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Nuestra orquesta, intocable

 

 

 

         Granada tiene una orquesta sinfónica, nuestra OCG (Orquesta Ciudad de Granada), creada en 1990 durante el período en que Antonio Jara era el alcalde socialista de la ciudad. Fue uno más de los aciertos de este alcalde, que introdujo a esta provinciana ciudad en la modernidad, de forma indiscutible. En aquellos momentos fundacionales, la orquesta se fue colando en el ánimo estético de Granada y subir un viernes por la tarde al Auditorio Manuel de Falla, su sede, se convirtió en uno de esos placeres que esta ciudad, contradictoria como pocas, ofrece a sus habitantes. Subir la Cuesta Gomérez, adentrarse lentamente, resollando, en los bosques de la Alhambra y recuperarse en el espectacular mirador que sirve de entrada, viendo crepúsculos gloriosos pasó a ser una beatífica experiencia, una golosina previa a la liturgia del concierto. El regreso por la Alhambra añadía a la magia de la música recién paladeada, ese ambiente onírico del los sonidos del agua de las acequias y del viento en las arboledas junto al conjunto palatino nazarí. Tardes y noches que reconciliaban con el mundo al más insensible.

16 10 2015 Dudamel dirige a la OCG y a los chicos de Joven Orquesta Sinfónica en un ensayo, con Mahler de fondo.

        Y la orquesta fue asentándose en la ciudad, creciendo, ganando prestigio, actuando junto a solistas de primera fila, acompañando a coros de categoría internacional, participando en grabaciones notables, creando el Coro homónimo y generando unas expectativas pocas veces tan entusiastas en Granada, difundiendo la música sinfónica en los llamados conciertos didácticos o en los ensayos, a los que asistimos los viernes por la mañana tanto grupos de escolares como jubilados. Una prueba del entusiasmo local es que cuando se abre el plazo para los abonos de temporada, la gente madruga lo indecible para no perder su oportunidad y asistir al programa de los conciertos de abono.

        Pero las instituciones culturales, en este modelo de economía ultraliberal, parecen llevar en su interior el germen de la muerte por éxito, o tal vez de la extinción de lo superfluo, y la orquesta ha pasado varios períodos de carencias injustificables, como si fuera un adorno extravagante y prescindible para la ciudad. Yo he llegado a oír que la orquesta era “cosa de los rojos, que son muy listos ellos” y alguna lindeza más. Alguien me ha contado que a veces los músicos no pueden cobrar su mensualidad, o que no hay dinero para reponer instrumentos que se han estropeado, o para renovar los vestuarios.

        Ya en los 90, Antonio Muñoz Molina le dedicó a las desafortunadas circunstancias de la orquesta dos artículos valientes y reivindicativos, que reproduzco a continuación (con la autorización expresa del autor).

La música a otra parte, El País Andalucía 20/04/1996

La orquesta imposible El País Andalucía 26/11/1997

        Tras breves períodos de quietud, la amenaza se vuelve a sentir, hasta tal punto que el pasado viernes, pese a la lluvia, nos concentramos a las puertas del Ayuntamiento una pequeña multitud para apoyar a esa orquesta que sentimos como nuestra y que merece otro trato. Un grupo de escolares, con sus pancartas de papel que rápidamente destrozó la lluvia, gritaban eslóganes tales como “Si la Junta no paga / la orquesta no suena” y similares. Las pancartas deshechas parecían simbolizar malos presagios. Había varios concejales de la oposición, no sabría decir si apoyando o dejándose ver. Nadie del equipo de gobierno local.

Manifestación de apoyo a la OCG 05/04/2019

        Sé que la situación económica es la propia de un país escaso o justo de recursos. También sé la inmensa deuda que dejó el equipo municipal de Torres Hurtado cuando éste tuvo que salir del Ayuntamiento al verse imputado en la llamada operación Nazarí, pero que se deje morir a la orquesta en tanto que nadie reclama el dinero desembolsado para rescatar a la banca me parece un sarcasmo. Por no hablar del dinero que se da a la Iglesia, a asociaciones abiertamente fascistas y a otras de escasa representatividad social (me viene a la memoria una asociación cultural que se llevaba su buen pellizco de las administraciones para investigar la cocina andaluza, es decir: dinero para cuchipandas de los asociados). Viva Jauja.

        La situación no es nueva. A lo largo de su historia, la orquesta ha sufrido cornadas presupuestarias, los patrocinadores han empezado a reducir sus aportaciones y la crisis económica ha fulminado sus planes de expansión al tiempo que la plantilla se ha ido reduciendo a lo imprescindible. Y se está llegando a una situación insostenible. Pero ahí sigue, como sigue su público, como sigue esa Asociación de Amigos de la Orquesta Ciudad de Granada, esperando algo que no tiene nada de milagro, sino de realismo necesario, de necesidad insoslayable: Granada considera imprescindible a su Orquesta.

        Si España, Andalucía y el Ayuntamiento son, respectivamente, un país, una comunidad autónoma y una entidad en los que quede algo de seriedad y decencia, tendrían que salvar a nuestra Orquesta, pero de forma decidida, sin fisuras ni titubeos. Ni los músicos ni los granadinos nos merecemos la eterna incertidumbre que siempre ha rodeado a esta formación. Aspirar a la capitalidad de la cultura en 2031 al tiempo que se juega el futuro de nuestros músicos es un inaceptable contrasentido.

Alberto Granados

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Tus pasos en la escalera

        Un año después de Un andar solitario entre la gente reaparece Antonio Muñoz Molina con Tus pasos en la escalera (Barcelona Seix Barral –Editorial Planeta-, 12 de febrero de 2019, 320 páginas), una densa novela sobre la espera que yo he devorado en pocas horas.

        Tus pasos en la escalera es, ante todo, una trama sobre la espera de la mujer amada, un tema literario sobre el que Muñoz Molina ya había incidido anteriormente: me parecen insoslayables las referencias a su relato Si tú me dices ven, o a su novela por entregas En ausencia de Blanca, pero en el nuevo título muñozmoliniano todo es mucho más complejo.

        Para empezar, el autor plantea una interesante mezcla de elementos biográficos y un doble plano narrativo. Ha cultivado la autoficción en títulos como El jinete polaco, El viento de la luna, Ardor guerrero, Como la sombra que se va o el mencionado Un andar solitario entre la gente y en esta novela aparecen muchos elementos que parecen tomados directamente de su propia vida real: el traslado de Nueva York a Lisboa, el sillón de lectura, su necesidad de pasear la ciudad como un Robinson urbano… Y salvando esos aspectos, que son meramente circunstanciales respecto a la trama novelística, el autor nos sumerge en un juego de realidades en que el discurso narrativo del protagonista-narrador se desdobla en dos planos: la realidad real y la realidad ficticia, por paradójico que pueda parecer.

        El juego empieza con los dos domicilios de la pareja: el que han ocupado en Nueva York y el que tienen en Lisboa, ya preparado por el protagonista en todos sus detalles domésticos, mientras llega Cecilia, su pareja, una neurocientífica que está a la espera de terminar una comunicación para un congreso. Ambos compartirán este nuevo espacio, muy similar al anterior, ahora ocupado solamente por él hasta que llegue el ansiado momento de escuchar sus pasos en la escalera. En el primer tercio de la novela, todo resulta idílico. El protagonista-narrador afronta la reforma de la nueva vivienda, la distribución de los enseres y muebles llegados de su vida anterior, la distribución de libros, música, adornos y regalos que la pareja se ha intercambiado durante años.

Portada de Tus pasos en la escalera (Antonio Palmerini)

        También se describe a sí mismo como un fingidor nato: siempre ha sabido menos de lo que aparentaba en sus estudios o en su trabajo, ha asentido a postulados y reído bromas de los que ni siquiera se ha enterado por dificultades idiomáticas, ha simulado un entusiasmo laboral que era ficticio, lo que le ha valido una prejubilación forzosa. El libro se inicia con una cita de Montaigne que asegura: Hay que esconder su vida. Este fingidor está ahora en la tierra de Pessoa, el que decía: El poeta es fingidor./ Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. Y algo de esto hay en la novela, según el lector avanza por sus páginas.

        Bruno (solo se sabrá su nombre al final) pasa sus días pendiente del orden de la casa, de los paseos con su perra, de correr grandes caminatas junto al Tajo, bajo el puente. Hace lo mismo que hacía en su anterior enclave y los dos ámbitos llegan a confundirse, pues Muñoz Molina ha elegido dos ciudades que tienen en común un río, un puente, una casa muy parecida, el continuo tráfico de aviones que se acercan al aeropuerto o se alejan de él y que siempre le recuerdan los aviones del 11S. Muñoz Molina acrecienta ese paralelismo mezclando espacios y tiempos, creando así una confusa mezcla de realidades.

        Pero todo cambia cuando aparece “el silencio”, pesado como una losa. El lector intuye que la relación entre ellos no es exactamente la que él trata de reflejar y surge la duda de si Cecilia vendrá alguna vez, en tanto que el protagonista empieza a mostrar evidentes indicios de neurosis e inestabilidad emocional. Piensa que debería anotar todo pues se le olvidan cosas importantes; se convence de que no necesita nada material, solamente, el regreso de su mujer; acapara cuanto puede para ir cortando el vínculo con la realidad cotidiana… A estas alturas, el lector se pregunta, aún con la duda, qué ha pasado con Cecilia, si está viva, si va a abandonar Nueva York alguna vez… y surge el deseo de encontrar las respuestas a todas sus preguntas.

        Y el protagonista va desmoronándose poco a poco a los ojos del lector: esa confusión espacio-temporal entre las realidades neoyorquina y lisboeta, esa soledad buscada, esas referencias constantes al fin del mundo (el 11-S, incendios forestales, calentamiento global y sus efectos, desecación de ríos antes caudalosos, aparición de nuevos predadores, la política de Trump, las migraciones…), ese distanciamiento progresivo de la realidad, nos hacen comprender que la mente de Bruno es un hervidero de contradicciones, carencias y autoengaños. Pero aún queda desvelar algunas de las preguntas que han ido surgiendo durante la lectura, un gran acierto del autor, que mantiene un alto nivel de interés por conocer la realidad dentro de la ficción, lo que ha sucedido de verdad y lo que es pura fabulación de la mente enferma del personaje.

        Cecilia supone la clarificación del protagonista, el enfoque científico de sus procesos sensoriales y mentales. Le ha ido enseñando los entresijos de la memoria, de las sensaciones visuales y auditivas, de los mecanismos de defensa, de conceptos relacionados con el trabajo de su laboratorio, especialmente, la intervención de la amígdala cerebral, el hipocampo o el hipotálamo en conductas que intentan aprovechar positivamente el miedo, las experiencias traumáticas, el sufrimiento. Resiliencia, en definitiva. Cecilia lo ha experimentado con ratas de laboratorio y parece que Bruno repite la pauta resiliente frente a los efectos de su cataclismo interior, como una más de las ratas que su mujer pone en un laberinto de cartón para medir sus reacciones ante estímulos tales como descargas eléctricas o dolor.

        Mientras espera la llegada de Cecilia lee las memorias del almirante Byrd (que pasó seis meses aislado en una cabaña subterránea en la Antártida a varias decenas de grados bajo cero, en medio de una noche eterna y acabó desquiciado), y el lector comprende la progresiva similitud entre ambos procesos de aislamiento. A estas alturas, ese lector necesita saber definitivamente qué hay de realidad en lo que ha ido contando el único narrador, qué hay de ocultamiento o de fingimiento y, especialmente, qué ha sido de Cecilia, tal es la intensidad del suspense creado por el autor de Úbeda.

        Una prosa amenísima, un personaje alucinado y alucinante que nos pone en contacto con otros personajes inciertos, un juego de espejos entre la realidad de la ficción y la ficción de la realidad. Todo esto aparece en esta última y excelente entrega de Antonio Muñoz Molina, al que hay que agradecerle este nuevo hallazgo y pedirle que pronto nos regale otro. El final, que me reservo, es la gran apoteosis que pone orden en el caos o tal vez lo desordene definitivamente, como si fuera el fin del mundo del que tanto habla el protagonista. Y el lector se queda con ganas de más, al menos, mientras suenen (o no) los pasos de Cecilia en la escalera.

Alberto Granados

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Relatos recuperados: LA AGONÍA DEL HOMBRE BUENO

        Hoy hace diez años que puse este relato en mi antiguo y desaparecido blog. Lo recupero en el octogésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado:

        Soy Juan de Mairena, el apócrifo filósofo creado por la mente de don Antonio, ese hombre bueno en el buen sentido de la palabra. Soy sólo una criatura ficticia, el trasunto de este moribundo, el alter ego del filósofo que yace en su cama de la pensión Quintana, esperando la muerte en este frío mes de Febrero de 1939. Por un extraño milagro, fuera de toda lógica, ahora que se muere mi poeta, afloro yo, invisible, casi inexistente, casi sueño entre nieblas, para estar con él en la hora del último viaje. Puedo verlo en su cama, casi una estatua yacente. El sudor empapa todo su cuerpo, aunque el frío lo está matando. La fiebre lo hace arder. ¡Cómo le gustaría un poco de sol!… ese sol radiante de su Sevilla natal, o el frío sol de Soria, o el sol mezclado con un paisaje de ocres y verdes de olivo de ese campo, campo, campo, campo de Baeza…

        He andado tantos caminos… Sí, ha andado muchos caminos, pero éste es el último y más amargo, el de la derrota y la pérdida. Y del sufrimiento. Los veo a todos sufrir. Su madre, su hermano José con su mujer, el propio poeta… ¡Cuántas cosas ha perdido! Leonor, Guiomar, España, la República… y a su hermano Manuel. Eso sí que le ha dolido. Su hermano del alma, convertido en un fantoche del régimen… Nunca pudo esperar que la vida le arrebatara tantas cosas, tantas personas queridas…

        Aquí está, al arbitrio de lo que haga el gobierno francés, que casi seguro, va a infligirle una nueva traición a la República. Está aquí muriéndose, en esta lúgubre chez Quintana, pero los que están fuera…., pobres exiliados, que de repente son prisioneros, tirados en la playa, con estos fríos… Los tratan como a perros, según cuentan. Vaya con el gobierno francés, cómo nos ha dejado a nuestro aire. ¡Pobres republicanos españoles!

        Don Antonio sabe que se está muriendo, aquí, tan lejos de su mundo. Piensa en lo que la vida le ha dado y le ha quitado. Ha tenido una fama que nunca necesitó, algo de dinero que nunca ambicionó y dos amores fuertes, mágicos, intensos como la vida, sin los que no hubiera podido seguir. Al menos eso le regaló la vida, en esto bien generosa. Pero siempre la muerte se lo ha ido arrebatando todo. La muerte y también la guerra, este fascismo que ha segado de raíz a lo mejor de España… Oye a la madre llorar en la habitación de al lado. Siente una profunda angustia, pues quisiera morir después que ella, ahorrarle un último sufrimiento, pero casi es mejor que no formule siquiera este deseo. Un perdedor como él sólo obtendría en esto otra nueva derrota. Si ella muriera antes, sería muy doloroso, lo sabe… (¡Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar!), pero es preferible a que la pobre anciana vea como muere su hijo…

 

 

Machado muerto, envuelto en la bandera republicana (Imagen de la Vanguardia)

        Se ahoga. La tos persistente y metódica lo ahoga. ¡Ha fumado tanto toda su vida! Ahora ya no tiene tabaco. Ni tabaco, ni mujer, ni República. Ni existe el frente. Cuántos jóvenes han muerto en defensa de la España de todos… y ha sido para nada. A mediados de enero los fascistas han podido decir que ya no existe frente. Primero fue el heroico Madrid. Hace poco más de un mes ha sido Barcelona. Después… la triste nada, el éxodo, las familias separadas, los ancianos abandonados, las maletas perdidas… ¡Cuánta amargura! ¡Cuánto sufrimiento para morir! ¡Qué tiempo más ingrato le ha tocado!

        El tiempo… Ha escrito tanto sobre el tiempo… sobre el sentido de su inexorable paso, de la medida del ser humano… ¡Y yo, su Mairena, he dicho tantas cosas en su nombre! Y, creo, siempre han sido cosas tan certeras… Él lo piensa: Hay que ver, Mairena ha salido más sabio, más filósofo, más feliz que su creador. Mairena no ha sufrido la humillación del exilio, este exilio lleno de angustias, de amarguras… Sin embargo, yo al menos estoy vivo, muriéndome vivo y él no, ¡cuánta paradoja!. Y me gustaría tener vida propia para gritarle: «No, don Antonio, no. Sin usted, sin su voz, yo no soy nada. Mi suerte es su triste suerte, al igual que su sufrimiento lo sufro en mi dudoso ser de humo y quimera».

        Tiene sed. Debe ser la fiebre. Hoy lo han visitado Corpus Barga y Tomás Navarro Tomás. También han salido exiliados. Le preocupa la categoría humana y humanista de los que se han exiliado. ¿Quién se va a quedar allí? ¿Quién va a ocupar las cátedras de las universidades? ¿A quién se le va a encomendar crear el país del futuro? Esta podría ser una reflexión del maestro, que él pondría en mis apócrifos labios, como tantas y tantas sentencias:

        ¿Quién tirará de la patria? Todos estamos fuera. Fuera o muertos, como lo voy a estar yo en pocos días… ¿Qué futuro le queda a mi triste patria, la tierra de mis padres, la mancillada tierra de todos mis ancestros, ahora en poder de estos cafres? Me siento como el rey don Rodrigo del romance:

        “Hoy no me queda una almena

que pueda decir que es mía…

        Ya está España liquidada, entregada al pillaje moral de la barbarie. A Unamuno le dolía España. A mí me duele su falta de futuro. De nuevo, mi patria entregada a caciques, señoritos holgazanes y militares sin escrúpulos. ¿Qué futuro es ése? Yo, que estoy a las puertas de la muerte, tengo más porvenir que mi pobre España. Y eso que sólo cuento con un mañana efímero…. Sería un buen aforismo, una sentencia tan sabia como las que siempre ha creado para mí.

 

Tumba de Machado en Colliure (Imagen de Correo del libro)

        Él se nos va y yo con él. Siento que sin cumplir con la enorme deuda que he contraído. Ha dejado en mis fantasmales labios los más inteligentes pensamientos, los aforismos y sentencias más contundentes, las ideas más sabias acerca de la vida, del amor, de la verdad y la falsedad… Me gustaría rendirle el homenaje que le debo, el que se merece. Sería mi última reflexión, posiblemente, pues la neumonía y la fiebre están matando al poeta que me creó, al hombre bueno, al republicano, al profesor, al socialista, al hombre preclaro y ejemplar que otro país habría mimado, pero que esta España cainita sacrifica y exilia en la muerte. Delira:

        Me gustaría terminar el poema que empecé cuando esta neumonía me atacó:

        «Estos días azules y este sol de la infancia…»

        Me gustaría terminarlo y regalárselo a Madame Quintana, ya que no voy a poder pagarle los gastos de la pensión. ¡Me cuida tan delicadamente…! ¡Es tan gentil!”

        Su hermano ha escrito a la Unión de Escritores y tal vez les echen una mano, ya no se sabe si para manutención o para entierro…

        El calendario deja ver su triste hoja: es 22 de Febrero de 1939. Le queda –me queda a mí también– un último estertor, un momento de vida. ¿Qué podría yo decir de él? ¿Qué glosa de su talento, de su bonhomía, de su grandeza, de su decencia, de su enorme valía humana? Pero no soy nadie si él no me hace hablar. Sólo hay en mí un silencio inabarcable, un vacío lleno de fatalismo, la nada. Va a morir como él decía en su “Retrato” hace ya tantos años:

        “…me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar..”

        Así se nos va, se nos muere. A este hombre está a punto de arrastrarlo el torrente de la Historia y a mí con él. Que sea la Historia la que ocupe mi lugar y le haga esa glosa que se merece, ésa que yo nunca podré hacerle. Y que sea también la Historia quien ponga a sus verdugos en el sitio que les corresponde, no en el falso altar en que los aires de la hueca victoria los va a intentar colocar.

 

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La marcha sobre Madrid

 

 

        El pasado 1 de junio yo estaba en París ejerciendo tareas de padre y abuelo. A través de un canal que reúne televisiones de medio mundo, conecté con una televisión española para ver en directo la moción de censura que acabó por fin con la grisura de Rajoy e instaló en La Moncloa la titubeante figura de Pedro Sánchez. Ya entonces auguré que el nuevo presidente encontraría en su camino mil trampas y hostilidades. También afirmé que su presidencia era perfectamente legítima, ya que la moción de censura es un mecanismo constitucional. Por entonces, nadie sabía que Rajoy se iba y que le iba a suceder, contra todo pronóstico, Pablo Casado.

        La conjunción de estos dos personajes, Sánchez y Casado, ha cambiado en siete meses ese río revuelto de nuestra política y ha convertido el ruedo ibérico en el lodazal más nauseabundo que, ni en nuestras más alarmantes pesadillas, habríamos podido imaginar. Llevo mucho tiempo diciendo que España es un país cada día más miserable, un país donde la clase política parece tener como único horizonte aferrarse a la parcela de poder conseguida y mantenerla contra viento y marea, al margen de los problemas reales de la sociedad (desempleo, sanidad, educación, jóvenes sin expectativas que se van al extranjero, precariedad laboral, violencia de género, etc.).

        El miedo, que siempre es conservador, ha aupado mientras tanto a un partido extraño, Vox, que parece tener un gran futuro en negro, con sus bufidos xenófobos, sexistas, neofranquistas… es decir, un partido muy similar al franquismo que viví en los cincuenta y sesenta. De la mano de estos camisas pardas, Andalucía ha cambiado de signo político y el presente año, que nos convocará varias veces a las urnas, se presenta como un tiempo lleno de incertidumbres y peligros involucionistas.

       

       A estas horas, cuando de nuevo estoy en París, estarán llegando a Madrid cientos de autobuses de toda España para reivindicar la unidad y exigirle a Sánchez la convocatoria de elecciones. O esa es la coartada para justificar una convocatoria que, en realidad, servirá solo para alentar las ambiciones políticas de Casado.

        Mientras tanto, los usos y costumbres de la vida política han llegado a un inimaginable deterioro. El debate político se ha cambiado por la descalificación furibunda y el insulto; ha nacido ese neologismo eufemístico, “postverdad”, que en realidad es la mentira crónica; el Parlamento ha sido sustituido por los institutos de opinión, los twits y las redes sociales; la honestidad política ampara los mil casos de corrupción, y un lamentable etcétera que me producen sonrojo.

       

Cuando se me ha preguntado por mi sentido del patriotismo siempre he dicho que solo me siento orgulloso de unas cuantas circunstancias de nuestra historia: el escaso enciclopedismo de la torpedeada ilustración, nuestro maltratado idioma, la Institución Libre de Enseñanza, la lastimada II República y otros hitos de índole semejante. No me identifico con las falsas hazañas de la colonización americana, ni con los episodios supuestamente gloriosos de nuestros ejércitos, ni me siento orgulloso de los toros, la semana santa, la religión y otros hechos que, últimamente, parecen necesarios para demostrar mi limpieza de sangre patriótica. Pero me preocupa España, porque ha malvendido muchos aspectos de su dignidad.

        También me preocupa que la demagogia de Casado convierta al país en un circo fascista. Qué fácil (y qué fullero) es que un gobernante apele a lo emocional para arrasar derechos que tanta sangre ha costado conseguir. Y qué fácil resulta para el electorado caer en las trampas emocionales y aceptar la indigna condición de masa amorfa y acrítica, que sigue al pastor como los borregos. La marcha de hoy me recuerda aquella marcha sobre Roma que organizó el fascio italiano en 1922. De nuevo recurro a César Vallejo: «España, aparta de mí este cáliz».

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Debacle socialista

        El batacazo electoral del PSOE era previsible. En primer lugar, porque desde el 23 de mayo de 1982 han transcurrido diez legislaturas y más de 36 años de poder socialista y eso desgasta, especialmente si las caras de jerarcas y candidatos no se renuevan. En segundo lugar, el discurso socialista se ha ido desdibujando hasta convertir al PSOE en un partido en zona de nadie, imprevisible, con gestos abiertamente de derechas y un recorrido errático.

        Dicho de otra forma: se ha pasado de ser un partido que ilusionaba a todo el mundo y presente en todos los ámbitos a percibirse como una agencia donde colocarse bien, con una red de favores clientelares que después pasa factura, dejando a la mayoría de la militancia, esa que solo ofrece su trabajo sin pedir nada a cambio, perpleja y desnortada. Treinta y seis años de poder vienen a ser todo un régimen, casi tan largo como el franquismo o el castrismo. Un período de tiempo suficiente para cambiar la esencia de un país, paisaje o paisanaje. Pero el PSOE andaluz no lo ha sabido hacer y, a pesar de los gigantescos avances andaluces (redes de carreteras, centros escolares y de salud, actuaciones sociales, etc.) parecemos anclados para siempre en las tasas más negativas de alfabetización, dominio de idiomas, enseñanza, salud, inversiones, industrialización, desempleo…

 

 

Resultados electorales (captura de El País)

Captura de pantalla de El País con los resultados de ayer       

        Pero el PSOE tiene un problema más grave: la distancia estelar entre sus jerarcas, casi siempre las mismas caras, y la base (cada vez más escasa y menos entusiasta). Hay, además, una corriente mesiánica instalada en las conciencias de los jerarcas (un “o nosotros o el caos”) que solo propicia el alejamiento del electorado, que los percibe como señores y señoras mayores que llevan toda la vida rotando de cargo en cargo, siempre bien retribuidos, frente a la aterradora imagen de las colas y las prestaciones económicas del paro. Pero que nadie se ponga crítico con los jerarcas, porque no están dispuestos a aceptar que se llevan equivocando años. Han perdido la noción de lo que supone asumir las críticas, las diferencias, las tendencias internas y con ello se han convertido en una jerarquía esclerotizada, correosa e insensible a las demandas de la militancia y del electorado. Y así hemos llegado a la debacle de anoche, tras la que nadie pensará en dimitir, convencidos de su mesianismo, endogámico y autocontemplativo.

        He estado militando en el PSOE casi siete años, lo que me ha permitido ver algunos de estos tics. Cuando ingresé en el partido, Teresa Jiménez era Consejera de Educación y Francisco Álvarez de la Chica era Secretario Provincial. Clara Aguilera y Manuel Pezzi estaban también en el gobierno andaluz. Tendrían que haber vislumbrado algo de lo que estaba sucediendo con los EREs, pero parece que ni olieron el turbio asunto. En política, que te cuelen semejante gol es para presentar la dimisión y pasar lo más desapercibido que se pueda. Es decir, abandonar todos los cargos orgánicos, designados o electos, y pasar a la militancia de base. En política real, quiero decir. Pero estos jerarcas, supongo que imbuidos del mesianismo de los imprescindibles, siguieron ocupando cargos: Álvarez de la Chica ocupó en Sevilla la Consejería que acababa de dejar vacante Teresa Jiménez, quien volvió a Granada cambiando el cromo de la Secretaría Provincial con el nuevo consejero. Clara Aguilera dejó su consejería y obtuvo acta de eurodiputada. Pezzi desempeñó mil cargos. Álvarez de la Chica pasó al Puerto de Motril… En vez de hacerse invisibles, siguieron destrozando la credibilidad del partido. Después, Teresa Jiménez abandonó la Secretaría Provincial, que ocupó su delfín, Pepe Entrena, quien a la primera ocasión la ha puesto a encabezar la lista provincial, esa lista que anoche se desplomó, como era más que previsible para cualquiera que no se sintiera en la obligación de actuar más con los afectos y complicidades que con el cerebro y el pragmatismo de la política.

 

Noche electoral en Torre de la Pólvora (Captura de pantalla de Ideal)

Captura de pantalla de Ideal con una vista de la sede electoral del PSOE anoche

        No soy el único militante que ha dejado de serlo en estos últimos años. ¿Qué se puede hacer en un partido donde la democracia interna es un concepto desconocido y donde la militancia solo cuenta para hacer bulto cuando llegan los fotógrafos de la prensa? Y lo de falta de democracia interna no me lo invento: me salí del partido por comprobar que ni siquiera en un perfil de Facebook, limitado a militantes, se podía hacer una crítica de lo que se veía venir. Mi crítica más contundente era a la complacencia con Chaves y Griñán. Se me dijeron lindezas tales como que “Cada vez que hablas sube el pan”, “Con tus críticas le estás haciendo el juego al PP” “¿Estás seguro que este es tu partido?”, etc. Y ayer, estos jerarcas pasaron el mal trago de enfrentarse a la realidad: la mayor sangría de votos registrada hasta ahora y la entrega de un feudo socialista a la probable coalición derecha-extrema derecha. Buen saldo.

        No me alegro. Sigo siendo o sintiéndome muy próximo al PSOE, al menos al PSOE abierto, múltiple, renovado y sin personalismos suicidas. No me alegro, pero me queda claro lo que siempre dije: que quienes le hacen el juego al PP son los que se aferran al cargo tras perder varias elecciones seguidas, convencidos de su mesianismo. Esos son, y no yo, los que se han cargado al partido para varias décadas.

Alberto Granados

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Vuelta a las aulas

 

 

        El pasado viernes, 23 de noviembre, tuve el placer de volver a entrar a un aula y ejercer durante un rato una tarea educativa. Y disfruté. Tal vez mi papel de invitado, mi escasa responsabilidad y el saber que era cosa de un rato aislado me facilitaron la faena y me encontré en la gloria.

        El motivo era colaborar en los actos del Día contra la Violencia de Género. Era una respuesta al ofrecimiento de la señora Gámez Tapias, profesora de clásicas del IES Alhambra, a la que le ofrecí escribir un relato de contenido didáctico para su alumnado de primer curso de bachillerato, grupo al que se unieron otros chicos y chicas que a esa hora estaban con el bibliotecario del centro.

        El cuento, «Sí, mi amo», trata esa sumisión que, inexplicablemente, lleva a muchas mujeres a un noviazgo funesto a los quince años que acaba, en el mejor de los casos en una habitación de hospital y en el peor, en una lápida de un cementerio, todo ello porque el reyezuelo la quiere tanto que no la deja respirar y se convierte con sus exigencias en mentor y guía de la chica, en novio borde de la joven y en monstruoso asesino de la esposa adulta. Usé deliberadamente el lenguaje que usan estos alumnos. Aunque el relato aún no está pulido del todo, al divulgarse leído (se notan menos los defectos formales y estilísticos) podía perfectamente cumplir su función didáctica.

        Les había preparado unas breves palabras que, al final, decidí no leerles, por lo que entré directamente en el relato. De cuando en cuando, levantaba la vista de los folios impresos y veía un gesto grave y concentrado en sus rostros, como si les estuviese llegando mi mensaje de forma muy directa. Me pareció ver alguna lágrima en alguna cara. Cuando terminé, me dedicaron un intenso aplauso.

        Les pregunté qué les había parecido. Nadie se atrevía a decir nada y se miraban entre sí. Finalmente un chico dijo que es que les había dejado el ánimo… a lo que otro terminó la frase: …muy tenso.

Un libro imprescindible para padres y educadores

 

       Yo llevaba un as en la manga: el libro «La violencia sexual en adolescentes de Granada», de Carmen Ruiz Repullo (editado por la Concejalía de Presidencia, Empleo, Igualdad y Transparencia del Ayuntamiento de Granada, Granada, 2017), en que la socióloga, tras haber trabajado con 1.266 jóvenes de veinte institutos, entre ellos el propio IES Alhambra, donde me encontraba, ofrece datos de encuestas, narrativas y brillantes conclusiones que me resultaron escalofriantes.

        Para abrir el debate, empecé por las narrativas de las chicas. He aquí las que yo había seleccionado:

        -“Sufrí violencia cuando me hacía sentir inferior a él, me controlaba, él podía hacer lo que quisiera, y yo, supuestamente, lo tenía que perdonar porque me decía que me quería. Y cuando yo le contestaba a todo lo que me decía, me obligaba a callarme.”

        -“Mi primera vez fue porque él quería (mi novio actual). Me dijo que si no lo hacíamos se iba, que él quería hacerlo o nada.”

        -“Mi novio hizo que le tocara y me tocaba sin mi consentimiento haciendo que le tenga ahora miedo a tener una relación sexual.”

        -“Sufrí violencia cuando destacaba todos mis defectos y todas las cosas malas que hacía, controlaba a la gente con la que hablaba, me insultaba delante de la gente para dejarme mal, contaba todas las intimidades mías delante de mis amistades, empezó a separarme de mis amistades”.

        -“Conocí a un chico por whatsapp, los primeros días bien, pero según pasaban los días enviaba fotos desagradables de sus partes y me obligaba a mandarle fotos privadas.”

        -“Estuve con una persona que estaba obsesionada conmigo. Tras esto me odiaba, me insultaba por whastsapp, etc. Hasta que un día , cuando supuestamente todo estaba arreglado, en una fiesta me echó una pastilla en la bebida y me dejó tirada con intoxicación etílica y con sus amigos haciendo lo que querían conmigo.”

        Ahí algunas chavalas se abrieron y corroboraron que habían recibido fotos de gente que les habían enviado a través de whatsapp fotos “de sus genitales” y que les solicitaban la consecuente reciprocidad. Intenté hacerles ver que las redes tienen esos peligros, pero que hay ocasiones en que los usuarios se consideran falsamente obligados a demostrar que se atreven con todo, que son superguays, que no se arredran ante semejantes desafíos etc. Y que cuando las redes llegan a ciertos niveles, es mejor borrar el perfil, abrir otro y elegir mejor a los amigos.

        Tras las narrativas, pasamos a algunas respuestas de la encuesta, donde aparecen cosas como las que siguen:

Pregunta 11: ¿Crees que hay veces en que una chica dice NO a una relación cuando en el fondo quiere decir que SÍ?

Respuestas: Sí 57 % –  NO 43 %

Pregunta 12: ¿Piensas que hay chicas que van de estrechas pero en el fondo quieren mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 80,50 % – NO 19,50 %

Pregunta 13: ¿Crees que una chica que tontea está provocando?

Respuestas: Sí 48,20 % – NO 51,80 %

Pregunta 21: ¿Te gusta que la chica con la que estás se depile integralmente?

Respuestas: Sí 65,80 % – NO 34,20 %

Pregunta 23: ¿Has pedido alguna vez a una chica que te mande fotos eróticas suyas?

Respuestas: Sí 34,20 % – NO 65,80 %

Pregunta 38: ¿Piensas que hay chicas que por la manera de vestir son culpables de sufrir agresiones sexuales?

Respuestas: Sí 34,30 % – NO 65,70 %

Solitarios entre la gente

PREGUNTAS A CHICAS:

Pregunta 9: ¿Piensas que existe presión por parte de los chicos, cuando una relación comienza, para llegar a la penetración?

Respuestas: Sí 67,10 % – NO 32,90 %

Pregunta 17: Para ti, ¿es importante estar enamorada para mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 65,70 % – NO 34,30 %

Pregunta 18: ¿Te ha pedido algún chico grabar vuestras relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 6,60 % – NO 37,80 % – No he mantenido relaciones sexuales 55,60 %

Pregunta 19: ¿Algún chico te ha pedido alguna vez que le mandes fotos eróticas tuyas?

Respuestas: Sí 54,20 % – NO 45,80 %

Pregunta 20: ¿Te han solicitado chicos amistad por redes sociales con el fin de mantener una relación sexual?

Respuestas: Sí 54,30 % – NO 46,70 %

Pregunta 24: En tus relaciones sexuales, ¿haces cosas que te piden aunque no te apetezca?

Respuestas: Sí 9 % – NO 35,40 % – No he mantenido relaciones sexuales 55,60 %

Pregunta 25: ¿Has recibido alguna vez presiones para realizar alguna práctica sexual que no deseabas?

Respuestas: Sí 9,10 % – NO 90,90 %

Pregunta 26: ¿Te han presionado alguna vez para mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 20,30 % – NO 79,70 %

Pregunta 27: ¿Te han mentido alguna vez con el fin de mantener relaciones sexuales?

Respuestas: Sí 20 % – NO 80 %

Pregunta 28: ¿Algún chico se ha enfadado contigo por no querer terminar una relación sexual?

Respuestas: Sí 20,20 % – NO 79,80 %

        Vi que estos datos hacían mella, especialmente en las chicas. Compartí una reflexión con todos: Sois una generación que participa del más completo, que no perfecto, sistema educativo y gozáis de la cota más alta de libertad que ha existido jamás en España. Y en vez de utilizar ambos elementos para vuestro crecimiento personal, los usáis al buen tuntún, sin ver el grado de encanallamiento social que conllevan fenómenos como las violaciones, el acoso, el bullying, la presión sexual, etc. Y les hice un diagnóstico: No sois exactamente los culpables, ya que nadie, ni en casa ni en el centro educativo, os ha enseñado jamás a gestionar vuestra libertad. Estaban de acuerdo. Una adolescencia sin la menor orientación en medio de una tormenta de estímulos, muchos de ellos insanos, que no saben cómo capear.

        En ese momento, cuando la actividad estaba en lo mejor, sonó la sirena y me pareció ver que algunas alumnas remoloneaban como queriendo buscar cierta cercanía para continuar el debate, pero yo allí no era nadie ni me sentía autorizado para buscar distancias cortas, así que tomé un café con Ana Gámez y salí del centro. Muy satisfecho, eso sí.

        Tengo que decir, porque es de justicia, que aquella chavalería se portó con una corrección y una dignidad bastante más que encomiables. Intenté ahorrarme la moralina y dejar que hablaran los datos y sus propios testimonios. Ellos intuyen (o deberían hacerlo) que están perdidos y no necesitan sermones, sino orientación y ayuda. Me gustaría hacerles llegar la idea de que no los olvidaré, tan desnortados, tan a merced de un mundo injusto y deforme. Les deseo mucho acierto en cada una de las decisiones que tendrán que tomar en sus vidas.

Alberto Granados

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Chiste macabro

 

 

        El humor ha sido siempre un elemento de crítica social a la vez que una válvula de escape para las tensiones del ser humano. Siempre presente en la literatura, ha fustigado los vicios de la sociedad y molestado a los arquetipos literarios que ha caricaturizado. Siempre presente en los grupos de amigos, el chiste, de mayor o menor capacidad crítica, de mayor o menor sensibilidad, nos ha hecho llenar tediosas tardes y ha alegrado la reunión de amigos. Nadie ni nada escapaba a la mordacidad del chiste, que se ocupaba de razas (ahora sería xenofobia), de la homosexualidad (ahora sería homofobia), de enfermos mentales, amas de casa, nacionalidades, militares, curas, sexualidad… ocupaban mis tediosas tardes con la gente de mi pandilla en los tiempos del franquismo, elemento este que también aparecía constantemente, pero en voz baja.

        Pero eso era antes. Ahora el humor, la sátira, la burla se han convertido en un peligro. Basta que se centre en algún grupo o idea para que salga un purista, un guardián de esencias eternas y te increpe: “Eres un radical / machista / homófobo / racista / laicista…”, “Ese chiste hiere mis sentimientos religiosos / patrióticos / identitarios / nacionalistas, políticos…”.

        La ultrasensibilidad social, la doctrina de lo políticamente correcto y, sobre todo, el oportunismo político, persiguen el chiste, marcado ahora con miles de anatemas como si fuera una peligrosa enfermedad social. Y cada cual arrima el ascua del anatema a su sardina por si así obtiene algún rédito.

        Comprendo que el chiste, con su enorme carga ideológica, reproduce esquemas sociales muchas veces perniciosos, pero es que ya hemos llegado al punto de ser una sociedad, aparte de cada vez más miserable e injusta, marcada por una sobriedad casi fúnebre, por una seriedad funeral y por una falta de libertad que roza la de la peor de las dictaduras.

        Ya no cabe la expansión de la broma por si zaherimos a alguien, por si nos lanzan una acusación de incorrecto o sesgado o alentador de desigualdades o de haber matado a Prim. Y mientras tanto, la corrupción, la desvergüenza política, el escalofriante rosario de asesinatos machistas, el latrocinio rapaz de empresarios sin escrúpulos, la ínfima calidad del empleo, el éxodo de nuestros hijos a otros países en busca de mejor fortuna, los problemas de los sistemas educativo y sanitario, la desorientación de nuestros adolescentes, la institucionalización de esa perenne mentira eufemísticamente llamada postverdad, el dineral que nos cuesta la ineficacia de nuestros políticos, etc. parecen no importarle a nadie. Todo eso es secundario.

Intervención de Rita Maestre en la capilla de la Complutense

        El verdadero problema está ahora en que una activista de Podemos (Rita Maestre) muestre sus pechos en una capilla, o que unos titiriteros rocen la blasfemia en un teatro de Cristobillas, o que alguien de tanto fuste como Willy Toledo blasfeme, o que Dani Mateo se suene la nariz con la bandera nacional. ¡Todo esto es gravísimo! ¡Suenen las alarmas, porque ¿dónde vamos a llegar?! ¡Anatema y cárcel! Los problemas reales están ahí, pero eso es secundario.

        Nuestra sociedad se vuelve ultraconservadora a velocidades increíbles y la caverna se ha alimentado siempre de símbolos más que de valores (a no ser los de Bolsa, que esos sí que tienen entidad). Si alguna vez se han sentido débiles, estos son buenos tiempos para ellos, que han revalorizado cultos ya olvidados: a la bandera, a la Legión, a la gloria (¿?) militar, al patriotismo acrítico, a la religión y las procesiones, a los toros, etc. Como si España, más que ser una ciudadanía convulsa y sin expectativas, fuera un compendio de signos rancios.

Dani Mateo y su patriótico pañuelo (Imagen de El intermedio)

        Este país, cada vez más miserable, cada vez más escorado a la liturgia franquista, permite los desahucios, la subvención a esa Iglesia que nos inmatricula edificios patrimoniales, la falta de futuro… Un país donde los bufones siempre tuvieron prerrogativas por decir verdades incómodas se rinde ante esta ola conservadora que pide condenas, inexplicablemente más duras, para los bufones que para Urdangarín o los imputados de la Gurtel. No lo entiendo. Lo único que me queda claro es que nadie puede contar un chiste peligroso (es decir: de los que se han contado siempre) porque alguien se sentirá ofendido y con derecho a meterte ante un juez, aun más surrealista, que puede dar con tus huesos en el trullo, como en los peores tiempos de Franco. ¡Eso sí que es un chiste macabro!

Alberto Granados