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La muerte en la Literatura


El pasado mes de noviembre, un post en el blog de Marisa Vegas me hizo reflexionar sobre la muerte como elemento literario. Al ser un tema eterno e intemporal, todas las culturas se han ocupado de él en sus literaturas, que es tanto como decir que han reflejado una de sus obsesiones fundamentales, presente siempre en sus espíritus, en forma de contenido artístico. El ser humano de todos los tiempos, abrumado por la idea de la muerte, ha tratado de conjurarla, hacerla aliada y cómplice, evitarla, combatirla, rehuirla… de mil formas, siempre presentes en la producción artística de cada época, especialmente en las arte plásticas, la música (¡esas misas de réquiem!) y en la literatura.

Brueghel el Viejo, Triunfo de la muerte

Brueghel el Viejo, Triunfo de la muerte

Fue Marisa Vegas quien, al mencionar en su bitácora a varios escritores que han escrito sobre la muerte, me contagió el afán de buscar y sistematizar lo que encontrara sobre el tema. Ella menciona los siguientes elementos: la leyenda “El monte de las ánimas”, de Bécquer; el “Tenorio”, de José Zorrilla; “El día de difuntos de 1836”, de Larra; el poema “Viento negro, luna blanca”, de Juan Ramón Jiménez; otro poema, en este caso de Unamuno, llamado “En un cementerio de lugar castellano”; un poema de E. A. Poe llamado “Espíritus de la noche”; una referencia a Juan Rulfo y su novela “Pedro Páramo”, cuyos protagonistas tienen “escasa vitalidad”; también aparece mencionado el fantasma de Fiz de Cotovelo, una de esas almas en pena que desea encontrar a alguien vivo que se haga cargo de una promesa incumplida, un divertido personaje de “El bosque animado”, de Wenceslao Fernández Flores.

 

 

Danza de la muerte

Danza de la Muerte

Los lectores del post de Marisa fuimos añadiendo algunas aportaciones en los comentarios: la medieval “Danza de la muerte” (lo señalaba Piti Tristán), “Hasta más allá de la muerte” (del cordobés Blanco Belmonte, según un lector o lectora que se identificaba como dlt). Yo, por mi parte, aporté una rima de Bécquer (“¡Qué solos se quedan los muertos”!)… A partir de ahí, empecé a indagar sobre aspectos tales como quién, en qué obras y, especialmente, bajo qué prisma, ha abordado la muerte en la creación literaria y a rebuscar fuentes sobre dicho concepto.

Compilando y usando mi propio análisis y mi propio criterio organizativo, he encontrado que la muerte aparece bajo los siguientes aspectos literarios:

  • La muerte como elemento fatal e inevitable de la vida.

Una innumerable cantidad de textos asumen la muerte como una continuación natural de la vida, algo inapelable, que además trae como compensación un efecto nivelador de las diferencias que la mísera vida ha traído para los más débiles.

Las Danzas de la Muerte, que recorrieron la Europa de la Edad Media, son un ejemplo de esa tarea igualitaria de la muerte, que llama a su siniestra danza a los personajes más variados, para segarles el aliento por igual al Obispo que al campesino, esta vez sin diferencias de clase, riquezas o posición social, como señaló Jorge Manrique:

“…allegados son iguales

los que viven por sus manos

e los ricos”.

(“Coplas a la muerte de su padre”)

De manera implícita, esta aceptación de la decrepitud y la muerte está presente en todo el barroco y en la filosofía del carpe diem, que invita a gozar el instante ya que después han de venir, de manera fatalmente inevitable, la vejez, la consunción, la muerte.

Con todo, hay un tipo de amor tan intenso que es capaz de burlar la ley severa de la muerte y permanecer inalterado después de la pérdida:

Cerrar podrá mis ojos la postrera

Sombra que me llevare el blanco día,

Y podrá desatar esta alma mía

Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera

Dejará la memoria, en donde ardía:

Nadar sabe mi llama el agua fría,

Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,

Venas, que humor a tanto fuego han dado,

Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, mas polvo enamorado.

(Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”)

 

 

Hans Holbein el Joven

Hans Holbein el Joven

  • Intentos de evitar a la muerte

Frente a la pasiva aceptación de la muerte, la literatura ha mostrado abundantes intentos de búsqueda de la inmortalidad, una especie de fraude con la esencia de la vida, que recurre a distintas estratagemas para intentar sobrevivir.

Varios apólogos medievales de diferentes orígenes nos muestran el mismo esquema: ante la presencia de la muerte, se procede a huir, aunque el encuentro va a resultar inexorable:

EL GESTO DE LA MUERTE

“Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

—Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

—No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.”

(Texto tomado de aquí)

Otra variante es el pacto con el diablo, la venta del alma, para mantener la eterna juventud o la inmortalidad: desde el mito medieval de Teófilo, presente en el número XXV de los “Milagros de Nuestra Señora” de Berceo, a “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, o “Fausto”, de Goethe.

Este tipo de pactos parece estar condenado al fracaso, al menos Borges nos mostraba, en “El inmortal”, el insoportable agobio por la tediosa eternidad.

 

 

Escultura del Monasterio de San Jerónimo

Escultura del granadino Monasterio de San Jerónimo

  • La muerte como elemento deseado

La muerte puede ser también algo deseado, bien por desesperación o hartazgo de la vida, bien por ser el paso previo para gozar la eternidad de los bienaventurados. Ambas disyuntivas tienen abundante presencia en la literatura de todos los tiempos.

La primera actitud cristaliza en forma de execración o de imprecación y expresa el deseo de total aniquilación. La Rima LII de Bécquer es un clarísimo ejemplo:

Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y remotas,

envuelto entre la sábana de espumas,

¡llevadme con vosotras!

 

Ráfagas de huracán que arrebatáis

del alto bosque las marchitas hojas,

arrastrado en el ciego torbellino,

¡llevadme con vosotras!

 

Nubes de tempestad que rompe el rayo

y en fuego ornáis las desprendidas orlas,

arrebatado entre la niebla oscura,

¡llevadme con vosotras!

 

Llevadme por piedad a donde el vértigo

con la razón me arranque la memoria.

¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme

con mi dolor a solas!

Por el contrario, el discurso oficial de la Iglesia (mil veces repetido en angustiosos funerales de personas jóvenes) es que la muerte es un simple trámite para llegar a al inmortalidad, casi un regalo providencial, ya que “…Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar…” (de nuevo, Jorge Manrique). De ahí que, para quien participa de esa creencia, la muerte es algo deseable:

“Ven, muerte, tan escondida

que no te sienta venir,

porque el placer de morir

no me vuelva a dar la vida”.

(Teresa de Jesús)

  • La muerte, generadora de ausencias y dolor

 

La pérdida de un ser querido ha generado una copiosa producción literaria. El dolor subsiguiente a una pérdida suele ser tan inconsolable que genera una intensísima poesía que, en ocasiones, alcanza las cumbres más eminentes de la lírica.

En efecto, la poesía elegíaca constituye todo un género intenso y sincero: Garcilaso, Petrarca, Antonio Machado, son valores incuestionables que conllevan un íntimo pálpito lleno de autenticidad y emoción:

…tanto dolor se agrupa a mi costado

que, por doler, me duele hasta el aliento…

(Miguel Hernández, “Elegía a Ramón Sijé”)

La muerte es una pura conmoción, no sólo para el amante, sino también para la recién descubierta naturaleza del humanismo, que participa del inconsolable y cósmico dolor:

Después que nos dejaste, nunca pace

en hartura el ganado ya, ni acude

el campo al labrador con mano llena.

No hay bien que en mal no se convierta y mude:

la mala hierba al trigo ahoga, y nace

en lugar suyo la infelice avena;

la tierra, que de buena

gana nos producía

flores con que solía

quitar en sólo vellas mil enojos,

produce agora en cambio estos abrojos,

ya de rigor de espinas intratable;

yo hago con mis ojos

crecer, llorando, el fruto miserable.

(Garcilaso de la Vega, Égloga I)

A veces, esa conmoción se tinta levemente de una aceptación resignada:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

(Antonio Machado)

 

 

Espejo de la Muerte de Carlos Bundeto Amberes Jorgio Gallet, 1700

“Espejo de la Muerte”, de Carlos Bundeto

  • La muerte como consecuencia del amor

 

Con frecuencia, el sufrimiento que produce el amor (roto, no correspondido, decepcionado, traicionado…) lleva consigo la muerte. En otras ocasiones, el amor, sencillamente oculto por algún impedimento social o familiar irresoluble, termina en un una fatal desgracia. Toda una cadena de parejas encuentran la muerte por la intensidad de su amor y del fatum, que parece cebarse en los amantes: Píramo y Tisbe, Romeo y Julieta, Calixto y Melibea, los amantes de Teruel… En la novela del XIX, Galdós hace morir a Pepe Rey por seguir adelante con su empeño de desposar a Rosarito, la hija de “Doña Perfecta”… La acumulación de elementos letales en literatura hace pensar en el mito del amor como agente desencadenante de muertes y lleno de convulsión y peligros.

  • Desolación de la muerte

La propia desolación de la agonía y de la misma muerte es también un tema literario en alguna pieza del romanticismo (la mencionada rima de Bécquer “Qué solos se quedan los muertos”), pero se convierte en una constante en Juan Rulfo y su “Pedro Páramo”, una novela llena de muerte, en William Faulkner (“Mientras agonizo”), o en Julio Llamazares (“La lluvia amarilla”).

Mención aparte merece el caso truculento del descubrimiento de la corporeidad y la belleza perdidas tras la muerte. Me refiero al caso de Inés de Castro, la esposa repudiada a la fuerza por el rey don Pedro I de Portugal y que fue exhumada para recibir honores de reina cuando las condiciones políticas permitieron al rey imponer su voluntad. Dio lugar a varias piezas literarias, las más célebres de las cuales son “Reinar después de morir”, de Luis Vélez de Guevara, y “Corona de amor y muerte”, de Alejandro Casona).

  • La muerte como acto de heroísmo

A veces, la muerte es simplemente un acto militante, una opción irrenunciable frente a la vida en unas circunstancias deshonrosas. Es la muerte del soldado, del que participa en una misión superior, del rebelde, en una causa llena de nobleza y heroísmo:

Aquí estoy para vivir

mientras el alma me suene,

y aquí estoy para morir,

cuando la hora me llegue,

en los veneros del pueblo

desde ahora y desde siempre.

Varios tragos es la vida

y un solo trago es la muerte”.

(Miguel Hernández)

 

La muerte heroica implica una generosa renuncia previa a la vida, que pasa a ser un bien secundario:

 

“Y si caigo,

¿qué es la vida?

Por perdida

ya la di,

cuando el yugo  

del esclavo,

como un bravo,

sacudí”.

(José de Espronceda, “Canción del pirata”)

 

Con frecuencia, la época romántica premió el heroísmo (el XIX se prestaba a ello, la verdad) con poemas academicistas en honor de los héroes (“Oda al dos de mayo”, de Bernardo López; “A la muerte de Torrijos y sus compañeros”, de Espronceda…), pero no hay que olvidar la inconmensurable poesía heroica de la época greco-latina, que fijó el modelo.

Los períodos de conflicto o guerra suelen generar una abundante producción literaria en que aparece la muerte. Nuestra guerra civil o la segunda guerra mundial dieron pie a una ingente cantidad de piezas narrativas llenas de referencias a la muerte. No puedo soslayar dos títulos que para mí han supuesto sendos descubrimientos literarios del último año y medio: “A sangre y fuego”, de Manuel Chaves Nogales, como referencia a nuestra contienda, y “Suite francesa”, de Irène Némirovski, centrada en la ocupación de Paris por las tropas nazis.

 

Diego Rivera, La Catrina

Diego Rivera, “La Catrina”

  • La muerte y los animales

 

La literatura suele dedicar mucho más especio a los personajes humanos, incluso mitológicos, que a los animales, pero hay algunos ejemplos que merecen la pena señalarse.

La tauromaquia ha dado lugar a piezas elegíacas, tales como “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, de Federico García Lorca, que tuvo una réplica de Rafael Alberti (“Verte y no verte”), elegías en el sentido pleno de la palabra, pero también ha retratado el mundo de los toros con toda su cruda crueldad: “Muerte en la tarde”, de Ernest Hemingway, por ejemplo. Por su parte, otra disciplina deshumanizadora, como es la caza, ocupa buena parte de la obra de Delibes.

Pero me parece que los animales que mueren y dejan un mayor impacto emocional de la literatura son Platero, el asno de Juan Ramón Jiménez, y la ”avecica” que le cantaba al albor al pobre y desolado prisionero del famoso romance clásico, una de las piezas más brillantes de toda la larga historia de nuestra literatura.

Otro animal, elevado a categoría de símbolo literario polisémico, es la ballena blanca, Moby Dick, el monstruo que incita al capitán Ahab a una tenaz persecución por medio mundo para conseguir la revancha global contra el monstruo. Una esclarecedora conceptualización de las pulsiones secretas del ser humano.

  • La muerte accidental

 

Toda la novela social planteó una enorme variedad de muertes accidentales, elemento necesario para la denuncia que pretendía tal variedad literaria. Desde la chica ahogada de “El Jarama”, al albañil muerto en “La zanja” (Alfonso Grosso), el minero de “La mina” (Armando López salinas) o el guardiacivil asesinado de “El fulgor y la sangre”, de Aldecoa, la novela del realismo social aportó un amplio abanico de muertes en “acto de servicio”, un fatal condicionante de la vida de quien ha de ganarse el pan cada día por no ser rico.

  • Autodestrucción y suicidio

La desesperanza y la desesperación hacen que más de un personaje literario opte por un mutis definitivo. Desde la época romántica, el suicidio fue una posición estética a la vez que una moda y, una larga serie de autores pusieron fin a sus vidas (Larra, Hemingway, Emilio Salgari, Virginia Woolf, Sylvia Plath, Yukio Mishima, Heinrich von Kleist, Gerard de Nerval, Ángel Ganivet, Vladimir Maiakovski, Alfonsina Storni, Cesare Pavese, Violeta Parra, Alejandra Pizarnik, Alfonso Costafreda, José Agustín Goytisolo, Primo Levi, Javier Egea…).

Desde que lo pone en práctica el joven Werther, el suicidio aparece como una constante en muchas obras literarias: Treplev se pega un tiro en “La gaviota”, de Chejov; Larra, que se suicidó en su biografía real, aparece como personaje en “La detonación”, de Buero Vallejo; “Tokio blues”, de Murakami, contiene dos suicidios: el de Kizuki, amigo de la adolescencia del protagonista, y el de Naoko, la novia del anterior; Andrés Hurtado se envenena al morir su mujer y su hijo durante el parto, en “El árbol de la ciencia”, de Baroja, Emma Bovary, Anna Karenina… la lista podría ampliarse notablemente.

 

  • El regreso de la muerte

La estética romántica puso de moda la necrofilia, por lo que más de un poema o un drama se llenaron de escenas de cementerio y presencias espectrales: El “Don Juan Tenorio”, de Zorrilla; “El estudiante de Salamanca” (Espronceda), “El monte de las ánimas” y “Maese Pérez, el organista”, de Bécquer; Mary Shelley y su “Frankstein”; los fantasmas convertidos en “la Santa Compaña”, presente en las obras de Valle Inclán o en el mencionadoEl bosque animado”, de Wenceslao Fernández Florez…

Con todo, mucho antes del Romanticismo, ya habíamos visto al padre de Hamlet, convertido en espectro, contarle la verdad de su muerte al joven y desequilibrado príncipe. Y Jan Potocki nos muestra varias presencias fantasmagóricas en su desmesurada novela “El manuscrito encontrado en Zaragoza”, por no hablar de los cuentos tradicionales clásicos, en que existe una auténtica presencia explícita de la muerte.

 El análisis no puede estar completo (he dejado al margen la novela negra, por ser esencialmente una narrativa que parte de la muerte), ya que es inabarcable en un blog. Con todo, creo haber dejado unas pautas para la investigación sin pretensiones sobre este tema literario, que espero que vosotros enriquezcáis con nuevos matices, títulos, autores y cuantos datos se os ocurran.

 

Alberto Granados

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21 comentarios el “La muerte en la Literatura

  1. Más que un artículo esto es casi un ensayo sobre el tema de la muerte. Sólo se me ocurre añadir, entre las muertes más chispeantes de la literatura universal, la que nos presenta Octave Mirbeau en su libro “L´Abbé Jules”. Un cura que -ateo, para más señas-, se está muriendo y, mientras sus familiares rezan, él se entretiene en cantar una canción picaresca que había aprendido en su infancia. Se trata de un diálogo entre otro cura y una feligresa. Él le pregunta qué lleva debajo del refajo y ella, pizpireta y provocadora, le responde “que lleva un conejito, peludo y calentito”.
    También quiero anotar, entre los libros más logrados sobre el tema de la muerte producidos en los últimos años, el poemario de Enrique Morón titulado “Cementerio de Narila”. Escrito en liras es toda una maravilla de clasicismo y modernidad. Nada más. Felicitación y saludos.-F. Gil Craviotto.

  2. Qué buen post, Alberto. Estoy de acuerdo con Francisco Gil: es todo un ensayo.
    Gracias por tu buen hacer.
    Comparto.

  3. Queridos Alejandra y Francisco, gracias, como siempre, por estar ahí y comentar. También le agradezco a Miguel Cobo su aporetación, hecha en Facebook.

    Con el post ya publicado y con vuestras ideas, me doy cuenta de que me he dejado en el tintero varias ideas sobre la muerte en Lorca: los personajes que mueren y su significación (ese Antoñito el Camobrio, esa Adela suicida de “La casa de Bernarda Alba”, los muertos de “Bodas de sangre” o de “Yerma”, con esa mantis insatisfecha, esa Marian Pineda (“… ¡Ay, qué día tan triste en Granada / que a las piedras hacía llorar…”)… Tenía previsot haber incorporado todo esto, pero no lo anoté cuando se me ocurrió y después ya estaba preocupado por la extensión que iba tomando el artículo, tan poco apropiada para un blog.
    Abrazos mil,

    AG

  4. .
    Enhorabuena, Alberto; no ya por el texto de la entrada que es un completo y a la vez ameno ensayo, sino por las ilustraciones tan escogidas que lo acompañan.
    :-)

  5. Me alegro de que aquel trabajo que publiqué para la Noche de Difuntos te inspirara, querido Alberto. Ya me dijiste, entonces, algo sobre esto que habría de venir, pero no imaginé que fuera un trabajo literario tan completo y, francamente, para archivar.

    En primer lugar, tengo que aclarar que la recopilación de textos y autores que yo hice en esa entrada, no iban exactamente en torno al tema de la muerte (la lista hubiese sido inagotable) sino en torno a la Noche de Difuntos. El ánima en pena de esta noche fue el núcleo temático central que unía a todos los textos, que vagaba por todos ellos, más que el tema de la muerte en sí.

    El tema que tú has elegido es mucho más amplio. Abarca las diferentes concepciones que ha tenido la muerte en nuestras diferentes épocas, y cómo las ha reflejado la Literatura. Y el resultado es muy bueno. Me ha parecido muy acertado que hayas acotado el tema de la “muerte” por núcleos ideológicos para una mayor claridad organizativa. La idea es excelente.

    Desde la concepción medieval, de esas danzas de la muerte, o de ese tópico literario del “Ubi sunt?”, reflejado en Jorge Manrique, donde la muerte es un elemento cotidiano al que no se le teme sino que se le espera como una llama liberadora de este valle de lágrimas, y que nos conducirá a una vida mejor, la eterna; hasta llegar al Renacimiento, donde el “Ubi sunt?” se desvanece para convertirse en “Carpe Diem”, en ese disfuta de la vida, los placeres y el tiempo porque la muerte se lo llevará todo. Aquí sí se le teme.
    Me parecería interesante incluir en ese tránsito de la Edad Media al Renacimiento a “La Celestina”: es en esta obra donde aparece por VEZ PRIMERA el suicidio en la Literatura española de la mano de Melibea.
    También el romance medieval anónimo “El enamorado y la muerte” es una deliciosa joyita que refleja el poder implacable de esa dama negra.

    En cuanto al Barroco, me quedo con esa entrañable simbiosis de amor-muerte de Quevedo, en ese soneto donde el “polvo enamorado” es huella implacable del pulso ganado a la muerte. O cualquier otro de nuestro siglo de oro, donde la “rosa mutabile” será el signo del paso implacable del tiempo, antesala de la muerte.

    El Romanticismo será el siglo del amor por antonomasia. Cojamos lo que cojamos, de cosecha nacional o extranjera, siempre nos toparemos con el amor como causa que va a desembocar en la muerte, en cualquiera de los tres géneros literarios. En “Don Álvaro o la fuerza del sino” del Duque de Rivas, la muerte no existe sin el amor.

    La lista sería interminable en el siglo XX. Pero si tengo que elegir me quedaría con Lorca. Toda su producción literaria, tanto poética como dramática, está repleta de una simbología cuyo único significado es la muerte (la luna roja, el verde que te quiero verde, los metales afilados…) Para mí, es el poeta y el dramaturgo de la muerte: incluso la suya propia la presintió fuera de sus fronteras literarias.

    Ya me he excedido, Alberto. Lo lamento. Pedías sugerencias en torno a este tema y ya sabes… la cabra tira al monte. Este tema, el de la muerte en la literatura sería inagotable.

    Mi más sincero aplauso por un trabajo formidable. Con tu permiso, lo archivaré para hacer uso de él. Excelente.

    Un fuerte abrazo, Alberto.

  6. Magnífico, Alberto. Lo guardo para saborearlo despacito.
    La muerte, para algunos autores, no gana del todo la batalla si al final todavía pueden elegir dónde yacer.
    Me ha venido a la memoria Alberti y aquellos versos:
    Si mi voz muriera en tierra
    llevadla al nivel del mar
    y dejadla en la ribera.
    Llevadla al nivel del mar
    y nombradla capitana
    de un blanco bajel de guerra.
    ¡Oh mi voz condecorada
    con la insignia marinera;
    sobre el corazón un ancla
    y sobre el ancla una estrella
    y sobre la estrella el viento
    y sobre el viento la vela!.

    O R. L.Stevenson en Underwoods :

    Bajo el inmenso y estrellado cielo,
    cavad mi fosa y dejadme yacer.
    Alegre he vivido y alegre muero,
    pero al caer quiero haceros un ruego.

    Que pongais sobre mi tumba este verso:
    Aquí yace donde quiso yacer;
    de vuelta del mar está el marinero,
    de vuelta del monte está el cazador.

    Felicidades por tu trabajo.
    Paco

  7. Querido Alberto:
    Esto es mucho y muy valioso trabajo, un ensayo, vaya. No he parado hasta encontrar tu inevitable referencia a “Elegía” de Miguel Hernández, el poema de amor que más me conmueve y que un hombre dedica a otro hombre.
    Espléndida crónica.

  8. Muy bueno y muy completo, y con todo, como tú mismo muy bien dices, el tema es tan inagotable (no hay más remedio) que resulta imposible ponerlo todo. Me tomo la libertad de añadir dos extraordinarias referencias muy emparentadas: La rima LXVI de Bécquer (una más en este autor tan obsesionado con el tema) y “Donde habite el olvido”, de Cernuda. Enlaces:
    -Becquer: http://www.poesi.as/gabrim66.htm
    -Cernuda: http://www.poemas-del-alma.com/donde-habite-el-olvido.htm

  9. Sap: Celebro que te gusten. al menos,. las ilustraciones. Sabes que cuido (o eso intento) el componente gráfico. Te he dejado una apalabreja para tu Miccionario (sí, sí, con M: cosas del sapientísimo Sap).

    Marisa, te agradezco el matiz: no era muerte, sino noche de difuntos. En cualquier caso, tu comentario pone de manifiesto que lo que no se anota, se olvida: la Celestina, el suicidio de Adela… Gracias.

    Paco, te agradezco, no sólo tu presencia, sino las dos magníficas aportacioes (Alberti y Stevenson), que vienen muy bien aquí.

    Glòria: la Elegía es uno de los poemas más sinceros de nuestra literatura. Lo de menos es si se trata de un poema de un hombre a otro. Lo importante es el grado de decantación del sentimiento de pena. Sólo queda en la retorta la pura pena del alma por el amigo perdido. Ya digo: una de esas cumbres pirenaicas de nuestra literatura.

    Pablo, bienvenido a este blog. Permíteme recoendarte los relatos (capricho del chef), que no es que sean de Nobel, pero reciben buenas críticas y tengo el convencimiento de que no son malos.
    Dicho esto, te agradezco tu presencia y tu aportación. Ponme en favoritos y visita el blog unas … mil veces diarias, que hay que subir las estadísitcas.

    Señoras, señores, abrazos mil,

    AG

  10. Un regalo musical: lo hacían muy bien.

  11. Estoy buscando un cuento en la que la protagonista se suicida; lo leí hace tiempo y no recuerdo el título ni el autor.
    La acción se desarrolla posiblemente en la corte de Luis XIV. La protagonista es la amante de un aristócrata que la abandona por otra amante más joven. Por ello se retira a su palacio en una ciudad remota. Aparece muerta al día siguiente y la descripción de la muerta y del escenario es terrible: su cuerpo está totalmente contorsionado, desencajado, señal de una muerte terible, posiblemente por veneno.
    Se parece al escabroso relato del suicidio de Bovary.
    ¿Alguien lo conoce?

    • No lo he leído, así que no puedo ayudarte. En cualquier caso, estos engimas me enganchan, así que he lanzado mis redes a ver si alguien me/nos ayuda.

      Saludos,
      AG

    • Una lectora (Carmen Jiménez) me envía la respuesta a tu pregunta hace un momento:
      Copio-pego su correo privado:

      Creo que es ‘Amok’, de Stefan Zweig:

      (…) “Pero la muerte no se dejó engañar y quebró la sonrisa. Cuando hallaron a Madame de Prie, su rostro se había contorsionado en una horrible mueca: unos rasgos furibundos mostraban todo lo que había sufrido realmente durante las últimas semanas: odio, congoja, miedo absurdo, dolor delirante y desesperado. La engañosa sonrisa por la que con tanto afán había luchado se había desvanecido, inerme. Los pies se habían dislocado, retorcidos por el dolor, las manos se habían aferrado con tanta fuerza a una cortina, que entre los dedos habían quedado jirones, y la boca estaba abierta como a punto de prorrumpir en un grito estridente” (…)

      Un saludo,

      AG

      • Para ser más exactos, ‘Amok’ es el título del libro, que consta de siete relatos; uno, que puede ser ése al que se refiere Toni, es ‘Historia de un ocaso’.

        Saludos.

  12. si tubieran que asignarle una categoria a el libro “las intrmitencias de la muerte” de jose saramago ¿cual seria ?

  13. Muy buen post la verdad te felicito da gusto leerlo, demuestras mucha dedicación e interés, y tu investigación me sirve como base de la mía, y te puedo asegurar que vas a ser unos de los autores citados en el trabajo a presentar… ¡Muchas Gracias!

  14. ¿Y qué de las muertes en los cuentos de Quiroga, Alberto? Como en “El almohadón de plumas”, “La gallina degollada”, etc.?

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