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Relatos recuperados (3): Cajera

 

 

        Cada vez me cuesta más trabajo entender qué pensamientos y emociones pueden aparecer en la mente de un hombre para matar a una mujer a la que se supone que en algún momento amó. Supongo que todo un sistema de estímulos le ha hecho abrigar la idea de que es el amo y señor de su compañera y que, llegado un fatídico momento extremo, tiene derecho a matarla. Canciones, sociedad, literatura, tradiciones… todo ello han conformado un quiste ideológico, un pensamiento escasamente elaborado, que está convirtiendo a la mujer en la presa a la que se puede dar caza a la primera “tontería” que cometa. Lamentablemente no exagero: ese fin de semana, la siniestra lista de mujeres asesinada se ha incrementado en tres. No es ninguna fruslería.

        Pensando en eso que acertadamente se ha dado en llamar micromachismos, recupero de mi anterior blog un cuento de hace ya siete años, que incluí en mi libro electrónico Cabos sueltos.

Cajera

 

 

 

Imagen de un artículo de la revista Qué

Imagen de un artículo de la revista Qué

 

       …tomate frito Apis, 0,42; maíz dulce Gigante Verde, pack de tres latas, 1,98 ; …una termina por saberse los precios, todo el día marcando los dichosos códigos, ya ni sé para qué paso el escáner… mayonesa casera Calvé, 1,62; magdalenas La Bella Easo, 1,25; Tampax super, 2,80, vaya, ésta parece que necesita tampones, que lo que es yo… me veo preñada y mi madre me mata, 14,85, señora, anda que llamarle señora a esta tía… como no es ordinaria… es como si le tengo que llamar caballero al cabrón de mi padre… ahí tiene su vuelta, señora… y el jefe mira que te mira y venga a pasar cerca, dirá que es por controlar, pero es que me mira el escote el muy cerdo, …¿por qué son tan cerdos los tíos? …mi jefe, mi padre, Johnny… Johnny, el peor, el más lanzado, el más macho, el más exigente… cuando yo digo que hacemos el amor, tú ya sabes lo que tienes que hacer: abrir las piernas, como si yo fuera un electrodoméstico, como si tuviera que tener ganas cada vez que a él le apetece o se fuma un canuto… y como soy tonta, pero tonta de hartarse, he sido su esclava desde los quince años, a sus órdenes, señor, lo que usted diga… no, señora, detrás de las galletas… de nada, señora… y él cada vez más envalentonado, que hasta me prohibió que hablara con Jorge, el único tío que desde la escuela me ha respetado, que me ha considerado un poco: que no te vea yo hablar con ese gilipollas… qué se ha creído que es… ¿más que yo? ¿porque está estudiando en Granada? Si no tiene donde caerse muerto… sí, no tiene donde caerse muerto, pero me ha tratado siempre con respeto y tú como si fuera un escupitajo de la calle, …es lo que debí decirle, pero me callé y cedí otra vez, así que le mandé recado a Jorge de lo que había y ya no se acerca a saludarme… un momento, señora, que se lo van a cambiar, no se preocupe… hasta las dos, sí señora… este es mi Johnny, que me lo he buscado yo solita, por lista, total, el pueblo no da para más, ahora está precioso con todos los veraneantes, que parece una postal, pero dentro de unas semanas se van todos estos cabrones y nos quedamos los que nos quedamos, mi madre, agobiada siempre por las deudas que va dejando mi padre en la taberna, siempre borracho, un inútil, un zángano, …pero es tu padre, me dice mi madre cada vez que hablamos de él y le corto un traje, …es mi padre, pero te está machacando y… y ahí me callo, ¿para qué le voy a contar nada más?… el agua mineral está a la derecha de este pasillo, caballero… de nada… y Johnny, mi clavo ardiendo, mi príncipe azul de cuento de hadas, lo veía como el más atractivo, nos gustaba a todas, era un diamante y se había fijado en mí y me gustaba, ¡como me gustaba!… y la feria de hace tres años, cuando cumplí quince, me llevó a la playa y allí… yo ya estaba decidida, así que… tanta ilusión para nada, porque sólo sentí un picotazo y el aliento de borracho de Johnny, igual que el de mi padre… y después se convirtió en mi amo y señor… me lo dicen mis amigas: ¿pero por qué sigues con él? y pienso en todo el invierno, cuando nos quedamos los que nos quedamos y los veraneantes desaparecen…

 

 

Calahonda, el Peñón

Calahonda, el Peñón

 

 

 

entonces sólo tengo al Johnny, su cariño, egoísta, pero cariño a fin de cuentas, ahí está mi gran trampa: no lo tengo más que a él, aunque sea tan egoísta y tan cerdo y me trate como si yo fuera un trapo, pero el pueblo me ahoga, no veo salida y más de una vez he pensado subirme al peñón y dejarme caer al mar un día de temporal… no se preocupe caballero, ahora se lo traen… ¿qué vaya al despacho del jefe?… bueno, Conchi, lo que tú digas, pero tú estate al tanto, que no me fío… ya sabes cómo me mira… no puede ser, yo no he discutido con ningún cliente ni he protestado por nada… no he sido yo, ¡que te estoy diciendo que no he sido yo, joder !… lo que me faltaba, este cabrón apretando, y él sabe que es un embuste, pero me lleva al despacho para que me entere que estoy en sus manos y que o trago o voy al paro, será mamarracho… y que no se enteren ni mi padre, ni el Johnny… mi padre pensaría que voy provocando a los tíos, ya me lo dijo cuando lo pillé mirándome desnuda en la ducha: eres una guarra, que provocas, ¿te enteras?… pues no, no me había enterado, yo sólo estaba duchándome, pero él tenía un brillo en los ojos… y el Johnny puede liarla si se entera de lo del jefe, así que a callar y aguantar, que encima de cabrona, apaleada, ¡qué vida más perra, coño! y siempre me viene a la cabeza la idea de irme, al fin del mundo si hiciera falta, pero irme de este pueblo y no volver nunca, es un pueblo que no me ha ofrecido nunca nada, sólo mi madre, pero es que ella lleva toda la vida apretando los dientes y aguantando, y no quiero ser igual que ella… para los libros no sirvo, eso quedó claro, que ni me saqué la ESO, y para trabajar, pues parece que los clientes no quedan contentos o es el jefe, que quiere asomarse a mi escote… de verdad, cuando se nace para ser una pringá, no hay remedio y mira a éstas, en la cola de la caja, tan finas, tan bien vestidas, tan de ciudad grande, que eso se les nota… con pasta para alquilar un apartamento quince días y salir todas las noches a la pizzería, con sus mariditos bien perfumados y con un sueldazo, que después de la cena, cuando se duerman los nenes las van pillar en la cama y las van a dejar contentas… sí, algunas se ve que son unas ordinarias que ni donde caerse muertas, pero otras, ¡jolín, qué envidia!… y nada de eso parece que sea para mí, que yo, con ser el único apoyo de mi madre y con aguantar a mi padre, al jefe y al Johnny, tengo bastante… ¡y acabo de cumplir 18 años!… ¿qué futuro me espera?… y anda, que si estoy preñada… me tenía que haber venido hace ocho días, pero nada… perdone señora, he marcado mal, ahora lo arreglo… irme… tengo que irme, pero no es fácil, y no es por el Johnny, que él se apaña con el trabajo en el invernadero y en cuatro días se olvida de mí, es porque no tengo dónde ir… el año pasado, cuando fui a ver a mi tía a Barcelona, se me cayeron al suelo todos mis sueños… irme allí, ¿para qué? mi prima Paula, de mi misma edad, hace lo mismo que yo y mi tía vive la misma vida que mi madre, sólo que su marido la dejó por una colombiana… y el barrio era como el pueblo, cuatro desgraciados como los que nos quedamos aquí en invierno, sólo que allí, además hay que madrugar y coger el metro a las seis y pico de la mañana… ¿y para esa vida me voy a ir? mejor quedarme con el Johnny, que en el fondo no es mala gente, quizás un poco cabrón, pero es lo que hay… no señora, no me pasa nada… ¿llorando? … no me había dado cuenta, perdone señora… no, ya se me pasa… gracias, señora, de verdad, no se preocupe… bolsa de patatas freír, tres kilos, 1,95; salchichas, 1,09;… ¿lo ve, señora? Ya se me pasó… problemillas de mujeres, ya sabe usted…

 

 

Alberto Granados

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Ósmosis

 

 

 

       Con el primer sorbo de té he estado a punto de decírselo a Araceli: “El chico se nos ha ido”, pero ella se ha anticipado y, como es habitual en esta mujer, su visión del problema ha sido más humana, más exacta:

       -Nos han dejado, Ignacio. Es lo normal, lo sé, pero… ¡qué solos nos hemos quedado sin ellos!

       La he mirado con gratitud, pues siempre aprendo algo de la sutileza de esta mujer que me está entregando los últimos afectos de su alma y los últimos destellos de su cuerpo. Le he tomado la mano y he intentado transmitirle toda mi ternura y todo mi agradecimiento. Me ha devuelto una sonrisa. Le pregunto:

       -¿Recuerdas que al principio Nacho supuso un estorbo para nosotros, que empezábamos nuestra extraña relación?

       -Claro que me acuerdo. Como para olvidar la situación…– y clava su mirada perdida en Sierra Nevada, rosácea por el crepúsculo de finales de octubre.

       Hace ya casi cinco años que mi hija me llamó desde Barcelona para decirme que Nacho, mi nieto, tenía problemas por un artículo que había escrito en la revista de la Facultad de Derecho. Le habían dado una paliza y estaba amenazado por un grupo ultra. Estaban pensando en trasladar la matrícula a la universidad granadina, pero yo tenía que acogerlo durante unos días, hasta que localizara un sitio donde vivir. A mediados del primer cuatrimestre iba a resultar difícil, pero no quería que el chico siguiera en Barcelona. Lógicamente le dije que se podía quedar en casa. Desde la muerte de mi mujer, era demasiada casa para mí solo. Mi nieto no necesitaba buscar otro acomodo, pues tenía espacio más que suficiente en mi carmen albayzinero.

       -Papá, Nacho ya no es aquel chiquillo cariñoso que se sentaba en tus rodillas hace años. Ahora es un adolescente díscolo, un chico que resulta conflictivo por sus eternas ganas de discutir, de no aceptar otras reglas que las que él mismo se impone. No quiero que surjan problemas entre las dos personas que más quiero en la vida.

       -Hija, seré viejo, pero no tonto. Ya sé que va a cumplir diecinueve años y con esa edad no deseo precisamente que se vuelva a sentar en mis rodillas artríticas. ¿Crees que soy tan latazo que tu hijo no sabría convivir conmigo?

       Tras muchos tiras y aflojas, varias llamadas más y una habilísima preparación previa por parte de mi hija, Nacho apareció por casa a finales de noviembre, se instaló donde le pareció mejor y empecé a vivir con un extraño, un desconocido que llegaba a mi vida en el momento más inoportuno, porque acababa de conocer a Araceli y me hacía ilusiones por rehacer mi vida, unas ilusiones casi de adolescente ante el primer amor.

       La había conocido unos meses antes, cuando me interpeló en el descanso de La Traviata:

       -Perdone, estoy sentada muy cerca de usted y me ha sorprendido el brillo de sus ojos en algunos pasajes de la ópera. Se ve que le gusta, ¿no?

       -Verdi es pura pasión, señora. Tendría que gustarle a todo el mundo. Y es cierto: me emociona Violeta, una perdedora nata, enamorada de quien no debe, denigrada socialmente, enferma, abandonada, arruinada por su generosidad…

       -Me temo que no conozco el argumento ni entiendo de ópera. Solo he venido porque a unos conocidos les ha sobrado en el último momento una entrada. Me está gustando, pero reconozco que ando perdida. Sería ridículo decirle que entiendo La Traviata. Por eso me ha llamado la atención su gesto emocionado.

       -Araceli –le digo, tras salir de mi ensimismamiento-, ¿recuerdas qué conferencia te di sobre La Traviata, Verdi, las voces operísticas, la naturaleza de las arias, dúos, tríos y coros el día que nos conocimos?

       Me sonríe. Después me acaricia el rostro.

       -Estuviste soberbio. Terminé entusiasmada con lo que iba a ver, más que porque me pareciera divertido, por no desanimarte, después de tanta pasión como pusiste en tu doctoral exposición. Y a la salida, me despedí de mis acompañantes y fuimos a tomar una copa, rodeados de gente mucho más joven. Quedamos aquí al día siguiente para ver de nuevo la ópera en la versión que más te gusta. Yo venía confusa, como cuando a los dieciséis años acudí a mi primera cita con un chico –Araceli pone en su rostro un gesto evocador que me gusta mucho-. También nerviosa… ¿y si eras un fresco? Pero tenías todas las trazas de ser un caballero. Y dubitativa: ¿hasta dónde estaba dispuesta a llegar? Estaba a punto de cumplir sesenta y uno. No era la mejor edad para romances tempestuosos… Y mira dónde estamos, querido Ignacio –una chispa ilumina sus ojos y durante su parlamento me regala una tenue sonrisa. Yo me siento feliz, como nunca esperé volver a serlo tras la muerte de Inés.

       Después de aquella visita a esta casa, Araceli vino muchas más veces, con cualquier pretexto: nuevas óperas que yo le explicaba, alguna película realmente importante, un baño en la piscina cuando el calor del verano apretaba de verdad, alguna cena… Aquello era ya una relación, no cabía duda. Quedábamos cada día, a veces me acompañaba a la mesa, nos telefoneábamos sin parar… y pronto surgió la conversación inaplazable, que inicié precisamente yo: estábamos siempre juntos, se nos hacía largo el rato que estábamos el uno ausente del otro, siempre sonriéndonos o mirándonos a los ojos… ¿Cuál era la naturaleza exacta de nuestra relación? ¿Qué se podía esperar de todo aquello?

       -Qué seria te quedaste cuando te pregunté qué clase de relación manteníamos…

       -Ya sabes que me había hecho muchas veces esa misma pregunta, pero que no me atrevía a respondérmela por miedo a darme un batacazo. Ya había pasado por ahí.

       -Pero esta vez tenía que ser distinto. Nos merecíamos ser felices después del infierno que pasaste con tu ex-marido o del que pasé yo con la larga enfermedad de Inés, tan dolorosa.

       -Yo le temía a algo que antes o después ibas a plantearme: los hombres siempre queréis algo carnal y yo tenía demasiadas dudas. Tantos años sola… No se trataba de mojigatería, sino de años, de mi cuerpo ya desvencijado, del que me sentía insegura… Y cuando yo estaba a punto de dar el paso, se instaló aquí tu nieto. Era injusto.

       -Pero no podía darle la espalda. Ni por él, ni por mi hija… Y hablando de inseguridades, mi virilidad tampoco estaba ya para tirar cohetes y le temía a no poder colmarte, a hacer el ridículo. Y en estas llegó mi nieto.

       Fue difícil al principio. Nacho parecía enfadado con el mundo, no daba la menor muestra de agradecimiento y me respondía a cualquier pregunta con monosílabos. Después empezó a traer a los más estrafalarios compañeros de clase para hacer trabajos. Música estridente, trato poco respetuoso, no recoger un vaso o un plato cuando merendaban… Y esas pintas, todos llenos de piercings y de quincalla, más las rastas y los tatuajes, que me parecieron auténticas declaraciones de guerra… Cuando mi hija llamaba, yo le quitaba importancia a los efectos de la invasión. Algún tiempo  después Nacho me soltó que Celia, su chica, se venía a vivir a casa. No pregunté. La había visto varias veces y me habían llamado la atención sus hermosos ojos, que conseguían que sus piercings y su extravagante atuendo pasaran desapercibidos. La chica tenía algo especial. Además, una tarde preguntó por un aria y se sentó junto a mí para ver unos momentos de aquel DVD. Me di cuenta de que seguía los subtítulos. También de que estaba emocionada. Creo que se trataba de la Casta diva, tal vez cantada por la Callas.

       -¡Qué maravilla! Es sublime… ¡y qué voz! Dime qué es, Ignacio.

       La hubiera abofeteado por tutearme cuando apenas habíamos cruzado tres frases, pero a la vez me la hubiera comido a besos por la verdad que intuí en sus ojos. A partir de ahí, hablamos muchas veces y llegué a estar mucho más próximo a ella que a mi nieto. Mi cumpleaños nos fuimos los cuatro a cenar a un restaurante elegante. Les pedí que se arreglaran un poco más que a diario.

       -Mi abuelo quiere que nos pongamos pijos, Celia.

       -Hombre, ten en cuenta que él es muy conocido en la ciudad. No nos cuesta trabajo arreglarnos un día…

       Pasé una noche gratísima, rodeado de las tres personas que formaban mi entorno. Araceli, deliciosa. Mi nieto se había cortado las rastas y vestía una chaqueta informal que le caía de maravilla y la chica estaba preciosa. Tras una copa, llamé a un taxi, nos acomodamos y le di la dirección de Araceli.

       -Pero… ¿es que no te quedas a dormir en casa, Araceli? –preguntó la chica, creando una situación embarazosa.

       En realidad era la misma pregunta que yo me estaba formulando en ese momento, por lo que sentí una desagradable desazón. Nada más llegar a casa te telefoneé:

       -¿Cuándo te vas a quedar a dormir conmigo? Los chicos no se escandalizan y yo lo estoy deseando…

       Araceli recuerda aquel momento. De nuevo mira a la sierra. Tarda unos segundos en continuar la conversación.

       -Esa cuestión me resultaba muy violenta. Me consideraba una vieja y le temía a no provocar en ti el grado mínimo de deseo, tal como yo lo recordaba de cuando era joven. Es tan difícil aceptar que has envejecido…

       -Sí, pero poco después aceptaste la mitad de mi cama. Y fue de nuevo la parejilla, mi nieto y Celia, quienes nos sirvieron de catalizador, ¿te acuerdas?

        -Claro. Una noche de mucho calor prematuro, la piscina recién arreglada, un baño al atardecer… Tras la cena, charlamos Celia y yo. Me sorprendió su clarividencia:

       -Araceli, ya sé que no es cosa mía, pero… ¿cómo es que sigues yéndote a tu casa por las noches? Ignacio te desea y creo que tú también a él… Se os nota de lejos. ¿A qué estáis esperando? Te lo pregunto por si se trata de que Nacho y yo os cortamos el rollo… No sé, hay veces que creo que nos hemos convertido en unos incómodos ocupas, que hemos acabado con vuestra intimidad… Por nosotros no os cortéis. No vemos nada malo en que hagáis vuestra vida.

 

 

 

Imagen de la serie Timeless love (Amor eterno) de la fotógrafa holandesa Marrie Bot

Imagen de la serie Timeless love (Amor eterno) de la fotógrafa holandesa Marrie Bot

 

       -No mujer, no es eso… –le respondí con cierto azoramiento-. Cuando llegue el momento todo se andará.

       Se vuelve a Ignacio, que la escucha con unción, pese a que todo eso lo han hablado ya muchas veces.

       -Pensé en lo que de desenfadada verdad había en su pregunta, en cuánta razón llevaba y llegué a la conclusión de que no era bueno para nadie mantener una situación así de ambigua. Pero aún me quedaba una prueba de fuego. Aquella primavera vino tu hija. Yo decidí hacerme menos visible en esta casa. Supuse que os gustaría hablar sin extraños. Uno de aquellos días me llamaste a última hora para casi exigirme que viniera a comer con vosotros. Tu hija estaba terminado la comida y me miró, entre hostil e inquisitiva, como pensando “¿Quién será esta lagarta y qué pretenderá obtener de mi padre?”. Por lo demás estuvo demasiado correcta, algo que contrastaba con el tono general del grupo, pues los chicos se manifestaron conmigo con la naturalidad de todos los días.

       La abordé al recoger la cocina. Le contesté las preguntas que aún no me había hecho: por qué estaba contigo, lo que había llegado a quererte, mis dudas sobre tu deseo de llegar a una relación carnal… También le aclaré que no estaba aquí por tu dinero. No sé si me pasé, pues se quedó muda. Solo a la mañana siguiente, cuando llegué, me invitó a un café mientras venías de no sé dónde. Me sonrió y me dijo:

       -Creo que mi padre ha tenido muchísima suerte al dar contigo. Nacho y Celia te ponen por las nubes y eso me tranquiliza. Si me has visto con cierta hostilidad, te ruego que me perdones y espero que entiendas que las cosas de mi padre me preocupen.

       -No tiene importancia. Lo entiendo. No soy una persona de la que puedas temer algo, te lo aseguro.

       Poco después, un verano prematuro nos maceró en sudor durante unos días. Los chicos estaban de exámenes. Una noche, tras un paseo, nos dimos un chapuzón en la piscina. Araceli subió a mi dormitorio para ducharse, porque no soporta el cloro sobre la piel. Un momento después subí yo. La puerta del baño estaba abierta y la vi. Me dio vergüenza que pudiera sorprenderme mirándola, así que salí a la terraza y fue peor: allí los vi desnudos en el agua, abrazados. Eran tan hermosos que me sentí turbado, pues parecían cuerpos sacados de una pintura prerrafaelita. Aquella belleza me absorbía. No era voyeurismo, ni deseo, ni nada sucio, sino admiración y añoranza de la juventud perdida, de las posibilidades que ya me resultaban casi olvidadas.

 

 

 

Imagen publicitaria de un hotel-spa

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       -Mi única preocupación era verlos sin que me sorprendierais, ni tú, ni ellos, pero ya te habías dado cuenta de la verdad y me esperabas desnuda en la cama. Fue tu primera noche conmigo. Después… no he cesado nunca de agradecerte tanta felicidad.

       -Yo también los había visto. Me sentí de nuevo joven a través de ellos y te deseé a través de su deseo. Y aquí estoy. Y también supe que me habías estado mirando en la ducha. Creí que ya no había el menor motivo para dilatar lo evidente: te necesitaba, con todas las consecuencias que una situación así requería. Y no me arrepiento de mi decisión, eso quiero que lo sepas.

       -Desde entonces esta casa se convirtió en la de una familia: tú, yo y los dos chicos, que parecían esos hijos que tú no tuviste. Y como en cualquier grupo humano, la interrelación surgió imparable, hermosa, vital.

       -Es cierto, Ignacio. Los he querido como si fueran mis propios hijos. Me he preocupado cuando ha surgido alguna desavenencia, algún mal modo entre ellos, algún asomo de ruptura, cualquier problema de cualquier índole. He sentido la incapacidad de darles algún consejo… ¿Quién era yo para ejercer de consejera si mi vida había sido un absoluto fracaso…? Pero empecé a desentumecer mi alma y con mucha prudencia les fui dando opiniones, siempre modestas, sin ganas de imponerme. Y esa chica primero y después tu nieto fueron aceptándome como una especie de madre.

       -Eso lo percibí cuando una noche contaste abiertamente las palizas y violaciones a que te sometió el canalla de tu marido. Algo que nunca me habías contado a mí y que te salió con toda la naturalidad del que cuenta una película intrascendente. Se hizo un silencio consistente y macizo, casi insoportable. Celia rompió a llorar y te abrazó. Nacho y yo nos quedamos petrificados. A partir de ahí los dos te adoraron y yo me sentí obligado a hacerte feliz, cosa que por cierto he intentado siempre y espero haber conseguido. Ellos desde entonces estuvieron más próximos que nunca a nosotros. Lo eras todo para ellos, hasta el punto de que a veces me sentía celoso de tu éxito. Y cambiaron.

       -¡Cuánta ternura, cuanto cariño hemos intercambiado nosotros y ellos dos…! Cuando daba clases en el instituto explicaba siempre el fenómeno de la ósmosis: dos fluidos separados por una membrana terminaban por mezclarse. Es lo que ha pasado en ese modesto grupo que hemos formado durante estos años. Ha habido un continuo trasvase de fluidos entre las dos generaciones. Ellos vinieron asilvestrados y se han vuelto más convencionales. Maduraron aquí y se dejaron atrás la rebeldía de los dieciocho hasta alcanzar una sensatez, una sensibilidad y una madurez que no tenían. También sus amigos, aquella gente rara que estaba continuamente aquí y que ahora nos faltan…. Les ha pasado a todos lo contrario que a nosotros, que hemos reaprendido los pecadillos de la juventud junto a algo de locura, de improvisación, de inmediatez…

       -Y cuánto amor nos hemos ido traspasando a través de esa membrana que es la diferencia de edad. Nosotros somos ahora mucho más abiertos, más comprensivos, más comprometidos con los nuevos tiempos, con los mismos jóvenes que antes despreciábamos por sus pintas y estilos… Me acuerdo del fastidio que me produjo la irrupción de aquellos jóvenes y ahora agradezco que vengan alguna vez a visitarnos o nos telefoneen para ver cómo estamos o qué sabemos de nuestros chicos, los dos nuevos abogados del prestigioso bufete barcelonés donde mi hija ha conseguido colocarlos… Casi me dan ganas de repetir el tópico que siempre les he oído a los viejos matrimonios respecto a sus hijos: “Nosotros hemos cumplido nuestro papel”. Siempre me pareció un lugar común y ahora le encuentro mucho sentido- le digo.

       -Quiero decirte algo, Ignacio. Voy a modificar mi testamento. Ya sabes que solo tengo mi piso y algún dinero ahorrado. He pensado dejárselo a nuestros niños. Quiero decírselo a tu hija. Por si le queda alguna duda de que no me vine contigo por tu dinero, que jamás me ha hecho falta. Aunque creo que ya lo sabe y que me acepta desde hace tiempo sin ninguna reserva.

       Le digo que haga lo que le apetezca. No son sus nietos, pero si desea beneficiarlos con su herencia no veo ningún problema, aunque no sé lo que pensarán sus lejanos parientes.

      Araceli se estremece. Entra a la casa para ponerse algo, pues el sol ha traspuesto y está refrescando. Yo recojo la bandeja con las tazas y la tetera para llevarla a la cocina. Después cierro las ventanas y la puerta de la terraza. Me preocupan esos escalofríos y calambres súbitos. No puedo evitar el recuerdo de Inés y su enfermedad. No podría soportar que Araceli pasara por algo parecido. ¡Sería tan injusto!

       La veo volver en pijama y cubierta con su bata de seda. La intuyo desnuda, ofrecida, tierna para mí.

      -No sé si será ósmosis, cariño, pero te quiero. Y me está entrando un deseíllo…

      -Ignacio, que no son horas –me regaña llena de comicidad.

      -Para eso no hay horas –le digo, tirando de su mano para que me acompañe al dormitorio.

      -Pues sí: va a ser un efecto de la sacrosanta ósmosis, porque yo estoy empezando a sentir el mismo extraño hormigueo que tú –me sonríe cómplice-. O se trata de otra locura de esta nueva juventud que los chicos nos han transmitido. ¡Viva la ósmosis! –me responde al pie de la escalera un instante antes de besarme apasionada.

Alberto Granados

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El esperpento permanente

        Llevo tiempo diciendo que nuestro país es cada día más inconsistente, más miserable y menos creíble. La muerte de Rita Barberá ha sido el nuevo detonante que ha levantado el cacareo de las dos Españas para demostrar el bajo nivel de nuestra realidad nacional. Y es que desde esta mañana, la señora Barberá ha pasado de la presunta corrupción al martirologio, del escarnio desde su propio partido al santoral pepero, de presunta culpable a víctima de la prensa y la política.

 

 

 

Rita Barberá en una imagen de Kiko Huesca, Efe en El Español

Rita Barberá en una imagen de Kiko Huesca, Efe en El Español

 

 

 

       No me alegro en absoluto de la muerte de la senadora valenciana: la muerte de cualquier ser humano me entristece y me recuerda que no estoy muy lejos de que me toque a mí. Pero la muerte no empaña mi percepción de la realidad. Hay montones de evidencias que nos hablan de irregularidades en su gestión, de gastos desmesurados e injustificables, de compañeros de viaje imputados, al igual que ella. Mi juicio no deja de ser un juicio moral, que no tiene el mismo valor que el judicial, pero en tanto llegue este, tengo la convicción de que era una de las cabecillas más significativas del PP en ese oscuro entramado de corrupciones diversas. Y eso no lo cambia ni la misma muerte de la imputada, ni la sentencia que hubiera podido emitir un juez más o menos proclive a soslayar la corrupción del PP, y hay muchos por lo que parece.

      El hecho es que la senadora ha muerto y España entera se convierte en una nueva corte de los milagros donde cada cual expone de forma virulenta su punto de vista. Parece que el enfoque esencial del asunto es si Podemos ha hecho bien o mal al ausentarse del hemiciclo durante ese desacertado minuto de silencio, cuando la lente debería planear más bien sobre si era oportuna semejante muestra de reconocimiento. Pero la ausencia de Podemos, tan censurada desde la derecha, e inexplicablemente desde la izquierda, no es un hecho significativo en sí mismo.

       Creo mucho más decisivos otros aspectos tales como: ¿por qué se le permitió a Rita Barberá ir en las listas al Senado? ¿era creíble incluir a una imputada cuando se han hecho tantos gestos vacíos apelando a la lucha contra la corrupción? Y una vez escrutado el resultado de las urnas, ¿por qué no la obligaron con más contundencia a renunciar a su escaño en el Senado? Creo que porque podría haber dado demasiada información peligrosa, así que se le permitió la pantomima del pase al Grupo Mixto para mantenerla aforada y callada.

 

 

 

Madrid  27 10 16  Pleno de investidura   Unidos Podemos abandona el hemiciclo  FOTO  JOSE LUIS ROCA

Madrid 27 10 16 Pleno de investidura Unidos Podemos abandona el hemiciclo FOTO JOSE LUIS ROCA

 

      En esta cadena de despropósitos y marrullerías veo mucho más coherente la salida del hemiciclo de Podemos que la permanencia de los miembros del Congreso de las demás fuerzas políticas. El Congreso, y en general las instituciones, no están para levantar aplausos o mostrar reconocimientos. Si lo hicieran, tendría que ser para agradecer, recordar, homenajear o reconocer una labor impoluta, una ejecutoria inmaculada y un mérito incuestionables, pero este no era el caso, de ahí lo inoportuno de ese minuto de silencio.

       No he podido evitar una asociación, una pura fábula política: tras la imaginaria muerte de Arnaldo Otegi, el Parlamento vasco organiza un minuto de silencio en su honor. ¿Cuántos parlamentarios del PP se habrían quedado? Obviamente, ninguno. Pero la necesidad de desviar la atención de la naturaleza de la fallecida hacia otro tema escandaloso hace que se ponga el mayor énfasis en que los parlamentarios de Podemos han abandonado el hemiciclo. No hubieran tenido que hacerlo si no se hubieran dado las premisas necesarias.

        Pero España se renueva ahora en su costumbre inquisitorial, en su desvergüenza picaresca, en su fervor cofrade de Monipodio, en su estupidez, que sustituye el análisis por el apasionamiento, la práctica política por el exabrupto y la razón por la coz. El Lazarillo, los sueños de Quevedo, Goya, el eterno esperpento… en la época de las nuevas tecnologías. Así nos va.

Alberto Granados

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Relatos recuperados (2): Disparates

 

 

 

       Recupero este relato de Agosto de 2009. Está vagamente centrado en una hermana de mi abuela y su marido, que fue farero, aunque la parte biográfica de ambos está notablemente desfigurada: Evidentemente, la carga erótica del cuento es pura especulación, al igual que muchas circunstancias de la trama. Sí son reales la ideología, el respeto a las creencias de su mujer, la anécdota del palio… “Disparates” apareció publicado en mi libro electrónico “Cabos sueltos” (2013).

A Alicia y David, mis amigos de tantos años.

       La joven Emilia se había criado en el cálido ambiente protector de su casa sin provocar un solo sobresalto en el espíritu de sus padres. Justo lo contrario que su hermana Luisa, que se había empeñado en irse a Madrid para estudiar pintura, cosa que consiguió tras organizar un sinfín de pataletas y ataques que amenazaron seriamente la estabilidad del hogar de los Montijo-Torres. Al padre, D. Julio, le parecía inconcebible que su hija mayor necesitara estudiar nada, puesto que tenía un buen y próspero porvenir, con una renta asegurada de muchos miles de reales. ¡Qué tiempos estos, en que una hija de diecinueve años les hacía frente a sus padres y se marchaba a la inseguridad de un Madrid tan lejano y lleno de peligros! Por suerte, Emilia siempre acató las decisiones que D. Julio adoptaba y que su madre, doña Enriqueta, le transmitía y adornaba con mil promesas de una felicidad asegurada. Era una buena hija y una alegría para unos padres como ellos.

       A sus diecisiete años, sabía bordar con unas manos que parecían de ángel, cosía ropas para los pobres de la parroquia con un primor realmente envidiable y preparaba dulces, aguardientes y compotas que se convertían en tentaciones invencibles para sus glotones padres. Oírla cantar habaneras o arias de ópera acompañándose al piano era como estar oyendo un concierto de ángeles, pensaba su padre. Y si se la oía cantar salmos en la iglesia, era para echarse a llorar. Parecía que toda la piedad, todo el impulso místico de las santas y vírgenes de la Leyenda Áurea, se había concentrado en la garganta de aquella angelical doncella. Esa chiquilla era, qué duda cabía, todo un premio para unos padres como los Montijo-Torres, que habían estado a punto de ser nombrados Grandes de España por S. M D. Alfonso XIII, sólo que la República…

       Ahora sólo faltaba que apareciera por la localidad un buen partido, un médico o notario, a ser posible, con una educación y unas ideas como tienen que ser, y doña Enriqueta ya lo engatusaría para concertar una buena boda. La chiquilla era preciosa, decente a carta cabal y estaba llamada a llevar una dote de las que se comentan durante años, amén de una herencia bien considerable. La madre, entre suspiros y miradas complacientes a la niña, parecía estar viendo llegar al yerno que colmaría sus sueños de madre.

       La joven, además de ir preparando su ajuar, asistía a cuantas misas, rosarios, triduos, novenas, sabatinas y rezos se organizaran en la parroquia o en las Damas del Ropero o en las cofradías de semana santa o de las Hermanas de la Virgen, pues su inquebrantable fe y su acendrada virtud la impelían a este tipo de actividades. Así ocupaba las horas y los días adornando altares, limpiando oros y pedrerías de los mantos, enderezando cirios, y haciendo mil actos más de piedad, una piedad que le salía de dentro, sin un simple pensamiento deshonesto o una mala tentación. Era su forma de esperar ese gran marido que la Providencia le estaba buscando, según aseguraban su madre y su confesor.

        Pero los deseos y lo que la vida ofrece suelen ser cosas bien distintas y el esperado novio que llegó fue un modesto funcionario que se iba a ocupar del faro. Un don nadie, un mindundi cazafortunas que no tenía donde caerse muerto. Eso sí: era guapo hasta el pecado, pensaba doña Enriqueta, que no evitaba poner una cara tristísima al compararlo con su marido, ya metido en carnes y en años y aburrido y soso hasta la extenuación. En cualquier caso, Mario se llevó el corazón de la niña, que suspiraba nada más sonar la campanilla y oírlo preguntar a la doncella que si estaba la señorita Emilia. Para colmo, el maldito Mario era pintor y venía de haber disfrutado una beca en París, donde había conocido a los poetas vanguardistas y a los pintores de las nuevas tendencias -unos locos pintamonas, según don Julio, que había leído algo sobre ellos en el ABC.

       Don Julio habría opuesto toda su energía a la naciente relación si no se hubiera dado cuenta de que necesitaba casar a sus hijas cuanto antes. Hacía sólo unos meses que recibió una carta de Madrid en la que una mujer decía ser la esposa del profesor de pintura de su hija Luisa. Esta señora le comunicaba la sospecha de que su marido y la joven artista vivían como amantes y, según sus sospechas, tenían pensado huir juntos a la Argentina, o a Puerto Rico o a Venezuela, donde ambos seguirían pintando y viviendo del arte. Don Julio tuvo que traerse a la hija entre sollozos, desmayos, melindres y falsas promesas de inocencia. También tuvo que aceptar el doloroso hecho de que sería mejora rebajar sus pretensiones sobre los yernos y casar a aquel par de mujeres antes de que la realidad se le fuera de las manos. ¡Con las mujeres nunca se sabe! -le decía don Ramón, el boticario.

       Fue entonces cuando Mario, el pintor bohemio, pidió relaciones a su hija Emilia. No hubo más remedio que tragar y preparar la boda, pues la niña de deshacía en lágrimas y suspiros y el joven Mario entraba y salía en casa con un desparpajo y una desvergüenza que el jefe de la familia no supo atajar. Llegó el momento en que aquel descarado pidió la mano, pero no de una forma suplicante como esperaban los padres. Todo lo contrario, con un aplomo que rayaba el desafío:

        -Miren, yo no creo en Dios, ni en el matrimonio ni en todas estas cosas pequeñoburguesas, pero no quiero que sufran. Estoy dispuesto a casarme por la Iglesia, si eso les hace más llevadero el mal trago. Total, nosotros lo que queremos es ser felices. No necesitamos ni un solo céntimo, ya que tengo un sueldo y mucho tiempo libre para pintar. Prepararé exposiciones, venderé mis cuadros… ¡Voy a ser un pintor famoso y rico y compartiré mi éxito con su hija!… -y mientras tanto, la joven lo miraba con la cara de transfiguración que sólo da el estar locamente enamorada, perdidamente feliz, inexplicablemente esperanzada, al tiempo que doña Enriqueta aspiraba sales y hacía pucheros y su marido se callaba el largo exordio que tenía preparado, sin que le saliera una sola palabra, una única idea con que exponer algo parecido a unas exigencias mínimas para con su hija. Parecía como si el joven Mario, con su sincerísima naturalidad, hubiera acabado con las prevenciones de sus suegros y con la obediencia de la niña.

       Se celebró una discreta boda y la pareja se estableció en el faro, a dos leguas de la ciudad. La joven pareja vivía en la más absoluta soledad y en unas condiciones de una injustificable pobreza espartana, pero lo cierto es que Emilia no echaba en falta ni uno solo de los lujos de su casa. No le quedaba tiempo de echar de menos nada de su regalada vida anterior, pues su marido la fue adentrando los misterios de la vida y de la carne y ella empezó a desfallecer ante el placer que le suponía caer en cada nueva tentación, así que, pasada la vergüenza de los primeros encuentros, el día y la noche se les pasaban en abrazos, caricias, besos y deliciosos éxtasis llenos de un placer que nunca había podido presentir. Con frecuencia se lo decía a Mario:

       -No creo que esto que hacemos sea decente, pero es delicioso. ¡Me haces cometer tantos disparates! Siento tales escrúpulos que uno de estos días voy a ir a confesarme…

       -Ni se te ocurra. ¿Qué tiene que decir ningún cura de lo que hacemos tú y yo? Además, si son disparates, como tú dices, ¿por qué me lo pides a cada momento con los ojos?

        -Cállate, Mario, que me siento muy mal y… -y Mario la llevaba en brazos al lecho y los remilgos desaparecían nuevamente a la par que la ropa. El pintor volvía a rodearla con sus brazos y, entre risas, comenzaba de nuevo aquella gimnasia amatoria, repitiendo sin tregua el ritual más antiguo de la historia del ser humano. Emilia volvía a dejarse llevar, ya con la guardia bajada ante los escrúpulos, por los disparates que Mario proponía y volvía a sentir la exultante explosión de placer.

       Bien es verdad que los restos de su piedad aparecían en el momento supremo, cuando entre ayes y jadeos soltaba:

       -¡Ay, Virgen santísima! ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué, Virgen del Calvario, por qué? ¡Ay, Dios, qué disparates estoy cometiendo! ¡Perdónamelos, Dios mío!…

 

 

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        Y los alrededores del faro se llenaban de esa algarabía entre mística y pagana, entre el éxtasis y la jaculatoria, entre la virtud y la tentación. Era tal el ruido de Emilia, que dejaban de oírse las gaviotas y el oleaje que se batía a los pies del faro. Mario aprovechaba momentos como aquéllos para hacer nuevas y atrevidas propuestas:

       -Tienes que posar desnuda para mí –le dijo un día.

       -¡Ni lo propongas! Ya hago bastantes disparates, como para que me ofrezcas nuevas indecencias. ¿Te crees que tienes tanto poder sobre mí? Pues no te lo creas, vanidoso.

       -Bueno, pues haré venir a una modelo profesional. Ésas sí que saben posar y además…

      -¡Atrévete!

       Y pocas horas después había cientos de estudios sobre las manos, la cintura, el pubis, las nalgas, los senos y el desnudo, completo y luminoso y feliz, de Emilia. Ella era consciente de haber claudicado, de haber olvidado sus estrictos principios morales, pero había sido a cambio de tanto placer que consideraba que la rendición estaba más que justificada. Su vida se estaba convirtiendo en un puro disparate, pero bien valía la pena si era a cambio de semejante cantidad de gozo.

       Algunos domingos se oían los cascabeles del coche de caballos de don Julio, que se presentaba en el faro para ver a su hija. Los jóvenes tenían que vestirse apresuradamente, recoger todos los estudios sobre el cuerpo de Emilia y guardarlos bajo llave en una pequeña alacena, como el más ominoso secreto de la pareja. Otras veces, era ella la que iba a su casa dando un paseo y pasaba la noche con sus padres, ya que Mario no podía abandonar el servicio nocturno del faro. Solía aprovechar para ir a misa, si bien empezaba a ver serias fisuras entre lo que le habían enseñado en la parroquia y lo que la vida junto a Mario le proponía.

       El día de las fiestas del pueblo, Mario y ella se acercaron a la misa mayor. Mario, con su mejor traje, de algodón blanco, atraía las miradas de todas las chicas del pueblo, pero ella sabía para quién eran sus abrazos y se sentía radiante y orgullosísima. Mientras ella oía misa, el joven dio una vuelta por la pequeña verbena, hasta que un cohete señaló el comienzo de la procesión. Se acercó a la pequeña ermita y, en ese momento, el cura pedía a los fieles que cogieran los varales del palio. Todos parecían dudar. En las inmediaciones había un anarquista borracho del que se decía que era muy violento y que tenía armas y no estaban los tiempos para exhibiciones. Nadie se atrevió a coger el varal, salvo Mario, que no le temía al cenetista. Cuando el pintor cogió el primer varal, los demás hombres se ofrecieron y la procesión con la custodia bajo palio emprendió su recorrido sin ningún problema.

       Esa noche se comentó mucho en la verbena:

       -Pero, vamos a ver, don Julio. Su yerno de usted, ¿no era ateo?

       Y don Julio se deshacía entre la excusa y la explicación justificadora, esperando, en el fondo, que la piedad de su hija hubiera convertido a aquel masonazo. En cualquier caso, se sentía un poco más feliz con aquel yerno, que por primera vez, le daba una satisfacción.

        Unos meses después, estalló la guerra, que hizo del pueblo una carnicería. Mario fue movilizado y la joven Emilia tuvo un buen pretexto para rezar de nuevo, pues sabía que su marido no era de los que se callaban y que cualquier discusión era buena para exponer sus ideas, tan poco convenientes en zona nacional. Volvió a la casa de sus padres, donde llevaba una vida tristísima por la ausencia de su marido. No paraba de llorar recordando el cuerpo de Mario, las noches de locura, el desenfreno, los disparates… Y una ternura enorme le rompía el alma, al pensar en las inclemencias y peligros que Mario estaría arrostrando. No cesaba de poner en la gramola las arias tristísimas que Mario le había enseñado a disfrutar.

       A comienzos de 1939, cuando el frente estaba a punto de desaparecer y la guerra tocaba a su fin, Emilia recibió una comunicación muy escueta, según la cual su marido había sido herido en las afueras de Madrid. Estaba grave y lo licenciarían tan pronto como estuviera en condiciones de llegar por sí mismo al pueblo. Emilia, sin creer lo que estaba leyendo, dejó caer por sus mejillas un río de lágrimas. ¡Su Mario, herido! No se sabía de qué, ni en qué parte del cuerpo, pero herido y, según parecía, grave, tanto como para que lo licenciaran. Herido por ir a una guerra a defender una ideas que no eran las suyas. ¡Qué sinrazones tiene la vida! ¡Qué gigantesco disparate!

       Ese verano, Mario llegó vestido de soldado. Venía en un estado lamentable. Parecía un viejo lleno de harapos y la desbordante alegría de antes era ahora un velo de tristeza sin remedio. Parecía inevitablemente tocado por la muerte. Su suegro, que milagrosamente había sobrevivido a la guerra, se sintió muy feliz de tener un yerno héroe (se había referido a él como el único que le hizo frente al cenetista, el primero que ayudó al cura a sacar la custodia, un hombre de orden, sin ninguna duda…). Era un mérito más en aquella España negra de zafiedad y miseria moral que exigía pruebas inequívocas de fidelidades, claridad sobre de qué parte se estaba…

        Mario no podía con semejante pantomima, así que la pareja se instaló de nuevo en el faro, pero ahora había una atmósfera de pesadez y silencios tristes que contrastaba con la alegría y el vitalismo de otros tiempos. La gramola no paraba de reproducir aquellas arias llenas de nostalgia, aquellos lieds, que ponían melancólica a la pareja. Ya no había caricias, ni risas, ni éxtasis, ni expresiones religiosas en el momento del orgasmo. No lo sabían más que ellos dos, pero la verdad era que la explosión se había llevado por delante mucho más que la salud y la juventud de Mario. Ya nunca más… El joven, al ver los estudios del desnudo de su mujer, al ver la cama, al ver la desgastada belleza de Emilia, rompía a llorar como un crío.

 

 

       Una noche, la gramola dejaba sonar el último fragmento de Aída, en el que, al fin, la protagonista y Radamés, los amantes, se unen en la tumba donde han sido enterrados vivos:

       Oh, terra, addio; addio,

Valle di pianti, sogno di

Gaudio che in dolor svani… (1)

        Mario miraba a su mujer con un aire sombrío. A continuación, miraba, con un gesto de inabarcable sufrimiento, su pistola aún colgada en los correajes. Era una mirada de súplica que ella captó inmediatamente. Lo tenía abrazado, y se dejaba llevar por una inmensa ternura.

        -¡Shhh! No llores, Mario. No tienes que preocuparte por mí. Te quiero. Vivir así sí que es un disparate -dijo ella mientras sacaba la pistola de la funda, justo un momento antes de que sonaran dos tristes disparos, en el mismo instante en que en la ópera de Verdi se cerraba la tumba sobre los amantes.

Alberto Granados

(1) Oh, tierra, adiós; adiós

valle de lágrimas, sueño de

felicidad que se desvanece en dolor…

 

 

 

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Antonio Enrique: “Boabdil, el príncipe del día y de la noche”

       La novela reseñada se presenta esta tarde en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada (20,00 h.). Acompañarán al autor José Vallejo Prieto (Director General del Área de Cultura y Patrimonio del Ayuntamiento), Tico Medina (Cronista de la ciudad) y Pilar Sánchez (Responsable de Dauro Ediciones).

       Pese a lo que pueda decir su partida de nacimiento, Antonio Enrique es, fundamentalmente, un hombre del Barroco: amplísimo dominio del lenguaje del los Siglos de Oro, trasfondo lleno de pesimismo barroco, utilización de los tópicos de la época (ubi sunt o carpe diem), etc. Quien no crea esta extravagante aseveración que lea su “La espada de Miramamolín”. Es también un documentalista excepcional: no consigo explicarme qué fuentes consulta para ambientar sus novelas historicistas, pero se le ve un dominio del dato, una vastísima cultura y un manejo de las situaciones históricas que remiten a una idea hoy olvidada: su erudición. Que el incrédulo lea su novela “El discípulo amado”. Es, así mismo, un fabuloso creador de atmósferas literarias, ambientes a los que sabe dotar de un aura mágica pocas veces conseguidas en la novelística. Para quien lo dude, una recomendación: “El hombre de tierra”. Y conoce la Alhambra como la palma de su mano. Quien mantenga dudas al respecto, que consulte su “Tratado de la Alhambra hermética”, en que nos acerca a los aspectos esotéricos del conjunto monumental nazarí.

       Con estos fundamentos, mi admirado Antonio Enrique acaba de dar a la imprenta su novela “Boabdil, el príncipe del día y de la noche” (Granada, Dauro, 2016), que recorre desde dos puntos de vista distintos toda la dinastía nazarí, centrándose especialmente en la figura de su último sultán, el perdedor de la grandeza de su genealogía.

 

 

 

 

boabdil-portada

 

 

 

 

       La primera parte arranca con una imagen de una enorme plasticidad narrativa: en febrero de 1492, tras haber rendido Granada, Boabdil asiste a la exhumación de los reyes, reinas, príncipes y hasta concubinas de su estirpe. Tiene que llevárselos de noche para enterrarlos mirando a La Meca en el apartado rincón de Mondújar. Con ello evitará que los cristianos profanen a los veinticuatro sultanes que construyeron el último reducto del Islam y el soberbio ámbito de la Alhambra. La aparición de los distintos cadáveres permite a Boabdil una larga reflexión sobre la grandeza de su familia. Una gloria construida a base de traiciones, degollinas, ambiciones, batallas, alucinaciones, sexo y riqueza. En efecto, entre los veintitrés sultanes que le precedieron, hubo ambiciosos y abúlicos, ensimismados, obsesionados con el poder o con el estudio de la astronomía, el culto por los caballos, obsesos sexuales… Boabdil, al codearse con sus muertos recurre inevitablemente al tópico barroco del ubi sunt: ¿dónde quedó la grandeza de su familia, definitivamente barrida por los Reyes cristianos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón? ¿Qué fue de tanta belleza, tanta pompa y tanta majestad una vez llegada la derrota? La larga reflexión adquiere un tono patético, realmente poético y magníficamente resuelto, hasta el punto de que el lector paladea la sensación de la incontestable derrota, la desposesión y la pérdida de ese paraíso que había sido la Alhambra.

        En la segunda parte, un eunuco anciano, que conoció a Boabdil desde que este era un niño, reflexiona sobre los últimos lances de los nazaríes, la inminente caída de la dinastía (y, con ello, de Granada y la Alhambra), el exilio de la familia real y el abandono a sus propios recuerdos, único tesoro que le ha quedado. Las remembranzas de este anciano, que quedará como una fantasmagoría más entre los que permanecieron en su ciudad, se centran en los últimos sultanes, en las guerras y traiciones entre ellos, tal vez orquestadas por la propia Castilla para dividir y resquebrajar definitivamente el Islam hispano. El eunuco, que no fue cegado, guarda en su confusa memoria imágenes del momento en que Boabdil se siente perdido, de la belleza de las mujeres del harén, de las incestuosas relaciones entre el sultán y su madre, Aixa la-Horra, de Cetti Meriem, de otros mil nombres que nos remiten al romancero fronterizo (Reduán, la pérdida de Alhama, Abenámar, etc.). En su vagar por el pasado, nos pone en contacto con ese mundo definitivamente perdido, sintiendo con la insistencia tozuda del recuerdo, la más infinita nostalgia por un tiempo irrecuperable.

 

 

 

 

Antonio Enrique en un acto del Centro Artístico, Literario y Científico

Antonio Enrique en un acto del Centro Artístico, Literario y Científico

 

       Este doble recorrido de la historia nazarí, desde el enfoque de quienes lo han tenido todo y, por contraste, de quien no ha tenido ni siquiera la virilidad intacta, cierra un círculo perfecto, un ciclo de historia sentida, llena de un calor ajeno a los postulados científicos y fríos de la Historia. Ese es el gran acierto de Antonio Enrique en esta novela: trascender la frialdad del hecho histórico para dotarlo de un hálito de vida, de calor humano, de simpatía incondicional por parte del lector. No es otra cosa que el permanente milagro de la literatura: la función poética.

       Si en la primera parte predomina el enfoque historicista, en el segundo, Eleazar al-Sabaj, el viejo eunuco, llena la historia de los nazaríes de sentido humano, al presentarnos en toda su crudeza el momento de la desposesión, de la irrefutable caída de una dinastía gloriosa, de la muerte de Miriam (también conocida por Morayma o por Omalfata, la única mujer que Boabdil realmente amó), del momento más dramático, el de la rendición de la ciudad y el reino. En esta segunda parte, Eleazar consigue pasajes verdaderamente inolvidables (la vida del harén, la relación con su señor ya derrotado, la enfermedad y muerte de Omalfata, la dureza revanchista de los castellanos, fiel reflejo de la falsía de Fernando el Católico, el sufrimiento de Omalfata por haber quedado sus hijos como rehenes de Castilla, la soledad absoluta del derrotado, la figura de Aixa la-Horra…). Y es que el personaje del eunuco tiene una extraña solidez literaria, basada en la ambigüedad. No es ni hombre, ni mujer; no es ni cristiano ni musulmán (fue cristiano en su niñez en Cieza, lo convierten al Islam sin preguntarle cuando llega a la Alhambra como esclavo y tras la conquista es obligado a profesar la fe de Cristo); no pasa de la condición de esclavo, pero goza del afecto de Boabdil y del Infantico, el hijo mayor del monarca destronado; conoce como nadie los secretos de la familia real y goza del afecto de unos y del recelo de otros, pero siempre está ahí, en un segundo plano que le permite narrarnos detalles llenos de perspicacia. Está sin estar… Todo en él es ambiguo, lo que le va a permitir ver el haz y el envés de lo que cuenta y asumir estoicamente las contradicciones de la vida, de la historia y de los seres humanos que lo rodean. Me parece un personaje perfectamente construido, admirable desde el punto de vista novelístico.

 

 

 

 

Antonio Enrique durante la presentación en Guadix del libro de Francisco Gil Craviotto "La mano quemada" (09/11/2016)

Antonio Enrique durante la presentación en Guadix del libro de Francisco Gil Craviotto “La mano quemada” (09/11/2016)

 

 

Pero no sería justo dejar al margen a otros personajes de la novela: los secundarios de las sucesivas cortes, tanto musulmanas como cristianas. Por la novela aparecen muchos nombres que explican la verdad histórica. No son protagonistas, pero son los ejecutores de la Historia, de forma que el lector sin acusados conocimientos históricos consigue aprehender las claves de una larga época. Y si se me consiente la licencia de considerarlos personajes, la propia Alhambra, la Sierra Nevada, el agua, las obras públicas…. juegan también un papel narrativo que a nadie puede dejar indiferente.

       En el capítulo de agradecimientos, Antonio Enrique nos pone en contacto con sus fuentes. La primera y fundamental es el profesor granadino Luis Seco de Lucena Paredes, junto a otros arabistas como el recientemente fallecido Emilio de Santiago, Omar Yabir o Miguel Hagerty, junto a otros novelistas o biógrafos que se han centrado en la figura de Boabdil (Villena, Antonio Gala, José Luis Serrano, Juan Eslava Galán, etc.), junto a un considerable número de autores que Antonio Enrique reconoce como influencias directas. Si las fuentes son nombres de reconocido prestigio, el caudal narrativo que mana de ellas no desmerece en absoluto.

       Encuentro dos objeciones al libro. La primera, que junto a otros apéndices (un glosario de términos árabes, un cuadro genealógico de la dinastía nazarí, etc.), el autor nos haya privado de un índice más: el topográfico. A lo largo de la novela aparecen muchos topónimos, casi siempre, traducidos y explicados, pero habría sido un impagable lujo disfrutar de la sonoridad de tales nombres geográficos y de su traducción en un apéndice específico que los desligara de la acción novelística.

       Y creo que habría sido mucho más exacto este otro título: Boabdil, príncipe del ocaso y de la noche. Porque a Boabdil no le tocó un luminoso día de la Historia, sino un declive, una muerte lenta, un ocaso (¡otro elemento barroco!) en la grandeza plagada de canallas de su regia dinastía.

       La novela interesará a cualquier enamorado de Granada, de la Alhambra, de la cultura desaparecida tras la conquista cristiana. Es decir, a cualquier persona sensible. Hay mucha ternura, mucho sentido admirativo, mucha pasión y una indudable maestría para ensamblar todo lo anterior en una trama que nos hechiza, como lo hacen la Alhambra, el Albayzín u otros cientos de rincones granadinos. Quien no me crea, que lea Boabdil, el príncipe del día y de la noche. Después hablamos.

Alberto Granados

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Los conciertos, última novela de Fernando de Villena

 

 

NOTA PREVIA: Durante los primeros meses del año leí varios libros que empecé a reseñar. Por diversos motivos, las reseñas quedaron sin terminar y, al llegar el verano, me las bajé a la playa en un lápiz de memoria. Pese a mi buena voluntad, la playa no ayudó precisamente. Al volver a Granada me di cuenta de que no tenía el dispositivo. El pasado puente lo encontré ensamblado en el televisor del apartamento playero. Retomo la tarea y amenazo con ir poniendo las reseñas en el blog, pese a que los libros hayan dejado atrás una buena parte de su actualidad inmediata.

 

 

 

        Fernando de Villena es un prolífico escritor (normalmente publica al año dos o tres libros en los que combina creación poética, narrativa, ensayo y artículos), siempre disciplinado, lleno de ese tesón del que yo carezco y constante. La pasada primavera publicó la novela Los conciertos (Granada, Editorial Nazarí, abril de 2016, 239 págs.), en la que participa de los postulados de la novela negra y, a la vez, de los cánones de la llamada novela histórica.

 

 

 

Presentación de Los conciertos en la Feria del Libro (23 de Abril de 2016)

Presentación de Los conciertos en la Feria del Libro (23 de Abril de 2016)

 

 

 

 

 

        Construida en dos partes y un epílogo, Villena dedica la parte inicial a ensamblar, como hace una cremallera, dos historias distintas en capítulos alternos. Se trata de dos tramas que parecen distintas hasta que confluyen al final en una siniestra coincidencia, pese a suceder en ámbitos geográficos y épocas diferentes. Por un lado, Don Balbino, el personaje central, es un jubilado viudo y solitario que vive en Antequera en nuestra época. Dedica parte de su desolado ocio a trascribir a mano un viejo manuscrito. La segunda trama se ocupa de la peripecia de don Santiago Salvatierra, maestro de capilla de Tunja, que llegó a Nueva España a comienzos del s. XVII. Allí conoció a  muchos personajes, muchas costumbres curiosas y muchos ritos de contenido mágico-religioso. Es precisamente el autor del manuscrito que don Balbino está estudiando.

       Ambos hilos argumentales aparecen perfectamente creados de tal manera que usan dos lenguajes y dos ritmos diferentes. La historia de don Balbino sirve para mostrar la permanente introspección de un solitario y mostrarnos la corrupción de los políticos locales, en tanto que la historia de aquella América colonial lleva un registro idiomático casi cervantino y participa del ritmo descriptivo de los libros de viajes, de las descripciones de aquel vasto ámbito y de las creencias y ritos de aquellos nuevos españoles.

 

 

 

portada

En la portada, “Concierto de aves”, de Frans Snyders (1629-1630)

 

 

 

 

       Al final de esta primera parte, el viejo maestro conseguirá atar los cabos que llevan desde los crímenes del XVII a los que empiezan a darse en el entorno de Antequera, entre los que hay un vínculo secreto.

        En la segunda parte y el epílogo, el viejo investigador, pese a sus achaques, hace de detective y, junto al hombre injustamente acusado de asesinato, vuelve a la Colombia que ha conocido a través del manuscrito para solucionar el enigma de los crímenes de chicas, víctimas de una liturgia sangrienta. De nuevo, cuatrocientos años después, un antequerano va a Colombia, cerrando con ello el ciclo.

        Villena ya trató ese paso de geografía a geografía a lo largo del tiempo en su Mundos Cruzados, detalle que hay que agradecerle porque se desenvuelve con soltura en este campo narrativo, que sabe tratar siempre con verdadera destreza de maestro.

 

 

Fernando de Villena lee fragmentos de su libro durante la presentación

Fernando de Villena lee fragmentos de su libro durante la presentación

 

       Existe un hilo conductor entre las dos tramas superpuestas en Los conciertos. El propio título lo deja bien claro: la música, que aparece presente en toda la narración. Del maestro de capilla al coro latinoamericano que actúa en Antequera y que sirve de nexo entre el pasado y el presente. Narración y música, dos mundos que me apasionan, mágicamente unidos por el autor en una novela amena, cambiante, llena de facetas que nos muestran con maestría los entresijos de la hipocresía y los sueños del ser humano, por encima de épocas y lugares.

       Cuando alguien lee la reseña de un libro teme siempre discrepar y que lo que el reseñador alaba, sea en la dura realidad un libro aburrido o de lectura ardua y pesada. Puedo asegurar que Los conciertos es de esos libros que, desde las primeras líneas, engancha al lector, al que sumerge en el doble relato haciéndole desear más y más lectura, tal es su amenidad y la frescura de la prosa de Villena. Me parece un libro perfecto para disfrutar de las tardes de  ese invierno que se acerca, un libro que puede llenar unas horas de ocio con la seguridad de que deleitará al lector.

Alberto Granados

 

 

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Cuando NO es relativamente NO

 

        En cuestión de horas, Mariano Rajoy será de nuevo Presidente de Gobierno, el PSOE sufrirá el mayor desprestigio de su historia y quedará eclipsado, incluso en la oposición, por Podemos. Es un proceso extraño que supone varias cosas:

       1 Se nota de lejos que somos el país inventor de la picaresca, un país en el que se admira y se apoya con el voto al corrupto, al que secretamente se envidia por su astucia, por su desvergüenza. Si no fuera así, no se explicaría el apoyo que el PP ha recibido en las urnas en las dos últimas consultas electorales. El Partido Popular, en efecto, ha acumulado tales cotas de corrupción estructural, que en cualquier país de nuestro ámbito recibiría un doloroso castigo electoral, pero aquí se soslayan hechos tales como que la corrupción alcanza a varias comunidades, que tiene imputados a una significativa parte de sus jerarcas y arrimados y que el Presidente Rajoy da por zanjados estos pecadillos con la única explicación de que él no sabía nada. Escasamente homologable ante la comunidad internacional.

       2 Pedro Sánchez ha jugado sus cartas como si quisiera perder, como si necesitara inmolarse, sin llegar a creerse su verdadero papel de jefe de la oposición. Cegado por la mínima posibilidad de llegar a presidir el Gobierno, ha llegado a creerse que todo dependía de él, cuando era responsabilidad de Rajoy. En el proceso, demasiado largo ya, han sido los suyos quienes se lo han fagocitado en tanto que Rajoy ha demostrado que siendo correoso, echando balones fuera, dando la vuelta en seco si se encuentra a la prensa, explicándose a través de un televisor, etc. y enrocado siempre en sus posiciones, se puede volver a gobernar. Ahora exige pacto de estabilidad. De sonrojo nacional… si aún nos quedara algo de vergüenza.

       3 La campaña “NO es NO” me ha parecido desde sus primeros momentos una estrategia condenada al fracaso. Desde este verano he defendido en perfiles de Facebook que habría sido mejor la abstención que el choque frontal con la realidad y su lógica. He argumentado que prefería tener a Rajoy como rehén del resto del arco parlamentario antes que a Pedro Sánchez como rehén de Podemos. Y conste que comprendo que no es plato de gusto aupar de nuevo a Rajoy a la presidencia, con todo el lastre de ausencia de diálogo, corruptelas, de conservadurismo, pero es que el resultado de dos elecciones ha sido claro.

 

 

Viñeta de Miki & Duarte en Granada Hoy

Viñeta de Miki & Duarte en Granada Hoy

 

       Si el PSOE hubiera sabido leer el resultado de las segundas elecciones con ojos de políticos de envergadura, habría dejado pasar sus mínimas opciones para un momento más idóneo. De esa forma, Rajoy estaría gobernando desde el verano, ya llevaría una carga importante de desgaste, el triste asunto catalán probablemente le habría estallado al PP y Sánchez podría estar fortaleciéndose como líder de la oposición, en vez de cederle el papel a Iglesias. Además, Rajoy tendría que actuar con pies de plomo, en frágil minoría y hasta se le podría haber apretado para que retirara la vergonzosa y esclavista Reforma Laboral, la elitista LOMCE y cambiara de rumbo en políticas sociales, culturales y científicas. Pero la campaña “NO es NO” ha arruinado todas las posibilidades de negociación… para acabar en que “NO es sólo relativamente NO”, a cambio de nada. O mejor, tras dejar decapitado al partido de los socialistas. Decapitado y, según se espera mañana, dividido entre los que van a tragarse el sapo de la abstención y los que no se van a plegar a las nuevas exigencias y tienen previsto votar No, pese a las consecuencias (los del PSC, la ex comandante Zaida, Margarita Robles, Pedro Sánchez y alguna sorpresa más).

 

 

 

Un hierático Pedro Sánchez observa el debate de ayer. Fotografía de Chema Moya en El País digital

Un hierático Pedro Sánchez observa el debate de ayer. Fotografía de Chema Moya en El País digital

       Para que el largo y curvo camino del PSOE llegue a desembocar a este punto no se necesitaban alforjas de grandilocuencia, ni gestos heroicos que al final han quedado en la más absoluta nada. Repito que yo me hubiera abstenido este verano, pero con contraprestaciones y con un líder más o menos intacto. Hubiera sido sentido de estado y sentido práctico. Pero mis palabras, como las de algunos barones, se consideraron traición (alguien muy querido me llegó a acusar de vendido). Me ha extrañado que entre mis antiguos compañeros de militancia socialista no haya habido nadie que coincidiera públicamente con mi análisis, de lo que deduzco que había una seria campaña para dejar que Pedro Sánchez se estrellara. ¿La orquestó Susana Díaz? No lo sé y me importa muy poco a estas alturas. Me pregunto qué opinarán ahora mis queridos compañeros que tanto defendía en NO, a la vista de esta nueva y desconcertante situación.

       También me pregunto (lo he hecho siempre y al no encontrar respuestas me salí del partido) quiénes estarán dispuestos a presentar su dimisión de las responsabilidades políticas a partir del sábado. Porque en el desgaste hasta el ridículo del PSOE hay mucho culpable, mucho aferrado a una gestión desastrosa en un cargo que no se merece por ineficaz, mucho complaciente y mucho apoyo incondicional cultivado largamente a base de favores clientelares. Pero todo ha reventado.

       Ahora Rajoy es el jefe indiscutible y se va a enfrentar a un PSOE desnortado, acobardado, sin líder y dividido. Sólo va a contar con la oposición de Pablo Iglesias y su demagogia, mientras el Partido Socialista intenta encontrar un asidero para no hundirse definitivamente o quedar relegado a ser la tercera o cuarta fuerza en un futuro arco parlamentario. Se habla, una vez más, de refundar el PSOE, pero la refundación solo será viable si se prescinde del lastre de las viejas jerarquías, mucho más pendientes siempre de mantenerse en el cargo que de los problemas de la gente en general y del partido en particular. Y no los veo yo generosos como para dejar la política activa y retirarse a sus puestos de trabajo. Volver al tajo es durísimo cuando se lleva rotando de cargo en cargo, de ineficacia en ineficacia dos o tres décadas. Sería lo lógico, pero muy pocos han dado ese paso, lo que los dignifica dadas las tragaderas que se soportan con las puertas giratorias.

       Pobre partido y pobres los que creemos en sus principios, mucho más sabios que sus jerarquías. Sueño con un partido limpio de viejas adherencias, renovado, con un líder que tenga la suficiente solidez como para limpiar la casa de incompetentes y enfrentarse definitivamente a la corrupción del PP y a su gobierno para el mundo financiero, para la iglesia y para la enseñanza privada. Pero los sueños sueños son.

Alberto Granados