeron varios correos de los ausentes, Carolina Molina le hizo unas preguntas, se le entregó una caja archivadora con las páginas que unos y otros habíamos entregado, se pasaron unas fotos que yo mismo había preparado con sus múltiples colaboraciones públicas y él comentó con su habitual ironía algunas anécdotas. Finalmente, se le entregó todo aquello y se le hizo notar la presencia en la sala de su propia hija y su nieta, que se habían ocultado cuando él y su esposa llegaron para no levantar la mínima sospecha. Los asistentes tenían instaladas en sus rostros sonrisas que contrastaban con el gesto de perplejidad del protagonista.

        A veces, cuando el personaje lo merece hasta ese punto, se producen situaciones cargadas de magia. Solo a veces; solo con personajes especiales.

        Alberto Granados

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Charlie Hebdo y Cataluña

 

 

        Durante las últimas semanas he incluido tres entradas seguidas sobre Cataluña en este modesto blog. Tres entradas en que expresaba mi postura crítica hacia todo el proceso independentista, tan lleno de mentiras, victimismo y arbitrariedad. He recibido, tanto en comentarios públicos, como en correos privados, una alta dosis de descalificación por parte de viejos amigos catalanes: mi discurso es vergonzoso, soy un ignorante (y de paso, mis lectores lo son aún más por apoyar mis ideas), leo prensa no democrática, he dejado de ser demócrata, etc., etc.

        Pero anoche, un querido amigo, a través de whatsapp, me puso en la pista del último número del semanario satírico francés Charlie Hebdo, de tendencia ácrata, laica, desvergonzada, irreverente siempre y poco sospechoso de no ser demócrata: su lucha por la libertad sembró la redacción de muertos tras el atentado yihadista del día 7 de Enero de 2015.

        Este semanario, en su número aparecido el pasado martes, abre con una portada ciertamente ofensiva para Cataluña: “Los catalanes, más tontos que los corsos”. Discutible, por ser una aseveración que generaliza, además de resultar insultante.

        Pero en un editorial firmado por Riss, actual director de la publicación (“mientras me dejen vivo”, añade tras su fima), hace un magnífico análisis que suscribo plenamente y que quiero compartir con mis lectores.

Portada de Charlie Hebdo (11/10/2017)

        El texto, llamado La connerie ou la mort?! (¡¿La estupidez o la muerte?!), es el siguiente:

        «El referéndum organizado en Cataluña para su independencia hace temblar a Europa. Si todas las regiones europeas que tengan una lengua, una historia, una cultura originales empiezan a reclamar su independencia, el Viejo Continente se va a fragmentar como el casquete polar bajo los efectos del recalentamiento climático. Puesto que hay unas doscientas lenguas en Europa, ¿por qué no crear doscientos nuevos países? ¿Y por qué no proclamar tantas declaraciones de independencia como quesos y vinos hay en el continente?

        La independencia, sí, pero ¿respecto a qué? Es legítima la independencia cuando uno quiere liberarse de la tiranía o la opresión. ¿De qué destino trágico quieren hoy liberarse los catalanes? En 1977, al poco de morir Franco -éste había prohibido el uso del catalán después de su victoria en 1939-, la Generalitat de Cataluña fue restablecida, y luego la región se dotó de un parlamento y de un gobierno regionales. Pero hoy, cuando Franco ya no está, hay que buscarse otro tirano al que poder derribar. Será el Estado español y, por supuesto, la peor dictadura jamás conocida en el mundo: la Unión Europea con sede en Bruselas.”.

        Detrás de esa palabra esplendorosa, independencia, se ocultan preocupaciones a veces menos nobles. Como pasa con la Liga Norte en Italia, siempre la reclaman las regiones más ricas. Cataluña quiere la independencia porque ya no quiere soltar dinero a las otras regiones españolas menos ricas que ella. Es como si oyéramos de nuevo la voz de la innoble Margaret Thatcher: “I want my money back”. La lengua, la cultura, las tradiciones están muy bien para las postales, pero la pasta está mucho mejor. Las regiones pobres de Europa pocas veces bajan a la calle para obtener su independencia.

        Más allá de estas consideraciones mercantiles, es curioso oír algunas voces de la izquierda reclamar la independencia de una región como Cataluña en nombre de una identidad cultural, que, por cierto, nadie cuestiona. Y además, ¿por qué la identidad cultural reivindicada por los catalanes debería ser tomada en cuenta y no la identidad cristiana defendida por los xenófobos europeos? ¿Por qué las palabras “identidad” o “cultura” suenan bien cuando las pronuncia la izquierda, pero se convierten en infames cuando son la derecha y la extrema derecha las que las pronuncian? La independencia de Cataluña no tiene por objeto liberar a esta región de una tiranía que ya no existe, ni permitir a la economía ser próspera, puesto que ya lo es, y mucho menos obtener el derecho a hablar una lengua autorizada desde hace tiempo. La obsesión identitaria que se expande por Europa como la podredumbre de una fruta y afecta a la extrema derecha pero también a la izquierda. El nacionalismo de derechas y el de izquierdas tienen un punto en común: el nacionalismo.

        Cuando Cataluña haya roto las cadenas que la atan a la monarquía española y al Santo Imperio Europeo, ¿qué ocurrirá? Al son de los tambores y de los pífanos, los gallardos independentistas desfilarán por las calles de Barcelona como si fueran la Columna Durruti, las jovencitas lanzarán pétalos de rosa a los militantes que habrá desafiado con arrojo al Estado policial español, corales infantiles con niños de pelito rizado cantarán a la libertad recobrada y al euro derrotado, las abuelas desdentadas tejerán banderas con los colores de la nueva República, y los bisabuelos desempolvarán la boina que llevaban en el frente en 1936. Será muy bello, emotivo, magnífico. Y luego, al final de la tarde, todo el mundo volverá a su casa para plantarse delante de la tele y ver el concurso de turno o el partido del Barça en cuartos de final de la Copa. Cataluña bien se lo merece».

Captura de pantalla del editorial

        No sé qué dirán ni cómo me descalificarán en esta ocasión mis amigos catalanes, ahora distanciados de mí y de mi blog. Parece que no es solo cosa mía, que hay una amplia base que comparte mi punto de vista. Además, la situación ha cambiado sustancialmente: ya no hay tanta alegría por la abortada independencia, ni por la fuga de algunas importantes empresas a otros parajes donde sus inversiones estén seguras, ni por la rescisión de reservas turísticas, ni por la aplicación del 155. Tras el espejismo colectivo, se impone una dura realidad. Es como si hubiera llegado el inocente niño del entremés cervantino y hubiera descubierto para todos que el emperador va desnudo, que esos sueños inducidos se han roto para siempre. Tras la demencia colectiva (la connerie), espero que no llegue la asfixia (la mort).

Alberto Granados