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Cambio presidencial

         Acabo de ver la votación de la moción de censura en el Congreso de los Diputados y, tal como se vislumbraba desde ayer tarde, Rajoy ha sido removido de ese cargo presidencial que tan indignamente ha ostentado desde 2011. Y digo que lo ha ostentado con la mayor indignidad porque sus mandatos han estado llenos de situaciones escasamente democráticas, de un empobrecimiento generalizado de las clases medias y modestas, una red de mentiras institucionalizadas y la más descarada ausencia de diálogo. Y la corrupción ha alcanzado las más descaradas cotas, jamás explicadas, jamás asumidas, jamás justificadas (en realidad este asunto resulta injustificable).

                Rajoy y su partido han hecho retroceder muchos de los logros democráticos que desde el XIX hasta 2011 se habían consolidado: el régimen de libertades públicas fue laminado por la llamada ley mordaza; los derechos laborales fueron sacrificados por la reforma laboral esclavista que implantó en su primera legislatura y que deja las manos libres al empresariado para contratar en precario y pagar miserias por el trabajo ajeno; el rescate bancario, ese que nos iba a salir gratis, nos ha empobrecido a todos, menos a los bancos, esos bancos que después desahucian a quienes no han podido satisfacer las cuotas de las hipotecas; hemos llegado a una verdadera persecución de todo lo heterodoxo y han sido muchos los creadores que se han visto a punto de entrar en la cárcel por una simple broma o desahogo que ofende a la gente de bien, especialmente si tiene un trasfondo contra le religión; los parados crónicos han sido olvidados, como si su envidiable situación fuera en todos los casos culpa de ellos y su desafección al trabajo; un fiscal jefe recomienda en Murcia que no se investigue a un presidente presuntamente corrupto; unos discos duros se machacan después de treinta y cinco formateos…

 

 

 

Imagen tomada de El País (Fotografía de Uly Martín)

 

                Y que no se manifieste la menor crítica ante estas arbitrariedades: será una persecución, una campaña en contra del partido, un linchamiento mediático. Tienen tal visión de la democracia que llegan a creerse incuestionables. Es esa herencia del viejo caciquismo, la esencia de aquella frase lapidaria de “Usted no sabe con quién está hablando”, que tan bien funcionó en los años más oscuros, en que el poder no era un instrumento, sino una prerrogativa que no admitía objeción alguna.

                Rajoy se ha negado al diálogo. Ha sabido siempre que no tiene capacidad dialéctica y que se podría liar incluso con sus propios argumentos, por lo que ha evitado a la prensa en todo momento. Y si hablamos de dialogar con Cataluña, algo que desde 2011 tendría que haber sido su tarea prioritaria, el panorama que ha provocado no puede ser más desolador.

               Rajoy, se va, pero deja un panorama desolador. La caverna objetará que Pedro Sánchez no ha ganado unas elecciones, algo que es evidente. Lo que interesadamente calla es que ha ganado un mecanismo perfectamente constitucional. Ahora vendrá la caverna a culpar a Sánchez de todo lo culpabilizable, desde el agujero de ozono, hasta el precio de las quisquillas de Motril y volverán a la carga con su mantra: cada vez que gobierna el PSOE arruinan al país. Lo que no puede hacer un gobierno es penalizar el consumo (IVA del 21%, que no pensaban subir) y minimizar el gasto social. Así es obvio que se ahorra, pero a costa de los más débiles. Le temo a ciertos conocidos que sé que me van a machacar enviándome whatsapps y mensajes denigratorios contra Pedro Sánchez y el gobierno que pueda formar, dure lo que dure. Yo le agradezco, por lo pronto, que haya desalojado de la Moncloa al presidente más inepto y al partido más corrupto de toda nuestra historia reciente.

             Rajoy es hoy un cadáver político que ocupará uno de los rincones más oscuros de la Historia. Me preocupa el futuro y espero que Sánchez sea capaz de salvar las difíciles situaciones que no le van a dar respiro. Tiene bastante tarea delante: desmontar la legislación laboral y social del PP, generar una sociedad más justa, recuperar con puestos de trabajo y salarios dignos a los miles de jóvenes (mi hija entre ellos) que salieron de España por lo que la ministra Báñez llamó “movilidad internacional” y una larguísima lista de urgencias para las que le deseo el mayor acierto. Adiós, triste Rajoy. Bienvenido, esperanzador Pedro Sánchez, y toda la suerte del mundo.

Alberto Granados

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Un andar solitario entre la gente

 

        Antonio Muñoz Molina es a estas alturas un avezado escritor que siempre sorprende a sus lectores porque cada libro suyo es diferente a los anteriores en muchos aspectos (planteamiento y ritmo narrativos, imbricación de las tramas, tono, etc.). Hay narraciones suyas lineales y en otras mezcla tantos elementos que requieren una acusada complicidad del lector; hay obras con ritmo “normal”, en tanto que en otras busca una deliberada morosidad; hay novelas de cierta aparente facilidad y otras son complejísimas. Si pensamos en títulos como Beatus ille, El invierno en Lisboa, Pleniluinio o La noche de los tiempos, tal vez se entienda a qué me refiero.

        En su nuevo libro hay una dosis extra de perplejidad para el lector. En efecto, la primera impresión que se lleva este al afrontar el último libro de Antonio Muñoz Molina (Un andar solitario entre la gente, Barcelona, Seix Barral, 13 de febrero de 2018, 494 págs.) es la de un conjunto de textos inconexos en que no hay un aparente hilo conductor. Una acumulación de estímulos visuales y sonoros que el autor percibe cuando en el metro, en la calle, en la realidad diaria, decide aprender y aprehender la esencia de la vida. Grabando conversaciones y ruidos, recogiendo hojas volanderas de la calle, fotografiando anuncios y eslóganes publicitarios, Muñoz Molina dibuja un inmenso friso de la sociedad que nos ha tocado vivir, un friso en el que destaca, por cierto, una inabarcable soledad, a la que hace referencia el título de esta obra extraña y magnífica.

Un andar solitario entre la gente

        Muñoz Molina se echa a la calle, tanto da si se trata de las calles madrileñas o las neoyorquinas, para saciar su ansia de voyeur y documentar el mundo que lo envuelve. Su deambular solitario entre la gente lo conecta con otros paseantes de la literatura y de la historia (el señor Bloom de Joyce, Poe, Walter Benjamin, Baudelaire, De Quincey, Melville, Pessoa…) y surge un proceso introspectivo, una larga y demorada reflexión, en que nos explica (y se explica a sí mismo) el punto exacto al que hemos conducido nuestra sociedad actual y el grado de individualismo y extranjería a que ha quedado reducido el ser humano. No es un diagnóstico precisamente optimista, aunque el análisis muñozmoliniano es impecable: una galería de personajes, de diferentes rangos de reconocimiento artístico, de diferentes épocas y de dos continentes, junto a otras personas desconocidas (mendigos, sin techo, vecinos anónimos…) pasean ante nuestros ojos lectores mostrando las pústulas que implican la supervivencia, la necesidad del alcohol o las drogas para seguir en pie, la miseria, la incomunicación y el desarraigo.

        Pero también sale el sol (hay en el libro una constante referencia al estado del cielo y sus diferentes luminosidades) y el mundo, el propio autor, encuentran la alegría de amar, de disfrutar una pieza musical, una buena comida, una caminata tonificadora, una conversación relajada, un libro o poema… que pueden hacer de la vida un ámbito habitable y grato. Es lo más parecido a la felicidad y hay que aprovecharlo.

        Este es el discurso ambivalente que se extiende a lo largo de las casi quinientas páginas de Un andar solitario entre la gente. Es un libro moroso, dilatado en la reflexión, que contiene una prosa deliciosa y, en algunos pasajes, espectacular. Muñoz Molina une su introspección con una enorme dosis de materia narrativa y lo hace con la sabia maestría del prosista impecable que es. El autor ha asegurado varias veces que lo difícil no es ser narrador, sino no serlo, ya que la vida ofrece mil estímulos narrables. Solo basta una actitud receptiva a esos estímulos y una necesidad compulsiva de contarlos. Con eso, la narración debería surgir fluida y eficaz. Y algo tiene que haber de verdad en este caso, pues reflexión y narración fluyen con una armonía que he encontrado en muy pocos libros. Hay pasajes con una prosa preciosista y, sobre todo, envidiable para los que nos atrevemos a cultivar nuestras modestas veleidades literarias.

AMM leyendo su discurso de ingreso en la de Buenas Letras de Granada (octubre de 2017)

        Al avanzar por las páginas de esta obra empecé desconcertarme, pues no intuía hacia dónde iba llevarme la lectura completa. ¿Qué pretende Antonio Muñoz Molina con esa mezcla de miradas hacia ese afuera social y su propio interior? Expone ideas y situaciones de personajes que una vez tras otra han aparecido con insistencia obsesiva, en sus artículos, incluso desde su primer libro, El robinson urbano. Al llegar a una de las últimas páginas, el propio autor, al hablar de su necesidad de escribir este libro, se dice: «Puede que nadie te haga caso y que seas peor que otro que tiene mucho éxito, o algún éxito. Tu amor por la literatura no tiene por qué ser correspondido. Tu fervor y tu entrega a lo que haces no significa que el resultado vaya a ser memorable…» (pág. 477). Y después añade: «Nadie te ha pedido que lo hagas. Nadie está en deuda contigo. Habrá quien encuentre ridículo e incluso censurable que dediques tanto esfuerzo, en una época de causas públicas tan urgentes [], a algo que tiene sobre todo una legitimidad estética…» (pág.476). Concluye que ha escrito este especialísimo libro porque no podía hacer otra cosa. Yo agradezco esa pulsión, ese libro tan intensamente gestado, tan desconcertante, tan interior y exterior, al mismo tiempo, tan lleno de vida.

        Y con el libro leído ya hace varias fechas, sigo sin entender ese impulso que lo ha llevado a un exilio voluntario en Nueva York, donde ha escrito a mano un abundante número de cuadernos, sencillamente porque el mismo hecho de escribir tiraba de él como una pulsión irreprimible.

        El libro ofrece además dos confidencias del autor: un proceso depresivo por el que ha pasado (afortunadamente superado de momento) y la sensación de rutina, de obligación de estar ahí, en el panorama literario, en congresos, ferias y conferencias, en firmas de libros… que han convertido sus ilusiones literarias de juventud en un trabajo fijo y rígido. Ambos aspectos me preocupan y espero que sean solo un bache del que pronto sepa salir el ubetense.

Solitarios entre la gente

 

        Muñoz Molina ya exponía en El Robinson urbano su idea del vagabundo, de la persona que deambula de un lado a otro sin un motivo justificable, si no es el mismo hecho de caminar. En aquel libro de 1984, el primero que publicó, exponía su visión del ser humano como náufrago de todas las travesías o exiliado de todas las patrias y de sí mismo, algo que ahora asoma a este nuevo libro. Pero ese naufragio robinsoniano era entonces una vivencia gozosa, que le permitía soñar, gozar, perderse en las callejuelas laberínticas del Albayzín, disfrutar de la conversación con su amigo el sabio Aplodoro. En las columnas de El diario del Nautilus, su segundo libro de columnas periodísticas, la referencia era el capitán Nemo, otro solitario que vivía en el interior de su cápsula sumergible, al margen de la vida común, de la que era un mero espectador.

        Lo que en la década de los ochenta era una soledad aceptada, contemplativa, feliz (su primera novela, curiosamente, se llamó Beatus ille),  treinta y cuatro años después, siendo el mismo planteamiento, resulta muy distinto. Esta vez la soledad está llena de presagios, de desolación y rabia. ¿Qué ha cambiado tanto: el propio Antonio, el mundo, la perspectiva de la edad? Probablemente todo ello, en un imposible barroco tecnológico y mediático, lleno de pesimismo y desesperanza. Y en ese punto se cierra el círculo, o eso creí mientras leía. Después, en medio de un proceso de reflexión y relectura, observo que todos sus personajes masculinos son similares: Minaya de Beatus Ille, Santiago Biralbo de El invierno en Lisboa, Manuel de El jinete polaco o Abel Antón de La noche de los tiempos… son solitarios que caminan entre la gente viviendo su diversa peripecia de plena desolación. Si hasta Lorencito Quesada, de Los misterios de Madrid, este en clave paródica, es un inadaptado social que vive en su fantasía, aferrado a cuatro realidades vacuas como su cofradía, su revista local y su paisanaje… ¡Demasiada soledad en medio de un mundo que, con todos sus defectos, es el que nos ha tocado vivir! Ya no creo que este último libro cierre círculo alguno, sino que es un punto más en esa línea constante que es su triste concepción del ser humano.

        Una consideración más: no se trata de un libro para leer con ansia de comilón, sino de un delicado producto culinario que hay que degustar en cantidades justas y a un ritmo diferente de una novela común. Al no existir apenas un hilo argumental hay que darle la lentitud con que se degusta una exquisitez de la gran cocina y seguir la reflexión minuciosa y pormenorizada sin empachos. El estómago lector hará una mejor digestión con una lectura (e incluso relectura selectiva) sosegada y reflexiva: es un libro de una belleza que roza lo solemne. Y a esperar el siguiente.

Mucho ánimo, Antonio.

 

Alberto Granados

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Del texto al diccionario

NOTA PREVIA: El pasado otoño, recibí la invitación de su editor, Juan Chirveches, para colaborar en el Boletín del Centro Artístico, que él ha relanzado tras llevar desaparecido mucho tiempo. Le preparé el texto que reproduzco a continuación. Anoche se presentó el número 5 de su Cuarta Época en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada. Una gripe severa me obligó a perderme el acto, algo que lamento profundamente.

Del texto al diccionario

        Las personas de ideas, sean pensadores, poetas, dramaturgos o prosistas, necesitan el corpus lexicográfico de su idioma para encontrar las palabras, esos materiales imprescindibles con que escribir sus textos. Si además el autor pretende rigor, consultará frecuentemente el diccionario (de la lengua, de uso, de sinónimos y antónimos, etc.) para comprobar la propiedad semántica de las palabras que ha seleccionado. Ese es el camino natural y lógico. Pero hay un buen número de palabras en nuestro idioma que han seguido el camino inverso: han nacido de un texto previo creado por un autor concreto que ha consagrado la palabra y la ha sumado al diccionario o al habla de la calle.

Suelen ser algunos arquetipos o escenarios literarios que han especializado su uso hasta significar nuevos conceptos. Además del poder denotativo de estos falsos neologismos, suelen tener un fuerte valor connotativo, no siempre positivo, pues lo normal no suele servir para crear tipos literarios complejos, sino que el autor más bien busca lo anormal, lo perverso, lo diferente.

        En muchos de estos casos (celestina, donjuán, otelo, etc.) el neologismo se basa en el mecanismo asociativo de la antonomasia, es decir, el cambio de significado que consiste en aludir a alguien mencionando una cualidad muy característica suya en lugar de su nombre propio, o emplear el propio de alguien en lugar de la cualidad que lo caracteriza, como en el Apóstol por san Pablo o en un nerón por un hombre cruel.

He aquí algunas de estas palabras nacidas de un texto previo:

ARCADIA

De su significado meramente geográfico (una región de la antigua Grecia) ha pasado a designar uno de los primeros locus amoenus (lugar ameno, en que se pretende representar el edén bíblico), repleto siempre de armonía, abundancia y felicidad. Ya aparecía en algunos poetas menores de la Grecia antigua, pero fue Jacopo Sannazaro quien publicó en Venecia su obra Arcadia (1502), que dio lugar al género de la novela pastoril durante el Renacimiento. El mundo volvía a ser un lugar perfecto tras las oscuridades medievales, durante las que se consideró un valle de lágrimas.  

Antonio Machado devolvió el uso literario a esta palabra en su poema Del pasado efímero, al describir al burgués apático e indiferente a la realidad social:

…Lo demás, taciturno, hipocondríaco,

prisionero en la Arcadia del presente,

poco importa…

CELESTINA

La RAE define el vocablo como: “1. f. alcahueta (mujer que concierta una relación amorosa)”. De nuevo se sustantiva un personaje fundamental de nuestra literatura.

 

El infierno, según Gustave Doré

DANTESCO

La RAE lo explica así:

“1. adj. Perteneciente o relativo a Dante, poeta toscano, o a su obra.

  1. adj. Que tiene rasgos característicos de la obra de Dante.

  2. adj. Dicho especialmente de una escena, una imagen o una situación: Que causa espanto”.

Se relaciona con las pavorosas escenas que Dante mostraba en su La divina comedia, especialmente en los pasajes referidos al infierno.

DONJUÁN

“Hombre que seduce a las mujeres con audacia y facilidad”.

Es el arquetipo de seductor falto de escrúpulos que gusta de mancillar la honra de las doncellas por el mero placer de la conquista. El personaje, original de Tirso de Molina, que se anticipó al Don Juan Tenorio de José Zorrilla, ha sido analizado desde mil puntos de vista para encontrar las claves de su personalidad incapaz de amar de verdad a una mujer.

También han seguido un proceso parecido sus sinónimos tenorio o casanova.

EGO

En su origen latino, era el pronombre personal de primera persona. Desde Freud, ya sustantivado, es una de las estructuras que forman parte de la mente humana.

FATAMORGANA o FATA MORGANA

“1. f. p. Fenómeno de espejismo que la gente de mar atribuía al hada Morgana.

  1. f. p. Ilusión (concepto o imagen sin verdadera realidad)”.

Tiene su origen en el hada Morgana, personaje del ciclo de leyendas artúricas. Curiosamente, dio lugar al adjetivo morganático, variante de matrimonio también llamado de mano izquierda, denominado así porque el contrayente pone la alianza en el dedo anular de esa mano, significando con ello que su pareja renuncia a los bienes y dignidades del otro contrayente.

HURÍ

“Cada una de las mujeres bellísimas creadas, según los musulmanes, para compañeras de los bienaventurados en el paraíso”. Fuera del contexto islámico, es una mujer bellísima que representa una gozosa promesa.

José Zorrilla escribió un conocido romance de tema morisco (Corriendo van por la Vega…) ambientado en la Granada musulmana en que dice:

…hurí del Edén, no llores,

vete con tus caballeros.

LAZARILLO

La RAE dice que es: “Persona o animal, especialmente perro, que acompaña a un ciego para guiarlo”.

Sin embargo, desde el nacimiento de la novela picaresca, tan nacional y tan actual, designa al personaje literario del pícaro, el superviviente que antepone sus necesidades más primarias a cualquier tipo de consideración ética.

LILIPUTIENSE

La RAE lo define como:Dicho de una persona: Extremadamente pequeña o endeble”. Tiene su origen en la novela de Jonathan Swuift Los viajes de Gulliver.

Curiosamente, esta obra originó también yahoo, que más que palabra en sentido estricto es una marca registrada de telefonía e internet. En el texto de Swuift, el yahoo era una criatura fantástica muy desagradable.

Fotograma de Lolita (Stanley Kubrick, 1962) con James Mason y Sue Lyon

 

LOLITA

Desde la novela homónima de Nabokov pasó a significar: “Adolescente seductora y provocativa”. Un nuevo arquetipo literario, el de la púber, casi niña, que va tomando conciencia del potencial erótico que su cuerpo es capaz de generar y que combina inocencia con perversión.

MARITORNES

“Moza de servicio, ordinaria, fea y hombruna”. Tomado de un personaje secundario del Quijote.

ODISEA

El diccionario define el término como: 1. f. Viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero.

  1. f. Sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien”.

        En su origen, era el título de uno de los dos soberbios poemas homéricos sobre la historia mítica de Troya.

 

ORCO

Aparece en el diccionario, con el sentido de “Infierno”, aunque últimamente se usa con el significado de “Persona de trato hosco y desagradable”. Esta nueva acepción se centra en leyendas de la mitología céltica y, últimamente, en sagas tales como la de Harry Potter.

 

OTELO

El nombre propio creado por Shakespeare se especializó como “Hombre muy celoso”.

 

QUIJOTE

La segunda acepción del DRAE dice de esta palabra que significa: “Persona que tiene ideales elevados y lucha y defiende causas que, aunque nobles y justas, no le atañen”. De nuestro personaje literario más universal pasó al Diccionario con semejante significado, así como su adjetivo quijotesco.

ROCAMBOLESCO

Según la RAE:Dicho de una circunstancia o de un hecho, generalmente en serie con otros: Extraordinario, exagerado o inverosímil”.

        Procede del personaje de Ponson du Terrail, Rocambole, un aristocrático ladrón que entretuvo con sus desmedidas aventuras a los lectores de varios folletines franceses del XIX.

 

SOSIAS

“1. m. y f. Persona que tiene parecido con otra hasta el punto de poder ser confundida con ella”.

Su origen se remonta a una comedia de Plauto, Anfitrión, en que un personaje se hace pasar por otro imitando su gesto y su forma de vestir.

Representación oriental del cuento Los tres príncipes de Serendip. Imagen tomada de DesequiLibros

 

SERENDIPIA

“Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”.

Palabra resucitada recientemente, a partir de la película homónima (en inglés, Serendipity), aparece en un complicado relato de sir Horace Walpoole, Los tres príncipes de Serendip, que improbablemente él había leído en unos supuestos relatos sirios, como aseguraba. En ese cuento, el azar pone en peligro para después recompensar a los príncipes que van en misión diplomática. Desde entonces, se usa para hallazgos científicos de origen casual, que pareciendo al principio catastróficos, al final suponen un valioso descubrimiento, como es el caso de la penicilina.

 

TARTUFO

 “Hombre hipócrita y falso”. Se remite a la obra de Molière.

 

UTOPÍA

“1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización.

  1. f. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.

Otro locus amoenus, en que todo funciona bien, al menos así lo formuló Thomas More en su obra homónima de 1516.

        Los textos bíblicos han generado bastantes palabras creadas por antonomasia: decir que alguien es un judas es aludir a su venalidad y deslealtad; armar(se) un belén es crear una situación confusa y llena de gente; decir de alguien que va hecho un eccehomo o un adán es señalar su aspecto lastimoso, etc.

Atlas sosteniendo el mundo

        Las leyendas mitológicas sobre dioses, semidioses y héroes clásicos también han generado una abundante nómina de adjetivos y sustantivos en que se abstrae la cualidad esencial del personaje: adonis o apolíneo (prototipo de belleza masculina), anfitrión (enfatiza la hospitalidad), atlas (el gigante que sostenía el mundo sobre sus hombros) significa una publicación que contiene mapas, narcisismo (la autocomplacencia de Narciso), volcán (de Vulcano) y un enorme caudal de varios cientos de palabras se asentaron en nuestros diccionarios y proceden de textos previos. El hablante, a través de sus asociaciones y dotado de una imparable libertad creativa, es mucho más dueño y señor de su idioma de lo que creemos.

Alberto Granados

 

 

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Herido en mis sentimientos laicos

 

 

 

        El rollo que no cesa: constitucionalmente somos un país aconfesional, pero en la práctica diaria la iglesia católica cuenta con una insultante prevalencia que me resulta injustificable y la grey católica tiene una disposición, parece que congénita, a sentirse ofendida en sus sentimientos religiosos a la menor broma, a un simple tweet o un meme que sobrevuela las redes. Todo sería anecdótico si los jueces tuvieran claro que la iglesia católica, como cualquier otra confesión, solo tienen una autoridad moral sobre los fieles que voluntariamente acaten el dogma y la moral católicos, siendo nula en los demás casos; si la institución fundada por Cristo asumiera que su reino no es de este mundo y que los temas políticos son competencia exclusiva de los cargos, electos o designados, que tienen la obligación de llevar a cabo las medidas políticas que en cada caso se requieran; si se aceptara que el humor, incluso el más chabacano o despiadado, es solo una válvula de escape del espíritu humano y que no tiene por qué autocensurarse en razón de esa moderna filosofía de lo políticamente correcto, una forma encubierta (una más) de censura. Ya estoy harto de ver sentencias en que se arruina la vida de alguien por haber publicado en las redes una simple broma, por zafia que pueda ser, mientras los políticos, empresarios y famosos corruptos quedan impunes una y otra vez, pese a que nos están empobreciendo a todos. ¿Hemos perdido el norte definitivamente?

Obispos haciendo el saludo fascista (Imagen tomada de laiscismo.org)

        La iglesia asumió sin el menor reparo ético los postulados del franquismo, al que recubrió de ideología católica en el vano intento de enmascarar la realidad: que unos generales ambiciosos se habían rebelado contra el gobierno legal para hacerse con un poder absoluto e inmisericorde, secuestrando a un país durante cuarenta años de partido único, censura de prensa, ausencia de libertades civiles, durísima represión que llenó de muertos nuestras cunetas y, eso sí,  una escenografía religiosa más propia del barroco que del s. XX. Algo tan repugnante, tan violento y tan revanchista que la iglesia católica camufló y justificó con una desvergonzada complicidad. La iglesia obtuvo a cambio la prevalencia social, la presencia en las Cortes franquistas, el estar presente en la legislación, en el centro mismo del poder.

        Pero tras la Constitución de 1978, en vez de asumir su nuevo papel (el de una institución desprovista de poder civil y vinculada exclusivamente a la conciencia de sus fieles) ha seguido maniobrando y movilizando a su grey, de manera que no ha cesado de presionar en temas legislativos tales como el divorcio, el aborto, los matrimonios homosexuales, la asignatura de Educación para la Ciudadanía y la legislación educativa, ni de reclamar un dinero y unos bienes que no le pertenecen, demostrando que su espiritual universo es bastante más de este mundo de lo que evangelio asegura.

       En los últimos años, y siempre aprovechando leyes de la derecha (también del PSOE, que conste), ha inmatriculado bienes culturales y edificios notables, entre los que destaca la mezquita de Córdoba, que ellos llaman ahora catedral; han intentado vender de tapadillo a Shoteby’s unas vigas de la época del califato de la mencionada mezquita para que se subastaran; no tiene que pagar el IBI, como hacemos el resto de instituciones y ciudadanos; cobran entrada a sus museos y monasterios, entradas que no pagan IVA ni liquidan en Hacienda porque se consideran un donativo voluntario, mientras los libros pagan un abusivo e injustificable 21%…, por no hablar de casos de pederastia que obtienen benévolas sentencias.

Wyoming: Rouco Varela no quiere vivir como Cristo. Quiere vivir como Dios.

        La jerarquía católica hace muy bien en defender su patrimonio (como haríamos cualquiera) y su parcela de poder (repito: espiritual), pero el resto de la sociedad civil, empezando por los tres poderes básicos, tendrían que proteger nuestro patrimonio cultural, atajar las injerencias eclesiales en las decisiones del Estado, recibir el mismo tratamiento fiscal que cualquier empresa o institución… En síntesis, la iglesia católica, como cualquier otra confesión religiosa, debería estarse en su sitio y limitar su presencia pública a la atención espiritual de sus fieles y sacar sus procesiones cuando toque y, a la vez, dejarle a los demás el ejercicio de sus funciones legislativas, ejecutivas o judiciales.

        La última chispa entre sociedad civil (la única que yo reconozco) e iglesia católica ha surgido hace solo unos días. Se ve que al abad de la basílica del Valle de los Caídos no le gusta demasiado la Ley de Memoria Histórica, por lo que ha estado obstaculizando que unos familiares de una de las víctimas de la contienda, que no Cruzada, recojan los restos, previamente identificados, de su pariente para darles sepultura. Tras un largo proceso judicial, el abad ha sido llamado a una comisión del Senado. Se ha negado a comparecer porque su trabajo se lo impide. Y algunos miembros de dicha comisión van a ir a verlo, en una injustificable incoherencia, una bajada de pantalones que no deberíamos permitir. Me parece un comportamiento inaceptable. Que el abad burle una resolución judicial y un requerimiento del Senado me parece de la misma gravedad que esas desobediencias aparejadas al proceso independentista catalán, solo que mientras estas últimas han llevado a la cárcel a parte de sus responsables, hasta el momento, el abad se regodea junto a la tumba de Franco sabiéndose invulnerable, como en los tiempos del nacionalcatolicismo. Y es un hecho impresentable, un funesto precedente que se tomará como ejemplo de la parcialidad de los mecanismos del Estado cuando alguien incumpla la ley y sea severamente sancionado.

        Como los católicos están a la que saltan en estos temas y se sienten ofendidísimos en su sensibilidad religiosa a la menor crítica, deseo aclarar que no estoy atacando a la iglesia católica (supongo que a estas alturas entenderán la diferencia entre crítica y hostilidad), sino defendiéndome de su falta de escrúpulos, de su voracidad y de su desvergüenza, al tiempo que exijo a los poderes civiles que actúen sin tanta contemplación, como lo harían en cualquier otro caso mundano. Amén.

 

Alberto Granados

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Individuo y masa (o razón contra pasión)

 

 

        En algún rincón de mi blog he dicho que mi concepción del ser humano se resume en el título de un viejo poemario de Blas Otero: Ángel fieramente humano. En efecto, cada uno de nosotros es una mezcla de ángel y fiera, una síntesis personal de los dos extremos éticos. Creo que el terrorista más execrable, ese que lleva cientos de muertes a sus espaldas, puede desplegar ternura hacia los suyos, lealtad a su causa, sentimientos nobles solo un breve lapso después de haber mostrado su ciega crueldad y en la misma medida, el ser más angelical y bondadoso, querido de sus vecinos y respetado socialmente, puede alberga en su interior al más implacable canalla. Somos, repito, humanas mezclas del ángel y la fiera que llevamos dentro.

        La mayor parte de la sociedad controla los extremos, y con ese punto de equilibrio arrojamos un perfil socialmente aceptable, al menos hasta ahora, lo cual no garantiza que saquemos a la bestia en un momento de tensión extrema. Sam Peckinpah, en su gran película Perros de paja,  hizo del pacífico profesor universitario un maestro del cálculo y de la crueldad cuando en la tranquila población de Inglaterra donde se ha retirado para terminar un trabajo, unos mozos toscos y atrasados acosan y violan a su esposa. El hombre bajito y absorto en sus complicadas ecuaciones pasa, ante los estímulos pertinentes, a ser un despiadado y sádico vengador y consigue convertir su poquedad en un amplísimo e impensable catálogo de maneras de matar.

        Toda España ha vivido la desaparición del niño Gabriel Cruz, el Pescaíto, con verdadera zozobra. Yo he pensado mil veces en el mal trago por el que sus padres han pasado estos días y he visto las muestras de apoyo por parte de paisanos y conocidos, algo que me ha hecho pensar que la gente es buena.

        Pero ha bastado llegar al desenlace de ayer, algo que nos ha metido en el alma una angustia insuperable, para que nuestros angelicales deseos de un final feliz se hayan trocado en una súbita ferocidad, como en el título del poemario de Blas de Otero. Hemos dejado de ser ángeles para convertirnos en fieras despiadadas.

        Y han aparecido bulos en las redes, acusando a la presunta infanticida (a estas horas aún no se sabe nada) del asesinato de otra niña; ayer mismo la gente se congregaba ante la comisaría almeriense llamándola asesina, con una saña y una emocionalidad airada que me hicieron ver en ellos una jauría hambrienta de venganza y linchamiento. Hoy ya he recibido varias invitaciones para pedir que cumpla no sé cuantos años de condena y en un comercio alguien se explayaba sobre la necesidad de reimplantar la pena de muerte.

        ¡Qué fácil es dejarse llevar por las emociones, especialmente cuando se está dispuesto a diluirse en la masa amorfa, vociferante y vengativa! ¡Con qué facilidad sacamos a pasear al monstruo que todos llevamos dentro en las circunstancias dolorosas, cuando más falta haría la frialdad del razonamiento!

Imagen de Carlos Barba (EFE), tomada de eldia.es

        Yo no paro de pensar en el pobre chiquillo, que ha servido de chivo expiatorio de alguna oscura motivación (¿celos?, ¿presenció algo inconveniente?, ¿suponía un obstáculo para la detenida?…). Y pienso en la inmensa dignidad con que los padres han sobrellevado su particular y doloroso calvario, a la vez que les deseo fuerzas y ánimos para seguir adelante tras tanto sufrimiento. Y en la inmigrante que, en principio, parece la autora del crimen. Por ese orden. Y solo encuentro en todos ellos una invitación a la piedad. Hacia el niño, porque se le ha segado la vida a los ocho años. Hacia los padres, porque les ha sobrevenido una carga de dolor que solo el paso de mucho tiempo permitirá mitigar. Y a la presunta homicida, porque le queda un amargo futuro de remordimientos y cárcel.

        También pienso en la turba de entusiastas vengadores que gritan y exigen condenas eternas. Representan la pérdida de la individualidad para mezclarse en masa. Me surge una pregunta: ¿son los mismos que en unas semanas sacarán arrobados los pasos de su cofradía en olores de incienso y santidad? ¿Los que se consideran ejemplos de buena conducta y pensamiento intachable? ¿Los ángeles o las fieras humanas?

Alberto Granados

 

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Fernando de Villena y la bohemia

 

 

        La bohemia cultural fue un movimiento exportado del París de finales del s. XIX, cuyos miembros (escritores, músicos y artistas plásticos) pretendían acabar con el academicismo y los clichés artísticos anteriores y con el esquema ideológico pequeñoburgués. Con algo de revolucionarios, eran ingenuos, soñadores, visionarios, seguidores de la poesía francesa (Verlaine era su modelo indiscutible) y malditos. Con todo lo innovadores que se pretendían, en realidad fueron los últimos románticos, dispuestos siempre a glorificar su sueño creador inmolándose como víctimas de la sociedad, a través del hambre, de la falta de techo, la miseria, la falta de recursos y las triquiñuelas para sobrevivir en una sociedad siempre egoísta, a la que su arte no llegaba con facilidad.

Presentación El reloj de la vida de Fernando de Villena

        La bohemia fue materia narrativa en Francia, aunque en España apenas tuvo representatividad literaria, si no es Luces de bohemia, que por sí sola cubre ese vacío. Paradójicamente, tuvo más presencia en la música, ya que cuenta con dos óperas llamadas La bohème (una firmada por Giacomo Puccini y otra por Ruggero Leoncavallo), una zarzuela, (Bohemios, de Amadeo Vives) y una de las baladas más hermosas que ha cantado Charles Aznavour. Pocas referencias más para un tema que apenas se ha estudiado y que parece pertenecer a ese apartado de la “literatura perroflauta” o marginal sobre la que los historiadores de la literatura apenas pasan de puntillas.

        Fernando de Villena acaba de dedicarle a la bohemia madrileña una novela bastante meritoria, El reloj de la vida (Madrid, Editorial Evohé, diciembre de 2017), que se presenta al público esta tarde (Centro Artístico, a las 20,00 h., con Miguel Arnas Coronado ejerciendo de presentador). La calidad literaria de su prosa, lo inusual del ambiente, la amenidad de la trama y de sus recursos metaliterarios, así como la solidez del personaje protagonista, permiten adivinar que la novela tendrá una gran aceptación, mucho más que merecida.

Fernando de Villena presentando Los conciertos en la Feria de Libro de 2016

        El reloj de la vida mezcla personajes reales e inventados, al igual que diferentes geografías (Ronda, Granada, Madrid, Guernica, el frente de Teruel), para contar la biografía del poeta apócrifo Alfonso Linares. Al igual que hizo Cervantes en su Quijote o Cela en su La familia de Pascual Duarte, Villena recurre a un narrador interpuesto, que habría dejado una autobiografía, la que forma la mayor parte del libro. La voz narradora, según este simulacro, habría editado anteriormente (y aquí otro guiño, el cameo de un editor real, nuestro común amigo Ángel Moyano) ese documento, pero tras varios años reúne nuevos y reveladores datos, los necesarios para completar esa biografía ya desfasada.

        La autobiografía del poeta recorre media España y cincuenta años de su historia, en las que refleja la devoción oficial por el Modernismo, que va dejando paso a la poesía pura y, desde la dictadura de Primo de Rivera, a la poesía militante, el poema como arma cargada de futuro, especialmente cuando llega la República y comienzan los asesinatos del pistolerismo de ambos bandos. Del adolescente que salió de Ronda no queda nada. La vida y, especialmente, la Historia solo han dejado muchos sueños rotos, una sensación de fracaso global, una percepción desgarrada de la realidad, un hombre solitario que llega al asesinato por venganza y, como antídoto, un amor idealizado que tarda en verse saciado, como en la poesía trovadoresca o en los poemas udríes, amor que extingue la enfermedad más literaria de la época reflejada: la tuberculosis, la misma que se lleva a Mimí en la famosa ópera de Puccini y a otros tantos arquetipos literarios.

        Las tertulias literarias, las redacciones y direcciones de diferentes periódicos, figuras como Rubén Darío, los hermanos Machado, Cansinos Assens, Juan Ramón, Ramón Gómez de la Serna y Ramón del Valle-Inclán, junto a otros muchos escritores soñados y soñadores recorren las páginas de esta obra originalísima, en que la cadencia biográfica del protagonista se muestra en pasajes de una notable calidad literaria, consolidando con ello un gran personaje literario en el que lo de menos es que sea una pura invención de Villena.

Novela galante de la época

        El autor, jugando con esa ambigüedad de la verdad falsa y la verdad verdadera, con ese desdoblamiento de elementos supuestamente escritos por el protagonista junto a los de otra procedencia, con autores de la época junto a otras meras invenciones, construye un verdadero friso histórico y literario de notable eficacia narrativa.

        Fernando de Villena, siempre interesado en reflejar la historia junto a la vida, hilvana en esta novela histórica un deslumbrante universo narrativo en que el lector no tiene otra alternativa que dejarse arrastrar por lo que la novela, seductora, amena y apasionante, marque. Y la novela marca, de forma impecable, un período histórico apasionante y una biografía de bohemia y amores dolientes.

        Que ese reloj que es la vida regale a Fernando muchas horas de creación literaria y que sus lectores podamos disfrutarla.

Alberto Granados

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Paseos

 

        Hoy se cumplen 81 años de la desbandá, la salida precipitada de la población civil de Málaga ante la llegada inminente del ejército nacional, hecho histórico que supuso una matanza incalificable. Últimamente no pongo en mi blog los relatos que voy escribiendo, por si terminan en un eventual libro, pero esta triste efeméride merece saltarse mi propia regla, así que ahí va mi cuento:

A Antonina Rodrigo, esforzada investigadora de las

mujeres comprometidas, soslayadas o represaliadas

 

 

        Marcial y Pepe, con el pretexto de darle al nieto un paseo por el puerto, aprovechan la mañana malagueña. El frío los obligará pronto a volver a la casa en que ahora comparten sus soledades y su desazón. Se conocen desde hace muchos años, aunque el grado de confianza no siempre ha sido el mismo. Han vivido en barrios colindantes y han coincidido muchas veces cuando sus hijos eran pequeños y los sacaban para que les diera el aire. Más adelante don Marcial fue el maestro del pequeño Fernando, hijo de Pepe. Eso les obligó a estrechar la relación entre ambos, siempre respetuosa y cordial. Lo que nadie podía prever por entonces es que el chico de Pepe y la propia hija de don Marcial acabarían enamorándose y, finalmente, casándose. Al principio, Pepe le llamaba don Marcial y lo trataba de usted.

        Marcial, formado en las ideas de la Institución Libre de Enseñanza, moderado en su pensamiento, con ideas igualitarias, defensor de los derechos del individuo, de los débiles, siempre sintió un respeto reverencial por la educación popular, gratuita y laica para todos, especialmente para la gente sencilla. Cree no haber hecho jamás daño a nadie, al menos de forma consciente, y hasta hace muy poco su conciencia le ha dejado dormir tranquilo. Pero todo ha cambiado tanto en tan pocos años, que ahora no ve más que sombras que le han robado el optimismo y la alegría de vivir, que han sembrado el vago temor de que ese niño huérfano les sea arrebatado de una manera u otra.

        Su consuegro, Pepe, es un hombre que no ha tenido otra escuela que la de la supervivencia. Ha desempeñado varios oficios a lo largo de los años: camarero, albañil, dependiente en una zapatería, viajante de comercio… Jamás ha pasado por su cabeza una convicción política, un sistema de pensamiento, un principio ideológico. Solo lo que cualquier hombre justo y bueno puede albergar en su corazón: un deseo de justicia, de un reparto más equitativo de la riqueza, un irreprimible sentimiento de asco hacia los señoritos zánganos que no han doblado el espinazo en la vida, un afán por llevar una vida tranquila, por vivir de su esfuerzo y superar por sí mismo los problemas.

        Cada uno desde su óptica han vivido horrorizados la violencia de los últimos años, tanto que sin ser monárquicos han echado de menos el relativo orden de la etapa de Primo de Rivera. Ambos se entusiasmaron cuando llegó la República, pero esperaban otra cosa, algo más acorde con sus maneras de entender la vida. Han sufrido la mayor decepción y cada convento quemado, cada acoso a gentes de la derecha, cada asesinato, les han producido una sensación de horror, al igual que los asesinatos a cargo de sicarios pagados por la derecha, pero esas cosas entraban en lo que entendían por previsible. Sin embargo, lo de la República…

        Marcial ha hecho reflexiones profundas, con base filosófica, en tanto que Pepe solo ha alcanzado la crítica inmediata del hombre de la calle, sin fundamentación teórica, con un intuitivo, instintivo casi, sentido del bien y del mal, de lo que hay que aceptar y lo que se debe rechazar si se es honrado. Los dos saben lo que es ver derrumbarse sus expectativas, o peor aún, la llegada del dictador y de la guerra. Agazapados en la ciudad, sin saber lo que pueda pasarles, esperan los acontecimientos y el final más rápido posible de aquella injustificable guerra entre hermanos.

        El niño parece feliz a ratos y mira cómo las gaviotas se lanzan en picado sobre los peces.

        —Mira, ha sacado un boquerón, abuelo —señala Lolo con el dedo.

        Ambos rompen su silencio pétreo para contestar al chiquillo.

        —¡Qué mala, la gaviota! ¡Cómo se ha llevado al pobre pececillo…! —responde Marcial, al tiempo que piensa en mil analogías que encuentra en la anécdota: el abuso de quien tiene algún tipo de fuerza sobre los más débiles, la crueldad de la vida, la violencia, la brutalidad…

        —¡Pobre boqueroncillo! —le dice el abuelo Pepe, que ve en su nieto una víctima irreparable del sinsentido, un diminuto boquerón que, a sus tres años, ya ha sido devorado por las circunstancias y aún puede ver agravada su situación por leyes perniciosas e injustas que se están implantando. ¡Y que se quede en eso, pues si lo perdiera…! ¡Si se lo arrebataran…! No quiere ni pensarlo, aunque no consigue quitárselo de la cabeza. No sabe lo que sería capaz de hacer…

        Lolo ve una lagartija entre los gigantescos bloques de piedra que dan consistencia al muelle y la persigue, lo que le hace olvidar la gaviota, que tanto lo ha conmocionado solo un instante antes. Hurga en las grietas con un palito y lo arroja al mar cuando no consigue que salga el animalejo.

        Los abuelos siguen metidos de lleno en su preocupación. Hace cuatro años que Fernando y Manolita se casaron. Ella, educada por su padre, era una mujer culta, reflexiva, moderada, justo lo contrario de Fernando, cuyos avenates radicales e incluso violentos, sus agresivas opiniones políticas, su defensa de la violencia y la justificación de los crímenes asustaban tanto a don Marcial como a Pepe y Victoria, que no habían sabido transmitirle a su hijo el sentido de moderación que, en medio de una guerra civil, hubiera resultado tan necesario.

        Fernando, dos años mayor que Manolita, había sido alumno de Marcial. Este lo conocía bien. Sabía de su agresividad, de su carácter díscolo, de su genio incontrolable, de su naturaleza impulsiva. Había tenido que hacerle reflexionar muchas veces. En calidad de maestro del niño conoció a Pepe y Victoria, sus consuegros. Después Fernando empezó a hacer pequeños trabajos por lo que abandonó la escuela.

        —Una pena, miren ustedes. Fernando —les decía el maestro a quienes con el tiempo se convertirían en sus consuegros— es muy inteligente y se lo han llevado cuando empezaba a dar muestras de madurez.

        —Sí, don Marcial, pero es que en casa hacen falta los cuatro chavos que él gana. Ya me gustaría a mí que mi hijo pudiera seguir estudiando —le respondía, agradecido, Pepe—. Yo quisiera que mi hijo estudiara una carrera, ya que yo no he pasado de leer, escribir malamente y las cuatro reglas, pero mi casa está llena de necesidades, ¿sabe usted?

        Marcial se ofreció a darle clase por las tardes en su propia casa. Lo hacía con otros chicos en los que veía alguna capacidad especial. Junto a ellos, su hija Manolita, una preadolescente que tenía la misma belleza que Manola, su madre. Estaba convencido de que separar los aprendizajes por sexo era una barbaridad que solo producía más oscuridad sobre el tema tabú de la sexualidad, más prejuicios que solo la moral dominante avalaba con una absoluta hipocresía. Y el chico le gustó a la niña, que empezó a suspirar y a experimentar las languideces del primer enamoramiento. O de las primeras hormonas, como aseguraba su padre, que prefería explicarle con todo realismo a su hija los fenómenos que descubría poco a poco en su propio cuerpo y en sus emociones.

        Finalmente, Fernando encontró un trabajo en un taller mecánico en Madrid y tardó años en volver a Málaga. Con los ahorros pudo quedarse con un taller. Ya era un empresario, lleno de deudas, pero un hombre situado. Cuando abrió el negocio fue a saludar a don Marcial. Ahora Manolita era una mujer hermosísima que preparaba oposiciones a maestra, mientras acompañaba a su madre, aquejada de una gravísima dolencia cardiaca. Se miraron a los ojos con una intensidad que dejó claro lo que iba a pasar. Don Marcial y Manola hablaron con la hija. Le explicaron la forma de ser de Fernando, la fuerza que lo había hecho superarse, las posibilidades que se abrían ante ella… y poco tiempo después, tras la muerte de Manola y el luto, ambos se casaron y se establecieron en una modesta casa de las cercanías. Marcial comprendió el sentido de la palabra soledad, la soledad más desgarrada que jamás había podido concebir, algo que el nacimiento de Lolo le ayudó a sobrellevar.

        El chiquillo se detiene en seco. Se han oído disparos y gritos. Se tapa los oídos y tira de sus dos abuelos obligándolos a tumbarse en la arena. El niño se escurre como una alimaña buscando el refugio de sus dos cuerpos. Ambos se miran. Pepe acaricia al niño y consigue tranquilizarlo. Lolo ya no soporta esos petardos que hace solo unas semanas pedía con insistencia cada vez que Marcial lo recogía para dar una vuelta por el puerto. Ahora le producen un pánico incontrolable. Temen que la experiencia vivida haya dejado secuelas en el niño. ¡Ha sido tan duro! Y ambos hombres, se enrocan de nuevo en sus recuerdos.

        Hace dos meses empezaron a llegar noticias confusas: los italianos habían tomado Ventas de Zafarraya. Si instalaban allí una batería podían deshacer Málaga en unas horas. En cuestión de días, los rumores se multiplicaron sin que nadie supiera determinar ni su exactitud ni su procedencia: que Queipo estaba disponiendo la toma de Málaga, que era cosa de días, que era mejor irse, incluso sin ser sospechosos de republicanismo, que…

        Marcial, Pepe y Victoria celebraron una especie de consejo familiar en casa de Fernando y Manolita. Era mejor irse y la única vía posible era dirigirse hacia Almería. En Málaga podía pasar de todo, desde saqueos hasta violaciones, desde paseos nocturnos hasta detenciones escasamente justificadas. En una guerra, la normalidad deja paso a los peores instintos. Se decía que Queipo incluía en las tropas a los regulares, cuya crueldad se había hecho tristemente conocida. Allí no había la menor seguridad para nadie, menos para las dos mujeres, así que había que irse con lo puesto. Marcial, en cambio, anunció:

        —Yo no me voy. No estoy dispuesto a salir huyendo, como si fuera un malhechor. Siempre he sido un hombre de ideas, un maestro de la escuela pública. Jamás me he metido con nadie…

        —Papá —le hizo ver Manolita—, es cierto que no has hecho daño a nadie, pero eso no te ofrece la menor garantía con estos bárbaros. Representan justamente lo contrario de tus ideas y siempre habrá alguien que te señale como sospechoso de algo. En estas situaciones, cualquiera puede denunciarte para medrar… no olvides las amenazas de doña Patro, tu compañera. Según ella, te tendrían que haber echado del Magisterio hace años por tu agnosticismo, por tu humanismo y tu cultura, tan peligrosos para ella, ahora apegada a Falange y fascista redomada.

        Pepe también insistió:

        —Marcial, no soy quién para decirte lo que tienes que hacer, pero recuerda que te has señalado bastante, que no has pisado una iglesia en los treinta años que llevas aquí, que en los días de semana santa te ibas a la playa… mientras tus compañeros te ponían verde por tu manera de ser. Si alguien canta, eres hombre muerto cualquier noche. Y los demás, tu hija, nuestro nieto, nosotros mismos, te necesitamos vivo.

        —No me voy. Vosotros sí que debéis partir… el problema es cómo.

        Fernando respondió:

        —En el taller tengo el coche de don Juan el del almacén. Me lo dejó cuando se fue de España. Lo he estado arrancando y revisando. Podríamos salir esta misma noche… Pero por favor, Marcial, véngase usted también.

        —Mira, Fernando, mi mujer está enterrada aquí y yo me quedo donde ha estado mi vida más de treinta años. Mi esposa, mi trabajo con cientos de niños, entre ellos tú mismo… ¿Dónde puedo ir que no me sepa a muerte en vida, a claudicación, a cobardía?

        No hubo forma de torcer su decisión de quedarse. Por otra parte, los obuses empezaron a oírse, cada vez más cerca. Ya nadie sabía qué sería mejor, si quedarse o huir cuanto antes mejor. Se supo que Marbella había caído y que varios convoyes estaban llegando por la costa y por Las Pedrizas. Málaga iba a caer en horas. Pepe y Victoria, con Fernando y Manolita junto al niño, se despidieron angustiados de Marcial, pálido y asustado, pero lleno de firmeza. El coche se perdió en dirección a Almería. Desde la playa se divisaba una larga caravana que le recordó una amarga pintura de Brueghel. Sintió un intenso pánico por lo que el destino les tuviera reservado al resto de los suyos.

        Lolo, superado el miedo del tiroteo, se sitúa detrás de los dos hombres silenciosos y empieza a palmearles el trasero. Hacen gestos infantiles como simulando un enfado que no sienten y el niño se ríe. Cuando la broma deja de parecerle divertida se va a mirar unas flores y los dos hombres se envuelven de nuevo en su preocupado mutismo, cada uno pensando en sus cosas, que vienen a ser la misma.

Imagen  tomada de insurgente.org

        Fue hace dos semanas. El día amaneció con un rumor que fue tomando mil formas, pero siempre rodeado de un temeroso sigilo: la columna que huía en desbandada de Málaga había sido masacrada. La siniestra labor había que agradecérsela a tres buques de la Armada sublevada y a su aviación. Se veía a las claras la calidad humana de Queipo. Los rumores hablaban de centenares de muertos. Marcial salía a la playa a ver a la gente que volvía y que eran apresados por los militares que ya se enseñoreaban por la ciudad acompañados de de sus moros. Estos se habían dejado sentir bastante, no ya solo por los desfiles triunfales y los gritos, himnos y saludos fascistas, sino por los paseos que llenaban las noches de luto y detonaciones, por el temeroso rumor que se propalaba sobre fusilamientos que nadie podía avalar ni desmentir. A veces se arrepentía de haberse quedado. Sus ideas no podían traerle nada bueno.

        Y hace cinco noches, en plena madrugada, unos suave golpes en su puerta le hicieron pensar que venían a por él, pero cuando abrió se encontró con Pepe, que traía en brazos al nieto dormido. Era la misma estampa del agotamiento: demacrado, ojeroso, sucio y hambriento. Antes de decirle nada, se echó a llorar y Marcial lo comprendió todo. Victoria, Manolita y Fernando habían caído. Pepe y el niño se habían salvado de la bomba por haberse apartado del coche para que el niño evacuara. La vida las gasta así y no hay vuelta atrás. Hundido, le contó a Marcial el espectáculo al completo: el silbido de la bomba, el echarse a tierra, el volverle la cara al niño para que no pudiera ver lo que parecía tan claro. Y la sensación de impotencia. Le ahorró los detalles más escabrosos: la explosión atronadora, las llamas que envolvieron al coche, el silencio absoluto y la desolación más sangrante y dolorosa y trágica. Estaban solos, cerca de Torrox. Pepe recordaba su perplejidad. No sabía qué determinación tomar: si seguir el camino hacia Almería o regresar a Málaga. Finalmente optó por dar un gigantesco rodeo para evitar las carreteras y los accesos normales a los pueblos y a la propia Málaga.

        —De noche, Lolo es una pura pesadilla, un angelito que gime presa del miedo. El primer día me preguntó por sus padres y por la abuela Victoria. No supe qué decirle —le cuenta a Marcial—. Lo entretengo cada vez que saca el tema. Ahora parece más sereno…

        Intenta sacar de su imaginación ese bombardeo que lo ha dejado mucho más solo, pero no consigue evitar que mil dolorosas imágenes se adueñen de su conciencia, que las lágrimas fluyan, que sienta un angustioso desgarro. Agradece al destino que Manola no haya vivido para presenciar tanto horror. Y siempre la sombra de Lolo, del peligro que corre, siendo nieto de un huido y de un librepensador. ¿Qué suerte van a correr los tres? ¿Quién será el que dé el chivatazo y qué sucederá después? ¿Algún vecino? ¿La propia doña Patro, su compañera del colegio de niñas? ¿Cuántas amenazas los rodean?

        Pepe lo ha obligado a abandonar su casa. Ahora viven los tres juntos, aunque nadie sabe si es mejor así. Pepe considera que a él lo más que pueden hacerle es preguntarle por el resto de su familia. Siempre se podrá mentir para ver si cuela: se han ido al pueblo de su mujer y no sabe nada. En cambio, Marcial es carne de cañón. Los que han ocupado la ciudad no soportan que alguien piense con libertad. Pensamiento y libertad, dos palabras proscritas de la España que empieza a nacer sobre un lecho de fusilados y humillados.

        Marcial, consciente de lo que le espera, ha ido tomando una serie de precauciones. Ha ocultado la mayor parte de su biblioteca, los libros más comprometidos, que en realidad no son sino lo más sano del pensamiento occidental, tan distinto de la barbarie que les amenaza. También ha ido al banco y ha retirado todo el efectivo, que ha entregado a su amigo para la crianza del niño. Se ha deshecho también de fotos, revistas y objetos muy queridos: cartas de Fernando de los Ríos, libros teóricos de la izquierda, láminas históricas que ha usado en la escuela… También ha hecho una buena limpieza en su aula, pero no se engaña. Sabe que todo ese esfuerzo no implica garantía alguna ante el fanatismo y la sinrazón.

        Los dos abuelos acaban de tener una discusión bastante acalorada: Pepe le ha sugerido a Marcial que si se cruzaban con militares o falangistas respondiera al saludo a la romana. No era sino un gesto, pero un gesto que podía salvarles la vida.

        —Sí, pero es también un gesto que implica complicidad con la barbarie. Haz el saludo tú, que lo entendería, pero no me pidas que me sume a esta…

        —Es solo un gesto —le interrumpió Pepe con cierta ira—. Un simple gesto que puede salvar a nuestro nieto, Marcial.

        —Es mucho más que un gesto, Pepe. En el simple ademán de levantar un brazo puede estar la claudicación absoluta ante unas ideas que desprecio.

        —Marcial, por favor, no seas como mi pobre hijo Fernando, al que tanto le criticabas su soberbia. Es también un gesto que te puede salvar la vida. Una vida que necesita Lolo. No nos tiene más que a los dos. Hazme caso, por favor…

La desbandá (imagen de Google)

        La conversación se detiene porque se oye un coche que se acerca. Ambos quedan demudados. Unos falangistas se bajan y les piden que se identifiquen. En el coche va doña Patro, vestida de falangista. Evita mirar a Marcial, que no sabe qué hace allí su antigua compañera ni qué puede esperarse de ella. ¿Viene en calidad de denunciante, de defensora, de mero testigo? No conoce de nada a los otros dos hombres, así que doña Patro solo puede ser la delatora. Esta vez le van a dar un paseo y se lo van a quitar de en medio como si se tratara de un animal rabioso o de un apestado. No lo conocen de nada, salvo su compañera, pero la crueldad no necesita razones: le basta con la arbitrariedad y la fuerza. Se vuelve a Pepe, después a Lolo. Se lo imagina entregado a una familia del nuevo Régimen, alguien poderoso con afanes maternales. O tal vez hagan de Lolo un fascista a base de consignas en un centro de huérfanos. Un vago temblor le recorre la espalda. Sabe que no es miedo, sino una última forma de callada rebeldía.

        A Pepe no lo molestan, pero a Marcial lo obligan a subir al vehículo. Van al Gobierno Civil, le dicen. Los modales son imperativos y no dejan la menor duda sobre la gravedad de lo que puedan imputarle. Marcial intenta no perder la dignidad y sube simulando una tranquilidad que no siente. Pepe estrecha su mano y aprieta la del niño.

        —¿Adónde vas, abuelo? —pregunta Lolo con miedo, como si intuyera la realidad.

        —A dar un paseo con estos amigos, Lolo. Pórtate bien y no des disgustos al abuelo Pepe.

Alberto Granados