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Nocturno de luna llena

 

 

 

 

 

A Miguel Arnas Coronado, escritor y amigo,en el octogésimo

aniversario del asesinato de Federico García Lorca

 

 

 

 

         La luna llena extiende sobre los cerros y el secano un manto plateado, una claridad extraña que parece albergar mil presagios. Por el ventanuco de su cuarto ve la silueta de las pitas y las chumberas. No corre la menor brisa y Aurora no consigue dormir. El calor pegajoso enciende su piel y en los momentos de duermevela tiene sueños que la inquietan, pero que después no recuerda. Queda poco para que amanezca y cree haber oído la campana del lejano reloj del ayuntamiento, aunque no sabe si ha sido otro sueño desasosegado. Piensa en su madre que carraspea en la alcoba de al lado. Le gustaría bajar al pozo, sacar dos cubos de agua y refrescarse en la tina del corral, pero si la despierta empezará a buscar mil recriminaciones con que zaherirla, como si ella tuviera la culpa de todo lo que ha pasado solo por ser mujer, por tener diecisiete años y por deslumbrar a los hombres con esa belleza que a veces la hace sentirse sucia.

 

 

 

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         ¿Qué tiene contra ella? Aurora se lo ha preguntado demasiadas veces sin encontrar una causa. Nunca le ha pedido nada, ni se ha quejado jamás de la miseria en que ambas viven, ni ha reclamado otro trato. Ha aceptado la pobreza, el gesto displicente y la ausencia de afecto con naturalidad, pero piensa que si alguna vez tiene una hija necesitará mostrarle a las claras su aceptación y su cariño que ella tanto echa en falta.

       Compara su situación y la de otras chicas de los cortijos vecinos con las que intercambia alguna conversación cuando se cruzan por los caminos polvorientos. Las ve próximas a sus madres, cómplices en sus pequeños sueños. A la Juani, la madre le compró un vestido nuevo la feria del año pasado. Y la madre de Pilar habla abiertamente del gañán que la pretenda y de si convendría que se fugase con él o sería mejor esperar para hacer una buena boda, según le ha contado la propia muchacha. La más próxima, Conchi la del mulero, que vive en el cortijo de enfrente, dice que su madre y ella tienen un trato de amigas, que se cuentan cosas muy íntimas. En cambio ella no recuerda una conversación adulta, ni un gesto de ternura, ni mucho menos un beso. Aurora no es que la odie, pero se siente víctima de ese desapego que no se merece.

        Las dos mujeres están pasando por una situación difícil, pero eso no explica el desamor de la madre. Intenta recordar cómo era todo antes de la guerra, pero ella tenía entonces ocho años y no se fijaba en esas cosas. Tal vez es que su madre está vacía desde la muerte del padre. A veces piensa que la rabia no la deja querer a nadie e intenta justificarla. En otras ocasiones piensa simplemente que no la quiere, que cuando se supo preñada sintió ya la semilla del odio y del rechazo. Intenta ponerse en su lugar, pero le cuesta verdadero esfuerzo.

       -¿Cómo sería mi vida si me hubieran matado a mi hombre, si los culpables le hubieran colgado el muerto a un desgraciado y siguieran disfrutando como si nada? ¿Me quedarían fuerzas para querer a mis hijos o mi vida no encontraría más sentido que vengarme de los Valleverde? –se ha preguntado con frecuencia.

       Aurora sabe que su madre sufre. Alguna noche de insomnio se ha asomado a verla dormir y siempre se ha encontrado con sus ojos escrutadores y despiertos, como si nunca durmiera o el sueño no le aminorara la rabia hacia la vida.

       Más de una madrugada se ha oído el ladrido de todos los perros del contorno. Ambas se han asomado a sus ventanas y han visto un tropel de hombres que se acercaban a caballo. Aurora, desde la puerta de su madre, la ha visto en esas ocasiones descolgar la vieja escopeta de caza del padre. Semioculta tras la cortina, apuntaba al vacío de la noche con la vieja arma. Sabe que su madre lleva años esperando el paso de Tomás Valleverde para descerrajarle un tiro mortal. Pero cada vez que se ha oído el paso de las bestias solo se trataba de una tropa de segadores o cazadores que iban a lo suyo, nunca del culpable de su dolor.

       Una de aquellas noches, helada por el terror, la vio acercarse el cañón a la boca. Aurora vaciló, pero inmediatamente se acercó y le puso una mano sobre el hombro, una mano resuelta, cálida, tal vez llena de una titubeante ternura. La madre soltó el arma y rompió en sollozos. No cruzaron una sola palabra en todo el día. La joven sintió una pena infinita por aquella mujer que no sabía quererla, aunque dudó si por un mínimo instante no había deseado que se hubiera saltado la tapa de los sesos. Ella habría quedado libre para irse de aquel infierno, para huir a otras tierras donde hubiera verdor, agua y algo de comprensión que la compensaran del desamor. Donde no volviera a encontrarse con el fantasma de los Valleverde ni con ese estéril rencor.

       Diecisiete años mamando el odio que rezuma de una tierra despiadada, árida, enemiga. Son muchos años de rechazo inexplicable. Aurora sólo recuerda felizmente el año y medio en que asistió a la escuela. La señorita Sole la quería, le enseñaba cosas que le parecían sorprendentes y le daba besos sinceros y llenos de calor, los únicos que había recibido en su vida. Sin embargo, nació su hermano Paquito y con ocho años escasos se lo entregaron para que lo cuidara, pues los padres se deslomaban intentando sacar algo de aquel triste pegujal que le habían comprado a don Tomás Valleverde, el todopoderoso cacique.

        Era un terreno en que apenas crecía nada, duro como las miles de piedras que sus padres fueron arrancando de la sequedad de la tierra. Parecía un milagro que de aquel peñascal pudiera brotar algo, pero los afanosos trabajos empezaron a dar su fruto, sobre todo a partir de que el padre perforó el pozo y aquel triste secano dio su primera cosecha. Lo intuyó cuando construyeron la carretera y vio que había agua en el subsuelo. Demasiada agua para asentar aquella nueva vía que el gobierno de Calvo Sotelo había trazado sobre el mapa, se decía que para satisfacer a un diputado con el que algún pez gordo tenía negocios en Madrid. Solo era cuestión de ahondar. Si había agua en las cercanías, en su terreno también la habría. Él tenía que ser el primero en registrar el pozo, antes que se adelantara otro oportunista y se llevara los beneficios que su esfuerzo desesperado merecía. Y encontró agua. Un agua dura, salobre, imposible de beber, pero que hacía fructificar el sembradío y les llenó los bolsillos con algún dinero que les hizo soñar que la miseria había acabado para ellos.

       Pero las casas de los pobres están condenadas al infortunio desde el principio de los tiempos, pues se les murió el Paquito, tronchado como una flor por el garrotillo. Tal vez ese fue el momento en que su madre perdió la costumbre de quererla un poco. Inmediatamente después llegó la locura de la guerra.

       Desde hacía años, tenían una pequeña tienda de comestibles, tabaco, sellos de correos, arreos para los mulos, alpargatas de cáñamo… Por las tardes, venían los ganapanes de los contornos a tomar unos vinos. Algo después la madre empezó a dar comidas. Así se distraía de sus penas y la casa prosperaba. Pero la guerra lo trastocó todo, especialmente desde la noche en que se presentaron en la taberna don Tomás Valleverde, su hijo Tomasín y tres amigos de su misma calaña, éstos vestidos de falangistas. Los parroquianos advirtieron claramente el aire provocador y sólo se quedaron los más ávidos de chismes que contar. Don Tomás se dirigió al padre:

       -Paco, tenemos que hablar de negocios, así que siéntate aquí con estos amigos.

       Temiéndose lo peor, el campesino se sentó con aquel extraño grupo.

       -Usted dirá, don Tomás.

       -Es muy simple, Paco. Que me debes todavía dos plazos de la compra del terreno que te vendí. Y que he decidido volver a quedarme con él. Es muy duro para ti, que ya sé que andas con una mano delante y la otra atrás. Te devuelvo lo que me has ido pagando y todo sigue como antes.

       Al padre se le pusieron las venas del cuello como las cuerdas del pozo y solo acertó a responder:

       -Don Tomás, eso no es de ley. Mi mujer y yo nos hemos machacado para convertir este peñascal en un huerto que empieza a dar fruto. Era un secano y ahora tiene agua, después de haberla buscado a base de esfuerzos y desembolsos. Usted no puede hacer…

       -¿Que no puedo qué, Paco? –saltó como movido por un resorte-. No te equivoques conmigo, que va a ser peor para ti. Es mejor que te atengas a razones. Ya te he dicho que te voy a devolver hasta la última perra gorda que me has ido pagando. Es más, estoy dispuesto incluso a indemnizarte con lo que ni siquiera has llegado a pagarme, fíjate si deseo complacerte, pero no te permito que me digas lo que es o no es de ley en esta nueva España que vamos a construir…

       Y Paco no pudo contenerse:

       -Don Tomás, yo he cumplido mi parte, así que cumpla usted la suya, que tenemos firmada una hipoteca…

       El hijo, con toda la chulería de que era capaz, intervino entre las sonrisas cómplices de los falangistas:

       -Mira Paco, anoche mismo ardió el Registro de la Propiedad. Seguro que han sido los comunistas, así que a ver cómo demuestras tú ahora que entre mi padre y tú ha habido ese trato que tú mencionas. Tenemos la escritura de propiedad de estas tierras, así que o lo tomas, o te van a ir dando, que no te mereces ni el rato que estamos perdiendo en contemplaciones, ¿te enteras?

       -Señorito Tomás, está usted metiéndose en lo sin segar. Yo no tengo nada, pero la ley…

       -¿Pero no te has enterado de quién manda en la ley, imbécil? –le respondió el niñato dándole dos bofetadas-. Si quieres zanjamos este asunto en la calle, como se ha hecho siempre en estas tierras -y sacó una navaja enorme.

       Aurora recuerda perfectamente lo que siguió. No ha podido olvidar el gesto de desesperación de la madre, ni la resignación del padre que se sabía perdido sin remisión. Aún mantiene el recuerdo en su mejilla del último beso, lleno de ternura, que le dio antes de salir hacia el matadero. Se ve a sí misma horrorizada, sin comprender del todo lo que tenía ante sus ojos, pero segura de que iba a suceder algo que cambiaría su vida. Los dos o tres parroquianos que se habían quedado intentaron asomarse a las ventanas, pero don Tomás lo impidió:

       -¡Quietos ahí! Aquí no hemos estado ni mi hijo, ni estos amigos ni yo. Y nadie ha visto nada. ¿Os va quedando claro?

       Un momento después, su padre yacía junto al reseco torrente con la rabia convertida para siempre en un rictus de perplejidad. Pese a su corta edad, Aurora oyó los comentarios que los habituales hicieron en la taberna durante los días siguientes, entre murmullos temerosos y silencios indignados: que el hijo del cacique no había sido, sino que al padre lo habían cosido a navajazos dos compinches apostados en la oscuridad; que alguien decía haber visto a siete hombres a caballo y no a cinco; que la navaja de aquel niñato estaba limpia de sangre; que se habían oído más de dos voces; que aquello estaba más que preparado; que lo más seguro era que dos socios se hubieran quedado esperando a Paco; que era una injusticia; que dos del pueblo, que últimamente no se separaban del cacique, lucían ahora unas jacas que estaban fuera de su alcance; que el pobre Paco estaba muerto desde antes de salir de su taberna…

       Los ánimos estaban muy encrespados, por lo que don Tomás tuvo que ceder. Las tierras seguirían siendo de la viuda de Paco, si conseguía sacar adelante la mínima finca y hacer frente a los pagos. Algunos campesinos acudían al anochecer, casi de tapadillo, a echar una mano en aquella tierra maldita para que la pobre mujer ganara el pulso al miserable cacique y su hacienda y su negocio prosperaran.

       En el juicio, se les asignó un abogado de oficio, hijo del capataz de don Tomás, que retorció los argumentos, modificó los testimonios de la fase de instrucción y consiguió que se pudriera en la cárcel un pobre desgraciado que circunstancialmente estaba cerca del lugar del crimen. Pero el pueblo odiaba cada vez más al verdadero culpable y si entraba en alguna taberna, la gente se salía. Hasta el cura tuvo que intervenir para poner paz. Dedicó un sermón dominical a pedir cordura y reconciliación. Explicó a su atónita feligresía que Dios elegía a quienes debían mandar sobre los demás para que nuestra nación se mantuviera fuera del alcance del comunismo.

       -…lo que pasa –explicó el cura- es que algunos tienen demasiada soberbia y no aceptan que los elegidos tomen las decisiones necesarias. ¡Es tan fácil caer en la soberbia! ¡Creer que se tiene razón! Y por el contrario es tan difícil obedecer los divinos mandatos representados en la nueva autoridad…

       Al oírlo, doña Sole, la antigua maestra de la niña, se salió de la iglesia, hecho que fue muy comentado y que le valió un traslado fulminante.

 

 

***

 

 

       El tiempo ha ido pasando mansamente y los odios se han suavizado. Ante su madre, demuestra una serena paz, un sosiego que apacigua el odio de la mujer, prematuramente anciana. Aurora habla cada vez más con ella por las noches, cuando cierran la taberna. No puede decirse que sea una relación normal entre una mujer y su hija, pero le comenta las expectativas, el estado de las cuentas, el caudal que proporciona la alberca recién construida y la madre le da breves respuestas o la advierte de riesgos que la chica no ha sabido entrever. Al menos, si no ha conseguido restablecer el afecto, sí ha logrado el reconocimiento a su constancia y a la situación económica alcanzada. Eso la llena y cree ver cada vez más cerca una muestra de amor. Al menos una noche, la mujer le puso su sarmentosa mano en un hombro, en un gesto vagamente parecido a una caricia, y la miró intensamente. La chica sintió que se le saltaban las lágrimas, pero solo obtuvo un comentario hiriente:

       -Tenías que haber nacido hombre. Entonces ya estaría todo arreglado.

        Entendió que a su madre no le servía para nada el tener la finca pagada, ni la alberca, ni el haber comprado otro pedazo de tierra y canalizado la breve distancia que separaba sus dos propiedades, ni el prometedor futuro que parecía apartar de ellas, de manera definitiva, la pobreza. Aquella mujer quería algo mucho más simple: venganza, y según su manera de entender, una muchacha de veintiséis años no servía para eso.

        Aurora comprendió que se había entregado a una causa equivocada. Había dedicado su vida a trabajar sin descanso para satisfacer a aquella mujer, pero no obtendría su ansiado amor hasta que diera un paso más y matara a Tomasín, ya que el cacique padre había muerto hacía meses, tras una larga hemiplejía que le quitó su fuerza para convertirlo en un pelele.

       Ella había dejado pasar las miradas de algunos muchachos que frecuentaban la taberna con evidentes pretensiones. Todas las mujeres de su edad llevaban varios años casadas y tenían dos o tres hijos, pero ella no les había prestado la menor atención a aquellos gallitos que la cortejaban ni había mostrado el menor interés ante sus ofertas matrimoniales. Pensaba que no podía malgastar su vida pendiente del afecto de su madre, a todas luces desnaturalizada y amargada, pero no sabía cómo saciar esa necesidad de abrazos y gestos de amor.

       En una ocasión, la bomba instalada en el pozo dejó de dar agua. El pocero estaba muy enfermo y el sembradío no entendía de tales circunstancias, sino que exigía riego. No le quedaba más alternativa que bajar a desatascar aquel filtro. Amarrada a una cuerda de seguridad, fue descendiendo llena de miedo. Vio en su madre un gesto de angustia, una mirada que le reclamaba en silencio extremas precauciones. Le gustó el calor de esa mirada y siguió descendiendo. Cuando estaba llegando al colador atascado miró hacia arriba. El brocal circundaba una mancha de luz que le pareció una luna gigantesca que iluminaba una extraña noche. Desenfocada, otra mancha menor que sin duda era el gesto angustiado de su madre. La muchacha recordó la luna que alumbraba las noches insomnes de su niñez, cuando su madre intentó sin éxito acabar de una vez por todas con su dolor usando la escopeta. Ahora la falsa luna del mediodía, con la madre angustiada por ella arriba, la envolvía en un aura de paz. Se vio a sí misma amparada por un útero frío pero protector, al final del que la esperaba, llena de amor, una madre. Sintió las lágrimas calientes que descendían por sus mejillas entumecidas por las frías aguas del pozo. Y terminó la faena para subir de nuevo hasta aquellas cálidas manos tendidas, las mismas con que le secó el pelo con una toalla, como había visto hacer a otras madres con sus hijos.

 

 

 

Pozo de la Quinta de Regaleira en Sintra, Portugal. Imagen tomada de dinmaius,com

Pozo de la Quinta de Regaleira en Sintra, Portugal. Imagen tomada de dinmaius.com

 

 

 

       Se comentó por los contornos la resolución de aquella chica frágil, capaz de afrontar un trabajo arriesgado, más propio de hombres curtidos. Desde entonces la llamaban para arreglar las bombas obturadas de los pozos, especialmente desde que el viejo pocero murió. Podía rechazar tales encargos, pero le gustaba ver su luna particular, allá en lo alto, con la mancha difusa de su madre preocupada por ella. Y uno de los pozos que necesitaron la técnica de Aurora fue, inevitablemente, el de una finca de Tomasín, el asesino de su padre.

       Cuando recibió el encargo, su madre la miró con angustia.

       -Iré, madre. No se preocupe. Ver a ese malnacido agradecerme algo será para mí uno de los momentos más felices de mi vida.

       Esta vez fue sin su madre, que se negó a ver al causante de su amargura. La luna del interior del pozo le pareció más grande que nunca. Cuando salió sucia y empapada, se escondió tras unos arbustos para secarse y cambiarse la ropa. Sabía que Tomasín la miraba a través de la pobre vegetación, como sabía también que su velado desnudo estaba encendiendo el deseo de aquel garañón, que ya había sembrado de bastardos media comarca y mandado a varias chicas a los burdeles de la capital.

       Se vio con una fuerza descomunal y creyó que procedía de aquella luna que acababa de dejar en las sucias aguas del pozo. No era un hombre, como había deseado siempre su madre, pero iba a cumplir sobradamente el destino que la vida y el desamor le habían preparado.

       Tomasín se ofreció a devolverla a su casa a la grupa de su vistoso caballo. Aceptó y apretó su cuerpo a la espalda de aquel canalla, que le dedicaba procaces requiebros que solo le producían asco. Ella callaba. Después llegaron pequeños obsequios y notas, a los que jamás prestó sino el interés justo para ir perfilando su plan. Y una tarde en que una luna llena, rojiza de sangre, asomaba inmensa por aquellos cerros, él la estaba esperando bajo unos abedules que jalonaban el último recodo del camino de su casa. Era, sin duda, el único punto de aquel paisaje en que una breve vaguada, un mínimo desnivel, ocultaba lo que allí pudiera suceder de las miradas de toda la llanura y de todos los cerros. Aurora lo había previsto y había tomado sus medidas.

 

 

 

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      Al verlo a la grupa del caballo, con aquel gesto provocador, se estremeció.

       -Tomasín, ¿qué hará usted por aquí? Seguro que nada bueno.

       -Pues te estaba esperando, mira tú. Y bien merece la pena un rato de espera por ver a la muchacha más guapa de esta tierra.

       -Viene usted muy trastornado, me parece a mí, ¿no?

       -Eres tú, quien me trastorna. Es que no se me olvida el paseo a caballo, contigo apretada contra mí…

       -Déjeme en paz, por favor. Yo hice un trabajo, usted me pagó y lo de traerme a mi casa pensé que era un detalle, pero usted…

       -Pues bien que te pegabas, zorra –la interrumpió iracundo.

       Aurora echó a correr hacia la franja de abedules, al tiempo que Tomasín hizo caracolear a su montura tras la chica. Cuando ella gritó, él le dio un fustazo que le atravesó el rostro. Tomasín echó pie a tierra, seguro de lo que hacía. Tras un breve forcejeo, Aurora cayó al suelo en el lugar previsto y él se echó encima de aquel cuerpo joven. Por encima de la cabeza del violador, Aurora veía la luna llena y sonreía, sabedora del inmediato desenlace. Inexplicablemente, el campo se había oscurecido en segundos o eso le pareció a ella, que solo veía los fulgores de aquella luna cómplice. En el momento en que Tomasín le rasgaba el vestido y se perdía entre sus pechos, extendió hacia atrás un brazo que regresó con una hoz, escondida entre la hojarasca varias semanas antes. Gritó sabiendo que en los cortijos, a aquellas horas, estaría todo el mundo tomando el fresco a la puerta de las humildes viviendas y que alguien la oiría. El olor a sangre se superpuso a su voz, a la mirada perpleja de Tomasín, que se moría a escasos centímetros de sus ojos, bajo una extraña luna, sin conseguir explicarse aquella situación. Un momento después surgieron de la noche varios hombres que habían oído sus gritos. A lo lejos, vio también la figura negra de su madre. Finalmente llegó la pareja de la Guardia Civil.

       Trasladada a la capital, el juez de instrucción la dejó en libertad a los dos días. Llegó a su casa bien avanzada la noche. Al traspasar el umbral, la madre la acogió en un abrazo intenso, reparador, cálido. Por la puerta entraba la claridad que la luna, aún casi llena, esparcía benefactora por aquellos cerros y sembrados, el mismo resplandor que anegaba las almas de aquellas dos mujeres abrazadas.

 

 

Alberto Granados

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Viaje mediterráneo

 

        Hace tiempo escribí en este blog que el protagonista de cualquier viaje se aleja transitoriamente de su mundo, de su rutina, para enfrentarse a una nueva realidad que le resulta siempre enriquecedora, de tal forma que al regreso ha ampliado su perspectiva, su percepción de la realidad y su universo personal. Eso justamente es lo que me ha sucedido al regresar de mi viaje mediterráneo que hemos acometido este mes de julio: por una carambola de coincidencias familiares, todos nos hemos visto durante unos días en Barcelona y en Portbou. Para rematar la ruta, unos días en Valencia, disfrutando de mis hermanos, de sus hijas y sus parejas. Turismo, gastronomía, diversidad… y especialmente afecto.

        La culpable, mi hija, que transitoriamente ha dejado París para un trabajo en Barcelona. En Portbou estaban mis cuñados, que llevan casi treinta años insistiendo en que vayamos a tan delicioso pueblo fronterizo. Y Valencia siempre es una tentación con mi hermano, mi cuñada, mis sobrinas… No había pretexto posible y mi hija se encargó de buscarnos los vuelos, los apartamentos de airbnb que hemos ocupado, en Renfe de Granada conseguí los billetes de los diferentes trenes que nos han llevado de un lado a otro… Sólo quedaba el estado de ánimo viajero y la disposición a pasar la enorme dosis de calor húmedo que nos ha acompañado durante estas semanas.

        Y llegamos a Barcelona, deslumbrante y cosmopolita, con una gente entrañable y una belleza que renuncio a señalar aquí por estar disponible en cualquier guía turística. La gente me ha parecido correctísima, amable y abierta hasta límites insospechables. Esperaba más esteladas o más presencia de esas ansias independentistas que los medios y políticos locales señalan con un énfasis que me parece hiperbólico. Me ha dado la sensación de que predominaba el castellano sobre el catalán, aunque es posible que al seguir un recorrido turístico la mayoría fuéramos visitantes. He recorrido la Sagrada Familia (vivíamos allí), Paseo de Gracia, las Ramblas, el Barrio Gótico, lo que las guías llaman la “fachada mediterránea” de la ciudad (playas y puerto), Montjuïc, el Raval… y como siempre, he renunciado a las colas de museos y monumentos, algo que cada vez soporto menos en cada ciudad turística que recorro. Si hubiera dispuesto de más tiempo habría hecho lo posible por reencontrarme con Juan Antonio Fernández Matas, amigo de la infancia, o por conocer a una cobloguera de años, Gloria Abras, de la que sólo conozco unos datos sueltos, o a la prima Juani, o…, pero una ciudad como Barcelona es inabarcable y a las seis de la tarde abandonábamos el vagabundeo para reunirnos con mi hija, que, a fin de cuentas, era el objetivo principal del viaje.

 

 

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Una improvisada Marylin trataba de atraer visitantes a un museo del erotismo en las Ramblas

 

 

IMG_8981Un puesto del Mercado de la Boquería

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Aspecto de una de las calles de El Raval

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Casa Milá frente a la realidad multirracial de El Raval. ¿La misma ciudad?

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Hospital de la Santa Cruz

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Velero atracado ene el Puerto Viejo

        Me he dejado llevar por mis recuerdos lectores de esa Barcelona literaria y he encontrado muchas referencias. Imposible olvidar el colorista Mercado de la Boquería y las Ramblas, donde esperaba encontrar en cualquier momento a Pepe Carvalho y Biscúter. He visto una deslucida placa en El Raval, dedicada a Vázquez Montalbán (desde luego se merece algo con más empaque), el monumento a Papasseig en el Puerto Viejo (no pude fotografiarlo por agotamiento de la batería de la cámara), la casa de Balmes… La ciudad de los prodigios, la impagable novela de Eduardo Mendoza, se ha paseado conmigo por las Ramblas y parques de la ciudad mágica. Me habría gustado visitar la Plaza del Diamante, pero esta vez no ha podido ser.

 

 

 

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Manolo, te mereces algo más digno

        Una imagen reivindicativa me llamó la atención junto al ayuntamiento y el Palacio de la Generalitat. En un balcón, sobre una estelada, un cartel que decía “La lengua es un derecho y una cultura”. Irreprochable aserto. Soy filólogo y estoy de acuerdo aunque yo ya he añadido aquí algunos matices.

 

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Me encantó el detalle: Calle de la Enseñanza, en el Barrio Gótico

        Y del calor urbanita, una lluviosa tarde de viernes, en poco más de dos horas pasamos a conocer los devastadores efectos de la tramontana en Portbou, el bellísimo pueblo fronterizo que nació al amparo del puesto de frontera y aduana que llevó consigo el ferrocarril. García Márquez, dentro de sus “Doce cuentos peregrinos”, escribió un relato sobre los efectos de ese enérgico viento.

 

 

 

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Portbou, desde “el muro”. A la derecha, el paseo al puerto deportivo

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 La vieja escuela del pueblo

        He encontrado en el pueblecito muchas sorpresas agradables. Para empezar, el aspecto solemne y decimonónico de su estación, que hoy no guarda sino un mínimo vestigio de su pasado ferroviario. El pueblo forma un arco, una bahía entre montañas, al abrigo de los vientos y mareas. Recientemente se ha construido un puerto deportivo, unido al núcleo urbano por un precioso paseo, que hemos recorrido varias veces para gozar de la propia caminata y para divisar el panorama de la bahía desde esa perspectiva.

 

 

 

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Sentado en el muelle de la bahía

 

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Ambientazo verbenero con la Orquesta Costa Brava

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 Fiesta de la espuma

        Sobre ese paseo se alza el monumento a Walter Benjamin, que allí se suicidó tras permanecer algún tiempo como exiliado del nazismo. El monumento une la roca con el paseo, la consistencia del encofrado metálico con la transparencia del cristal que se alza sobre el mar, lo sólido con lo volátil.

 

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      Hemos coincidido en el tiempo con las fiestas locales, lo que nos ha permitido asistir a una verbena de las de mis tiempos. Fue muy divertido coincidir en el baile con cuñados, hijos y sobrinos, comprar buñuelos, ver bañarse a los jóvenes en la madrugada, recorrer “las tres playetas”, observar el tranquilo discurrir de la tarde de playa sentado en “el muro” con las piernas hacia afuera, ver el regocijo de niños y jóvenes en una playera fiesta de la espuma. También ver los correfocs o escuchar sardanas.

      Al contrario que en Barcelona, en Portbou apenas se escuchaba castellano. Incluso los franceses que suelen venir a pasar el fin de semana y llenar la despensa y el depósito de gasolina, hablaban un permanente catalán. Con frecuencia, tras darse cuenta, nos pedían disculpas para que no nos sintiéramos desplazados y cambiaban al castellano, pero volvían al catalán tan pronto descuidaban la cortesía, y venían nuevas disculpas.

      En uno de los bares, escuché un registro idiomático que me resultó familiar. Estaba clarísima la procedencia andaluza de aquel señor afectuoso, bromista y vociferante que ponía verdes a los catalanes. Hablé con él y le comenté que su habla me resultaba demasiado familiar. Resultó ser de Priego, es decir, de menos de treinta kilómetros de distancia de mi Alcaudete natal. Me contó que algunos de sus hijos habían nacido ya en Portbou y que cuando bajaba a Andalucía le llamaban “el Catalán”, mientras que allí era el charnego andaluz. En una broma, le dijo a uno de sus hijos que se había olvidado la cartera en casa y debía pagar las consumiciones de ambos. El chico respondió un escueto:

       -Sí, hombre… Espérate sentado.

       -¿Lo ves? –me dijo- Estos jodidos catalanes es que son así…

       Su broma provocó las risas de todos los presentes, catalanes, franceses o charnegos.

        Y gracias a la gentileza de mis cuñados hemos hecho escapadas a Colera, Llançá, Peralada, Figueres… En cada cala, un pueblo, unos atraques para embarcaciones recreativas, unas construcciones bajas que nada tienen que ver con las edificaciones mastodónticas de nuestras costas. Y siempre una limpieza y un cuidado del patrimonio que envidio en nuestra monumental e histórica ciudad, llena de despropósitos.

        Las paellas, las butifarras, las costillas a la brasa, las patatas bravas, el pescado, el vino del Priorato… han supuesto un aliciente más de mi entrañable viaje.

 

 

 

Figueres 06

En la calle Monturiol, / inventor del submarino/ yo y Salvador Dalí / -tres genios- hemos visto el sol. Placa en Figueres.

 

 

 

 

       Pero ha habido más sorpresas. Mi cuñado y anfitrión nos ha explicado el cañoneo sistemático del puente ferroviario de Colera, de Figueras o del propio Portbou desde el Canarias, que el ejército de Franco dejó por aquellos mares para cortar la retirada hacia Francia de los restos del ejército republicano y de la gente que emprendió el triste camino del exilio. Fue una carnicería que aún recuerdan los lugareños y que dejó el pueblecito lleno de refugios en la roca.

 

 

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Cientos de partituras de “solfa”

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          También me ha mostrado las joyas de su pequeño museo doméstico: una barca de sus padres guardada en un garaje, pendiente de hundirla, calafatearla y echarla de nuevo a las aguas de la bahía cuando le llegue la jubilación. O una escritura de la notaría de Figueras, es decir, de la de Salvador Dalí, el padre del pintor. Y lo que más me ha llamado la atención: cientos y cientos de partituras de los años veinte. Su padre, además de ejercer como funcionario de Aduanas, tocaba el saxo y el violín y formaba parte de una orquestina que recorría las ferias de medio Ampurdán y los pueblos próximos del sur de Francia. Viendo la naturaleza de las partituras y las viejas fotos de grupo, llegamos a la conclusión de que fue uno de los introductores de las jazz bands de la época.

 

 

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La orquestina del padre de mi cuñado, hacia 1920

 

 

 

        Pese a que insistió en que me llevara las que quisiera, traté de convencerlo de que hay que ordenarlas, ficharlas, clasificarlas y ofrecerlas a algún centro de documentación musical, pues el tiempo la humedad y algunos animalejos estaban deteriorándolas y el conjunto (“la solfa”, le llamó siempre su padre) era todo un tesoro.

         Y una mañana tomamos un tren en la vieja estación, ahora venida a menos, y llegamos de nuevo a Barcelona, con un breve margen de tiempo para tomar algo antes de coger otro tren que nos llevó a Valencia.

 

 

 

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Cúpula del Mercado Central de Valencia

VALENCIA El pardal

El “pardal de Sant Joan”, cuya leyenda se narra en Arroz y tartana.

       En esta ciudad hemos paseado por la parte histórica y, por sugerencia de mi cuñada, hemos visitado la restauración de una iglesia, financiada por el dueño de Mercadona y llevada a cabo por la esposa del mismo. La vieja iglesia de san Nicolás, nuevamente cubierta de pinturas murales y cenitales remite necesariamente a la Capilla Sixtina.

 

 

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Pero la estancia en Valencia ha tenido un contenido mucho más familiar que turístico: estar con mi hermano y mi cuñada, volver a ver a mis sobrinas y a sus parejas, gozar de toda una cálida corriente de afectos… Objetivo sobradamente cumplido. Han sido días entrañables rodeados de los mil matices de azul que ofrece nuestro viejo Mediterráneo. El viaje ha tenido algo de transfiguración anímica. Volvería a hacerlo hoy mismo.

 

Alberto Granados

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Tortilla de crepúsculo

 

         El periodista José Mora Guarnido, coetáneo, amigo personal y contertulio de Federico García Lorca en El Rinconcillo, tal vez escapó de correr la misma suerte que su amigo al exiliarse en 1934 en Montevideo. Desde allí supo del cruel e injustificable final de muchos de sus amigos “rinconcillistas” tras el alzamiento fascista de julio de 1936. Y allí, dejando posarse el odio, seleccionando recuerdos, reviviendo los afectos, fue escribiendo el delicioso libro “Federico García Lorca y su mundo” (Editorial Losada, Buenos Aires, 1958), que la Caja de Ahorros de Granada reeditó en facsímil en 1998 (año del centenario), con prólogo de Mario Hernández.

 

 

Portada de le edición de Losada (1958)

Portada de le edición de Losada (1958)

 

 

 

         Se trata de un libro escrito con memoria y afecto, por lo que no debe considerarse una fuente fiable para la documentación historicista (el prologuista señala abundantes inexactitudes), pero en cambio ofrece tal visión de la Granada de su época y tan sustancioso anecdotario, que cumple sobradamente el propósito de recuperar la memoria más humana y tierna del poeta fusilado en Víznar.

         Mora Guarnido, que conoció a toda la familia Lorca, echa mano de sus recuerdos y, desfigurados o no por el paso de los años, retrata a un Federico joven, directo, brillante, vago en los estudios, músico y siempre deslumbrante.

 

 

 

Portada de la edición de Granada (1998)

Portada de la edición de Granada (1998)

 

 

 

 

         He leído pasajes verdaderamente divertidos que dibujan el espíritu del granaíno medio de entonces, que aún pervive en nuestras calles fuera del escaso formalismo que se guarda en esta ciudad. He seguido el despertar de la afición musical del joven Federico, el proceso mental que le hace cambiar a la escritura, sus escasas ganas de estudiar con seriedad las carreras de Filosofía y Letras y Derecho, el ambiente de su familia… Todo Federico aparece desde el enfoque de la evocación, con una continua duda ante los datos que, como dice el autor, “tal vez estén en mi librería granadina”.

         De todo ese universo lorquiano, rescato un divertido texto del capítulo VII, que habla de las relaciones familiares del poeta asesinado:

 

 

 

Federico en su tertulia de "El Rinconcillo"

Federico en su tertulia de “El Rinconcillo”

 

       Grandes y pequeñas escaramuzas se producen día a día en esta lucha en la que hay que reconocer que de las dos partes se mantiene generalmente una actitud razonable. Quebrar los hábitos familiares que tienen a veces solidez y aparatosidad de liturgia, exige una táctica constante al acecho de la oportunidad. Por ejemplo, los horarios. ¿En qué casa no ha sido un problema el obligar al adolescente a que se recoja a hora determinada, asista con puntualidad a las comidas? El poeta no se puede someter a esta puntualidad. Y será muy difícil convencer al resto de los mortales de que no es que no quiera, sino que sencillamente no puede.

       Para don Federico es algo sagrado la tradición patriarcal de la familia y una de sus más firmes expresiones la hora de sentarse a la mesa. Él está en su tertulia del Casino y cuando siente la leve puntada del hambre sabe que son exactamente las siete menos veinticinco minutos. En ese instante se levanta, y, como desde el Casino a su casa hay poco más o menos cincuenta metros, sabe que marchando despacio llegará a las siete menos cinco, con tiempo de lavarse las manos y sentarse a comer. A esa hora, toda la familia debe estar presente y dispuesta a la consagración solemne del yantar, a menos que alguna causa justificada haya ocasionado la ausencia de alguno. Y esto ha ocurrido siempre hasta que el hijo mayor tiene diecisiete o dieciocho años. En esta sazón ocurre que muchas tardes a esa hora solemne hay una silla vacante en la mesa. Si don Federico está de buen talante se distrae un poco esperando con bondadosa tolerancia que el atrasado se incorpore antes de que llegue la sopa; pero, sí por alguna causa su humor no anda muy asequible, empieza a arrugar la cara y emitir leves gruñiditos. Doña Vicenta retiene un poco el instante de disponer que sirvan.

       —¿Dónde está el niño? —pregunta don Federico.

       —Ya vendrá —dice doña Vícenta—. Se habrá entretenido en alguna cosa y se le habrá hecho tarde.

       Generalmente, a los pocos minutos y jadeando por haber subido las escaleras de tres en tres, llegaba Federico, tiraba el negro sombrerito de fieltro sobre una silla sin tiempo para detenerse a colgarlo en el perchero, corría al cuarto de baño, se zambullía y secaba rápidamente y, con la cabeza chorreando como un pájaro bajo la lluvia, entraba de puntillas en el comedor, se sentaba y observaba con disimulo hasta qué grado había subido la presión del enojo paterno. Se salvaba la situación, y al poco rato, como sí no hubiera ocurrido nada. A veces, el enojo paterno persistía y el padre hacía alguna observación un poco mortificante que el hijo desdeñaba replicar.

       Un día, sin embargo, el retraso del poeta ha sido excesivo; la misma doña Vicenta está, más que enojada, alarmada. ¿Le habrá pasado algo? Federico llega, ve que ya están en el primer plato después de la sopa, no dice nada. Don Federico estalla enojado.

       —Niño, ¿es que te has creído que esta casa es una fonda? ¡Que sea la última vez que llegas tarde a comer! … Desde mañana, el que no llegue a la hora, no se sienta a la mesa.

       Federico se revuelve encrespado.

       —¡Pues no me sentaré! —dice—. ¡No quiero encerrarme en la casa, a comer, a la hora del crepúsculo!

       Se produce un silencio cargado de presagios. ¿Qué hará don Federico? ¿Qué contestará ante esta terminante expresión de rebeldía? Todos comen callados sin levantar los ojos del plato, en una tensión insostenible. Y de pronto rompe inocentemente esta tensión la cocinera, asomándose y preguntando:

       —¿De qué quiere la tortilla el señorito Federico?

       Antes de que el interpelado conteste, don Federico dice furioso:

       -¡De crisantemos!… ¡De violetas!… ¡De crepúsculo!

        Estupor general. Nadie sabe qué hacer ni qué decir. Y Federico alza los brazos al techo lanzando una estrepitosa carcajada. Se le une la pequeña Isabelita; se contagian los otros hermanos… Doña Vicenta no puede aguantar la risa tampoco… y al fin se ríe también el propio don Federico que no puede persistir en su actitud enojada.

       Aquella noche. Federico refiere en el “rinconcillo” el gracioso triunfal episodio. Cuando después los amigos nos cruzamos en la calle con el padre, nos sonreímos al saludarlo y él nos dice guiñando el ojo:

      —Ya te habrá contado la cosa ese granuja de mi hijo.

       Fórmula de pacificación, pero prueba igualmente de una victoria decisiva. El poeta ha logrado imponer la respetabilidad del crepúsculo frente a la aridez do los horarios tradicionales, la independencia y prioridad de las razones espirituales frente a las exigencias materiales y formalistas. En adelante, esa silla vacía se quedará así muchas tardes y el padre derrotado salvará con un chiste tolerante el prestigio de su autoridad.

       —El niño se estará comiendo su tortilla de crepúsculo. Pues que le aproveche. ¡Nosotros nos la vamos a comer de jamón!

       Y doña Vicenta y los hermanos se ríen.

         Me ha parecido el pasaje de una biografía común más que de la de un ser excepcional, como fue Federico, según abundantes testimonios. Por eso lo paso a la modesta antología de este blog. Es fin de semana y merece la pena empezarlo con una sonrisa.

Alberto Granados

 

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Un diccionario reivindicativo de Alfonso Martínez Foronda

 

 

 

 

        Durante una actividad vinculada a la memoria de la Segunda República cayó en mis manos un ejemplar del “Diccionario de la represión sobre las mujeres en Granada (1936-1950)”, escrito por Alfonso Martínez Foronda, editado por la Fundación de Estudios y Cooperación de CCOO de Andalucía y la Diputación Provincial de Granada en este mismo año. Han pasado más de dos meses durante los que he leído y revisado muchas entradas de este escalofriante diccionario en que el autor, tras una exhaustiva investigación, nos presenta algo menos de mil casos de mujeres que sufrieron alguna causa ante la justicia militar del franquismo y que fueron condenadas en su mayoría a la pérdida absoluta de sus carreras laborales, a la cárcel, el exilio o más terrible aún,  al balazo ante una tapia. Lo inexplicable es que no fue algo exclusivo de la guerra civil, ya que la investigación se extiende hasta 1950.

        El autor afirma en la breve Introducción que su diccionario “…está planteado, también, para poner en pie una historia conscientemente sepultada, todavía incompleta, y más porque gran parte de la represión no deja huellas en una dictadura; y es ideológico porque recuperar a quienes se quedaron en la cuneta de la historia, sacar del silencio impuesto a quienes les quitaron la voz es darles la dignidad que se merecen”.

        Martínez Foronda señala las enormes resistencias que una investigación como la suya levanta ante los sectores más conservadores de nuestra sociedad. No le falta razón: basta ver la tenaz aversión que el sintagma “memoria histórica” despierta en este grupo social y en el partido que les representa, cuyo portavoz llegó a insultar a las víctimas al vincular el  deseo de desenterrarlas a las subvenciones dedicadas a abrir las fosas comunes de mil cunetas. Y eso, ochenta años después del golpe de estado contra la legitimidad de la República.

 

 

        También aparecen en la mencionada Introducción unos desgarradores cuadros estadísticos. Las cifras suelen ser frías, escasamente significativas desde el punto de vista humano, pero cuando se conocen las cifras junto a las divisiones conceptuales de las mujeres que murieron (fusiladas tras proceso judicial o sin el mismo, las muertas “por arma de fuego”, en enfrentamiento con la Guardia Civil, muertas por metralla o bomba, las fallecidas durante la instrucción del proceso, o en la prisión, etc.) todo cambia y la siniestra estadística se llena de esas vidas que la muerte segó y lo que debiera ser un dato frío adquiere el calor de lo humano, el fuego de ese resquemor que produce lo injusto: deja de ser estadística para convertirse en apasionada reivindicación.

        La primera parte del libro es el diccionario propiamente dicho, en el que por orden alfabético de apellidos, van apareciendo las encausadas. Recorrer estas páginas es ponerse en un angustioso contacto con conceptos tan frágiles como “auxilio/adhesión/excitación a la rebelión”, “auxilio a huidos”, “encubrir a maquis”, etc., llenos de un aterrador cinismo moral, ya que muchas de las víctimas murieron por defender la legalidad ante los rebeldes franquistas, pero una dictadura puede tergiversar incluso el vocabulario común, ya que no por la razón, por el dolor que puede llegar a sembrar.

 

 

 

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       En esta apartado alfabético me resultan destacables algunos nombres que, por una circunstancia u otra, yo conocía antes de leer el libro. La activista Lina Odena, que tratando de llegar a Colomera para escribir un artículo destinado a Mundo Obrero, se desvió por un despiste de su conductor y se internó en las líneas nacionales. Al verse sorprendida por los falangistas de un control, se descerrajó un tiro en la sien.

       O el caso de Francisca Vera Casares, separada de su plaza de maestra por “decirse socialista, de ideas peor que su esposo, el extremista Antonio Pérez Funes, parece que asistía a todas las manifestaciones de índole extremista”. Era hija de la popular “doña Paquita”, y tuvo que subsistir en el centro de enseñanza privada que regentaba su madre.

       Otro lamentable caso es el de Margaret Adler, “Gretel”, que en su Berlín natal había sido compañera de estudios de la mujer del Rector de la UGR Salvador Vila Hernández (fusilado al comienzo de la rebelión). Gretel, como se le conocía en su círculo de amigos granadinos, llegó a nuestra ciudad huyendo de la persecución nazi hacia los judíos. Aquí mantuvo una relación con el arquitecto municipal Rodríguez Orgaz. Este, al ver la detención del alcalde Fernández Montesinos, que también sería fusilado, huyó del ayuntamiento por una puerta trasera. A partir de ahí, Gretel será estrechamente vigilada para dar con su amante. Finalmente, fue llevada a Víznar, donde tras un tiempo fue fusilada, tal vez para calmar la frustración que causó a los fascistas el no poder detener a su amante.

       Hay una serie de causas en que las víctimas son maestros y maestras. Me tocan la fibra sensible. Fueron mis hermanos profesionales y la depuración los llevó al pelotón de fusilamiento porque la enseñanza pone al individuo ante una serie de valores que la barbarie no entiende. Se merecen, como poco, mi modesto reconocimiento.

       Pero hay muchos más casos, todos estremecedores, por absurdos y crueles. Posiblemente, alguien saque ese remoquete actual del “y tú más” y se refiera a la represión ejercida por el bando republicano. Es innegable que la hubo, pero para el bando perdedor todo terminó al finalizar la guerra. Lo más cruel es que los ganadores de la contienda continuaron la represión por un largo período lleno de crueldad, incertidumbre y un negro miedo injustificables.

       La última parte del libro es un recorrido por las diferentes causas. Ofrece la visión resumida de hasta veintiséis, la mayor parte sumarias. En todas ellas hay muestras más que evidentes de parcialidad, revanchismo, presiones de personas que después hallaron reconocimiento y medro durante el franquismo. ¡Qué nauseabunda puede llegar a ser la historia!

       En este libro no faltan motivos para el nudo en el estómago, la lágrima, el miedo a que hechos así se repitan o el asco ante ese lobo para el hombre (y para la mujer, en este caso) que es el propio hombre cuando se deja llevar por el fanatismo y el odio. ¡Cuántas biografías truncadas, cuánto sufrimiento y cuánto asco!

Alberto Granados

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Víctor Ayllón Cáliz y sus cuentos de “En busca de la nada”

        He terminado muy recientemente un libro de relatos, En busca de la nada (Granada, Editorial Artificios, 2016, 180 págs.), prologado por el cantaor Juan Pinilla y escrito por un autor hasta ahora desconocido para mí: Víctor Ayllón Cáliz. Sólo al leer las notas de la edición he conocido algún detalle de la biografía del creador: nacido en Huétor-Tájar, bibliotecario accidental, jugador del club local de balonmano que llegó hace décadas a la segunda división nacional, concejal y, actualmente, abogado en ejercicio. Así mismo, he sabido que ambos vamos juntos en un libro colectivo de relatos dedicado a Teresa de Ávila y aparecido el pasado otoño.

 

 

 

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        He leído con verdadero placer los relatos contenidos en las cuatro divisiones del libro. Un ritmo ágil, unas tramas que saben superar el costumbrismo local y que muestran al lector un vastísimo panorama humano que es, y al mismo tiempo no es, ese conjunto de vecinos hueteños que aparecen en estas historias cercanas y llenas de ternura. El autor lo aclara en el capítulo de agradecimientos: “A tantos hueteños que me han hecho gozar con sus his­torias y anécdotas. A los que pululan por las plazas, por las calles y los bares del pueblo, que sin pedirles licencia he utili­zado como improvisados actores de mis relatos.”. Y es que En busca de la nada escarba en esa herida gozosa que es el pasado colectivo, al que sus paisanos van a recuperar algo del paraíso y la infancia perdidos, tal es la calidez que he encontrado en estos cuentos. La nota promocional asegura que Ayllón crea un “Macondo del poniente granadino”. Con alguna restricción (creo que no existe aquí la magia espectacular que el gran Gabo creó para envolver en un aura de irrealidad su Macondo colombiano), es cierto, pues la atmósfera narrativa de los relatos nos muestra un Macondo hueteño lleno de recuerdos, anécdotas, referencias y personajes perfectamente diseñados (tal vez evocados) que exhiben ante el lector sus gozos y sus sombras, sus sueños, sus contradicciones y sus grandezas.

     En el prólogo, Juan Pinilla hace un acertadísimo análisis en que sitúa el Huétor Tájar de estos cuentos a la altura de los lugares literarios de muchos autores consagrados (el Macondo de Gabo, Mágina de Muñoz Molina, Azinhaga de Saramago, etc.) para concluir que “el fuerte poder descriptivo de la prosa de Ayllón Cáliz y su capacidad para penetrar en el sentido oculto de las cosas, revelará un Huétor Tájar poético, un pueblo que representa el sitio de la humildad, la zahúrda de la memoria, la desafección del artificio, iluminado por una pertinaz luz lírica, pertrechado de historias, de rincones que hablan por sí mismos, de personas y leyendas. El lector que no pertenezca a estos lares podrá embriagarse sin ambages con el jugo que desprende el corolario socio-sentimental de este bello municipio que emerge de las entrañas de la vega de Granada”. Acierta plenamente el cantaor en su análisis.

 

 

 

Huétor Tájar (imagen de huetortajar.org)

Huétor Tájar (imagen de huetortajar.org)

 

 

 

 

        La primera parte, que contiene cuatro relatos, está narrada desde el punto de vista de Carlos (trasunto del autor) y desde su atalaya de la Plaza Ole nos acerca a los años juveniles del narrador: cómo fue salvado de ahogarse en el Genil por alguien a quien jamás pudo darle las gracias (El chato), las vivencias del servicio militar en Armilla (El dieciocho), las deliciosas confesiones de un anciano sobre los amores de juventud (Veinte kilómetros cuesta arriba, para mí uno de los mejores cuentos del libro), o la biografía doliente de un luchador que no encontrará jamás la suerte (Vida de Rosco). Las referencias a un pasado rural y mísero, a la música y costumbres de los setenta, a unas formas de vida hoy desnaturalizadas, a un pasado que se dejó lo mejor en el camino, barrido por el progreso.

       Esta entrañable sección da paso al segundo punto de vista narrativo, el de Ramón, un chico alejado del mundo que padece síndrome de Asperger. No es la primera vez que se escribe sobre enfermedades mentales, pero Víctor Ayllón lo hace con una enorme y eficaz sencillez, creando al personaje y su universo con notable maestría. No resulta fácil ahondar en los misterios de un alma enferma, pero el intento queda mucho más que superado, constituyendo un conjunto de siete fragmentos o subcapítulos de gran calidad donde conocemos el infierno de inadaptación de estos chicos.

       La tercera parte tiene el musical título de Todo tiene su fin y está constituido por tres relatos. El primero nos habla de una figura hoy desaparecida de los pueblos: el tratante, un hombre que hacía de mediador en los tratos de fincas, casas o ganado a cambio de un  porcentaje. Hoy se les llama mediadores o conseguidores. Paco el Cebollas, el personaje de Ayllón, es un experimentado tratante que tiene miles de recursos para ganar siempre, pero al final encuentra la astuta horma de su zapato en Virtudes, una mujer sencilla y enérgica que sabe más que él. Paco el Cebollas es otro de los mejores cuentos del libro, por ese último y magistral golpe de efecto con que se cierra. En La última taberna, el tabernero y el cliente habitual, un parado, muestran dos caras del fracaso, de la claudicación absoluta, en tanto que en Ciudad feliz se vuelven las tornas y la constancia consigue derrotar al nuevo sistema urbano. La crisis económica planea sobre estos cuentos.

       La última parte se acerca a una forma corta de novela histórica. De naturaleza epistolar, arranca con el manuscrito de un morisco que se asienta en Huétor Tájar y cuenta los motivos y las circunstancias de su expulsión de Granada. Ya en el siglo actual, se difunde el contenido del documento. Un manuscrito, dos cartas convencionales y un desenfadado correo forman las cuatro divisiones de este apartado final, lleno de humor y frescura.

 

 

Víctor Ayllón Cáliz

Víctor Ayllón Cáliz

 

 

       El conjunto muestra una panorámica de varias décadas de la vida de unos personajes (reales, inventados o tal vez a medias) que luchan por su propia supervivencia frente a un sistema injusto y cada vez menos humano. El enamoramiento que pervive desde la juventud, la solución numantina con que Rosco combate el embargo que amenaza esa casa y ese olivar conseguidos a base de mucho esfuerzo, la astucia de Virtudes, la presencia de doña Carmela, la maestra llena de dulzura y comprensión, el chico escasamente desenvuelto que descubre durante la mili la ciudad y sus posibilidades, el aislamiento voluntario de Ramón, aquellos ojos de una cortijera que don José no consiguió olvidar desde su juventud y mil y un detalles más, llenos de ternura, de sentimiento de impotencia ante lo injusto, de triunfos compartidos con el personaje… de vida, en síntesis, vida con minúscula, pero real, palpitante y efectiva. Es el gran mérito de este conjunto de relatos que recomiendo sin el menor reparo por su enorme calidad literaria. Para mí ha sido un descubrimiento que agradezco y al que deseo el reconocimiento que sin duda merece.

Alberto Granados

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“Nocturnario”, una sorpresa de Ángel Olgoso

 

        Quienes leemos y conocemos a Ángel Olgoso ya sabemos que puede hacer saltar una sorpresa en cualquier rincón de su cada vez más plural capacidad creativa. Como un mago que saca cualquier cosa de su chistera, Ángel tiene muchas maravillas escondidas en la manga. Cada texto suyo es un clímax del que el lector espera ese toque maestro final, a lo Lubitch, con que suele sazonar el regusto que siempre deja lo que él escribe. Ya demostró en su Ukigumo que es capaz de roturar territorios nuevos, que no se arredra ante los retos que él mismo se propone y que suele salir triunfador de estos desafíos.

        Olgoso vuelve a sorprender a sus seguidores con el último libro en que ha intervenido. Esta vez es, fundamentalmente, el generador de una serie de textos de hasta ciento un autores, incluido él mismo. Renuncia al protagonismo literario, a cambio de una faceta totalmente nueva: la de creador de collages a partir de grabados antiguos.

 

 

Nocturnario - cubierta imprenta - 04-04-2016

 

 

 

 

        Como aclara José María Merino en el prólogo, hubo una época en que el autor granadino dejó aparcada su labor literaria para dedicarse a experimentar con grabados de Doré (después le fue añadiendo otros ilustradores). Con tijeras y pegamento, mezcló sugerencias, recreó sueños y obtuvo una extensa cantidad de creaciones que ponían patas arriba la sintaxis interna de los dibujos originales. Quien conozca los tortuosos entresijos creativos de Olgoso puede ir haciéndose una idea (siempre vaga, por cierto) del resultado iconográfico obtenido. Y con una abundante carpeta de criaturas, remitió a otros cien autores un breve correo en que le adjuntaba el collage que le había tocado en suerte, al tiempo que le pedía un texto breve para un libro colectivo.

 

 

Nocturnario - invitación Madrid 03-06-2016

 

 

 

       El resultado: ciento un textos firmados por autores de distintas edades, localizaciones geográficas, adscripciones literarias y grados de conocimiento por parte del gran público. Ciento una maravillas sorprendentes, tanto por el grabado, como por el regalo literario que lo acompaña. Estoy hablando, ya es hora de aclararlo, de Nocturnario 101 imágenes y 101 escrituras. Collages de Ángel Olgoso. Prólogo de José María Merino (Granada, Editorial Nazarí, abril de 2016, 232 págs.), que se presentó en la pasada Feria del Libro de Granada y que ahora emprende, como en los pasados siglos hacían los aventureros, el camino de la corte, ya que el próximo viernes se presenta en la Feria del Libro de Madrid.

 

 

La página de José Antonio López Nevot

La página de José Antonio López Nevot

 

       Los collages son un conjunto de alucinaciones que otorgan a los originales nuevas perspectivas, siempre sorprendentes, y que, sin la menor duda, transmutan aquello de convencional que pudieran tener en algo distinto, imprevisible, original y novedoso. No sé si creer en el azar al considerar que durante unas horas coincidirán en Madrid las recreaciones de Olgoso (en la Feria del Libro) y la exposición de El Bosco (esta en el Museo del Prado). Será sin duda, una proximidad física que parece ser cosa de una maquinaria arcana que juega con el destino de las criaturas.

 

 

 

 

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       Respecto a los textos, al tratarse de tan amplia variedad, es evidente que cada lector disfrutará más de unos que de otros en razón de sus gustos personales, de la disposición de ánimo, o de sus preferencias, pero creo que no sobra una sola pequeña maravilla. Es obvio que la adecuación entre imagen y texto presenta distintos grados, que se dan diversos planteamientos al tratar literariamente los dibujos, que se presienten distintos estadios de madurez narrativa o de simple inspiración o tratamiento literario, pero el conjunto es impecable. En el grupo de autores locales aparecen los pertenecientes, como el propio Olgoso, al Institutum Pataphysicum Granatensis (Miguel Arnas Coronado, Miguel Ángel Contreras, Celia Correa Góngora, Carlos de la Fe, José Luis Gärtner, José Antonio López Nevot, Josefina Martos Peregrín, Marina Tapia o Fernando de Villena), junto a otros autores de la valía de Antonio Enrique, Antonio Carvajal o Juan Carlos Friebe.

 

 

 

Los 101 autores de Nocturnario

Los 101 autores de Nocturnario

      

       También aparecen nombres de indiscutible solvencia nacional, como son el propio prologuista, José María Merino, o Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Luis Mateo Díez, el cineasta Manuel Gutiérrez Aragón, Fernando Iwasaki, Luis Landero, Raquel Lanseros, Gustavo Martín Garzo, Rosa Montero, Ricardo Menéndez Salmón, Andrés Neuman, Clara Obligado, Marta Sanz, Manuel Vilas, Soledad Puértolas, Fernando Aramburu, etc. así como los tres maestros del relato breve hispanoamericano, Ana María Shua, Raúl Brasca y Luisa Valenzuela… nombres todos ellos que indican el calado del libro generado por nuestro autor. No me cabe duda: aunque no están todos los que son, sí son todos y cada uno de los que están.

 

Presentación de "Nocturnario en la Feria del Libro de Granada (24/04/2016)

Presentación de “Nocturnario” en la Feria del Libro de Granada (24/04/2016)

 

 

 

       Nocturnario no solo destaca por la variedad y calidad de lo que el lector encontrará en sus páginas, sino por la mera presencia física. La edición se ha preparado con un especial cariño por Alejandro Santiago, el editor, quien ha puesto toda la carne en el asador con este libro, para lo que ha elegido un espectacular formato, un papel y una tipografía de enorme eficacia visual, todo lo cual permite intuir una larga carrera editorial. Algo muy de agradecer desde el panorama de ciudades de provincias que, como es el caso de Granada, están condenadas a ediciones reducidas, autofinanciadas, de escasa proyección nacional y casi siempre llevadas a cabo por el mero heroísmo de los editores.

       Los ilustradores originales, los collages y la capacidad aglutinadora de Olgoso, la creatividad de los ciento un autores y la decidida apuesta de Editorial Nazarí han parido conjuntamente una deliciosa criatura, para la que deseo un futuro venturoso, que es exactamente el que se merece.

Alberto Granados

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El momento idóneo

        Me temo que nuestra devaluada constitución (intencionadamente con minúscula, dado su escaso valor actual) ha dejado sin efecto muchos de los artículos grandilocuentes que contiene. No hay más que ver lo que dice sobre los derechos al trabajo y a la vivienda para tener que sujetarse las mandíbulas, no sea que se nos desencajen en una carcajada siniestra.

        ¿Y qué decir de ese bonito artículo que declara que somos un Estado aconfesional? Que yo sepa, la religión tiene presencia en la escuela (no ha habido ni un solo gobierno, de izquierdas o derechas capaz de sacarla), la Conferencia Episcopal campa por sus faltas de respeto al poder civil y se entromete en temas legislativos netamente sociales (Ley del aborto, LOMCE, etc.) jugando sus peones en ese siniestro tablero que nos afecta a todos, la iglesia católica se lleva una subvención en un país que se resiente en todos los aspectos de los enormes recortes en asuntos sociales (sanidad, educación, obras públicas…). ¿Para qué seguir?

 

 

 

Paco Cuenca en una imagen de granadadigital (Cristina Chaparro)

Paco Cuenca en una imagen de granadadigital (Cristina Chaparro)

 

 

 

       Pero no es solo cosa de los partidos, sino de una sociedad conservadora y contradictoria que está dispuesta a hacer polvo cualquier intento de defensa de la aconfesionalidad. En ocasiones no hay más argumento que la llamada a la tradición, esa abstracción que pretende servir de justificación a lo arbitrario.

       En nombre de la tradición se cae en contradicciones imposibles de asumir: nuestros hijos gozan de una absoluta libertad (por cierto: se la conseguimos nosotros, con mucha sangre, mucho sufrimiento y mucha represión). Viven con sus parejas, entran y salen a su antojo, nadie les pide explicaciones… y después, inexplicablemente deciden casarse por la iglesia, que con una hipocresía absoluta los acoge y se presta a la pantomima por exhibir una buena cuenta de resultados. Si fuera por la tradición, se seguiría torturando animales por simple diversión, a la altura del circo romano. O se seguiría defendiendo la Toma, en vez de cambiarla por una fiesta más inclusiva para otras culturas que ya forman parte indiscutible de nuestro tejido social. O se justificaría el quemar herejes o golpear a nuestras esposas, o… La tradición tiene muchos elementos culturales que hay que conocer, pero sin sentido crítico y una disposición a modificarla es un lastre para la sociedad.

       Ayer, día del corpus, nuestro nuevo alcalde participó en la procesión cívico-religiosa como si fuera un deber insoslayable. No estoy de acuerdo. Creo que era precisamente el momento idóneo para dar el enérgico golpe de timón y demostrar que el mundo no se va a hundir  precisamente porque Paco Cuenca y su equipo se ausenten del desfile, en el que no hay motivo alguno para que participen.

       Tal vez, en las dos o tres semanas que lleva en el sobrevenido cargo habrá tenido quebraderos de cabezas que hayan ocupado su atención. O quizás los otros grupos en que apoya su frágil gobierno hayan desautorizado la ausencia. Me consta que los concejales socialistas están trabajando hasta la extenuación para hacer frente con dignidad a las nuevas responsabilidades. Pero tomar la decisión de no acudir hubiera sido cosa de un instante y un valiente paso adelante, que no se ha dado, lamentablemente.

 

 

 

Imagen de laicismo.org

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       Espero (con el beneficio de la duda por delante) a ver qué relevancia se la va a dar en el futuro a la Fiesta de la Concordia, a la Toma, a la romería de san Cecilio, etc.

       Es el alcalde que yo voté y el alcalde que espero capaz de romper con unos ritos que no demuestran más que sujeción a la jerarquía eclesiástica y a esa derecha sociológica que vive la realidad granadina pendiente de mezquinos detalles, sin advertir la gigantesca dimensión de sus contradicciones.

       De nuevo tengo que hacer una aclaración que me gustaría entender innecesaria: no tengo nada contra el hecho religioso, pero lo considero un factor que jamás debería sobrepasar el umbral de la conciencia individual de cada uno. Si eso se diera (que ya va siendo hora), esta entrada sería innecesaria. No persigo ni acoso a ningún creyente ni siquiera a la iglesia. Solo pretendo que cada cosa esté en su sitio: los fieles, a cumplir con sus ritos que para eso son absolutamente libres; la jerarquía católica, a limpiar la casa, que bastante roña tienen debajo de alfombras y ropajes talares; los curiosos a disfrutar del colorido de la procesión y a divertirse; y cada uno a su tarea o voluntad. Y sobre todo, las instituciones (Ayuntamiento, Fuerzas Armadas, Poder Judicial, etc.), a cumplir su ecuanimidad sin venderse por un puñado de votos o por una presencia mediática. La tradición, si es absurda, debe ser barrida valientemente. Desaprovechar el momento idóneo de ayer es como fallar un penalti en la final de la Champions.

Alberto Granados

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