3 comentarios

El esperpento permanente

        Llevo tiempo diciendo que nuestro país es cada día más inconsistente, más miserable y menos creíble. La muerte de Rita Barberá ha sido el nuevo detonante que ha levantado el cacareo de las dos Españas para demostrar el bajo nivel de nuestra realidad nacional. Y es que desde esta mañana, la señora Barberá ha pasado de la presunta corrupción al martirologio, del escarnio desde su propio partido al santoral pepero, de presunta culpable a víctima de la prensa y la política.

 

 

 

Rita Barberá en una imagen de Kiko Huesca, Efe en El Español

Rita Barberá en una imagen de Kiko Huesca, Efe en El Español

 

 

 

       No me alegro en absoluto de la muerte de la senadora valenciana: la muerte de cualquier ser humano me entristece y me recuerda que no estoy muy lejos de que me toque a mí. Pero la muerte no empaña mi percepción de la realidad. Hay montones de evidencias que nos hablan de irregularidades en su gestión, de gastos desmesurados e injustificables, de compañeros de viaje imputados, al igual que ella. Mi juicio no deja de ser un juicio moral, que no tiene el mismo valor que el judicial, pero en tanto llegue este, tengo la convicción de que era una de las cabecillas más significativas del PP en ese oscuro entramado de corrupciones diversas. Y eso no lo cambia ni la misma muerte de la imputada, ni la sentencia que hubiera podido emitir un juez más o menos proclive a soslayar la corrupción del PP, y hay muchos por lo que parece.

      El hecho es que la senadora ha muerto y España entera se convierte en una nueva corte de los milagros donde cada cual expone de forma virulenta su punto de vista. Parece que el enfoque esencial del asunto es si Podemos ha hecho bien o mal al ausentarse del hemiciclo durante ese desacertado minuto de silencio, cuando la lente debería planear más bien sobre si era oportuna semejante muestra de reconocimiento. Pero la ausencia de Podemos, tan censurada desde la derecha, e inexplicablemente desde la izquierda, no es un hecho significativo en sí mismo.

       Creo mucho más decisivos otros aspectos tales como: ¿por qué se le permitió a Rita Barberá ir en las listas al Senado? ¿era creíble incluir a una imputada cuando se han hecho tantos gestos vacíos apelando a la lucha contra la corrupción? Y una vez escrutado el resultado de las urnas, ¿por qué no la obligaron con más contundencia a renunciar a su escaño en el Senado? Creo que porque podría haber dado demasiada información peligrosa, así que se le permitió la pantomima del pase al Grupo Mixto para mantenerla aforada y callada.

 

 

 

Madrid  27 10 16  Pleno de investidura   Unidos Podemos abandona el hemiciclo  FOTO  JOSE LUIS ROCA

Madrid 27 10 16 Pleno de investidura Unidos Podemos abandona el hemiciclo FOTO JOSE LUIS ROCA

 

      En esta cadena de despropósitos y marrullerías veo mucho más coherente la salida del hemiciclo de Podemos que la permanencia de los miembros del Congreso de las demás fuerzas políticas. El Congreso, y en general las instituciones, no están para levantar aplausos o mostrar reconocimientos. Si lo hicieran, tendría que ser para agradecer, recordar, homenajear o reconocer una labor impoluta, una ejecutoria inmaculada y un mérito incuestionables, pero este no era el caso, de ahí lo inoportuno de ese minuto de silencio.

       No he podido evitar una asociación, una pura fábula política: tras la imaginaria muerte de Arnaldo Otegi, el Parlamento vasco organiza un minuto de silencio en su honor. ¿Cuántos parlamentarios del PP se habrían quedado? Obviamente, ninguno. Pero la necesidad de desviar la atención de la naturaleza de la fallecida hacia otro tema escandaloso hace que se ponga el mayor énfasis en que los parlamentarios de Podemos han abandonado el hemiciclo. No hubieran tenido que hacerlo si no se hubieran dado las premisas necesarias.

        Pero España se renueva ahora en su costumbre inquisitorial, en su desvergüenza picaresca, en su fervor cofrade de Monipodio, en su estupidez, que sustituye el análisis por el apasionamiento, la práctica política por el exabrupto y la razón por la coz. El Lazarillo, los sueños de Quevedo, Goya, el eterno esperpento… en la época de las nuevas tecnologías. Así nos va.

Alberto Granados

Deja un comentario

Relatos recuperados (2): Disparates

 

 

 

       Recupero este relato de Agosto de 2009. Está vagamente centrado en una hermana de mi abuela y su marido, que fue farero, aunque la parte biográfica de ambos está notablemente desfigurada: Evidentemente, la carga erótica del cuento es pura especulación, al igual que muchas circunstancias de la trama. Sí son reales la ideología, el respeto a las creencias de su mujer, la anécdota del palio… “Disparates” apareció publicado en mi libro electrónico “Cabos sueltos” (2013).

A Alicia y David, mis amigos de tantos años.

       La joven Emilia se había criado en el cálido ambiente protector de su casa sin provocar un solo sobresalto en el espíritu de sus padres. Justo lo contrario que su hermana Luisa, que se había empeñado en irse a Madrid para estudiar pintura, cosa que consiguió tras organizar un sinfín de pataletas y ataques que amenazaron seriamente la estabilidad del hogar de los Montijo-Torres. Al padre, D. Julio, le parecía inconcebible que su hija mayor necesitara estudiar nada, puesto que tenía un buen y próspero porvenir, con una renta asegurada de muchos miles de reales. ¡Qué tiempos estos, en que una hija de diecinueve años les hacía frente a sus padres y se marchaba a la inseguridad de un Madrid tan lejano y lleno de peligros! Por suerte, Emilia siempre acató las decisiones que D. Julio adoptaba y que su madre, doña Enriqueta, le transmitía y adornaba con mil promesas de una felicidad asegurada. Era una buena hija y una alegría para unos padres como ellos.

       A sus diecisiete años, sabía bordar con unas manos que parecían de ángel, cosía ropas para los pobres de la parroquia con un primor realmente envidiable y preparaba dulces, aguardientes y compotas que se convertían en tentaciones invencibles para sus glotones padres. Oírla cantar habaneras o arias de ópera acompañándose al piano era como estar oyendo un concierto de ángeles, pensaba su padre. Y si se la oía cantar salmos en la iglesia, era para echarse a llorar. Parecía que toda la piedad, todo el impulso místico de las santas y vírgenes de la Leyenda Áurea, se había concentrado en la garganta de aquella angelical doncella. Esa chiquilla era, qué duda cabía, todo un premio para unos padres como los Montijo-Torres, que habían estado a punto de ser nombrados Grandes de España por S. M D. Alfonso XIII, sólo que la República…

       Ahora sólo faltaba que apareciera por la localidad un buen partido, un médico o notario, a ser posible, con una educación y unas ideas como tienen que ser, y doña Enriqueta ya lo engatusaría para concertar una buena boda. La chiquilla era preciosa, decente a carta cabal y estaba llamada a llevar una dote de las que se comentan durante años, amén de una herencia bien considerable. La madre, entre suspiros y miradas complacientes a la niña, parecía estar viendo llegar al yerno que colmaría sus sueños de madre.

       La joven, además de ir preparando su ajuar, asistía a cuantas misas, rosarios, triduos, novenas, sabatinas y rezos se organizaran en la parroquia o en las Damas del Ropero o en las cofradías de semana santa o de las Hermanas de la Virgen, pues su inquebrantable fe y su acendrada virtud la impelían a este tipo de actividades. Así ocupaba las horas y los días adornando altares, limpiando oros y pedrerías de los mantos, enderezando cirios, y haciendo mil actos más de piedad, una piedad que le salía de dentro, sin un simple pensamiento deshonesto o una mala tentación. Era su forma de esperar ese gran marido que la Providencia le estaba buscando, según aseguraban su madre y su confesor.

        Pero los deseos y lo que la vida ofrece suelen ser cosas bien distintas y el esperado novio que llegó fue un modesto funcionario que se iba a ocupar del faro. Un don nadie, un mindundi cazafortunas que no tenía donde caerse muerto. Eso sí: era guapo hasta el pecado, pensaba doña Enriqueta, que no evitaba poner una cara tristísima al compararlo con su marido, ya metido en carnes y en años y aburrido y soso hasta la extenuación. En cualquier caso, Mario se llevó el corazón de la niña, que suspiraba nada más sonar la campanilla y oírlo preguntar a la doncella que si estaba la señorita Emilia. Para colmo, el maldito Mario era pintor y venía de haber disfrutado una beca en París, donde había conocido a los poetas vanguardistas y a los pintores de las nuevas tendencias -unos locos pintamonas, según don Julio, que había leído algo sobre ellos en el ABC.

       Don Julio habría opuesto toda su energía a la naciente relación si no se hubiera dado cuenta de que necesitaba casar a sus hijas cuanto antes. Hacía sólo unos meses que recibió una carta de Madrid en la que una mujer decía ser la esposa del profesor de pintura de su hija Luisa. Esta señora le comunicaba la sospecha de que su marido y la joven artista vivían como amantes y, según sus sospechas, tenían pensado huir juntos a la Argentina, o a Puerto Rico o a Venezuela, donde ambos seguirían pintando y viviendo del arte. Don Julio tuvo que traerse a la hija entre sollozos, desmayos, melindres y falsas promesas de inocencia. También tuvo que aceptar el doloroso hecho de que sería mejora rebajar sus pretensiones sobre los yernos y casar a aquel par de mujeres antes de que la realidad se le fuera de las manos. ¡Con las mujeres nunca se sabe! -le decía don Ramón, el boticario.

       Fue entonces cuando Mario, el pintor bohemio, pidió relaciones a su hija Emilia. No hubo más remedio que tragar y preparar la boda, pues la niña de deshacía en lágrimas y suspiros y el joven Mario entraba y salía en casa con un desparpajo y una desvergüenza que el jefe de la familia no supo atajar. Llegó el momento en que aquel descarado pidió la mano, pero no de una forma suplicante como esperaban los padres. Todo lo contrario, con un aplomo que rayaba el desafío:

        -Miren, yo no creo en Dios, ni en el matrimonio ni en todas estas cosas pequeñoburguesas, pero no quiero que sufran. Estoy dispuesto a casarme por la Iglesia, si eso les hace más llevadero el mal trago. Total, nosotros lo que queremos es ser felices. No necesitamos ni un solo céntimo, ya que tengo un sueldo y mucho tiempo libre para pintar. Prepararé exposiciones, venderé mis cuadros… ¡Voy a ser un pintor famoso y rico y compartiré mi éxito con su hija!… -y mientras tanto, la joven lo miraba con la cara de transfiguración que sólo da el estar locamente enamorada, perdidamente feliz, inexplicablemente esperanzada, al tiempo que doña Enriqueta aspiraba sales y hacía pucheros y su marido se callaba el largo exordio que tenía preparado, sin que le saliera una sola palabra, una única idea con que exponer algo parecido a unas exigencias mínimas para con su hija. Parecía como si el joven Mario, con su sincerísima naturalidad, hubiera acabado con las prevenciones de sus suegros y con la obediencia de la niña.

       Se celebró una discreta boda y la pareja se estableció en el faro, a dos leguas de la ciudad. La joven pareja vivía en la más absoluta soledad y en unas condiciones de una injustificable pobreza espartana, pero lo cierto es que Emilia no echaba en falta ni uno solo de los lujos de su casa. No le quedaba tiempo de echar de menos nada de su regalada vida anterior, pues su marido la fue adentrando los misterios de la vida y de la carne y ella empezó a desfallecer ante el placer que le suponía caer en cada nueva tentación, así que, pasada la vergüenza de los primeros encuentros, el día y la noche se les pasaban en abrazos, caricias, besos y deliciosos éxtasis llenos de un placer que nunca había podido presentir. Con frecuencia se lo decía a Mario:

       -No creo que esto que hacemos sea decente, pero es delicioso. ¡Me haces cometer tantos disparates! Siento tales escrúpulos que uno de estos días voy a ir a confesarme…

       -Ni se te ocurra. ¿Qué tiene que decir ningún cura de lo que hacemos tú y yo? Además, si son disparates, como tú dices, ¿por qué me lo pides a cada momento con los ojos?

        -Cállate, Mario, que me siento muy mal y… -y Mario la llevaba en brazos al lecho y los remilgos desaparecían nuevamente a la par que la ropa. El pintor volvía a rodearla con sus brazos y, entre risas, comenzaba de nuevo aquella gimnasia amatoria, repitiendo sin tregua el ritual más antiguo de la historia del ser humano. Emilia volvía a dejarse llevar, ya con la guardia bajada ante los escrúpulos, por los disparates que Mario proponía y volvía a sentir la exultante explosión de placer.

       Bien es verdad que los restos de su piedad aparecían en el momento supremo, cuando entre ayes y jadeos soltaba:

       -¡Ay, Virgen santísima! ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué, Virgen del Calvario, por qué? ¡Ay, Dios, qué disparates estoy cometiendo! ¡Perdónamelos, Dios mío!…

 

 

untitled

 

 

 

 

        Y los alrededores del faro se llenaban de esa algarabía entre mística y pagana, entre el éxtasis y la jaculatoria, entre la virtud y la tentación. Era tal el ruido de Emilia, que dejaban de oírse las gaviotas y el oleaje que se batía a los pies del faro. Mario aprovechaba momentos como aquéllos para hacer nuevas y atrevidas propuestas:

       -Tienes que posar desnuda para mí –le dijo un día.

       -¡Ni lo propongas! Ya hago bastantes disparates, como para que me ofrezcas nuevas indecencias. ¿Te crees que tienes tanto poder sobre mí? Pues no te lo creas, vanidoso.

       -Bueno, pues haré venir a una modelo profesional. Ésas sí que saben posar y además…

      -¡Atrévete!

       Y pocas horas después había cientos de estudios sobre las manos, la cintura, el pubis, las nalgas, los senos y el desnudo, completo y luminoso y feliz, de Emilia. Ella era consciente de haber claudicado, de haber olvidado sus estrictos principios morales, pero había sido a cambio de tanto placer que consideraba que la rendición estaba más que justificada. Su vida se estaba convirtiendo en un puro disparate, pero bien valía la pena si era a cambio de semejante cantidad de gozo.

       Algunos domingos se oían los cascabeles del coche de caballos de don Julio, que se presentaba en el faro para ver a su hija. Los jóvenes tenían que vestirse apresuradamente, recoger todos los estudios sobre el cuerpo de Emilia y guardarlos bajo llave en una pequeña alacena, como el más ominoso secreto de la pareja. Otras veces, era ella la que iba a su casa dando un paseo y pasaba la noche con sus padres, ya que Mario no podía abandonar el servicio nocturno del faro. Solía aprovechar para ir a misa, si bien empezaba a ver serias fisuras entre lo que le habían enseñado en la parroquia y lo que la vida junto a Mario le proponía.

       El día de las fiestas del pueblo, Mario y ella se acercaron a la misa mayor. Mario, con su mejor traje, de algodón blanco, atraía las miradas de todas las chicas del pueblo, pero ella sabía para quién eran sus abrazos y se sentía radiante y orgullosísima. Mientras ella oía misa, el joven dio una vuelta por la pequeña verbena, hasta que un cohete señaló el comienzo de la procesión. Se acercó a la pequeña ermita y, en ese momento, el cura pedía a los fieles que cogieran los varales del palio. Todos parecían dudar. En las inmediaciones había un anarquista borracho del que se decía que era muy violento y que tenía armas y no estaban los tiempos para exhibiciones. Nadie se atrevió a coger el varal, salvo Mario, que no le temía al cenetista. Cuando el pintor cogió el primer varal, los demás hombres se ofrecieron y la procesión con la custodia bajo palio emprendió su recorrido sin ningún problema.

       Esa noche se comentó mucho en la verbena:

       -Pero, vamos a ver, don Julio. Su yerno de usted, ¿no era ateo?

       Y don Julio se deshacía entre la excusa y la explicación justificadora, esperando, en el fondo, que la piedad de su hija hubiera convertido a aquel masonazo. En cualquier caso, se sentía un poco más feliz con aquel yerno, que por primera vez, le daba una satisfacción.

        Unos meses después, estalló la guerra, que hizo del pueblo una carnicería. Mario fue movilizado y la joven Emilia tuvo un buen pretexto para rezar de nuevo, pues sabía que su marido no era de los que se callaban y que cualquier discusión era buena para exponer sus ideas, tan poco convenientes en zona nacional. Volvió a la casa de sus padres, donde llevaba una vida tristísima por la ausencia de su marido. No paraba de llorar recordando el cuerpo de Mario, las noches de locura, el desenfreno, los disparates… Y una ternura enorme le rompía el alma, al pensar en las inclemencias y peligros que Mario estaría arrostrando. No cesaba de poner en la gramola las arias tristísimas que Mario le había enseñado a disfrutar.

       A comienzos de 1939, cuando el frente estaba a punto de desaparecer y la guerra tocaba a su fin, Emilia recibió una comunicación muy escueta, según la cual su marido había sido herido en las afueras de Madrid. Estaba grave y lo licenciarían tan pronto como estuviera en condiciones de llegar por sí mismo al pueblo. Emilia, sin creer lo que estaba leyendo, dejó caer por sus mejillas un río de lágrimas. ¡Su Mario, herido! No se sabía de qué, ni en qué parte del cuerpo, pero herido y, según parecía, grave, tanto como para que lo licenciaran. Herido por ir a una guerra a defender una ideas que no eran las suyas. ¡Qué sinrazones tiene la vida! ¡Qué gigantesco disparate!

       Ese verano, Mario llegó vestido de soldado. Venía en un estado lamentable. Parecía un viejo lleno de harapos y la desbordante alegría de antes era ahora un velo de tristeza sin remedio. Parecía inevitablemente tocado por la muerte. Su suegro, que milagrosamente había sobrevivido a la guerra, se sintió muy feliz de tener un yerno héroe (se había referido a él como el único que le hizo frente al cenetista, el primero que ayudó al cura a sacar la custodia, un hombre de orden, sin ninguna duda…). Era un mérito más en aquella España negra de zafiedad y miseria moral que exigía pruebas inequívocas de fidelidades, claridad sobre de qué parte se estaba…

        Mario no podía con semejante pantomima, así que la pareja se instaló de nuevo en el faro, pero ahora había una atmósfera de pesadez y silencios tristes que contrastaba con la alegría y el vitalismo de otros tiempos. La gramola no paraba de reproducir aquellas arias llenas de nostalgia, aquellos lieds, que ponían melancólica a la pareja. Ya no había caricias, ni risas, ni éxtasis, ni expresiones religiosas en el momento del orgasmo. No lo sabían más que ellos dos, pero la verdad era que la explosión se había llevado por delante mucho más que la salud y la juventud de Mario. Ya nunca más… El joven, al ver los estudios del desnudo de su mujer, al ver la cama, al ver la desgastada belleza de Emilia, rompía a llorar como un crío.

 

 

       Una noche, la gramola dejaba sonar el último fragmento de Aída, en el que, al fin, la protagonista y Radamés, los amantes, se unen en la tumba donde han sido enterrados vivos:

       Oh, terra, addio; addio,

Valle di pianti, sogno di

Gaudio che in dolor svani… (1)

        Mario miraba a su mujer con un aire sombrío. A continuación, miraba, con un gesto de inabarcable sufrimiento, su pistola aún colgada en los correajes. Era una mirada de súplica que ella captó inmediatamente. Lo tenía abrazado, y se dejaba llevar por una inmensa ternura.

        -¡Shhh! No llores, Mario. No tienes que preocuparte por mí. Te quiero. Vivir así sí que es un disparate -dijo ella mientras sacaba la pistola de la funda, justo un momento antes de que sonaran dos tristes disparos, en el mismo instante en que en la ópera de Verdi se cerraba la tumba sobre los amantes.

Alberto Granados

(1) Oh, tierra, adiós; adiós

valle de lágrimas, sueño de

felicidad que se desvanece en dolor…

 

 

 

1 comentario

Antonio Enrique: “Boabdil, el príncipe del día y de la noche”

       La novela reseñada se presenta esta tarde en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada (20,00 h.). Acompañarán al autor José Vallejo Prieto (Director General del Área de Cultura y Patrimonio del Ayuntamiento), Tico Medina (Cronista de la ciudad) y Pilar Sánchez (Responsable de Dauro Ediciones).

       Pese a lo que pueda decir su partida de nacimiento, Antonio Enrique es, fundamentalmente, un hombre del Barroco: amplísimo dominio del lenguaje del los Siglos de Oro, trasfondo lleno de pesimismo barroco, utilización de los tópicos de la época (ubi sunt o carpe diem), etc. Quien no crea esta extravagante aseveración que lea su “La espada de Miramamolín”. Es también un documentalista excepcional: no consigo explicarme qué fuentes consulta para ambientar sus novelas historicistas, pero se le ve un dominio del dato, una vastísima cultura y un manejo de las situaciones históricas que remiten a una idea hoy olvidada: su erudición. Que el incrédulo lea su novela “El discípulo amado”. Es, así mismo, un fabuloso creador de atmósferas literarias, ambientes a los que sabe dotar de un aura mágica pocas veces conseguidas en la novelística. Para quien lo dude, una recomendación: “El hombre de tierra”. Y conoce la Alhambra como la palma de su mano. Quien mantenga dudas al respecto, que consulte su “Tratado de la Alhambra hermética”, en que nos acerca a los aspectos esotéricos del conjunto monumental nazarí.

       Con estos fundamentos, mi admirado Antonio Enrique acaba de dar a la imprenta su novela “Boabdil, el príncipe del día y de la noche” (Granada, Dauro, 2016), que recorre desde dos puntos de vista distintos toda la dinastía nazarí, centrándose especialmente en la figura de su último sultán, el perdedor de la grandeza de su genealogía.

 

 

 

 

boabdil-portada

 

 

 

 

       La primera parte arranca con una imagen de una enorme plasticidad narrativa: en febrero de 1492, tras haber rendido Granada, Boabdil asiste a la exhumación de los reyes, reinas, príncipes y hasta concubinas de su estirpe. Tiene que llevárselos de noche para enterrarlos mirando a La Meca en el apartado rincón de Mondújar. Con ello evitará que los cristianos profanen a los veinticuatro sultanes que construyeron el último reducto del Islam y el soberbio ámbito de la Alhambra. La aparición de los distintos cadáveres permite a Boabdil una larga reflexión sobre la grandeza de su familia. Una gloria construida a base de traiciones, degollinas, ambiciones, batallas, alucinaciones, sexo y riqueza. En efecto, entre los veintitrés sultanes que le precedieron, hubo ambiciosos y abúlicos, ensimismados, obsesionados con el poder o con el estudio de la astronomía, el culto por los caballos, obsesos sexuales… Boabdil, al codearse con sus muertos recurre inevitablemente al tópico barroco del ubi sunt: ¿dónde quedó la grandeza de su familia, definitivamente barrida por los Reyes cristianos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón? ¿Qué fue de tanta belleza, tanta pompa y tanta majestad una vez llegada la derrota? La larga reflexión adquiere un tono patético, realmente poético y magníficamente resuelto, hasta el punto de que el lector paladea la sensación de la incontestable derrota, la desposesión y la pérdida de ese paraíso que había sido la Alhambra.

        En la segunda parte, un eunuco anciano, que conoció a Boabdil desde que este era un niño, reflexiona sobre los últimos lances de los nazaríes, la inminente caída de la dinastía (y, con ello, de Granada y la Alhambra), el exilio de la familia real y el abandono a sus propios recuerdos, único tesoro que le ha quedado. Las remembranzas de este anciano, que quedará como una fantasmagoría más entre los que permanecieron en su ciudad, se centran en los últimos sultanes, en las guerras y traiciones entre ellos, tal vez orquestadas por la propia Castilla para dividir y resquebrajar definitivamente el Islam hispano. El eunuco, que no fue cegado, guarda en su confusa memoria imágenes del momento en que Boabdil se siente perdido, de la belleza de las mujeres del harén, de las incestuosas relaciones entre el sultán y su madre, Aixa la-Horra, de Cetti Meriem, de otros mil nombres que nos remiten al romancero fronterizo (Reduán, la pérdida de Alhama, Abenámar, etc.). En su vagar por el pasado, nos pone en contacto con ese mundo definitivamente perdido, sintiendo con la insistencia tozuda del recuerdo, la más infinita nostalgia por un tiempo irrecuperable.

 

 

 

 

Antonio Enrique en un acto del Centro Artístico, Literario y Científico

Antonio Enrique en un acto del Centro Artístico, Literario y Científico

 

       Este doble recorrido de la historia nazarí, desde el enfoque de quienes lo han tenido todo y, por contraste, de quien no ha tenido ni siquiera la virilidad intacta, cierra un círculo perfecto, un ciclo de historia sentida, llena de un calor ajeno a los postulados científicos y fríos de la Historia. Ese es el gran acierto de Antonio Enrique en esta novela: trascender la frialdad del hecho histórico para dotarlo de un hálito de vida, de calor humano, de simpatía incondicional por parte del lector. No es otra cosa que el permanente milagro de la literatura: la función poética.

       Si en la primera parte predomina el enfoque historicista, en el segundo, Eleazar al-Sabaj, el viejo eunuco, llena la historia de los nazaríes de sentido humano, al presentarnos en toda su crudeza el momento de la desposesión, de la irrefutable caída de una dinastía gloriosa, de la muerte de Miriam (también conocida por Morayma o por Omalfata, la única mujer que Boabdil realmente amó), del momento más dramático, el de la rendición de la ciudad y el reino. En esta segunda parte, Eleazar consigue pasajes verdaderamente inolvidables (la vida del harén, la relación con su señor ya derrotado, la enfermedad y muerte de Omalfata, la dureza revanchista de los castellanos, fiel reflejo de la falsía de Fernando el Católico, el sufrimiento de Omalfata por haber quedado sus hijos como rehenes de Castilla, la soledad absoluta del derrotado, la figura de Aixa la-Horra…). Y es que el personaje del eunuco tiene una extraña solidez literaria, basada en la ambigüedad. No es ni hombre, ni mujer; no es ni cristiano ni musulmán (fue cristiano en su niñez en Cieza, lo convierten al Islam sin preguntarle cuando llega a la Alhambra como esclavo y tras la conquista es obligado a profesar la fe de Cristo); no pasa de la condición de esclavo, pero goza del afecto de Boabdil y del Infantico, el hijo mayor del monarca destronado; conoce como nadie los secretos de la familia real y goza del afecto de unos y del recelo de otros, pero siempre está ahí, en un segundo plano que le permite narrarnos detalles llenos de perspicacia. Está sin estar… Todo en él es ambiguo, lo que le va a permitir ver el haz y el envés de lo que cuenta y asumir estoicamente las contradicciones de la vida, de la historia y de los seres humanos que lo rodean. Me parece un personaje perfectamente construido, admirable desde el punto de vista novelístico.

 

 

 

 

Antonio Enrique durante la presentación en Guadix del libro de Francisco Gil Craviotto "La mano quemada" (09/11/2016)

Antonio Enrique durante la presentación en Guadix del libro de Francisco Gil Craviotto “La mano quemada” (09/11/2016)

 

 

Pero no sería justo dejar al margen a otros personajes de la novela: los secundarios de las sucesivas cortes, tanto musulmanas como cristianas. Por la novela aparecen muchos nombres que explican la verdad histórica. No son protagonistas, pero son los ejecutores de la Historia, de forma que el lector sin acusados conocimientos históricos consigue aprehender las claves de una larga época. Y si se me consiente la licencia de considerarlos personajes, la propia Alhambra, la Sierra Nevada, el agua, las obras públicas…. juegan también un papel narrativo que a nadie puede dejar indiferente.

       En el capítulo de agradecimientos, Antonio Enrique nos pone en contacto con sus fuentes. La primera y fundamental es el profesor granadino Luis Seco de Lucena Paredes, junto a otros arabistas como el recientemente fallecido Emilio de Santiago, Omar Yabir o Miguel Hagerty, junto a otros novelistas o biógrafos que se han centrado en la figura de Boabdil (Villena, Antonio Gala, José Luis Serrano, Juan Eslava Galán, etc.), junto a un considerable número de autores que Antonio Enrique reconoce como influencias directas. Si las fuentes son nombres de reconocido prestigio, el caudal narrativo que mana de ellas no desmerece en absoluto.

       Encuentro dos objeciones al libro. La primera, que junto a otros apéndices (un glosario de términos árabes, un cuadro genealógico de la dinastía nazarí, etc.), el autor nos haya privado de un índice más: el topográfico. A lo largo de la novela aparecen muchos topónimos, casi siempre, traducidos y explicados, pero habría sido un impagable lujo disfrutar de la sonoridad de tales nombres geográficos y de su traducción en un apéndice específico que los desligara de la acción novelística.

       Y creo que habría sido mucho más exacto este otro título: Boabdil, príncipe del ocaso y de la noche. Porque a Boabdil no le tocó un luminoso día de la Historia, sino un declive, una muerte lenta, un ocaso (¡otro elemento barroco!) en la grandeza plagada de canallas de su regia dinastía.

       La novela interesará a cualquier enamorado de Granada, de la Alhambra, de la cultura desaparecida tras la conquista cristiana. Es decir, a cualquier persona sensible. Hay mucha ternura, mucho sentido admirativo, mucha pasión y una indudable maestría para ensamblar todo lo anterior en una trama que nos hechiza, como lo hacen la Alhambra, el Albayzín u otros cientos de rincones granadinos. Quien no me crea, que lea Boabdil, el príncipe del día y de la noche. Después hablamos.

Alberto Granados

3 comentarios

Los conciertos, última novela de Fernando de Villena

 

 

NOTA PREVIA: Durante los primeros meses del año leí varios libros que empecé a reseñar. Por diversos motivos, las reseñas quedaron sin terminar y, al llegar el verano, me las bajé a la playa en un lápiz de memoria. Pese a mi buena voluntad, la playa no ayudó precisamente. Al volver a Granada me di cuenta de que no tenía el dispositivo. El pasado puente lo encontré ensamblado en el televisor del apartamento playero. Retomo la tarea y amenazo con ir poniendo las reseñas en el blog, pese a que los libros hayan dejado atrás una buena parte de su actualidad inmediata.

 

 

 

        Fernando de Villena es un prolífico escritor (normalmente publica al año dos o tres libros en los que combina creación poética, narrativa, ensayo y artículos), siempre disciplinado, lleno de ese tesón del que yo carezco y constante. La pasada primavera publicó la novela Los conciertos (Granada, Editorial Nazarí, abril de 2016, 239 págs.), en la que participa de los postulados de la novela negra y, a la vez, de los cánones de la llamada novela histórica.

 

 

 

Presentación de Los conciertos en la Feria del Libro (23 de Abril de 2016)

Presentación de Los conciertos en la Feria del Libro (23 de Abril de 2016)

 

 

 

 

 

        Construida en dos partes y un epílogo, Villena dedica la parte inicial a ensamblar, como hace una cremallera, dos historias distintas en capítulos alternos. Se trata de dos tramas que parecen distintas hasta que confluyen al final en una siniestra coincidencia, pese a suceder en ámbitos geográficos y épocas diferentes. Por un lado, Don Balbino, el personaje central, es un jubilado viudo y solitario que vive en Antequera en nuestra época. Dedica parte de su desolado ocio a trascribir a mano un viejo manuscrito. La segunda trama se ocupa de la peripecia de don Santiago Salvatierra, maestro de capilla de Tunja, que llegó a Nueva España a comienzos del s. XVII. Allí conoció a  muchos personajes, muchas costumbres curiosas y muchos ritos de contenido mágico-religioso. Es precisamente el autor del manuscrito que don Balbino está estudiando.

       Ambos hilos argumentales aparecen perfectamente creados de tal manera que usan dos lenguajes y dos ritmos diferentes. La historia de don Balbino sirve para mostrar la permanente introspección de un solitario y mostrarnos la corrupción de los políticos locales, en tanto que la historia de aquella América colonial lleva un registro idiomático casi cervantino y participa del ritmo descriptivo de los libros de viajes, de las descripciones de aquel vasto ámbito y de las creencias y ritos de aquellos nuevos españoles.

 

 

 

portada

En la portada, “Concierto de aves”, de Frans Snyders (1629-1630)

 

 

 

 

       Al final de esta primera parte, el viejo maestro conseguirá atar los cabos que llevan desde los crímenes del XVII a los que empiezan a darse en el entorno de Antequera, entre los que hay un vínculo secreto.

        En la segunda parte y el epílogo, el viejo investigador, pese a sus achaques, hace de detective y, junto al hombre injustamente acusado de asesinato, vuelve a la Colombia que ha conocido a través del manuscrito para solucionar el enigma de los crímenes de chicas, víctimas de una liturgia sangrienta. De nuevo, cuatrocientos años después, un antequerano va a Colombia, cerrando con ello el ciclo.

        Villena ya trató ese paso de geografía a geografía a lo largo del tiempo en su Mundos Cruzados, detalle que hay que agradecerle porque se desenvuelve con soltura en este campo narrativo, que sabe tratar siempre con verdadera destreza de maestro.

 

 

Fernando de Villena lee fragmentos de su libro durante la presentación

Fernando de Villena lee fragmentos de su libro durante la presentación

 

       Existe un hilo conductor entre las dos tramas superpuestas en Los conciertos. El propio título lo deja bien claro: la música, que aparece presente en toda la narración. Del maestro de capilla al coro latinoamericano que actúa en Antequera y que sirve de nexo entre el pasado y el presente. Narración y música, dos mundos que me apasionan, mágicamente unidos por el autor en una novela amena, cambiante, llena de facetas que nos muestran con maestría los entresijos de la hipocresía y los sueños del ser humano, por encima de épocas y lugares.

       Cuando alguien lee la reseña de un libro teme siempre discrepar y que lo que el reseñador alaba, sea en la dura realidad un libro aburrido o de lectura ardua y pesada. Puedo asegurar que Los conciertos es de esos libros que, desde las primeras líneas, engancha al lector, al que sumerge en el doble relato haciéndole desear más y más lectura, tal es su amenidad y la frescura de la prosa de Villena. Me parece un libro perfecto para disfrutar de las tardes de  ese invierno que se acerca, un libro que puede llenar unas horas de ocio con la seguridad de que deleitará al lector.

Alberto Granados

 

 

2 comentarios

Cuando NO es relativamente NO

 

        En cuestión de horas, Mariano Rajoy será de nuevo Presidente de Gobierno, el PSOE sufrirá el mayor desprestigio de su historia y quedará eclipsado, incluso en la oposición, por Podemos. Es un proceso extraño que supone varias cosas:

       1 Se nota de lejos que somos el país inventor de la picaresca, un país en el que se admira y se apoya con el voto al corrupto, al que secretamente se envidia por su astucia, por su desvergüenza. Si no fuera así, no se explicaría el apoyo que el PP ha recibido en las urnas en las dos últimas consultas electorales. El Partido Popular, en efecto, ha acumulado tales cotas de corrupción estructural, que en cualquier país de nuestro ámbito recibiría un doloroso castigo electoral, pero aquí se soslayan hechos tales como que la corrupción alcanza a varias comunidades, que tiene imputados a una significativa parte de sus jerarcas y arrimados y que el Presidente Rajoy da por zanjados estos pecadillos con la única explicación de que él no sabía nada. Escasamente homologable ante la comunidad internacional.

       2 Pedro Sánchez ha jugado sus cartas como si quisiera perder, como si necesitara inmolarse, sin llegar a creerse su verdadero papel de jefe de la oposición. Cegado por la mínima posibilidad de llegar a presidir el Gobierno, ha llegado a creerse que todo dependía de él, cuando era responsabilidad de Rajoy. En el proceso, demasiado largo ya, han sido los suyos quienes se lo han fagocitado en tanto que Rajoy ha demostrado que siendo correoso, echando balones fuera, dando la vuelta en seco si se encuentra a la prensa, explicándose a través de un televisor, etc. y enrocado siempre en sus posiciones, se puede volver a gobernar. Ahora exige pacto de estabilidad. De sonrojo nacional… si aún nos quedara algo de vergüenza.

       3 La campaña “NO es NO” me ha parecido desde sus primeros momentos una estrategia condenada al fracaso. Desde este verano he defendido en perfiles de Facebook que habría sido mejor la abstención que el choque frontal con la realidad y su lógica. He argumentado que prefería tener a Rajoy como rehén del resto del arco parlamentario antes que a Pedro Sánchez como rehén de Podemos. Y conste que comprendo que no es plato de gusto aupar de nuevo a Rajoy a la presidencia, con todo el lastre de ausencia de diálogo, corruptelas, de conservadurismo, pero es que el resultado de dos elecciones ha sido claro.

 

 

Viñeta de Miki & Duarte en Granada Hoy

Viñeta de Miki & Duarte en Granada Hoy

 

       Si el PSOE hubiera sabido leer el resultado de las segundas elecciones con ojos de políticos de envergadura, habría dejado pasar sus mínimas opciones para un momento más idóneo. De esa forma, Rajoy estaría gobernando desde el verano, ya llevaría una carga importante de desgaste, el triste asunto catalán probablemente le habría estallado al PP y Sánchez podría estar fortaleciéndose como líder de la oposición, en vez de cederle el papel a Iglesias. Además, Rajoy tendría que actuar con pies de plomo, en frágil minoría y hasta se le podría haber apretado para que retirara la vergonzosa y esclavista Reforma Laboral, la elitista LOMCE y cambiara de rumbo en políticas sociales, culturales y científicas. Pero la campaña “NO es NO” ha arruinado todas las posibilidades de negociación… para acabar en que “NO es sólo relativamente NO”, a cambio de nada. O mejor, tras dejar decapitado al partido de los socialistas. Decapitado y, según se espera mañana, dividido entre los que van a tragarse el sapo de la abstención y los que no se van a plegar a las nuevas exigencias y tienen previsto votar No, pese a las consecuencias (los del PSC, la ex comandante Zaida, Margarita Robles, Pedro Sánchez y alguna sorpresa más).

 

 

 

Un hierático Pedro Sánchez observa el debate de ayer. Fotografía de Chema Moya en El País digital

Un hierático Pedro Sánchez observa el debate de ayer. Fotografía de Chema Moya en El País digital

       Para que el largo y curvo camino del PSOE llegue a desembocar a este punto no se necesitaban alforjas de grandilocuencia, ni gestos heroicos que al final han quedado en la más absoluta nada. Repito que yo me hubiera abstenido este verano, pero con contraprestaciones y con un líder más o menos intacto. Hubiera sido sentido de estado y sentido práctico. Pero mis palabras, como las de algunos barones, se consideraron traición (alguien muy querido me llegó a acusar de vendido). Me ha extrañado que entre mis antiguos compañeros de militancia socialista no haya habido nadie que coincidiera públicamente con mi análisis, de lo que deduzco que había una seria campaña para dejar que Pedro Sánchez se estrellara. ¿La orquestó Susana Díaz? No lo sé y me importa muy poco a estas alturas. Me pregunto qué opinarán ahora mis queridos compañeros que tanto defendía en NO, a la vista de esta nueva y desconcertante situación.

       También me pregunto (lo he hecho siempre y al no encontrar respuestas me salí del partido) quiénes estarán dispuestos a presentar su dimisión de las responsabilidades políticas a partir del sábado. Porque en el desgaste hasta el ridículo del PSOE hay mucho culpable, mucho aferrado a una gestión desastrosa en un cargo que no se merece por ineficaz, mucho complaciente y mucho apoyo incondicional cultivado largamente a base de favores clientelares. Pero todo ha reventado.

       Ahora Rajoy es el jefe indiscutible y se va a enfrentar a un PSOE desnortado, acobardado, sin líder y dividido. Sólo va a contar con la oposición de Pablo Iglesias y su demagogia, mientras el Partido Socialista intenta encontrar un asidero para no hundirse definitivamente o quedar relegado a ser la tercera o cuarta fuerza en un futuro arco parlamentario. Se habla, una vez más, de refundar el PSOE, pero la refundación solo será viable si se prescinde del lastre de las viejas jerarquías, mucho más pendientes siempre de mantenerse en el cargo que de los problemas de la gente en general y del partido en particular. Y no los veo yo generosos como para dejar la política activa y retirarse a sus puestos de trabajo. Volver al tajo es durísimo cuando se lleva rotando de cargo en cargo, de ineficacia en ineficacia dos o tres décadas. Sería lo lógico, pero muy pocos han dado ese paso, lo que los dignifica dadas las tragaderas que se soportan con las puertas giratorias.

       Pobre partido y pobres los que creemos en sus principios, mucho más sabios que sus jerarquías. Sueño con un partido limpio de viejas adherencias, renovado, con un líder que tenga la suficiente solidez como para limpiar la casa de incompetentes y enfrentarse definitivamente a la corrupción del PP y a su gobierno para el mundo financiero, para la iglesia y para la enseñanza privada. Pero los sueños sueños son.

Alberto Granados

 

9 comentarios

La difusa muerte de los niños de Brandeburgo

 

 

A Ángel Olgoso, escritor y amigo

        Encontré en una librería de viejo de Buenos Aires unos infolios que me sedujeron al instante. Tras varias indagaciones fallidas y muchos años de olvido, conseguí averiguar que pertenecían a la Chrónica Olgosiensis, que todos los bibliófilos daban por irremisiblemente perdida. El profesor Waldorf me envió la traducción anoche. Con su habitual sabiduría, ha revisado el torpe borrador que le envié y ha rellenado las lagunas que no supe afrontar, además de añadir muchas notas aclaratorias. El resultado, soberbio, me ha tenido fascinado toda la noche, pues narra prolijamente la historia de los dos niños muertos de Brandeburgo en los tiempos del margrave Rodericus, historia que todos los mitólogos han considerado siempre una leyenda incompleta y llena de variantes populares. He leído el texto y me tiene intrigado hasta extremos impropios de alguien como yo, largamente avezado en este tipo de leyendas bárbaras.

        Al decir de la Chrónica, Rosmunda era la hija de Marianne, la desgraciada hija menor del margrave. Cuando esta contaba con diecisiete años, quedó preñada de un lacayo. El noble no se permitió la menor piedad y mandó colgar al sirviente, en tanto que la muchacha fue apartada de la corte, desterrada a un ruinoso palacio en medio de la nada y maldita por su padre:

       -Hija malhadada, parirás una criatura aborrecible. Antes o después tendrás que matarla y sufrirás el mismo dolor que yo sufro ahora con tu ignominia –fueron la últimas palabras que la chica oyó de Rodericus.

        La muchacha, acompañada por un breve séquito, fue abandonada en la más boscosa zona del Imperio y allí, rodeada de soledad, en un inhóspito y solitario paraje, crió a la pequeña Rosmunda, que parecía haberse librado de la maldición de su abuelo, a quien no vio nunca. Marianne era feliz con su niña y buscaba con angustia algún rasgo inquietante en sus gestos, en su sueño, en su manera de jugar o comportarse, pero en todo parecía una niña normal.

 

 

 

Fotografía de Axel Hütte

Fotografía de Axel Hütte

 

 

 

        A la edad de ocho años, la chiquilla oyó una voz que llegaba de la espesura y cantaba deliciosamente. También la había oído Marianne. Siguiendo la melodía, ambas se internaron en el bosque. Al aproximarse iban percibiendo aquel prodigio con toda nitidez. Era una voz cristalina, limpia, potente, y la madre, rota en llanto, creyó oír un ángel que hubiera venido del cielo a mitigar su soledad y a anunciarle el ansiado perdón del viejo margrave. Pero solo se trataba de Otto, el hijo de una campesina, un niño dos años mayor que Rosmunda. Esta le pidió a su madre que se llevaran al niño al viejo palacio para poder oírlo cantar cada vez que quisieran.

       No le resultó difícil a la madre conseguir que aquella otra pobre mujer y su hijo fueran a vivir a su casa. Otto y Rosmunda eran desde entonces amigos inseparables que compartían juegos, correrías y bromas. Cada uno necesitaba sentirse acompañado por el otro y encontraban en su mutua compañía la perfección de su cerrado universo.

       Pero Otto empezó a cambiar. Su cuerpo se estiró, apareció un extraño vello en su rostro, su nuez se mostraba cada vez más prominente y su voz dejó atrás la perfección. Rosmunda lloraba inconsolable y las dos mujeres buscaban un remedio. Fue entonces cuando pasó por allí Oswald, que dijo ser un peregrino con destino a Santiago de Compostela. Su voz ronca, su aspecto feroz, que apenas dejaba ver unos sombríos ojos bajo la capucha frailuna, inquietaron a las mujeres y a sus hijos, pero no pudieron negarle su hospitalidad. Aquella noche, tras la cena, cuando todos miraban el fuego de la chimenea, el extraño personaje hizo su proposición:

       -Puedo hacer que su voz permanezca limpia para siempre. He visto y oído a muchos castrati en las cortes de media Europa. Comprendo que exige un sacrificio, pero…

       Las dos mujeres se miraron estupefactas, pues no habían mencionado ni la maravillosa voz del muchacho ni el cambio producido por la pubertad. La niña, al saber que Otto podría mantener la calidad de su voz para siempre, aplaudió la idea sin saber muy bien de qué se trataba. Por su parte, Otto, con el semblante lívido, aceptó con generosidad la propuesta tras un mínimo instante de duda:

       -Lo único que me importa es no perder la alegría de Rosmunda –afirmó solemne.

       Oswald llevó a cabo la cirugía con mano diestra y se quedó atendiendo a Otto hasta que se repuso. Fiebres, dolores, arcadas y vómitos, y sobre todo una cierta tristeza, fueron conjuradas inmediatamente por el extraño peregrino, que no parecía de este mundo. Una mañana, cuando se levantaron, había desaparecido.

       La voz del muchacho había mejorado incluso y él se sentía contento. Dedicaba muchas horas a perfeccionar su arte y las gentes que pasaban por los lejanos caminos se acercaban al semiderruido palacio para escuchar el prodigio. Al verlos tan desasistidos, le daban al cantor generosos donativos que él agradecía sin saber para qué servía aquella riqueza.

       Rosmunda, a punto de hacerse mujer, atisbó las dimensiones cósmicas de su egoísmo. No había previsto que en su cerrado mundo solamente podía enamorarse de aquel muchacho, del que ya únicamente podría obtener canciones. La púber tenía ahora otros apetitos y sus emociones le provocaban una gigantesca frustración. Los esfuerzos canoros del muchacho no servían para saciar sus nuevos afanes. Se dejaba abrazar por su amigo pero era como morir de sed junto a un manantial y lloraba sin cesar.

       -Tú no tienes la culpa, Rosmunda. Fueron ellas. Yo quería complacerte, pero nuestras madres deberían haber impedido lo que me hizo ese demonio.

       -Es cierto. Merecen morir. Nos han destrozado. Yo era una chiquilla caprichosa, ignorante de todo, pero ellas, que sabían de la vida, tendrían que haber evitado tu sacrificio. Se merecen morir…

       Ambos amigos, desbordados de rencor, empezaron a planear la muerte de sus dos madres, pero una de las criadas los oyó y comunicó a Marianne lo que las amenazaba. Aterrorizada, recordó la maldición paterna y mandó una paloma mensajera a Oswald, quien parecía tener siempre una insólita solución para todo. Al momento de partir la paloma, el extraño peregrino apareció en la puerta.

       Los niños se acercaron a saludarlo con cierta inquietud. Ambos sintieron un súbito escalofrío. Después se alejaron barruntando una desgracia. El cielo se oscureció mucho antes de lo previsible y una negrura infernal circundó el viejo palacio. Un extraño silencio se instaló en aquellas habitaciones.

       Al amanecer, Marianne encontró al peregrino embalsamando los cadáveres de ambos niños. Rellenaba de paja aquellos cuerpos yertos y cosía la lívida piel con diabólica maestría. Les había implantado unos ojos de cristal que daban a sus miradas apagadas una sensación agobiante.

       -No os preocupéis, señora. Solo han muerto un poco, difusamente, se podría decir. No serán ya un peligro para vuesa merced, de eso podéis estar segura.

 

 

 

Imagen de George Krause

Imagen de George Krause

 

 

 

       Un rato después, los dos cadáveres estaban sentados en sendas sillas a la entrada de la casa, como si se tratara de dos objetos expuestos en un museo. Parecían vivos, sorprendentemente, aunque Marianne había visto sus cuerpos abiertos y eviscerados. No obstante, había desaparecido toda vida de sus semblantes, hieráticos ahora, inexpresivos y estáticos. Marianne y la otra mujer sintieron una intensa pena, pero también el alivio de saberse a salvo de las intenciones vengativas de aquellos dos mocosos. Pasaron muchas horas contemplando a los dos niños muertos, como desconfiando de los siniestros vaticinios del peregrino. Finalmente se acostaron, aunque sus sueños estuvieron plagados de sobresaltos y presagios.

       A la tercera noche, cuando ambas se sentían ya mucho más tranquilas, oyeron unas risas que les helaron el corazón. Después, la voz de Otto –no podía ser otra- cantó como nunca. Petrificadas de miedo, llegaron a la entrada. Los niños se besaban y acariciaban con una pasión nueva e impúdica y reían siniestramente al observar el estupor de sus madres. En noches sucesivas, el fenómeno se repitió. La voz de Otto era ahora más hermosa que nunca y traspasaba lo intrincado del bosque, por lo que empezaron a llegar gentes que, tras maravillarse por lo insólito de la situación, propalaron por todos los rincones del Imperio la difusa muerte y las extrañas habilidades de los dos niños muertos de Brandeburgo, que reían y cantaban. Así llegó la noticia al viejo margrave que recordó su maldición y se sintió el desencadenante de tanta desgracia y tanto misterio inexplicable. Lloró por su hija y por su monstruosa nieta y decidió poner fin a aquella aberración que se burlaba de las fronteras entre la vida y la muerte. Sus soldados quemaron una noche el viejo palacio entre los gritos de las dos mujeres, las risas siniestras de Rosmunda y el cántico más hermoso que salió jamás de la garganta de Otto, como si se tratara del mítico canto de un cisne antes de su muerte. Los dos niños muertos de Barandeburgo dejaron definitivamente este mundo para convertirse en una escalofriante leyenda que el profesor Waldorf ha puesto en mis manos.

       El alba empieza a mostrarse y decido descansar. Al soltar los folios cae al suelo un breve papel de distinto color que no había visto en la transcripción de la Chrónica Olgosiensis. Lo recojo. Se me eriza el cabello. En letras de un rojo de sangre, aclara que nadie puede conocer aquella vieja historia, destinada a permanecer oculta para siempre. En el último párrafo, la nota aclara: “Cualquiera que conozca la verdad morirá, pues la muerte no acepta bromas en sus dominios”. Pese a ser racionalista, siento un miedo atroz y busco en internet información sobre el mito, sin encontrar absolutamente nada. Después hago lo mismo con el profesor Waldorf. Tampoco aparece el más mínimo dato. Parece que solo yo he oído hablar de él, he creído en su existencia e incluso le he mandado fotocopias de los viejos infolios y mi aproximación a su exégesis. Es más, he recibido respuesta de alguien que parece no existir, sino en mi mente. Ato cabos. Ese nombre, Waldorf… Oigo que llaman al timbre, pese a ser las cinco de la madrugada. Me dirijo a la puerta, presa del pánico, con pasos lentos. Sé a quién voy a encontrar al otro lado y sé mi trágico destino. Encontraré a Oswald, el siniestro personaje del mito, o tal vez sería mejor decir al profesor Waldorf, que incluso sin existir, viene a matarme por conocer verdades que nadie debe siquiera vislumbrar. Mientras acerco mi mano al picaporte, oigo risas y la perfección absoluta de una voz que canta un miserere.

Alberto Granados

12 comentarios

¿Por quién doblan las campanas?

 

 

 

 

 

 

A Fernando de Villena, escritor y amigo

 

 

 1 Suenan los bronces

        Benigno, el campanero de Santa Mónica, va contando mecánicamente las escaleras que lo conducen hasta lo alto de la torre. Ha recibido el recado de doña Martirio: que se esmere al doblar a muerto, que para eso se trata de su marido, que a pesar de todo se merece un buen doble, faltaría más. Que ahí está ella para pagar un buen campaneo.

        Según su hermana Matilde, Benigno es muy leído y muy escribido, eso de siempre, sobre todo desde que estuvo de machaca del sargento Suárez, ni más ni menos que en la escuadra de gastadores de El Pardo. Casi dos metros de soldado bien vestido, marcando el paso como un emperador romano, con una prestancia y una marcialidad que impresionaban. Matilde lo cuenta siempre usando las mismas palabras que le ha oído a su hermano, pues ella no sabría decir esas cosas sin la ilustración que Benigno irradia.

       El campanero sabe que le faltan cincuenta y ocho escalones, que sube a la carrera, con la excitación de un niño. Un momento para recuperar la respiración y en cada brazo una cuerda para hacer un doble como Dios manda. Después irá a la casa del muerto, a dar el pésame y a dejarse ver, seguro de que la gente lo felicitará por lo bien que ha doblado la muerte de don Roque. Está preocupado por extraer esa excelsa musicalidad que solo a veces consigue imprimirle a la Santa Gertrudis y a la Santa María, las dos campanas  de bronce cuyas inscripciones hace tiempo que dejó de alcanzar con la vista, pues ya está mayor. Le preocupa la imagen que proyecta en la gente del pueblo. Tal vez la de un ilustre compositor y, como le gusta echarse flores, sueña que el paisanaje se preguntará por quién doblan las campanas. Él leyó el libro en la biblioteca del hogar del soldado y aún lo recuerda, igual que el nombre del autor, Jemingüey, un americano que se pegó un tiro (Dios se apiade de su alma). Le pareció una novela demasiado republicana y se preguntó entonces qué militar lo habría adquirido (jamás usaba el verbo comprar) siendo un libro tan contrario al Régimen. Tal vez la ilustración de la portada, en que se veía una miliciana, habría despistado a algún teniente, que creería haber visto en aquella mujer una esforzada campesina de la nueva España.

       Con la autocomplacencia de un artista del Parnaso empieza a tirar de las cuerdas. Se imagina a sí mismo como un director de orquesta sinfónica, concentrado en extraer el alma de aquellos bronces (nunca hablaba de campanas, sino de los bronces, que lo leyó en Espronceda). Siente la tremenda responsabilidad del artista que no quiere defraudar a su audiencia. Sabe que la gente saldrá de sus casas para preguntar quién es el finado (otra palabra que se trajo de la villa y corte) y que en un rato todo el pueblo se habrá enterado de la muerte de don Roque.

2 Don Roque

       Benigno llega al velatorio y busca algún allegado, pero solo encuentra a unas vecinas que bisbisean rosarios, uno tras otro. Hombres hay pocos todavía, así que se acerca al túmulo donde reposan los restos de aquel hombre contradictorio y violento, pero indiscutible en aquel pequeño ecosistema local.

       Pepe el del banco se le acerca y le comenta por lo bajo:

       -Una apoplejía, ha dicho don Santos. Comía y bebía mucho. En fin, que le llegó la hora. Que Dios lo arregle.

       Benigno observa la calva del muerto, que espejea los brillos de los cirios. Una palidez mortal tiñe las facciones de aquel hombre (Benigno se admira de lo bien que le ha salido ese pensamiento, del estilo con que se lo ha contado a sí mismo).

       -Ha sido un gran pecador, pero Dios, en su infinita misericordia, se apiadará de su alma –y traza una ligera señal de la cruz, disciplinada y canónica, como se la enseñó don Rafael hace casi cincuenta años en la escuela del Soto.

       Un creciente murmullo hace que Benigno y el banquero se vuelvan. Las señoras dejan aparte el rezo del enésimo rosario y miran hacia la puerta de la casa.

       -Eso va a ser que viene la familia –aventura Pepe.

       -Es que un velatorio sin deudos… –apostilla Benigno, siempre tan remilgado en el uso de la lengua cervantina.

       En efecto, llega una masa de personas y se oyen unos lamentos de plañidera que se acercan (paulatinamente, añadiría el campanero). El salón se ha llenado de gente, tal vez movida por la morbosa curiosidad que la situación genera. No todos los días se muere alguien separado de su mujer y el pueblo ofrece tan pocas irregularidades en su rutina, que espiar las reacciones de doña Martirio y sus dos hijos es todo un espectáculo que nadie quiere perderse.

       Benigno da un suave codazo a Pepe:

       -¿Cómo crees que reaccionará la viuda?

       -Tendrá que hacer su papel. Por lo menos hasta que se abra el testamento. Tiene mucha competencia. ¡Tuvo tantas queridas y tantos bastardos que nadie sabe nada! Tiene que aparentar…

       La viuda, flanqueada por María Elena y Roquito, hace su entrada en el salón. La puesta en escena es perfecta. Doña Martirio se ha quitado el hábito del Nazareno, morado con cíngulo dorado, y viste un sayal negro. Viene sin una sola alhaja, con la cara contraída por un imaginario dolor que todos se preguntan si es sincero, y trae bajo el brazo un libro de misa. María Elena llora con una creíble sinceridad desprovista de alharacas y Roquito, muchacho de escasas luces, sonríe sintiéndose protagonista por una vez en su desangelada vida.

       -¡Ay, Roque mío! ¡Que Dios te perdone todo el mal que has hecho y te premie lo mucho bueno que ha habido siempre en ti y que tú, impío, has malgastado! –el planto le sale bordado y provoca muchos nudos en las gargantas, de quienes consideran una santa y mártir a aquella mujer. Benigno hubiera aplaudido con gusto, pero se aguanta las ganas por respeto.

       Hay sollozos, un amago de vahído, ofrecimiento de sales, abanicos y, sobre todo, espectacularidad. Huele a cera y a flores, a tabaco y a anís y las vecinas acuden a consolar a los dolientes, a los que expresan sus sentidos pésames.

       Doña Encarna, la maestra, se dirige a la viuda:

       -Martirio, deberías pasarte al gabinete. Te he preparado un asiento con almohadones, que ya sabes que después te duele la espalda. Además… –y la mujer titubea- allí estás más quitada de en medio. Ya me entiendes. Tienen algunas tan poquísima vergüenza que son capaces de presentarse en esta casa, que desde ahora volverá a ser una casa decente. Pero no te preocupes, que si viene alguna de ellas, se va a encontrar conmigo y con Patrocinio, que no permitimos ni media tontería. ¡Digo! ¡Con buenas han dado!

       -Gracias, Encarna. Muchas gracias. ¡Qué buena has sido siempre conmigo y cómo te agradezco tanta gentileza! –y mansa como una vaca compungida se deja conducir a la pequeña habitación.

       Se sienta en el sillón preparado por su amiga y llora amargamente el fracaso global de su vida. Roque parecía tan bueno cuando la pretendió… El negocio iba bien, tanto que incluso superó los azares de la guerra, con los artículos escondidos y vendiéndolos de forma casi clandestina y solo a clientes seleccionados que pagaban bien. Después, Roque empezó a vender a crédito. Súbitamente don Roque (el don le cayó entonces como una bendición social) era inmensamente rico, aunque malas lenguas decían que se había aprovechado de la situación a base de estraperlo y préstamos a intereses abusivos. Fue en esa época cuando se casaron, ella con veintisiete años y él con cuarenta y tres. Todo fue tan bien al principio que aquella casa era una bendición del Señor. Después nació María Elena y desde entonces ella estuvo siempre mucho más remisa al acercamiento carnal. Por otra parte desde que Roque supo de su embarazo le prohibió bajar a la tienda. Tenía que cuidarse.

       Con ello, perdió el control de lo que sucedía en el negocio. Allí iban muchas mujeres a comprar tabaco para sus maridos, aparejos para las bestias, jabón, alimentos, carbón, hilos y lanas, almanaques de los de predecir el tiempo… Algunas no tenían con qué pagar y su marido apuntaba en una libreta los importes de las compras. Cuando cerraba la tienda al anochecer, recorría parte del pueblo y de los cortijos para intentar hacer efectivas las deudas de sus acreedores más el interés devengado. Ahí empezó a perderse. Más de una de aquellas mujeres, al no poder hacer frente a los pagos, se encamaba con Roque, pagando así en especie, una triste y desolada especie. Y llegaron los bastardos y las nuevas obligaciones parentales.

       Cuando ella le pedía explicaciones, Roque entraba en un trance feroz y agresivo, de tal forma que parecía un desconocido, alguien muy distinto de su considerado marido de siempre.

       Una de aquellas veces la discusión fue más enconada y él, fuera de sí, la golpeó con saña. Fueron tres bofetadas que le provocaron unos hematomas bajo los ojos y una abundante hemorragia nasal. A la mañana siguiente, Roque, más suave que un guante, le pidió perdón. Se veía un monstruo, le dijo.

       -No tengo perdón de Dios, Martirio. Eso lo sé. Pero yo te quiero. Si puedes perdonarme, hazlo, porque me siento muy mal.

       Martirio lo perdonó y de las efusiones de la reconciliación nació Roquito, un niño simplón y alucinado, siempre atrasado en todo, que le agrió al padre el carácter. Desde entonces desplegó un odio visceral hacia su mujer y el niño. La única que se salvaba de su inquina era la niña, que ya había alcanzado la pubertad y dejaba ver que iba a ser una mujer muy atractiva.

 

 

El velatorio (pueblo español), fotografía de Eugene Smith, 1951

El velatorio (pueblo español), fotografía de Eugene Smith, 1951

 

3 Doña Martirio

       Los golpes, las palizas, se sucedían en aquella casa, ya sin excusas ni perdones. Era una situación insostenible. Don Roque estaba empobreciendo a la familia, pues el número de relaciones adúlteras y de bastardos iba en aumento y eso le costaba una fortuna.

       -Esto no puede seguir así, Roque. Me has convertido en el hazmerreír del pueblo. Eso me duele, pero piensa no en mí, sino en el patrimonio de nuestros hijos, a los que vas a dejar con una mano delante y otra atrás, ya que te estás dejando una fortuna con esas pobre mujeres.

       -El dinero es mío porque lo he ganado yo y hago con él lo que me da la gana, ¿te enteras? Si fueras una mujer como tienen que ser las mujeres, si no pusieras mil pegas cada vez que me acerco a ti, yo estaría aquí, igual que estuve cuando nos casamos, pero no tienes ojos más que para los chicos y parece que yo estoy de más en esta casa.

       -¿Y eso te sirve para justificar lo que estás haciendo? Todo el pueblo murmura y cambia de conversación cuando ven que me acerco. Muchas amigas han dejado de venir a visitarme porque he perdido la dignidad. Y tú, a lo tuyo, a cobrarte en carne joven el pan que comen esas mujeres. No tienes decencia… –el primer golpe interrumpió el reproche. Después vinieron muchas más bofetadas y patadas. Los hijos llegaron y trataron de detener aquella paliza. Roquito, que ya tenía doce años, intentó cogerle el puño sangrante al padre, pero este lo derribó de un puñetazo. El niño, que había recibido el golpe junto al oído, se llevó la mano a la cabeza y sintió un intenso pitido. Desde entonces está sordo del oído izquierdo.

       La chica salió a la calle a pedir auxilio. Media taberna se presentó y entre todos consiguieron parar aquella canallada. Los más cercanos se lo llevaron a la calle, donde lo tranquilizaron. Don Santos, acompañado por don Aquilino, el párroco, llevaron a madre e hijo a la ciudad en el taxi de Vozarrón, en tanto que la hija pasó la noche en la vecina casa de doña Encarna. A la mañana siguiente, médico y sacerdote se entrevistaron con el marido:

       -Esta vez, Roque, te has saltado todas las bardas. Varias costillas rotas, una de ellas ha interesado la pleura, así que tu mujer está grave, muy grave. No se merece esa paliza, pedazo de canalla – le espetó el cura.

       -Y respecto a tu hijo, le has hecho polvo el tímpano, así que si no es por mí, que he conseguido falsear el parte de lesiones, ahora mismo estarías prestando declaración en el cuartel de la Guardia Civil, tal vez acusado de intento de homicidio. Roque, aquí te conocemos y te hemos parado el golpe, pero en la ciudad no eres nadie. Si tu mujer empeora, si llegara a morirse, tú acabarías en la cárcel. Esto no puede repetirse.

       Don Roque, blanco como la cera, ojeroso y sin afeitar, escuchaba las acusaciones sin poder encontrar un mínimo argumento en su defensa. A veces abría las manos en un gesto de impotencia.

       El cura volvió a la carga:

       -Roque, me tendrías que aclarar tu situación. La económica y la familiar. Y con el adjetivo familiar no me refiero solamente a tus dos hijos, sino a la cantidad de bastardos que has ido sembrando por ahí, esas criaturas que han nacido con el estigma de lo ilegítimo sin tener culpa alguna de lo que ha pasado entre tú y sus madres, unas pobres almas que han tenido que vender sus cuerpos para poder comer. Si quieres, te espero mañana en mi despacho de la parroquia. Te hace falta una buena confesión general y arreglar esta injusticia. Y aquí don Santos, ya que está metido de lleno en esto, me gustaría que sirviera de testigo del arreglo que pienso proponerte, una vez oídos tus pecados.

       Don Roque, que tenía mala conciencia, aceptó. El médico también.

4 Don Aquilino

       Lo primero que hizo don Aquilino cuando llegó don Roque fue invitarlo a orar. Ante el desconcierto del comerciante, el párroco aprovechó el momento para hincarse de rodillas y unir sus manos. A don Roque no le quedó más alternativa que hacer lo propio. El cura, que había clavado sus ojos escrutadores y parecía husmear su alma con su nariz aguileña, rezó en silencio un par de minutos que al otro le parecieron interminables.

       -Empecemos por perdonar tus pecados, que parecen ser muchos y muy graves. Ave María purísima.

       Don Roque respondió a mil preguntas llenas de indiscreción. Estaba en las manos de aquel cura lleno de fuerza. Pensó que el nombre del cura, Aquilino, le venía que ni pintado: era un águila, dominadora, imbatible, enérgica, mientras él se sentía una impotente liebre que iba a caer en sus garras.

       Tuvo que contarle sus aventuras amatorias, quiénes eran las mujeres, cuántos hijos tenía con ellas, qué cantidades de dinero les había proporcionado para cumplir con sus deberes de padre… Sudaba copiosamente, pese al frío de aquel destartalado despacho y se veía minúsculo, pequeñísimo, ínfimo frente a la trascendencia que emanaba de los gestos del sacerdote.

       Después tuvo que aclararle la situación económica. El valor del negocio, la renta anual, las casas y fincas, los depósitos bancarios… Todo lo que hasta entonces lo enorgullecía y le daba la moral de un triunfador ahora le sonaba a culpabilidad, postrado ante aquel burgalés escueto y enteco que se había hecho dueño inapelable de su alma y de sus finanzas. Cuando recibió la absolución se sintió aliviado y creyó que el mal rato había pasado, pero don Aquilino lo sacó de su error:

       -Ahora que estás en paz con Dios, tienes que ponerte en paz con tus víctimas. Como ya se trata de algo ajeno a la confesión, don Santos va a estar presente en el compromiso que vas a firmar. Tal vez no tenga la validez de un testamento, pero se te caerá la cara de vergüenza si no cumples lo firmado –y sin dejarle un segundo para reaccionar, el cura se levantó, se acercó a la ventana e hizo una señal. Un instante después, el médico entró en el despacho.

       -Vamos a ver, amigos míos –inició el cura su parlamento-. Roque va a comprometerse a varias cosas que va a firmar ante mí, sirviendo usted, don Santos, de testigo.

       Y de nuevo, lleno de vergüenza, contabilizó sus queridas, sus bastardos y sus bienes, tras lo cual el cura redactó un documento en el que el tendero se comprometía a cumplir con largueza con sus mujeres y sus hijos, a dejar el lodazal de pecado en que vivía, a proporcionar a su esposa, si salía viva del hospital, una casa y bienes para mantener con decencia a sus dos hijos legítimos. Además, don Roque se comprometía a asistir a unos llamados cursillos de cristiandad, que obraban milagros en las almas de los más descarriados.

       Don Roque se vio en manos de aquel hombre aparentemente inofensivo que lo había arrinconado y sometido a base de compromisos. Ni siquiera pensó en su mujer o en la sordera de su hijo, ambos en el hospital, pero sentía la necesidad de salir de allí.

       -Si estás de acuerdo en todo, firma –el cura, sacándolo de sus pensamientos, le presentó un prolijo documento escrito con letra de pendolista, cuyos párrafos había ido desgranando con la aquiescencia del médico y con su entregada falta de resistencia.

       -Pero explíqueme una cosa, don Aquilino. ¿Por qué tengo que ponerle casa a mi mujer y a mis hijos? ¿No tienen ya la mía, la nuestra de siempre?

       -No, Roque, no. Tus hijos no pueden vivir contigo. Te han tomado miedo. Creen que, de seguir juntos, puede volverte el avenate violento y hacerles más daño todavía. Y tu mujer… tu mujer, o lo que quede de ella, jamás aceptaría seguir bajo el mismo techo que tú. En una situación normal, yo ejercería mi labor pastoral para mantener unido el matrimonio, pero tú te has excedido y ahora te toca pagar las consecuencias. Eso sí, a tu hijo tendrás que enseñarle a llevar el negocio. Poco a poco, con dulzura y paciencia. Ya sabes que tiene pocas luces…

       El tendero firmó.

5 La nueva vida

       Roquito volvió pocos días después con el oído vendado. Su hermana lo hizo exhibirse por todo el pueblo para que a nadie le quedara duda sobre la bestialidad de su padre. La gente les preguntaba por la madre.

       -Sigue ingresada. Parece que va a salir de esta, aunque está muy desanimada.

       Don Roque notaba que la gente lo rechazaba y, aunque intentaba estar más amable que nunca con la clientela, percibía en cada mirada, en cada frío saludo, una muda acusación que le resultaba irrebatible.

       “Veremos si esto no me cuesta la ruina”, pensaba a veces.

       Días después, doña Martirio volvió del hospital, demacrada, cojeando y con serios dolores de espalda. De nuevo el cura y el médico se encargaron de poner claras las recientes circunstancias que regirían sus destinos. Ella se mostró muy agradecida y de acuerdo con todas aquellas disposiciones. Fue entonces cuando decidió vestir para el resto de su vida el hábito del Nazareno, medida esta que consideró que marcaría en la conciencia de todo el pueblo su papel de víctima inocente. Recibió el apoyo y la comprensión de toda la gente de bien, aunque al marido le pareció una ridiculez más de su extravagante esposa:

       -¿Dónde irá esa estantigua vestida así? –se preguntaba cada vez que la veía cruzar la plaza.

       Y como el tiempo normaliza las cosas más injustificables, la nueva rutina se impuso. María Elena era ya una mujer adulta que no quería oír hablar de matrimonio y eso que no le faltaban pretendientes, pues además de ser bellísima tenía una renta muy tentadora. Roque hijo (ya odiaba que se le llamara Roquito) se iba haciendo con los entresijos del negocio y ahora era él quien visitaba a los acreedores para cobrar las deudas. Don Roque era una vaga sombra de lo que había sido. No le quedaba alegría ni en el alma ni en el cuerpo, por lo que su disoluta vida había dejado paso a una huidiza presencia que apenas salía de su casa. Había reconocido legalmente a todos sus hijos extramatrimoniales y trataba de encontrarles trabajos a la altura de sus capacidades.

       Jamás aparecía ya por el burdel de la Reme ni visitaba a sus antiguas coimas. El médico había aflojado el control, pero el cura no renunciaba a salvar su alma y aburrir su cuerpo. El tedio se adueñaba de aquel hombre, que cada noche esperaba en su casa la vuelta del hijo con la recaudación para actualizar las anotaciones y guardar el dinero en la caja fuerte. Después el chico regresaba a la otra casa con su madre y su hermana. El comerciante se sentía inseguro, sin nada a que aferrarse. La fiebre religiosa que se adueñó de él tras los cursillos de cristiandad duró apenas lo que dura un fogonazo y después no quedó de aquella efervescencia más que un sentimiento de ridículo, de impostura bajo la cual no había nada.

       Uno de los días de las fiestas patronales, el médico fue a su casa para invitarlo a dar una vuelta. Don Santos, que arrastraba un prestigio impecable, quería liberarlo de su cárcel. A regañadientes, se dejó llevar a la verbena, donde tomó alguna copa. El médico se retiró a una hora prudente, pero él siguió bebiendo. Sus impulsos de juerguista impenitente reaparecieron y comprendió que esa era su auténtica naturaleza, que era estéril el esfuerzo por apartarse de ella por mucho que se lo exigiera el cura. Su piel parecía electrizada de deseo y recobró esa fuerza centrífuga que lo encaminaba, inexorablemente, al burdel para ver cómo andaba el ganado de la Reme, que siempre traía novedades durante las fiestas.

       -Ya está bien de gazmoñería… ¡Tanto don Aquilino, tanto don Santos…! Soy un hombre y no un seminarista –se decía a sí mismo camino de la Reme cuando vio a su hijo con unos amigos. Pensó en él. Era un perfecto desconocido y eso, en su borrachera, no podía permitirlo.

       Lo llamó y, venciendo la resistencia inicial de aquellos muchachos, invitó al grupo a unas copas. Los chicos se fueron marchando y cuando ya estaban solos su hijo y él, le hizo una proposición:

       -¿Y si nos vamos tú y yo a casa de la Reme? Seguro que con la feria ha traído alguna pupila nueva. Y tú todavía no has catado a una mujer, ¿verdad?

       El chico intentó zafarse del padre, pero este seguía insistiendo. Al filo de la madrugada, ambos entraron en el burdel. Don Roque le mostró a las pupilas, semidesnudas y sugerentes. A un gesto suyo, se acercaron varias y empezaron a hacerle carantoñas al muchacho, que jamás había visto a una mujer en toda su desnudez. Las niñas le decían procacidades al oído y él notó, avergonzado, cómo su virilidad se presentaba en sociedad, entre las risotadas de su padre y la calculada complicidad de aquellas mujeres.

       -Reme, quiero una niña joven que estrene al chico, que es un poco pánfilo. Pero un buen estreno, de los de verdad.

       Roque hijo se vio arrastrado a un sórdido cuarto con escasa luz y una cama amplia con un espejo encima. Allí lo esperaba una chica joven, frágil y de un hablar muy dulce que ablandó la firmeza del chico.

       -Hola, me llamo Gladys. Vamos a echar un buen ratico, mi vida. ¿Te gusto? Tú me gustas mucho –y ante la falta de reacción del acobardado muchacho, ella pasó a dirigir la situación-. Vamos, vamos, mi niño, que no tenemos toda la noche. Desnúdate.

       Ante la inseguridad del joven fue ella quien tomó la iniciativa. Lo hizo con delicadeza, como si ella no fuera lo que era ni él fuera un inexperto muchacho calenturiento. Con los primeros contactos, Roque sintió un enorme placer que lo enloqueció.

       -No, mi niño. No hacía falta tanta prisa. Ahora tendremos que empezar de nuevo, pero quiero que recuerdes esta noche para siempre -y con su sabiduría logró lo que el chico creía imposible.

      Al salir, le dijo a su padre:

       -Padre, yo quiero casarme con esta muchacha. Es tan…

       -…puta –replicó el padre, lleno de ira-. ¿Pero es que has perdido la cabeza, hombre? –y le sacudió dos bofetadas que acabaron súbitamente con la alegría de ambos.

       La aventura no hubiera tenido mayor trascendencia si el chico no hubiera caído en una especie de fiebre que lo tenía trastornado. Si no hubiera empezado a sisarle al padre en los cobros de cada tarde para visitar a la chica. Si varios clientes no hubieran mostrado su enérgico desacuerdo con los saldos que don Roque tenía anotados en su libreta. Pero cuando dos o tres meses después se descubrió el fraude, el padre montó en cólera, le dio una paliza y a los gritos acudieron de nuevo vecinos, médico y cura. Este último lo miró de nuevo con toda la energía de un fiscal, pero ya nada de eso le importó. Se había liberado de la tiranía del cura y volvía a ser el animal casi irracional que siempre había sido en sus momentos de cólera.

       Tras una bronca discusión, don Roque puso en la calle a don Aquilino, sin más cortesías ni acatamientos, y se acostó. El corazón le latía con fuerza y sentía una sed terrible. Después apareció un dolor de cabeza muy intenso. A la mañana siguiente, la criada se sorprendió al comprobar que la tienda permanecía cerrada a una hora en que tendría que llevar ya abierta un buen rato. Llamó al timbre y comprendió que algo malo había sucedido. Fue hasta el cuartel de la Guardia Civil y con la pareja recogió en su propia casa la llave que don Roque le había dado para situaciones atípicas. La pareja y la muchacha, tras llamarlo varias veces sin obtener respuesta, abrieron la puerta de su dormitorio y lo encontraron muerto.

 

 

 

Entierro de un vecino, ca. 1980. Imagen de la web armillaenelrecuerdo

Entierro de un vecino, ca. 1980. Imagen de la web armillaenelrecuerdo.blogspor.com

 

 

6 El entierro

       De nuevo echó un capote don Santos al firmar el certificado de defunción falseando la hora. Con ello, el entierro podría celebrarse aquella misma tarde y de esta forma se acortaría el engorroso velatorio, en el que podía pasar cualquier cosa, pues no se sabía nada del testamento y había demasiadas viudas y todo un tropel de hijos. La gente también había intuido que podía producirse alguna escena divertida y había acudido en masa a lo que prometía convertirse en un espectáculo, tan necesario en un pueblo en que todos se conocían y jamás pasaba nada de lo que hablar.

       Se cruzaban comentarios jocosos y codazos cuando alguien estallaba en una inoportuna risotada. El bar de Nicolás, del que se decía que había conseguido el traspaso por las sospechosas facilidades que le había dado don Roque tras firmar el documento del cura, era un hervidero de hombres que entraban y salían.

       -¿Qué, Nicolás? Te veo hoy muy desanimado, ¿no? –decía uno, intentando hacer sangre.

        -Es que hoy hay muerto y eso siempre impone, aunque en mi negocio es para celebrarlo, pero está mal visto, ¿comprende usted? –respondía el tabernero, rehusando entrar al malintencionado trapo.

       En efecto, toda la mañana había estado sirviendo cervezas y vinos y al aproximarse la hora del entierro se estaba haciendo de oro poniendo cafés y copas de anís y coñac. Muchos clientes llevaban invertida una buena cuenta a costa de su negro sentido del humor y de su morbosa afición a lo sórdido. Todos sabían que algunas de las coimas de don Roque habían dicho en público que pensaban asistir al sepelio y que muchos de los hijos naturales también tenían intención de hacerse visibles, especialmente tras haber interpelado a Manolo el Chispas, pasante del notario, sobre la situación testamentaria del muerto, sin obtener el más mínimo dato.

       A las cinco de la tarde, Benigno comenzó el doble definitivo. A él no le iba ni le venía nada de la biografía del finado, pero sabía que iba a ser un sepelio sonado en el pueblo y él se jugaba su prestigio como campanero. Tenía que salir bien, se sentía inspirado, según le había dicho a su hermana cuando fue a comer con ella, antes de que llegara su cuñado, que lo acusaba de gorrón y majadero con pretensiones.

       Los bronces se alternaban y llenaban la tarde de lánguidas notas que ponían un acento triste en los ánimos de los del pueblo, pensaba el campanero, y la tarde prometía un crepúsculo mustio, muy apropiado para unas exequias tan relevantes como las de don Roque… Ahí, el campanero frenó su monólogo interior pues no sabía si podía, en rigor, calificarlo de prócer local.

       La plaza, que en breve espacio reunía la iglesia y las casas del muerto y de su viuda, era ya un hervidero, con una multitud de curiosos, fieles y aburridos morbosos, solo equiparable en gentío a la procesión del Viernes Santo. Las señoras, con el traje de acudir a misa los domingos, iban del brazo de sus maridos, que se habían venido antes del campo para asearse y vestirse la chaqueta de salir. Los que estuvieran cerca o atentos podrían oír a Dimas, el  sochantre y sacristán, ensayando el gorigori en el coro, acompañado con el armonio. Era otro que tenía ínfulas: de tenor, en este caso, y trataba sin éxito de alcanzar un do sostenido, aunque sólo obtenía estridentes gallos que él veía como errores ocasionados por las escasas oportunidades de ejercitar su voz y su digitación pianística en público.  

       Cuando el féretro cruzó la plaza, se hizo un silencio prodigioso. Duró solo el breve instante en el que todos intentaron dejarse ver por la viuda. Cuando esta entró al templo, flanqueada por sus dos hijos, se reanudaron las mil conversaciones y aparecieron mil comentarios jocosos.

       -Se ha muerto, pero ha vivido muy bien toda su vida. A ver quién le quita lo bailado. Ya quisiera yo… –comentaba uno, obteniendo asentimientos y codazos de los que lo rodeaban.

       -¿Sabéis que iban a poner sobre la caja su escudo de armas, pero lo ha prohibido don Aquilino? –aseguraba otro, con gesto cómplice de burla, y ante la extrañeza de los demás elevaba el brazo en un fálico gesto que levantaba carcajadas.

       -Es que es mucho don Aquilino para estas cosas –terciaba otro.

       -Yo he oído que querían formar el duelo con todas las viudas y bastardos, pero al municipal no le ha dado tiempo a citar a tanta gente –y se oían nuevas risotadas.

       De fondo se oía el mal temperado armonio y la voz de tiple del sacristán, que no podía con los agudos y machacaba el Sanctus, el Gloria y lo que le pusieran por delante. Finalmente intentó lucirse en el Ite, missa est ejecutando unos arpegios que le salieron nada más que regular (él mismo se lo reconoció con un gesto de pesadumbre, mientras apagaba el flexo y se alejaba contrito del teclado: “He tenido una mala tarde, ¿qué se le va a hacer?”).

       A la salida del féretro, la viuda y los dos hijos recibieron las condolencias de los presentes, alguno de los cuales evidenciaba clarísimos signos de estar borracho. Las señoras besaron repetidamente a los dolientes y se ofrecieron para lo que hiciera falta. Finalmente, las mujeres acompañaron a doña Martirio y a María Elena hasta su casa y el chico, junto a don Santos y un lejano pariente venido de la ciudad, formó el duelo masculino hasta el camposanto.

       Un momento después, la plaza se había quedado vacía. El sol, ya muy bajo, lanzaba destellos rosáceos sobre el pueblo, que ese día había disfrutado de un acontecimiento muy especial. Ahora quedaba hacer la digestión de los recuerdos, las bromas, las conversaciones maliciosas, los chascarrillos de sal gorda que se habían contado… hasta que se abriera el testamento y hubiera nuevos chismes que comentar. La plaza parecía un campo de batalla. Colillas, algún vómito de alguien que se había extralimitado con las copas, papeles, paquetes vacíos de cigarrillos, cajas de mixtos… El barrendero municipal pasó la escoba concienzudamente y dejó limpio aquel espacio. Nadie podría decir que allí se había despedido a don Roque, el usurero libertino. Ya no quedaba de él sino un incómodo recuerdo, igual que no quedaba ni un solo resto de la suciedad que había allí un momento antes. Así son las cosas de la vida, pensaba el barrendero.

       El tabernero salió para barrer su puerta antes de sacar las mesas y las sillas de la terraza.

       Ambos hombres se miraron, cómplices.

       -¿Qué me cuentas? Que ha pasado a mejor vida, ¿no?–preguntó el del bar.

       -Pues mira, según… La vida que se ha pegado el tío no sé si será peor que irse al cielo. No le ha faltado dinero, posición… y disfrutar está claro que ha disfrutado más que cualquiera del pueblo…

       -Eso es verdad…

       -En fin, no sé…, ¿qué quieres que te diga? Esto es lo de siempre: el muerto al hoyo y el vivo al bollo, ¿a que es así? Pues eso…

Alberto Granados