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Ashaverus el libidinoso (Novela de Miguel Arnas)


   El Mal, como categoría ética opuesta al Bien, ha ejercido siempre una extraña e innegable fascinación en el ser humano, obligado por la civilización a seguir la pauta social y no desviarse  jamás ni un ápice. Los mitos oficiales se encargaron de enseñarnos que quien la hace la paga, que quien ejerce el Mal está abocado a un castigo terrible, opuesto en todo a la bienaventuranza de quienes siguen el Bien. Desde la expulsión del orgulloso arcángel Luzbel o de Adán y Eva del Edén, ha quedado clarísimo que la senda del Mal es rechazable socialmente y este aspecto llega a formar todo un corpus ideológico que las leyes civiles respaldan y las religiones anatemizan. Pero eso es el aspecto social del problema, porque la transgresión privada y clandestina ha ejercido siempre tanta atracción que muy pronto pasó a la creación literaria. Desde los libros de la Biblia hasta el malditismo del XIX (románticos y simbolistas, especialmente), de La Celestina a la bellísima novela epistolar de Stocker, Drácula, desde Lord Byron a Poe, la novela negra, Sade, Joseph Conrad o la literatura de terror, el mal ha dejado de ser algo esencialmente reprobable (de ahí que yo le haya quitado la mayúscula) para convertirse en un territorio moral por el que las mentes más libres se dan un garbeo de cuando en cuando, ahítas del buen camino, tan prometedor de paraísos, pero tan aburrido. La relación entre literatura y el mal es tan constante, tan alambicada a veces, que Georges Bataille la sistematizó en su ensayo La Literatura y el Mal (1957).

     El último personaje literario subyugado por el mal al que he llegado es Enrique Fuster, protagonista de Asaheverus el libidinoso (Editorial Nazarí, Granada, 2014), la última novela de Miguel Arnas Coronado, aparecida en los últimos días del pasado año.

 

 

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     Fuster es un solterón vividor de procedencia judía (concretamente, de los chuetas mallorquines) que vuelve a Barcelona en plena postguerra para pasar unos días en casa de una familia de amigos, igualmente judíos. Los hijos ven en él una especie de tito aventurero y mundano. El personaje consigue atraer especialmente a los dos hermanos mayores, Adrián (un pianista que recibe clases de Frederic Mompou y que está obsesionado por encontrar el acorde de su vida) y Ana (una adolescente que no sabe qué hacer con su cuerpo y que desea enfrentarse a la costumbre que excluye a la mujer del ámbito científico y estudiar Medicina). Padre, madre y el resto de hermanos pequeños aparecen como mero telón de fondo de las revelaciones que irán surgiendo en la casa.

     Porque “tío Enrique” irá mostrando a los cuatro adultos de la familia su bajada a los infiernos del nazismo, la Falange y la postguerra. En efecto, Fuster empieza por revelar a los dos jóvenes que son judíos, pese a la educación de colegios católicos que han recibido, lo que implica aceptar que la vida, a veces, es pura simulación. Para demostrarlo, les va contando su marcha a la Alemania prenazi, donde se hace colaborador de ciertos personajes sin implicarse demasiado ni llegar jamás al asesinato (sí al expolio: les ha traído como regalos un importante cuadro vanguardista y un manuscrito judío, producto del expolio artístico de las casas de los judíos ricos).

     Adrián y Ana van bajando, a través de su crónica autobiográfica, a las cocinas donde el mal se convierte en el principal ingrediente, en la más sabrosa especia, esa que da sentido a la vida.

 

 

Presentación del libro en diciembre de 2014 en el Centro Artístico

Presentación del libro en diciembre de 2014 en el Centro Artístico

    

El periplo de Fuster por Alemania, los cambios que en sólo unos años se producen en aquella sociedad, el ascenso del nazismo, el creciente antisemitismo, la aparición (también la desaparición) de personajes que adquieren un poder al socaire de la jerarquía nazi, los celos entre ellos, el peligro de cada día… abren los ojos de los dos muchachos, que entienden haber vivido al margen de la realidad.

     Fuster es enviado a España a espiar el desarrollo de Falange Española, que para el régimen nazi sólo es un tímido reflejo de su ideología y sus prácticas, ya que la gente de José Antonio no parece dispuesta a perseguir a los judíos. Conoce entonces a Hedilla, tal vez el personaje mejor tratado en toda la novela, y hace de espía doble en París.

     Lo curioso es que el mal angustia a Fuster en le misma medida en que lo atrae. Esta sensación ambivalente se reproduce en la familia de sus anfitriones, que rechazan lo que el amigo les cuenta a la vez que le urgen más información morbosa. En el caso de Ana, el mal llega a producirle auténtica excitación sexual. En el de su hermano, una acuciante necesidad creadora en el campo de la composición musical. El mal, como fuente creadora, como motivo de admiración, como una de las fuerzas motoras del mundo… en medio de la sociedad de postguerra, más católica e hipócrita que nunca. El reto narrativo, bastante difícil de equilibrar, consigue un perfecto desarrollo en la pluma de Miguel Arnas.

 

 

El 6 de marzo de 2013 leí cuentos en el centro Artístico. En la foto me acompañan Miguel Arnas, Fernando de Villena, Francisco Gil Craviotto, Celia Correa Góngora y Nicolás Palma

El 6 de marzo de 2013 leí cuentos en el centro Artístico. En la foto me acompañan Miguel Arnas, Fernando de Villena, Francisco Gil Craviotto, Celia Correa Góngora y Nicolás Palma

    

     La otra parte de la novela, intercalada en la trama principal es la transcripción de un documento sefardí que Fuster regala a Ana. Contiene la biografía de un personaje, un judío obligado a la conversión, que escribe una apócrifa teoría que, basándose en autores del judaísmo clásico nunca consultados, defiende la sexualidad de la mujer. También será otra cuña en las convicciones y la moral de la muchacha.

     Simulación en dos tiempos históricos tan distintos como el que va de 1927 a 1942 y el de la Inquisición que agobia a los judaizantes. Todo parece indicar que la mentira, la hipocresía, la ocultación de lo que se piensa y desea constituyen el mecanismo que mueve el mundo real, tan ajeno y distante a lo que dicta el Bien. Semejante pirueta ideológica sólo encontrará un remedio que humaniza tales contradicciones: el amor.

     Miguel Arnas despliega un documentadísimo conocimiento de la Cábala, de autores, ritos y costumbres judíos. Lo hace usando una prosa magnífica, amenísima (aunque a veces abusa del período largo, lleno de subordinadas). El ritmo narrativo es ágil, los personajes están magníficamente trazados y la lectura resulta estimulante. Otro acierto del libro es la continua irrupción de personajes históricos que el autor maneja con admirable soltura.

    En síntesis, un gratísimo libro, que recomiendo con la seguridad de que no defraudará a nadie. Es el primero que termino este año, en lo que creo ver un magnífico augurio lector para 2015.

 

Alberto Granados  

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2 comentarios el “Ashaverus el libidinoso (Novela de Miguel Arnas)

  1. Una novela interesante…, pero necesito un tiempo que no tengo para ella…, leo mucho pero son otras lecturas, la ficción está aparcada. ¿Tiene edición electrónica? Porque eso sería una ventaja en mis actuales circunstancias.

  2. Gracias, Alberto. Me encanta tu reseña. En efecto, esa hipocresía que dicta la sociedad es también el Mal, o el mal con minúsculas, y Ana se baja del carro de ella enamoráncose del “tito” Enrique. La reacción de Adrián es muy parecida: encuentra el bien en lo que él ya sabía que radicaba: en la música. Hesperetusa, habrá edición electrónica quizá en marzo o abril. Editorial Nazarí te lo puede decir, que será la encargada.

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