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Elecciones anticipadas

 

        Cuando el pasado 1 de junio se produjo el cambio presidencial, tras la moción de censura que desalojó a Rajoy de la Moncloa, predije que el camino que tenía que recorrer Pedro Sánchez iba a ser muy difícil y lleno de añagazas. Y así ha sido: una presión casi irracional, un cúmulo de mentiras prefabricadas y difundidas sin el menor rubor ético, una desvergüenza lejanísima del menor sentido democrático. Ciudadanos y el Partido Popular han intoxicado la política nacional hasta hacerla irrespirable. No parecen haberse dado cuenta en estos once meses de un hecho: Sánchez llegó a la Moncloa por una verdadera emergencia nacional. Rajoy y su corruptela no podía seguir ni un minuto más en la presidencia de un estado europeo.

        Por otra parte, la última investidura de Rajoy fue agónica: hicieron falta dos consultas electorales, el rey le encargó la formación de gobierno y desistió, consciente de su incapacidad para ello. Los pactos resultaron inviables y España estuvo prácticamente un año con un gobierno en funciones (yo más bien diría en disfunciones). Ante esta situación, los demás partidos deberían haber asumido lentamente la presidencia de Pedro Sánchez. Por responsabilidad, por talla de estadistas, porque la ciudadanía bien se merece un período de estabilidad.

FOTO ©MIGUEL BERROCAL

        Pero no ha sido así. En realidad, estos once meses han servido para abrir todas las brechas posibles. Entre españoles, entre los españoles de Cataluña y los demás, entre izquierda y derecha. Y el mantra inequívoco, persistente, cansino, ha sido: convoque elecciones. Y para conseguir esos comicios no han dudado en usar la prensa afecta, las redes y foros, el anonimato de internet y todo lo más deleznable que pueda pensarse. Un ejemplo: Casado y Cifuentes, con másteres más que dudosos, arremeten contra Sánchez, cuya tesis es clara, por muchos rastreos a que se someta. Yo estoy llevando a cabo un trabajo de investigación sobre determinado autor en el que sé que voy a usar cientos de sus citas. ¿Invalidará eso mi trabajo? ¿Cómo puede Casado usar como argumento contra Sánchez el lastimoso asunto de la tesis? Pero el objetivo no es la verdad, sino desestabilizar de la forma más egoísta que se puede concebir.

        La prepotencia con que Pablo Casado ha llevado a cabo su campaña, la virulencia de sus argumentos, la falsa seguridad que le ha llevado a repetir mil veces que había que echar a Sánchez para situarse él, la desvergüenza, la sonrisa prefabricada de triunfador… no han conectado con el electorado, tal vez mucho más demócrata que el líder (¿líder?) popular. Y ayer le llegó su sanmartín.

        Ciudadanos se quedó descolgado en pleno ascenso cuando Sánchez ocupó la Moncloa, lo que lo obligó a escorarse a la derecha. Y apareció Vox. No les ha quedado otro remedio a los naranjas que olvidar que estuvieron a punto de apoyar a Sánchez y buscar parte de electorado hasta ayer del PP.

 

 

Imagen del balcón de Génova (AFP)

 

        Pero esas elecciones anticipadas fueron ayer y el resultado es conocido. ¿Qué harán a partir de ahora Ciudadanos y PP? Creo que ya no tienen pretexto alguno para deslegitimar al PSOE, que ganó por goleada. Ahora ambos partidos tendrán que ejercer la oposición, pero decentemente, sin fullerías ni indignidades. Tendrán que retratarse y hacernos ver que están ahí para hacer funcionar un país, no para torpedearlo solo por machacar al presidente Sánchez.

        España no es la suma de las ambiciones y rabietas de Casado y Rivera. Es algo mucho más sólido, aunque pueden desmoronarlo en pocos envites. Pidieron elecciones anticipadas y se celebraron ayer. Ahora les toca asumir, más allá de lo que digan ante la prensa, que ha ganado el PSOE y demostrar fehacientemente que saben la responsabilidad que les ha caído a través de las urnas: ser oposición, pero sin confundir su labor con el allanamiento de la Constitución. Lo han dejado clarísimo las urnas, esas urnas anticipadas que ellos mismos reclamaban.

Alberto Granados

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Semana desconcertante

 

 

         Imaginemos una pareja que un día de primavera pasea por una ciudad turística con sus hijos pequeños y se encuentran con un desfile en el que un hombre torturado y sangrante es golpeado, escarnecido, obligado a arrastrar su propia herramienta de tortura, ejecutado… La pareja, seguramente, trataría de evitar que sus hijos vieran semejante carga de dolor y violencia y se los llevarían a otro lugar más apacible para no fomentar terrores nocturnos ni el impacto emocional que la escena pudiera dejar en sus retoños. Como cuando en una película sangrienta se cambia de canal por la presencia de niños.

         Pero el asunto cambia cuando se trata de esos días desconcertantes que llamamos semana santa: durante esos días la sensibilidad de los espectadores alienta la degustación de llagas, heridas, sangre y tortura de los cristos, el dolor de las vírgenes-madre, la maldad amenazante de los sayones… Se dice que para mover a la piedad a los espectadores. Para tal fin, se acota una parte de la ciudad en la que se instalan tribunas, se machaca el sistema de transporte urbano, todo se llena de una imaginería milenarista, como de cuadro de Brueghel, de espíritu contrarreformista, en un irracional salto cronológico.

BRUEGHEL EL VIEJO El triunfo de la muerte

         Para el observador menos sutil, salta a la vista el gigantesco desfase entre la realidad social de los tiempos de Instagram, Twitter y Whatasapp y la llamada semana de pasión. ¿Qué tienen que ver los usos y costumbres de cualquiera de nosotros con la exhibición impúdica de tanta llaga y tanto dolor? Mientras la sociedad se hace cada vez más laica, mientras nuestra juventud se marcha a vivir con sus parejas fuera del matrimonio canónico, mientras gozan con toda naturalidad de una absoluta libertad sexual, es llegar la semana santa y acatamos un engaño colectivo al exhibir una piedad de guardarropía y una devoción que durará exactamente hasta el domingo de resurrección, un paréntesis tras el que cada uno volverá a ser quien era antes de la mojiganga colectiva.

         He dicho en este blog que entiendo el sentido religioso como un hecho que pertenece estrictamente al ámbito de lo privado, algo en lo que nadie tiene por qué inmiscuirse. El problema surge cuando las creencias y devociones privadas ocupan lo público de forma aplastante e invasiva, cuando se cuelan en los medios de comunicación, cuando el ciudadano no encuentra manera de evitar que la dichosa semana santa lo arrolle. Cuando la calle deja de ser tuya, cuando mi paseo diario se ve amenazado, cuando el silencio se ve roto por tambores y cornetas, cuando se nos roba la ciudad. Estoy dispuesto a transigir con el sector de los creyentes: son sus días. Transijo menos con los turistas y espectadores, que miran un espectáculo más. Y no transigiré nunca con los gestores de tanto teatro, cofradías e Iglesia, que necesitan ese fervor, en la mayoría de los casos falso o sobrevenido, lleno de escenas de histeria e incongruente.

         Y añado un matiz: las cofradías tiene todo su derecho a ejercer su actividad y no seré yo quien lo niegue. Y la Iglesia, siempre taimada, a considerar ese aparente fervor como un triunfo ideológico y un acto de propaganda. Allá ellos, si se quieren engañar: la realidad social es la que es.

Piedad de la escuela barroca de Valladolid

         La semana santa cuenta con otros añadidos que me desazonan. Que un cristo o una virgen lleven un fajín franquista, una condecoración, un rango militar, un bastón de general, me parece un despropósito; que una cofradía se inmiscuya en los entresijos de nuestro sistema penitenciario y libere presos; que una procesión traiga a los caballeros legionarios a montar su espectáculo y cantar uno de los himnos más impresentables por su contenido; que pululen por la ciudad cofrades sacando pecho con su medalla y su báculo, henchidos de triunfalismo, a veces acompañados por su esposa e incluso hijas preadolescentes con su mantilla y su medalla cofrade, como el más ufano de los hombres que tiene a su familia bajo control y ha conseguido una unanimidad sospechosa; que haya familias en que los bebés ya van vestidos de nazareno o de costalero; que cuando una procesión se queda en su templo podamos ver gestos de histeria y llantos incontenibles, especialmente si hay una cámara de televisión al acecho; que sea noticia que una mujer haya conquistado el honor de ser costalera; que nuestros cofrades inscriban en la cofradía al bebé recién nacido antes que en el Registo Civil… ¡Cuánto desatino y qué falta de realidad! Y la mayor parte de la sociedad se pliega al montaje y hasta lo celebra impúdicamente.

         ¿Qué tiene que ver nada de esto con la realidad? ¿Queremos engañarnos? ¿Debemos asumir que nuestro país es cómo parece ser durante los siete días de semana santa? Seamos realistas y, especialmente, ejerzamos nuestro sentido crítico ante tanta demencia y ante tanta simulación. Somos un país cada vez más laico, aunque después nos prestemos a esta representación colectiva. Lo único que me llega de tanto espectáculo es una saeta bien cantada.

        Y añado, para terminar, un segundo matiz: se engaña quien vea en estas líneas un ataque a las cofradías o a la Iglesia. Más bien trato de hacer una crítica (y tengo derecho) a tanta falsedad. Repito mi respeto absoluto a la dimensión privada de la fe e incluso a los sentimientos de los creyentes reales ante los desfiles procesionales. Lo que no puedo respetar es la ficción que acompaña al montaje. Y una precisión: más que un ataque, estas líneas pretenden ser una defensa, una llamada de socorro a mis derechos de laico, que los tengo, que se ven pisoteados durante estos días.

Alberto Granados

 

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Nuestra orquesta, intocable

 

 

 

         Granada tiene una orquesta sinfónica, nuestra OCG (Orquesta Ciudad de Granada), creada en 1990 durante el período en que Antonio Jara era el alcalde socialista de la ciudad. Fue uno más de los aciertos de este alcalde, que introdujo a esta provinciana ciudad en la modernidad, de forma indiscutible. En aquellos momentos fundacionales, la orquesta se fue colando en el ánimo estético de Granada y subir un viernes por la tarde al Auditorio Manuel de Falla, su sede, se convirtió en uno de esos placeres que esta ciudad, contradictoria como pocas, ofrece a sus habitantes. Subir la Cuesta Gomérez, adentrarse lentamente, resollando, en los bosques de la Alhambra y recuperarse en el espectacular mirador que sirve de entrada, viendo crepúsculos gloriosos pasó a ser una beatífica experiencia, una golosina previa a la liturgia del concierto. El regreso por la Alhambra añadía a la magia de la música recién paladeada, ese ambiente onírico del los sonidos del agua de las acequias y del viento en las arboledas junto al conjunto palatino nazarí. Tardes y noches que reconciliaban con el mundo al más insensible.

16 10 2015 Dudamel dirige a la OCG y a los chicos de Joven Orquesta Sinfónica en un ensayo, con Mahler de fondo.

        Y la orquesta fue asentándose en la ciudad, creciendo, ganando prestigio, actuando junto a solistas de primera fila, acompañando a coros de categoría internacional, participando en grabaciones notables, creando el Coro homónimo y generando unas expectativas pocas veces tan entusiastas en Granada, difundiendo la música sinfónica en los llamados conciertos didácticos o en los ensayos, a los que asistimos los viernes por la mañana tanto grupos de escolares como jubilados. Una prueba del entusiasmo local es que cuando se abre el plazo para los abonos de temporada, la gente madruga lo indecible para no perder su oportunidad y asistir al programa de los conciertos de abono.

        Pero las instituciones culturales, en este modelo de economía ultraliberal, parecen llevar en su interior el germen de la muerte por éxito, o tal vez de la extinción de lo superfluo, y la orquesta ha pasado varios períodos de carencias injustificables, como si fuera un adorno extravagante y prescindible para la ciudad. Yo he llegado a oír que la orquesta era “cosa de los rojos, que son muy listos ellos” y alguna lindeza más. Alguien me ha contado que a veces los músicos no pueden cobrar su mensualidad, o que no hay dinero para reponer instrumentos que se han estropeado, o para renovar los vestuarios.

        Ya en los 90, Antonio Muñoz Molina le dedicó a las desafortunadas circunstancias de la orquesta dos artículos valientes y reivindicativos, que reproduzco a continuación (con la autorización expresa del autor).

La música a otra parte, El País Andalucía 20/04/1996

La orquesta imposible El País Andalucía 26/11/1997

        Tras breves períodos de quietud, la amenaza se vuelve a sentir, hasta tal punto que el pasado viernes, pese a la lluvia, nos concentramos a las puertas del Ayuntamiento una pequeña multitud para apoyar a esa orquesta que sentimos como nuestra y que merece otro trato. Un grupo de escolares, con sus pancartas de papel que rápidamente destrozó la lluvia, gritaban eslóganes tales como “Si la Junta no paga / la orquesta no suena” y similares. Las pancartas deshechas parecían simbolizar malos presagios. Había varios concejales de la oposición, no sabría decir si apoyando o dejándose ver. Nadie del equipo de gobierno local.

Manifestación de apoyo a la OCG 05/04/2019

        Sé que la situación económica es la propia de un país escaso o justo de recursos. También sé la inmensa deuda que dejó el equipo municipal de Torres Hurtado cuando éste tuvo que salir del Ayuntamiento al verse imputado en la llamada operación Nazarí, pero que se deje morir a la orquesta en tanto que nadie reclama el dinero desembolsado para rescatar a la banca me parece un sarcasmo. Por no hablar del dinero que se da a la Iglesia, a asociaciones abiertamente fascistas y a otras de escasa representatividad social (me viene a la memoria una asociación cultural que se llevaba su buen pellizco de las administraciones para investigar la cocina andaluza, es decir: dinero para cuchipandas de los asociados). Viva Jauja.

        La situación no es nueva. A lo largo de su historia, la orquesta ha sufrido cornadas presupuestarias, los patrocinadores han empezado a reducir sus aportaciones y la crisis económica ha fulminado sus planes de expansión al tiempo que la plantilla se ha ido reduciendo a lo imprescindible. Y se está llegando a una situación insostenible. Pero ahí sigue, como sigue su público, como sigue esa Asociación de Amigos de la Orquesta Ciudad de Granada, esperando algo que no tiene nada de milagro, sino de realismo necesario, de necesidad insoslayable: Granada considera imprescindible a su Orquesta.

        Si España, Andalucía y el Ayuntamiento son, respectivamente, un país, una comunidad autónoma y una entidad en los que quede algo de seriedad y decencia, tendrían que salvar a nuestra Orquesta, pero de forma decidida, sin fisuras ni titubeos. Ni los músicos ni los granadinos nos merecemos la eterna incertidumbre que siempre ha rodeado a esta formación. Aspirar a la capitalidad de la cultura en 2031 al tiempo que se juega el futuro de nuestros músicos es un inaceptable contrasentido.

Alberto Granados

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Tus pasos en la escalera

        Un año después de Un andar solitario entre la gente reaparece Antonio Muñoz Molina con Tus pasos en la escalera (Barcelona Seix Barral –Editorial Planeta-, 12 de febrero de 2019, 320 páginas), una densa novela sobre la espera que yo he devorado en pocas horas.

        Tus pasos en la escalera es, ante todo, una trama sobre la espera de la mujer amada, un tema literario sobre el que Muñoz Molina ya había incidido anteriormente: me parecen insoslayables las referencias a su relato Si tú me dices ven, o a su novela por entregas En ausencia de Blanca, pero en el nuevo título muñozmoliniano todo es mucho más complejo.

        Para empezar, el autor plantea una interesante mezcla de elementos biográficos y un doble plano narrativo. Ha cultivado la autoficción en títulos como El jinete polaco, El viento de la luna, Ardor guerrero, Como la sombra que se va o el mencionado Un andar solitario entre la gente y en esta novela aparecen muchos elementos que parecen tomados directamente de su propia vida real: el traslado de Nueva York a Lisboa, el sillón de lectura, su necesidad de pasear la ciudad como un Robinson urbano… Y salvando esos aspectos, que son meramente circunstanciales respecto a la trama novelística, el autor nos sumerge en un juego de realidades en que el discurso narrativo del protagonista-narrador se desdobla en dos planos: la realidad real y la realidad ficticia, por paradójico que pueda parecer.

        El juego empieza con los dos domicilios de la pareja: el que han ocupado en Nueva York y el que tienen en Lisboa, ya preparado por el protagonista en todos sus detalles domésticos, mientras llega Cecilia, su pareja, una neurocientífica que está a la espera de terminar una comunicación para un congreso. Ambos compartirán este nuevo espacio, muy similar al anterior, ahora ocupado solamente por él hasta que llegue el ansiado momento de escuchar sus pasos en la escalera. En el primer tercio de la novela, todo resulta idílico. El protagonista-narrador afronta la reforma de la nueva vivienda, la distribución de los enseres y muebles llegados de su vida anterior, la distribución de libros, música, adornos y regalos que la pareja se ha intercambiado durante años.

Portada de Tus pasos en la escalera (Antonio Palmerini)

        También se describe a sí mismo como un fingidor nato: siempre ha sabido menos de lo que aparentaba en sus estudios o en su trabajo, ha asentido a postulados y reído bromas de los que ni siquiera se ha enterado por dificultades idiomáticas, ha simulado un entusiasmo laboral que era ficticio, lo que le ha valido una prejubilación forzosa. El libro se inicia con una cita de Montaigne que asegura: Hay que esconder su vida. Este fingidor está ahora en la tierra de Pessoa, el que decía: El poeta es fingidor./ Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. Y algo de esto hay en la novela, según el lector avanza por sus páginas.

        Bruno (solo se sabrá su nombre al final) pasa sus días pendiente del orden de la casa, de los paseos con su perra, de correr grandes caminatas junto al Tajo, bajo el puente. Hace lo mismo que hacía en su anterior enclave y los dos ámbitos llegan a confundirse, pues Muñoz Molina ha elegido dos ciudades que tienen en común un río, un puente, una casa muy parecida, el continuo tráfico de aviones que se acercan al aeropuerto o se alejan de él y que siempre le recuerdan los aviones del 11S. Muñoz Molina acrecienta ese paralelismo mezclando espacios y tiempos, creando así una confusa mezcla de realidades.

        Pero todo cambia cuando aparece “el silencio”, pesado como una losa. El lector intuye que la relación entre ellos no es exactamente la que él trata de reflejar y surge la duda de si Cecilia vendrá alguna vez, en tanto que el protagonista empieza a mostrar evidentes indicios de neurosis e inestabilidad emocional. Piensa que debería anotar todo pues se le olvidan cosas importantes; se convence de que no necesita nada material, solamente, el regreso de su mujer; acapara cuanto puede para ir cortando el vínculo con la realidad cotidiana… A estas alturas, el lector se pregunta, aún con la duda, qué ha pasado con Cecilia, si está viva, si va a abandonar Nueva York alguna vez… y surge el deseo de encontrar las respuestas a todas sus preguntas.

        Y el protagonista va desmoronándose poco a poco a los ojos del lector: esa confusión espacio-temporal entre las realidades neoyorquina y lisboeta, esa soledad buscada, esas referencias constantes al fin del mundo (el 11-S, incendios forestales, calentamiento global y sus efectos, desecación de ríos antes caudalosos, aparición de nuevos predadores, la política de Trump, las migraciones…), ese distanciamiento progresivo de la realidad, nos hacen comprender que la mente de Bruno es un hervidero de contradicciones, carencias y autoengaños. Pero aún queda desvelar algunas de las preguntas que han ido surgiendo durante la lectura, un gran acierto del autor, que mantiene un alto nivel de interés por conocer la realidad dentro de la ficción, lo que ha sucedido de verdad y lo que es pura fabulación de la mente enferma del personaje.

        Cecilia supone la clarificación del protagonista, el enfoque científico de sus procesos sensoriales y mentales. Le ha ido enseñando los entresijos de la memoria, de las sensaciones visuales y auditivas, de los mecanismos de defensa, de conceptos relacionados con el trabajo de su laboratorio, especialmente, la intervención de la amígdala cerebral, el hipocampo o el hipotálamo en conductas que intentan aprovechar positivamente el miedo, las experiencias traumáticas, el sufrimiento. Resiliencia, en definitiva. Cecilia lo ha experimentado con ratas de laboratorio y parece que Bruno repite la pauta resiliente frente a los efectos de su cataclismo interior, como una más de las ratas que su mujer pone en un laberinto de cartón para medir sus reacciones ante estímulos tales como descargas eléctricas o dolor.

        Mientras espera la llegada de Cecilia lee las memorias del almirante Byrd (que pasó seis meses aislado en una cabaña subterránea en la Antártida a varias decenas de grados bajo cero, en medio de una noche eterna y acabó desquiciado), y el lector comprende la progresiva similitud entre ambos procesos de aislamiento. A estas alturas, ese lector necesita saber definitivamente qué hay de realidad en lo que ha ido contando el único narrador, qué hay de ocultamiento o de fingimiento y, especialmente, qué ha sido de Cecilia, tal es la intensidad del suspense creado por el autor de Úbeda.

        Una prosa amenísima, un personaje alucinado y alucinante que nos pone en contacto con otros personajes inciertos, un juego de espejos entre la realidad de la ficción y la ficción de la realidad. Todo esto aparece en esta última y excelente entrega de Antonio Muñoz Molina, al que hay que agradecerle este nuevo hallazgo y pedirle que pronto nos regale otro. El final, que me reservo, es la gran apoteosis que pone orden en el caos o tal vez lo desordene definitivamente, como si fuera el fin del mundo del que tanto habla el protagonista. Y el lector se queda con ganas de más, al menos, mientras suenen (o no) los pasos de Cecilia en la escalera.

Alberto Granados

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Relatos recuperados: LA AGONÍA DEL HOMBRE BUENO

        Hoy hace diez años que puse este relato en mi antiguo y desaparecido blog. Lo recupero en el octogésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado:

        Soy Juan de Mairena, el apócrifo filósofo creado por la mente de don Antonio, ese hombre bueno en el buen sentido de la palabra. Soy sólo una criatura ficticia, el trasunto de este moribundo, el alter ego del filósofo que yace en su cama de la pensión Quintana, esperando la muerte en este frío mes de Febrero de 1939. Por un extraño milagro, fuera de toda lógica, ahora que se muere mi poeta, afloro yo, invisible, casi inexistente, casi sueño entre nieblas, para estar con él en la hora del último viaje. Puedo verlo en su cama, casi una estatua yacente. El sudor empapa todo su cuerpo, aunque el frío lo está matando. La fiebre lo hace arder. ¡Cómo le gustaría un poco de sol!… ese sol radiante de su Sevilla natal, o el frío sol de Soria, o el sol mezclado con un paisaje de ocres y verdes de olivo de ese campo, campo, campo, campo de Baeza…

        He andado tantos caminos… Sí, ha andado muchos caminos, pero éste es el último y más amargo, el de la derrota y la pérdida. Y del sufrimiento. Los veo a todos sufrir. Su madre, su hermano José con su mujer, el propio poeta… ¡Cuántas cosas ha perdido! Leonor, Guiomar, España, la República… y a su hermano Manuel. Eso sí que le ha dolido. Su hermano del alma, convertido en un fantoche del régimen… Nunca pudo esperar que la vida le arrebatara tantas cosas, tantas personas queridas…

        Aquí está, al arbitrio de lo que haga el gobierno francés, que casi seguro, va a infligirle una nueva traición a la República. Está aquí muriéndose, en esta lúgubre chez Quintana, pero los que están fuera…., pobres exiliados, que de repente son prisioneros, tirados en la playa, con estos fríos… Los tratan como a perros, según cuentan. Vaya con el gobierno francés, cómo nos ha dejado a nuestro aire. ¡Pobres republicanos españoles!

        Don Antonio sabe que se está muriendo, aquí, tan lejos de su mundo. Piensa en lo que la vida le ha dado y le ha quitado. Ha tenido una fama que nunca necesitó, algo de dinero que nunca ambicionó y dos amores fuertes, mágicos, intensos como la vida, sin los que no hubiera podido seguir. Al menos eso le regaló la vida, en esto bien generosa. Pero siempre la muerte se lo ha ido arrebatando todo. La muerte y también la guerra, este fascismo que ha segado de raíz a lo mejor de España… Oye a la madre llorar en la habitación de al lado. Siente una profunda angustia, pues quisiera morir después que ella, ahorrarle un último sufrimiento, pero casi es mejor que no formule siquiera este deseo. Un perdedor como él sólo obtendría en esto otra nueva derrota. Si ella muriera antes, sería muy doloroso, lo sabe… (¡Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar!), pero es preferible a que la pobre anciana vea como muere su hijo…

 

 

Machado muerto, envuelto en la bandera republicana (Imagen de la Vanguardia)

        Se ahoga. La tos persistente y metódica lo ahoga. ¡Ha fumado tanto toda su vida! Ahora ya no tiene tabaco. Ni tabaco, ni mujer, ni República. Ni existe el frente. Cuántos jóvenes han muerto en defensa de la España de todos… y ha sido para nada. A mediados de enero los fascistas han podido decir que ya no existe frente. Primero fue el heroico Madrid. Hace poco más de un mes ha sido Barcelona. Después… la triste nada, el éxodo, las familias separadas, los ancianos abandonados, las maletas perdidas… ¡Cuánta amargura! ¡Cuánto sufrimiento para morir! ¡Qué tiempo más ingrato le ha tocado!

        El tiempo… Ha escrito tanto sobre el tiempo… sobre el sentido de su inexorable paso, de la medida del ser humano… ¡Y yo, su Mairena, he dicho tantas cosas en su nombre! Y, creo, siempre han sido cosas tan certeras… Él lo piensa: Hay que ver, Mairena ha salido más sabio, más filósofo, más feliz que su creador. Mairena no ha sufrido la humillación del exilio, este exilio lleno de angustias, de amarguras… Sin embargo, yo al menos estoy vivo, muriéndome vivo y él no, ¡cuánta paradoja!. Y me gustaría tener vida propia para gritarle: «No, don Antonio, no. Sin usted, sin su voz, yo no soy nada. Mi suerte es su triste suerte, al igual que su sufrimiento lo sufro en mi dudoso ser de humo y quimera».

        Tiene sed. Debe ser la fiebre. Hoy lo han visitado Corpus Barga y Tomás Navarro Tomás. También han salido exiliados. Le preocupa la categoría humana y humanista de los que se han exiliado. ¿Quién se va a quedar allí? ¿Quién va a ocupar las cátedras de las universidades? ¿A quién se le va a encomendar crear el país del futuro? Esta podría ser una reflexión del maestro, que él pondría en mis apócrifos labios, como tantas y tantas sentencias:

        ¿Quién tirará de la patria? Todos estamos fuera. Fuera o muertos, como lo voy a estar yo en pocos días… ¿Qué futuro le queda a mi triste patria, la tierra de mis padres, la mancillada tierra de todos mis ancestros, ahora en poder de estos cafres? Me siento como el rey don Rodrigo del romance:

        “Hoy no me queda una almena

que pueda decir que es mía…

        Ya está España liquidada, entregada al pillaje moral de la barbarie. A Unamuno le dolía España. A mí me duele su falta de futuro. De nuevo, mi patria entregada a caciques, señoritos holgazanes y militares sin escrúpulos. ¿Qué futuro es ése? Yo, que estoy a las puertas de la muerte, tengo más porvenir que mi pobre España. Y eso que sólo cuento con un mañana efímero…. Sería un buen aforismo, una sentencia tan sabia como las que siempre ha creado para mí.

 

Tumba de Machado en Colliure (Imagen de Correo del libro)

        Él se nos va y yo con él. Siento que sin cumplir con la enorme deuda que he contraído. Ha dejado en mis fantasmales labios los más inteligentes pensamientos, los aforismos y sentencias más contundentes, las ideas más sabias acerca de la vida, del amor, de la verdad y la falsedad… Me gustaría rendirle el homenaje que le debo, el que se merece. Sería mi última reflexión, posiblemente, pues la neumonía y la fiebre están matando al poeta que me creó, al hombre bueno, al republicano, al profesor, al socialista, al hombre preclaro y ejemplar que otro país habría mimado, pero que esta España cainita sacrifica y exilia en la muerte. Delira:

        Me gustaría terminar el poema que empecé cuando esta neumonía me atacó:

        «Estos días azules y este sol de la infancia…»

        Me gustaría terminarlo y regalárselo a Madame Quintana, ya que no voy a poder pagarle los gastos de la pensión. ¡Me cuida tan delicadamente…! ¡Es tan gentil!”

        Su hermano ha escrito a la Unión de Escritores y tal vez les echen una mano, ya no se sabe si para manutención o para entierro…

        El calendario deja ver su triste hoja: es 22 de Febrero de 1939. Le queda –me queda a mí también– un último estertor, un momento de vida. ¿Qué podría yo decir de él? ¿Qué glosa de su talento, de su bonhomía, de su grandeza, de su decencia, de su enorme valía humana? Pero no soy nadie si él no me hace hablar. Sólo hay en mí un silencio inabarcable, un vacío lleno de fatalismo, la nada. Va a morir como él decía en su “Retrato” hace ya tantos años:

        “…me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar..”

        Así se nos va, se nos muere. A este hombre está a punto de arrastrarlo el torrente de la Historia y a mí con él. Que sea la Historia la que ocupe mi lugar y le haga esa glosa que se merece, ésa que yo nunca podré hacerle. Y que sea también la Historia quien ponga a sus verdugos en el sitio que les corresponde, no en el falso altar en que los aires de la hueca victoria los va a intentar colocar.

 

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La marcha sobre Madrid

 

 

        El pasado 1 de junio yo estaba en París ejerciendo tareas de padre y abuelo. A través de un canal que reúne televisiones de medio mundo, conecté con una televisión española para ver en directo la moción de censura que acabó por fin con la grisura de Rajoy e instaló en La Moncloa la titubeante figura de Pedro Sánchez. Ya entonces auguré que el nuevo presidente encontraría en su camino mil trampas y hostilidades. También afirmé que su presidencia era perfectamente legítima, ya que la moción de censura es un mecanismo constitucional. Por entonces, nadie sabía que Rajoy se iba y que le iba a suceder, contra todo pronóstico, Pablo Casado.

        La conjunción de estos dos personajes, Sánchez y Casado, ha cambiado en siete meses ese río revuelto de nuestra política y ha convertido el ruedo ibérico en el lodazal más nauseabundo que, ni en nuestras más alarmantes pesadillas, habríamos podido imaginar. Llevo mucho tiempo diciendo que España es un país cada día más miserable, un país donde la clase política parece tener como único horizonte aferrarse a la parcela de poder conseguida y mantenerla contra viento y marea, al margen de los problemas reales de la sociedad (desempleo, sanidad, educación, jóvenes sin expectativas que se van al extranjero, precariedad laboral, violencia de género, etc.).

        El miedo, que siempre es conservador, ha aupado mientras tanto a un partido extraño, Vox, que parece tener un gran futuro en negro, con sus bufidos xenófobos, sexistas, neofranquistas… es decir, un partido muy similar al franquismo que viví en los cincuenta y sesenta. De la mano de estos camisas pardas, Andalucía ha cambiado de signo político y el presente año, que nos convocará varias veces a las urnas, se presenta como un tiempo lleno de incertidumbres y peligros involucionistas.

       

       A estas horas, cuando de nuevo estoy en París, estarán llegando a Madrid cientos de autobuses de toda España para reivindicar la unidad y exigirle a Sánchez la convocatoria de elecciones. O esa es la coartada para justificar una convocatoria que, en realidad, servirá solo para alentar las ambiciones políticas de Casado.

        Mientras tanto, los usos y costumbres de la vida política han llegado a un inimaginable deterioro. El debate político se ha cambiado por la descalificación furibunda y el insulto; ha nacido ese neologismo eufemístico, “postverdad”, que en realidad es la mentira crónica; el Parlamento ha sido sustituido por los institutos de opinión, los twits y las redes sociales; la honestidad política ampara los mil casos de corrupción, y un lamentable etcétera que me producen sonrojo.

       

Cuando se me ha preguntado por mi sentido del patriotismo siempre he dicho que solo me siento orgulloso de unas cuantas circunstancias de nuestra historia: el escaso enciclopedismo de la torpedeada ilustración, nuestro maltratado idioma, la Institución Libre de Enseñanza, la lastimada II República y otros hitos de índole semejante. No me identifico con las falsas hazañas de la colonización americana, ni con los episodios supuestamente gloriosos de nuestros ejércitos, ni me siento orgulloso de los toros, la semana santa, la religión y otros hechos que, últimamente, parecen necesarios para demostrar mi limpieza de sangre patriótica. Pero me preocupa España, porque ha malvendido muchos aspectos de su dignidad.

        También me preocupa que la demagogia de Casado convierta al país en un circo fascista. Qué fácil (y qué fullero) es que un gobernante apele a lo emocional para arrasar derechos que tanta sangre ha costado conseguir. Y qué fácil resulta para el electorado caer en las trampas emocionales y aceptar la indigna condición de masa amorfa y acrítica, que sigue al pastor como los borregos. La marcha de hoy me recuerda aquella marcha sobre Roma que organizó el fascio italiano en 1922. De nuevo recurro a César Vallejo: «España, aparta de mí este cáliz».

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Debacle socialista

        El batacazo electoral del PSOE era previsible. En primer lugar, porque desde el 23 de mayo de 1982 han transcurrido diez legislaturas y más de 36 años de poder socialista y eso desgasta, especialmente si las caras de jerarcas y candidatos no se renuevan. En segundo lugar, el discurso socialista se ha ido desdibujando hasta convertir al PSOE en un partido en zona de nadie, imprevisible, con gestos abiertamente de derechas y un recorrido errático.

        Dicho de otra forma: se ha pasado de ser un partido que ilusionaba a todo el mundo y presente en todos los ámbitos a percibirse como una agencia donde colocarse bien, con una red de favores clientelares que después pasa factura, dejando a la mayoría de la militancia, esa que solo ofrece su trabajo sin pedir nada a cambio, perpleja y desnortada. Treinta y seis años de poder vienen a ser todo un régimen, casi tan largo como el franquismo o el castrismo. Un período de tiempo suficiente para cambiar la esencia de un país, paisaje o paisanaje. Pero el PSOE andaluz no lo ha sabido hacer y, a pesar de los gigantescos avances andaluces (redes de carreteras, centros escolares y de salud, actuaciones sociales, etc.) parecemos anclados para siempre en las tasas más negativas de alfabetización, dominio de idiomas, enseñanza, salud, inversiones, industrialización, desempleo…

 

 

Resultados electorales (captura de El País)

Captura de pantalla de El País con los resultados de ayer       

        Pero el PSOE tiene un problema más grave: la distancia estelar entre sus jerarcas, casi siempre las mismas caras, y la base (cada vez más escasa y menos entusiasta). Hay, además, una corriente mesiánica instalada en las conciencias de los jerarcas (un “o nosotros o el caos”) que solo propicia el alejamiento del electorado, que los percibe como señores y señoras mayores que llevan toda la vida rotando de cargo en cargo, siempre bien retribuidos, frente a la aterradora imagen de las colas y las prestaciones económicas del paro. Pero que nadie se ponga crítico con los jerarcas, porque no están dispuestos a aceptar que se llevan equivocando años. Han perdido la noción de lo que supone asumir las críticas, las diferencias, las tendencias internas y con ello se han convertido en una jerarquía esclerotizada, correosa e insensible a las demandas de la militancia y del electorado. Y así hemos llegado a la debacle de anoche, tras la que nadie pensará en dimitir, convencidos de su mesianismo, endogámico y autocontemplativo.

        He estado militando en el PSOE casi siete años, lo que me ha permitido ver algunos de estos tics. Cuando ingresé en el partido, Teresa Jiménez era Consejera de Educación y Francisco Álvarez de la Chica era Secretario Provincial. Clara Aguilera y Manuel Pezzi estaban también en el gobierno andaluz. Tendrían que haber vislumbrado algo de lo que estaba sucediendo con los EREs, pero parece que ni olieron el turbio asunto. En política, que te cuelen semejante gol es para presentar la dimisión y pasar lo más desapercibido que se pueda. Es decir, abandonar todos los cargos orgánicos, designados o electos, y pasar a la militancia de base. En política real, quiero decir. Pero estos jerarcas, supongo que imbuidos del mesianismo de los imprescindibles, siguieron ocupando cargos: Álvarez de la Chica ocupó en Sevilla la Consejería que acababa de dejar vacante Teresa Jiménez, quien volvió a Granada cambiando el cromo de la Secretaría Provincial con el nuevo consejero. Clara Aguilera dejó su consejería y obtuvo acta de eurodiputada. Pezzi desempeñó mil cargos. Álvarez de la Chica pasó al Puerto de Motril… En vez de hacerse invisibles, siguieron destrozando la credibilidad del partido. Después, Teresa Jiménez abandonó la Secretaría Provincial, que ocupó su delfín, Pepe Entrena, quien a la primera ocasión la ha puesto a encabezar la lista provincial, esa lista que anoche se desplomó, como era más que previsible para cualquiera que no se sintiera en la obligación de actuar más con los afectos y complicidades que con el cerebro y el pragmatismo de la política.

 

Noche electoral en Torre de la Pólvora (Captura de pantalla de Ideal)

Captura de pantalla de Ideal con una vista de la sede electoral del PSOE anoche

        No soy el único militante que ha dejado de serlo en estos últimos años. ¿Qué se puede hacer en un partido donde la democracia interna es un concepto desconocido y donde la militancia solo cuenta para hacer bulto cuando llegan los fotógrafos de la prensa? Y lo de falta de democracia interna no me lo invento: me salí del partido por comprobar que ni siquiera en un perfil de Facebook, limitado a militantes, se podía hacer una crítica de lo que se veía venir. Mi crítica más contundente era a la complacencia con Chaves y Griñán. Se me dijeron lindezas tales como que “Cada vez que hablas sube el pan”, “Con tus críticas le estás haciendo el juego al PP” “¿Estás seguro que este es tu partido?”, etc. Y ayer, estos jerarcas pasaron el mal trago de enfrentarse a la realidad: la mayor sangría de votos registrada hasta ahora y la entrega de un feudo socialista a la probable coalición derecha-extrema derecha. Buen saldo.

        No me alegro. Sigo siendo o sintiéndome muy próximo al PSOE, al menos al PSOE abierto, múltiple, renovado y sin personalismos suicidas. No me alegro, pero me queda claro lo que siempre dije: que quienes le hacen el juego al PP son los que se aferran al cargo tras perder varias elecciones seguidas, convencidos de su mesianismo. Esos son, y no yo, los que se han cargado al partido para varias décadas.

Alberto Granados