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La verdad y la mentira del Día de Andalucía

NOTA PREVIA: Este texto ha aparecido hace unos días en el último número de la revista accitana Wadi-as. Se me pidieron 500 o 600 palabras y a eso me he ceñido, pero hubiera dicho mucho más, porque la Andalucía imparable sigue parada y porque yo tenía unas expectativas mucho más altas. Las imágenes de los líderes andaluces están tomadas de Google.

 

 

 

Portada del Wadi-as

Portada del Wadi-as

 

 

Rafael Escudero

Rafael Escudero

 

 

 

José Rodríguez de la Borbolla

José Rodríguez de la Borbolla

 

 

 

        Conmemorar el día de los andaluces, en mi opinión, es algo mucho más serio que unas declaraciones oficiales, una mención de pasada en los centros educativos y en las instituciones, una reiterativa serie de discursos y una verbena llena de sevillanas y alimentos populares. Si la conmemoración se queda en eso, creo que solo se alcanza una de esas alegrías a plazo fijo que, como en el caso de las navidades, nos regala un puente, un cierto aire de fiesta y poco más.

 

 

Manuel Chaves

Manuel Chaves

 

 

 

 

José Antonio Griñán

José Antonio Griñán

 

 

 

Susana Díaz

Susana Díaz

 

        Conmemorar nuestra fiesta implica algo mucho más serio: una reflexión sobre el significado de Andalucía a lo largo del pasado, en el momento actual y la posible proyección hacia el futuro de las potencialidades andaluzas. Pero eso es harina de otro costal, pues somos un pueblo resignado ante la adversidad, el paro, el atraso, la escasa cultura práctica y la falta de recursos que nos sitúan desde hace siglos en la zona más baja de todas las estadísticas posibles. Y sería de agradecer que las instituciones y los partidos políticos hicieran un riguroso análisis. La Historia hace tiempo que lo ha hecho,  pero parece que ni el gobierno de Madrid ni el de Sevilla han sabido interpretar las causas profundas de nuestro atraso en el supuesto de que hayan leído algo al respecto. Parece que nos resulta suficiente mirarnos el ombligo, recurrir a la riqueza de nuestro folklore, al flamenco y las dichosas e invasivas sevillanas, a Alberti, Lorca, Góngora, Murillo, Picasso, etc., a nuestro importantísimo patrimonio artístico, a nuestros variados elementos turísticos…

 

 

Gaspar Zarrías

Gaspar Zarrías

 

 

 

Javier Arenas

Javier Arenas

 

 

 

 

        Sin restarles un ápice de trascendencia a semejantes glorias incuestionables, creo que Andalucía debe dar un golpe de timón y plantearse muy seriamente en qué fallamos (el pueblo de a pie, la oligarquía y el empresariado, los dirigentes y la oposición, el mundo de la cultura, la ciudadanía…) porque, pese a los discursos oficiales de autobombo, la realidad deja mucho que desear. No nos puede bastar con los millones de turistas si no somos competitivos; ni es suficiente nuestra historia si el presente se acerca a lo desolador; ni bastan las sevillanas o la voz de Camarón si el índice de analfabetismo, de uso de bibliotecas o asistencia a espacios culturales resulta desolador. Repetimos un esquema que no sirve y que excluye de la actualidad a un amplio grupo humano, que perpetúa los viejos esquemas pretendidamente identitarios (toros, flamenco, gastronomía, simpatía con los visitantes foráneos, cofradías, casetas de feria, feria del Rocío, etc.) como si con eso bastara. Pero con eso no llegamos al mundo de excelencia que se pretende en la estructura de nuestro mundo global. Si en la crisis del 98 se pedía doble vuelta de llave al cerrojo de la tumba del Cid, la modernidad nos demanda que cerremos una identidad andaluza así de castiza, tan de oropeles, tan oficial, y nos pongamos a ganarnos nuestro futuro, sin maquillajes de colores políticos, ni reminiscencias sevillanas, ni cantos de absurdo triunfalismo, ni… Andalucía está ahí, con mil lacras que nos hemos ganado entre todos con nuestro conformismo, pero también con el inmenso potencial que llevamos dentro.

 

 

Juan Manuel Moreno Bonilla

Juan Manuel Moreno Bonilla

 

 

 

 

Juan Manuel Sánchez Gordillo

Juan Manuel Sánchez Gordillo

 

 

 

Diego Cañamero

Diego Cañamero

 

        Pero no se puede acelerar a base de permanente guerra entre partidos, de discursos oficiales que son fuego cruzado y estéril desmotivación de la gente. Alguien tendrá que conducirnos (ese es el significado de la palabra líder) hacia el mañana con energía, con carisma y con ganas de dejar atrás tanta mística andaluza, tanto atraso y tanto vacío.    

Alberto Granados

 

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La Habanera de Carmen, una visión clásica del amor

 

        Algunos años he caído en la tentación de sumarme, a través de mis dos blogs sucesivos,  a esa gregaria costumbre de dedicar la fecha de hoy a hacerle un modesto homenaje al sentimiento más contradictorio del ser humano: el amor, sea este una forma de neurosis posesiva, un disloque hormonal, un mecanismo de idealización, una enfermedad que, al igual que los resfriados, se suele curar en la cama… o todo eso a la vez.

        Al margen del aspecto comercial de esta anglosajona celebración (restaurantes, hoteles con  o sin encanto, agencias de viajes, joyerías, perfumerías, lencerías… hacen su agosto con los regalos que se intercambian los enamorados), el amor ha ocupado siempre un importante lugar en la creación literaria y ha aparecido como ese sentimiento caótico que hace bascular al ser humano entre la más absoluta felicidad y la desesperanza, entre la dicha y la decepción. El Arcipreste de Hita, Góngora, Quevedo, Lope, los poetas románticos, Pedro Salinas, García Lorca, Gil de Biedma, los poetas de la experiencia, los de la diferencia… se han ocupado abundantemente de reproducir un cliché amatorio que resiste los envites del tiempo, como si la pareja de amantes estrenaran el sentimiento que los llevará a la felicidad, a la zozobra o a la desequilibrada mezcla de ambas.

          Para esta ocasión, he traducido uno de los pasajes más conocidos de la ópera de Bizet Carmen. He elegido la famosa Habanera del primer acto, canónicamente llamada L’amour est un oiseau rebelle, que repite esquemas leídos mil veces sobre lo contradictorio del amor.

 

 

 

Escena de Paz Vega en la película Carmen (Vicente Aranda)

Escena de Paz Vega en la película Carmen (Vicente Aranda)

 

 

          Se dice que Carmen rompió definitivamente los límites entre ópera y ópera cómica, hasta entonces una especie de subproducto de la primera. Lo hizo añadiendo elementos de música popular, retratando a tipos de las clases sociales más bajas, etc. Se le considera un antecedente de la corriente verista, una adaptación de la ópera al realismo de finales del XIX. Bizet recogió el argumento de Prosper Merimée, a quien se lo había contado en su palacete granadino de la Cuesta de Gomérez, doña Manuela Kirkpatrick, la madre de la emperatriz Eugenia de Montijo. Era la época de las visitas de los viajeros románticos, en que los tipos populares, lo folklórico, lo legendario y lo exótico hacía furor en Europa. Bizet no tuvo empacho en mezclarlo todo (los toros, la raza gitana, la mujer fatal, los bandoleros, el deseo, l’amour fou, la traición por amor, la muerte…) e incluso tomó prestados ciertos pasajes que él había oído, creyendo que era música popular sin autor conocido. La propia Habanera es una adaptación de una habanera de Sebastián Iradier llamada El arreglito.

 

        He aquí el texto de dicho pasaje con la traducción que he hecho:

L’amour est un oiseau rebelle

que nul ne peut apprivoiser,

et c’est bien en vain qu’on l’appelle,

s’il lui convient de refuser!

El amor es un pájaro rebelde,

que nadie puede domesticar,

y es en vano que se le llame

si se le antoja rechazar.

Rien n’y fait, menace ou prière,

l’un parle bien, l’autre se tait;

et c’est l’autre que je préfère,

il n’a rien dit, mais il me plaît.

Nada le afecta, la amenaza o la plegaria,

La una habla mucho, la otra se calla.

Es a esta a la que yo prefiero:

No ha dicho nada, pero me place.

L’amour! l’amour! l’amour! l’amour…!

¡El amor! ¡El amor! ¡El amor! ¡El amor…!

L’amour est enfant de Bohème,

il n’a jamais, jamais connu de loi,

si tu ne m’aimes pas, je t’aime,

si je t’aime, prends garde à toi!…

El amor es un gitanillo,

que nunca, nunca, ha conocido la ley,

si tú no me amas, yo te amo,

y si yo te amo, ¡ponte en guardia…!

L’oiseau que tu croyais surprendre

battit de l’aile et s’envola…

l’amour est loin, tu peux l’attendre,

tu ne l’attends plus,… il est là…

El pájaro al que creíste sorprender

batió sus alas y voló…

el amor está lejos, puedes esperarlo,

ya no lo esperas, ahí está… 

 

Tout autour de toi, vite, vite,

il vient, s’en va, puis il revient…

tu crois le tenir, il t’évite,

tu crois l’éviter, il te tient!

En torno a ti, rápido, rápido,

viene, se va y después regresa…

Crees poseerlo, él te evita.

Crees evitarlo, él te posee.

L’amour! l’amour! l’amour! l’amour…!

¡El amor! ¡El amor! ¡El amor! ¡El amor…!

 

Imagen de la Habanera tomada del blog mejorconmusica, de blospot

Imagen de la Habanera tomada del blog mejorconmusica, de blogspot

 

 

        No creo que se haya apartado mucho de algunos poemas clásicos, tales como ese gran soneto de Quevedo que empieza “Es hielo abrasador…” o el de Lope llamado Varios efectos del amor.

        Que el amor sea generoso con vosotros y no os desquicie demasiado. O que lo haga: peor es el desamor.

  Alberto Granados

 

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Movilizaciones de la enseñanza privada concertada

 

 

 

 

        Suenan tambores de guerra en el ámbito de la enseñanza privada concertada. Hay anunciadas una serie de movilizaciones y hoy mismo se ha leído en estos centros un comunicado en el que se ha reivindicado la libertad de los padres y madres para elegir el tipo de centro que les parezca más acorde con sus creencias, estilo de vida o expectativas, algo que, según su nada inocente punto de vista, la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía ha contravenido al no firmar conciertos con determinados centros para algunas unidades de Educación Infantil.

        De hecho, hace unos días entré a mi librería de cabecera y apareció una maestra de un centro concertado para recoger un material encargado y, de rondón, pedirnos la firma en apoyo de sus reivindicaciones. No sé si los libreros firmaron, ni en el caso de haberlo hecho, lo hicieron por convicción o por no negarles la firma a un grupo de familias que, mayoritariamente, les compran a ellos los materiales y retiran allí los cheque-libros de la Consejería. Yo me negué y tuve una breve y civilizada discusión con la maestra. Yo, que no firmaba porque la escuela que yo defiendo es la pública.  Ella, que eso no excluía a la privada. Yo, que había muchos matices por discutir. Ella, que se tenía que marchar…

        No tengo yo muy claro que la enseñanza privada concertada sea, en sentido estricto, un derecho de los padres y madres. Yo la veo más bien como la consecuencia de una deficiencia de la red de centro públicos.

 

 

 

 

Colegio privado que segrega por sexo. Imagen de Laicismo.org

Colegio privado que segrega por sexo. Imagen de Laicismo.org

 

 

        El Estado tiene la obligación constitucional de ofrecer un puesto escolar a toda la población en edad de cursar los niveles obligatorios. Si la red de centros públicos consiguiera algún día escolarizar al 100% de los niños, esos y no otros, serían los puestos escolares de que dispondría la sociedad. Como no se ha llegado a ese nivel, el Estado concierta con la enseñanza privada una enorme cantidad de puestos. Se entiende que puestos necesarios (porque la red pública no tiene para esos niveles y zonas). Si no lo son, no hay por qué concertar ya que se entiende que hay puestos escolares disponibles.

        Quien desee otro tipo de centro (sin poblaciones marginales ni migrantes, con una garantía de nivel pequeñoburgués para sus nenes, con costoso uniforme que ya de por sí resulta excluyente para familias de escasos recursos, etc.), solo tendrá derecho a la gratuidad mientras se mantenga el sistema de conciertos por necesidad. Si esa necesidad desaparece, padres y madres no pueden esgrimir que tienen derechos extras. Si quieren una educación elitista, que se la paguen de su bolsillo. Nadie les negaría ese derecho: el de renunciar a un puesto público por desear algo más selecto o un grado extra de religiosidad o cualquier otro deseo de esa índole.

        Cuando no existían ordenadores ni siquiera en los despachos directivos de los centros, había centros privados que ya disponían de aula de informática. Y otros centros ofrecían clases realmente caras, a las que muchas familias apuntaban a sus hijos. Conozco un caso de un colegio privadísimo y selectísimo de Madrid que ofrecía a sus alumnos clases de equitación y otro local que sirve en el comedor cocina internacional, ya que cuenta con que sus alumnos sean parte de la clase dirigente en el futuro.

        No sé. Creo la escuela pública está para nivelar diferencias, entre otras muchas cosas. No se trata de una escuela uniforme, al estilo soviético, sino de una escuela aleatoria que cumple unos programas y que le hace frente a la enorme carga de escolarizar chiquillos de etnias que jamás han creído necesario pisar una escuela, o de niños de mil procedencias geográficas, con serias dificultades idiomáticas. Esa es la escuela que, en mi opinión, merece los recursos económicos del Estado.

 

 

 

Imagen tomada de Guerrilleros Globales

Imagen tomada de Guerrilleros Globales

 

 

 

        Hasta hace unos años, estos centros concertados que ahora se rasgan las vestiduras, tenían un sistema maquiavélico de matriculación selectiva: no concertaban los puestos de Infantil, esos mismos puestos que ahora reclaman. El motivo: al no concertarlos, sólo solicitaban puesto familias que podían pagarlo. Era un fraudulento banderín de enganche, ya que una vez dentro, el niño o niña accedía directamente a primero de Primaria. Era una bonita manera de comprarse un puesto escolar. La Consejería vio el sucio truco y obligó a todos estos centros a reiniciar el proceso al comienzo de Primaria, con lo que hubo muchos niños que perdieron “su” plaza y fueron derivados a otros colegios. Hubo unas críticas feroces por parte de las familias desposeídas y por los centros, que echaron pestes de la Consejería, convocaron manifestaciones en la puerta de la Delegación Provincial, etc. Les había salido el tiro por la culata. Los centros privados cambiaron inmediatamente el chip: ahora querían concertar a toda costa el tramo de Infantil. Por lo menos, los padres se ahorraron un dinero bien sustancioso.

        Pero ahora sobran puestos escolares en Infantil y la obligación de cualquier gestor honesto es administrar con rigor los fondos públicos. Si sobran unidades de Infantil, son las de la red privada, ya que esos puestos para todos están en la pública. Estaría bueno que hubiera que invertir una cantidad nada despreciable mientras sobran puestos, por mucho que les desagrade a las familias el ambiente de un colegio público (donde por cierto, he pasado cuarenta años como docente y donde han estudiado siempre mis hijos).

        Por si alguien sospecha que toda esta reflexión es un ataque a la privada, he de decir que siento un profundo respeto por la privada igualitaria, es decir, por aquellos centros que deliberadamente se han creado para apoyar a la población más necesitada. En Granada hay que referirse necesariamente a la obra del Padre Manjón y a sus actuaciones de hace un siglo a favor de la población analfabeta y excluida del Sacromonte y el Albayzín. O a las Adoratrices, que por estatuto de su fundadora, se ocupan de chicas que rozan la marginalidad. Eso es una verdadera extensión de la pública, no así los otros centros que incluso estimulan la idea elitista de que su alumnado tiene un carisma especial.

Alberto Granados

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La perversión de lo cotidiano en “Patria”, de Fernando Aramburu

 

 

 

        En una situación normal, la cotidianeidad es una defensa de la mente para ahorrar el esfuerzo de mantener la atención. El hábito no es sino convertir tareas en mecanismos automáticos con la consiguiente economía de esfuerzos y estrategias. Pero eso sucede en una situación normal, con  personas y conductas “normales”. Cuando la vida diaria se llena de amenazas, miedo y violencia, lo cotidiano puede ser un verdadero infierno, algo pervertido por el grupo social que impone sus criterios.

        Esta es la idea que Fernando Aramburu desarrolla en su gran novela Patria (Tusquets Editores, Barcelona, Septiembre de 2016, 648 págs.). También nos deja, junto a la trama novelística, un retrato panorámico de la vida en Euskadi durante los tiempos en que ETA enrareció la convivencia, tomando la calle, la vida y la muerte de la gente y se atribuyó la falsa grandeza épica de ser los liberadores de la opresión de lo que ellos llamaron Euskal Herría o Patria Vasca.

 

 

Patria, de Ferando Aramburu

Patria, de Fernando Aramburu

 

 

       La novela se inicia en el momento en que Bittori, viuda de un asesinado por ETA, conoce la noticia de que la banda terrorista anuncia que abandona las armas, es decir, el 20 de Octubre de 2011. Estructurada en 125 capítulos, recorre sin embargo un largo período histórico que se corresponde con la etapa sangrienta de la banda. Un recorrido de unos cuarenta años (el autor evita deliberadamente ser preciso en cuestiones de fechas) en el que el lector llega a horrorizarse al conocer la intrahistoria de las gentes de un pueblo (también voluntariamente sin nombre). Se centra en las vidas de los componentes de dos familias, desde siempre amigas, que inician caminos divergentes ante la aparición de la violencia.

De un lado, Miren y Joxian. De otro, Bittori y el Txato. Los hijos de estas familias se han criado como si fueran primos o allegados, pero todo cambia radicalmente cuando el Txato, un empresario que empezó de cero, recibe la primera carta de extorsión de la banda terrorista. A partir de ahí su tranquila rutina se deshace al ver que aparece en pintadas injuriosas, en el literal punto de mira de los terroristas y en el miedo de los demás. Ya nadie lo saluda, ni le devuelve el saludo. Deja de jugar al mus con la cuadrilla, de pedalear los domingos con su peña cicloturista, de frecuentar el bar de todos los días. Ahora él y los suyos son unos apestados a los que todo el mundo rechaza, por convicciones nacionalistas o por simple miedo a demostrar algún apoyo humano sabiendo que en el pueblo ETA tiene mil ojos y mil oídos.

        Cuando el Txato es asesinado, la viuda se marcha a San Sebastián por consejo de sus hijos. Al conocer “el cese definitivo de la lucha armada”, muchos años después, regresa al pueblo. Su presencia es una acusación, especialmente para la otra familia, sus antiguos amigos, cuyo hijo Joxe Mari es un asesino convicto del que cabe sospechar que fue el ejecutor del Txato y que lleva en la cárcel muchos años. Miren no puede soportar la presencia de su antigua amiga, su carga acusadora. Joxian, en cambio, reconoce que el hijo es un sanguinario asesino, pero por temor a su hosca mujer, no reacciona.

        Dos familias, dos generaciones, dos mundos. Los padres viven su tragedia personal y familiar (con la excepción obvia del asesinado Txato). Los hijos, tratan de solucionar sus contradicciones y dar a sus padres un apoyo que no siempre les resulta fácil, pues jamás han creído en la causa abertzale, en un caso, o están preocupados por la soledad de la madre, en el otro.

 

 

Atentando en la casa cuartel de Zaragoza en diciembre de 1987

Atentando en la casa cuartel de Zaragoza en diciembre de 1987

 

        En Patria, todo es escueto. Los capítulos son como un conjunto de tarjetas adhesivas pegadas en el muro de la historia de los vascos y del resto de España. Es el lector quien combina en su mente tanta barbarie, tanta sinrazón, tanta sangre y tanta tragedia. Cada capítulo proporciona una parte mínima de la trama en distintas épocas, en situaciones diferentes, aunque siempre está el telón de fondo de la violencia y de la muerte de Txato, anunciada ya desde las primeras líneas del libro. Por su parte, el lector tiene que armar el rompecabezas narrativo, pero no le supone esfuerzo, pues la narración fluye con una amenidad y un interés magníficamente construidos.

La trama, el estilo, el lenguaje y la propia consistencia de los personajes tienen un punto de inflexión a partir del momento en que Bittori empieza a aparecer por el pueblo que le negó incluso el pésame ante el asesinato del marido. Su presencia choca, pero su constancia va arrancando costras de odio al mismo tiempo que la sociedad vasca se vuelve a ocupar, ahora en libertad, de las cosas cotidianas, de sus vidas, amores, frustraciones, fiestas populares, deportes, etc. Lo rutinario vuelve a teñirse de colorido humano, tan distinto del de la sangre y las explosiones de los coches-bomba. Lo cotidiano vuelve a ser normal… y empiezan a asomar retazos de esperanza: Joxe Mari comprende en la cárcel lo ingenuo de su maldad; Miren se vuelve más humana, Joxian es invadido por una tristeza paralizante, mientras los hijos de ambas familias empiezan a interactuar de nuevo…

 

 

Víctimas del atentado de ETA en Hipercor de Barcelona (19 de Junio de 1987)

Víctimas del atentado de ETA en Hipercor de Barcelona (19 de Junio de 1987)

 

 

 

        Aramburu usa un lenguaje escueto, lleno de distanciamiento, casi aséptico, con muchas frases inacabadas, con vocabulario austero, con matizaciones hechas a base de series graduales de sinónimos, con participios agentes bastante inusuales, algo que le presta un cierto humor a ese lenguaje fresco que intenta diluir la miseria humana, pero en la segunda parte el autor marca el cambio con un lenguaje mucho más emocional, sin distancias, directo al sentimiento.

        No cabe la indiferencia ante este texto, que denuncia el horror de los nacionalismos extremos y nos muestra a unos personajes perseguidos por la contradicción de lo irracional. Unos ejemplos de la gloria a que ETA somete a sus descarriados ciudadanos vascos para liberarlos: pintadas insultantes, mil formas de rechazo, cartas de extorsión, amenazas, tiros en la nuca o bombas-lapa, autobuses quemados, la presencia de los chivatos (que basan sus apreciaciones en cuestiones de antipatía)… y siempre el miedo a señalarse, a no acudir a la manifestación exigida, de no colaborar con las huchas de los presos, a que alguien dé un informe desfavorable. Y este material recogido por Aramburu es el siniestro fondo en el que los personajes de ambas familias tratan de sobrevivir. Unos llorando a su padre muerto de cuatro tiros. Los otros intentando justificar e incluso enaltecer a su valiente gudari, que ha sacrificado en una cárcel los mejores años de su vida por redimir al pueblo vasco del enemigo opresor. Esto, que sucedió durante unos cuarenta años en las provincias vascas, convirtió lo cotidiano en algo perverso, algo insoportable que invita a huir… si es que se dispone del tiempo necesario para rehacer la vida en otro lugar, con otra gente y en otras circunstancias.

        Y todo este entramado narrativo surge con una aparente sencillez sin que Aramburu haga otra cosa que enfocar las mil pequeñas realidades de entonces. El libro, aparecido este verano, va en cinco meses por la octava reimpresión. No me extraña. Creo que le quedan muchas, tal es la indiscutible calidad de Patria. No me sorprendería que esta novela, o novela-crónica, además de la acogida del público y la crítica, reciba algún premio literario. No solo está su innegable calidad, sino la oportunidad de un mensaje que invite a la sociedad vasca al olvido y la reconciliación.

Alberto Granados

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Los muertos

 

 

 

 

       Parece que nos hemos acostumbrado a los muertos: los de las pateras del Estrecho, los de Alepo, los de los campos de refugiados… Cada telediario es una inmensa necrológica que nos adormece y nos insensibiliza por acumulación. Pero los muertos están ahí: ancianos, mujeres, hombres, jóvenes… y miles de niños. Una masa que podría poblar un gigantesco cementerio. Pero Europa no reacciona, ni nuestro (des)gobierno, ni nuestra clase política, ni nosotros mismos, ocupados en separar la basura que han generado nuestros regalos navideños, o en cómo van nuestras acciones, o en probar un nuevo vino o visitar el último restaurante de moda. Somos seres humanos.

       Como esa otra masa en la que cobra sentido, tanto en el contenido como en el título, ese gran relato de Ángel Olgoso llamado La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos (Las frutas de la luna, Editorial Menoscuarto, 2013) en que alguien contempla un mar formado por cadáveres.

 

 

 

Imagen del fotógrafo Visar Kryeziu, tomada de El Periódico (Enero de 2016) en que una mujer migrante protege a su hijo con una manta mientras camina cerca de Miratovac (Serbia)

Imagen del fotógrafo Visar Kryeziu, tomada de El Periódico (Enero de 2016) en que una mujer migrante protege a su hijo con una manta mientras camina cerca de Miratovac (Serbia)

 

 

       Estas reflexiones me llevan a incluir hoy un poema de César Vallejo en la sección Antología de este blog. Ni siquiera sé por qué vuelve a mi conciencia este poema, pero las bajísimas temperaturas de los Balcanes me han hecho recordarlo en una primaria asociación de ideas que deseo compartir por si os sirve para algo. O por si me sirve a mí.

MASA

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:

«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: «¡Quédate hermano!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar.

(César Vallejo, España, aparta de mí este cáliz, 1937)

Alberto Granados

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Mala estrella

A Antonio Arenas, siempre generoso en los temas de la cultura local

 

 

 

 

ACLARACIÓN PREVIA: Este relato, que solo tiene intención literaria y en ningún caso voluntad historiográfica, no se refiere a ningún personaje concreto. Soy consciente de que el texto carece del riguroso apoyo documental y los visos de exactitud que cualquier historiador exigiría: solo es una ficción, un cuento.

 

 

 

Para los lectores y seguidores de este modesto blog

Para los lectores y seguidores de este modesto blog

 

        —Mire, desde que vi el nombre del barco supe que mi aventura americana iba a ser azarosa, pero no tenía más remedio que huir y me daba igual hacia adónde… Lo importante era poner tierra de por medio o en mi caso, agua, como hice al embarcar. El Mala Estrella… ¡no podía llamarse de otro modo, si casi me parece ahora una profecía que entonces no supe interpretar…! He pensado muchas veces que ese fue el arranque de mi desgraciada vida… Pero no,  no fue ese el origen, sino solo la última parte de mi desgracia, pues nací con mala estrella como le expondré a renglón seguido… aunque lo que no entiendo es para qué quiere usted saber los detalles de mis andanzas.

        —Ya te lo he dicho, Tomás: para entenderte. Para comprender por qué una vida se tuerce hasta llegar a donde has llegado. Por desgracia, tu destino está trazado y ya que esto no es propiamente una confesión, si me autorizas, escribiré un libro que recoja los pormenores de tu vida, tan llena de contrastes, de luces y sombras, para que sirva de enseñanza moral a muchos jóvenes que pueden descarriarse como te sucedió a ti. Pero además quiero elevar a S. M. don Fernando VII una petición de indulto. Te he oído en confesión y sé cómo eres y cómo es tu alma. Tus malas acciones, con ser graves,  no merecen la implacable sentencia que el juez ha dictado. El Arzobispo me apoyará y hay muchos sevillanos de pro que firmarán mi demanda ante el Rey, Nuestro Señor.

        —Sería acaso la primera cosa buena que me pasara en la vida, padre. No tengo fe en que nadie me indulte. Eso solo le pasa a la gente de buena cuna. Los desgraciados producimos tanto miedo a los poderosos, que creen que es mejor segar la mala hierba… Haga lo que quiera, padre. Daño no me van a hacer ya ni ese libro, ni la petición de gracia. Como le he dicho, mi verdadero nombre es Tomás Ruiz y nací en un pueblo de Sevilla durante el verdeo de 1802. Por entonces se me conocía como Tomasillo el del mulero, pues ese era el oficio de mi padre, un buen hombre que siempre estuvo metido en movimientos revolucionarios y que odiaba a los poderosos y, con perdón, a los curas. Mi madre era una mujer honrada, hija del ama de cría de la Duquesa y por ello y por el hambre que pasábamos en mi casa, mi abuela me colocó a los trece años al servicio de la Señora, que siempre le tuvo aprecio. Llegué al palacio sevillano como paje o sirviente o mozo de recados, sin una tarea precisa, pues todo el mundo me mandaba y así pasé varios meses, en los que el bozo se me asentó y mi cuerpo se estiró, que digo yo que sería por la edad, pero sobre todo porque llevaba un tiempo comiendo caliente todos los días. Las mozas de la Duquesa me miraban ya de otro modo y me trataban con más atención. Yo, pecador de mí, entendí que las mujeres eran una tentación y, algo después, que yo mismo era un tentador en medio de aquella tropa de cocineras y criadas sin hombre. Y ahí mismo empezó mi perdición, como usted me ha oído en el confesionario.

        —Recuerda, Tomás, que por una mujer, Eva, se perdió la gracia para todo el género humano, que fue expulsado del Paraíso.

        —Pues algo debe de haber de verdad en eso, porque una de aquellas mozas me perdió, aunque entonces no lo vi así, sino al contrario, que me resultaba muy agradable la coyunda con aquella muchacha, solo unos años mayor que yo. Su cuerpo era cálido y me enseñó a gozar y a hacerla gozar a ella, que se volvía loca entre mis brazos. Una noche de mucho calor me dio por dibujarla desnuda con un tizón apagado. Guardó aquel papel tiznado la muy necia y lo encontró una de las gobernantas, que lo entregó a la Señora. No volví a ver a la moza, pero la Duquesa me mandó llamar y me obligó a dibujar para ella. Al principio hice dibujos de frutas, paisajes, animales, los salones del propio palacio… Una mañana me pidió que la retratara a ella. Quedó muy satisfecha con el resultado y desde entonces me ordenó bañarme a diario, me dio ropajes de calidad y me llevó a su gabinete, lleno siempre de damas y caballeros distinguidos, a quienes me hacía retratar. Algunos me obsequiaban con unas monedas, pero la mejor recompensa fue que la Duquesa me puso un maestro de pintura que me enseñó a usar los colores, los pinceles y pigmentos y, sobre todo, a pensar en la composición de los cuadros. Y así, padre, me hice pintor. Pintor de cámara me dijeron que se llamaba mi oficio y como tal, además de cómo impostor, he ido pasando la vida.

        —Lo tuviste todo en tus manos y lo desperdiciaste, Tomás. ¿Te das cuenta?

        —Mi mala estrella, señor cura, mi mala cabeza o los delirios de un joven que solo tuvo la escuela del hambre. Pero como mi historia es larga, continuaré con su venia. El caso es que en aquella pequeña corte yo aprendí los buenos modales de aquella gente e incluso algo de francés y de inglés solo de oírlos, pues allí se juntaban bastantes afrancesados, algunos exiliados a Inglaterra que habían vuelto cuando el Rey juró la Constitución y también algunos indianos. Yo, que no debo ser tonto, me empapé de todo lo que decían, de las ideas de arte y gobierno que debatían, a veces acaloradamente. Estaba en medio de un mundo que no me correspondía y di en pensar que me tenía que pertenecer algo de aquella riqueza, de aquel ambiente culto y de aquellas costumbres tan ajenas a las de mi casa. Yo le daba compañía a aquellas damas que, me figuro, veían en mí un chiquillo, pero eso fue al principio, pues a medida que yo me hacía un hombre, sus miradas cambiaron y comprendí que más de una me deseaba y si le apuro, más de uno también, que de todo hay en la viña del Señor.

        —Ya veo, Tomás, que no te faltaron ocasiones de enfangarte en lo más sucio de la vida.

        —Las veces que la Señora me daba licencia para ir unos días al pueblo para ver a mi familia, mi padre, que era muy listo, me advertía sobre los peligros que corría en Sevilla: que si tenía que considerar que yo estaba fuera de mi lugar, pues solo era un mulero; que si cuidado con relacionarme con aquellas damas caprichosas que me considerarían siempre como un juguete; que si donde se tiene la olla no se mete… ya me entiende usted, padre. Pero la juventud de un hombre es un potro desbocado que se salta todas las bardas y una mañana en que la Duquesa estaba tomando un baño en su gabinete, rodeada de sus amigas y petimetres, eso sí, tapada tras unos tenues cortinajes, percibí que el ambiente se había cargado de deseo y excitación. Las damas se miraban y se lanzaban sonrisas nerviosas y los hombres, tensos y excitados, guardaban un silencio mucho más cargado de inconfesables ideas de lo que allí se tenía por costumbre. Y yo, tonto de capirote, cometí la osadía de inventarme su desnudo: me sabía de memoria el cuerpo de una mujer y también el rostro de mi Señora, así que me limité a unirlos en uno de aquellos folios que la Duquesa encargaba para mí. Toda la tertulia se pasó aquel papel y encomió mi maestría, hasta que doña Pepita de Andrade, que tenía licencia para ver a la Señora en la más absoluta desnudez, atravesó las cortinas y puso mi dibujo en las manos del ama.

        —Una situación deshonesta y comprometida. ¿Qué pasó, Tomás?

        —Me reprendió severamente ante todos, pero vi en sus ojos que quería algo de mí, aunque no sabía qué podía ser, pues amantes tenía por docenas entre aquellos cortesanos. Aquella tarde me mandó llamar y me lo planteó abiertamente: si Goya había pintado desnuda a la de Alba, ella quería atreverse y tener también su esmerado desnudo, aunque le daba cierta vergüenza. Me preguntó si podía confiar en mi discreción y en mi silencio. Si estaba dispuesto a pintarla. De momento no debía enterarse nadie. Lógicamente, acepté.

        —¡Qué atrocidad, por Dios! ¡Cuánta podredumbre! Y esos son los nobles… ¿Qué cabe esperar del pueblo sencillo, que jamás ha recibido instrucción? ¡Pobre España…! Eso es la consecuencia de dejar circular las ideas de la Ilustración y la Razón!

 

 

 

Río Guadalquivir, Salón de Cristina y embarcadero junto al Palacio de San Telmo. Primer tercio del siglo XIX.

Río Guadalquivir, Salón de Cristina y embarcadero junto al Palacio de San Telmo. Primer tercio del siglo XIX.

 

 

        —El caso es que cuando se retiraba a sus aposentos y me mandaba llamar, se despojaba de un albornoz y posaba desnuda para los mil apuntes que hice y que ella recogía y guardaba bajo llave. Tras varios bocetos, fue ella quien decidió una pose mucho más atrevida que la yacente maja desnuda. Y a ello me apliqué en el vano intento de que no se notara demasiado la turbación que ver en cueros a una mujer tan hermosa me producía. Hasta que una tarde de posado alargué un pincel para abrirle un poco una pierna. No pretendía nada, sino dar con la postura exacta que estaba reflejando en el lienzo, como había hecho muchas veces. Solo necesitaba un mínimo cambio en la postura de aquel muslo… Me da vergüenza contarle lo que pasó, algo que usted puede imaginarse perfectamente. Lo entendí como una gozosa exigencia de quien me daba de comer y cedí a su descarada oferta. Y no me pareció que quedara descontenta de mis servicios…

        —No te recrees en esos torpes pensamientos. Recuerda que muy pronto te vas a ver ante el Juez Supremo y mejor sería que te centraras en la contrición de tus faltas, que bien cierto es, no siempre han sido culpa tuya. A ver si S. M. don Fernando tiene a bien concederte la gracia… ¡Dios lo quiera!

        —Pero déjeme que siga contándole mi triste vida, que así me olvido del garrote… Alguien sospechó lo que estaba pasando en las sesiones de pintura y le fue con el cuento al Duque, que tal vez le hubiera perdonado los cuernos a su mujer si todo hubiera pasado entre iguales, pero yo era un pobre diablo, el elemento ideal para pagar el pato, así que cuando recibí el aviso de la Señora, junto a una respetable suma de dinero, antes de vérmelas con el problema que se me venía encima robé dos o tres ropajes completos del amo y señor y me encaminé a Cádiz, pensando en desaparecer en cualquier punto de América. Tal vez el robo de esa ropa fue mi primer delito, pues lo anterior sólo habían sido bellaquerías de un joven hambriento de hembra y ansioso por salir de la pobreza.

        —Nunca debiste franquear esa puerta que te cerraba el mundo de la inocencia y la virtud, Tomás, pero continúa, por favor.

        —Por el camino me encontré a un hombre, ricamente ataviado, que iba andando hacia Cádiz, toda una caminata. Me extrañó, porque nobles y burgueses son gente que nunca se esfuerza, teniendo a su disposición carruajes y palafreneros. El caso es que me miró con una extraña desconfianza y me dije que había gato encerrado. Supuse que era un aristócrata o un burgués tan falso como yo mismo. Como yo había aprendido tanto en la corte de la Duquesa, saqué el tema del gobierno. A fin de cuentas, don Fernando VII acababa de recibir el apoyo de los cien mil hijos de San Luis (mi padre les habría llamado los cien mil hijos de de la gran puta, con perdón) y el país estaba a medias indignado. Le pedí su opinión y vi en sus modales que era un impostor, igual que yo, solo que mucho más tosco e ignorante. Me pregunté a quién le habría afanado las calzas, la levita y aquellos zapatos con hebilla de plata y sospeché que a un desgraciado que ya estaría ante el Todopoderoso. Me dije que quien roba a un ladrón mil años ha de perdón, como asegura el dicho, y en cuanto pude le di un estacazo, le robé su ropa para aumentar mi ajuar, junto a un buen bolsón de maravedíes y decidí tomar la cédula que había en la levita. Desde entonces yo sería don Alfredo de los Monteros y Fajardo-Urrutia, un hacendado de tierras de Castilla que iba en busca de su hermano mayor, embarcado hacia América hacía tres años y del que su desgraciado padre no sabía nada desde su marcha. Me fabriqué un pasado, una familia y una biografía que no eran las mías, pero que tal vez me permitieran llevar adelante mi impostura y medrar en el Nuevo Mundo.

        —Inventiva no te falta, por Dios. ¡Qué patrañas has ido urdiendo toda tu vida…!

        —Espere, espere, padre, hasta saber el resto de mi historia, que solo entonces comprenderá la locura de mis mentiras. Embarqué, pues, en el Mala Estrella, que zarpaba para una pequeña república antillana. Acababa de independizarse de la corona española y yo jamás la había oído mencionar. Pensé que debía zarpar cuanto antes y que era igual hacia adonde, como ya le he referido. Pero como siempre me acompañó mi mala estrella, al llegar allí me encontré con una especie de guerra civil entre los partidarios del derrocado Presidente, que se había hecho fuerte en un rincón de aquella mínima isla, y los del nuevo, que había sido la mano derecha del anterior. Aquello era un caos: una isla pequeña con dos presidentes y dos repúblicas, dos ejércitos y dos revoluciones distintas. Lejos de arredrarme, decidí sacar ventaja de aquel pelapollos, como habría dicho mi abuela, y me presenté ante el nuevo gobernante como pintor de cámara, por si quería que lo inmortalizara en un lienzo a la altura de su grandeza. Me miró con absoluto desprecio y creí que me mandaría al verdugo, pero uno de sus adláteres le señaló la conveniencia de un retrato oficial para darle algún brillo a aquella corte de gañanes y pisaverdes. Y empecé a pintarlo. Lo fui haciendo a salto de mata, en los escasos ratos que sus tareas de gobierno le permitían estarse quieto durante un rato. En el palacio presidencial, que nada tenía que ver con el señorío de los palacios cortesanos de aquí, siempre había mil rufianes y coimas. Aquello era un despropósito que dejaba mi idea de un Presidente por los suelos. Gente borracha, mujeres que se ofrecían desnudas como en los cuadros antiguos que me enseñó mi maestro de pintura en Sevilla, continuas peleas, machetazos y tiros… Yo me acostumbré a no mostrar la menor perplejidad ni preguntar por nada: ni por el constante cambio de aquellos extravagantes ministros, ni por los fusilazos que se oían cada amanecer, ni por los llantos de las mujeres e hijas de los detenidos y desaparecidos, que iban a preguntar por ellos y que eran humilladas, cuando no directamente violadas en el cuerpo de guardia. Algo parecido al horror me avisaba de que yo me estaba dejando llevar por aquel ambiente, pero me decía que solo intentaba no desentonar,  sobrevivir, y me aplicaba aquello de Donde quiera que fueres haz lo que vieres.

        —O sea, cerraste los ojos y te dejaste llevar. Cobarde conducta… Y cómplice… aunque supongo que si hubieras obrado de una forma diferente te habrías visto metido en algún fregado mucho más grave. Serio dilema moral. Pero prosigue, Tomás.

        —Tras varios cientos de estudios de la cara y del cuerpo, acordamos la composición del cuadro. Iría sentado en un sillón con vagos sueños de trono, vestido de general y con la pechera de la guerrera repleta de medallas que aún no había tenido tiempo de ganar. Tanta majestad le venía muy mal a aquel patán, pero aquella corte entera era un puro desvarío que estallaría por los aires en cualquier momento, o a manos del otro bando o a manos de los realistas españoles, que a duras penas intentaban contener las ansias de aquellas lejanas colonias por convertirse en repúblicas independientes, eso flotaba en el ambiente y yo me sentía triste, que siempre amé a mi patria. Todo transcurría bien para mí, cada vez mejor considerado por el extraño gobernante. Incluso hacía de intérprete cuando llegaban miembros de las embajadas francesa o inglesa, siempre interesadas más en los posibles beneficios que en el juego limpio entre naciones. Me estaba convirtiendo en un apoyo fundamental para el Presidente, al que seguía guardando un fingido respeto reverencial, ya que mi acatamiento suponía una salvaguarda en aquella especia de bárbara corte donde cualquiera podía amanecer elevado a una alta dignidad o asesinado al día siguiente. Había, sin embargo, otros cortesanos que me miraban con verdadero odio y ahí supe que antes o después llegarían los problemas. Y llegaron de la mano de un diplomático enviado por la Corona. Imaginé que a la otra corte también habría llegado otro espía con idéntica embajada: negociar la vuelta de la isla al Reino de España. El espía en cuestión se presentó con credenciales de un ministro de Madrid y mantuvo varias entrevistas privadas con el Presidente. La primera vez que nos cruzamos se quedó observándome. Después vi cómo le hacía una pregunta al Presidente, una pregunta que a juzgar por las miradas se refería a mí. Me eché a temblar. Y una tarde me interpeló: “—¿Cómo estáis, mi señor don Alfredo de los Monteros y Fajardo-Urrutia? Hace mucho que no nos encontrábamos”. Yo quedé demudado y le pregunté directamente: “—¿Quién sois, señor? No os recuerdo”. “—Es comprensible: no sois quien decís ser. Yo era amigo de don Alfredo, que apareció muerto de una herida de arma blanca en el camino de Cádiz hace poco más de un año. Sí que reconozco su levita sobre vuestro cuerpo, señor, si es que de verdad sois un señor y no un impostor, un ladrón y un asesino. Cuando vuelva a Madrid desvelaré vuestra impostura y conseguiré que la justicia os alcance dondequiera que os escondáis”. Y allí me dejó con la palabra en la boca, sin saber rebatirle sus acusaciones, cosa que era imposible, muerto de miedo al verme acusado de un crimen que yo jamás había cometido, pues yo me limité a robar a alguien que, ese sí, podía ser un asesino.

        —Pobre muchacho, bien se sabe que Dios, en su infinita sabiduría, escribe derecho con renglones torcidos. ¿Qué hiciste, mi pobre Tomás?

        —Defenderme como sabía: buscando una argucia a la desesperada, algún resquicio por el que salvar mi pellejo. Padre, yo no soy malo ni he querido nunca dañar a nadie, pero sí he sido siempre pobre y la pobreza encuentra siempre una razón o una justificación para salvar la vida o el bienestar o, siquiera, alejarse del peligro a la menor oportunidad… Y la oportunidad me llegó una madrugada en que media isla se despertó con los cañonazos que desde la otra república y desde el mar nos lanzaban los enemigos del Presidente. El palacio se tambaleaba a cada nuevo impacto, las pésimas lámparas de araña se hacían añicos y los cuarteados mármoles se resquebrajaban como el cascarón de un huevo al golpe más suave. Todo el mundo intentaba salvarse de aquel horror y ni siquiera la guardia presidencial aguantó en sus puestos, pues abandonaron a aquel pobre espectro que lloraba en el suelo como un niño en plena rabieta. Me acerqué a él y le dije: ”—Señor Presidente, creo que puedo salvaros”. “—Cómo, don Alfredo?” “—Igual que en el ajedrez: sacrificando una pieza menor. Creo que este ataque viene de la labor del espía español. Hacedlo detener, que yo lo haré pasar por vuecencia”. “¿—Cómo es posible eso, amigo?” “—Pondré su rostro en vuestro cuadro y lo tomarán por vos.” “—Una idea brillante que jamás se me hubiera ocurrido. Hazlo venir.” Y con la conciencia intranquila hice llamar a aquella amenaza para mí. El Presidente, mientras tanto, se había cambiado las ropas de oropeles falsos y ahora vestía como un sirviente. Cuando llegó el diplomático lo obligó a ponerse su uniforma de gran gala y  le disparó al corazón sin el menor miramiento. Entre los dos lo sentamos en el falso trono presidencial, tras lo cual yo pinté apresuradamente sus facciones en el retrato, de modo que cuando el palacio fue allanado una hora después, la turba enemiga y sus colaboradores los militares españoles encontraron a aquel hombre retratado como presidente, muerto por un balazo que la atravesaba la banda honorífica, llena de borlas sangrantes. Era fácil que la falsedad surtiera efecto. El Presidente ni siquiera había tenido tiempo de imprimir los billetes con su efigie y su golpe de estado estaba tan reciente que solo unas cuantas plumillas con su rostro habían aparecido en los pasquines. Por otra parte, a los españoles les daba igual un muerto que otro y los escasos fieles se dieron prisa en celebrar un funeral y unas exequias sin público. Para cuando la situación se calmó y llegó el viejo Presidente, ahora repuesto y en negociaciones con la Corona, el cuadro que yo había pintado había desaparecido en el expolio. Poco después zarpé para llegar a Cuba y allí he vivido unos años de paz y cierta prosperidad, pero ya estaba harto del Caribe, de sus costumbres y su gente. Empecé a echar de menos a mis padres y mi paisaje sevillano. Además, había tenido amoríos con una mulata casada. Era guapísima y posó para mí hasta que pasó lo que tenía que pasar. El marido, un mandinga robusto como una torre, me tenía vigilado y, ante la idea de amanecer cosido a machetazos, decidí que había llegado el momento de cambiar de aires. Zarpé sin despedirme de nadie ni anunciar mi partida. El barco se llamaba el Fortuna. Creí que, si yendo en el Mala Estrella había ido saliendo a flote y hasta ahorrado un pequeño capital, regresar en un barco llamado Fortuna era un buen presagio, pero la vida a veces juega caprichosamente con nosotros, pues fue poner pie en el puerto de Sevilla y la guardia me prendió, acusado de matar, no solo al tal don Alfredo, con cuya cédula desembarqué, sino también de haber provocado la muerte del diplomático, acusaciones ambas en las que solo hay una parte de verdad. Yo no maté a don Alfredo y en el caso del diplomático, solo cambié un muerto por otro y ni siquiera fui yo quien apretó el gatillo… La sentencia ya la conoce, padre: garrote vil. No me la merezco, como ha dicho usted, pero toda mi vida he sido un trápala y el destino ahora se burla de mí pagándome con la misma moneda. Ya solo espero que el verdugo haga su trabajo con acierto para no sufrir demasiado en mi último instante y que Dios se apiade de mí.

 

 

Azulejo de la Cárcel Real de Sevilla. Fuente Wikipedia

Azulejo de la Cárcel Real de Sevilla. Fuente Wikipedia

 

 

 

         —Hijo mío, veo que has captado perfectamente la esencia de tu vida equivocada y alejada de Dios y de su Iglesia. Rezaré por… ¿Qué es ese ruido? Parece…

        La frase queda sin terminar, pues parte del techo de la celda se viene abajo aplastando al bienintencionado cura. Tomás comprende que ya no tiene quien lo defienda ni eleve al Rey petición alguna. Una nueva sacudida echa abajo los barrotes de la celda en medio de un estruendo infernal. Fuera se oyen los gritos de pánico, el ir y venir de presos y guardianes despavoridos, junto a los lejanos alaridos de la muchedumbre, presa del pánico o herida de muerte por el terremoto. Hay una segunda réplica, muy intensa, que zarandea el cuerpo de Tomás. En la galería solo polvo que asfixia e impide ver, toses, gritos, confusión. Y Tomás se encamina a la puerta de la cárcel sin que nadie le ponga el menor obstáculo hasta llegar al centro de aquella ciudad devastada por el caos. Se dirige al puerto. Allí encuentra un barco a punto de zarpar para América. Sonríe al comprender la nueva burla del destino: es el Mala Estrella.

Alberto Granados

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Antonio César Morón escribe novela negra

 

 

        La novela negra, si es que alguna vez llegó a languidecer como género, está resurgiendo con una fuerza  indudable. Hemos pasado de leer a los clásicos (Dasiel Hammet, George Simenon, Agatha Christie…) a una generación intermedia (Vázquez Montalbán, Manuel de Pedrolo, Juan Madrid…) para llegar hasta este momento en que la antiguamente llamada novela policiaca ha roto fronteras llenando todo un espacio lector cada vez más amplio. Ahí está el fenómeno de la saga Millenium de hace unos años y la irrupción de figuras como Donna León, Hennin Mankell, Lorenzo Silva o Andrea Camilleri, vertidos a muchos idiomas y que han conseguido trascender la novela negra de su teórica posición de  subgénero a todo un fenómeno socio-literario.

       Granada también cuenta con autores que se han adentrado en las convenciones del género negro (José Luis Gastón Morata, Alfonso Salazar, Carlos Ballesta, Justo Navarro…). Ahora se suma a esta corriente el profesor universitario Antonio César Morón con una novela negra y granadina por los cuatro costados: Mientras las limusinas esperan en la calle (Editorial Nazarí, Octubre de 2016).

 

 

 

 

Antonio César Morón en el lugar del primer crimen (Foto por cortesía de Antonio Arenas)

Antonio César Morón en el lugar del primer crimen (Foto por cortesía de Antonio Arenas)

 

       Morón construye una potente intriga en la que el detective Emilio Irene, avisado por Nadia Espinosa, una abogada especializada en divorcios, encuentra en los túneles del metro ligero los restos del descuartizado cadáver de Cipriano Reixi, un empresario tan omnipotente como corrupto. A partir de ahí se producen nuevos ataques, que acaban con la vida de un juez y serias heridas intimidatorias al abogado de Reixi. La complicidad establecida inicialmente entre detective y abogada se irá volviendo desconfianza e incluso llega al sentimiento de haber sido traicionados a medida que van apareciendo nuevos datos y otros crímenes, lo que obliga a intervenir a la policía. Es el momento central de la novela, en que la intriga se abre en varios frentes y el lector desea llegar a la última página para que su angustia quede definitivamente liberada. Y es que el lector se sentirá atrapado por unas interrogantes que, aun desvelado inmediatamente el asesino (alguien que se hace llamar Dr. Acrílico), le provocan la urgente necesidad de conocer la verdadera identidad que tan estrambótico seudónimo oculta y, sobre todo, las motivaciones. Estas, en la lógica de la novela negra, han de ser muy trascendentes para llegar a tanta violencia. Pero el lector solo conocerá esa identidad, los motivos y los peligrosos planes inmediatos, que aparecen abiertos a mil posibilidades mientras la trama avanza, cuando lleve muy avanzada la novela y haya aparecido algún muerto más. Y es que el asesino pretende, como un Quijote más, castigar el abuso del poder, la podredumbre de la política, la enorme brecha entre las palabras huecas de los discursos electorales y la realidad de la práctica corrupta. Es evidente que la realidad cotidiana de España, país generador de la picaresca, da para la aparición de justicieros que, al estilo del enmascarado de V de vendetta, se salten los límites de la ley y se tomen la justicia por su mano, como ocurre en esta novela, en la que se puede esperar de todo, con una espera tensa, perpleja y llena de esa angustia que Hitchcock llamó suspense.

       Morón no falla en este aspecto y los diversos personajes, situaciones y localizaciones funcionan narrativamente como un mecanismo perfectamente ajustado que no defraudará al lector. Las localizaciones (locales nocturnos, paisajes urbanos, urbanizaciones y hasta la propia comisaría de la Palmilla) suponen, por su inmediata cotidianeidad, un aliciente añadido para el lector local.

 

 

 

Mientras las limusinas esperan en la calle - cubierta 23-09-2016

 

 

 

       Además, el autor nos regala otro elemento: no solo hay una trama criminal, sino que en el libro aparece un jugueteo con algunos mitos de los setenta. En efecto, el lector asistirá a un encuentro cargado de erotismo entre Janis Joplin y Leonard Cohen. Tras saciarse de sexo, este empieza a ensayar unos acordes de guitarra, embrión de su popular canción Chelsea Hotel. La chica le asegura que le gustan los hombres guapos y él no lo es, de la misma forma que ella misma tampoco. No obstante, ha buscado su contacto, le dice, porque ambos tienen una cosa en común: poseen la música, algo que los aproxima. Cuando Janis Joplin se va a grabar una sesión de estudio, Cohen permanece esperándola y escribiendo la canción, en la que le dice un cínico: “Te necesito. No te necesito”. No vuelven a verse, por lo que tras la muerte de la Joplin el canadiense quedará con una eterna duda sobre la relación, efímera pero intensa, que mantuvo con ella.

       Si la otra trama comporta toda esa realidad negra propia del género, la trama de los cantantes supone el contrapunto poético, generoso, amatorio, lleno de las eternas dudas del amor y de desesperanzadas expectativas, lo que supone una perfecta simbiosis de términos antitéticos que Morón maneja con gran habilidad. La reciente muerte de Leonard Cohen (el pasado 7 de Noviembre, cuando la novela ya estaba en la calle) añade al texto la cualidad de un impremeditado homenaje a su estilo, su carisma y, sobre todo, a su música. No en vano, Cohen tiene una participación activa en la novela, en la que figura como personaje.

       El desenlace llevará a los protagonistas granadinos ni más ni menos que al mismo Chelsea Hotel neoyorquino, el mismo en que Janis Joplin y Leonard Cohen vivieron su tórrida tarde de sexo y dudas, el mismo de donde la chica salió para ir a una grabación en estudio en una limusina que la esperaba en la calle, de donde procede el título.

       La novela abarca los elementos propios del género negro: crímenes, malvados, ocultaciones, verdades siempre a medias, circunstancias reservadas para la conciencia del lector como esos ases en la manga que se reserva el tahúr, amores tempestuosos, chicas actuales liberadas de prejuicios y con absoluto conocimiento del efecto erótico que provocan… Pero también la fragilidad del ser humano, el miedo ante la amenaza de peligros indeterminados. Y, en este hábil caso, la mencionada historia de amor y mito de los cantantes. El final, con los dos protagonistas en una habitación del hotel Chelsea de Nueva York, cierra admirablemente un círculo, una deliciosa pirueta metaliteraria. Le encuentro un mérito indudable a esta novela, no solo por su magnífica factura, sino porque la trayectoria literaria de Antonio César Morón parecía encasillarlo más en la dramaturgia y la poesía, que en la novela. Mientras las limusinas esperan en la calle desmiente el prejuicio y hace pensar que se abre un nuevo camino (bastante esperanzador, por cierto) en la actual novelística granadina.

Alberto Granados