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España enferma

        ¿Cuántas veces hemos pensado que los americanos están locos cada vez que alguien se atrinchera armado y provoca una matanza? Y es que señalar conductas anómalas es muy fácil. Lo difícil es analizar su origen y modificarlas, que tendría que ser una de las tareas prioritarias de los gobiernos de esos países enfermos.

        Pero hay que ser cauteloso en el uso de los diagnósticos sociales, pues nosotros también vivimos en un país que da muestras, tan inequívocas como alarmantes, de padecer una gravísima patología social. Hay que admitirlo: nuestra sociedad adolece de una serie de disfunciones que me hacen pensar en un futuro bastante negro. No es normal que un partido cuya corrupción es cada vez más patente, extendida por varias comunidades autónomas y que alcanza a media cúpula siga en el poder, sin una dimisión, sin una disculpa, sin una explicación veraz. Ni que la justicia caiga en manos de los partidos, que imponen sus cuotas de poder en los órganos que debieran ser más neutrales e independientes. Como tampoco es normal que se haya permitido a la sociedad catalana provocar la intoxicación independentista, que tan grave fractura social ha producido, junto a una inseguridad financiera que nos pone de nuevo en el punto de mira de las consultoras que mandan en el mercado bancario.

       Tampoco me parece normal que la iglesia católica inmatricule con tantas facilidades aquellos bienes patrimoniales que deberían pertenecer al Estado, sin que nadie haya hecho lo más mínimo por salvaguardarlos o recuperarlos. Ni que la educación vaya por los derroteros lastimosos por los que se mueve (falta de autoridad de profesores, poder absoluto de padres y madres, grupos de WhatsApp para controlar la labor de los docentes, nivel mínimo de exigencia a los niños…).

        Un país en el que una región se declara independiente para, diez segundos después, dejar en suspenso esa independencia, es un país que ha perdido el norte. Dicha independencia, según sus voceros, responde a una mayoría popular, dato este que, por mucho que se empeñen, no puede recibirse sin carcajadas. ¿Mayoría popular es la que viene de un referéndum ilegal y realizado sin la menor garantía? ¿Así de serias son la jerarquía independentista catalana, su gente, su cultura? Yo esperaba más coherencia desde luego.

        Un país que acepta como una fruslería que cada año mueran a manos de sus parejas o ex-parejas más de cincuenta mujeres no está sano. Tampoco es sano una sociedad en que abundan los casos de acoso escolar, las palizas entre adolescentes sin más objetivo que la difusa fama que otorgan las redes sociales.

        Pero si todas estas situaciones no son enfermizas, en esta última semana han aparecido dos noticias que ya me dejan noqueado. La primera es el resultado de una encuesta en que se analiza la percepción de adolescentes y jóvenes sobre la violencia de género. Parece que la situación se ve normal, que ha pasado toda la vida y no tiene por qué cambiar, que lo que pasa es que el tema se ha “politizado”, etc. Que nuestros jóvenes de hasta 29 años mantengan estos argumentos sin el menor asomo de sentido crítico me parece una aberración social gravísima, algo tan terrible que no me deja demasiado espacio para la esperanza.

        La segunda noticia de la semana, mucho más grave, es que un abogado de los que defienden a los violadores de los sanfermines, ha ordenado un seguimiento de la víctima en las redes. Pretende con ello dejar claro que la víctima no lo es tanto, porque la información recogida podría indicar una cierta promiscuidad de la joven. O dicho de otra forma: minimizar las graves acusaciones contra “La Manada” en razón de una conducta pretendidamente licenciosa por parte de la chica.

        El juez ha admitido dicho engendro como prueba válida, lo que indica el lamentable estado de eso que llamamos justicia, aunque no lo sea. Frente a las realidades objetivas, la víctima pasa a ser parcialmente la acusada, se le hace revivir una situación de violencia, se la cuestiona socialmente y se la echa a los leones mediáticos. ¡Justicia pura! Me pregunto qué peso específico tendrá la conciencia propia del juez sobre la sentencia y no consigo catalogar la catadura moral del abogado que ha planteado algo tan sucio y repugnante como es esa estrategia que no prueba nada en ningún caso.

        Durante los años setenta la mujer alcanzó en España su libertad sexual, algo que era una realidad en todos los países occidentales y que solo el nacionalcatolicismo había frenado en nuestro país. A partir de ahí, cada mujer hace de su capa un sayo y, en todo caso, tiene derecho a decir no cuando realmente no le apetezca, ya sea al inicio, o en el momento álgido del cortejo. Esto, tan simple, parece ser francamente arduo para las entendederas de los hombres. No significa sencillamente no. Cualquier consideración que violente esa realidad se cae por su base. Tal vez una mujer empiece las maniobras de ese coqueteo erótico, tal vez llegue casi al límite, tal vez… Pero si finalmente decide que no, por el motivo que sea, el varón no puede, en ningún caso, considerar ningún derecho sexual adquirido. Pasar de ahí es violentar un derecho de la mujer.

          No cabe duda de que una situación así tiene un enorme sentido de frustración del hombre, en pleno calentón, pero es lo que hay. No es no y no puede usarse como eximente penal el que la mujer haya llegado hasta el límite del sí. Esto debiera metérselo en la cabeza el abogado que ha estado rastreando la vida íntima de la víctima, que ya tiene bastante con superar la situación de humillación, como para encima tener que justificar su libertad sexual.

        ¿Qué hay en la mente de los cinco descerebrados de La Manada? ¿Piensan en lo que han hecho y se arrepienten realmente o solo esperan el truco procesal que los deje libres a cambio de machacar más aún a la víctima? ¿Resulta tan divertido colgar su hazaña en las redes? ¿Por qué? ¿Es una conducta normal o patológica? Lamentablemente, España es un país tan gracioso, tan necesitado de reconocimiento en lo chisposo, que se está dispuesto a cualquier cosa con tal de que te celebren una gracia en las redes o en la taberna. Lástima que no luchemos con la misma energía por la eficacia, la competitividad, la cultura, la excelencia, la educación o los derechos sociales.

        Definitivamente, estamos enfermos. La cota de libertad, para mí incuestionable, alcanzada durante la transición no se corresponde mínimamente con la cota de responsabilidad necesaria para ejercer esa merecida libertad y nos creemos que nuestros actos, por ser libres, no tienen consecuencias, tal es la pérdida de valores a que hemos llegado. Valores, por cierto, que deberían proceder de la educación familiar, machaconamente repetidos hasta formar parte de la conciencia del niño. Digo esto porque alguien le echará la culpa (¡una culpa más!) a la escuela, que curiosamente es la única institución que enseña esos valores, escasamente refrendados luego en las familias.

         Por cierto, hubo un área educativa, la Educación para la Ciudadanía, que tenía la misión de reinstaurar en la escuela los valores perdidos. El PP la consideró doctrinaria (¡los herederos de la Formación del Espíritu Nacional franquista consideran doctrinaria una asignatura porque menciona la cuestión de género!) y laminó la asignatura tan pronto como llegó al poder y José Ignacio Wert ocupó la cartera de Educación. De aquellos polvos, estos lodos. Y suma y sigue…

        Me aferro a una escasa esperanza: la de ver a los miembros de la Manada en una cárcel durante muchos años y a la víctima restituida de todo el daño que se le ha hecho y se le sigue haciendo… Lo demás son achaques de un país éticamente moribundo.

Alberto Granados

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La noche de difuntos

 

        Soy el menor de cinco hermanos, por lo que las costumbres, los ritos y hasta las creencias de mi familia, me fueron impuestas por las determinaciones de mi abuela, mis padres y mis hermanos. Y entre esas costumbres, yo asumí como algo irrefutable, casi predeterminado desde el principio de los siglos, que la noche de difuntos tenía un misterio, unas resonancias mágicas y hasta una gastronomía bien distintos del resto de las noches, como sucedía con la Nochebuena o la noche de Reyes.

        Por entonces se nos decía que la fiesta de difuntos servía para recordar a los muertos de la familia. Yo, con siete u ocho años no recordaba tener ningún muerto, aunque mi madre me hablaba de su padre, de varios hermanos desaparecidos. Y me lo decía con una solemnidad que inmediatamente sacralizaba mi recuerdo inducido de esos muertos familiares, produciéndome una melancolía y unas sensaciones cuya raíz no conseguía entender.

        Pero me gustaba. Me encantaba el menú especial de la cena de difuntos, que incluía, invariablemente, cualquier plato ligero y un postre variado y distinto al de siempre: castañas (asadas o en crudo), batata con canela en almíbar y la gran especialidad: gachas de harina con miel de caña por encima. Solo por este postre, valía la pena aguantar la vigilia de difuntos, a la que íbamos toda la familia, a unas horas en que normalmente todos estábamos acostados: la medianoche.

Tumba del cementerio de Granada

        Hubo un tiempo en que me dio por plantearme el tema de la muerte y esa noche tan especial adquirió un aire tenebroso. Recordaba un poema, “Qué solos se quedan los muertos”, de G. A. Bécquer, que yo ya casi me sabía pues desde los ocho o nueve años yo venía leyendo un soberbio libro que me acercó a nuestros poetas: “Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana”. Me asustaba la muerte y el doble de las campanas de las tres iglesias del pueblo me erizaba la piel. Pero valía la pena pasar un miedo razonable si se compensaba con el postre especial.

        Había otro elemento: la mayoría de las emisoras de radio ponían esa noche el “Don Juan Tenorio”, en versión de teatro leído. Las voces eran las de los seriales radiofónicos que oía mi madre. Oírlos durante la silenciosa cena, atender la eficacia de los míseros efectos especiales de entonces, participar en el espectral universo del drama, atender los solemnes octosílabos de Zorrilla, obtener la enorme victoria moral de anticipar un par de versos al actor radiofónico… eso era un placer indescriptible. Mi padre, que conocía la obra de Zorrilla, ponía voz engolada y, sonriente, avanzaba:

                -No os podréis quejar de mí,

                vosotros, a quien maté;

                si buena vida os quité,

                buena sepultura os di…

Panteón del cementerio de Alcaudete (Jaén)

        Mi escena preferida era la de la apuesta del primer acto, que conseguí aprenderme de memoria copiándola  manuscrita del libro de literatura de sexto de aquel bachillerato superior de alguno de mis hermanos… y la soltaba entera, buscando con ello la admiración de mis padres y alguna burla por parte de mis hermanos, que no veían ningún mérito y sentían celos del afecto que mi padre dedicaba al niño pequeño de la casa.

        Aún quedaba un elemento verdaderamente festivo de aquella noche especial. Al regresar de los oficios, de nuevo toda la familia junta, encontrábamos las gachas sobrantes, ya frías, convertidas en un desagradable engrudo. Mis hermanos tenían unas latas vacías de leche condensada a las que echábamos aquella masa pastosa. Mi padre nos autorizaba a salir de nuevo, pese a las muestras de incomodidad de mi madre, que jamás aprobó la costumbre: tapábamos con aquello las cerraduras de los vecinos molestos, regañones o chismosos. Había que hacerlo en sigilo y amparados por la escasa iluminación de la época: una bombilla cada treinta o cuarenta metros. Cumplida nuestra misión vengadora, regresábamos a casa y mi padre nos preguntaba a quiénes habíamos fastidiado. Mi madre ni siquiera quería saberlo. Nos acostábamos y a la mañana siguiente, cuando mi padre abría la puerta, se encontraba con la cerradura atascada de engrudo y lo oíamos enojarse:

        -Pero quién habrá sido el cabrón que nos ha hecho esto… Mira que como han puesto la puerta…

        Y nosotros, desde la cama, nos partíamos de risa.

        La memoria, esa anciana machacona que goza devolviéndonos los recuerdos cambiados, ennoblecidos por la pátina de los años y casi siempre engañosos, me trae siempre por estas fechas la evocación de las noches de difuntos que yo vivía en los años cincuenta y primeros sesenta en Alcaudete, un pueblo retenido en la inmutabilidad del tiempo y perdido en zona de nadie, entre Jaén y la provincia de Córdoba. Observo que no queda nada de aquella magia antigua y pienso en el maldito Halloween anglosajón y en la invasión cultural y, sobre todo, en los muertos que ya llevo acumulando desde hace décadas, esos muertos que me hacen ver que me acerco a los huecos de primera fila que han dejado para mí, porque la vida, como los recuerdos, gasta estas mortales bromas.

Alberto Granados

 

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Mi doble jornada muñozmoliniana

 

 

 

        Mi agenda cultural de este mes comprendía dos hechos muy relevantes para mí: el homenaje a Francisco Gil Craviotto que le estábamos preparando con todo el sigilo posible en esta chismosa ciudad y la presencia doble de Antonio Muñoz Molina en Granada, que tal vez me brindara la oportunidad de conocerlo en persona tras más de treinta años de admiración. Y ambas fechas llegaron. En esta entrada, pretendo resumir el impacto que el autor ubetense produjo entre su público.

        El lunes pasado, día 23, Muñoz Molina impartió una conferencia en el Aula Magna de la Facultad de Letras, un lugar en el que tanto él como yo mismo, cursamos nuestras respectivas licenciaturas. La conferencia llevaba por título “Escribir, leer, mirar, escuchar” y congregó, no solo a muchos jovencísimos estudiantes de la casa, sino a otros muchos nostálgicos jubilados.

La obra de Muñoz Molina expuesta por la Biblioteca de la Facultad de Letras de la UGR

        Antonio, acompañado de la Rectora de la UGR, del Decano de la Facultad y del Director del Departamento de Lengua y Literatura, esperó estoicamente los discursos y presentaciones, que si resultaron protocolarios, también dejaron traslucir la admiración y el afecto que se le tiene en Granada.

        Llegado su momento, un Muñoz Molina, sobrio en gestos y dicción, inició su alocución, sin el apoyo de un simple folio, como si lo que nos iba a decir formara parte de un largo ceremonial mil veces repetido. Con una voz cercana, nos habló de lo que él mejor conoce: los entresijos de la creación literaria. Era como un taller de escritura creativa destinado a las cuatrocientas personas (calculo yo) que le escuchamos.

        Empezó por una idea que aparece en varios artículos suyos: todas las obras de creación que admiramos existen, pero podrían no haber aparecido nunca, si las circunstancias del autor hubieran sido otras. Esta reflexión le llevó a hablar de la necesidad de las medidas sociales y educativas que los gobiernos deben poner sobre el tapete para que todos puedan explotar sus potencialidades: “Si yo hubiera nacido solo unos años antes, no habría obtenido beca, no habría podido estudiar y sería el heredero del destino de mi padre, en mi huerta y en el puesto del mercado de Úbeda”.

AMM firmando ejemplares en la Facultad de Letras

        Antonio siguió hablando de la observación necesaria, del habla de la calle, de lo que tiene de desafío el escribir un texto, del desaliento y del triunfo que supone terminarlo… No parecía un conferenciante, sino un maestro en plena tarea de enseñar a los alumnos.

        Habló de que la creación literaria necesita a la vez de la soberbia de plantearse escribir y de la humildad de aceptar las correcciones de un editor o de alguien cercano; como también necesita de contención y, a la vez, de la libertad creativa. Eran casi las dos de la tarde, el hambre se dejaba notar, muchos estudiantes se fueron saliendo para encaminarse a la cafetería a almorzar… Y en la sala (la misma en que hace treinta años oí a don Rafael Lapesa), aún bastante llena, se escuchó un fervoroso aplauso cuando el autor terminó su exposición.

        Tras algunas preguntas, un señor pidió turno. Un rato antes, Muñoz Molina había asegurado que hay cosas sobre las que es mejor no intentar escribir y puso como ejemplo la panorámica que esa misma mañana había visto desde el Carmen de la Victoria: la Alhambra al frente y una difusa bruma que llenaba de magia el monumento nazarí. Había añadido: “Yo jamás lograría reflejar lo que mis ojos han visto”. El anónimo interviniente, se limitó a asegurarle: “No lo ha conseguido aún, pero lo hará”.

        Hubo muchos lectores que se acercaron a la mesa para que les firmara ejemplares de sus libros; las bibliotecarias de la Facultad, que habían colocado un expositor con extensa bibliografía del y sobre el autor, se acercaron a saludarlo; y cuando apenas quedaba nadie yo hice lo propio. Después, lo más discretamente que pude lo dejé con los organizadores, viejos conocidos míos, que en esta ocasión ejercían funciones institucionales. Me supo a poco.

AMM leyendo su discurso 1

        Y esa misma tarde, en el Aula Magna de la antigua Facultad de Medicina, también llena a rebosar, con toda la solemnidad y la prosopopeya que la Academia de Buenas Letras de Granada imprime a sus actividades (chaqué, medallas, riguroso color negro en las damas, etc.) Muñoz Molina fue recibido como miembro honorario de la institución. Leyó un bello discurso titulado “Una novela de Granada”, en que nos expuso, a académicos y público, las vicisitudes de una novela inacabada (Bajo la luz tranquila de Granada) que el propio autor perdió, aunque yo he leído algunos fragmentos alojados por su amigo José Gutiérrez en la web de la UGR. En el discurso, se aclara el motivo por el que esa novela quedó en suspenso… hasta desaparecer:

        “El libro se paró y no avanzaba. Le di a mi mujer, Elvira, las páginas que llevaba escritas, esperando recibir de ella el aliento que me faltaba, o un indicio sobre la posible continuación. Elvira me dijo algo muy sabio. Si yo escribía con la integridad personal que exigía aquella materia, tendría que contar cosas que invadirían las vidas de otros, porque no estaba escribiendo una novela. Podría eludir el dilema manteniendo el relato en el ámbito sobre todo intelectual que había tenido hasta entonces, pero le faltaría la verdad personal, de experiencia íntima vivida, sin la cual corría el peligro de ser poco más que un ejercicio de nostalgia, o de autorreferencia literaria.”

AMM leyendo su discurso 2

        Y la novela desapareció, con la excepción de esos fragmentos rescatados por José Gutiérrez, uno de ellos publicado en la revista El Fingidor. Mucho tiempo después de estas consideraciones, y con la novela Como la sombra que se va, publicada en 2014, creo que las cautelas que Elvira Lindo señaló al autor en la fallida novela, apenas se sostienen, pues en la novela de 2014 Muñoz Molina se salta todas las barreras y expone sus contradicciones y miserias hasta un límite innecesariamente impúdico, sin tener en cuenta que en esta obra no solamente se desnuda él mismo, sino que la intimidad de las personas de su entorno de entonces quedan completamente señalada.

        La conferencia fue respondida por José Gutiérrez en otro discurso mucho más breve en que exponía las circunstancias de su larga amistad con el ubetense, circunstancias que yo conocía en su mayor parte, pues cada vez que nos encontramos hablamos siempre del autor y su obra.

        Lo habitual, tras la recepción de un nuevo académico, es una foto de grupo y las enhorabuenas al “misacantano”, pero esta vez, la sala era un auténtico hervidero que apenas dejaba a los presentes moverse. Opté por salirme con un buena amigo a tomarme una cerveza. De nuevo me supo a poco. La presencia de Antonio Muñoz Molina, quiero decir.

Alberto Granados

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Homenaje a Francisco Gil Craviotto

 

 

        La palabra homenaje, según el DRAE, es:

                Del occitano homenatge.

                      1 m. Acto o serie de actos que se celebran en honor de alguien o de algo.

                      2 m.  Sumisión, veneración, respeto hacia alguien o de algo. 

                      3 m. En la Edad Media, juramento solemne de fidelidad hecho a un rey o señor.

        Si abstraemos las dos primeras acepciones (“acto en honor de alguien” y “veneración, respeto hacia alguien”), tendremos la dimensión exacta del acto que por sorpresa preparamos durante unas cuantas semanas y que, finalmente, se llevó a cabo la tarde el pasado viernes día 20: el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada ofreció un homenaje a uno de sus socios más activos y dignos: mi querido amigo Francisco Gil Craviotto, del que he hablado en este blog numerosas veces.

Crónica de Antonio Arenas sobre el homenaje en Granada Hoy de ayer

        Todo empezó con un correo a finales de la primavera pasada: Celia Correa (la Presidenta del CALC) y la escritora Carolina Molina pedían colaboración y sigilo para prepararle a nuestro Paco un homenaje. La colaboración pedida consistía en ir extendiendo la propuesta entre los numerosos amigos del escritor pidiéndoles colaboraciones escritas y mucha discreción. Durante el verano, muchos de nosotros enviamos nuestro texto y las últimas semanas han sido para llamar a los rezagados, recopilar fotos de las intervenciones del homenajeado, hacer las compras pertinentes, movilizar a la propia familia del escritor, etc. Los últimos días hemos estado pendientes de esos últimos textos prometidos, de los correos en que algunos amigos se excusaban por no tener tiempo pero dejaban clara su inequívoca adhesión al hombre y al homenaje, etc.

Lleno absoluto en la sala

        Finalmente, la mencionada presidenta dejó en blanco la fecha del viernes en la programación que semanalmente nos envía, pero llamó a Gil Craviotto para indicarle que iba a haber una actividad improvisada en que se iba a hablar de la literatura del exilio, algo informal a lo que su propia experiencia de autoexiliado en París podría aportar mucho.

        Fue divertido el cariñoso engaño. Nuestro temor era que la información se hubiera filtrado y le hubiera llegado alguna noticia sobre el hecho, pero nuestro amigo se sentó en primera fila, dio comienzo el acto y cuando Celia dijo a la sala que mejor dejábamos la literatura del exilio para hablar de un exiliado dignísimo presente en el acto, la cara de Gil Craviotto cambió y creímos entender que, incluso en una ciudad tan chismosa como Granada, la figura del autor hace que se conjuren los chismes, se guarde -por una vez- el secreto deseado y se imponga el sigilo entusiasta. No se hubiera logrado con cualquiera, pero este hombre genera ese tipo de empatías.

        Mi colaboración fue esta:

        La frenética vejez de Francisco Gil Craviotto

 

 

        Solemos asociar la vejez a esa época de limitaciones en que el ser humano decide delegar tareas en la generación siguiente (hijos o sobrinos, especialmente) e iniciar con ello un desentenderse de lo cotidiano. El proceso supone una alta dosis de claudicación ante lo nuevo, la tecnología reciente, las gestiones que ya parecen insuperables… Quien llega a esa situación empieza a sentirse fuera de una realidad que a veces no entiende o que le produce un tedio insuperable. Es, sencillamente, una rendición absoluta ante lo inexorable de la vida.

        Pero hay casos en que el viejo no se rinde, ni depone sus actitudes, ni acepta las limitaciones que la simple biología va imponiendo con mano de hierro. Por eso se asegura que la edad no reside en la partida de nacimiento, sino en algún recóndito pliegue del espíritu, que hace que determinada persona mayor se rinda o, por el contrario, encuentre energías para seguir adelante, con las botas puestas hasta el último aliento. Este último es el caso de mi admirado escritor y querido amigo Francisco Gil Craviotto. Indudablemente, está viejo y hay que aceptarlo sin eufemismos ridículos ni piadosos paños calientes. Sus ochenta y cuatro años lo certifican. Es una edad en que cualquier persona es considerada vieja, senil, provecta… sin matices ni dudas. Pero hay viejos y viejos y nuestro Paco es esa clase de viejo que presenta la batalla a la edad, que no se rinde ni aparta a un lado lo que considera su obligación y que está siempre disponible para un viaje, una excursión, la participación en un ciclo de conferencias, desarrollar su creación literaria y cualquier otra cosa que se le demande.

Carolina Molina, Gil Craviotto y Celia Correa

        Paco es así y no le cuesta trabajo asumir que lo suyo es la literatura y la cultura, junto con la activa militancia en el laicismo y el republicanismo, en los derechos de las personas, en el apoyo a minorías marginales, en hacer de la gente seres más civilizados, cultivados y solidarios. Él es así y no le ve ningún mérito. No encuentra nada extraordinario en aquello que sus amigos admiramos en él.

        Gil Craviotto escribe y lee con una fruición poco común para cualquier edad. Puedo certificarlo, pues ambos estamos constantemente intercambiando libros y textos conforme los terminamos. Siempre un buen prosista y un notable cirujano de almas cuando hace sus semblanzas o dibuja sus magníficas estampas literarias, ha desarrollado en estos últimos años una producción febril y desbordada. Por otra parte, participa con una frecuencia inusitada en las actividades del Centro Artístico, de la Academia de Buenas Letras de Granada o de su asociación alpujarreña. Así, sin despeinarse siquiera, organiza completísimos ciclos de conferencias, hace de prologuista para quien se lo pida, interviene en presentaciones de libros o se va a las Alpujarras para recorrer sus pueblos y obtener de primera mano la visión que le permitirá escribir los textos que, acompañados de las fotografías de su amigo Enamoneta, verán pronto la luz de la imprenta.

        No le importa subirse a un autobús que lo llevará a Algeciras antes de cruzar el estrecho para exponer una conferencia sobre escritores ceutíes, o plantarse en la Prisión de Albolote para formar parte del jurado de relatos carcelarios, rodeado de internos con los que pasa la sesión de la entrega de premios sintiéndose como pez en el agua. Como no le importa acudir a la convocatoria de sus amigos alpujarreños para ir andando hasta Jesús del Valle. Cuando me lo contó se lo desaconsejé. No me hizo caso, pero algo falló y no encontró a los demás, así que el paseo se limitó a subir desde su casa al Aljibe de la Lluvia, en las dehesas del Generalife. Un recorrido largo y en cuesta que haría desistir a más de uno, pero que él se tomó como lo más normal, ajeno a esas limitaciones que los viejos, los realmente viejos, se imponen a sí mismos.

        Y sigue escribiendo: cuentos breves y medianos, la biografía de Hernández Quero, una novela sobre un escabroso asunto de compra de hijos que él mismo me pidió que no leyera tras enviármela por considerarla una “novela menor”… Nuestro Paco Gil Craviotto nunca se toma un respiro. No hace mucho lo entrevisté en el Centro Artístico. Cuando le pregunté por su frenética vejez respondió con palabras de su hija: “es que no sé decir que no”. Creo que no es verdad, que me dio la respuesta fácil. Hay veces en que pienso que desea batir todas las marcas y colmar su perfil de la Wikipedia de datos sobre su ya ingente obra, llena también de colaboraciones periodísticas en diversos medios. Que desea aumentar su producción literaria para demostrarse a sí mismo que aún tiene capacidad y que su cerebro se mantiene activo por encima de su edad.

Discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada (21 de mayo de 2012)

        Parece que el desaliento, los achaques de la salud, la desgana o la falta de energías no hacen mella en este hombre que muestra una enérgica resolución en este mundo de la cultura donde se ha ganado tan dignamente el lugar que ocupa y el prestigio de que goza.

        Yo, que me estoy acercando a la vejez, deseo llegar a ser un viejo como él, plantarle cara a la muerte con su fuerza, dejar tras de mí tanta admiración y tanta gratitud como este hombre sencillo y entrañable ha sido capaz de generar, como un aura que lo envuelve. Hago mías las palabras de nuestro Federico, dedicadas a Sánchez Mejías: tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace / un andaluz tan claro, tan rico de ventura.

        Querido Paco: gracias por ser como eres.

 

        AG

Gil Craviotto en el Aljibe del Rey (13 de junio de 2013)

        Durante el acto, Celia destacó el nivel de colaboración del homenajeado, se leyeron varios correos de los ausentes, Carolina Molina le hizo unas preguntas, se le entregó una caja archivadora con las páginas que unos y otros habíamos entregado, se pasaron unas fotos que yo mismo había preparado con sus múltiples colaboraciones públicas y él comentó con su habitual ironía algunas anécdotas. Finalmente, se le entregó todo aquello y se le hizo notar la presencia en la sala de su propia hija y su nieta, que se habían ocultado cuando él y su esposa llegaron para no levantar la mínima sospecha. Los asistentes tenían instaladas en sus rostros sonrisas que contrastaban con el gesto de perplejidad del protagonista.

        A veces, cuando el personaje lo merece hasta ese punto, se producen situaciones cargadas de magia. Solo a veces; solo con personajes especiales.

        Alberto Granados

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Charlie Hebdo y Cataluña

 

 

        Durante las últimas semanas he incluido tres entradas seguidas sobre Cataluña en este modesto blog. Tres entradas en que expresaba mi postura crítica hacia todo el proceso independentista, tan lleno de mentiras, victimismo y arbitrariedad. He recibido, tanto en comentarios públicos, como en correos privados, una alta dosis de descalificación por parte de viejos amigos catalanes: mi discurso es vergonzoso, soy un ignorante (y de paso, mis lectores lo son aún más por apoyar mis ideas), leo prensa no democrática, he dejado de ser demócrata, etc., etc.

        Pero anoche, un querido amigo, a través de whatsapp, me puso en la pista del último número del semanario satírico francés Charlie Hebdo, de tendencia ácrata, laica, desvergonzada, irreverente siempre y poco sospechoso de no ser demócrata: su lucha por la libertad sembró la redacción de muertos tras el atentado yihadista del día 7 de Enero de 2015.

        Este semanario, en su número aparecido el pasado martes, abre con una portada ciertamente ofensiva para Cataluña: “Los catalanes, más tontos que los corsos”. Discutible, por ser una aseveración que generaliza, además de resultar insultante.

        Pero en un editorial firmado por Riss, actual director de la publicación (“mientras me dejen vivo”, añade tras su fima), hace un magnífico análisis que suscribo plenamente y que quiero compartir con mis lectores.

Portada de Charlie Hebdo (11/10/2017)

        El texto, llamado La connerie ou la mort?! (¡¿La estupidez o la muerte?!), es el siguiente:

        «El referéndum organizado en Cataluña para su independencia hace temblar a Europa. Si todas las regiones europeas que tengan una lengua, una historia, una cultura originales empiezan a reclamar su independencia, el Viejo Continente se va a fragmentar como el casquete polar bajo los efectos del recalentamiento climático. Puesto que hay unas doscientas lenguas en Europa, ¿por qué no crear doscientos nuevos países? ¿Y por qué no proclamar tantas declaraciones de independencia como quesos y vinos hay en el continente?

        La independencia, sí, pero ¿respecto a qué? Es legítima la independencia cuando uno quiere liberarse de la tiranía o la opresión. ¿De qué destino trágico quieren hoy liberarse los catalanes? En 1977, al poco de morir Franco -éste había prohibido el uso del catalán después de su victoria en 1939-, la Generalitat de Cataluña fue restablecida, y luego la región se dotó de un parlamento y de un gobierno regionales. Pero hoy, cuando Franco ya no está, hay que buscarse otro tirano al que poder derribar. Será el Estado español y, por supuesto, la peor dictadura jamás conocida en el mundo: la Unión Europea con sede en Bruselas.”.

        Detrás de esa palabra esplendorosa, independencia, se ocultan preocupaciones a veces menos nobles. Como pasa con la Liga Norte en Italia, siempre la reclaman las regiones más ricas. Cataluña quiere la independencia porque ya no quiere soltar dinero a las otras regiones españolas menos ricas que ella. Es como si oyéramos de nuevo la voz de la innoble Margaret Thatcher: “I want my money back”. La lengua, la cultura, las tradiciones están muy bien para las postales, pero la pasta está mucho mejor. Las regiones pobres de Europa pocas veces bajan a la calle para obtener su independencia.

        Más allá de estas consideraciones mercantiles, es curioso oír algunas voces de la izquierda reclamar la independencia de una región como Cataluña en nombre de una identidad cultural, que, por cierto, nadie cuestiona. Y además, ¿por qué la identidad cultural reivindicada por los catalanes debería ser tomada en cuenta y no la identidad cristiana defendida por los xenófobos europeos? ¿Por qué las palabras “identidad” o “cultura” suenan bien cuando las pronuncia la izquierda, pero se convierten en infames cuando son la derecha y la extrema derecha las que las pronuncian? La independencia de Cataluña no tiene por objeto liberar a esta región de una tiranía que ya no existe, ni permitir a la economía ser próspera, puesto que ya lo es, y mucho menos obtener el derecho a hablar una lengua autorizada desde hace tiempo. La obsesión identitaria que se expande por Europa como la podredumbre de una fruta y afecta a la extrema derecha pero también a la izquierda. El nacionalismo de derechas y el de izquierdas tienen un punto en común: el nacionalismo.

        Cuando Cataluña haya roto las cadenas que la atan a la monarquía española y al Santo Imperio Europeo, ¿qué ocurrirá? Al son de los tambores y de los pífanos, los gallardos independentistas desfilarán por las calles de Barcelona como si fueran la Columna Durruti, las jovencitas lanzarán pétalos de rosa a los militantes que habrá desafiado con arrojo al Estado policial español, corales infantiles con niños de pelito rizado cantarán a la libertad recobrada y al euro derrotado, las abuelas desdentadas tejerán banderas con los colores de la nueva República, y los bisabuelos desempolvarán la boina que llevaban en el frente en 1936. Será muy bello, emotivo, magnífico. Y luego, al final de la tarde, todo el mundo volverá a su casa para plantarse delante de la tele y ver el concurso de turno o el partido del Barça en cuartos de final de la Copa. Cataluña bien se lo merece».

Captura de pantalla del editorial

        No sé qué dirán ni cómo me descalificarán en esta ocasión mis amigos catalanes, ahora distanciados de mí y de mi blog. Parece que no es solo cosa mía, que hay una amplia base que comparte mi punto de vista. Además, la situación ha cambiado sustancialmente: ya no hay tanta alegría por la abortada independencia, ni por la fuga de algunas importantes empresas a otros parajes donde sus inversiones estén seguras, ni por la rescisión de reservas turísticas, ni por la aplicación del 155. Tras el espejismo colectivo, se impone una dura realidad. Es como si hubiera llegado el inocente niño del entremés cervantino y hubiera descubierto para todos que el emperador va desnudo, que esos sueños inducidos se han roto para siempre. Tras la demencia colectiva (la connerie), espero que no llegue la asfixia (la mort).

Alberto Granados

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Vergüenza nacional

 

 

        No he pasado más vergüenza desde el intento fallido de Tejero, en que quedamos ante el mundo como el país que éramos entonces. Mi madre, que estaba en mi casa de Jaén por no recuerdo qué asunto médico, tenía lágrimas en los ojos y no hacía más que repetir: “¡Qué vergüenza, la Guardia Civil…!” y es que era hija de un Coronel del Instituto Armado. Aparte del peligro de involución de aquella intentona, yo sufría por su sufrimiento. Afortunadamente, la asonada fracasó y España entera reafirmó su compromiso con la democracia.

        Lo de hoy no llega en una democracia recién estrenada, sino en un sistema ya consolidado y con una Constitución que nos ha unido y permitido convivir pacíficamente, aunque se ha quedado obsoleta. Pero he sentido la misma vergüenza de entonces.

        Vergüenza por ver el empecinamiento de Puigdemont por sacar adelante una pantomima que nos deja ante nuestro entorno europeo y occidental como el país bananero que somos y seremos durante mucho tiempo. Todos sus argumentos me parecen inservibles. En realidad no hay más interés que el económico: zafarse de sus obligaciones solidarias recogidas en la Constitución (no aportar tanto al resto del Estado, en definitiva, y a las comunidades más pobres que lo sigan siendo en una falta de solidaridad que no me extraña). Y, por otro lado, evitar la acción de la justicia española: siendo un Estado unilateralmente separado, el clan Pujol y el resto de la panda de sinvergüenzas que se han estado llevando el 3% durante años quedarían inmunes. Además, para celebrar el “éxito” democrático de la nueva república, ya se sacarían una amnistía para dejar en agua de borrajas los procesos pendientes. Para ello han estado esparciendo consignas separatistas que han hecho el efecto pertinente y han convertido a la siempre inteligente Cataluña en una zona que ha dejado en suspenso su pensamiento crítico para acoger el discurso que hábilmente se les ha impuesto y que no resiste el menor análisis. Me planteo qué dirían los partidarios de la independencia, esos que han usado argumentos como “derecho a decidir”, “libertad” o “democracia, si dentro de unos años una zona de la nueva República Catalana decidiera independizarse para crear un mini-estado independiente o anexionarse a Aragón o Andorra. ¿Se volverían las tornas? ¿Cómo repararían las acusaciones que algunos nos hemos llevado por defender unas ideas en contra de todo este montaje?

Imagen de Carles Ribas en el País Hombre abatido en La Barceloneta

        Vergüenza por las cargas policiales, absolutamente desproporcionadas, que me han hecho recordar los tiempos oscuros del dictador. La ofensiva de Rajoy para parar el proceso ha sido un desastre. Se ha limitado, durante años, a esconderse en las leyes y en los jueces, como si el problema de Cataluña no le tocara resolverlo a él. Tal vez pensó que ante las amenazas judiciales y la presencia de las fuerzas armadas, la gente se frenaría. Se equivocó, una vez más, y, como el bombero que intenta apagar un incendio con gasolina, sus medidas han provocado el efecto contrario: ha aumentado el deseo independentista e incluso quienes no desean salirse de España han llegado a exigir un referéndum legal, algo que hubiera supuesto un largo período de negociación, pero los procesos pendientes por corrupción no podían esperar.

Imagen de Samuel Sánchez en El País: Desalojo y retirada de urnas del Instituto Jaime Balmes

        Vergüenza por la interpretación que ambos partidos han sacado a los medios: la Vicepresidenta Sáenz de Santamaría (su jefe ni ha concurrido ante la nación a estas horas), y el Presidente Puigdemont. Este se afana en demostrar que lleva razón, aunque sabe perfectamente que no, que no solo no lleva razón sino que ha recurrido a las más vergonzosas prácticas mafiosas: ha usado de escudos humanos a la población civil enfervorecida por su momento de gloria, ha laminado la legislación sobre consultas electorales al no disponer de censo serios, ni de colegios electorales normalizados, ni de medidas de seguridad, ni de cautelas en el uso de datos personales… ¿Se puede ser más marrullero? Está claro: no trata de llevar razón, sino de salirse con la suya, como un niño díscolo acostumbrado a que no se le niegue capricho alguno. Pero no es un niño, sino el presidente de una comunidad autónoma. Por su parte, la Vicepresidenta del Gobierno se ufana de que no se ha celebrado el referéndum, cosa que también es mentira, pues al menos una sustantiva parte de los catalanes que deseaban votar lo han hecho. Y es que estos políticos nos tratan como si fuéramos imbéciles o nos tragáramos las ruedas de molino que nos sueltan.

        Vergüenza por el nivel de división a que se nos ha llevado a toda la sociedad. Ya no es que haya partidarios y detractores de la independencia, ya es que entre estos últimos hay quienes desean simplemente que se cumplan las leyes y quienes aprovechan el desaguisado para reflotar la derecha más repugnante y sacar imágenes de Franco, cantar en las manifestaciones el Cara al Sol y otras lindezas que yo creía que ya eran cosas del pasado y que el problema catalán ha hecho reaparecer. Lo que nos faltaba.

Duelo a garrotazos (o las dos Españas), de Francisco de Goya

        Vergüenza porque Puigdemont y Rajoy aún no han presentado la dimisión: son los responsables directos del mayor descalabro que la democracia española ha sufrido hasta ahora.

       Vergüenza anticipada por las cabeceras de mañana en la prensa internacional, que van a hacer un retrato-robot en el que no vamos a salir muy favorecidos.

        Tan vergonzoso todo como el fallido golpe de Tejero. O más.

Alberto Granados

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Ante el referéndum catalán

         Soy consciente del hartazgo que produce el referéndum catalán del próximo día 1 de Octubre, un asunto desagradable, sin demasiadas salidas y tan envenenado que sea cual sea el resultado (se celebre o no y, si al final se lleva a cabo, salga que sí o que no) dejará descontento a la mayoría de los españoles. Por eso me permito añadir mi ascua a esta sardina atragantada y compartir con los lectores de este blog unas observaciones que sé que ni serán originales ni añadirán muchas ideas a las ya mil veces repetidas en tertulias, foros políticos, medios y a pie de calle.

         Más allá del sustrato independentista siempre latente, la idea del referéndum surge cuando los altos cargos de Convergencia se ven salpicados por el turbio asunto del tres por ciento. Hasta ese momento el sentido independentista estaba más que controlado. Es precisamente Artur Mas quien lanza el desafío y aparecen las movilizaciones jamás vistas antes de cada diada, el fallido 9N y, como secuela, el desafío soberanista en que estamos inmersos. Para engrasar esta maquiavélica maquinaria hace falta un culpable, un enemigo común, un pueblo opresor, que en este caso somos cada uno de nosotros. Se empieza a falsear la Historia en congresos de dudosa solvencia científica, se expone un turbio memorial de agravios (castigo a la lengua catalana en tiempos franquistas, el coste que implica a la población catalana la compensación interterritorial, desaparición de elementos e instituciones de la cultura catalana, etc.). Convenientemente caldeado el ambiente, cualquiera de nosotros pasa a ser un opresor de Cataluña, un enemigo representado en obras de teatro escolar. Yo, que ni me llamo Felipe V, ni Francisco Franco, no puedo aceptar semejante pantomima: no soy un enemigo natural de Cataluña, ni de su pueblo, ni de su hermosa lengua, ni de su cultura e instituciones, estas últimas, absorbidas por otras instituciones más operativas en el momento de la redacción de la Constitución y de sus dos Estatutos. Pero los nacionalismos tienen esos tics desde siempre y no importa que estas falacias se produzcan en la era de la aldea global.

         Y así, el fermento produce su efecto y, como una levadura infectada, exacerba el anhelo independentista y la defensa a ultranza del referéndum liberador de la dignidad catalana, frente al enemigo español.

         Para acabar de arreglar el peliagudo asunto, Rajoy, que no ha hecho el menor amago de solucionar el problema, empieza a ocupar Cataluña con las fuerzas de seguridad del Estado, recurre a los jueces y hace subir exponencialmente el número de catalanes que se sienten perseguidos. Mal arreglo.

         La confrontación llega a crear un ambiente irrespirable y la derecha cavernaria repite gestos que yo recordaba de los tiempos franquistas. He recibido cientos de whatsapps y mensajes en que se pide la intervención del Ejército, de la Legión, del mismísimo Franco… Lo que faltaba: un rebrote del fascismo más puro y duro. La confianza en la fuerza bruta por encima del diálogo. Y la izquierda buscando su sitio, sin encontrarlo, tal es el grado de polarización de la situación.

         Me preocupa, especialmente, que unos y otros repiten consignas fabricadas ad hoc, que permiten adivinar un altísimo grado de adoctrinamiento que pone un especial énfasis en el componente emocional, más que en el sentido racional y crítico. Mala elección para componer una línea argumental, un sistema de pensamiento. En este asunto, ambas partes parecen opinar con la víscera, más que con el cerebro.

 

 

 

 

        La línea argumental españolista recurre a la testosterona, a la fuerza, a los elementos que deberían quedar en los cuarteles y en las misiones humanitarias del extranjero, pero que jamás deberían tener el menor protagonismo en la dinámica política del país. Ya se sabe que hay generales dispuestos a ocupar Cataluña a cualquier precio.

        La línea independentista reparte sus esfuerzos en varios frentes:

        Desprestigiar a la prensa que no comulga con su causa, no importa el prestigio internacional de determinados medios, su grado de seguimiento, su capacidad de crear opinión. Basta con saber que no son proclives a la independencia para ser tachados de antidemocráticos. También les ocurre lo mismo a personajes como Joan Marsé, Serrat o los alcaldes contrarios al referéndum, señalados públicamente como nazis, renegados o vendidos. La caza de brujas ha comenzado.

        Atribuirse la legalidad y legitimidad, frente a la opuesta y jerárquicamente superior. Lo que dicen jueces, tribunales, analistas, etc. es ilegal o ilegítimo, pues la legitimidad está en manos de los que promueven el referéndum. Sin el menor sonrojo, ni resquicio de cuestionamiento. Basta con el remoquete, escasamente elaborado, de que un partido corrupto no puede, no está legitimado para frustrar las quimeras independentistas. ¡Y esto se imparte desde Convergencia, corrupto hasta su misma médula, al igual que el PP!

        Identificar el desacuerdo con el proceso con falta de democracia. Algún corresponsal catalán me ha descalificado frontalmente llegando a preguntarme si sigo siendo demócrata. O yo o el caos. Sin matices.

        El victimismo. Cualquier idea contra la independencia es un acto de persecución contra la pobre Cataluña, incomprendida, perseguida, oprimida… que, inequívocamente, tiene derecho a su referéndum, que, ese sí, es democrático.

 

 

 

 

       Y con estos mimbres, se fabrica un cesto que encierra la mayor cota de demagogia, de trampa y de enfrentamiento de la última historia de España. Buen logro.

        Pero vayamos al hecho en sí del referéndum del próximo día 1. Yo solo conozco la pregunta (si se desea que Cataluña se constituya en una República independiente), pero no conozco las condiciones: censo, apoderados de otras opciones, algo vagamente parecido a las garantías de una Junta Electoral, qué porcentaje de votos favorables se requiere para continuar con la “desconexión” (¿mayoría simple, dos tercios, unos cuantos coleguitas?. Un referéndum, plantado con esta falta de rigor, caso de celebrarse, no creo que tenga la menor credibilidad, aunque todos sabemos que eso es secundario, ya que el objetivo de la consulta no es saber cuántos votan sí y cuántos no, sino irse por las bravas, eso sí, todo revestido de los oropeles de una votación seria. Sin censo, ¿cuántas veces podrá votar la gente con solo ir de uno a otro colegio electoral? ¿No hay en las mesas electorales apoderados de los partidos contrarios al referéndum y a la independencia? ¿Qué va a pasar el domingo?

        Por lo pronto, la más feroz división social. Y la posible ruina económica, tanto de España como de la nueva Cataluña independiente. Todos vamos a pagar esta demencia que carece de proyecto, de líneas maestras de la nueva política, de la que nadie sabe nada. Y es que eso, el día a día político, se improvisará sobre la marcha, que aquí el único objetivo realmente importante es la desconexión. Lo demás parece importar poco: el espectáculo debe continuar.

        Lo más dramático de todo el asunto lo enunció Artur Mas hace un par de días: al margen de que se celebre el referéndum o no, o del eventual resultado, España ha perdido de facto a Cataluña. Y eso no tiene remedio.

Alberto Granados