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Fernando de Villena y la bohemia

 

 

        La bohemia cultural fue un movimiento exportado del París de finales del s. XIX, cuyos miembros (escritores, músicos y artistas plásticos) pretendían acabar con el academicismo y los clichés artísticos anteriores y con el esquema ideológico pequeñoburgués. Con algo de revolucionarios, eran ingenuos, soñadores, visionarios, seguidores de la poesía francesa (Verlaine era su modelo indiscutible) y malditos. Con todo lo innovadores que se pretendían, en realidad fueron los últimos románticos, dispuestos siempre a glorificar su sueño creador inmolándose como víctimas de la sociedad, a través del hambre, de la falta de techo, la miseria, la falta de recursos y las triquiñuelas para sobrevivir en una sociedad siempre egoísta, a la que su arte no llegaba con facilidad.

Presentación El reloj de la vida de Fernando de Villena

        La bohemia fue materia narrativa en Francia, aunque en España apenas tuvo representatividad literaria, si no es Luces de bohemia, que por sí sola cubre ese vacío. Paradójicamente, tuvo más presencia en la música, ya que cuenta con dos óperas llamadas La bohème (una firmada por Giacomo Puccini y otra por Ruggero Leoncavallo), una zarzuela, (Bohemios, de Amadeo Vives) y una de las baladas más hermosas que ha cantado Charles Aznavour. Pocas referencias más para un tema que apenas se ha estudiado y que parece pertenecer a ese apartado de la “literatura perroflauta” o marginal sobre la que los historiadores de la literatura apenas pasan de puntillas.

        Fernando de Villena acaba de dedicarle a la bohemia madrileña una novela bastante meritoria, El reloj de la vida (Madrid, Editorial Evohé, diciembre de 2017), que se presenta al público esta tarde (Centro Artístico, a las 20,00 h., con Miguel Arnas Coronado ejerciendo de presentador). La calidad literaria de su prosa, lo inusual del ambiente, la amenidad de la trama y de sus recursos metaliterarios, así como la solidez del personaje protagonista, permiten adivinar que la novela tendrá una gran aceptación, mucho más que merecida.

Fernando de Villena presentando Los conciertos en la Feria de Libro de 2016

        El reloj de la vida mezcla personajes reales e inventados, al igual que diferentes geografías (Ronda, Granada, Madrid, Guernica, el frente de Teruel), para contar la biografía del poeta apócrifo Alfonso Linares. Al igual que hizo Cervantes en su Quijote o Cela en su La familia de Pascual Duarte, Villena recurre a un narrador interpuesto, que habría dejado una autobiografía, la que forma la mayor parte del libro. La voz narradora, según este simulacro, habría editado anteriormente (y aquí otro guiño, el cameo de un editor real, nuestro común amigo Ángel Moyano) ese documento, pero tras varios años reúne nuevos y reveladores datos, los necesarios para completar esa biografía ya desfasada.

        La autobiografía del poeta recorre media España y cincuenta años de su historia, en las que refleja la devoción oficial por el Modernismo, que va dejando paso a la poesía pura y, desde la dictadura de Primo de Rivera, a la poesía militante, el poema como arma cargada de futuro, especialmente cuando llega la República y comienzan los asesinatos del pistolerismo de ambos bandos. Del adolescente que salió de Ronda no queda nada. La vida y, especialmente, la Historia solo han dejado muchos sueños rotos, una sensación de fracaso global, una percepción desgarrada de la realidad, un hombre solitario que llega al asesinato por venganza y, como antídoto, un amor idealizado que tarda en verse saciado, como en la poesía trovadoresca o en los poemas udríes, amor que extingue la enfermedad más literaria de la época reflejada: la tuberculosis, la misma que se lleva a Mimí en la famosa ópera de Puccini y a otros tantos arquetipos literarios.

        Las tertulias literarias, las redacciones y direcciones de diferentes periódicos, figuras como Rubén Darío, los hermanos Machado, Cansinos Assens, Juan Ramón, Ramón Gómez de la Serna y Ramón del Valle-Inclán, junto a otros muchos escritores soñados y soñadores recorren las páginas de esta obra originalísima, en que la cadencia biográfica del protagonista se muestra en pasajes de una notable calidad literaria, consolidando con ello un gran personaje literario en el que lo de menos es que sea una pura invención de Villena.

Novela galante de la época

        El autor, jugando con esa ambigüedad de la verdad falsa y la verdad verdadera, con ese desdoblamiento de elementos supuestamente escritos por el protagonista junto a los de otra procedencia, con autores de la época junto a otras meras invenciones, construye un verdadero friso histórico y literario de notable eficacia narrativa.

        Fernando de Villena, siempre interesado en reflejar la historia junto a la vida, hilvana en esta novela histórica un deslumbrante universo narrativo en que el lector no tiene otra alternativa que dejarse arrastrar por lo que la novela, seductora, amena y apasionante, marque. Y la novela marca, de forma impecable, un período histórico apasionante y una biografía de bohemia y amores dolientes.

        Que ese reloj que es la vida regale a Fernando muchas horas de creación literaria y que sus lectores podamos disfrutarla.

Alberto Granados

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Paseos

 

        Hoy se cumplen 81 años de la desbandá, la salida precipitada de la población civil de Málaga ante la llegada inminente del ejército nacional, hecho histórico que supuso una matanza incalificable. Últimamente no pongo en mi blog los relatos que voy escribiendo, por si terminan en un eventual libro, pero esta triste efeméride merece saltarse mi propia regla, así que ahí va mi cuento:

A Antonina Rodrigo, esforzada investigadora de las

mujeres comprometidas, soslayadas o represaliadas

 

 

        Marcial y Pepe, con el pretexto de darle al nieto un paseo por el puerto, aprovechan la mañana malagueña. El frío los obligará pronto a volver a la casa en que ahora comparten sus soledades y su desazón. Se conocen desde hace muchos años, aunque el grado de confianza no siempre ha sido el mismo. Han vivido en barrios colindantes y han coincidido muchas veces cuando sus hijos eran pequeños y los sacaban para que les diera el aire. Más adelante don Marcial fue el maestro del pequeño Fernando, hijo de Pepe. Eso les obligó a estrechar la relación entre ambos, siempre respetuosa y cordial. Lo que nadie podía prever por entonces es que el chico de Pepe y la propia hija de don Marcial acabarían enamorándose y, finalmente, casándose. Al principio, Pepe le llamaba don Marcial y lo trataba de usted.

        Marcial, formado en las ideas de la Institución Libre de Enseñanza, moderado en su pensamiento, con ideas igualitarias, defensor de los derechos del individuo, de los débiles, siempre sintió un respeto reverencial por la educación popular, gratuita y laica para todos, especialmente para la gente sencilla. Cree no haber hecho jamás daño a nadie, al menos de forma consciente, y hasta hace muy poco su conciencia le ha dejado dormir tranquilo. Pero todo ha cambiado tanto en tan pocos años, que ahora no ve más que sombras que le han robado el optimismo y la alegría de vivir, que han sembrado el vago temor de que ese niño huérfano les sea arrebatado de una manera u otra.

        Su consuegro, Pepe, es un hombre que no ha tenido otra escuela que la de la supervivencia. Ha desempeñado varios oficios a lo largo de los años: camarero, albañil, dependiente en una zapatería, viajante de comercio… Jamás ha pasado por su cabeza una convicción política, un sistema de pensamiento, un principio ideológico. Solo lo que cualquier hombre justo y bueno puede albergar en su corazón: un deseo de justicia, de un reparto más equitativo de la riqueza, un irreprimible sentimiento de asco hacia los señoritos zánganos que no han doblado el espinazo en la vida, un afán por llevar una vida tranquila, por vivir de su esfuerzo y superar por sí mismo los problemas.

        Cada uno desde su óptica han vivido horrorizados la violencia de los últimos años, tanto que sin ser monárquicos han echado de menos el relativo orden de la etapa de Primo de Rivera. Ambos se entusiasmaron cuando llegó la República, pero esperaban otra cosa, algo más acorde con sus maneras de entender la vida. Han sufrido la mayor decepción y cada convento quemado, cada acoso a gentes de la derecha, cada asesinato, les han producido una sensación de horror, al igual que los asesinatos a cargo de sicarios pagados por la derecha, pero esas cosas entraban en lo que entendían por previsible. Sin embargo, lo de la República…

        Marcial ha hecho reflexiones profundas, con base filosófica, en tanto que Pepe solo ha alcanzado la crítica inmediata del hombre de la calle, sin fundamentación teórica, con un intuitivo, instintivo casi, sentido del bien y del mal, de lo que hay que aceptar y lo que se debe rechazar si se es honrado. Los dos saben lo que es ver derrumbarse sus expectativas, o peor aún, la llegada del dictador y de la guerra. Agazapados en la ciudad, sin saber lo que pueda pasarles, esperan los acontecimientos y el final más rápido posible de aquella injustificable guerra entre hermanos.

        El niño parece feliz a ratos y mira cómo las gaviotas se lanzan en picado sobre los peces.

        —Mira, ha sacado un boquerón, abuelo —señala Lolo con el dedo.

        Ambos rompen su silencio pétreo para contestar al chiquillo.

        —¡Qué mala, la gaviota! ¡Cómo se ha llevado al pobre pececillo…! —responde Marcial, al tiempo que piensa en mil analogías que encuentra en la anécdota: el abuso de quien tiene algún tipo de fuerza sobre los más débiles, la crueldad de la vida, la violencia, la brutalidad…

        —¡Pobre boqueroncillo! —le dice el abuelo Pepe, que ve en su nieto una víctima irreparable del sinsentido, un diminuto boquerón que, a sus tres años, ya ha sido devorado por las circunstancias y aún puede ver agravada su situación por leyes perniciosas e injustas que se están implantando. ¡Y que se quede en eso, pues si lo perdiera…! ¡Si se lo arrebataran…! No quiere ni pensarlo, aunque no consigue quitárselo de la cabeza. No sabe lo que sería capaz de hacer…

        Lolo ve una lagartija entre los gigantescos bloques de piedra que dan consistencia al muelle y la persigue, lo que le hace olvidar la gaviota, que tanto lo ha conmocionado solo un instante antes. Hurga en las grietas con un palito y lo arroja al mar cuando no consigue que salga el animalejo.

        Los abuelos siguen metidos de lleno en su preocupación. Hace cuatro años que Fernando y Manolita se casaron. Ella, educada por su padre, era una mujer culta, reflexiva, moderada, justo lo contrario de Fernando, cuyos avenates radicales e incluso violentos, sus agresivas opiniones políticas, su defensa de la violencia y la justificación de los crímenes asustaban tanto a don Marcial como a Pepe y Victoria, que no habían sabido transmitirle a su hijo el sentido de moderación que, en medio de una guerra civil, hubiera resultado tan necesario.

        Fernando, dos años mayor que Manolita, había sido alumno de Marcial. Este lo conocía bien. Sabía de su agresividad, de su carácter díscolo, de su genio incontrolable, de su naturaleza impulsiva. Había tenido que hacerle reflexionar muchas veces. En calidad de maestro del niño conoció a Pepe y Victoria, sus consuegros. Después Fernando empezó a hacer pequeños trabajos por lo que abandonó la escuela.

        —Una pena, miren ustedes. Fernando —les decía el maestro a quienes con el tiempo se convertirían en sus consuegros— es muy inteligente y se lo han llevado cuando empezaba a dar muestras de madurez.

        —Sí, don Marcial, pero es que en casa hacen falta los cuatro chavos que él gana. Ya me gustaría a mí que mi hijo pudiera seguir estudiando —le respondía, agradecido, Pepe—. Yo quisiera que mi hijo estudiara una carrera, ya que yo no he pasado de leer, escribir malamente y las cuatro reglas, pero mi casa está llena de necesidades, ¿sabe usted?

        Marcial se ofreció a darle clase por las tardes en su propia casa. Lo hacía con otros chicos en los que veía alguna capacidad especial. Junto a ellos, su hija Manolita, una preadolescente que tenía la misma belleza que Manola, su madre. Estaba convencido de que separar los aprendizajes por sexo era una barbaridad que solo producía más oscuridad sobre el tema tabú de la sexualidad, más prejuicios que solo la moral dominante avalaba con una absoluta hipocresía. Y el chico le gustó a la niña, que empezó a suspirar y a experimentar las languideces del primer enamoramiento. O de las primeras hormonas, como aseguraba su padre, que prefería explicarle con todo realismo a su hija los fenómenos que descubría poco a poco en su propio cuerpo y en sus emociones.

        Finalmente, Fernando encontró un trabajo en un taller mecánico en Madrid y tardó años en volver a Málaga. Con los ahorros pudo quedarse con un taller. Ya era un empresario, lleno de deudas, pero un hombre situado. Cuando abrió el negocio fue a saludar a don Marcial. Ahora Manolita era una mujer hermosísima que preparaba oposiciones a maestra, mientras acompañaba a su madre, aquejada de una gravísima dolencia cardiaca. Se miraron a los ojos con una intensidad que dejó claro lo que iba a pasar. Don Marcial y Manola hablaron con la hija. Le explicaron la forma de ser de Fernando, la fuerza que lo había hecho superarse, las posibilidades que se abrían ante ella… y poco tiempo después, tras la muerte de Manola y el luto, ambos se casaron y se establecieron en una modesta casa de las cercanías. Marcial comprendió el sentido de la palabra soledad, la soledad más desgarrada que jamás había podido concebir, algo que el nacimiento de Lolo le ayudó a sobrellevar.

        El chiquillo se detiene en seco. Se han oído disparos y gritos. Se tapa los oídos y tira de sus dos abuelos obligándolos a tumbarse en la arena. El niño se escurre como una alimaña buscando el refugio de sus dos cuerpos. Ambos se miran. Pepe acaricia al niño y consigue tranquilizarlo. Lolo ya no soporta esos petardos que hace solo unas semanas pedía con insistencia cada vez que Marcial lo recogía para dar una vuelta por el puerto. Ahora le producen un pánico incontrolable. Temen que la experiencia vivida haya dejado secuelas en el niño. ¡Ha sido tan duro! Y ambos hombres, se enrocan de nuevo en sus recuerdos.

        Hace dos meses empezaron a llegar noticias confusas: los italianos habían tomado Ventas de Zafarraya. Si instalaban allí una batería podían deshacer Málaga en unas horas. En cuestión de días, los rumores se multiplicaron sin que nadie supiera determinar ni su exactitud ni su procedencia: que Queipo estaba disponiendo la toma de Málaga, que era cosa de días, que era mejor irse, incluso sin ser sospechosos de republicanismo, que…

        Marcial, Pepe y Victoria celebraron una especie de consejo familiar en casa de Fernando y Manolita. Era mejor irse y la única vía posible era dirigirse hacia Almería. En Málaga podía pasar de todo, desde saqueos hasta violaciones, desde paseos nocturnos hasta detenciones escasamente justificadas. En una guerra, la normalidad deja paso a los peores instintos. Se decía que Queipo incluía en las tropas a los regulares, cuya crueldad se había hecho tristemente conocida. Allí no había la menor seguridad para nadie, menos para las dos mujeres, así que había que irse con lo puesto. Marcial, en cambio, anunció:

        —Yo no me voy. No estoy dispuesto a salir huyendo, como si fuera un malhechor. Siempre he sido un hombre de ideas, un maestro de la escuela pública. Jamás me he metido con nadie…

        —Papá —le hizo ver Manolita—, es cierto que no has hecho daño a nadie, pero eso no te ofrece la menor garantía con estos bárbaros. Representan justamente lo contrario de tus ideas y siempre habrá alguien que te señale como sospechoso de algo. En estas situaciones, cualquiera puede denunciarte para medrar… no olvides las amenazas de doña Patro, tu compañera. Según ella, te tendrían que haber echado del Magisterio hace años por tu agnosticismo, por tu humanismo y tu cultura, tan peligrosos para ella, ahora apegada a Falange y fascista redomada.

        Pepe también insistió:

        —Marcial, no soy quién para decirte lo que tienes que hacer, pero recuerda que te has señalado bastante, que no has pisado una iglesia en los treinta años que llevas aquí, que en los días de semana santa te ibas a la playa… mientras tus compañeros te ponían verde por tu manera de ser. Si alguien canta, eres hombre muerto cualquier noche. Y los demás, tu hija, nuestro nieto, nosotros mismos, te necesitamos vivo.

        —No me voy. Vosotros sí que debéis partir… el problema es cómo.

        Fernando respondió:

        —En el taller tengo el coche de don Juan el del almacén. Me lo dejó cuando se fue de España. Lo he estado arrancando y revisando. Podríamos salir esta misma noche… Pero por favor, Marcial, véngase usted también.

        —Mira, Fernando, mi mujer está enterrada aquí y yo me quedo donde ha estado mi vida más de treinta años. Mi esposa, mi trabajo con cientos de niños, entre ellos tú mismo… ¿Dónde puedo ir que no me sepa a muerte en vida, a claudicación, a cobardía?

        No hubo forma de torcer su decisión de quedarse. Por otra parte, los obuses empezaron a oírse, cada vez más cerca. Ya nadie sabía qué sería mejor, si quedarse o huir cuanto antes mejor. Se supo que Marbella había caído y que varios convoyes estaban llegando por la costa y por Las Pedrizas. Málaga iba a caer en horas. Pepe y Victoria, con Fernando y Manolita junto al niño, se despidieron angustiados de Marcial, pálido y asustado, pero lleno de firmeza. El coche se perdió en dirección a Almería. Desde la playa se divisaba una larga caravana que le recordó una amarga pintura de Brueghel. Sintió un intenso pánico por lo que el destino les tuviera reservado al resto de los suyos.

        Lolo, superado el miedo del tiroteo, se sitúa detrás de los dos hombres silenciosos y empieza a palmearles el trasero. Hacen gestos infantiles como simulando un enfado que no sienten y el niño se ríe. Cuando la broma deja de parecerle divertida se va a mirar unas flores y los dos hombres se envuelven de nuevo en su preocupado mutismo, cada uno pensando en sus cosas, que vienen a ser la misma.

Imagen  tomada de insurgente.org

        Fue hace dos semanas. El día amaneció con un rumor que fue tomando mil formas, pero siempre rodeado de un temeroso sigilo: la columna que huía en desbandada de Málaga había sido masacrada. La siniestra labor había que agradecérsela a tres buques de la Armada sublevada y a su aviación. Se veía a las claras la calidad humana de Queipo. Los rumores hablaban de centenares de muertos. Marcial salía a la playa a ver a la gente que volvía y que eran apresados por los militares que ya se enseñoreaban por la ciudad acompañados de de sus moros. Estos se habían dejado sentir bastante, no ya solo por los desfiles triunfales y los gritos, himnos y saludos fascistas, sino por los paseos que llenaban las noches de luto y detonaciones, por el temeroso rumor que se propalaba sobre fusilamientos que nadie podía avalar ni desmentir. A veces se arrepentía de haberse quedado. Sus ideas no podían traerle nada bueno.

        Y hace cinco noches, en plena madrugada, unos suave golpes en su puerta le hicieron pensar que venían a por él, pero cuando abrió se encontró con Pepe, que traía en brazos al nieto dormido. Era la misma estampa del agotamiento: demacrado, ojeroso, sucio y hambriento. Antes de decirle nada, se echó a llorar y Marcial lo comprendió todo. Victoria, Manolita y Fernando habían caído. Pepe y el niño se habían salvado de la bomba por haberse apartado del coche para que el niño evacuara. La vida las gasta así y no hay vuelta atrás. Hundido, le contó a Marcial el espectáculo al completo: el silbido de la bomba, el echarse a tierra, el volverle la cara al niño para que no pudiera ver lo que parecía tan claro. Y la sensación de impotencia. Le ahorró los detalles más escabrosos: la explosión atronadora, las llamas que envolvieron al coche, el silencio absoluto y la desolación más sangrante y dolorosa y trágica. Estaban solos, cerca de Torrox. Pepe recordaba su perplejidad. No sabía qué determinación tomar: si seguir el camino hacia Almería o regresar a Málaga. Finalmente optó por dar un gigantesco rodeo para evitar las carreteras y los accesos normales a los pueblos y a la propia Málaga.

        —De noche, Lolo es una pura pesadilla, un angelito que gime presa del miedo. El primer día me preguntó por sus padres y por la abuela Victoria. No supe qué decirle —le cuenta a Marcial—. Lo entretengo cada vez que saca el tema. Ahora parece más sereno…

        Intenta sacar de su imaginación ese bombardeo que lo ha dejado mucho más solo, pero no consigue evitar que mil dolorosas imágenes se adueñen de su conciencia, que las lágrimas fluyan, que sienta un angustioso desgarro. Agradece al destino que Manola no haya vivido para presenciar tanto horror. Y siempre la sombra de Lolo, del peligro que corre, siendo nieto de un huido y de un librepensador. ¿Qué suerte van a correr los tres? ¿Quién será el que dé el chivatazo y qué sucederá después? ¿Algún vecino? ¿La propia doña Patro, su compañera del colegio de niñas? ¿Cuántas amenazas los rodean?

        Pepe lo ha obligado a abandonar su casa. Ahora viven los tres juntos, aunque nadie sabe si es mejor así. Pepe considera que a él lo más que pueden hacerle es preguntarle por el resto de su familia. Siempre se podrá mentir para ver si cuela: se han ido al pueblo de su mujer y no sabe nada. En cambio, Marcial es carne de cañón. Los que han ocupado la ciudad no soportan que alguien piense con libertad. Pensamiento y libertad, dos palabras proscritas de la España que empieza a nacer sobre un lecho de fusilados y humillados.

        Marcial, consciente de lo que le espera, ha ido tomando una serie de precauciones. Ha ocultado la mayor parte de su biblioteca, los libros más comprometidos, que en realidad no son sino lo más sano del pensamiento occidental, tan distinto de la barbarie que les amenaza. También ha ido al banco y ha retirado todo el efectivo, que ha entregado a su amigo para la crianza del niño. Se ha deshecho también de fotos, revistas y objetos muy queridos: cartas de Fernando de los Ríos, libros teóricos de la izquierda, láminas históricas que ha usado en la escuela… También ha hecho una buena limpieza en su aula, pero no se engaña. Sabe que todo ese esfuerzo no implica garantía alguna ante el fanatismo y la sinrazón.

        Los dos abuelos acaban de tener una discusión bastante acalorada: Pepe le ha sugerido a Marcial que si se cruzaban con militares o falangistas respondiera al saludo a la romana. No era sino un gesto, pero un gesto que podía salvarles la vida.

        —Sí, pero es también un gesto que implica complicidad con la barbarie. Haz el saludo tú, que lo entendería, pero no me pidas que me sume a esta…

        —Es solo un gesto —le interrumpió Pepe con cierta ira—. Un simple gesto que puede salvar a nuestro nieto, Marcial.

        —Es mucho más que un gesto, Pepe. En el simple ademán de levantar un brazo puede estar la claudicación absoluta ante unas ideas que desprecio.

        —Marcial, por favor, no seas como mi pobre hijo Fernando, al que tanto le criticabas su soberbia. Es también un gesto que te puede salvar la vida. Una vida que necesita Lolo. No nos tiene más que a los dos. Hazme caso, por favor…

La desbandá (imagen de Google)

        La conversación se detiene porque se oye un coche que se acerca. Ambos quedan demudados. Unos falangistas se bajan y les piden que se identifiquen. En el coche va doña Patro, vestida de falangista. Evita mirar a Marcial, que no sabe qué hace allí su antigua compañera ni qué puede esperarse de ella. ¿Viene en calidad de denunciante, de defensora, de mero testigo? No conoce de nada a los otros dos hombres, así que doña Patro solo puede ser la delatora. Esta vez le van a dar un paseo y se lo van a quitar de en medio como si se tratara de un animal rabioso o de un apestado. No lo conocen de nada, salvo su compañera, pero la crueldad no necesita razones: le basta con la arbitrariedad y la fuerza. Se vuelve a Pepe, después a Lolo. Se lo imagina entregado a una familia del nuevo Régimen, alguien poderoso con afanes maternales. O tal vez hagan de Lolo un fascista a base de consignas en un centro de huérfanos. Un vago temblor le recorre la espalda. Sabe que no es miedo, sino una última forma de callada rebeldía.

        A Pepe no lo molestan, pero a Marcial lo obligan a subir al vehículo. Van al Gobierno Civil, le dicen. Los modales son imperativos y no dejan la menor duda sobre la gravedad de lo que puedan imputarle. Marcial intenta no perder la dignidad y sube simulando una tranquilidad que no siente. Pepe estrecha su mano y aprieta la del niño.

        —¿Adónde vas, abuelo? —pregunta Lolo con miedo, como si intuyera la realidad.

        —A dar un paseo con estos amigos, Lolo. Pórtate bien y no des disgustos al abuelo Pepe.

Alberto Granados

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Celia Correa nos sumerge en sus Mares de tinta

 

 

        Los lectores de relatos pueden felicitarse porque una autora local, Celia Correa, acaba de publicar su segundo libro de narrativa breve, Mares de tinta (Granada, Editorial Artificios, enero de 2018, 106 págs.), que presentó el pasado día 18 en el Salón de Plenos de nuestro Ayuntamiento, de la mano de Ana Morilla (la editora), Juan Chirveches y uno de los decanos de nuestras letras, Francisco Gil Craviotto.

 

 

Presentación de Mares de tinta (Imagen de Francisco Palma)

 

 

 

        Celia Correa es una mujer prudente, callada y trabajadora que, entre otros méritos, tiene el de haber levantado y revivido una institución cultural decana en el ámbito cultural granadino: el Centro Artístico, Literario y Científico, que estaba a punto de cerrar por falta de liquidez. Celia me decía por entonces: «Si los granadinos dejan morir una institución con casi ciento treinta años de historia, es que en Granada se ha perdido la vergüenza». Y en efecto, su equipo llevó a cabo una campaña de captación de nuevos socios y reflotó el barco casi hundido, un  buque insignia de nuestra cultura que tuvo como socios a los hermanos García Lorca, a Constantino Ruiz Carnero, Mechor Almagro, los pintores José María Rodríguez Acosta o Gabriel Morcillo y un larguísimo elenco de intelectuales que han pisado los salones del Centro y han desplegado sus saberes a través de conferencias, exposiciones, etc., desde su fundación en 1885.

 

 

 

 

          Pero Celia Correa aparece hoy en mi blog como autora de relatos, ocupación que cuenta con su presencia en bastantes libros colectivos y revistas, además de otro libro en solitario, Mil años después (Madrid, Editorial Bohodón, 2013). No es, como se ve, una novata en estos lances. Antes bien se podría decir que domina el terreno y depura su lenguaje hasta moldearlo e impregnarlo de una notable eficacia narrativa. En los cuentos de Celia Correa no falta ni sobra nada, todo está calibrado con la exactitud de un reloj suizo. Eso no significa que se trate de un lenguaje trascendente y empachoso, sino cercano y directo que deja al lector plenamente satisfecho, con sus toque de lirismo, de humor, de realidad y una desbordada capacidad de sugerencia.

          Porque hay mucha realidad en los cuentos de Mares de tinta, por cuyas páginas pasean personajes reales, (Lady Di, Teresa de Jesús, la sultana Aixa-la-Horra, Zenobia Camprubí, Federico García Lorca, un político profesionalizado, una niña de la calle que sobrevive en Colombia o Manuel Azaña) o que, aun siendo ficciones, han alcanzado la notoriedad de ser mitos universales en nuestro imaginario cultural (Aquiles el de los pies ligeros, Romeo y Julieta o el dinosaurio del microrrelato de Monterroso). Todos surgen de la imaginación de Celia y encuentran el sabio ajuste literario. 

            El libro está formalmente dividido en cuatro apartados: el primero, Mares de tinta, se ocupa en seis relatos del tema más universal de la literatura, que ha hecho consumir tinta a mares, y que no es otro que los amores desafortunados. Me quedo con el titulado El secreto, donde el lector conocerá la verdad del tendón de Aquiles.

Para contrarrestar, el segundo apartado, que se llama Muertos… demasiados muertos reúne cuatro relatos vinculados a nuestra guerra incivil. Celia consigue un verdadero clímax de horror al ir surgiendo la bestialidad injustificable, la saña, la muerte, el paseo siniestro, lo inhumano. La historia de Evaristo y Rosario (Luna menguante) ha conseguido escalofriarme.

        Esa conmovedora indiferencia es la tercera división. El título lo dice todo: la insensibilidad a que el ser humano ha llegado ante la desgracia ajena, la insolidaridad, el egoísmo son los hilos con que se tejen los cinco cuentos de esta sección, entre los que me quedo con ¿Y yo, de dónde soy?, que habla de los migrantes y que coincide con el planteamiento que me hizo durante el verano de 2016 un cordobés que llevaba media vida en Port Bou.

        La loca de palacio, último apartado del libro, se ocupa de cinco figuras históricas, en las que sobresale, por encima de la rigurosa documentación biográfica, esa sensación de desamparo vital que rodea las biografías de los personajes de la Historia. Mi favorito es, por cuestión de proximidad geográfico-sentimental, El último suspiro de la sultana Aixa.

        En definitiva, un libro breve, perfectamente equilibrado, que al lector le sabe a poco, un delicioso libro que  nos ofrece veinte relatos llenos de ser humano, de gozo y sufrimiento, de vida. Mis felicitaciones a autora y editora porque es así (o debería serlo) como se hace la cultura granadina.

 

Mares de tinta en la prensa local:

http://en-clase.ideal.es/2018/01/18/celia-correa-la-escritura-ha-sido-mi-tabla-de-salvacion-en-los-momentos-dificiles-de-mi-vida/

http://www.granadahoy.com/ocio/idea-puede-surgir-veo-autobus_0_1209179125.html

http://www.ahoragranada.com/noticia/el-calc-granada-presenta-mares-de-tinta-de-su-presidenta/

http://www.granadadigital.es/celia-correa-presenta-su-libro-mares-de-tinta/

Alberto Granados

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Cuarenta años de autonomía

 

         Los medios y las instituciones nos machacarán hoy con la conmemoración de los cuarenta años de la autonomía andaluza, que en sentido estricto se cumplirán el próximo 28 de febrero. Hoy volveremos a oír hasta lo cansino los nombres de Blas Infante o Caparrós y recibiremos desde las instituciones verdaderos mantras doctrinarios, llenos de incienso y palabrería. Supongo que habrá discurso presidencial desde Sevilla y en el aire mediático habrá un rancio olor a autocomplacencia, a triunfalismo, a protagonismo histórico.

         Pero todo eso me parece música celestial visto todo el proceso con perspectiva. ¿Cuarenta años de qué exactamente? Cuarenta años es un período suficientemente largo como para modificar profundamente la mentalidad y las estructuras económicas de una geografía. Es exactamente el tiempo que necesitó Franco para convertir a la España republicana en un país fascista que aún perdura. Cuarenta años permiten hablar de régimen, como se hizo con el dictador, con Fidel Castro o con Mao Ze Dong. ¿Qué ha pasado en estos últimos cuarenta años en Andalucía? ¿Qué estigmas se han superado? ¿En qué hemos avanzado, en qué retrocedido y en qué puntos seguimos atascados? Estas preguntas y, sobre todo, sus respuestas veraces deberían constituir la auténtica celebración de este aniversario, mucho más que el discurso oficial, sesgado, triunfalista y presumiblemente falso.

La enrevesada papeleta del referéndum del 28F

      Es innegable que Andalucía ha avanzado significativamente en estas cuatro décadas, pero eso es algo que considero un mínimo exigible, pues de lo contrario la política carecería de sentido. Hemos avanzado en redes hospitalaria y de centros educativos, en infraestructuras tales como la red viaria o la implantación del AVE, en una modesta industrialización que la crisis ha hecho tambalearse… Pero seguimos siendo los últimos en un montón de factores: alfabetización, fracaso escolar, inclusión social, uso de instituciones culturales de calidad (museos, bibliotecas, teatros, y auditorios, etc.), materias en las que el tiempo se ha detenido sobre nuestras cabezas, como ese humo dormido de Gabriel Miró. Y así no se avanza, ni nos convertimos en una tierra de excelencia y poder competitivo.

        Si vuelvo la mirada hacia cuarenta años atrás, observo en qué han quedado tantas ilusiones perdidas por el camino. Aquellos eran tiempos en que el pensamiento socialista lo impregnaba todo (asociaciones de vecinos, de mujeres, de padres y madres de alumnos…), en tanto que actualmente el socialismo está a una distancia enorme del PP y amenazado con el sorpasso, unas veces por Podemos y otras por Ciudadanos. La gente ha perdido el entusiasmo, pese a la implantación socialista en la memoria de los andaluces. Tal vez se deba, por un lado, a la desaparición de la generación de mayores que vivieron la esperanza socialista en los tiempos de la República, esperanza casi inexistente en nuestros jóvenes, que nunca han creído masivamente en el PSOE, y por otro lado, a la visión de que la política se ha convertido en una forma de vivir bien sin pensar demasiado en los problemas reales de la ciudadanía. Alguien que habla de logros y objetivos conseguidos o que usa el eslogan “Andalucía imparable”, cuando la mitad de los andaluces está en el paro pierde toda su credibilidad porque suena a engañifa electoral, a falsos oropeles y a fraude.

        Mientras hubo dinero, la Junta tapó parte del descontento con subvenciones y se olvidó de sus planteamientos ideológicos, con sus políticos ensimismados en su autocomplaciente ombligo. Con la ideología desaparecida en la poltrona, al desaparecer el dinero solo quedó un vacío difícil de llenar. Y entonces llegó un golpe muy bajo: el escándalo de los EREs, del que costará levantarse más de veinte años.

        Durante estos cuarenta años, la Junta ha hecho mucho por Andalucía, pero no me cabe duda de que tendría que haber hecho mucho más. También tengo la certeza de que, si estas cuatro décadas hubiera sido el PP quien gestionara nuestra comunidad, seguiríamos anclados en la etapa del caciquismo, de la limosna y de los jornaleros esperando en la plaza del pueblo a que el señorito y su capataz otorgaran a los parados el beneficio de un jornal.

        Si yo presidiera la Junta de Andalucía, sería muy modesto en los discursos de hoy y del próximo 28 de febrero. Porque queda mucho por hacer, pese a lo que diga Canal Sur.

Alberto Granados

 

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Un relato mío en un libro solidario

        No me gusta escribir textos de encargo, especialmente cuando estos tienen que adaptarse a unas exigencias (número de palabras, temática, fecha de entrega, etc.) que me hacen sentirme un poco asfixiado. Yo soy un autor de desarrollo largo y cuando tengo que escribir un relato de 670 palabras tengo la sensación de que no puedo rebullirme porque esa brevedad me ahoga. No obstante, en esta ocasión se trataba de un libro solidario, cuyos ingresos irán destinados al Banco de Alimentos de Granada y escribí Salma con todo el calor que pude.

           Para atender la llamada que me hizo el editor, Francisco Acuyo, a comienzos del verano pasado, le envié este cuento, Salma, que no es ficción, sino la vivencia real de Carmen, alguien que conozco de mucho tiempo y que estuvo muy cerca de mí bastantes años trabajando en mi mismo centro educativo. Cuando terminé el primer borrador de este texto se lo envié e inmediatamente conté con su aprobación. No obstante, lo dejé enfriar y, finalmente, opté por cambiarlo en su estructura. Antes la voz narrativa era la mía, pero sentí que era robarle  a mi compañera la verdad desgarrada del texto, por lo que volví a escribirlo, esta vez usando la voz narrativa de Carmen, que fue quien vivió la frustración que puede producir el ser solidarios, por paradójico que pueda resultar. Se lo volví a enviar y le gustó más que el primer borrador.

Portada del libro

        Ahora el cuento (o la anécdota verdadera) forma parte de un libro que se presentó el pasado viernes, día 24, en el Teatro Isidoro Máiquez, en un acto brillantísimo, con música clásica (a cargo de un grupo de cámara de la Orquesta Universidad de Granada, formado por María Martínez, violín I; Verónica Bravo, violín II; Miriam Aybar; y Araceli Castro, violonchelo, que tocaron de forma impecable a Mozart, a Enrique Granados y a Scott Joplin) y flamenco en directo (con Alfredo Arrebola al cante y Ángel Alonso Álvarez a la guitarra), y recitados de poemas de Lorca y Miguel Hernández (a cargo de Magda Robles León, Mara Romero Torres y María José Sierra). El acto no tuvo más problema que la excesiva duración. Yo me quedé con la pena de tener que salirme porque tenía familiares esperándome.

        La gestión del libro ha corrido a cargo del poeta Francisco Acuyo, que lo ha publicado en Entorno Gráfico. Incluye algo más de cien autores, ya sean poetas, ya narradores, y en esa extensa nómina aparecen bastantes firmas más que acreditadas, tanto de nivel local como nacional (En unos pocos corazones fraternos (Antología solidaria), Entorno Gráfico Ediciones, Granada, 2017, 267 págs.).

         Mi cuento es este:

         Salma

 

 

        Me alegra verlo y lo llamo. Un agradable reencuentro, sonrisas, abrazo y un rápido café durante el que intentamos tocar mil temas personales y familiares, tras tantos años sin vernos. Hablamos atropelladamente de nuestros hijos, de nuestras jubilaciones, de la salud y me pregunta por Salma. Sin duda, percibe mi gesto de desaliento.

        -Perdona… Creo que he tocado fibra sensible.

        Y tan sensible. El primer verano que Salma pasó con nosotros yo viví una nueva casi-maternidad que me hizo sentir algo mágico. Salma tenía entonces siete años. La niña observaba a mis compañeros con la timidez de un gatito, con la inseguridad de quien está en un ambiente que no es el suyo. Los observaba con una vaga bizquera, con evidentes síntomas de alguna dolencia ocular debida al calor y al polvo desértico de su campamento de jaimas. Parecía un animalito desvalido. Yo había tenido tres varones y la acogí como a la hija que siempre había deseado.

        Poco a poco, nos cautivó. Pedía helados mientras tomábamos el aperitivo, algo que jamás les habría permitido a mis hijos, pero que ella obtenía porque ¿qué oportunidades tenía de comer helados cuando volviera al campamento saharaui?

       Salma, educada en los principios del Islam, jamás aceptaba comida sin preguntar si contenía jalufo. Siempre le respondía que no, que era pollo, que no había nada de cerdo, fuera verdad o no. Solo entonces  paladeaba con evidente placer. Además, a sus siete años, mostraba un recato especial con los compañeros. Había besos, sonrisas y acercamiento con las señoras, pero se apartaba si algún hombre intentaba hacerle la más leve caricia en aquella carita llena de ingenuidad y malicia. Tenía claro que el contacto con los hombres debía ser mínimo.

Fotografía de Luis Bonete (1999)

        Me obsesioné con la chiquilla. Les planteé a mi marido y a mis hijos qué futuro podíamos ofrecerle a esa niña que había llegado, como un milagro, a nuestras vidas. Cuando llegaba el final de aquellos veranos y la niña volvía a su medio, parecía faltarme el aire y se me rompía el corazón. Un año, al llegar la primavera, pedí varios días de permiso sin sueldo que uní a las vacaciones de semana santa, pues la ONG que organizaba las acogidas, fletó un vuelo. Compramos a escote una abundante impedimenta que a cualquiera podría parecerle absurda, pero que en aquellas tierras suponía una importante calidad de vida: pilas recargables, placas solares, material escolar, vasijas de plástico, medicamentos, compresas, cepillos de dientes y dentífrico, jabón y champú, gafas de sol, enseres de cocina… Eso que nosotros conseguimos con el mínimo esfuerzo de  ir al supermercado de la esquina, y que allí constituye un verdadero tesoro…

         Volví tocada. Allí las veinticuatro horas del día transcurren levantando los faldones de la jaima con las primeras luces. Después, se sientan  y empiezan a ingerir té verde para hidratarse, mientras esperan las horas más frescas, al atardecer. Un día y otro y otro y otro…, sin más expectativas, ni más futuro… Y siento que a esa gente, a todo un pueblo, le debemos algo, porque los vendimos… Quería a esa niña lo suficiente como para habérmela traído a España y ofrecerle  un sistema educativo y una red sanitaria razonables. Un futuro. Aunque Salma es de allí y allí está su familia, sus padres y hermanos, su cultura, su cosmovisión…

        —Ahora, tantos años después, te confieso que lo pasé muy mal. No me conformaba con tenerla los dos meses escasos del verano. ¿Qué iba a pasar con ella durante el invierno, durante los demás inviernos? Lo hablé con mis hijos y con mi marido, sabiendo hasta donde me iba a comprometer. Estaba decidida a traérmela, pero volví la primavera siguiente y Salma ya era una mujercita. Su madre me mostró las gafas graduadas que le había comprado el verano anterior. Estaban intactas: no se las había puesto para demostrarme el aprecio que le hacía a mi obsequio. Además, me contó que ya le había bajado la regla y que no podía permitir que volviera a mi casa, donde había cuatro varones. Se me cayó el alma. Sentí que tenía que redoblar mi esfuerzo para librar a Salma de tanta injusticia, para evitar que los preceptos religiosos y los factores culturales propios le cerraran puertas… Fracasé. Además, Salma es solo uno de los miembros de un pueblo castigado y traérmela podía ser incluso una conducta egoísta, privar a los saharauis de una luchadora más, para saciar mi impulso maternal… No podía jugar a ser la Providencia. Ahora tiene veinticinco años, está casada y tiene dos niñas. Y la rueda, la misma rueda de desigualdad e injusticia, seguirá girando y la estupidez barrerá los intentos de ser solidarios y…

        Me levanto precipitadamente, porque no quiero montar un número en la terraza de la cafetería y estoy a punto de romper a llorar. Le doy a un precipitado beso a mi viejo compañero, en el que seguro he dejado un amargo regusto y pienso en el destino de mi pequeña saharaui, la que me rompió el alma en aquellos lejanos años.

 

 

         El libro indica que pueden hacerse pedidos a:

info@entornografico.es

www.entornografico.es

y www.abacografico.es

        Os recuerdo que se trata de un libro solidario.

Alberto Granados

 

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España enferma

        ¿Cuántas veces hemos pensado que los americanos están locos cada vez que alguien se atrinchera armado y provoca una matanza? Y es que señalar conductas anómalas es muy fácil. Lo difícil es analizar su origen y modificarlas, que tendría que ser una de las tareas prioritarias de los gobiernos de esos países enfermos.

        Pero hay que ser cauteloso en el uso de los diagnósticos sociales, pues nosotros también vivimos en un país que da muestras, tan inequívocas como alarmantes, de padecer una gravísima patología social. Hay que admitirlo: nuestra sociedad adolece de una serie de disfunciones que me hacen pensar en un futuro bastante negro. No es normal que un partido cuya corrupción es cada vez más patente, extendida por varias comunidades autónomas y que alcanza a media cúpula siga en el poder, sin una dimisión, sin una disculpa, sin una explicación veraz. Ni que la justicia caiga en manos de los partidos, que imponen sus cuotas de poder en los órganos que debieran ser más neutrales e independientes. Como tampoco es normal que se haya permitido a la sociedad catalana provocar la intoxicación independentista, que tan grave fractura social ha producido, junto a una inseguridad financiera que nos pone de nuevo en el punto de mira de las consultoras que mandan en el mercado bancario.

       Tampoco me parece normal que la iglesia católica inmatricule con tantas facilidades aquellos bienes patrimoniales que deberían pertenecer al Estado, sin que nadie haya hecho lo más mínimo por salvaguardarlos o recuperarlos. Ni que la educación vaya por los derroteros lastimosos por los que se mueve (falta de autoridad de profesores, poder absoluto de padres y madres, grupos de WhatsApp para controlar la labor de los docentes, nivel mínimo de exigencia a los niños…).

        Un país en el que una región se declara independiente para, diez segundos después, dejar en suspenso esa independencia, es un país que ha perdido el norte. Dicha independencia, según sus voceros, responde a una mayoría popular, dato este que, por mucho que se empeñen, no puede recibirse sin carcajadas. ¿Mayoría popular es la que viene de un referéndum ilegal y realizado sin la menor garantía? ¿Así de serias son la jerarquía independentista catalana, su gente, su cultura? Yo esperaba más coherencia desde luego.

        Un país que acepta como una fruslería que cada año mueran a manos de sus parejas o ex-parejas más de cincuenta mujeres no está sano. Tampoco es sano una sociedad en que abundan los casos de acoso escolar, las palizas entre adolescentes sin más objetivo que la difusa fama que otorgan las redes sociales.

        Pero si todas estas situaciones no son enfermizas, en esta última semana han aparecido dos noticias que ya me dejan noqueado. La primera es el resultado de una encuesta en que se analiza la percepción de adolescentes y jóvenes sobre la violencia de género. Parece que la situación se ve normal, que ha pasado toda la vida y no tiene por qué cambiar, que lo que pasa es que el tema se ha “politizado”, etc. Que nuestros jóvenes de hasta 29 años mantengan estos argumentos sin el menor asomo de sentido crítico me parece una aberración social gravísima, algo tan terrible que no me deja demasiado espacio para la esperanza.

        La segunda noticia de la semana, mucho más grave, es que un abogado de los que defienden a los violadores de los sanfermines, ha ordenado un seguimiento de la víctima en las redes. Pretende con ello dejar claro que la víctima no lo es tanto, porque la información recogida podría indicar una cierta promiscuidad de la joven. O dicho de otra forma: minimizar las graves acusaciones contra “La Manada” en razón de una conducta pretendidamente licenciosa por parte de la chica.

        El juez ha admitido dicho engendro como prueba válida, lo que indica el lamentable estado de eso que llamamos justicia, aunque no lo sea. Frente a las realidades objetivas, la víctima pasa a ser parcialmente la acusada, se le hace revivir una situación de violencia, se la cuestiona socialmente y se la echa a los leones mediáticos. ¡Justicia pura! Me pregunto qué peso específico tendrá la conciencia propia del juez sobre la sentencia y no consigo catalogar la catadura moral del abogado que ha planteado algo tan sucio y repugnante como es esa estrategia que no prueba nada en ningún caso.

        Durante los años setenta la mujer alcanzó en España su libertad sexual, algo que era una realidad en todos los países occidentales y que solo el nacionalcatolicismo había frenado en nuestro país. A partir de ahí, cada mujer hace de su capa un sayo y, en todo caso, tiene derecho a decir no cuando realmente no le apetezca, ya sea al inicio, o en el momento álgido del cortejo. Esto, tan simple, parece ser francamente arduo para las entendederas de los hombres. No significa sencillamente no. Cualquier consideración que violente esa realidad se cae por su base. Tal vez una mujer empiece las maniobras de ese coqueteo erótico, tal vez llegue casi al límite, tal vez… Pero si finalmente decide que no, por el motivo que sea, el varón no puede, en ningún caso, considerar ningún derecho sexual adquirido. Pasar de ahí es violentar un derecho de la mujer.

          No cabe duda de que una situación así tiene un enorme sentido de frustración del hombre, en pleno calentón, pero es lo que hay. No es no y no puede usarse como eximente penal el que la mujer haya llegado hasta el límite del sí. Esto debiera metérselo en la cabeza el abogado que ha estado rastreando la vida íntima de la víctima, que ya tiene bastante con superar la situación de humillación, como para encima tener que justificar su libertad sexual.

        ¿Qué hay en la mente de los cinco descerebrados de La Manada? ¿Piensan en lo que han hecho y se arrepienten realmente o solo esperan el truco procesal que los deje libres a cambio de machacar más aún a la víctima? ¿Resulta tan divertido colgar su hazaña en las redes? ¿Por qué? ¿Es una conducta normal o patológica? Lamentablemente, España es un país tan gracioso, tan necesitado de reconocimiento en lo chisposo, que se está dispuesto a cualquier cosa con tal de que te celebren una gracia en las redes o en la taberna. Lástima que no luchemos con la misma energía por la eficacia, la competitividad, la cultura, la excelencia, la educación o los derechos sociales.

        Definitivamente, estamos enfermos. La cota de libertad, para mí incuestionable, alcanzada durante la transición no se corresponde mínimamente con la cota de responsabilidad necesaria para ejercer esa merecida libertad y nos creemos que nuestros actos, por ser libres, no tienen consecuencias, tal es la pérdida de valores a que hemos llegado. Valores, por cierto, que deberían proceder de la educación familiar, machaconamente repetidos hasta formar parte de la conciencia del niño. Digo esto porque alguien le echará la culpa (¡una culpa más!) a la escuela, que curiosamente es la única institución que enseña esos valores, escasamente refrendados luego en las familias.

         Por cierto, hubo un área educativa, la Educación para la Ciudadanía, que tenía la misión de reinstaurar en la escuela los valores perdidos. El PP la consideró doctrinaria (¡los herederos de la Formación del Espíritu Nacional franquista consideran doctrinaria una asignatura porque menciona la cuestión de género!) y laminó la asignatura tan pronto como llegó al poder y José Ignacio Wert ocupó la cartera de Educación. De aquellos polvos, estos lodos. Y suma y sigue…

        Me aferro a una escasa esperanza: la de ver a los miembros de la Manada en una cárcel durante muchos años y a la víctima restituida de todo el daño que se le ha hecho y se le sigue haciendo… Lo demás son achaques de un país éticamente moribundo.

Alberto Granados

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La noche de difuntos

 

        Soy el menor de cinco hermanos, por lo que las costumbres, los ritos y hasta las creencias de mi familia, me fueron impuestas por las determinaciones de mi abuela, mis padres y mis hermanos. Y entre esas costumbres, yo asumí como algo irrefutable, casi predeterminado desde el principio de los siglos, que la noche de difuntos tenía un misterio, unas resonancias mágicas y hasta una gastronomía bien distintos del resto de las noches, como sucedía con la Nochebuena o la noche de Reyes.

        Por entonces se nos decía que la fiesta de difuntos servía para recordar a los muertos de la familia. Yo, con siete u ocho años no recordaba tener ningún muerto, aunque mi madre me hablaba de su padre, de varios hermanos desaparecidos. Y me lo decía con una solemnidad que inmediatamente sacralizaba mi recuerdo inducido de esos muertos familiares, produciéndome una melancolía y unas sensaciones cuya raíz no conseguía entender.

        Pero me gustaba. Me encantaba el menú especial de la cena de difuntos, que incluía, invariablemente, cualquier plato ligero y un postre variado y distinto al de siempre: castañas (asadas o en crudo), batata con canela en almíbar y la gran especialidad: gachas de harina con miel de caña por encima. Solo por este postre, valía la pena aguantar la vigilia de difuntos, a la que íbamos toda la familia, a unas horas en que normalmente todos estábamos acostados: la medianoche.

Tumba del cementerio de Granada

        Hubo un tiempo en que me dio por plantearme el tema de la muerte y esa noche tan especial adquirió un aire tenebroso. Recordaba un poema, “Qué solos se quedan los muertos”, de G. A. Bécquer, que yo ya casi me sabía pues desde los ocho o nueve años yo venía leyendo un soberbio libro que me acercó a nuestros poetas: “Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana”. Me asustaba la muerte y el doble de las campanas de las tres iglesias del pueblo me erizaba la piel. Pero valía la pena pasar un miedo razonable si se compensaba con el postre especial.

        Había otro elemento: la mayoría de las emisoras de radio ponían esa noche el “Don Juan Tenorio”, en versión de teatro leído. Las voces eran las de los seriales radiofónicos que oía mi madre. Oírlos durante la silenciosa cena, atender la eficacia de los míseros efectos especiales de entonces, participar en el espectral universo del drama, atender los solemnes octosílabos de Zorrilla, obtener la enorme victoria moral de anticipar un par de versos al actor radiofónico… eso era un placer indescriptible. Mi padre, que conocía la obra de Zorrilla, ponía voz engolada y, sonriente, avanzaba:

                -No os podréis quejar de mí,

                vosotros, a quien maté;

                si buena vida os quité,

                buena sepultura os di…

Panteón del cementerio de Alcaudete (Jaén)

        Mi escena preferida era la de la apuesta del primer acto, que conseguí aprenderme de memoria copiándola  manuscrita del libro de literatura de sexto de aquel bachillerato superior de alguno de mis hermanos… y la soltaba entera, buscando con ello la admiración de mis padres y alguna burla por parte de mis hermanos, que no veían ningún mérito y sentían celos del afecto que mi padre dedicaba al niño pequeño de la casa.

        Aún quedaba un elemento verdaderamente festivo de aquella noche especial. Al regresar de los oficios, de nuevo toda la familia junta, encontrábamos las gachas sobrantes, ya frías, convertidas en un desagradable engrudo. Mis hermanos tenían unas latas vacías de leche condensada a las que echábamos aquella masa pastosa. Mi padre nos autorizaba a salir de nuevo, pese a las muestras de incomodidad de mi madre, que jamás aprobó la costumbre: tapábamos con aquello las cerraduras de los vecinos molestos, regañones o chismosos. Había que hacerlo en sigilo y amparados por la escasa iluminación de la época: una bombilla cada treinta o cuarenta metros. Cumplida nuestra misión vengadora, regresábamos a casa y mi padre nos preguntaba a quiénes habíamos fastidiado. Mi madre ni siquiera quería saberlo. Nos acostábamos y a la mañana siguiente, cuando mi padre abría la puerta, se encontraba con la cerradura atascada de engrudo y lo oíamos enojarse:

        -Pero quién habrá sido el cabrón que nos ha hecho esto… Mira que como han puesto la puerta…

        Y nosotros, desde la cama, nos partíamos de risa.

        La memoria, esa anciana machacona que goza devolviéndonos los recuerdos cambiados, ennoblecidos por la pátina de los años y casi siempre engañosos, me trae siempre por estas fechas la evocación de las noches de difuntos que yo vivía en los años cincuenta y primeros sesenta en Alcaudete, un pueblo retenido en la inmutabilidad del tiempo y perdido en zona de nadie, entre Jaén y la provincia de Córdoba. Observo que no queda nada de aquella magia antigua y pienso en el maldito Halloween anglosajón y en la invasión cultural y, sobre todo, en los muertos que ya llevo acumulando desde hace décadas, esos muertos que me hacen ver que me acerco a los huecos de primera fila que han dejado para mí, porque la vida, como los recuerdos, gasta estas mortales bromas.

Alberto Granados